3. Ojos en el camino.
Catelyn
Sus pies estaban mojados. Su pelo estaba mojado. Su ropa estaba mojada.
- A esta porquería de barro no se le puede ni llamar camino – resopló su tío Brynden cuando su caballo se acercó a ella – Es que con toda esta lluvia que hemos tenido, esto está cada vez más embarrado.
- Como si los dioses estuvieran llorando
- Supongo que es una forma de verlo.
- Como si los dioses no quisieran que nosotros fuéramos para ahí.
- ¡Ay, Cat! Tu sigues con esos augurios y premoniciones.
- A ella no le gusta nada todo esto. Está muy inquieta.
- ¿A quién? ¿A tu lobo? Cat – su tío quería regañarla por ser tan supersticiosa.
- Míralos. Junto con Viento Gris. Se la pasan aullando y dando vueltas. Ellos sienten cosas, tío. Cosas que nosotros no vemos. Cosas que nosotros no entendemos.
- No te preocupes. Todo esto acabará pronto. Para mañana de noche todos vamos a estar ahogando nuestras penas en el vino barato de los Frey y su bazofia de comida mientras tu hermano se va a pasar la noche con su adorable noviecita – Brynden Tully dijo con una pequeña carcajada.
Unas horas más tarde llegaron a Los Gemelos y fueron recibidos por dos de los hijos de Lord Walder Frey.
- Los lobos se quedan afuera – dijo uno de ellos.
- ¿Es necesario? – respondió Robb arqueando sus cejas. – No creo que su padre apruebe que ustedes insulten a estos dos miembros tan importantes de mi familia. – La sutil amenaza quedó flotando en el aire.
- Son bestias.
- Vienen con nosotros.
- Es su responsabilidad – respondió en joven Frey de mal humor y se dio media vuelta para llevarlos hacia el castillo.
Catelyn acariciaba a Nymeria y le rogaba silenciosamente que se comportara. Levantó su mirada y vio todas las banderas Frey con sus dos torres en los balcones. Miró hacia atrás y pudo distinguir las banderas del ejército de su hijo flameando junto con el distintivo del lobo gris y de la trucha azul de sus dos Casas. Quería creer fervientemente que esa unión de banderas y afinidades sería favorable.
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Arya
No llovía. Pero ella igual se sentía mojada.
Estaban descansando en una apacible granja que habían encontrado en el camino y no habían estado marchando hacía ya unas horas. Pero ella igual estaba cansada.
Los granjeros eran muy amables. Pero ella igual no estaba tranquila.
No era ella, se dio cuenta Arya.
Quédate a mi lado, compórtate bien, una voz le decía y una mano calentita le acariciaba el pelo suavemente.
Cerró los ojos para ir a dormir y de pronto se encontró en un gran castillo. Dos castillos en uno, para ser exactos. Dos torres unidas por un puente. Reconocía esta bandera. La había visto antes. Un salvaje recuerdo la golpeó cuando sus ojos se posaron en una bandera rosada con un hombre desollado atado a una cruz que ondeaba junto a las demás banderas que ella conocía bien.
Su mente la llevó a otro castillo. Otra vida, se podría decir. No era Arya sino Comadreja. Estaba al servicio de un hombre, un hombre importante. Tywin Lannister. Y vio las cartas, la correspondencia, los mensajes. Y los blasones. El leon, las dos torres y el hombre desollado.
Era una trampa.
Rápidamente se levantó y despertó a sus compañeros.
- Debemos irnos – les ordenó.
- Pero recién llegamos a esta granja. ¿Por qué no nos quedamos y comemos y descansamos? – se quejó Pastel Caliente.
- Debemos irnos – insistió la niña.
- ¿A dónde?
- No puede faltar mucho. Estamos cerca.
- ¿Cómo lo sabes? – preguntó Gendry.
- Solo lo se – fue su respuesta encogiendo sus hombros y ladeando su cabeza.
Se puso de pie y comenzó a caminar hacia la puerta, pero nadie la estaba siguiendo.
- ¡Vamos! – le insistió.
- Arya, quedémonos aquí por unos días. Aquí estaremos a salvo. Ayudamos a esta gente con su granja y tenemos comida y un techo para pasar la noche. ¿Para qué nos vamos a ir? – Gendry trató de razonar con su amiga.
- Yo tengo que irme.
- ¿Por qué? ¿A dónde?
- Mi familia.
- Nosotros podemos ser tu familia- Pastel Caliente le ofreció con una amplia sonrisa. – Quédate.
- Debo irme. Me están esperando.
- ¿Cómo lo sabes? – volvió a preguntar Gendry
- Es que … no … Me tengo que ir ….
Nadie dijo nada por unos minutos. El silencio era agobiante.
- Buena suerte Arry – le dijo Pastel Caliente bajando la mirada con tristeza.
- Cuídate mucho Arya. Espero que encuentres a tu familia.
Los ojos tristes de sus dos amigos reflejaban la tristeza que ella también sentía. Habían sido inseparables desde que había comenzado toda esta pesadilla y se habían cuidado uno al otro. Pero ahora ella debía dejarlos.
Los miró por última vez y se dio vuelta. Se fue. Hacia el gran río, hacia las dos torres, hacia el hombre desollado. Hacia esa mano calentita que suavemente le acariciaba el pelo y le rogaba que se quedara a su lado y comportara bien.
