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CAPÍTULO 12

La sombra del encapuchado recorría los pasillos del castillo White.

Había cabalgado todo lo rápido que aquel viejo caballo le había dejado. Dio gracias por la calidad de los caminos aquel día, ya que al no estar lloviendo, estos se encontraban transitables y pudo llegar al castillo del clan White antes de lo esperado.

Minutos antes, había dejado el caballo en las cuadras del patio y había hecho llamar al que era la mano derecha de Robert White.

Este no era otro que su hijo, Neall White, al cual había educado a su imagen y semejanza, inspirando en la mente del joven sus mismas atrocidades y crueldad. Este

había salido lo antes posible del castillo y se había dirigido directamente hacia él, que lo esperaba en el centro del patio rodeado de numerosos hombres del clan que no se fiaban de él debido a ser uno más del clan enemigo.

El encapuchado miró sorprendido a Neall. Era la primera vez que lo veía ante él y no podía más que sorprenderse. Le habían dicho que este tenía alrededor de unos veintisiete años, pero después de verlo aparentaba casi los mismos años que Robert White, al cual sí había visto en otras ocasiones. El chico era alto y demasiado delgado. No parecía haber crecido con el entrenamiento que todo guerrero debía tener, sino más bien aparentaba estar enfermo, pues su piel parecía haber adquirido un tono amarillento poco natural.

Al encapuchado le dio la sensación de que Neall White hacía tiempo que no había probado el agua, pues su pelo grasiento y las marcas de

suciedad en su cuello así lo indicaban. Su cara ancha mostraba un rostro severo, además de una gran cicatriz en su ojo. Sus ojos parecían tener el color de la miel, pero estaban tan hundidos que parecía que hacía días que no dormía. Su nariz estaba torcida, dándole un aspecto realmente extraño y monstruoso, y cuando el joven se plantó frente a él, mostró una sonrisa sádica desdentada que no gustó al recién llegado.

—Os esperábamos desde el día de ayer —le reprochó Neall cuando llegó frente a él—. Habíamos quedado después del ataque.

—Lo sé, pero el ataque lo habíamos planeado la semana pasada y hace dos días han cambiado las cosas.

Neall frunció el ceño.

—¿A qué os referís?

—Os lo quiero contar frente a vuestro padre. Es muy importante.

El joven asintió y lo invitó a seguirlo al interior del castillo.

Y allí se encontraba el encapuchado. Siguiendo los rápidos pasos del hijo del laird por aquellos oscuros pasillos en los que apenas había ventanas que pudieran dar algo de luz al interior de la fortaleza. El invitado torció el gesto.

A pesar de que había hecho planes con el enemigo de su clan, no le gustaba estar entre esas paredes. No le gustaban los White. No se fiaba de ellos, pero quería derrocar al laird de su clan, Albert MacArdley. Se conocían desde pequeños y siempre lo envidió. Él también quería su puesto, un puesto que consideraba que no merecía. Era él quien debía ser laird. Nunca le había gustado servir y por eso odiaba tan fuertemente a Albert .

Neall White llegó frente a una enorme puerta, donde llamó insistentemente con los nudillos. Tras escucharse detrás la voz de Robert, Neall abrió la puerta y lo invitó a entrar. Aquella estancia era uno de los salones del castillo. Era algo pequeño para cenar con invitados, por lo que supuso que era un salón privado del laird. Una pequeña chimenea daba la bienvenida con un fuego y una pequeña mesa en un lado con ocho sillas era la única decoración del lugar. Era tan sumamente sobrio que incluso el recién llegado sintió un escalofrío por su espalda.

—¡Amigo MacArdley! —Robert White se adelantó con los brazos

abiertos, dándole la bienvenida—. Lo esperábamos ayer.

La sonrisa que mostraba el laird no convencía al encapuchado, que temía ser pasto de los perros de los White antes de salir de ese castillo.

—Hubo algo que se torció en nuestro plan. Hace una semana todo transcurría con normalidad, pero cuando Albert y sus mejores hombres salieron del castillo para atacaros se cruzaron con unas mujeres.

—¿Y qué pasa con esas mujeres? ¿Acaso las ves capaces de frenarme? Nadie lo hará, amigo mío.

—Lo sé. No lo dudo, señor. Pero hay algo más. Albert las llevó secuestradas porque una de ellas es White.

—¿Y la otra? —preguntó realmente interesado.

El encapuchado se encogió de hombros.

—Es inglesa, señor. Ella no es peligrosa. Pero la otra muchacha le dijo a Albert que es familiar vuestro. Albert supuso que la habíais enviado vos.

Robert frunció el ceño y miró a su hijo al instante. Este se encogió de

hombros y levantó las manos sin saber qué decir al respecto.

—¿Has enviado tú a alguien a los MacArdley?

—Claro que no, padre.

—¿Y Karen? Regresó muy enfadada por la humillación.

—Ella me lo cuenta todo. Jamás haría algo así. Karen habría ido ella misma a matarlo, no enviaría a nadie.

Robert miró al encapuchado.

—¿Qué más sabéis de esa muchacha?

—Poco más, señor. Solo que es familiar vuestro y que robó el caballo de Albert. Mi señor la llevó con él al castillo para usarla como moneda de cambio, pero… la realidad es otra.

—¿A qué os referís?

—Ayer durante el ataque ambos estaban en el patio hablando. Una flecha dio de lleno en Albert y la muchacha, en lugar de correr y protegerse, lo salvó.

—¿Una White salvando a un MacArdley? —Robert apretó los puños con fuerza—. Espero encontrarme a esa muchacha pronto. Sufrirá en sus propias carnes el castigo que hay que infringir a ese MacArdley.

—Hay más, señor. —Tragó saliva. No sabía cómo continuar—. Esta mañana Albert la ha llevado a dar un paseo hasta el lago que hay cerca de nuestro castillo. Y… bueno…

—¿Qué ha pasado?

—La ha hecho suya.

—¿La ha violado? —vociferó Robert.

El encapuchado negó con la cabeza.

—Ella no parecía resistirse, señor.

Robert White dio un manotazo sobre la mesa del salón. Estaba realmente enfadado.

—¿Cómo se llama esa muchacha? Si es familiar mío, la conoceré.

—Su nombre es Candy White. Y lleva un colgante con el símbolo de vuestro clan.

Robert se extrañó. No conocía a nadie con ese nombre en su familia. Ni siquiera era un nombre demasiado común, por lo que si había alguna muchacha llamada así entre los White, la conocería. Pero no. Era una completa desconocida. El laird frunció el ceño mientras pensaba algo sobre aquella joven. Tal vez estuviera mintiendo sobre su identidad, pero si así era, no gozaba de mucha inteligencia, pues si se había cruzado por pura casualidad con Albert, decirle que era una White era una completa locura. Pero si llevaba un colgante con el símbolo del clan, ¿por qué demonios no la

conocía?

—¿Creéis que puede entorpecer nuestros planes?

—No lo sé, señor. Creo que no. Es una muchacha demasiado extraña, y su amiga también. Llegaron al castillo con unos ropajes que jamás había visto y hablan también muy raro. Pero no parece peligrosa para nuestros planes. De hecho, diría que es todo lo contrario. Si Albert está cegado por ella, no estará tan atento a nuestros movimientos.

Robert asintió, convencido por sus palabras. Y vio en esa joven la

oportunidad que llevaba buscando desde hacía meses para acabar de una vez por todas con Albert MacArdley.

—Está bien. Dejadla en paz. Pero si veis que puede entorpecernos,

matadla.

El encapuchado asintió al tiempo que sonreía.

—Sería un placer acabar con su vida.

—Y ahora, pensemos el plan. Hay que llevarlo a cabo cuanto antes.

Candy no sabía qué decir mientras regresaban al castillo.

Había pasado algo más de media hora desde que llegaron a ese fantástico lago e hicieron el amor

por primera vez, pero a pesar de ese contacto tan íntimo entre ellos, la joven no sabía cómo reaccionar entonces. Y era algo demasiado extraño para ella porque normalmente tenía una respuesta para todo y una conversación para cualquier momento, incluso después de tener un encuentro así con algún otro chico, ya que solía salir la picaresca que corría por sus venas. Pero con Albert era diferente. Dentro de ella había una sonrisa enorme que apenas le cabía en el pecho, pero en su exterior se sentía cortada. No se avergonzaba en ningún momento de lo que había hecho con el guerrero, sin embargo, después de todo lo ocurrido entre ellos parecía extraño haberse acostado con él si dos días atrás quiso matarla. Mientras se colocaba por enésima vez la ropa, en un intento por perder más el tiempo y evitar una conversación, Candy se dio un golpe mental en la cabeza. Ahora que lo pensaba fríamente no entendía cómo podía haberse acostado con Albert, pero cuando lo miraba sentía algo dentro de ella que era inexplicable. Y cuando el guerrero había posado de nuevo los labios contra los suyos… no sabía ni cómo describirlo, tan solo sentía un hormigueo a la altura del vientre.

Pero no podía ser. Era imposible sentir algo así por una persona a la que conocía desde hacía solo un par de días. Sin embargo, conocía a Anny y en su rostro veía que realmente tenía ciertos sentimientos hacia Archie, y era algo que siempre le había pasado.

Su amiga siempre fue muy enamoradiza, pero ella jamás sintió algo por una persona desde el primer día. Nunca había creído en los flechazos, pero esta vez… era tan diferente que no estaba segura de si se trataba de uno.

—Estáis muy callada.

La voz de Albert interrumpió sus pensamientos, obligándola a levantar la mirada y observarlo.

Le sorprendió ver que la expresión de su rostro había cambiado tanto que parecía una persona totalmente diferente. Incluso en sus labios se dibujaba una sonrisa extraña, como algo parecido a la felicidad. Si no lo hubiera visto hacía tan solo dos días, habría creído que Albert MacArdley era una persona bonachona y encantadora. ¿Ese era el guerrero sanguinario del que le habían hablado? ¿Ese era el que asesinaba por doquier a los White? ¿En serio? Candy comenzó a pensar que el Albert MacArdley del que le habían hablado era una leyenda o mito inventado por los White para echar la culpa al clan enemigo y así ensalzarse ellos porque incluso tras conocer a Archie descubrió que no eran tan fieros como los pintaban, solo algo hoscos y ceñudos. Pero por lo demás eran personas normales.

Si hubieran querido matarla de verdad, ya estaría bajo tierra.

—Lo siento, solo estaba metida en mis pensamientos.

—No quería interrumpiros… —se disculpó.

Candy sonrió antes de comenzar a sacudir los hombros y reírse a

carcajadas. Albert la miró, desconcertado.

—¿Os reís de mí?

La joven asintió e intentó calmarse para poder explicarle lo que pensaba.

—Sí, lo siento. —Levantó las manos con las palmas abiertas—. No me mates, por favor. Es que me sorprendes.

Albert paró y la miró al tiempo que se cruzaba de brazos.

—Mírate. Ahora pones la pose de guerrero malote, pero luego me

sorprendes disculpándote por interrumpir mis pensamientos, en los que por cierto estabas tú. No sé… me hace gracia tu forma de ser. Solo eso.

—¿Guerrero malote? —Candy asintió con la sonrisa en los labios—. ¿Y qué pensabas sobre mí?

La sonrisa de la joven se borró al instante de sus labios. No quería

descubrirle sus pensamientos en ese momento porque tal vez fuera algo pasajero o una simple atracción por la típica leyenda sobre los highlander que a más de una le habría gustado vivir.

Quizá estaba viviendo su propia

aventura en las Highlands con un guerrero a la altura, pero temía que terminara y su corazón volviera a sufrir.

—Nada, tonterías.

Candy intentó dar un paso más hacia el castillo, pero Albert la detuvo agarrándola del brazo suavemente. La joven puso los ojos en blanco y lo miró de reojo.

—¿Me vas a interrogar?

—Es lo que hacemos los guerreros malotes…

Candy rio suavemente, aunque después bajó los hombros, derrotada.

—Está bien, pero no te rías o te robo esa daga y te la clavo en un ojo. — Albert levantó una ceja, divertido.

Aquella mujer era realmente extraordinaria

—. Aunque pasarías a ser el guerrero malote tuerto, y eso no mola… Bueno, que me voy del tema. Estoy nerviosa, joder.

—Y estáis consiguiendo que yo también me ponga —indicó Albert.

—Vale… —Suspiró—. Pues que creo que me gustas… Ya está. Eso es.

Candy soltó el aire de golpe. Lo había dicho todo de carrerilla sin tan siquiera mirar a los ojos a Albert. La joven se mordió el labio, nerviosa. Nunca le había costado tanto declararse a alguien por el cual sentía algo, por lo que se dio cuenta de que era más grave de lo que pensaba.

Por eso, después de mirar de reojo a Albert, que se había quedado callado, se giró para volver al castillo. No obstante, la garra Albert la paró, obligándola a volverse de nuevo hacia él y, antes de que dijera algo, Albert la besó con fuerza, atrayéndola

hacia él y apretándola tan fuerte contra su cuerpo que parecía que no quería dejarla ir.

Pasados unos segundos, el guerrero la soltó de nuevo, pero no se apartó de ella, apoyando la frente contra la de Candy.

—No sé si la misma clase de brujería que os ha traído aquí me ha hechizado a mí también, pero aunque me cuesta reconocerlo, yo también lo siento por vos, muchacha. Apenas os conozco, pero he visto lo suficiente como para saber que sois diferente a las demás que he conocido y tenéis las virtudes que siempre he deseado.

—Pero soy una White —intentó mostrar lo que siempre los separaría —. Hace semanas que sufrí por culpa de mi novio, y no quiero hacerme ilusiones con alguien que, aunque a mí me dé igual, él no olvidará que soy

parte del enemigo.

Albert calló. Tenía razón. A pesar de los sentimientos que tenía hacia ella, no podía olvidar que era una White, e incluso había deseado internamente que no lo fuera. No quería cambiar nada de ella, tan solo su apellido, algo

que, aunque se tratara únicamente de un nombre, la gente de su clan no estaría dispuesta a aceptar por nada del mundo. Incluso no quería ni imaginar qué haría su gente si supieran que habían intimado.

Candy sonrió tristemente.

—¿Lo ves? En mi época daría igual el nombre o título. En esta sé que mi apellido es más importante que la persona que se esconda tras él. —La joven se encogió de hombros al tiempo que un nudo en la garganta comenzaba a formarse—. Intentemos olvidar lo de hace unos minutos. Fue solo un encuentro fortuito que ambos deseábamos y ya está. No tiene más importancia. En mi época es algo muy común.

Candy se dio la vuelta, deseando que la mano de Albert volviera a frenarla de nuevo. Sin embargo, esta vez no la detuvo nada. Sus pasos la llevaron de nuevo al castillo, dejando a Albert pensativo.

El guerrero apretó los puños con tanta fuerza que sintió cómo las uñas se clavaban en sus palmas.

Candy tenía razón. Su apellido era un problema tan grande que no le perdonarían jamás que mantuviera una relación con una White. Incluso se atrevería a decir que los MacArdley serían capaces de echarlo de su cargo. Pero tampoco podía ocultar sus sentimientos y enterrarlos. Toda su vida se había dedicado en cuerpo y alma al clan. Jamás tuvo tiempo de mantener una relación con alguna muchacha de los

alrededores más que para un encuentro de una noche y al día siguiente olvidarse de lo ocurrido, pero con ella le ocurría algo muy diferente. La deseaba para algo más que para eso. Candy era tan atractiva, sensual, inteligente y carismática que parecía haberlo hechizado desde el momento en que la vio. Su belleza no era algo ajeno a nadie, ni siquiera para los guerreros del clan, a los que ya había oído algún que otro comentario obsceno sobre ella.

Albert se llevó una mano al rostro. Estaba completamente parado en el valle que lo separaba del castillo y por fin se decidió a levantar la mirada hacia adelante. Candy se había alejado de él alrededor de una veintena de metros, pero aún así podía verla con claridad. La joven parecía no acostumbrarse a la

indumentaria de la época y a veces se tropezaba con la falda, obligándose a parar y colocarla de nuevo, algo que hizo sonreír a Albert. Sin embargo, la sonrisa se borró de su rostro al instante cuando vio a un pequeño grupo de aldeanos muy cerca de ella que parecía estar esperándola.

Los vio cuchichear mientras lanzaban miradas y la señalaban con el dedo, por lo que el guerrero se lanzó hacia el camino por el que iba Candy para alcanzarla cuanto antes. Se había prometido protegerla, y no estaba dispuesto a fallar a su palabra.

Una lágrima tras otra caía sobre el rostro de Candy mientras caminaba sin apenas ver hacia dónde se dirigía. Las primeras casas de los aldeanos del castillo aparecieron ante ella sin haberlas visto con anterioridad, ya que andaba tan metida en sus pensamientos y en su amargura que no podía pensar en otra cosa que no fuera en su corazón malherido y en maldecir una y otra vez su apellido, algo de lo que siempre había estado muy orgullosa.

—¿Qué sola estáis, White?

La voz divertida de un hombre cerca de ella llamó su atención.

La joven se limpió las lágrimas con disimulo antes de levantar la mirada y posarla sobre él. No solo había uno, sino que eran cinco los hombres del clan MacArdley que ahora se acercaban hasta ella, rodeándola mientras una sonrisa que rozaba el sadismo se dibujaba en sus rostros.

—Nuestro laird habrá decidido soltarla para que podamos divertirnos a gusto —sugirió otro.

—Yo no tengo nada que ver con vuestra maldita guerra. Estoy harta de decirlo, así que si me disculpáis…

Candy intentó abrirse paso entre los hombres, pero el primero que había hablado le cortó el paso y la empujó hacia el centro del círculo que habían formado. La joven tragó saliva. No tenía el humor necesario para enfrentarse a ellos, solo quería atravesar el enorme portón e ir a buscar a Anny para contarle su sufrimiento interno.

—¿Qué pasa, White, si no estáis con los que son traidores vuestra

valentía merma? —preguntó uno de ellos al tiempo que sacaba la daga del cinto y la tiraba a los pies de la joven—. A los vuestros os gusta cortar nuestros cuellos. ¿Por qué no intentáis hacerlo ahora con nosotros?

—Venga, zorra —escupió uno de ellos—. A ver las agallas que tenéis.

Candy apretó los puños con fuerza. Durante unos segundos, deseó agarrar esa daga con fuerza y matarlos a todos para después buscar la manera de regresar a su tiempo y a su casa. Pero sus fuerzas y su ánimo estaban tan bajos que no quería entrar en debates que no entenderían.

—Vuestro enemigo es Robert White, no yo.

—¡Coged esa daga e intentad matarnos! —vociferó uno de ellos.

Candy se mantuvo quieta hasta que finalmente uno de esos cinco hombres sacó su propia daga y acortó la distancia que lo separaba de Candy. La joven dio un paso atrás, asustada por la expresión de auténtico odio del hombre, pero no logró llegar muy lejos, ya que el que había tras ella la agarró por los brazos, inmovilizándola, mientras que el otro pasaba la daga por el rostro de Candy.

—¡Suéltame! —le exigió intentando desasirse de sus manos.

—¿Qué pasa, White, no sois tan valiente sin los vuestros?

La punta de la daga del hombre se clavó ligeramente en el cuello de Candy, provocando que esta torciera el gesto por el dolor al tiempo que las risas de los allí presentes llegaron a sus oídos.

—Eres un hijo de puta —le espetó Candy mirándolo a los ojos antes de levantar su pierna derecha y patear la entrepierna del hombre.

La sonrisa se borró de su rostro al instante, doblándose sobre sí mismo por el dolor. Las risas de los demás también se apagaron, y aunque Candy intentó liberarse, no lo consiguió. Pasados unos segundos, tras recuperar el aliento, el hombre volvió a incorporarse y, antes de que Candy pudiera adivinar sus

pensamientos, lanzó su puño contra el costado de la joven. La joven sintió como si todo el aire del mundo de repente se acabara. No podía respirar. Un dolor intenso en las costillas le impedía expandirlas para volver a tomar aire, por lo que boqueaba sin poder respirar. Cuando el hombre intentó volver a golpearla, unos dedos fuertes se aferraron alrededor de su muñeca, apretando con tanta fuerza que en su rostro se dibujó una expresión de auténtico dolor y terror al ver de quién se trataba.

—Como laird de este clan, ¿puedo saber qué demonios estáis haciendo?

—Estamos dándole una lección a la White para que aprendan todos los de su clan, señor —explicó el hombre entre dientes por el dolor.

—¿Cuándo he dado esa orden?

El silencio se hizo a su alrededor.

El hombre que sujetaba a Candy la soltó, dejando que la joven cayera sobre la hierba intentando recuperar de nuevo el aliento.

—Nunca, señor.

—Pues espero que esta sea la última vez que hacéis algo así sin haber escuchado mis órdenes.

El hombre asintió e Albert por fin lo soltó.

—Y eso va por todos —dijo mirándolos de reojo—. Esta guerra acabará a mi manera. ¿No tenéis nada que hacer?

Los hombres del clan se apartaron, dejando entrar el aire en el grupo y permitiendo que Albert se agachara sobre Candy para llevar una de sus manos a la cintura de la joven y ayudarla a levantarse. Esta, con dificultad, se puso en pie y se apoyó contra el musculoso cuerpo del guerrero, que la agarró con fuerza, impidiendo que cayera de nuevo.

Después, tras echar una última mirada de advertencia sobre sus propios vecinos, Albert se dirigió hacia el portón, el cual se abrió lentamente para permitirles el paso y con los ojos de gran parte de sus hombres puestos sobre ellos, sorprendidos por el comportamiento de su laird, que abrazaba con tanto cuidado a aquella joven que cualquiera habría creído que no era una White.

CONTINUARA