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CAPÍTULO 8
Tras un par de horas cabalgando bajo la lluvia, el castillo MacArdley apareció frente a sus ojos, lo cual llamó extremadamente la atención de Candy y Anny, que intentaron buscarse con la mirada y con la boca abierta por la sorpresa. Candy había deseado llegar a un lugar diferente al que ellas habían visto el día anterior, pero nada más lejos de la realidad. Por lo que ella recordaba y lo poco que habían logrado ver entre las ruinas, aquel era, sin lugar a dudas, el castillo que habían visto el día anterior antes de que la guerra y el paso del tiempo lo llevaran a la más completa ruina.
Inconscientemente, Candy dirigió su mirada hacia el camino, que aún no existía pero que siglos después lo harían para llegar a las ruinas, con la esperanza de ver el coche que alquiló días atrás en Edimburgo. Sin embargo, y lógicamente, no se encontraba por allí. Durante los minutos previos, la esperanza que tenía sobre que todo se tratase de una especie de sueño acabó derrumbándose al descubrir que el castillo MacArdley aún estaba en pie.
Frente a él, numerosas casas de la gente del clan humeaban y pocas eran las personas que se encontraban fuera de ellas debido a la lluvia que caía en ese momento. A medida que se aproximaban, Candy logró ver el enorme portón que protegía el interior del castillo de los posibles visitantes que llegaran a él y varios guerreros del clan se encontraban haciendo guardia en la muralla.
Los ojos de Candy aún se encontraban sorprendidos cuando las puertas de la muralla se abrieron para hacer pasar a los recién llegados. La joven descubrió a varias personas mirando a través de las ventanas de sus casas con verdadero interés por ellas, a las que observaban de arriba abajo con las manos en la boca, sorprendidos por los ropajes de las jóvenes.
El edificio que se elevó ante ellos llamó su atención. Era una fortaleza que nada tenía que ver con las ruinas que ella había visto el día anterior, y no pudo evitar preguntarse cómo demonios había llegado ese edificio al estado en el que ella se lo había encontrado en el futuro. Supuso que la dichosa guerra entre los clanes que había llevado a los MacArdley a la ruina era la responsable. Pero lo peor no era eso, sino que habían sido los guerreros de su propio clan quienes lo habían destruido. Ese pensamiento le produjo una extraña sensación e instintivamente bajó la mirada deseando desaparecer de ese lugar cuanto antes.
Pero para ella lo peor no eran las miradas de interés de los vecinos, que aún desconocían que ella pertenecía a los White, sino que durante todo el trayecto había sentido alrededor de todo su cuerpo la musculatura y fortaleza de Albert, además de que en su nuca podía notar a cada segundo la respiración tranquila del guerrero, lo cual le producía cosquilleos en varios lugares de su cuerpo.
Cuando los caballos por fin se detuvieron, Candy se armó de valor para levantar la cabeza de nuevo. A su alrededor, todos los MacArdley se habían detenido y los observaban con interés, como si de repente no tuvieran nada que hacer más que descubrir la identidad de las dos mujeres que regresaban con el laird y el resto de guerreros.
—Encargaos de los caballos —les pidió Albert a dos de sus hombres
mientras ayudaba a Candy a desmontar con rudeza—. Archie, te dejo al cargo de la otra muchacha.
Albert agarró el brazo de Candy como si de una garra se tratase y la arrastró hacia la puerta de entrada al castillo. No obstante, la joven intentó frenarlo, sin éxito, mientras dirigía una mirada hacia su amiga.
—¡Espera! —le pidió—. ¿A dónde vamos?
Albert no contestó, tan solo se limitó a seguir tirando de ella por los oscuros pasillos del castillo. Las doncellas y sirvientes del mismo se quedaron atónitos cuando vieron pasar frente a ellos a aquella joven tan extraña y de la que no tenían constancia que llegaría con los guerreros del clan.
—¿Por qué no me respondes, joder? —elevó la joven la voz.
Cuando llegaron a una puerta tan oscura que parecía negra, Albert se detuvo, sacó una llave de su sporran y abrió la misma, dejando a Candy atónita por lo que había ante sus ojos. Sin decir ni una sola palabra, Albert la empujó dentro de la estancia, pero Candy apenas fue consciente de ese gesto, o al menos no le importó como lo hubiera hecho en cualquier otra ocasión, ya que seguía con la boca abierta por la enorme biblioteca de libros antiguos que se encontraba frente a ella. Tres de las paredes del despacho estaban cubiertas con sendas estanterías repletas de libros. No había ni un solo hueco libre para otro libro.
Únicamente en una de esas paredes había un pequeño hueco para una estrecha, aunque alta, ventana por la que entraba un gran rayo de luz.
Pequeñas motas de polvo flotaban en el ambiente, dejándole ver a Candy que esa habitación hacia días que no se aireaba.
Su mirada recorrió las estanterías deseando, a pesar de la situación, tomar un libro y echarle una pequeña ojeada, ya que era la primera vez que veía frente a frente libros tan sumamente antiguos y que con solo alargar una de sus manos podría tocarlo y leerlo, algo realmente imposible en los museos que había visitado y donde podía ver esos libros a través de un cristal.
Cuando Albert se movió y fue a sentarse tras la mesa del despacho, Candy perdió la concentración y fijó su mirada en él. Estaba realmente serio, o más bien enfadado con ella por haber intentado huir y haber dejado en evidencia a sus hombres. La joven mojó sus labios, pues estaba de repente tan nerviosa
que sentía como si todo su cuerpo se hubiera secado de repente.
Albert levantó una mano y le señaló la silla que había delante de la mesa y se encaminó en silencio hasta ella. Por una parte, entendía el enfado del guerrero con ella, pero quería que él la entendiera también a ella y su deseo de regresar a casa sin meterse en una guerra que no le correspondía.
Tras infundirse valentía, la joven lo miró directamente a los ojos, pero su celeste mirada pareció envolverla, llevándola de nuevo a la espesura del bosque donde, sorprendentemente, la había besado.
—¿Por qué estamos aquí? —le preguntó después de unos segundos de silencio estresante.
—En el claro os informé de que obtendríais un castigo por escapar.
Candy apretó los puños con fuerza. ¿Un castigo? ¿Acaso era una niña a la que castigar sin salir? La joven soltó una risilla irónica, incapaz de creer la mentalidad que tenían en ese tiempo. Después se llevó una mano al rostro y lo frotó, deseando con él despertar, pero fracasó.
—Vamos a ver, tío —comenzó la joven.
—Vos y yo no somos familia —la cortó de golpe.
Candy tardó unos segundos en comprender a qué se refería y cuando por fin lo hizo, lanzó una carcajada.
—Ya, bueno. Es una forma de hablar del lugar del que procedo —explicó —. Solo intento decirte, otra vez, que no quiero formar parte de tu absurda guerra ni nada que tenga que ver con los White. Me parece perfecto que
queráis pelearos como si fuerais niños por cualquier tontería, pero yo no tengo ni quiero nada que ver en el asunto. Solo deseo volver a casa. Por eso me escapé.
—Dejasteis a vuestra amiga… —Albert hurgó en la herida.
—Sí. Estoy segura de que no le haríais daño porque no tiene familia en Escocia, así que supuse que cuidaríais de ella.
—Me gustaría que me explicarais ahora por qué robasteis mi caballo.
Candy puso los ojos en blanco y se incorporó en la silla.
—¿En serio? ¿Otra vez? Ya te dije que íbamos caminando por el bosque y que nos habíamos perdido. El caballo apareció de repente y pensé que tal vez sería bueno montarlo y llegar al primero pueblo lo antes posible para pedir ayuda. Había pensado decírselo a la policía…
—¿Qué es eso? —la cortó Albert al tiempo que puso las manos sobre la mesa—. La… policía.
Candy tragó saliva y carraspeó. Le estaba contando todo tal y como había sucedido y no pensó en ningún momento que el cuerpo de policía aún no se había creado en esa época.
—Son… los que se ocupan de que todo esté bien. Es la guardia…
Albert asintió, no muy convencido de su explicación y después volvió a la carga con las preguntas:
—¿Y por qué estabais en el bosque? ¿A dónde ibais? Os encontrabais en mis tierras.
—Ya… ya me lo has dicho unas cuantas veces —respondió la joven con ironía, pero sin saber qué decir respecto a eso—. Joder, solo habíamos salido a dar una vuelta.
—¿Por mis tierras? ¿Un paseo por las tierras del enemigo? ¿Y qué
demonios es eso de "joder"? No entiendo esa palabra.
Candy soltó el aire de golpe. Estaba comenzando a enfadarse. Demasiadas preguntas y poca convicción con las respuestas. Chasqueó la lengua mientras
volvía a frotarse la cara, aunque cuando retiró las manos y abrió los ojos, vio a Albert demasiado cerca de ella. El guerrero se había levantado de la silla silenciosamente y se encontraba frente a la joven. Antes de que esta pudiera hablar de nuevo, Albert puso las manos sobre el reposabrazos de la silla, obligando a Candy a apoyar la espalda contra el respaldo de la misma. La joven levantó la cabeza para poder mirarlo a la cara y volvió a perderse en
el azul de sus ojos.
—¿Sabéis qué? No me creo ni una sola palabra vuestra, muchacha.
Vuestra historia parece sacada de uno de estos libros sin sentido alguno.
Habláis y vestís muy raro. ¡Decidme la verdad!
—¡Esa es la verdad, joder! —levantó Candy la voz.
Albert acortó la distancia, dejando a Candy con la cabeza totalmente pegada al respaldo de la silla y sin posibilidad de moverse.
—No lo creo. Estoy seguro de que os envía Robert White con alguna
misión. Ya me envió a su hija para intentar casarla conmigo y así asesinarme en cuanto tuviera ocasión y como eso no funcionó, os envía a vosotras.
—¿Y va a enviar a Anny que ni siquiera es escocesa?
—Su presencia me intriga y me sorprende. Ya hablará Archie con ella.
Pero vos… vos estáis aquí con una misión de Robert White, y os la sacaré por las buenas o por las malas.
—No tengo ninguna misión. —Aquella palabra le provocó un escalofrío, ya que recordó las palabras de Clara diciendo que tenía la misión de salvar
al laird de los MacArdley—. Solo quiero volver a casa.
Albert negó con la cabeza y se incorporó al tiempo que suspiraba.
—Hasta que descubra la verdad estaréis bajo mi supervisión. No podréis estar junto a vuestra amiga ni hablar con ella y me obedeceréis en todo lo que os ordene.
Candy levantó la cabeza de golpe, totalmente indignada.
—No soy la esclava de nadie —señaló entre dientes.
Albert sonrió de lado.
—¿Preferís la muerte?
Candy apretó los puños y calló.
—Cambiaos de ropa y poneos algo acorde a nuestras leyes. A mediodía comeréis en el salón conmigo y mis hombres.
Candy se miró en el espejo como si estuviera viendo un fantasma o un muñeco de museo frente a él. Albert había ordenado a una de las doncellas que le preparara una bañera y ropa limpia, por lo que le había cedido un vestido típico escocés de época con el que apenas podía respirar. No había podido ver a Anny durante el resto de la mañana, aunque supuso que se encontraría bien a cargo de Archie, cuya forma de ser era diferente a la de su hermano.
La joven había necesitado de la ayuda de aquella doncella tan callada, pero mirona, para poder vestir las enaguas, la camisa blanca larga y encima el corsé y el vestido. Tenía tanto peso encima que pensaba que no iba a ser capaz de dar un paso sin caerse de bruces al suelo. Y para colmo, el tartán que le habían cedido era con los colores del clan MacArdley.
—Hay que joderse… —susurró levantando una ceja frente al espejo.
La doncella hacía rato que la había dejado sola, aunque cuando esta abrió la puerta descubrió que tras ella se encontraba uno de los hombres de Albert para evitar que escapara en un momento en el que no hubiera nadie en el pasillo. El hombre, el cual escuchó que se llamaba Sloan, la miró de reojo con cierto deje de odio. Y la verdad es que en parte lo entendía. Supuso que, desde que habían llegado, el rumor de que ella pertenecía al clan White se había extendido por todo el castillo y había podido apreciar que la doncella la miraba también con desconfianza y temor.
Con un suspiro se alejó del espejo. Las faldas tan largas le impedían moverse con facilidad, algo que había odiado desde muy pequeña. Le encantaba moverse con libertad y desde siempre había preferido el pantalón a la falda. Y del corsé… no quería ni pensar en cómo era moverse con algo así día tras día. Puede que las mujeres de ese tiempo estuvieran más que acostumbradas, pero desde que se había puesto esa ropa, deseaba que todo aquello terminase exclusivamente para deshacerse del maldito corsé.
Una llamada a la puerta retuvo su atención. Al instante, esta se abrió y permitió el paso de Sloan.
—Mi señor os reclama en el salón para comer.
Candy asintió. La verdad es que le habría encantado quedarse en esa habitación y no cruzarse con nadie. Si todo el mundo sabía a qué clan pertenecía sabía cómo la iban a tratar, por lo que demoró todo lo que pudo su presencia en ese dormitorio. Antes de salir de él se detuvo un instante para ver la decoración. Era demasiado austera, con poco más de dos pequeños telares en las paredes de piedra, un par de antorchas a los lados de la puerta, la cama con dosel blanco y un pequeño sillón al lado de la inmensa chimenea junto a la que también había una mesita con una jofaina sobre ella. A pesar de esto,
Candy no pudo evitar sorprenderse por el mero hecho de que le hubieran cedido un dormitorio exclusivamente para ella. No estaba segura de si se
trataba de una idea de Albert o tal vez de alguna doncella.
—No podemos demorarnos más —la voz nerviosa de Sloan la devolvió a la realidad.
Candy lo miró con mala cara, aunque este le devolvió el gesto aún más grave. Cuando pasó por su lado, algo dentro de ella se exaltó, pero no supo identificar el qué exactamente. Era como si todo el bello de su cuerpo se
pusiera de repente de punta y la joven supo que debía alertarse por ello y no dejarlo pasar.
Sloan la acompañó hasta las escaleras y después al salón. Todo el trayecto lo hicieron en el más absoluto silencio, aunque para Candy no fue en vano ese recorrido. Cuando veía que tenía una oportunidad, la joven lo miraba de reojo para intentar descubrir parte de la oscuridad que le trasmitía ese guerrero. Era
alto, aunque no tanto como su laird, de pelo tan pelirrojo que parecía fuego, el cual llevaba recogido en una coleta. Sus ojos, aunque no los había visto de cerca, le parecían de color verde oscuro. Una pequeña cicatriz le surcaba la nariz y le había parecido ver que su nariz estaba torcida. Vestía con los colores del clan MacArdley y parecía que su kilt era casi nuevo.
Cuando el guerrero, que parecía tener alrededor de unos treinta años, se dio cuenta de su exhaustiva contemplación, giró la cabeza en su dirección y clavó los ojos en la joven. Esta volvió la cabeza al frente y simuló interesarse en la escasa decoración de las paredes. No obstante, el guerrero no calló.
—¿Se puede saber qué miráis, White?
Candy tragó saliva y volvió a mirarlo. Sintió que le temblaban las manos, pues leía la palabra peligro en el rostro de ese hombre, pero se armó de valor y negó con la cabeza.
—Nada. Es que te había confundido con alguien —mintió
descaradamente.
Sloan arrugó la frente y en sus labios se dibujó una fina línea. Después, sin previo aviso y para sorpresa de
Candy, agarró a la joven del brazo y la estrelló contra la pared más cercana. Puso la otra mano en el mentón de Candy y lo apretó con fuerza, como si quisiera partirlo en dos.
La joven lanzó un gemido de dolor, pero no logró que suavizara el gesto.
—No sé qué queréis decir con eso, pero jamás me habéis visto en tierras de los White más que para sacaros las entrañas y dejar que los cuervos os coman lentamente.
Candy abrió la boca para contestar, pero una voz atronadora resonó en todo el silencioso pasillo.
—¿Qué demonios ocurre aquí?
Sloan modificó el gesto, suavizándolo, y antes de girarse hacia su laird le dedicó a Candy una mirada cargada de intención. Después la soltó y miró a Albert, que tenía una mano sobre la empuñadura de la espada.
—Nada, mi señor —respondió con una voz tan suave que sorprendió a Candy—. Ha sido solo un malentendido.
Albert asintió sin creer en sus palabras, por lo que buscó la mirada de la joven para comprobar qué opinaba ella al respecto.
Candy tragó saliva al ser el centro de atención de ambos.
—Sí, no ha sido nada —dijo finalmente.
No sabía por qué, pero tenía la sensación de haber hecho algo mal y de haberse metido en algo que no debía. Pero no era momento de descubrirlo.
Miró a Albert, que la observaba fijamente con el ceño fruncido. Parecía estar pensando algo sobre ella, como si estuviera contrariado por algo, hasta que finalmente asintió y le comunicó a Sloan:
—Ya acompaño yo a la muchacha hasta el salón.
El guerrero asintió y se marchó, dejándolos completamente solos.
Candy supuso entonces que el salón estaba cerca, ya que desde allí podía escuchar el jaleo que habían montado los hombres del clan mientras esperaban a su laird y la comida.
Entre Candy e Albert se instaló un silencio incómodo. La joven deseaba salir de allí cuanto antes y marcharse al dormitorio, pero su estómago había comenzado a rugir hacía unos segundos y se le hacía la boca agua solo de pensar en llevarse algo a la boca.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Albert se cruzó de brazos al tiempo que asentía. Candy se fijó en todo él en ese momento. Solo entonces fue consciente de la extrema virilidad y atractivo del guerrero. El juego de luces y sombras que proporcionaban las antorchas que había encendidas, ya que a pesar de ser de día la luz que entraba al pasillo era extremadamente pobre, proporcionaban al rostro de Albert un aire seductor y atrayente, como si se tratara de un hechizo que flotaba alrededor del guerrero.
Y en lugar de temerlo, como había hecho prácticamente hasta entonces, se sintió atraída.
Candy recordó en ese instante al camarero del bar de Dollar en el que habían tomado algo después de la cena el día que llegaron a Escocia. Pero ese joven no tenía lo que Albert transmitía en ese instante. Algo que no podía interpretar por completo y que, sinceramente, no entendía, ya que nunca había logrado apreciar algo así dentro de ella. A pesar del temor que sintió desde el
momento en el que escuchó la historia de Albert de labios de su tío Samuel y después de haber podido comprobar en sus propias carnes que tuvo intención de cortarle el cuello, en ese minuto sentía algo diferente. Parecía como si una delgada línea o hilo la acercase hacia él, y solo fue consciente de que se estaba aproximando a Albert cuando sus pasos resonaron en la fría piedra del suelo. Candy se obligó a volver a la realidad y continuó con la pregunta que tenía en mente.
—¿Por qué me llamas muchacha en lugar de Candy?
Vale, es una gilipollez de pregunta, se dijo a sí misma. Pero aunque así lo fuera, no le gustaba que se refiriera a ella con ese apelativo.
Albert se encogió de hombros con una sonrisa casi imperceptible en la comisura de sus labios.
—Sois una muchacha.
—Pero no es mi nombre. Prefiero que me llames Candy.
—¿Tan importante es para vos que os llame así? —preguntó Albert ampliando sus sonrisa.
Candy asintió con el ceño fruncido. Se sentía como una niña pequeña quejándose por un dulce, pero no debía dejar pasar lo que pensaba cada vez que escuchaba "muchacha" en sus labios, como si fuera algo despectivo.
—De acuerdo, os llamaré Candy.
La joven no pudo evitar una sonrisa auténtica e Albert sintió como si el rostro de la joven se iluminara de repente por un rayo de luz. Con una amabilidad que no debía sentir por ella, el guerrero le indicó el camino hacia el salón, acompañándola un paso por detrás y sin dejar de observarla.
Hacía unos minutos que había mandado llamarla para acudir al salón principal en el que comerían ese día los guerreros del clan más cercanos a él.
Llevaban varios días fuera y quería obsequiarlos con una comida especial. Por eso, cuando ya acudía él al salón y vio que Sloan tomaba a la joven con esas formas y parecía amenazarla, algo dentro de él despertó, como si se tratara de una fiera desconocida que dormitaba en su interior y lo obligaba a cuidar de
aquella muchacha. Pero no lo entendía. La odiaba. Debía odiarla. Era su enemiga, una White, y para colmo era familiar de Robert, su peor enemigo.
Sin embargo, Candy parecía ser tan diferente y extraña que todo en ella llamaba su atención. Pero no podía. El joven negó con la cabeza al tiempo que apretaba la mandíbula. No podía desearla, aunque pensaba que ya era tarde.
La había besado en el bosque. Había sido un acto reflejo impropio de él, ya que siempre había visto a sus contrarios como lo que eran: enemigos. Y durante toda la mañana no había podido dejar de pensar en ese beso y en los labios carnosos y jugosos de la joven.
La llegada de ambos al salón lo distrajo de sus pensamientos, atrayéndolo a la realidad. Cuando la puerta se abrió, todos los presentes en la estancia se giraron hacia ellos. Los guerreros del clan se pusieron en pie para recibir a su laird, lo cual impidió a Candy buscar a Anny, aunque gracias a que esta se asomó entre los hombres, pudo ver por fin que la joven se encontraba
perfectamente.
Anny la saludó con la mano y le lanzó un beso. Después le señaló que se encontraba sentada al lado de Archie y le mostró el dedo pulgar con una sonrisa para indicarle que estaba bien al lado de él. Candy le devolvió la sonrisa y puso los ojos en blanco. Le agradaba ver que Anny al menos no lo estaba pasando tan mal en ese viaje tan extraño para ellas y que en manos del hermano de Albert podía estar bien.
Su amiga le indicó con la mano que se acercara a ella para comer a su lado, pero cuando dio un paso hacia la joven, la mano de Albert le agarró el brazo, deteniéndola al instante.
—Hasta que todo esto no se resuelva, no podréis estar juntas —le explicó —. Podéis sentaros en cualquier otro sitio.
—¿Y por qué no? ¿Qué crees, que vamos a conspirar en tu contra?
—Tal vez… Espero que la comida sea de vuestro agrado —le deseó.
Albert se alejó de ella y fue a sentarse justo frente a su hermano, que le había guardado un asiento junto a sus hombres de mayor confianza. Por su parte, Candy se quedó quieta al lado de la puerta sin saber a dónde dirigirse. Anny aún la observaba y le dedicó una mirada en la que le pedía perdón a gritos.
Candy sonrió y se encogió de hombros, intentando restarle importancia, pero era algo que no podía dejar de molestarle, pues le recordaba en cierta manera al momento de su infancia en el que todos elegían equipo y a ella la dejaban siempre fuera.
Un dolor en el pecho la hizo reaccionar. Las lágrimas acudieron a sus ojos, impidiéndole ver con claridad los asientos libres que apenas quedaban a lo largo del salón. A su izquierda, justo en el lado contrario al que se encontraba Albert, Candy descubrió varios asientos libres. Cuando logró tragarse las lágrimas, la joven descubrió que los guerreros que había en esa mesa la observaban de reojo y con mala cara.
Aquellos hombres no habían
acompañado a Albert en su viaje, pero dedujo que eran algunos de sus hombres más leales.
Con paso titubeante, Candy se acercó hacia esa mesa y se sentó en la silla más alejada de los guerreros. Tan solo un par de sillas la separaban del último guerrero, que se levantó enseguida cogiendo su plato y alejándose de ella escupiendo pestes sobre los White.
En la lejanía, Albert podía ver perfectamente la mesa en la que había decidido sentarse la joven. Durante unos momentos, pensó en la posibilidad de dejar que se sentara a su lado y permitir que las jóvenes hablaran delante de los guerreros en lugar de hacerlo solas para evitar que urdieran un plan. Sin embargo, algo lo empujaba a dejar las cosas como estaban y ver cómo trataban sus hombres a la joven White. No obstante, no pudo evitar agarrar el cuchillo con fuerza cuando vio la expresión del rostro de Jamie mientras se alejaba de Candy en el momento en el que esta se sentó demasiado
cerca de él.
Candy, por su parte, se sentía tremendamente incómoda al comprobar cómo hablaban los guerreros de Albert sobre los White como si ella no estuviera
allí para escucharlos.
—Habría que rajarles el cuello a todos —comentó uno de ellos mientras miraba de reojo a la joven.
Candy tragó saliva y, a pesar de las palabras que estaba escuchando, comenzó a sentir que un tremendo enfado comenzó a recorrer todo su cuerpo.
Necesitó de todo su control para evitar levantarse y empezar a gritar a diestro y siniestro, que era lo que realmente le apetecía. Así que centró su atención en las camareras que en ese momento llevaban la comida a las mesas.
Candy se sorprendió al comprobar que no debían de tener más de una quincena de años, pero servían las fuentes de comida con tanto esmero que parecían estar haciéndolo desde que eran apenas unas niñas. La joven que se acercó a su mesa la miró sorprendida y algo temerosa, como si fuera a coger un cuchillo y clavárselo allí mismo, pero Candy decidió dedicarle una sonrisa para intentar tranquilizarla, lo cual aumentó aún más su temor al pensar que solo le sonreía antes de lastimarla. Candy no pudo evitar elevar una ceja, irónica.
Aquel comportamiento tan medieval que mostraba más de una persona en ese castillo no dejaba de sorprenderla. ¿De verdad en esa época se mataba con tanta facilidad? ¿Realmente la veían como una persona despiadada? Durante varios minutos intentó recordar algún momento de su vida en el que hubiera actuado de esa manera, pero no recordó ninguno.
Alguna vez había hecho algo que no estaba bien del todo, pero tanto como matar o amenazar a alguien… jamás. Entonces, ¿por qué la observaba todo el mundo como si fuera un monstruo sin corazón? Ella solo era una persona que se encontraba en el lugar equivocado en un tiempo que no le pertenecía y que solo deseaba volver a casa. No quería discusiones con nadie, ni siquiera con Albert , a quien miró en ese momento y descubrió que le devolvía la mirada fijamente.
Candy retiró la suya al instante. Se sentía molesta con el guerrero por tratarla así, por marginarla y por hacer que todos creyeran que era una especie de asesina solo por ser una White.
—¿No me oyes, muchacha?
Una voz algo pastosa por el vino llamó su atención. Candy giró la cabeza en la dirección de la que provenía esa pregunta y descubrió que la había formulado un hombre que rondaba la cuarentena y al que le faltaban la mitad de los dientes, además del ojo izquierdo.
Desagradada, Candy apartó la mirada y cerró los ojos. Aquel hombre le había parecido el más chungo con el que se había cruzado desde que estaba en esa época.
—¿Qué pasa, White, no soy digno de que me mires? —preguntó elevando el tono de la voz.
La doncella, que aún se encontraba sirviendo los platos en la mesa, le dejó a Candy el suyo frente a ella y se marchó casi corriendo del salón, temerosa de ser ella el blanco de la furia de la joven, a la que comenzó a subirle un intenso calor, fruto de la ira que sentía dentro de ella.
La joven no quería tener ningún tipo de acaloro con nadie, así que se limitó a coger uno de los cubiertos que había sobre la mesa y se dispuso a degustar aquella extraña comida que parecía oler a carne, pero el modo de presentación no pertenecía a ningún restaurante con estrellas Michelin. La joven disimuló una arcada cuando vio el contenido de la primera cucharada y decidió dejar el cubierto sobre la mesa durante unos instantes para autoconvencerse de que debía comerse lo que pretendía ser un estofado.
—¿Nuestra comida no es del gusto de una White? —volvió a dirigirse a ella ese hombre.
Poco a poco, las personas de su alrededor comenzaron a callarse para escuchar lo que el guerrero quería decir a la joven, que soltó la cuchara de golpe, ya sin poder controlarse. Candy levantó la mirada y se incorporó en la silla para mirarlo mejor.
—Pues no —respondió con una mueca de asco—. Los White
preferimos comernos los ojos de nuestros enemigos, como el que te falta.
Candy le señaló con una sonrisa en la cara el ojo que le habían saltado al guerrero.
—Seguro que eso te lo hizo un White —apuntó con una sonrisa.
La joven estaba pletórica. Sentía que debía soltar lo que durante horas había guardado dentro de ella y, aunque había intentado contenerse todo ese tiempo, había decidido pagar su frustración con aquel hombre que, sin saberlo, se había prestado voluntario a ello. No le importaba lo que sucediera
después, solo quería soltar la rabia que le producía la situación y el hecho de ser considerada una asesina desde que los MacWhite se habían cruzado en su camino.
El guerrero clavó con fuerza en la mesa el cuchillo con el que cortaba la carne. En ese momento, el silencio fue atronador dentro del salón. Incluso Anny estaba con la boca abierta sin poder creer lo que su amiga estaba haciendo frente a todos. Con una mirada rápida, Candy comprobó que Albert también estaba atento a todo lo que pasaba, incluso le dio la sensación de que parecía disfrutar de lo que veía.
El guerrero que se enfrentó a ella se puso de pie y, con un gesto de rabia, acortó la distancia que los separaba en la mesa, colocándose justo enfrente de ella al otro lado de la misma. Las manos del hombre se clavaron en la madera, que crujió fuertemente bajo sus puños rompiendo el silencio instalado en el salón.
—Haz algo, por favor —suplicó Anny a Albert cuando vio que la situación se salía de madre.
—Quiero saber hasta dónde es capaz de llegar vuestra amiga —fue su respuesta.
Anny se giró hacia Archie y le puso la mano en el hombro. Este se giró, sorprendido por aquel cálido contacto y los ojos suplicantes de la joven le atravesaron el alma como si de una flecha se tratase, llegando a asustarlo al ser la primera vez que alguien conseguía hacerle sentir algo así.
—Cuando Candy se pone así, no es capaz de medir sus palabras. La conozco. Dirá lo que sea, aunque se gane un puñetazo de ese tío.
—¿"Ese tío"? Qué expresión más extraña.
Anny puso los ojos en blanco.
—Por favor… Luego te lo explico…
—El único que puede hacer algo es mi hermano —susurró levantando las palmas de las manos hacia arriba.
—¿Osáis reíros de lo que me hizo uno de los vuestros? —vociferó el
guerrero al otro lado del salón.
Candy esbozó una sonrisa y se encogió de hombros.
—La verdad es que no me parece gracioso. Es bastante desagradable de ver, solo era un comentario. Tú te has metido con los White por algo que han hecho unos pocos y yo, en lugar de meterme con todos los MacArdley, me he reído exclusivamente de ti.
—Maldita seáis, perra White. Estáis en nuestras tierras comiendo de nuestra comida y, aún así, sois capaz de insultarnos…
Candy se levantó entonces de su asiento y lo miró fijamente a los ojos al tiempo que apoyaba las manos en la mesa, igual que él.
—Qué mala soy. Claro, se me olvidaba que soy White —se golpeó ligeramente en la cabeza— Aunque, bueno, tú no eres mejor que Robert, así que no sé de qué te quejas tanto.
—¡Perra maldita! —vociferó fuera de sí el guerrero al tiempo que se lanzaba a coger un cuchillo y levantarlo en el aire para clavárselo a Candy.
—¡Basta! —la voz atronadora de Albert se abrió paso entre los gritos de su subordinado.
El Lair había estado esperando el momento perfecto para intervenir y eligió ese cuando vio que la pelea estaba a punto de cobrarse la vida de aquella joven deslenguada. Albert se levantó de su asiento lentamente y con el rostro rojo por la ira que sentía en ese momento. Fijó su mirada durante unos segundos en Candy, pero enseguida miró a su amigo.
Acortó la distancia que los separaba y puso ambas manos en sus hombros y apretó con fuerza.
—Amigo, hermano, ¿no ves que no merece la pena pelearse con una White?
Candy frunció el ceño y apretó los puños cuando escuchó las palabras del hombre que había discutido con ella.
—Es mejor follársela… —comentó con una carcajada, ganándose las risas de los demás.
Candy los miró uno por uno sin poder creer esas palabras. Anny también estaba sorprendida, pero la sorpresa parecía tenerla en shock. No obstante, Candy bordeó la mesa para acercarse a ellos.
—No habléis como si yo no estuviera aquí —siseó—. Y déjame decirte que ni borracha se acostaría una White contigo, gilipollas. Seguro que ninguna de las putas de estas tierras desea irse a la cama contigo.
El guerrero dio un paso hacia ella, pero Albert puso una mano sobre su pecho al tiempo que negaba con la cabeza y lo instaba a sentarse de nuevo con un simple movimiento de cabeza.
Candy comenzó a sentirse humillada por las palabras de esos hombres y su comportamiento. Ella era una persona como cualquier otra, no diferente solo por ser de ese clan.
Cuando las lágrimas acudieron a sus ojos, se dio media vuelta para que el resto no la descubrieran en un momento de debilidad y se
marchó del salón como alma que lleva al diablo, no sin antes dar un sonoro portazo que hizo temblar las copas sobre las mesas.
CONTINUARA
