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CAPÍTULO 5

Como si todo ocurriera a cámara lenta, Candy vio como la mano de Albert se elevaba para tomar fuerza antes de descargar el filo de la espada contra su propio cuello. La joven dio un paso atrás instintivamente, sorprendida por lo que aquel hombre iba a hacer con ella y sin entender muy bien el por qué de todo aquello: su forma de hablar, de vestirse, de tratarlas… Parecían hombres de otro tiempo o tal vez vivían tan aislados del mundo que no habían evolucionado en el trato a las mujeres, ni conocían las leyes sobre el asesinato. Esas y muchas otras preguntas se agolparon en su mente durante el par de segundos que Albert necesitó para dirigir la pesada espada contra el cuello de Candy. Sin embargo, la mano de Archie frenó en seco el movimiento de su hermano.

—¿Se puede saber qué haces? —le preguntó con voz iracunda.

—Hermano, ¿estás seguro de lo que piensas hacer?

Albert miró a las chicas y después agarró el brazo de su hermano para apartarlo del resto.

—Si se mueven, ¡matadlas! —ordenó a sus hombres.

Después llevó a su hermano a un lugar apartado y lo empujó contra un árbol. Estuvo a punto de lanzar su puño contra él, pero contuvo su enfado y respiró hondo.

—¿Puedo saber por qué me has cuestionado delante del resto? —le preguntó sin tan siquiera mirarlo a los ojos.

Archie carraspeó, incómodo. Sabía que no debía haber hecho eso jamás, y menos delante de los demás, pero algo dentro de él lo había empujado desde lo más profundo de su corazón para intentar salvar la vida de aquellas muchachas que no tenían nada que ver con la guerra que había entre ambos clanes.

—Lo siento, hermano —contestó de corazón—, sabes que nunca lo he hecho, pero algo me dice que no debemos ir por el mismo camino que los White. Hay que ser diferente a ellos y más listos. Podemos hacer algo mejor que matar a esa muchacha, Albert.

—¿Y qué propones?

—Algo me dice que tiene un vínculo con Robert White. ¿Has visto cómo se comporta? Me ha recordado a su hija. Ese porte y esa rebeldía solo pueden pertenecer a alguien con la sangre de Robert. Podemos usarla en nuestro beneficio.

Albert frunció el ceño.

—¿Qué propones?

—Secuestrarla y llevarla al castillo. Una vez allí, ya decidiremos qué hacer con ella.

—¿Y la otra? —preguntó mirando a la joven asustadiza que se escondía tras la espalda de Candy.

Archie la miró y contestó:

—De ella ya me ocupo yo. La llevaremos también. Podemos usarla como cebo para la otra. Si ella cree que está en peligro, hará lo que queramos.

Albert lo pensó durante unos momentos hasta que finalmente asintió.

—Está bien, hermano. Me parece una buena idea. —Después torció el gesto—. ¿Te has fijado en sus ropas? Son muy extrañas.

—Todo en ellas lo es, incluso su forma de hablar. —Se encogió de hombros—. Supongo que es lo menos importante.

Candy suspiró aliviada cuando vio que aquellos guerreros se alejaban de ellas. Se tomó unos momentos para observarlos en la lejanía y solo pudo confirmar lo extraños que eran, además de la forma que empleaban para hablar, como si fueran de otra época. Después, echó una mirada al resto de hombres, que no les quitaban el ojo de encima ni un solo segundo, esperando que hicieran un movimiento extraño para atacarlas. Todos vestían de la misma forma, aunque, a diferencia del líder, los ropajes de estos estaban ligeramente raídos.

Todos la miraban con el mismo odio intenso, incomodándola al

sentirse completamente observada por ellos.

Candy tragó saliva y miró de reojo a Anny, intentando no llamar la atención de los hombres a su alrededor.

—¿Tú también ves todo esto un poco raro? —le preguntó.

Anny levantó una ceja irónicamente.

—Qué va. Lo más normal del mundo es que unos locos te persigan y estén a punto de cortarte el cuello. Vamos, eso lo vivo yo todos los días en Londres…

Candy esbozó una sonrisa. Incluso en los momentos más delicados Anny era capaz de sacarle una sonrisa con su gracia natural.

—¿De qué os reís, mujer? —le preguntó uno de los hombres de Albert al tiempo que se bajaba del caballo.

La sonrisa de Candy se borró al instante y dirigió su mirada hacia ese hombre. Tenía el rostro atravesado por una cicatriz y el ojo parecía tuerto desde la posición en la que se encontraba. Su pelo rubio estaba tan grasiento que era evidente que hacía días que no probaba el agua, además de que sus ojos felinos parecían desnudarla por completo. La joven carraspeó, incómoda y dirigió la mirada hacia otro lado, incapaz de seguir con los ojos puestos sobre ese hombre. A legua se notaba que era el típico baboso con el que, por desgracia, se había cruzado más de una vez a lo largo de toda su vida. Y no tenía el ánimo dispuesto para pelear con él ni con ningún otro. Solo quería marcharse al hostal y descansar de una vez.

A medida que se acercaba, Candy dio inconscientemente un paso hacia atrás. El hombre se relamía mientras la miraba de arriba abajo, deteniéndose excesivamente en la curvatura de sus pechos. La joven sintió asco y cierto miedo crecía en su interior.

—¿Os reíais de nosotros, sucia White? —le preguntó con un ronroneo ajeno a la mirada de reojo de Albert.

—Yo no estaba mirando a nadie —respondió rápidamente—. Y lo de sucio más bien deberías emplearlo por ti y lavarte un poquito, que hueles a pescado muerto.

Con un movimiento rápido, aquel hombre agarró a Candy del cuello y apretó con fuerza, impidiéndole la entrada de aire a los pulmones de la joven.

Anny, al ver a su amiga en peligro, no se lo pensó dos veces y se lanzó contra el guerrero, arañándole la cara y dándole una patada en la entrepierna.

El resto de guerreros los miró con sorpresa, aunque esta pasó al instante y se bajaron ellos también de los caballos para ayudar a su compañero, pero la voz atronadora de Albert se hizo escuchar por encima del griterío que se había formado en solo un minuto.

—¡Basta!

Sus hombres se apartaron de las jóvenes, que respiraban

entrecortadamente, especialmente Candy, la cual aún no había recuperado el aliento por completo. Esta se llevó la mano al cuello y lo acarició suavemente mientras su mirada estaba fija en la hierba.

—¿Se puede saber qué demonios pasa aquí? —preguntó Albert al tiempo que se acercaba al grupo sin dejar de mirar a Candy.

—Esta sucia White me ha insultado.

—El que ha empezado a insultar has sido tú —respondió la joven con la voz aún tomada por la falta de aire.

El hombre dio un paso hacia ella con el puño levantado, pero Albert se interpuso entre ellos y lo frenó.

—Ya está bien —le dijo entre dientes.

—Debemos matarla, Albert— contestó el hombre.

El aludido negó con la cabeza, pero aquello no fue lo que sorprendió a Candy, sino el nombre que había empleado: Albert. Ese hombre se llamaba exactamente igual que el enemigo del que le habían hablado el día anterior y de quien había visto la representación de su muerte a manos de los White.

Pero no podía ser. Tal vez fuera una coincidencia, pero en ese momento, el recuerdo de Clara se hizo muy presente en su memoria, provocándole un intenso escalofrío, más fuerte incluso que el hecho de pensar que el pasado estaba frente a ella y habían dejado, sin saber cómo, su vida en el futuro. Pero no, no podía ser verdad. Candy apretó los puños con fuerza y reunió el valor suficiente para mirar la tormenta de los ojos de Albert, que se acercó peligrosamente a ella.

—Esta mujer nos puede servir más viva que muerta —comenzó

lentamente y esperó unos segundos para continuar— Vendréis a nuestro castillo y estaréis bajo mis órdenes.

Candy frunció el ceño.

—El único lugar al que vamos a ir es a nuestra hospedería. No se nos ha perdido nada en vuestro castillo como para ir contigo.

Albert acortó la distancia hasta encontrarse a solo un palmo de Candy. El pecho del hombre rozó el de ella, que solo pudo tragar saliva esperando el siguiente movimiento en su contra. Algo que no llegó, Albert la miró de forma penetrante y le dijo:

—Podéis venir por las buenas o por las malas. Y os aseguro, muchacha, que saldréis perdiendo.

—Pierdo de todas formas elija una u otra —respondió con seriedad—. Si nos obligáis a ir con vosotros estaréis cometiendo secuestro.

Albert levantó una ceja y sonrió de lado. Aquel gesto descolocó en cierta manera a Candy, que no esperaba ver lo extremadamente sexy que se veía aquel hombre cuando la expresión de su rostro cambiaba. Su corazón comenzó a latir con fuerza de forma inexplicable, pero lo achacó al momento de tensión que estaban viviendo.

—Podéis llamarlo como queráis, muchacha, no me importa.

—Secuestrar es un delito —contestó rápidamente la joven.

—¿Creéis que eso me importa?

Candy abrió la boca para contestar, pero realmente no sabía qué responder a eso, por lo que Albert tomó la respuesta por su cuenta y se dirigió a sus hombres.

—¡Volvamos al castillo! Estas señoritas vienen con nosotros. —Candy miró a Anny, que negó con la cabeza y el rostro empapado en lágrimas—. Archie, la compañera montará contigo en tu caballo. Déjame a mí a la White.

—¿Qué coño pasa, tía? —le preguntó Anny a punto de darle un ataque de ansiedad—. ¿Qué le ha hecho tu clan a estos gilipollas?

—No sé, pero la única idea que se me ocurre es tan disparatada que será mejor que no te lo diga.

Anny se acercó y le preguntó con la mirada mientras los hombres

volvían a montar en sus caballos.

—¿Has oído cómo han llamado al líder? —Anny asintió—. Es el mismo nombre del laird MacArdley que mataron ayer en la representación.

—Bueno, pero eso pasó hace siglos, tía. ¿Qué tiene que ver?

—El nombre, la forma de vestir, de hablar, de comportarse… Todo parece sacado de una película de época.

Anny la miró como si se hubiera vuelto loca.

—Tú fumas…

—¡Muchacha! Venid conmigo. —Archie apareció ante ellas ofreciendo su mano a Anny para ayudarla a montar en el caballo, aunque la rechazó al instante.

—Oye, ¿cómo os llamáis tu hermano y tú? —le preguntó directamente al joven para salir de dudas.

Archie mostró un gesto de sorpresa, ya que no esperaba esa pregunta.

—Yo soy Archibal y mi hermano es Albeet MacArdley, laird y señor de las tierras que pisamos.

Anny se giró de golpe a Candy y comenzó a respirar con fuerza mientras negaba con la cabeza. Esa respuesta no sorprendió a Candy, aunque sí se golpeó mentalmente por haberles confesado que pertenecía al clan White, ya que se encontraba ante el peor enemigo de su clan. Ese hombre del que le habían hablado justo el día anterior, mostrándolo como un ser despiadado y cruel al que no le importaba matar a mujeres de su clan solo pertenecer a los White.

Ahora entendía cómo se había comportado minutos atrás cuando estuvo a punto de cortarle el cuello. Su tío le había dicho que Albert MacArdley asesinaba de esa forma a los White y no podía creer que estuviera ante él solo un día después de eso.

Candy tragó saliva. Dirigió la mirada hacia Albert, que los observaba con interés unos metros más adelante y cuando los ojos azules del hombre se encontraron con los suyos, la invadió mismo escalofrío que le había recorrido la espalda el día anterior cuando vio la representación de su muerte. No podía ser verdad. ¿Cómo demonios habían viajado al pasado? ¿Acaso Clara tenía algo que ver?

En eso se encontraba pensando cuando la voz de Archie atrajo su atención.

—¿Y vos, muchacha, cómo os llamáis?

Anny miró al guerrero y por un momento Candy pensó que se había sonrojado.

—Annie Britter.

Una carcajada cortó el aire a su alrededor. Desde su posición, Albert apartó la mirada con lo que parecía ser una sonrisa jocosa en los labios tras escuchar el nombre de la joven mientras que Archie no había podido contener la risa, llamando la atención del resto de hombres allí presentes.

Anny frunció el ceño sin comprender lo que estaba ocurriendo.

—¿Qué es lo que te hace tanta gracia? —preguntó con una ceja levantada.

Cuando Archie recuperó la compostura, la miró de nuevo. Los ojos del joven estaban llenos de lágrimas provocadas por la risa, aunque logró contenerlas para no ofender a la inglesa.

—Lo siento, muchacha. Os llamáis como la yegua que tenía mi madre.

Esas palabras ofendieron a Anny en lo más profundo de su ser y dio un paso hacia el guerrero con los puños apretados.

—¿Pero tú de qué vas? ¿Qué quieres, que te tatúe mi mano con una hostia?

Candy se lanzó enseguida a detener a su amiga, a la que conocía a la perfección cuando esta se enfadaba, y estaba segura de que se encontraba a punto de darle una sonora bofetada.

—No os entiendo. Habláis muy raro, muchacha. De nuevo, lo siento. No pretendía ofenderos.

Archie le tendió la mano de nuevo.

—Montad conmigo —le pidió con una sonrisa irresistible.

Candy estuvo a punto de detener a su amiga, pero la joven, al cabo de unos segundos, montó sin rechistar para sorpresa de su amiga, que la observaba con los ojos muy abiertos. Después se volvió hacia Candy y se encogió de hombros con una media sonrisa.

—No me jodas… —susurró la joven al tiempo que se llevaba una mano a la frente.

Conocía muy bien a Anny y sabía lo que esa sonrisa quería decir. A pesar de que Archie se había reído de ella en su cara y sin tener en cuenta que las estaban obligando a ir a un lugar donde no querían y para colmo todo

parecía indicar que habían viajado en el tiempo, Anny se había fijado en el atractivo varonil de Archie. Candy no lo negaba, incluso durante un segundo pensó que su hermano Albert le parecía más cautivador, pero no estaba dispuesta a ir con un grupo al que no conocía y, para colmo, unos minutos antes habían intentado matarla solo por pertenecer a un clan enemigo.

Archie dirigió el caballo hacia el resto del grupo, dejándola completamente sola y metida en sus pensamientos. La joven no era consciente de que la mirada felina de Albert estaba clavada en ella todo el rato, sin perderse ni uno solo de sus movimientos hasta que por fin se decidió a acercarse a la joven a pie, aunque con las riendas de su caballo en la mano.

Candy levantó la cabeza para mirarlo, pero su mente seguía pensando que aquello debía ser fruto de su imaginación o sugestión debido a la mala experiencia con el tornado.

—Mis hombres ya están listos. Partiremos ya, muchacha.

Candy lo miró en silencio. En ese instante le habría gustado estar abrazada a su padre mientras este le decía palabras bonitas intentando calmarla. Sentía miedo. Y tanto que lo tenía. En su estómago comenzó a formarse un nudo que llegó a subir hasta su garganta, ahogándola por completo hasta que la joven

sintió que iba a hiperventilar en cualquier momento. Sin embargo, se obligó a sí misma a calmarse.

Ella había ideado el viaje a Escocia, y ella debía sacar a Anny de allí, pero ¿cómo? Y el hecho de pensar que estaban siendo secuestradas por aquellos salvajes no ayudaba en absoluto a su intento por salir de ese tremendo problema.

—¿Me habéis oído?

—Perfectamente —respondió la joven con sequedad—. Te recuerdo que has estado a punto de matarme hace unos minutos, así que no esperes que me vaya con vosotros a ninguna parte.

Albert levantó una ceja, sorprendido, no obstante, sentía que la vena de su frente y cuello comenzaba a hincharse por la impaciencia. Aquella mujer podía llegar a ser realmente exasperante y después de la carrera a la que lo había avocado, no tenía el ánimo para discutir con ella. El joven la observó durante lo que pareció ser una eternidad. Sin lugar a dudas, esa mujer llevaba sangre White. La altivez con la que lo miraba, los ojos casi inyectados en sangre por la rabia y los puños apretados le hacían recordar a Karen, la hija de Robert White. Y confirmó que la mujer que tenía ante sí era un familiar cercano al laird enemigo.

Resoplando, Albert se acercó lentamente sin dejar de mirarla a los ojos. Su paciencia estaba llegando a su fin y solo deseaba volver a casa y pensar en lo que podía hacer con aquellas mujeres.

—No os lo voy a repetir amablemente, muchacha —comenzó con voz peligrosa—. Vendréis con nosotros, queráis o no. Solo depende de vos las condiciones en las que lleguéis a nuestro castillo. Si deseáis por las buenas, cabalgaréis conmigo. Pero si elegís la otra opción, os aseguro que el viaje no será tan cómodo. Y dadle las gracias a mi hermano porque si no fuera por él, vuestra sangre regaría ahora mis tierras como la de mi gente riega las vuestras.

—Claro, debería agradecer a tu hermano que nos secuestréis —dijo Candy irónicamente antes de dar un paso hacia atrás—. Tal vez Anny ha subido al caballo de tu hermano sin rechistar, pero yo no pienso hacerlo. No me vas a usar como moneda de cambio en tu guerra. Tu conflicto con los White es cosa tuya, yo no tengo nada que ver.

—¡Os equivocáis! —vociferó Albert—. Robert White ha asesinado a muchos MacArdley inocentes. Es un cobarde.

—¡Ese hombre solo quiere vengar las muertes de las personas a las que has matado a sangre fría!

—¡Eso es mentira! —Albert dio un paso hacia ella y la agarró de los brazos, clavando con fuerza los dedos en la carne de la joven—. No sé quién os ha contado esa falacia, pero no es cierta. Quien empezó esta guerra fue él.

Candy gimió de dolor al sentir la fuerza de la mano de Albert, que, sin pensar por qué lo hacía, aflojó los dedos sin llegar a soltarla.

—¿Qué sois para él? —preguntó Albert tras unos segundos de silencio.

Candy lo miró a los ojos y se sintió extraña al tenerlo tan sumamente cerca de ella. La nariz de ambos estaba a punto de tocarse y, mecánicamente y sin pensar, dirigió la mirada hacia los labios de Albert, que estaban fruncidos en una mueca de disgusto y enfado. Cuando la joven fue consciente de lo que estaba pasando por su mente, reaccionó y desvió la mirada de nuevo a esos ojos celestes que parecían atraparla como una tela de araña.

La pregunta resonó en su mente. ¿Qué era para Robert White? No le había dado tiempo a pensarlo desde que había hablado con su tío, pero tenía clara una cosa:

—Somos familia, pero eso no me convierte en lo que él es.

—Eso me da igual. Vendréis con nosotros.

Candy intentó soltarse de sus manos, sin éxito.

—¡Suéltame, salvaje!

Albert tiró de ella hacia su caballo haciendo caso omiso de su intención de soltarse, sin embargo, la acercó tanto a él que, esta vez sí, sus bocas estuvieron a punto de chocarse.

—Aún no me conocéis, muchacha, pero sí. Soy un salvaje. Así que si no queréis descubrir esa parte, más os vale que paréis de una vez.

Candy se sentía frustrada en ese momento al ver que se veía avocada al secuestro, por lo que, sin pensar en las consecuencias, le dio una patada en la entrepierna a Albert, que soltó el aire contenido de golpe y se dobló ligeramente sobre sí mismo.

Incluso desde la distancia, Candy pudo escuchar la exclamación de sorpresa de los hombres de Albert y el gemido de Anny al pensar en las consecuencias de ese golpe. A pesar de la valentía, la joven se quedó petrificada durante unos segundos hasta que escuchó la voz de Anny.

—¡Corre!

Al instante, la joven reaccionó y antes de que Albert enderezara de nuevo su cuerpo, corrió en dirección contraria, pero no llegó muy lejos, ya que de repente algo chocó contra ella y la hizo caer al suelo. Mientras tropezaba pensó que lo que la había golpeado había sido una mole inmensa de piedra.

Sin embargo, cuando se estrelló contra el suelo comprobó que sobre su espalda había un cuerpo extremadamente duro.

—¡Suéltame! —vociferó dando patadas a diestro y siniestro.

—Ya me tenéis harto, muchacha. Vos lo habéis querido…

Albert le dio la vuelta de golpe y la agarró de las muñecas con fuerza para levantarla del suelo. Después clavó los dedos con tanta fuerza en su carne que la joven escuchó cómo crujían los pequeños huesecillos de la mano.

Un gesto de dolor apareció en su rostro, pero se cuidó de no gemir ni una sola vez.

El guerrero la arrastró hasta el caballo. Después, con una mano, agarró una cuerda de gran longitud que llevaba en las alforjas y ató las muñecas de Candy con un extremo.

—A partir de ahora y hasta mi castillo, caminaréis detrás de mi caballo y ni uno solo de mis hombres os ayudará.

Albert ató el nudo con tanta fuerza que Candy no pudo evitar soltar un gemido de dolor cuando las cuerdas se clavaron en su piel.

—Eres un desgraciado —lo insultó la joven entre dientes.

—Soy mucho peor, muchacha. No lo olvidéis.

Y tomando el otro extremo de la cuerda, Albert montó sobre su caballo y comenzó la marcha. La gran mayoría de sus hombres viajaba delante de él, aunque tres de ellos se colocaron detrás de su laird para protegerlo y velar para que la joven no escapara de ellos.

Cuando la cuerda tiró de las muñecas de Candy, la joven comenzó a caminar a un paso lento. Durante un instante, fijó sus ojos al frente y descubrió la mirada apenada de Anny, pero intentó mostrar una sonrisa para restar importancia al asunto, aunque no tuvo éxito, ya que se sentía tan frustrada y descolocada con todo lo que estaba sucediendo en solo unas horas que pensaba que estaba viviendo un sueño y despertaría en cualquier momento.

CONTINUARA