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CAPÍTULO 11

Al cabo de media hora, Archie necesitó caminar hacia una de las sillas, donde se dejó caer. El guerrero estaba anonadado con aquella historia tan increíble que necesitaba de toda su concentración y fuerzas para creer. Miró primero a su hermano, que lo observaba con tanta seriedad que no le cabía duda de que creía todas y cada una de las palabras de la joven. ¿Los White realmente ganaban la guerra? ¿De verdad eran capaces de apresarlos y acabar con su vida como si fuera un espectáculo trovador? No, no podía ser. Desde que Albert había tomado el mando había logrado hacerse con varias victorias respecto a los White, pero por lo que aquella joven le había dicho todo se desencadenó desde que su hermano rechazó a la hija de Robert.

—Pero ¿cómo consiguen vencernos? —preguntó casi tartamudeando.

Candy se encogió de hombros.

—No lo sé. Mi tío solo logró contarme el final de todo. Al día siguiente, justo cuando viajamos en el tiempo, nos iba a contar todo con pelos y señales.

Incluso me iba a enseñar la biblioteca del clan y los libros donde se contaba lo sucedido durante la guerra entre los clanes. Lamento no poder hacer nada.

Incluso he llegado a pensar que desde que estamos aquí tal vez sea mi culpa que acabéis muertos. No sé… También es muy raro para mí.

Candy se acercó a la mesa del despacho y se apoyó contra ella.

Albert, que se había mantenido quieto al lado de la ventana, aprovechó ese momento para

aproximarse y sentarse junto a su hermano.

—Si ese ataque no hubiera sucedido, no habría creído ni una sola palabra de esta muchacha, hermano. Pero Robert jamás atacaría a alguien de su familia. Lo sé.

Entonces levantó la mirada y la fijó en Candy, que esperó pacientemente sus siguientes palabras.

—Confío en vuestra palabra, Candy White. —Esbozó una ligera sonrisa al tiempo que se frotaba la frente—. Jamás pensé que alguien de vuestro clan nos ayudaría, y menos salvarme la vida. ¿Por qué lo hicisteis?

Candy se sorprendió por la pregunta y no pudo evitar levantar las cejas sin saber qué responder a esa pregunta. Debía reconocer que era bastante buena porque ella también se lo había preguntado a lo largo de la noche, especialmente por haber salvado la vida de una persona que la había secuestrado y llevado a un lugar donde no quería estar y donde la habían tratado como a una asesina. Aún así, recordó que Albert MacArdley le había inspirado, además de miedo, mucha tristeza cuando vio la representación de su muerte. Y ahora que lo tenía ante sí, ese sentimiento se había agudizado.

—Bueno… allá de donde vengo no importa el clan al que pertenecen las personas, tampoco la religión o ideas políticas, ni siquiera la raza. Todas las personas somos iguales por el hecho de ser lo que somos y vivir en el mismo mundo. No importa el lugar en el que vivas, pero si tu vecino es de un país diferente y puedes ayudarlo en algo, ¿por qué no hacerlo? Allí hay más respeto por las personas y se suele tener en cuenta los gustos y los pensamientos de cada uno. No se declara una guerra por cualquier tontería, ya que cada uno piensa de diferente manera y el que tiene al lado lo acepta y

respeta.

Al recordar el futuro y la forma de vivir que había llevado hasta entonces, Candy no pudo evitar emocionarse. En la época en la que se encontraba era más salvaje y despiadada y, sinceramente, una gran parte de ella pedía a gritos salir de allí y huir para buscar desesperadamente algo con lo que volver a su tiempo. Pero aquellos ojos celestes que la observaban…

—Sin embargo, también hay personas malas que intentan sembrar la discordia en ese mundo de paz. Los hay que luchan y pelean por unos ideales mientras intentan destruir los de los demás, llegando incluso a poner bombas o atacar a las personas con cuchillos.

—¿Bombas? —la cortó Albert.

Candy puso los ojos en blanco con una sonrisa.

—Lo siento, no me he dado cuenta de que no lo entenderíais. Es un artefacto que suele estallar y puede matar a muchísimas personas a la vez, como un cañón. Creo que se fabrica con pólvora.

Entonces, la joven se encogió de hombros y un intenso rubor se instaló en sus mejillas.

—Por todo eso no pensé ni un segundo en dejarte allí tirado. Cualquier persona de mi tiempo lo habría hecho, incluso cualquier White. Somos personas, Albert, no un apellido o una idea política o religiosa. Y como personas creo que debemos ayudarnos en lo que al menos esté en nuestra mano. Y aunque… bueno… aunque nos secuestraras a Anny y a mí creo que no eres mala persona, tan solo una víctima de los acontecimientos que te han tocado vivir.

Albert la miraba con tanta intensidad que Candy llegó a sentirse incómoda, ya que no sabía exactamente si lo hacía por curiosidad o pensaba que estaba completamente loca por todo lo que les había contado. Sin embargo, el brillo en los ojos del guerrero la atrapó de nuevo como tantas veces y durante un segundo deseó poder abrazarlo.

Las barreras que se habían alzado ante ellos parecían romperse y caer, permitiendo comportarse como personas de su tiempo sin importar que ella fuera una White, una enemiga.

—Hay algo más que me gustaría contaros… —No sabía cómo continuar—. Durante la representación que vi en el castillo White una mujer me apartó del grupo en el que estaba y me dijo algo. A ver, Anny pondría el grito en el cielo y me tacharía de gilipollas, pero no sé si a vosotros os dice algo. Me comentó que no me conocía de nada, pero que me había visto durante años. Sabía cómo me llamaba y me dijo que yo… tenía que salvar a vuestro clan. Tal vez es una tontería y no hay que darle importancia, pero esa mujer me dijo que era una MacArdley y que debía cambiar lo que sucedió para que vosotros vivierais y fueran los White quienes pagaran por todo el daño.

Los hermanos se miraron.

—¿Cómo se llamaba esa mujer? —preguntó Albert.

—Clara. Anny me convenció de que estaba loca, pero cuando me di cuenta de que habíamos viajado en el tiempo y nos cruzamos con vosotros… no sé… tal vez no estaba loca y tenía algo de razón.

—¿Y qué crees que debes hacer para salvar a mi clan?

Los ojos de Candy se posaron sobre el guerrero. Le habría encantado darle una respuesta coherente y fiable, pero no tenía ni idea. Durante el ataque se dio cuenta de que los White asaltaban a los MacArdley sin importarles si herían a mujeres y niños, mientras que lo poco que había visto en los MacArdley es que a ella, que era White, le habían ofrecido un techo, aunque no fuera recibida como una invitada más.

—No lo sé. Esa mujer no me dijo nada, y la verdad es que creo que no la habría escuchado porque cuando me dijo que debía salvaros me reí. ¿Cómo iba yo a salvar a unas personas que hacía siglos que estaban muertos? Y sin embargo, estáis frente a mí. Tal vez soy yo la que está loca y esto no es más que un sueño o una alucinación.

Albert se levantó entonces de la silla y llevó las manos a los brazos de Candy para apretarlos suavemente.

—Somos reales, al igual que este castillo y todo lo que veis, muchacha.

Puede que vuestra historia nos resulte algo complicada de entender, pero os creo.

—A mí me sigue costando, hermano. Es todo tan… extraño. ¿Y si es una estrategia de los White para matarnos?

—¿Has dejado que ambas muchachas estén juntas? —Archie negó con la cabeza—. Entonces haz llamar a la otra para que responda a nuestras preguntas.

Archie asintió y salió cabizbajo del despacho, dejando solos a Candy e Albert, que se mantuvieron en silencio durante un buen rato, tan solo había un intenso juego de miradas entre ambos. Cada uno estaba metido en sus pensamientos y ninguno lograba adivinar qué pensaba el otro.

Candy modificó la actitud que tenía ante él. Las cosas parecían haber cambiado entre ellos y la perspectiva con la que miraba a Albert había cambiado por completo. Se sentía nerviosa, pero no por haber contado de nuevo el viaje en el tiempo, sino por el hecho de estar a solas con aquel guerrero descomunal que derrochaba, sin ser consciente de ello, una sensualidad y masculinidad que habrían derretido a cualquiera que estuviera en su lugar.

Al cabo de unos minutos de silencio, los nudillos de Archie llamaron insistentes a la puerta y, tras el permiso de Albert, ambos entraron. Cuando Candy vio a Anny después de un día sin saber de ella, dejó su apoyo en la mesa y corrió a su encuentro.

—Joder, tía, estaba muy preocupada por ti —le dijo la joven mientras la miraba de arriba abajo—. Estás horrible.

—Gracias —respondió con una sonrisa—. Me he dejado el maquillaje en la mazmorra, luego bajas tú y me lo traes…

Anny negó con la cabeza con una sonrisa de auténtica felicidad en los labios. Había echado realmente de menos a su amiga y por lo que había podido comprobar, los hermanos MacArdley aún no sabían nada del alboroto que montó cuando descubrió que la habían bajado hasta allí. Varios hombres del clan la obligaron a marchar a las cocinas y desde allí había logrado hacer que las horas pasaran algo más rápidas gracias a la repostería.

Después de abrazar a Candy, la joven se giró hacia los hermanos. Sin poderse resistir, le guiñó un ojo a Archie, que apartó la mirada con cierta vergüenza y después posó sus ojos sobre Albert.

—Solo quiero haceros una pregunta, muchacha.

—Anny, me llamo Anny.

Albert cerró los ojos y respiró hondo. Qué manía tenían aquellas mujeres por llamarlas por su nombre.

—Anny, seré directo. ¿Es cierto que habéis viajado en el tiempo?

La joven, asombrada, miró a Candy, que bajó la cabeza.

—¿Has tenido los cojones de contárselo? —preguntó con cierta sorpresa en la voz—. ¿Y lo has hecho sin estar yo delante para ver sus caras? Flipo, tía.

—¿Es cierto o no, muchacha? —

volvió a preguntar Albert con impaciencia.

—Claro que sí —respondió la joven llanamente—. ¿Acaso crees que la moda de Londres para esta época es la ropa que traíamos o el maquillaje que teníamos en el rostro? Somos del 2019. Es cierto que vivimos en Londres y es cierto que mi amiga pertenece al clan White, pero en ese tiempo no hay disputas.

Albert asintió y miró a su hermano, que observaba con atención a la joven.

Solo entonces se permitió a sí mismo creer aquella descabellada historia.

Desde muy pequeño había oído historias sobre brujas, duendes, magia druida y hechizos, pero ¿viajar en el tiempo? Eso era algo que salía de su entendimiento, aún así, esas muchachas parecían tan seguras en lo que decían, además de su forma de hablar y de vestir, que únicamente pudo asentir y aceptar aquella historia.

—De acuerdo, os creo —sentenció Archie.

—Pues claro que sí —sonrió Anny—. ¿Cómo iba yo a mentir a un tío tan sexy como tú?

Candy le dio un codazo a su amiga con el rostro rojo por la vergüenza.

—¿Tan qué?

—Nada, nada. Cosas de Anny —intervino Candy.

—Luego te lo explico, chato —le dijo la joven al tiempo que le guiñaba un ojo.

Albert carraspeó y se adelantó hacia ellas.

—A partir de ahora podréis estar juntas cuando queráis, pero tendréis protección. —Después se dirigió a Candy—. La gente de mi clan sabe que sois una White y no aceptará que andéis libremente por el castillo. Yo me quedaré con vos hasta que todo se solucione. Archie, ¿puedes proteger tú a Anny o deseas otra tarea?

—Creo que podré hacerlo —dijo ganándose una amplia sonrisa de la joven.

Albert asintió y permitió que ambos se marcharan del despacho, quedándose Candy y él totalmente solos. La joven tragó saliva, incómoda. No sabía con exactitud qué debía hacer ahora. Le habría gustado hablar más tiempo con Anny, pero estaba segura de que su amiga deseaba pasar tiempo a solas con el guerrero. La conocía, y sabía que la joven veía algo en Archie que le gustaba, así que solo podía dejarla con él.

Candy sentía sobre ella la mirada de Albert, por lo que se armó de valor y también lo miró. El silencio se instaló entre ellos, dejando a la joven con el corazón en un puño por no saber qué hacer o decir. Con la cara a contraluz, Albert parecía aún más fiero de lo que hasta entonces había podido comprobar de él, pero su visión sobre el guerrero había cambiado después de ver que por fin creía en sus palabras, por lo que pensar en un futuro incierto no le suponía una migraña como hasta entonces, pues tenía la certeza de que Albert podría ayudarla.

Lo veía extremadamente masculino, más de lo que jamás había sentido con Charles, lo cual no podía dejar de sorprenderla ya que hasta ese momento habían sido enemigos. Y pensar entonces en el beso que se habían dado en el bosque le provocaba un intenso cosquilleo en el ombligo. Pero no podía pensar en algo más, sino en regresar cuanto antes a su tiempo y olvidar aquella experiencia. Ella no era como Anny, ni quería serlo porque si en algún momento dejaban de estar en ese año para volver al 2019 su amiga sufriría, y ella no lo deseaba.

Albert, por su parte, no podía dejar de observarla. Una pequeña parte de él seguía viéndola como a una White, su enemiga, pero después de todo lo ocurrido y tras haber escuchado su increíble historia se obligó a sí mismo a ponerse en la piel de esa muchacha. Si él hubiera viajado a un lugar desconocido con personas que solo deseaban su muerte se habría sentido incluso peor que la joven mientras que ella había intentado por todos los medios huir de ellos y defenderse a sí misma sin la ayuda de nadie.

Había mostrado tal valentía incluso delante de los guerreros del clan que sentía una admiración inmensa por Candy. A pesar de todo lo ocurrido entre ellos, le había parecido ver a una joven amable y risueña cuando estaba en un ambiente relajado. Le había demostrado en más de una ocasión lo ingeniosa e inteligente que era y ese beso… había logrado ver la pasión que encerraba en su cuerpo. Y el orgullo por su clan a pesar de todo y la rebeldía que mostraba continuamente la hacían una muchacha realmente deliciosa y extraordinaria.

Aquellas eran las formas que siempre había buscado en una mujer y hasta entonces no lo había encontrado, pero el hecho de ser una White seguía estando en medio de ambos.

A pesar de eso, decidió romper el incómodo silencio ofreciéndole un lugar diferente para acercar posturas:

—Había pensado en ir al lago. ¿Os apetecería acompañarme?

Candy no pudo evitar un gesto de sorpresa por el ofrecimiento, pero enseguida asintió con la cabeza y sonrió francamente.

—Me encantaría. Pero no puedo ir tan sucia.

—Tenéis media hora para acicalaros. Os esperaré en la puerta de salida.

Candy asintió y corrió hacia la puerta para regresar al dormitorio que le habían ofrecido y lavarse la cara y las manos para estar algo más decente porque después de pasar la noche en la mazmorra y tras haber rajado el

vestido para vendar la herida de Albert del día anterior parecía una andrajosa.

Al cabo de media hora justa, ni un minuto más ni uno menos, Candy apareció por la puerta, radiante y sonriente por poder salir de allí y respirar el aire puro. La verdad es que le apetecía cambiar su visión del lugar y esa época con unos momentos de relajación, ya que desde que habían llegado hasta allí todo habían sido malas caras y órdenes que no estaba dispuesta a cumplir.

Albert la estaba esperando, tal como le dijo, en la puerta de salida. Él también se había cambiado de ropa y parecía estar mucho mejor de su herida en la espalda. Cualquiera negaría que el día anterior había recibido un flechazo después de verlo de pie como si no pasara nada.

—¿Estáis preparada?

Candy asintió. No entendía por qué, pero se sentía como una niña a punto de ir al parque o a la feria para montarse en las atracciones. Por fin creía que podía relajarse un poco y disfrutar, por lo que no quiso mirar a los demás y observar sus rostros enfurecidos por verla con el laird como si nada hubiera

pasado.

Cuando la puerta de la muralla se abrió, ambos salieron de la fortaleza y se internaron entre las pocas casas que había fuera.

Apenas se cruzaron con un par de vecinos que los miraron asombrados, pero Albert no hizo caso de sus gestos y los saludó como siempre, sorprendiendo a Candy por la generosidad que mostró con ellos y el talante serio y amable del guerrero con su gente.

Nada tenía que ver esa cara de Albert con la que su tío Samuel le había querido mostrar de él cuando le costó la historia de la guerra entre los clanes. Creía que Albert era un ser despiadado y cruel que asesinaba por doquier y que seguramente trataría a su gente como un cacique, pero nada más lejos de la realidad. Tras comprobar que ambos habían acercado posturas, Candy descubrió a un Albert totalmente diferente, incluso lo había visto sonreír a un niño con el que se habían cruzado fuera de los muros.

—¿Qué os ocurre? —le preguntó Albert a la joven, que se había quedado parada con el rostro más que sorprendido.

Cuando Candy escuchó su voz, reaccionó al instante y caminó de nuevo hacia él intentando restar importancia.

—Nada, es solo que pareces alguien muy diferente.

—¿A qué os referís? —preguntó sin entender.

Candy sonrió, avergonzada.

—Bueno… cuando te conocí quisiste matarme y lo que había escuchado sobre ti era como si describieran a un monstruo. Sin embargo, ahora muestras una faceta diferente. He visto lo amable que has sido con ese niño y su madre y me ha llamado la atención.

—¿No debería tratar así a los míos?

—¡Claro que sí! No quería decir eso. Es simplemente que lo que había oído hablar de ti era muy diferente a lo que ahora veo. Prejuicios, simplemente.

Albert asintió con una sonrisa y le mostró con la mano el camino a seguir.

Entonces el silencio volvió a instalarse entre ellos, pero Candy lo disfrutó completamente. El viento soplaba suavemente y el día había amanecido sin una sola nube en el cielo. El canto de los pájaros llegó hasta ellos cuando se alejaron del ruido del castillo y se internaron en una pequeña arboleda. Desde allí podían ver claramente el castillo, pero desde este no podían verlos a ellos

debido a la situación del lago.

Las vistas maravillosas del lugar envolvieron a Candy en un estado del que parecía imposible salir.

En ese momento recordó el futuro.

Aquel lugar estaba en la misma dirección de donde habían dejado el coche cuando fueron a ver el castillo MacArdley, no obstante, ellas no habían visto ningún lago, por lo que supuso que lo habían bordeado o tal vez en el futuro ese precioso lugar ya no existía.

Era un lago realmente pequeño, pero tenía un encanto como ningún otro.

Se encontraba rodeado de árboles no muy altos donde los pájaros, tal vez cientos, canturreaban alegrados por el soleado día. Candy intentó calcular el radio del agua y dedujo que apenas llegaba a una treintena de metros, y tampoco parecía ser muy profundo.

La joven sonrió cerrando los ojos y respirando hondo. El día que había pasado en la mazmorra había sido el peor de su vida. No podía imaginar cómo sería estar encerrado en un lugar así durante días, meses o años, por lo que intentó disfrutar de este pequeño respiro en su intenso viaje en el tiempo.

—¿Os gusta?

La voz rasposa de Albert interrumpió sus pensamientos, obligándola a abrir de nuevo los ojos y a dirigir su mirada hacia el guerrero.

—Me encanta. Es un lugar precioso. —La joven sonrió con sinceridad—.Gracias por mostrármelo.

Albert asintió y miró hacia el agua calmada. Después suspiró con fuerza y dio un paso hacia ella.

—Quería pediros perdón de nuevo. —Las palabras parecían salir con dificultad de su garganta—. Desde que tomé el mando tras la muerte de mi padre, todo parece haberse desencadenado. La guerra con los White ya estaba entre las manos de mi padre, pero él parecía haber acabado con ella justo cuando lo traicionaron y lo mataron. Poco después recibí una carta de Robert White obligándome a casarme con su hija, pero la rechacé, y ahí volvió a empezar todo.

Sin saber por qué, Candy sintió celos de aquella mujer que ahora podía estar casada con él, pero enseguida los apartó de su mente.

Albert parecía querer decirle algo más, pero su orgullo de guerrero le impedía hablar con claridad.

Albert mantenía la mirada fija sobre ella, como si estuviera pensando en algo y no sabía cómo decírselo.

—Me gustaría preguntaros algo.

Candy asintió. Estaba realmente nerviosa. Era la primera vez que estaban solos en un lugar así y sin la cruz de ser una White flotando sobre ellos.

—¿En vuestro tiempo no tenéis en cuenta el clan al que pertenece una persona para sentiros… atraído por ella?

Candy sonrió ampliamente al tiempo que negaba con la cabeza.

—No. No nos importa de qué país sea, religión o clan…

—Pues no sabéis cómo me gusta eso… —expresó con la voz ronca antes de acortar la distancia entre ellos para besarla con auténtica pasión.

Candy lo recibió con gusto. La verdad es que la primera vez que la había besado le había gustado en demasía y le había provocado demasiados sentimientos encontrados. Pero en ese momento decidió olvidar todo lo

ocurrido anteriormente y dejarse llevar por lo que su cuerpo deseaba y sentía.

Las manos de Albert agarraron con fuerza el rostro de Candy al tiempo que esta llevaba las suyas al pecho del guerrero. Lo deseaba, sí. La joven se sentía tan atraída por él como nunca lo había estado por ningún otro chico al que había conocido. Tal vez estaba haciendo algo malo. Tal vez no debería olvidar lo sucedido desde que se cruzaron. O tal vez estaba teniendo algún síndrome por el secuestro. Le daba igual. Ella no olvidaba lo sucedido hasta entonces, pero Albert era tan masculino y le parecía tan enérgico y vigoroso que no podía resistirse a ese beso ni al deseo que crecía dentro de ella a la altura de su vientre.

Albert la atrajo hacia él. A pesar de lo que su cabeza pensaba, su corazón y su cuerpo la deseaban más que a ninguna otra cosa en el mundo. Jamás se había sentido atraído de esa forma por una mujer, y menos al ser una White. Pero Candy era tan parecida y a la vez tan diferente a los de su clan que solo podía pensar en ella como mujer.

Hacerlo de la misma forma en la

que la joven lo habría hecho en su época, sin formalidades de por medio que le impidieran acercarse a ella como lo que era, la mujer que más lo había excitado en toda su vida.

La besó con fiereza, como si fuera a ser la última vez que lo hiciera.

Se había reprimido tanto desde que la había conocido que ahora no podía dejar nada dentro de él. Quería mostrárselo todo. Deseaba hacerla gozar como ningún otro lo hubiera hecho en su época. Quería hacerla olvidar el futuro y pensar solo en el presente, en ambos.

Albert llevó lentamente sus manos hacia la espalda de la joven, justo a la altura del nudo que sujetaba el corsé. Lo deshizo con prisas, dejándolo caer sobre la hierba. Después le acarició la espalda, esta vez con suavidad, como si temiera hacer algo indebido y perderla para siempre. En ese momento, Albert se separó ligeramente de ella, aunque manteniendo la frente pegada a la de Candy. Dejó pasar unos segundos en los que el guerrero se relamió los labios, deseando volver a probar los de la joven, por lo que los aproximó y únicamente se limitó a acariciarlos con los suyos, momento en el que sintió que se iba a volver loco.

Hacía demasiado tiempo que no estaba con una mujer, y a veces pensó que había perdido la capacidad de desear, pero en ese instante sintió que la había recuperado de golpe. Su miembro palpitaba dentro de su kilt, deseando ser liberado para dar a Candy todo el placer que guardaba en su interior.

No pudo evitar un gruñido de satisfacción cuando las manos de la joven se detuvieron en los botones de su camisa para comenzar a desabrocharlos. Y cuando por fin su pecho estaba libre, las manos de Candy lo tocaron justo en los lugares que más lo excitaban, como si supiera de antemano dónde debía tocar.

En ese momento, Albert también se atrevió a levantar la mano para apartar la camisola que la joven llevaba bajo el corsé. Cuando este desapareció, la tela quedó más suelta, permitiendo que pudiera acariciar con suavidad los pliegues de sus pechos. Los pezones de la joven se endurecieron con el roce de sus dedos. Apenas sintió la suave brisa que se estaba levantando en aquel soleado día.

—¿Y si nos ven? —preguntó Candy en un momento de lucidez.

Albert negó con la cabeza.

—Desde aquí podemos ver el castillo, pero ellos a nosotros no.

Candy se sintió satisfecha por su respuesta, ya que volvió a besarlo con pasión. Sentía que no podía parar más. Necesitaba tenerlo dentro de ella, sentir el roce del cuerpo del guerrero contra el suyo. En el momento en el que los músculos de Albert se contrajeron bajo la camisa, la joven gimió. El cuerpo de Albert desprendía tal masculinidad en ese momento que creía que iba a desmayarse en cualquier momento por la emoción y el deseo.

El guerrero llevó entonces las manos a la lazada de la falda de la joven para deshacerla y dejarla caer en la hierba, tal y como había hecho con anterioridad. En el momento en el que Candy quedó vestida únicamente con la camisola, él decidió también quitarse el kilt, quedándose únicamente con la camisa.

Albert la miró fijamente.

—Sois hermosa, Candy White —sentenció con la voz ronca.

Y tomando la iniciativa, Candy lo atrajo hacia ella con deseo, dejándose caer ambos, jadeantes, sobre la hierba. La joven abrió las piernas para dejarlo entrar, dispuesta a entregarle incluso su corazón en ese momento, pues los sentimientos contradictorios que la habían acechado durante esos días estaban dejándose llevar hacia un lado, y no estaba segura de si era el mejor lugar hacia donde debía enviar su corazón. Pero en ese momento tan solo le importaba abandonarse y no darle tanto rumbo a sus pensamientos.

—Tal vez os haga daño —le explicó Albert.

Candy sonrió y negó con la cabeza al tiempo que empujaba la cadera del joven hacia ella.

—Ya no soy virgen.

Albert secundó la sonrisa y acercó su rostro al de la joven.

—Entonces no os importará que lo haga rápido.

—Para nada…

Y de un solo golpe de cadera, Albert se introdujo dentro de Candy, que lo recibió con un sonoro gemido de placer. La joven arqueó la espalda, echando la cabeza hacia atrás y dejando el cuello a la vista de Albert, que se decidió a besarlo con auténtica devoción. Poco a poco, Albert comenzó un nuevo movimiento, introduciéndose una y otra vez en el cuerpo de la joven, que

jadeaba con intensidad al tiempo que subía las caderas para que la penetración fuera más profunda.

Las manos de Candy acariciaban la musculosa espalda de Albert, que se contraía una y otra vez a cada movimiento, al igual que los pechos de la joven, que bailaban al mismo son que las caderas del guerrero.

—Por Dios, muchacha —jadeó Albert mientras se dejaba llevar y cerraba los ojos.

El guerrero aumentó la velocidad de sus acometidas, gimiendo cada vez más fuerte, y cuando sintió las contracciones en Candy, se dejó llevar y se derramó dentro de ella con un fuerte rugido.

Albert se dejó caer sobre el cuerpo de Candy respirando con dificultad. Sentía que la cabeza le daba vueltas como nunca y aprovechó ese contacto para succionar el lóbulo de la oreja derecha de la joven.

—No puedo respirar —se quejó esta tras sentir el peso del cuerpo del guerrero sobre ella.

Este se apartó de la joven con una sonrisa en los labios sin poder dejar de mirarla.

—Será mejor que nos vistamos, no quiero que enferméis.

Candy asintió y dejó que Albert volviera a atarle los cordones del corsé. Se sentía pletórica. No sabía qué, pero algo dentro de ella parecía haber cambiado después de eso. Y a pesar de todo, comenzaba a ver ese lugar y esa época de una manera diferente.

Sin embargo, unos ojos muy cercanos a ellos, que habían estado pendientes de todo lo que hacían, juraron venganza por aquella mezcla de clanes. No quería a la White dentro de ese clan y haría lo que fuera para echarla, aunque tuviera que matar a su propio laird.

CONTINUARA