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CAPÍTULO 10

En ese mismo momento, al otro lado del castillo, en la sala de armas había gran cantidad de personas heridas que antes del ataque al castillo habían sufrido quemaduras y heridas de puñales o espadas. Todos habían coincidido en el culpable de todo: los White. Antes de ser atacados vieron los colores del kilt que portaban los guerreros, además del broche con la insignia de ese clan.

Las doncellas del castillo se habían ofrecido a curar a los heridos más leves mientras que la curandera atendía los casos más graves. En la gran sala, al cabo de unos minutos, los gritos de dolor fueron poco a poco apagándose gracias a las tisanas que ayudaban a los enfermos a descansar.

Por último, la mujer, ya entrada en edad, se dirigió a Albert. Antes de comenzar con todos los demás lo había atendido y le había preparado un ungüento para frenar la salida de la sangre y ya entonces, después de casi una hora atendiendo a los demás, la mujer volvió a dirigirse al dormitorio del laird para ver cómo se encontraba.

Con paso presuroso, Paulina, que así se llamaba la curandera, abrió la puerta del dormitorio, donde también se encontraba Archie cuidando de su hermano. Había dejado a Anny al cargo de uno de sus mejores hombres, sabedor de que no la iba a tocar con intención de acostarse con ella.

—¿Se ha parado la hemorragia? —le preguntó Paulina.

—Sí, hace rato. No entiendo mucho de heridas, pero no parece muy profunda.

Archie se apartó de Albert, que estaba tumbado bocabajo contra el colchón y con el ungüento aún sobre la herida. La curandera lo retiró para comprobar el estado de la misma y esbozó una sonrisa de satisfacción.

—Está muy bien. La flecha fue sacada limpiamente, sin dejar ni un solo trozo de metal en su interior. ¿Quién lo hizo?

Archie apretó los puños y respiró hondo.

—La prisionera White.

Paulina sonrió.

—Pues debéis darle las gracias. Si no fuera por su delicadeza, la herida de vuestro hermano sería aún mayor. —Después se levantó y sacó un par de plantas de un pequeño bolsillo que llevaba colgado del cinturón—. Esto es caléndula. Es buena para las heridas. Cicatrizará pronto también con este aloe vera. Si todo va bien y no se infecta, mañana estará mucho mejor.

Archie asintió y suspiró, aliviado. Aquella era la primera vez que veía a su hermano en ese estado. Alguna vez lo habían herido también con algo de gravedad, pero no había llegado a perder el conocimiento, además de que la herida siempre había sido más superficial.

Paulina se despidió el joven guerrero, dejándolo solo con su hermano. Se acercó a la cama y se sentó a su lado.

—Regresa pronto, hermano. Yo no soy tan bueno como tú. Tal vez he tomado la peor de las decisiones —dijo acordándose de Candy, que estaba en las mazmorras.

En ese momento, se acordó también de Anny, que se había puesto echa una furia cuando supo que la había encerrado como castigo al ataque de los White. No podía quitarse de la cabeza la mirada enfadada y entristecida de la joven cuando le dio la noticia. Él también se entristeció en ese momento, incluso le habría encantado ir a la mazmorra para sacar a Candy de allí solo para contentar a Anny, a la cual había protegido desde que las habían encontrado y, después de pasar tanto tiempo con ella, descubrió que era más interesante que cualquier otra mujer a la que había conocido desde que tenía uso de razón.

Ese sentimiento que crecía en su interior, a pesar de conocerla desde hacía poco más de un día, no le había pasado jamás. Anny era tan especial y tan extraña que deseaba conocerla más a fondo y que esta le contara más cosas del lugar en el que vivía y de la vida que había tenido hasta entonces. Algo le decía que ambas mujeres guardaban un gran secreto, pero no quería obligar a Anny para que se lo contara, prefería esperar hasta que la joven estuviera preparada.

O tal vez Albert ya lo conocía. Candy dijo que ya le había contado toda la verdad, así que puede que quedara poco tiempo para saberlo.

El resto del día estuvo plagado del trasiego de las doncellas ayudando a la curandera con todos los heridos. Cada cierto tiempo cambiaba los ungüentos que horas antes les había aplicado para su curación y poco a poco, a medida que pasaba el día, las heridas fueron sanando hasta que los guerreros pudieron ponerse de nuevo en pie.

Durante la tarde, la fiebre había aparecido en el cuerpo de Albert, cuya herida parecía haberse infectado ligeramente. Por eso, la anciana hizo todo lo posible para que esta bajara y pudiera recuperarse cuanto antes, ya que Archie temía que los enemigos supieran de su debilidad y atacaran cuando menos lo esperaban.

—No puedo hacer más, muchacho —le comunicó la curandera a Archie cuando aplicó el último ungüento que conocía para la fiebre—. Vuestro hermano es fuerte. Saldrá de esta, pero necesita descansar. Os dejaré algo del preparado sobre la mesa. Aplicádselo cada tres horas. Estoy segura de que mañana estará mejor.

El guerrero asintió no muy convencido por las palabras de la mujer. Por primera vez en su vida veía a su hermano atravesando una dificultad así y tenerlo ante él tan débil lo hacía sentirse vulnerable. Por ello decidió quedarse junto a él durante toda la noche para no dejar en manos de algún sirviente la tarea de aplicarle el ungüento para la fiebre, que para su sorpresa fue remitiendo a medida que pasaban las horas.

El alba lo sorprendió dormido. Se había pasado toda la noche despierto con la esperanza de verlo despertar, sin embargo, el cansancio había podido con Archie y se quedó dormido en el sillón que había junto a la cama de su hermano.

Aquellos primeros rayos de sol atravesaron la ventana, dando de lleno en el rostro de Albert, que frunció el ceño, contrariado por aquella molestia.

Lentamente, el joven parecía ir despertando del letargo en el que había sumido después del ataque de los White. Cuando recordó lo que había sucedido, abrió los ojos de golpe e intentó incorporarse, pero un intenso dolor en su espalda lo hizo gemir, algo que llamó la atención de Archie, que despertó poco a poco.

—Si nos estuvieran atacando, estarías muerto —gruñó Albert mirándolo con un esbozo de sonrisa.

Archie se sacudió el sueño de golpe tras escuchar las palabras de su hermano, por lo que se levantó y se acercó a la cama para comprobar que no era un sueño.

—¿Estás bien? —preguntó al tiempo que comprobaba su frente para saber si tenía fiebre—. Ya no te quema la piel, hermano.

Archie sonrió y se sentó en el colchón.

—Menudo susto me has dado, Albert —dijo lentamente y casi para él.

—No esperaba un ataque así. Los rastreadores no han visto a ningún White por nuestras tierras durante días. No entiendo cómo han podido adentrarse por aquí.

—Tal vez la culpa es de la mujer White —se aventuró a decir Archie.

Albert torció el gesto, recordando lo que la joven le había confesado en el patio justo antes del ataque.

—La muchacha me salvó —confesó Albert casi sin poder creer lo que decía—. Podía haberme dejado tirado en el patio para que alguna otra flecha me alcanzara, pero me arrastró hasta el carro para evitarlo. E incluso sabiendo que eran los de su clan, pudo haber huido.

—Eso no cambia ni prueba nada, hermano —lo cortó Archie con rabia.

—Lo sé.

—Debiste matarla cuando nos cruzamos en el camino con ellas.

Albert frunció el ceño. No estaba seguro de qué había ocurrido mientras había estado inconsciente, pero su hermano parecía otro.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde el ataque?

—Fue ayer al mediodía.

—¿Y qué te ha ocurrido para que estés tan rabioso?

Archie suspiró y miró hacia otro lado.

—Me equivoqué con la muchacha. Solo eso. La hemos tratado como si fuera una de nuestro clan. Incluso le hemos prestado nuestra ropa y le hemos dado de comer. —Aunque en ese momento se dio cuenta de que no había dado la orden de que por la noche le llevaran algo de cena—. Y su clan nos lo paga casi matándote.

Archie carraspeó, incómodo y enfadado consigo mismo por haber sido capaz de olvidarse de la joven mientras cuidaba de su hermano.

—¿Y dónde está la muchacha? —le preguntó Albert al tiempo que se incorporaba.

Su hermano dejó pasar unos segundos antes de contestar. El joven tragó saliva y apretó los puños y la mandíbula. Con lentitud, se levantó de la cama para alejarse lo más lejos posible de su hermano y después se giró hacia él y le respondió:

—En las mazmorras —sentenció.

—¿Cómo dices?

—Después del ataque y tras saber que habían sido los White decidí

encerrarla. Estabas herido y no podía dejarla suelta para que terminara con tu vida en un descuido.

—Te repito que me salvó.

—Eso no lo sabía, Albert. Actué según lo hemos hecho con todos los de su clan desde siempre.

—¿Y quién ha cuidado de ella durante la noche? Porque supongo que alguien le habrá llevado comida…

Archie dio un paso hacia atrás al tiempo que negaba con la cabeza. Temía la ira de su hermano. Sabía que había actuado mal y no podía hacer nada para remediarlo.

—Estaba tan pendiente de ti y tu fiebre que no he vuelto a acordarme de ella durante la noche. Lo siento.

Albert apretó los puños mientras miraba con furia a su hermano. Con rapidez, apartó las sábanas y se sentó en la cama. Un gesto de dolor se apreció en su rostro, pero al instante fue sustituido de nuevo por la rabia.

—No has debido hacerlo. Podías haberla encerrado en una habitación cualquiera.

—Los hombres del clan han estado de acuerdo. Ayer por la tarde me lo hicieron saber.

—Ellos no saben lo que ocurrió en el patio ni lo que la muchacha me contó sobre ella y su amiga.

Archie frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

—A la verdad de todo, hermano. Me contó lo que hacían en el bosque cuando las encontramos y, aunque me costó trabajo comprenderla y aceptar sus palabras, reconozco que el ataque me confirmó que eran ciertas.

Albert comenzó a vestirse no sin dificultad, ya que la herida solo se había cerrado ligeramente gracias a los ungüentos de la curandera y todo estaba demasiado fresco aún. Sin embargo, no le importó el dolor.

Su mente estaba puesta exclusivamente en la joven y en lo que le había confesado el día

anterior.

—¿Por qué no te quedas y descansas? —sugirió Archie.

—No descansaré hasta que todo esto haya acabado. Y una flecha no podrá conmigo, hermano. Ve a por la muchacha a la mazmorra y llévala a mi despacho. Quiero que ella misma te cuente lo mismo que a mí.

Archie asintió, pero se quedó parado mientras su mente estaba metida en otra cosa.

—¿Por qué te preocupas por ella? Es una White.

Aquella pregunta pilló desprevenido a Albert, que no se había planteado la opción de contestar a una pregunta tan importante como esa. Y la verdad es que se lo planteó a él mismo en silencio mientras se giraba hacia su hermano.

No sabía qué responder. Tenía razón. Se había jurado a sí mismo acabar con los White que se cruzaran en su camino, pero ella era tan diferente… Y el hecho de pertenecer realmente a otro mundo que no fuera ese le hacía dudar sobre sus propias acciones.

Si en el siglo del que procedía la joven las cosas eran diferentes tal vez la forma de acabar con aquella maldita guerra no era provocar más guerra, sino todo lo contrario.

—Bueno, ella me salvó. Ningún White lo habría hecho, pero ella sí.

Supongo que es diferente, hermano, y no puedo juzgarla como al resto de los de su clan. Cuando te cuente lo mismo que a mí, tal vez lo entiendas.

Albert se movió para girarse, pero sonrió ampliamente y volvió a mirar a su hermano.

—¿Y tú por qué no juzgas a su amiga? Aunque no sea una White sí se ha rozado con ellos…

Archie lo miró, sorprendido.

—No te entiendo… Ella no tiene nada que ver.

Albert soltó una carcajada.

—Hermano, ella también está metida en todo esto. Ya lo verás.

Lentamente, Albert se dirigió hacia la puerta de su dormitorio, dejando anonadado a su propio hermano, que tuvo que obligarse a sí mismo a caminar para dirigirse a las mazmorras.

Se sentía a punto de desfallecer. A pesar de no haberse movido desde que la habían llevado hasta allí por miedo a toparse con algo desagradable, Candy apenas había probado bocado el día anterior, por lo que una intensa angustia crecía en su estómago, que rugía con tanta fuerza que parecía un animal herido.

La joven apoyó la espalda en la pared y dejó caer la cabeza hacia ella, intentando pensar en otra cosa que no le recordara a la comida. Su amiga Anny cruzó por su mente, y no pudo evitar preguntarse cómo estaría.

Deseó que la estuvieran tratando con más familiaridad que a ella y el hecho de que no la hubieran bajado también a la mazmorra le hizo pensar que estaría bien cuidada.

Un nuevo rugido de su estómago volvió a recordarle la comida. La joven lanzó una maldición y una sarta de palabras malsonantes que habrían sorprendido incluso a los guerreros más fieros de ese castillo. Le habría gustado gritar, desfogar con su voz todo lo que sentía en su interior. Pero no podía. Tenía tal debilidad que pensaba que ni siquiera podría levantarse del suelo si aparecía una rata en la celda. ¿Tanto la odiaban que pensaban dejarla olvidada en una celda mientras se moría de hambre? ¿Hasta ahí llegaba la hospitalidad de los MacArdley con los enemigos?

Esas y otras muchas preguntas aparecían en su mente, prometiéndose a sí misma gritárselas a la cara a Archie cuando apareciera de nuevo ante ella.

No obstante, el guerrero no apareció en toda la noche. Ni él ni nadie.

Dejándola olvidada en aquel lugar apestoso en el que apenas le habían permitido tener la luz de un candil o una antorcha.

A medida que pasaban las horas, el ánimo de Candy comenzó a bajar, permitiendo que los pensamientos negativos e incluso autodestructivos aparecieran en su mente. En su garganta se formó un nudo tan fuerte que a veces sentía que se ahogaba. Las lágrimas acudieron a sus ojos y, aunque la joven se negaba a llorar, finalmente la negatividad la venció y dejó que las lágrimas rodaran por sus mejillas hasta esconderse en el escote de su vestido.

Candy encogió las piernas y las apretó contra su pecho. Echaba de menos a su familia y su ciudad. Deseaba poder volver a ver la torre de Londres una vez más y escapar de ese infierno en el que se había envuelto su vida, dando un giro tan radical que incluso a veces seguía pensando que aquello debía de ser un mal sueño del que no podía salir.

Y en ese momento de llanto, la imagen del laird de los MacArdley apareció en su mente. Se preguntó cómo estaría después del ataque y, a pesar de todo, la joven deseó que se encontrara sano y fuerte, ya que no se veía capaz de contar de nuevo a nadie toda la verdad. La preocupación por Albert comenzó a inundar sus pensamientos, dejándola sorprendida por ello. La imagen del guerrero con la flecha clavada en la espalda la abordaba sin saber qué hacer con ella. No entendía cómo era posible que unas personas se enzarzaran en una guerra por algo tan nimio como un terreno o cualquier otra tontería como aquella. Su tío no llegó a contarle el motivo exacto de la guerra entre clanes, aunque sí sabía que Robert White había matado al padre de Albert y Archie, motivo más que suficiente para que hubiera hostilidades entre ambos clanes.

Mientras su pensamiento se encontraba en Albert, un sonido cercano a la escalera llamó su atención. Lo que parecía ser el sonido de pisadas fuertes llegó hasta ella. Candy se levantó del suelo enseguida, limpiándose después las lágrimas para no mostrar debilidad ante nadie. Un intenso mareo la invadió, fruto del poco alimento ingerido durante tantas horas, por lo que necesitó agarrarse a una de las barras de la reja de la celda.

Cuando este pasó, la joven

respiró hondo y miró hacia el lugar de donde provenía la pequeña luz que daba la antorcha que llevaba Archie en la mano.

En el momento en el que el guerrero apareció ante ella, Candy mostró un gesto serio, indignado y enfadado. Por el contrario, a la joven le dio la

sensación de que el guerrero estaba ligeramente avergonzado por su comportamiento y, casi sin hablar, Archie sacó la llave y abrió la celda, apartándose a un lado para que la joven pudiera salir de ella. Sin embargo, Candy no se fiaba por completo de aquella estrategia, por lo que se mantuvo quieta en el sitio.

—Mi hermano quiere hablar con vos —la informó en un tono suave.

Candy se sorprendió.

—¿Está bien?

—Por supuesto. Una simple flecha no acabaría con la vida del laird de los MacArdley.

Candy asintió y dio un paso tambaleante hacia adelante para salir de la celda. Dentro de ella, algo que parecía ser alivio la invadió por completo, permitiéndole formar una sonrisa interna tras conocer aquella noticia.

—Antes de marcharnos de aquí me gustaría pediros disculpas. —Candy levantó ambas cejas, sorprendida—. Lo siento. No debí meteros en este lugar sin consultar a mi hermano. Pero la ira me invadió y solo pensé en vos como una White. Mi hermano me ha dicho que tenéis algo importante que contarme.

Candy asintió.

—Pero en su despacho.

Archie le indicó el camino con tanta amabilidad que parecía ser otra persona respecto a la del día anterior. Ni siquiera se le ocurrió echarle en cara la forma de haberse comportado con ella. En su mente dejó de estar el ánimo por gritarle, tan solo se limitó a seguirlo, sorprendida, y a recopilar todo lo que le había contado a Albert, que parecía haberla creído a pesar de que ella no las tenía todas consigo.

Hicieron el camino hacia el despacho en completo silencio. Candt sentía sobre su nuca la mirada fija de Archie, pero no se molestó en girarse para comprobar si así era. Dentro de ella ardía en deseos de preguntarle por Anny, aunque se mantuvo en silencio. Sin embargo, como si este hubiera leído sus pensamientos le dijo:

—Vuestra amiga se encuentra bien. Está ayudando a Mary en la cocina.

Candy asintió sin tan siquiera volverse hacia él. La joven esbozó una pequeña sonrisa. Conocía a Anny desde hacía muchos años y supuso que sacaría de sus casillas a la cocinera únicamente por intentar hacer algunos pasteles de su época, ya que su amiga había sido siempre una excelente repostera.

Archie la condujo frente a la puerta que había cruzado el primer día tras llegar al castillo.

Tras ella se encontraba aquella biblioteca que tanto le había

llamado la atención y deseó poder verla de nuevo para disfrute de sus ojos.

Archie llamó al instante a la puerta y tras esta se escuchó la voz ronca y algo cansada de Albert. Fue la propia Candy la que abrió, apartando la mano de Archie y dejándole claro que ella podía hacerlo sin ayuda.

Y cuando sus pies cruzaron el umbral de la puerta, el corazón de Candy saltó de puro nerviosismo y alegría por estar allí de nuevo, aunque no supo con exactitud si se debía a los libros o al ver a Albert de pie junto a la ventana de espaldas a ellos, mostrando así su masculinidad y bravura a pesar del ataque del día anterior y de la herida aún fresca en su omóplato. Y la verdad es que el

guerrero consiguió ese efecto en ella. La joven no dejó de sorprenderse al verlo allí en lugar de estar en la cama, reposando y recuperándose, que es lo que haría cualquier persona en su época si recibía tamaño flechazo.

Como si fuera consciente de los pensamientos de Candy, Albert se volvió hacia ella lentamente, provocando casi un suspiro en la joven, que tuvo que reunir todas sus fuerzas para contenerse tras ver la potencia que mostraba el guerrero.

Este se acercó a ella lentamente sin dejar de mirarla fijamente a los ojos, atrayendo su mirada y provocando que se perdiera en el azul de sus ojos como otras veces había hecho.

—Candy White, debo daros las gracias por vuestra ayuda prestada en el día anterior durante el ataque —comenzó diciendo el guerrero, muy serio—.La verdad es que me sorprendió bastante vuestro gesto y solo puedo agradecéroslo, ya que gracias a vos estoy vivo.

Después sonrió ligeramente de lado.

—Jamás pensé agradecerle nada a un White y, sin embargo, aquí

estamos. Y a pesar de que no pudimos hablar sobre lo que contasteis, me gustaría que lo hiciéramos ahora frente a mi hermano.

Archie se removió, incómodo, en el sitio.

—Se pregunta qué es lo que sé para que ahora haya cambiado ligeramente mi idea sobre vos.

—¿En serio la has cambiado? —preguntó, sorprendida.

Albert asintió con esa sonrisa que para Candy era casi irresistible.

La joven le agradeció el gesto con una tímida sonrisa y dando gracias mentalmente al universo por haber conseguido convencerlo.

—La verdad es que lo que me contasteis es bastante…

sorprendente e increíble, pero el hecho de que justo después nos atacaran ha hecho que crea vuestra historia porque si Robert supiera que alguien de su familia está aquí o lo hubiera enviado, jamás atacaría de esa forma y os pondría en peligro, muchacha. —El guerrero dejó pasar unos segundos—. Desde muy pequeño he escuchado historias de brujas y druidas y la verdad es que siempre pensé que eran puras leyendas, y aunque vuestra historia me sobrepasa he decidido daros una oportunidad y creeros.

—Pero ¿qué le habéis dicho a mi hermano para que cambie tan

radicalmente?

Candy sintió que las manos comenzaron a sudarle. Se puso nerviosa de golpe. Lo que iba a contarle no era una historia cualquiera, ni siquiera ella sabía cómo había comenzado y en ese momento no sentía tanta rabia como el día anterior cuando decidió soltar toda la historia de golpe sin pensar en las consecuencias.

Tras un largo suspiro, Candy se giró hacia Archie y comenzó de nuevo su explicación.

CONTINUARA