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CAPÍTULO 7
El día amaneció lluvioso. Las primeras gotas comenzaron a caer justo en el momento en el que el alba aparecía por el horizonte, provocando que todos los que aún seguían durmiendo se despertaran casi de golpe. Candy se desperezó sobre la hierba mientras intentaba taparse la cara con la manta.
Había pasado una noche horrible. Después de hablar con Albert en mitad de la madrugada, apenas había podido volver a conciliar el sueño y cuando por fin lo consiguió, el día estaba a punto de comenzar.
Los huesos de la joven estaban completamente doloridos. No solo por la caminata del día anterior, sino también por no estar acostumbrada a dormir en esas condiciones. Estiró los músculos todo lo que pudo hasta sentir cómo estos se relajaban poco a poco y su cuerpo comenzaba a funcionar. Solo entonces se permitió abrir los ojos. Descubrió que el cielo estaba aún algo oscuro, pero todos los hombres a su alrededor estaban ya despiertos y habían comenzado a recoger todo lo preparado la noche anterior.
Intentó buscar a Anny y la encontró en el mismo lugar donde la había visto durante la madrugada. Y apenas se había movido desde entonces. Su amiga aún dormía y sabía que le molestaría infinitamente despertarse tan temprano, ya que la conocía muy bien y siempre intentaba quedarse unos minutos más en la cama antes de retirar las sábanas para comenzar el día
arrastrando los pies y los ojos aún medio cerrados por el sueño.
Candy sonrió y se levantó. Buscó con la mirada a Albert, aunque no lo vio por ninguna parte. La joven se extrañó y supuso que tal vez después de la discusión de la noche había decidido regresar al castillo antes que los demás.
Se encogió de hombros mentalmente para después olvidarse de él y acercarse a Anny para despertarla. Sin embargo, apenas pudo dar un par de pasos cuando la silueta de Archie apareció ante ella, cortándole el paso.
—¿Qué ocurre? —preguntó Candy, desconcertada.
—Albert ha ordenado que no podéis estar juntas hasta que él decida —le explicó con seriedad.
Candy, por su parte, se cruzó de brazos y lo miró como si quisiera
arrancarle la cabeza.
—¿Y desde cuándo me importa a mí lo que opine tu hermano? Anny es mi amiga, y no voy a consentir que un gilipollas como él me diga si puedo o no acercarme a ella.
Candy intentó rodear al guerrero, pero este la agarró fuertemente del brazo.
—Por favor, muchacha, no lo hagáis más difícil. Obedeced y todo estará en calma.
—Pero…
—Intentaré convencer a mi hermano para que se replantee su decisión, pero, por favor, este no es el momento para saltarse las órdenes.
Candy dejó salir de golpe el aire contenido en sus pulmones y dio un paso hacia atrás. En ese momento, Archie esbozó una sonrisa de agradecimiento, lo cual sorprendió de nuevo a Candy, ya que no pensaba que el hermano del laird MacArdley era tan amable, y menos que podía serlo con una White. La escena de la muerte de ambos hermanos regresó de nuevo a su mente, y no pudo evitar sentir pena por él. Hasta ahora, era el único que había mostrado algo de piedad respecto a ella, salvándola de ser asesinada por Albert.
La joven asintió y se alejó de él en dirección contraria sin dejar de mirar a Anny y deseando poder estrecharla entre sus brazos para poder desahogar la frustración y miedo que sentía dentro de ella al ver que la situación escapaba de su entendimiento.
Al cabo de unos minutos, su amiga despertó y se desperezó lentamente.
Candy sonrió al ver una mueca de disgusto en su rostro, pero en unos segundos desapareció y se levantó, buscándola enseguida entre los allí presentes. Al ver que se encontraba mejor y que tenía buen color de cara, Anny sonrió y le levantó el pulgar. Al parecer, la joven ya sabía que no podían estar juntas, por lo que Candy le devolvió la sonrisa y el gesto con el pulgar, pero su rostro se ensombreció ligeramente tras ver que Anny miraba a su alrededor con verdadero interés.
Candy la conocía a la perfección y sabía que en su mente rumiaba algo, y no era precisamente bueno.
Candy frunció el ceño y dio un paso hacia adelante, pero enseguida paró para no llamar la atención de ninguno de los guerreros sobre ellas, que estaban tan metidos en sus quehaceres que apenas les prestaban atención.
Al instante, Anny giró de nuevo la cabeza hacia ella y comenzó a
hacerle gestos con las manos de forma disimulada para que solo ella los viera y entendiera. Al principio, la joven no entendía lo que quería decirle, lo cual le valió una mirada frustrada de Anny, pero a medida que esta volvía a repetir los gestos, Candy entendió y su corazón comenzó a latir aceleradamente.
—No… —susurró al tiempo que negaba con la cabeza.
La joven no podía creer lo que su amiga le estaba pidiendo. Por lo que había entendido, Anny le quería hacer ver que debía marcharse de allí y huir sin ella, ya que no era a su amiga a la que querían. Quería ayudarla a escapar mientras ella intentaba distraer a los guerreros para que no fueran conscientes de la huida.
Pero cuando Candy estaba a punto de aceptar, le preguntó qué haría ella una vez escapara porque temía que le hicieran daño. Anny le contestó algo obsceno mediante gestos al tiempo que señalaba a Archie.
Candy puso los ojos en blanco mientras sonreía, pero enseguida la tristeza apareció en sus ojos. No quería separarse de Anny. Si se marchaba la dejaría atrás, y todo por su interés en conocer a una familia de la que apenas sabía sus nombres.
Pero un nuevo gesto impaciente de Anny llamó su atención. Debía
hacerlo cuanto antes o perdería la oportunidad de escapar, ya que los guerreros estaban a punto de terminar de recoger todo.
Suspiró, debatiéndose sobre huir o dejar que la usaran como moneda de cambio en la guerra de la que apenas conocía a los protagonistas.
Sin pensarlo más, la joven asintió y se preparó para correr por el lado contrario a donde estaban los guerreros. Candy miró hacia atrás con disimulo.
Las manos comenzaron a temblarle y sudarle a pesar del frío. Su corazón latía tan deprisa que temía que los hombres escucharan sus latidos. Después, volvió a mirar a Anny, que asintió en silencio al tiempo que se levantaba. La joven pudo leer en sus labios la palabra "adiós", y en ese momento volvió a dudar sobre lo que estaban a punto de hacer. No quería que su amiga se sacrificara por ella.
Candy esperó para ver qué hacía su amiga para llamar la atención de los guerreros y, con una pausa desmedida, la joven se acercó al primer hombre que encontró y, sin previo aviso, le dio un puñetazo en el ojo derecho antes de propinarle una severa patada en la entrepierna.
—¡Desgraciado! —vociferó—. ¡Sois todos unos desgraciados,
secuestradores y asesinos!
Las voces de Anny se pudieron escuchar a lo largo del pequeño claro, pero logró su único objetivo: llamar la atención de todos los hombres. Al tiempo que Anny intentaba patear a todos y cada uno de ellos, algo que provocó una sonrisa en Candy, esta comenzó a dar pasos hacia atrás. Y cuando por fin descubrió que ninguno ponía su atención sobre ella, se dio la vuelta y
echó a correr hacia la espesura del bosque, deseando, al mismo tiempo, buena suerte para su amiga, que estaba desquitándose con los guerreros del clan MacArdley.
Al cabo de unos minutos de carrera, las voces del claro dejaron de escucharse y solo entonces se permitió unos segundos para recuperar el aliento. Miró a su alrededor y vio que estaba rodeada de árboles.
Una sonrisa apareció en su rostro al ser consciente de que aún no se habían dado cuenta de que se había marchado, pero no podía perder el tiempo, por lo que intentó orientarse y darse cuenta del camino que habían llevado el día anterior. Las deposiciones de los caballos seguían por allí, por lo que se decidió a seguirlas para alejarse y llegar al punto de partida.
El silencio a su alrededor era atronador y espeluznante. Por una parte, lo deseaba, ya que su cabeza funcionaba sin parar. Sin embargo, por otra, el sonido del viento entre las hojas de los árboles parecía reírse de ella como si de fantasmas se tratase.
Un escalofrío le recorrió la espalda al pensar de nuevo en que, ahora sí, se encontraba sola en una tierra inhóspita en la que no conocía a nadie. Su mente volvió a Anny y un nudo de preocupación se instaló en su estómago, golpeándose a sí misma por haberse dejado embaucar por su amiga, a la que no debía haber dejado sola frente a tantos guerreros.
La culpa la golpeó en el pecho y durante unos momentos paró en seco para pensar con la mente fría si aquello era lo correcto.
Vale, a Anny realmente no la querían, no pertenecía a su clan y sabía que no le harían daño.
Además, no le había pasado desapercibida la mirada extraña y de interés de Archie hacia ella. Pero no estaba bien. No podía dejarla allí e intentar regresar a su tiempo ella sola. Jamás se lo perdonaría.
Candy cerró los ojos un instante y se llevó las manos a la cara para pensar cuanto antes un plan de actuación, pero tenía la mente tan agobiada por todo lo que estaba pasando en las últimas horas que no podía pensar con claridad.
—¿Os habéis perdido, muchacha?
Candy sintió como su corazón se paraba de golpe para después latir a toda velocidad. A su espalda había escuchado aquella voz tan temida y cargada de odio que había pensado no volver a escuchar jamás. La joven retiró las manos de su rostro y, lentamente, se dio la vuelta para encarar al laird de los MacArdley.
Inconscientemente, tragó saliva esperando una estocada final que
parecía no llegar nunca.
Albert se limitó a mirarla durante un par de minutos que parecieron eternos.
El silencio a su alrededor era abrumador y Candy dio un paso hacia atrás cuando vio que Albert desmontaba del caballo sin dejar de quitar la mirada sobre ella.
—¿He preguntado si os habéis perdido, muchacha del demonio? — preguntó con voz sorprendentemente suave.
Sin embargo, ese tono de voz solo indicó a Candy que Albert era más peligroso de lo que pensaba en un principio y sus gestos solo indicaban que estaba en lo cierto, ya que el se acercó a ella lentamente, como un animal que acecha a su presa y solo espera el momento propicio para saltar sobre ella y comérsela.
—Yo…
Albert levantó las cejas, esperando con impaciencia una respuesta coherente por su parte, al tiempo que maldecía a sus hombres por haber dejado que la muchacha escapara delante de todos ellos. Esa misma mañana, poco antes del amanecer y después de no haber pegado ojo durante toda la noche sin dejar de mirar en la lejanía el cuerpo dormido de Candy, Albert había decidido salir a cabalgar para despejar su mente. Por primera vez en su vida no podía dejar de pensar en una mujer, concretamente en la que tenía ante sí en ese instante.
Desde el primer momento en el que se habían cruzado con ellas había admirado su tesón y valentía, pero a medida que había pasado la noche y la había visto dormir plácidamente, algo dentro de él se despertó y deseó con todas sus fuerzas tenderse sobre la manta y abrazarse a ella para sentir su calor. Desde el primer momento en el que ese pensamiento cruzó por su mente, se golpeó a sí mismo y odió a la muchacha por lo que le estaba haciendo, ya que tenía la seguridad de que la joven White era algo así como una especie de bruja que intentaba seducirlo por orden de Robert, y ahora que la veía ante él con las mejillas sonrosadas por la carrera solo podía verla más atrayente, pero no. No podía permitirse ese sentimiento tan extraño. Era una White y solo podía verla como a una enemiga a la que usar para conseguir su propósito.
—Os he visto correr, muchacha. —Dio un paso más hacia ella—. Temía que os hubierais perdido, ya que el campamento está en dirección contraria.
Para Candy no pasó desapercibida la ironía en sus palabras. La había pillado escapando y solo quería ver si ella era capaz de confesar la verdad en lugar de ser él quien se lo dijera. Una fina lluvia los sorprendió en ese momento, provocando que Candy fuera incapaz de concentrarse y buscar una explicación lógica. No quería darle la razón y confesar sus verdaderas intenciones, por lo que solo pudo hacer lo mismo que tan solo unos minutos atrás: correr en contra.
La joven se dio la vuelta de golpe y se lanzó a la carrera. A pesar del escozor en sus pulmones corrió como si su vida dependiera de ello. Y así lo sentía. Tenía la certeza de que ese guerrero iba a acabar con su vida allí mismo y regresaría a su castillo triunfante por haber puesto fin a la vida de una White. Pero no le daría la satisfacción de que sería tarea fácil. La joven estaba dispuesta a todo para salvar su vida y marcharse de aquella locura en la que se había convertido su vida.
—¡Deteneos, muchacha! —vociferó Albert a su espalda.
Pero la joven hizo caso omiso a sus palabras. Ni loca iba a pararse. Desde su posición escuchaba los pasos apresurados de Albert, pero no quiso volver la mirada, ya que temía
encontrárselo a solo un metro de ella y desconcentrarse en la carrera. No obstante, instantes después sintió como si una enorme piedra chocara contra su espalda, haciéndola caer estrepitosamente. La joven lanzó
un grito de dolor cuando sintió que la piedra del suelo chocaba contra sus costillas, dejándola sin aliento al instante.
Albert le dio la vuelta enseguida, pero el puño de la joven se estrelló contra su mejilla en un nuevo intento por escapar.
Lanzando una maldición, el laird
agarró las manos de Candy y las levantó por encima de su cabeza, haciendo que los movimientos de la joven fueran limitados.
—¡Suéltame!
Intentó liberar, sin éxitos sus manos, por lo que después de perder el aliento, Candy dejó de moverse para ver si así finalmente la soltaba. Pero Albert se mantuvo quieto mirándola fijamente a los ojos a tan solo un palmo de su rostro. La intensidad de su mirada hacía que sus pupilas se agrandasen y sus ojos parecieran aún más salvajes. El MacArdley respiraba con fuerza debido a la carrera y había logrado separar las piernas de Candy para evitar que sus patadas dañaran su entrepierna. Pero no solo la carrera había permitido que sus pupilas se dilatasen. Hacía tanto tiempo que no estaba tan cerca de una mujer en esa misma postura que solo había podido reparar en las curvas que había bajo su cuerpo, provocando que su miembro palpitara de un deseo incontrolable por hacerla suya.
Intentando controlar el deseo, Albert apretó las muñecas de Candy y dirigió su mirada exclusivamente a los ojos de esta con la idea de soltar algún comentario hiriente, pero sentía su mente en blanco por primera vez en su vida. No sabía qué decir, ya no solo como hombre, sino como líder de su clan hacia la prisionera que había bajo él.
—No puedes obligarme a ir a tu maldito castillo. Quiero volver a casa — exigió la joven con el aliento entrecortado debido al peso del cuerpo del guerrero.
Albert negó con la cabeza sin poder pronunciar aún palabra alguna. Se sentía hechizado por el color verde de sus ojos. Durante unos segundos, tan solo vio bondad en su enemiga, nada que ver con la hija de Robert White a la que echó de sus tierras hacía unos días.
—Vendréis conmigo queráis o no. Y no voy a volver a discutirlo,
muchacha.
—Volveré a escapar cuando menos te des cuenta —le informó enfadada consigo misma por haber fracasado en su intento por huir.
—Habrá un castigo, no lo dudéis —respondió Albert con rabia.
—¿Me cortarás el cuello o me vas a torturar hasta la muerte? —preguntó moviendo las caderas intentando escapar de él.
—Será peor —contestó con la voz tan ronca que parecía otra persona—. ¡Por Dios, muchacha, estaos quieta!
La voz de Albert parecía casi suplicante, pero Candy no hizo caso de él y volvió a la carga contra él.
—¿Y si no lo hago?
Tras cerrar los ojos un instante que pareció eterno, Albert los abrió de golpe y, lanzando un gruñido desde lo más profundo de su ser, respondió a su pregunta acortando la distancia entre ambos para besarla con fuerza.
Candy se sorprendió por aquel gesto al instante. La joven abrió los ojos desmesuradamente sin poder creer lo que estaba pasando. ¿La estaba besando? ¿En serio? Candy sintió los labios de Albert demasiado suaves a pesar de que todo en él era salvaje. El guerrero la besaba con tanta pasión que Candy sintió como si todos los árboles de alrededor comenzaran a dar vueltas, provocando un intenso mareo. Sus sentidos, de repente, dejaron de estar alerta y, a pesar de su negativa y su odio hacia ese guerrero, comenzó a sentir cierta
excitación por ese beso, que era el más salvaje e irracional que le habían dado nunca. La lengua de Albert se introdujo en su boca, penetrándola tan sensualmente que parecía hacerlo entre sus piernas. Un intenso cosquilleo en su vientre llamó su atención, llevando su mente hacia ese lugar de su cuerpo y sorprendiéndose al sentir contra ella una enorme masa de carne que palpitaba cada vez más a medida que el beso entre ellos se hacía más profundo.
Sin tener en cuenta su parte racional, Candy se dejó hacer y se lanzó a devolverle el beso a Albert, que lo aceptó con gusto al tiempo que movía ligeramente la cadera contra el vientre de la joven. Sin embargo, cuando esta gimió de auténtico placer, pues jamás se había sentido tan excitada, Albert pareció reaccionar y se separó de ella de golpe, como si las manos y los labios de ella quemaran de repente.
El guerrero se sentó lentamente en la hierba sin poder creer lo que había hecho. Durante unos segundos, miró hacia el suelo para poner en orden sus pensamientos, pero enseguida levantó la mirada hacia Candy, que lo secundó y también se sentó alejándose ligeramente de él. Ambos se miraron extrañados, como si fuera la primera vez que se veían, ya que no eran capaces de reconocerse a sí mismos por haber actuado de esa manera el uno con el otro.
El pecho de Candy subía y bajaba rápidamente y sus ojos estaban tan sorprendidos que lo miraba como si de repente le hubieran salido cuernos.
Albert se recuperó enseguida y se levantó.
—Volvamos con mis hombres. Os estarán buscando.
El guerrero habló de forma tan suave que Candy se sorprendió. Sin embargo, apreció cierta frialdad en su voz.
Candy dudó unos momentos. Giró la cabeza hacia el camino que habría tomado de no ser por la aparición de Albert y apretó los puños con fuerza. Le dolía terriblemente fracasar en algo, y esta era una de esas ocasiones.
Sentía que estaba fallándose a sí misma en todo momento al no saber cómo regresar a su tiempo y olvidar aquello, como si de un mal sueño se tratase.
Finalmente, tras lanzar un suspiro, deshizo el camino por el que había corrido mientras intentaba huir de él. Albert caminaba detrás de ella y la joven era capaz de sentir la influencia de esa mirada sobre su espalda.
Un estremecimiento recorrió todo su ser al saberse observada, especialmente después de lo sucedido entre ellos, algo que jamás había imaginado, ni siquiera deseado, ya que veía a Albert Macardley como un enemigo que solo quería usarla para ganar una guerra a la que estaba condenado a perder.
Candy tenía la sensación de que le subiría la fiebre en cualquier momento, ya que el calor que le recorría todo el cuerpo no era normal. Sin embargo, se obligó a volver a la realidad de una vez por todas.
Instantes después, llegaron al caballo de Albert, que los esperaba pacientemente mientras la lluvia se hacía más fuerte. Candy se detuvo al lado del animal y se giró hacia Albert.
—¿Y ahora qué? ¿Me obligarás a seguir a pie hasta tu querido castillo?
Albert suspiró y negó con la cabeza.
—No me fío de vos, muchacha. Ya he visto que sois capaz de querer
embrujarme con vuestros besos para escapar. Seré vuestra sombra a partir de ahora.
Candy levantó una ceja al tiempo que se cruzaba de brazos.
—No he sido yo quien te ha besado. De hecho, creo recordar que ha sido al contrario.
—Me habéis hechizado, pero no volveré a caer de nuevo. Ya sé de lo que sois capaz.
Candy soltó una risita irónica y se llevó las manos a las sienes, sin saber cómo iba a digerir aquellas palabras.
—Hechizado dice… —susurró para sí, sorprendida por las creencias de ese tiempo.
Albert la obligó a montar en el caballo y después lo hizo él detrás de ella, rodeándola con la enormidad de sus brazos. A medida que el caballo iniciaba la marcha, Candy se sintió propulsada hacia el dueño del animal, pero estaba tan enfadada y lo odiaba tanto que no quería rozarlo, ni siquiera a través de la ropa. La joven estiró la espalda y se obligó a seguir en esa posición durante todo el trayecto, pero un dolor intenso de espalda la forzó a volver a relajarse, por lo que su espalda volvió a chocarse contra el pecho del guerrero, sorprendiendo a la joven con la dureza del mismo, fruto de los entrenamientos a los que se había sometido desde muy joven.
—A mí no me engañáis, muchacha —le dijo Albert al oído al cabo de unos momentos.
Candy se puso de nuevo en tensión.
—No sé a qué te refieres —le dijo con sequedad.
Albert esbozó una sonrisa de lado, aunque Candy no la vio.
—He estado pensando durante toda la noche el motivo por el que os habéis cruzado en nuestro camino y he llegado a una conclusión.
—¿Ah, sí? —preguntó la joven sin interés aún enfadada.
—Os han enviado para espiarme y matarme llegado el momento.
Candy giró la cabeza levemente para mirarlo, pero después volvió a mirar al frente mientras negaba con la cabeza.
—Y si piensas eso, ¿por qué no me has dejado ir en lugar de llevarme a tu castillo?
—Quiero saber hasta dónde es capaz de llegar una White.
Candy prefirió mantenerse callada. Le dolía terriblemente la cabeza. No sabía exactamente qué hacer con todo aquello. Esa situación la sobrepasaba y temía volverse loca de un momento a otro si es que no se había vuelto ya y todo aquello formaba parte de su imaginación.
Aunque los sentimientos
contradictorios que la invadían eran tan reales que no sabía qué pensar.
El rostro de Clara apareció de nuevo en su mente. La conversación que había mantenido con ella en el castillo White aún daba vueltas en su
mente. "Tienes que salvar a Albert MacArdley", le había dicho. En ese momento no la creyó porque le parecía tan improbable que apenas hizo caso.
Pero ahora estaba montada en un caballo con él a su espalda y se preguntaba una y otra vez por qué debía salvarlo si él había intentado matarla después de saber su apellido.
Un mareo intenso la invadió. Los pensamientos corrían de un lado a otro sin poder olvidar a Clara, pero sacudió la cabeza para alejarlos de ella justo en el momento en el que llegaron al claro donde sus hombres se habían reunido para buscar a Candy.
Cuando los vieron aparecer, el silencio los invadió, temerosos de que el laird pagara con ellos su ira. Anny, a la que habían atado las manos y estaba bajo el cargo de Archie, se giró hacia la misma dirección que el resto de hombres y en su rostro se dibujó una mueca de sorpresa. La joven negó con la cabeza al tiempo que ponía los ojos en blanco y dirigía sus ojos a su amiga, Candy, que volvía con las mejillas tan sonrosadas que Anny no supo interpretarlas.
—Hermano, ya veo que la has encontrado. —Su hermano se adelantó al resto de guerreros al tiempo que tiraba del brazo de Anny para acercarla a Albert, que ya se había bajado del caballo—. Aprovechó el alboroto de su amiga para escapar.
Albert dirigió la mirada a Anny. Esta pareció encogerse bajo sus ojos y carraspeó, incómoda.
—¿Es verdad?
—Fue culpa mía, no de Anny —intervino Candy.
Su amiga levantó la mirada de golpe y con la boca abierta, pero Candy negó en silencio para que callara.
—Ya pensaré en un castigo —le dijo cerca del oído para que solo ella lo escuchara—. ¡Volvemos a casa!
Sus hombres asintieron y montaron sobre sus caballos, deseosos de poder regresar a casa antes de que la lluvia se hiciera más fuerte.
CONTINUARA
Pobres guerreros, van a quedar sin la joyas de la familia con estas pateadoras.
