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CAPÍTULO 6

Las horas pasaron y le demostraron a Candy que no estaba formando parte de un mal sueño. El día estaba a punto de llegar a su fin y la joven apenas había probado bocado desde la primera hora de la mañana.

Durante todo el día había sido consciente de las innumerables miradas que Anny le lanzaba, incluso esta se había ofrecido varias veces a ocupar su lugar, pero Archie le denegó ese deseo. Por eso, cada vez que su amiga la miraba, intentaba sonreír para demostrarle una valentía y una fuerza de voluntad que ya comenzaban a fallarle.

Después de todo el día sin comer, Candy sentía que las piernas comenzaban a temblarle, incluso en más de una ocasión le sobrevino un mareo, pero su deseo de no mostrar debilidad ante Albert MacArdley la obligaba a seguir hacia adelante sin pararse a pensar en su propio bienestar. No estaba segura de cuánto quedaba para llegar al castillo MacArdley, pero después de escuchar una conversación entre los guerreros que cabalgaban tras ella descubrió que pasarían la noche en la intemperie.

Candy respiró hondo y rezó para llegar lo antes posible al lugar donde dormirían, pues estaba segura de que en cualquier momento sus pies y piernas comenzarían a fallarle. Al dolor en las articulaciones habría que añadirle el escozor en el estómago por la falta de alimento, pero se animó a sí misma a seguir adelante.

Pasada algo más de media hora, Candy vio que Albert levantaba la mano en silencio y echaba una mirada alrededor. Habían llegado a un claro en mitad del bosque y era el lugar perfecto que había estado buscando.

—Pasaremos aquí la noche —informó a los demás—. Buscad algo para encender un fuego y cazad antes de que la luz se vaya por completo.

Sus hombres asintieron, excepto Archie, que ayudó a Anny a bajar del caballo. Candy, por su parte, se detuvo al mismo tiempo que el caballo de Albert, al que había conducido a un árbol alejado del centro del pequeño claro para

atarlo al tronco y evitar que volviera a escaparse. La joven lo siguió, deseando dejarse caer sobre la primera piedra que encontrara en el camino. Sin embargo, cuando el animal paró e Albert se bajó del mismo para tomar las riendas y atarlo, Candy sintió un escalofrío debido a la debilidad, y a pesar de intentar aparentar normalidad y fortaleza, la joven no pudo evitar tambalearse.

Llevó las manos a su frente y descubrió que estaba perlada en sudor frío y justo en el momento en el que el laird MacArdley se volvía hacia ella, la vista de Candy se tornó negra por completo y se desvaneció esperando chocar contra el suelo estrepitosamente, algo que no llegó a producirse gracias a las fuertes manos de Albert, que logró acortar la distancia y sujetarla antes de que Candy diera contra el suelo.

El grito de Anny se escuchó desde el centro del claro y Archie no pudo hacer nada para evitar que se acercara a su amiga, que yacía inconsciente entre los brazos de Albert.

—¡Eres un animal, joder! —vociferó sin poder esconder su ira—. ¡Candy!

¿Me oyes?

Anny llevó las manos al rostro de su amiga, pero esta siguió sin moverse hasta que Albert pasó las manos por debajo de sus piernas y la levantó en

volandas.

—Será mejor que la llevemos junto a la hoguera que ya están

encendiendo.

—¿Por qué has dejado que camine todo el tiempo? Lleva todo el día sin comer.

—Le di la opción de cabalgar conmigo, pero no quiso.

—Podías haberla tratado mejor. Ella no te ha hecho nada —le reprochó—. No tiene la culpa de pertenecer a un clan con el que tienes enemistad.

—Mi gente tampoco la tiene, muchacha. Y ahora fuera de mi camino.

Anny abrió la boca para contestar, pero las manos de Archie la empujaron en la dirección contraria a la de su hermano. En el rostro del

guerrero también había contrariedad. Algo le decía que debía confiar y creer en aquella muchacha rebelde que ahora acompañaba hasta un lado del claro.

Algo la empujaba a protegerla y cuidar de que su hermano no hiciera con ella lo mismo que con su amiga.

Albert llevó el cuerpo de Candy hasta un lado del fuego ya encendido. Sus hombres habían llevado a cabo sus órdenes con rapidez y destreza, algo que agradeció, ya que aquella joven debía entrar en calor para que sus músculos no sufrieran calambres, algo que temía que ya hubiera empezado, pues el cuerpo de Candy se sacudía una y otra vez contra su pecho.

Ordenó a uno de sus hombres que extendiera una manta sobre la hierba y cuando esta estuvo colocada, Albert se agachó para depositar el cuerpo de Candy sobre ella. Después se quitó su propia manta, aquella que llevaba sobre los hombros para protegerse del frío, y se la echó por encima a la joven para darle calor.

—Maldita sea… —suspiró para sí mientras se frotaba la frente con

evidente cansancio.

Aquella guerra entre ambos clanes lo había obligado a hacer cosas que no le habrían gustado jamás, cosas que nunca se había planteado, ya que para él las mujeres y los niños estaban fuera de su alcance. Nunca había herido a ninguno de ellos y su padre le enseñó a no hacerlo jamás, pero Robert, en cambio, sí había asesinado a sangre fría a los suyos, a aquellas personas que dependían de su brazo como protección y él no había podido hacer nada para salvarlos. En un arrebato de ira se juró hacer lo mismo con los White, devolverles todo el daño con la misma moneda, pero hasta entonces ninguna White se había cruzado en su camino. Aquella joven rubia de ojos verdes era la primera perteneciente a ese clan que había tenido la valentía de llegar a robarle su caballo y negarse a devolvérselo.

Recordó que horas antes había estado a punto de matarla. Por Dios que lo hubiera hecho, aunque su alma se perdiera para siempre con aquella atrocidad. Y mentalmente agradeció a Archie que lo hubiera frenado, ya que no se hubiera perdonado jamás que una mujer perdiera la vida en sus manos.

Con un nudo en el pecho, Albert se detuvo a observar a Candy. Le parecía tan extraña que algo lo llamaba insistentemente a acercarse a ella y saber más.

Pero su corazón, endurecido por aquella guerra absurda, se cerraba ante ella.

Una parte de él deseaba hacerle pagar por todo el daño que su familia le había causado a su gente, pero, por otro, la amiga de la joven tenía razón. Ella no tenía nada que ver en todo eso.

¿O sí? Albert suspiró, frustrado.

Por primera vez en su vida tenía ante él un problema del que no sabía cómo salir. Aquella joven había demostrado una fortaleza enorme al haber caminado tantos

kilómetros sin apenas rechistar, algo que muchos hombres no habrían conseguido en su lugar.

La observó detenidamente. Su vestimenta, tan extraña para él, delineaba todas y cada una de las curvas de la joven, algo que no había pasado desapercibido para sus hombres, que ya habían comentado algo y la miraban con deseo. Sin saber por qué, eso molestó a Albert, pero llegó a la conclusión de que se debía a que tenía que mirar a la joven como a una enemiga, no como una persona a la que desear carnalmente. Pero él tampoco era de hierro y, para colmo, hacía demasiado tiempo que no estaba con una mujer. Aquella muchacha era demasiado hermosa como para mirar hacia otro lado y no darse cuenta del brillo en su rostro.

—Maldición…

Esa mujer había llamado su atención desde que la había visto a lomos de su caballo. Él y sus hombres habían tomado un descanso antes de retomar la marcha, pero el nudo que ataba al animal no estaba bien hecho, por lo que este se desanudó e hizo que el caballo se escapara sin que nadie se diera apenas cuenta de ello hasta unos minutos después. Supuso que había llegado al lugar donde se encontraban aquellas extrañas mujeres y lo habían robado para viajar en lugar de devolverlo a su dueño. Y cuando por fin las vieron pasar a lo lejos, Albert no pudo sino sorprenderse al verlas cabalgar tranquilamente en lugar de haber huido con el animal.

Albert esbozó una sonrisa irónica al recordar el momento en el que se lanzó a cabalgar detrás de ellas para alcanzar de nuevo a su animal. Un gesto de sorpresa se formó en su rostro cuando estas, en lugar de parar, decidieron cabalgar más rápido e intentar huir de él y sus hombres. La valentía y destreza que había mostrado en ese momento la mujer que tenía inconsciente frente a sí había llamado profundamente su atención.

Nunca había conocido a una

muchacha con esas características. Sí se había cruzado con alguna tan rebelde como ella, pero no con el fondo de tristeza y bondad que transpiraba Candy.

Albert no podía imaginar que la joven perteneciera al clan White. No podía ser. Todos los que había conocido de ese clan eran personas injustas, perversas, crueles, detestables y traidoras. Sin embargo, lo poco que había visto de la joven era algo muy diferente. Aunque se había mostrado altiva y malhablada, no parecía tener ese fondo de maldad que respiraban los White. Algo en ella era diferente. Y estaba dispuesto a descubrirlo.

El joven se incorporó y se aproximó al lugar donde se encontraba Archie.

Este intentaba entablar conversación con Anny, que se había sentado en el suelo con los brazos cruzados y los miraba con auténtico odio, aunque a veces dirigía una mirada preocupada hacia Candy, que parecía descansar plácidamente.

Cuando Anny vio llegar a Albert, sus ojos echaron fuego al tiempo que fruncía los labios en una mueca que a Archie le pareció realmente graciosa.

Este se giró hacia su hermano y se levantó, pero Albert no lo miró, sino que dirigió su mirada hacia Anny.

—A partir de ahora, no podréis acercaros a vuestra amiga sin mi

consentimiento. —La joven se levantó de golpe—. Si os veo juntas, ambas pagaréis.

Albert se dio la vuelta, pero la voz de Anny lo detuvo.

—Ya habíamos oído hablar de ti, ¿sabes? —Dio un paso hacia él—. Nos dijeron que eras un hombre cruel, despiadado, asesino y traidor. Hasta que nos cruzamos con vosotros me daba exactamente igual cómo eras, pero después de ver cómo has tratado a mi amiga solo puedo decir que eres peor que eso.

Eres una persona sin corazón que obliga a una mujer a caminar durante horas sin haber probado bocado durante todo el día, ni siquiera te preocupaste de darle algo de agua, no conoces la piedad y permites que nos separemos en lugar de dejarnos juntas en un lugar peligroso y extraño para nosotras, del que no conocemos absolutamente nada y en medio de una maldita guerra en la que no tenemos nada que ver, ni siquiera Candy.

—Es una White —contestó secamente.

—Ha vivido toda su vida en Londres. Hace dos días viajamos a Escocia porque quería conocer a algunos familiares y…

—Entonces sabrá cómo es Robert.

Anny apretó los puños con frustración. Deseaba gritarle que esa persona, al igual que todos ellos, no deberían estar allí. O tal vez eran ellas las que no tenían que estar allí, sino en el futuro. Pero, tras boquear varias veces, la joven añadió:

—No lo conoce. Yo he estado con ella todo el rato y sé a quién ha visto y quién no. Su tío nos habló de Robert White, pero nada más. —Suspiró con lágrimas en los ojos—. No deberíamos estar aquí. De hecho, no sé cómo hemos llegado a este lugar, pero Candy no tiene nada que ver con tu puñetera guerra.

Albert suspiró largamente.

—Estaréis separadas hasta nuevo aviso —sentenció tras meditarlos unos segundos.

—Hijo de puta —susurró Anny para sí, aunque llegó a los oídos de Albert, que simuló no haberlo escuchado.

No tenía ni idea de cuánto tiempo había dormido. Ni siquiera sabía dónde se encontraba. La cabeza le dolía fuertemente y sentía una debilidad en el cuerpo que jamás había experimentado. Su mente estaba desorientada.

Recordaba a su tío y todo lo que habían hecho desde que habían llegado a Escocia, pero había algo que se escapaba de su mente, algo que había sucedido más recientemente y no podía recordar exactamente.

Candy giró la cabeza hacia el lado izquierdo y escuchó lo que parecía ser el sonido de una fogata, algo que la obligó a abrir los ojos de golpe al pensar que el hostal se estaba quemando. Sin embargo, no había ni rastro de las paredes de su habitación, ni siquiera de su cómoda cama. Al contrario, estaba tumbada en una manta sobre la hierba y la oscuridad de la noche era el único techo de que disponía. No lo podía creer. Su mente pensó con rapidez y de repente, todos los recuerdos acudieron a ella, golpeándola tan fuerte que por primera vez en su vida sintió que no podía mover los músculos por pánico. No podía ser verdad.

El recuerdo de Albert MacArdley debía de ser un mal sueño del que acababa de despertar, pero entonces ¿dónde se encontraba?

La joven vio la fogata cerca de ella y sintió el calor en lo más profundo de sus huesos, pero ¿estaba sola? ¿Dónde estaba Anny? Supuso que estaba a su lado, pero cuando giró la cabeza hacia su derecha solo vio oscuridad, ni rastro de su amiga ni nada. Lentamente, la joven se incorporó, aunque cuando un mareo la invadió estuvo a punto de volver a recostarse. Pero la joven logró recomponerse y sentarse finalmente.

—Deberíais comer algo.

Una voz ronca que pretendía ser amable la asustó tras ella. Candy se volvió de golpe, lo cual le valió de otro mareo, esta vez más fuerte, pero logró recomponerse enseguida. La joven lo miró como si fuera un espectro en medio de la noche, sin creer que realmente estuviera allí. No era una pesadilla. Todo lo vivido con Albert MacArdley era real, o al menos lo era el joven que había frente a ella y que la miraba con auténtico interés, aunque sin quitar de su rostro cierta expresión de desconfianza.

Sin contestar a sus palabras, Candy echa un vistazo a su alrededor buscando a Anny, preocupada por la suerte que podía haber corrido su amiga mientras ella estaba inconsciente. Esbozó una pequeña sonrisa cuando la vio al otro lado del claro durmiendo justo al lado de Archie. Todos a su alrededor habían caído rendidos. Todos, excepto el que había frente a ella y que no le quitaba ojo de encima.

Incómoda, Candy aceptó el plato que Albert le ofrecía. La verdad es que estaba tan famélica que se habría comido lo que fuera solo por llenar su estómago, aunque aquel conejo asado estaba tan delicioso que se habría comido uno entero. La joven gimió de placer al sentir la jugosa carne entre sus labios, pero enseguida se cortó al descubrir que Albert continuaba mirándola.

—Si estáis pensando en vuestra amiga, no ha sufrido daño alguno —le informó con voz suave al tiempo que tiraba una ramita al fuego.

Albert dirigió entonces su mirada hacia él. Durante toda la noche había cuidado de que las llamas no se apagaran, además de hacer guardia para evitar un posible ataque de alguien.

Fue entonces, en el momento en el que fuego se reflejó en su perfil, cuando Candy se detuvo a observarlo mientras continuaba degustando el conejo. A pesar de que Albert seguía con el rostro contraído, parecía algo más relajado que durante todo el día y pensó que se trataba de una persona sufriente. Todo él transpiraba venganza y maldad, pero Candy estaba segura de que había un fondo hermoso y bondadoso que se había visto obligado a esconderse debido al mando que ostentaba.

La sombra del guerrero parecía monstruosa alrededor del claro, pero Candy lo vio entonces como un hombre cualquiera. Intentó verlo como alguien del futuro y pensó que tal vez incluso podrían haber sido amigos, ya que la vida de Albert habría sido diferente.

Pero allí estaban, en 1615, un año del que no conocía absolutamente nada y no sabía a qué atenerse, además de no poder contar que ella provenía del futuro, ya que la tomarían por loca o, peor, por bruja.

Cuando Candy terminó el conejo, dejó el plato a un lado sin quitar la mirada de Albert, que volvió de nuevo la cabeza hacia ella, endureciendo la expresión de golpe.

—¿Por qué no nos dejas ir? No te hemos hecho nada. —Albert levantó una ceja y ella solo puso los ojos en blanco—. Lo del caballo es una tontería. No lo robamos a propósito. Pensaba que no tenía dueño.

Albert intentó acercarse a ella, pero Candy se echó hacia atrás

inconscientemente, haciendo que el guerrero parara en seco, volviendo al mismo lugar.

—No temáis de mí. No voy a haceros daño.

Candy soltó el aire de golpe.

—Has intentado matarme sin motivo. No temo, pero no me fío.

—No voy a volver a hacerlo, muchacha.

—Claro —dijo irónicamente—, tengo más valor viva que muerta. Si piensas que ese tal Robert va a hacer algo para ayudarme, te equivocas. No lo conozco.

Albert no contestó, tan solo se limitó a escucharla y a mirarla.

—Sois extraña, muchacha —intervino después de varios minutos en completo silencio—. Pero también rebelde y valiente, algo que admiro mucho en una mujer. Si os preguntáis qué pasó, os desmayasteis por la debilidad.

—Yo no soy débil —respondió enseguida.

Albert esbozó una sonrisa de lado, algo que provocó que el corazón de Candy comenzara a latir con fuerza.

—¿Qué miras? —le preguntó después de un tiempo en el que se dedicó a observarla fijamente.

—A vos, muchacha. Sois hermosa a pesar de ser una White.

Candy levantó ambas cejas, sorprendida por aquellas palabras bonitas dirigidas a ella precisamente por la persona que menos esperaba. La joven no podía quitar la mirada de Albert, que se sintió incómodo al ser observado con tanta intensidad y se maldijo a sí mismo por esas palabras una vez dichas, por lo que volvió a mirar al fuego y carraspeó levemente.

Candy sintió su incomodidad y su arrepentimiento y no pudo evitar una sonrisa. Jamás se habría esperado algo así del hombre que tenía frente a ella, y puesto que parecía que la tensión en el ambiente había cambiado por completo, no pudo dejar pasar la oportunidad para preguntarle:

—¿Y cómo crees que somos los White, monstruos con cuernos? — preguntó con una sonrisa.

Albert la miró y tras pensar en sus palabras también esbozó una tímida sonrisa, para sorpresa de Candy, que aún lo veía como el laird despiadado del que le habían hablado.

—Será mejor que durmáis —le aconsejó el guerrero de nuevo con la voz y el rostro serio—. Partiremos al amanecer.

—¿Qué piensas hacer con nosotras cuando lleguemos a tu castillo? —le preguntó con interés.

—La verdad es que con vuestra amiga no voy a hacer nada. Ella me da igual. —Dejó pasar unos segundos para después añadir—. Quiero que termine esta maldita guerra. Y vos me ayudareis. Robert hará lo que sea para liberaros.

Candy se sobresaltó. No podía creer que siguiera creyendo que el laird de su clan iba a parar la guerra solo para salvarla a ella, que a pesar de ser su

descendiente no la conocía. Si Albert pensaba así, ella estaba perdida. La joven tragó saliva mientras pensaba una respuesta coherente para evitar que el secuestro continuara, ya que no terminaría como el guerrero pensaba.

—Robert White no va a hacer nada.

—Incluso alguien como él haría lo que fuera por su familia.

—Sí, somos familia, pero no nos conocemos.

Albert la observó largo rato en silencio.

—Eso me dijo vuestra amiga —respondió señalando a Anny con una pequeña rama con la que jugueteaba entre las manos—. Pero conozco a Robert…

Candy apretó los puños, consciente de que su única oportunidad para convencerlo de que las soltara se le escapaba de las manos.

—¿Pero por qué no nos sueltas y terminas tú mismo con esta guerra? No sigas sus pasos, por favor. Él no va a hacer nada por mí.

Albert partió en dos la ramita que tenía entre las manos y después la miró con los ojos inyectados en odio.

—Entonces, estáis condenada —soltó antes de levantarse y marcharse lo más alejado posible de la joven.

Candy se miró las manos sin entender al guerrero. Hacía solo unos minutos había incluso reído frente a ella, pero ahora mostraba un odio tan fuerte que parecía querer culparla del inicio del conflicto entre ambos clanes.

La joven frunció el ceño y torció los labios, contrariada. Ya no podía hacer nada para que los MacArdley la dejaran marchar. Solo podía esperar para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos…

CONTINUARA