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CAPÍTULO 9
Candy anduvo por el pasillo sin saber a dónde ir exactamente. Las lágrimas de sus ojos le impedían ver con claridad el camino, y apenas fue consciente de que las doncellas la observaban desde el otro lado del pasillo. La joven sentía que se ahogaba. Todo lo que había callado desde que habían viajado en el tiempo salía ahora a la luz y estaba a punto de explotar si no sacaba toda la rabia y la frustración de su pecho. Las manos de Candy temblaban
incontrolablemente y solo pudo respirar con normalidad cuando la primera brisa de aire le azotó el rostro una vez salió de entre los muros del castillo.
La joven agradeció que el patio de la fortaleza estuviera vacío, solo así podría disfrutar de un momento en soledad, algo que echaba tremendamente de menos.
Necesitaba irse de nuevo a la playa que solía visitar en Londres cuando se encontraba mal, aquella playa que le dio la idea de viajar a Escocia a conocer sus raíces, esa playa que tantas y tantas veces se había tragado sus lágrimas, unas lágrimas que ahora rodaban por sus mejillas y mentón hasta perderse entre el escote del maldito vestido que le habían prestado. Sí, visto desde otra perspectiva era precioso, pero en ese instante le parecía un elemento de tortura que le recordaba que ya no estaba en su tierra, sino en otra diferente y salvaje donde ella era el enemigo.
Candy dejó salir las lágrimas. No podía más. Llevó las manos a su rostro, ya empapado, y se dejó caer de rodillas al suelo mientras lloraba desconsoladamente. Le habría gustado que su madre estuviera allí para abrazarla como cuando era niña. Ahora se sentía tan perdida y vulnerable como entonces, por lo que no podía evitar llevar el recuerdo de su madre a ese lugar inhóspito de Escocia.
Deseó con todas sus fuerzas que todo acabara rápido. Que ese extraño viaje en el tiempo llegara a su fin para regresar de nuevo a su época, con su tío Samuel y el resto de la familia White a la que aún no había conocido. Pero esa pesadilla parecía no tener fin. Incluso podía decir que la cosa iba a más, que ya nadie escondía los sentimientos de odio hacia los White, y parecían culparla de todos los males de los MacArdley.
Lo único bueno que sacaba de
todo aquello era Anny. Su amiga parecía no estar pasándolo del todo mal y, aunque no podían verse ni hablar, sabía que estaba preocupada por ella. Algo dentro de su pecho le decía que el hermano del laird no era tan fiero y cruel, por lo que si su amiga estaba bajo su cargo, solo podía estar bien.
—Os enfriaréis, muchacha.
La voz de Albert atravesó el dolor que sentía la joven y llegó a sus oídos. Le dio la sensación de que parecía pronunciar las palabras con suavidad, como si temiera asustarla, pero solo causó más dolor. Desde que se habían cruzado, él había sido su mayor juez y aún no había logrado olvidar que había intentado
matarla.
No hizo caso. Candy ni siquiera levantó la mirada ni se molestó en hacer algún gesto para contestarle. Le daba igual si enfermaba. La verdad es que en ese momento le importaba poco cualquier cosa que no fuera huir de ahí. No lo soportaba más. El dolor del pecho se hacía insoportable y solo deseaba estar a solas para evitar pagar su frustración con alguien.
Al cabo de unos segundos pensó que se había quedado sola, pero cuando apartó las manos de sus ojos y levantó ligeramente la mirada, descubrió las piernas de Albert frente a ella, y un nudo en la garganta le atenazó de nuevo el cuello.
—¿Por qué no te metes en tu querido castillo y me dejas en paz? — preguntó con la voz tomada por las lágrimas.
Entonces, para sorpresa de Candy, Albert se agachó frente a ella y la miró directamente a los ojos. La joven descubrió que parecía realmente preocupado, pero poco le importó, ya que el día anterior la había obligado a ir con ellos sin tener en cuenta su negativa.
—Prefiero escucharos —dijo tras unos segundos de reflexión.
Cuando la había visto salir del salón creyó ver que su mirada estaba empañada por las lágrimas, por lo que cuando animó a sus hombres a seguir comiendo y disfrutar del whisky, Albert decidió salir tras ella para comprobar cómo se encontraba. A pesar de que hasta entonces jamás se había preocupado por los sentimientos de una mujer, y menos una White, el guerrero necesitaba cuidarla. Y cuando salió del castillo y la vio arrodillada en la tierra, sin importarle si manchaba el vestido, sintió tal compasión por la joven que una fuerza no humana parecía empujarlo a abrazarla y consolarla y, sobre todo, a volver a besarla.
—¿Y qué quieres escuchar?
—Lo que sentís, muchacha.
Candy sonrió tristemente, obviando el hecho de que hacía solo unos minutos que había prometido llamarla por su nombre.
—¿Lo que siento? ¿De verdad quieres saberlo?
—Estáis triste. Siempre pensé que un White jamás tendría un sentimiento parecido a ese.
—Los White somos personas como cualquier otro, joder —levantó el tono—. Los White también comemos, dormimos, nos relacionamos y hacemos cosas normales como todo el mundo. Cosas buenas y malas. No
podéis meternos a todos en el mismo saco y pensar que somos iguales.
Candy secó las lágrimas de sus mejillas con algo de rabia. Estaba
enfurecida, y sabía que ya nada podría pararla. Iba a echar todo fuera y poco le importaba lo que Albert pensara de ella. La joven se levantó de suelo con la mirada fija en el guerrero. Parecía echar fuego por los ojos y sus manos seguían temblando con fuerza.
Albert la secundó y también se puso en pie, esperando la reacción de aquella joven tan extraña.
—Estoy harta de que me tratéis como si poco menos que escoria humana, joder. Soy una persona normal y corriente que solo deseaba volver a su casa.
En ningún momento quise venir a este castillo y sigo sin querer estar entre estas paredes.
Candy señaló el interior de los muros del castillo sin quitarle la vista a Albert, que parecía realmente interesado en sus palabras. Y como vio que callaba, la joven siguió hablando.
—Estoy también cansada de que te creas con la autoridad suficiente sobre mí como para decidir si puedo o no ver a mi amiga Anny, la única que me entiende y con la que quiero hablar por encima de todo para desahogarme.
¡Pero como no me dejas estar con ella, ahora te jodes y me escuchas!
Candy respiraba con dificultad. Se sentía a punto de tener un ataque de ansiedad, pero al gritar y sacar de su pecho todos lossentimientos contradictorios que la atenazaban parecía que lograba sentirse ligeramente mejor. El rostro de la joven estaba rojo de ira y frío mientras que sus ojos también habían adquirido ese tono rojizo debido a las lágrimas que aún salían
de ellos como un torrente imposible de detener. A medida que hablaba, Candy movía exageradamente las manos, como si así pudiera darle más dramatismo o autenticidad a sus palabras.
Albert, por su parte, dirigió entonces la mirada a su alrededor, acto que Candy entendió como si quisiera descubrir a alguien escondido que estuviera escuchando la conversación. La joven vio que fruncía el ceño, pero no le dio
demasiada importancia, ya que estaba tan centrada en sus pensamientos y en su idea de sacar todo que apenas reparó en lo mismo que el guerrero.
—¡Estoy cansada de esta maldita aventura que yo no quería emprender! —vociferó mientras se movía de un lado para otro—. Yo solo vine a estas tierras por pura curiosidad, porque había oído hablar de ti y de tu hermano.
Albert la miró de golpe con un gesto de sorpresa total en el rostro.
—¡Sí! Conocía algo de ti, pero no lo que estás imaginando. Me habían contado que eras poco menos que un monstruo que asesinaba por doquier a los de nuestro clan y que acabaste…
—¿Cómo acabé? —preguntó Albert sin entender.
Candy boqueó. No sabía si estaba preparada para soltar la bomba por la boca, pero que Dios la cogiera confesada… Lo iba a hacer. Solo le quedaba aquello por decir y no estaba dispuesta a achantarse entonces.
—¿A qué os referís, muchacha? ¡Hablad!
Candy dio un paso hacia él.
—¡A que acabaste muerto junto a tu hermano en el patio del castillo de los White!
—Pero ¿qué majadería es esa? Estamos vivos.
Albert abrió los brazos para que Candy lo mirase bien. Estaba realmente sorprendido por las palabras de la joven, a la que creía loca en ese momento, ya que la gran mayoría de cosas que había dicho eran tan extrañas que le estaba costando un trabajo enorme seguir el hilo de la conversación. Sin embargo, las palabras que siguieron a las anteriores, lo dejaron
completamente petrificado.
—No allá donde nosotras venimos —explicó casi gritando—. No sé cómo coño hemos acabado en este lugar y en esta época, pero nosotras vivimos en Londres en el año 2019, ¡no en 1615! ¡Joder! Esto es una puta locura. Y no sé qué demonios ha pasado para que estemos aquí, pero no es normal.
Tendríamos que estar en el pueblo de Dollar en el año 2019. Amny y yo vinimos a estas tierras a ver las ruinas de este castillo. Y ahora no son ruinas… —dijo con apenas un hilo de voz como si aún no pudiera creerlo mientras sus ojos se dirigían a las paredes en pie de la fortaleza de los MacArdley—. Y no estoy loca, joder.
Candy soltó todo el aire contenido en sus pulmones y por fin pudo respirar con normalidad. Al fin había soltado la noticia bomba, algo que a ella le estaba costando horrores creer, pero que era totalmente cierto. Y no quería
imaginar qué estaría pensando Albert en ese momento para mantenerse tan sumamente callado en lugar de reírse de ella o poner el grito en el cielo.
Enseguida, Candy se dio la vuelta hacia él. El guerrero la estaba mirando, sorprendido por sus palabras y totalmente anonadado. Pero no parecía querer reírse de lo que le había contado. La joven lo observó.
Parecía sumido en sus
pensamientos, como si le diera vueltas una y otra vez a sus palabras. Sin embargo, nada tenía que ver con eso. Sí, estaba realmente sorprendido por la noticia de Candy, pero no era eso lo que más le preocupaba en ese momento. El joven frunció el ceño al creer escuchar algo, por lo que decidió mantenerse en
silencio.
Sin embargo, Candy no quiso hacer lo mismo. No sabía si deseaba escuchar su risa o alguna palabra despectiva sobre ella, pero al menos oír algo de sus labios en lugar del más completo silencio. Por eso, la joven acortó la distancia con el guerrero y lo empujó suavemente, aunque el apenas se movió del sitio.
—¿Qué pasa? ¿No vas a decir nada? ¡En mi época estás muerto, y no de la mejor manera, te lo aseguro! —Los segundos pasaron e Albert seguía en silencio—. ¡Di algo, joder!
Albert entonces apretó los puños y le dio la espalda a la joven al tiempo que comentaba:
—¿No está todo demasiado… tranquilo?
Como si alguien lo hubiera escuchado, un extraño sonido comenzó a percibirse al otro lado de la muralla norte. Albert dio un par de pasos hacia allí sin dejar de mirar el cielo. Interesada, aunque más bien enfadada por sentirse ignorada por el guerrero, Candy también fue hacia el sonido, aunque su corazón se paró de golpe cuando vio lo que de repente aparecía.
—¡Cuidado! —vociferó Albert al tiempo que se giraba hacia la joven y corría hacia ella para protegerla.
Más de una decena de flechas oscurecieron el cielo en ese momento. Candy abrió la boca, sorprendida por ese ataque repentino, cuando Albert se lanzó
contra ella para protegerla con su cuerpo. Sin embargo, cuando las manos del guerrero tocaron los brazos de la joven, como si todo fuera a cámara lenta, una flecha certera acabó insertada en la espalda del guerrero, cayendo aún consciente a los pies de Candy, que se había quedado petrificada.
No obstante, otro nuevo ataque con flechas llamó la atención de la joven, atrayéndola de nuevo para hacerla consciente del peligro que suponía quedarse allí en medio de una lluvia de saetas. La joven miró a su alrededor y vio que se habían alejado de la puerta de entrada al castillo, por lo que mientras llegaban allí podían ser alcanzados por algunas de ellas. No obstante, enseguida vio que a solo un par de metros de ellos había una carreta que podría servirles de refugio hasta que el ataque acabara o los guerreros del clan
se dieran cuenta de que estaban siendo atacados.
Reuniendo toda la fuerza de que disponía, Candy se agachó para cargar el pesado cuerpo de Albert, que a pesar de estar aún consciente apenas podía moverse. La joven vio de cerca la herida y suspiró con alivio cuando descubrió que se había clavado en un omóplato. No quería imaginar el intenso dolor que debía de estar sintiendo Albert en ese momento, pero la joven se centró en ponerlo a salvo para evitar que otra flecha acabara con su propia vida.
—¡Parad ya, animales! —vociferó la joven al escuchar un nuevo silbido producto de las flechas.
No sin dificultad, Candy logró arrastrar el cuerpo de Albert hasta debajo de la carreta y colocarlo bocabajo para evitar que la flecha se le clavara más en la espalda. La joven se secó una gota de sudor de la frente. El musculoso cuerpo de Albert era tan pesado que le había costado horrores llevarlo hasta allí, pero al menos estaban a salvo bajo la carreta. Respirando fuertemente, Candy asomó ligeramente la cabeza para comprobar que varias flechas más cayeron cerca
de ellos.
—¿Pero qué coño pasa?
La joven dirigió la mirada hacia Albert, que mantenía los ojos abiertos y la observaba con intensidad. El guerrero parecía respirar con dificultad y abrió
la boca para hablar. Candy se acercó a su boca para escucharlo bien, pues parecía estar a punto de perder la consciencia.
—Sácala —le pidió no sin dificultad.
Candy frunció el ceño. No sabía con exactitud a qué se refería con esa palabra y el guerrero, al ver su desconcierto, la atrajo hacia él para aclarárselo:
—La flecha…
—¿Qué? —se asustó—. ¿Estás loco? No pienso sacarte la flecha. No puedo hacer eso.
—He dicho… que la saques —exigió con dificultad.
Candy negó con la cabeza, asustada por su petición. Ella jamás había visto algo así y no tenía conocimientos sobre lo que debía hacer después de extraerla.
—¡Ya!
La joven dirigió la mirada hacia la flecha en la espalda de Albert. Las manos comenzaron a temblarle de nuevo. Durante unos segundos pensó la mejor manera para extraer la dichosa flecha y hacer el menor daño posible al guerrero, pero solo se le ocurrió agarrarla con fuerza y tirar.
Un pequeño hilo de sangre salía de la herida provocada por la saeta. La joven se armó de valor y, respirando hondo, alargó las manos para coger la flecha con fuerza. Un gemido de dolor se escapó de la boca de Albert, que apretó con fuerza la mandíbula y las manos, preparándose para el extremo dolor que iba a sentir cuando la punta de la flecha saliera de su carne.
—¡Venga! —vociferó.
Tragando saliva, Candy se puso en cuclillas y tiró con fuerza de la flecha.
Esta se encontraba bien clavada en el hueso del guerrero, que gruñó con fuerza como un animal herido. La joven sentía como el calor corporal le subía rápidamente y una gota de sudor corría lentamente por su espalda.
Finalmente, reuniendo más fuerza, la joven tiró de la flecha y logró sacarla.
Entonces, un hilo de sangre más abundante salió de la herida.
—¡Mierda! ¿Y ahora qué?
Candy se volvió hacia Albert para saber qué debida hacer entonces, pero descubrió que este había perdido el conocimiento y tenía sus ojos cerrados.
—¡No me jodas! ¡No! —Candy sacudió el cuerpo del guerrero con fuerza mientras que con una mano intentaba taponar la herida—. ¡No te mueras ahora, que solo me faltaba que me echaran también la culpa de tu muerte!
Sin saber muy bien qué hacía, la joven extrajo un puñal que llevaba Albert en el cinto que colgaba de su cadera y lo llevó a la falda que le habían prestado para rajar un trozo de tela con el que poder taponar la herida hasta que todo acabara.
Al cabo de unos minutos, todo el patio quedó en silencio. Ni siquiera podía escucharse nada fuera de los muros del castillo, por lo que la joven asomó la cabeza para mirar al cielo y comprobar que ya no había más flechas a punto de caer sobre ellos. Un escalofrío la invadió cuando miró a su alrededor y vio incontables flechas clavadas en la tierra mojada del patio, pero pudo respirar aliviada tras comprobar que todo estaba en calma y por fin podía salir a pedir ayuda. Sin embargo, cuando estaba a punto de arrastrar de nuevo el cuerpo de Albert, apareció corriendo Sloan, el guerrero con el que había tenido un encontronazo justo antes de entrar en el salón.
—¿Qué ha pasado? Hay mucha gente muerta fuera de los muros.
Candy salió de debajo de la carreta y señaló a Albert.
—Estábamos hablando y de repente le han clavado una flecha.
Sloan la miró con auténtico odio.
—Todo esto es culpa de tu maldito clan —dijo con furia.
Sloan la apartó de un empellón tan fuerte que Candy estuvo a punto de caer contra el suelo. El guerrero se agachó y cogió con fuerza el cuerpo de su laird.
Albert estaba totalmente inconsciente, aunque la joven comprobó que respiraba con dificultad. Sloan iba dejando un pequeño reguero de sangre a medida que arrastraba a Albert por la hierba. Candy intentó ayudarlo, pero una mirada furiosa del guerrero la dejó petrificada.
—No se os ocurra tocarlo. Ya habéis hecho bastante, maldita White.
—Yo no tengo culpa del ataque.
—Ojalá no existierais.
Candy se quedó quieta en medio del patio. Sloan comenzó a pedir ayuda a gritos. Al cabo de unos segundos, los guerreros del clan salieron del castillo y se sorprendieron de lo que había ocurrido mientras ellos disfrutaban de la comida que el laird había ofrecido para ellos. Con el alboroto que habían montado dentro no habían escuchado los silbidos de las flechas. Se habían relajado demasiado y ahora habían herido a su laird. Directamente, todos
dirigieron la mirada a Candy, a la cual culpaban de lo sucedido. La joven, temerosa, desvió la mirada hacia el portón de entrada, que se abría para dar paso a más heridos por las flechas. Incluso algunos parecían tener algún miembro cercenado por las espadas del enemigo. Enseguida, la joven prefirió mirar al frente, donde se encontraba Archie, que la observaba con el mismo deje de odio que los demás. Por primera vez desde que se habían cruzado, el guerrero había mediado entre ella y los demás, pero después de ver la herida profunda de su hermano no sabía qué pensar.
—Mientras mi hermano esté herido, tomo el mando del castillo —indicó Archie con voz y rostro serio—. Llevad a los heridos a la sala de armas para que allí los atienda la curandera.
Después, cuando los guerreros comenzaron a moverse y las doncellas y sirvientes a recoger las flechas clavadas en el suelo, Archie y Candy se quedaron solos. La joven, por una parte, estaba preocupada por Albert, el cual no sabía si iba a salir de esta, pero, por otra, temía por su propia vida ahora que parecía que Archie no estaba dispuesto a defenderla más.
—No estaba fuera para comprobarlo, pero estoy seguro de que vuestro clan es el responsable de esto y de que mi hermano esté herido.
—También podían haberme matado a mí, así que no me culpes como los demás.
—Es cierto —le concedió con seriedad—. Podíais haber muerto, pero estoy empezando a pensar que no os quieren viva en vuestro clan.
Candy tragó saliva. No había pensado en eso. Si alguien le había llegado a Robert con la información de que ella estaba allí y decía que era una White familiar de él, tal vez este, sin conocerla, pensara quitársela del medio.
—No puede ser… —dijo al cabo de unos segundos—. Llevo aquí solo unas horas. Nadie puede haber recorrido el camino hasta el castillo White para informar a Robert y luego volver en tan poco tiempo.
—Pero si Robert White ya sabía que os encontraríamos y él mismo os envió aquí, tal vez haya pensado que ya no requiere de vuestros servicios…
Candy soltó el aire de golpe, enfadada.
—Antes de que nos atacaran le he contado a tu hermano la verdad. No me conocen y no me ha enviado nadie. Todo ha sido fruto de una maldita casualidad.
Archie asintió, pensativo.
—El único que puede dar fe de esas palabras está inconsciente y herido.
Tal y como he dicho hace unos minutos, ahora yo estoy al mano. Y mientras tanto…
Archie se acercó a ella y la agarró del brazo con fuerza, arrastrándola después hacia el interior del castillo.
—¿A dónde me llevas?
—A donde debió meteros mi hermano cuando cruzamos el portón.
Una idea empezó a fraguarse en la mente de Candy, pero intentó
convencerse a sí misma de que no podía hacerle eso. Sin embargo, cuando Archie la condujo por un pasillo aún más oscuro que el resto y con más suciedad, los nervios de la joven saltaron por los aires, envolviéndola por completo. Candy comenzó a sentir un ataque de pánico. Aunque pareciera egoísta, le habría gustado estar con Anny, así al menos no tendría tanto miedo de estar sola en ese lugar tan oscuro y siniestro.
Ese pasillo los condujo a unas escaleras ligeramente mohosas. Un intenso olor a cerrado y humedad subía por la escalinata, provocando que el corazón de Candy comenzara a latir con fuerza.
—Yo no he hecho nada.
—No, pero sois una White. Y hasta que os conocimos, todos los
prisioneros de vuestro clan han estado en estas mazmorras, no se les ha dado una habitación para ellos solos con doncellas y sirvientes a su cargo para pedir lo que deseaban. —La empujó hacia las escaleras—. Conseguí que mi hermano no os cortara el cuello únicamente para utilizaros en la guerra contra los de vuestro clan, pero el trato que habéis recibido ha sido excesivamente bueno. Y nos lo pagáis atacándonos e hiriendo a nuestro laird.
—¿Y qué culpa tengo yo, joder? —vociferó intentando liberarse.
—La misma que cualquier White: toda.
Cuando las escaleras llegaron a su fin, los recibió un amplio pasillo en el que solo podían verse dos pares de celdas abiertas. Candy supuso que no había ningún prisionero en el interior de alguna, aunque el olor que desprendía ese lugar era como si hubiera un muerto en una de ellas.
—Por favor, no me dejes aquí. Intentaremos solucionar esto como sea.
Déjame que vaya a hablar con ese tal Robert, pero no me dejes aquí. Siempre hay una esperanza para que la situación acabe, por favor.
Archie la empujó dentro de la primera celda. La joven trastabilló y tras tropezar con algo, cayó sobre el duro y frío suelo. Allí, aparte del aire tan
viciado, hacía mucho más frío del que había en el exterior del castillo. De su boca salía una bocanada de vaho cuando la joven soltaba el aire de sus pulmones, pero a pesar de eso y su mirada suplicante, nada hizo cambiar de opinión a Archie, que cerró la reja de la celda sin tan siquiera parpadear o mostrar un sentimiento de culpa por ello.
Y solo entonces, Candy optó por utilizar su última bala.
—¿Qué pensará Anny cuando se entere de que me has encerrado?
Aquellas palabras provocaron cierto sentimiento en Archie, que tragó saliva al instante.
—¿Crees que no me he dado cuenta de cómo os miráis? ¿Qué te dirá, que te quiere? —Candy negó con la cabeza al tiempo que agarraba con fuerza los barrotes de la celda—. Te odiará.
—La lealtad a mi clan está por encima de cualquier mujer.
—¿Y tu corazón? —le preguntó Candy.
Archie calló durante unos momentos antes de dirigirse en silencio hacia las escaleras, dejando a Candy tan sorprendida que apenas encontró palabras para seguir intentando que la sacara de allí.
Al cabo de unos segundos, la joven quedó sumida en la soledad, en la oscuridad y en el más completo desasosiego.
CONTINUARA
Con ese trato que recibe ella se esos MacArdley, siendo yo ella, sinceramente y de corazón... Dejo que lo despellejen.
