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CAPÍTULO 13
Candy se sentía mareada. Jamás le había sucedido algo parecido a aquello.
No pudo sentir más que el odio de ese hombre hacia ella a pesar de no conocerla. Pero las risas de los demás consiguieron partirle el alma. No estaba preparada para ello a pesar de estar en esa época ya unos días. No conseguía acostumbrarse a ese bullying al que era sometida solo por su apellido. Y lo peor de todo era que tras intentar defenderse solo consiguió que le golpearan las costillas, esas que ahora le dolían como si se las hubieran partido en dos.
La joven apoyaba gran parte de su peso contra Albert, que la cargaba con facilidad, como si tan solo llevara una pluma entre las manos, unas manos que parecían tocar porcelana y temieran romperla en cualquier momento.
Los ojos de Candy tan solo veían las piedras y la hierba del suelo hasta que poco a poco, a medida que sus pulmones se recuperaban, la joven pudo incorporarse lentamente e intentó separarse de Albert.
—No —dijo el guerrero apretándola más contra sí—. Hay que mirar ese costado.
—Estoy bien —le aseguró con firmeza.
—Perfecto, pero lo comprobaré yo mismo.
Sin ánimo para llevarle la contraria, Candy calló y se dejó llevar hacia las escaleras. La joven se sorprendió de que la llevara hacia el piso superior, ya que allí se encontraban los dormitorios, no las cocinas o el despacho, donde pensaba que la llevaría, así que supuso que se dirigían hacia el dormitorio que
le habían cedido cuando llegaron.
Sin embargo, no fue así. Una vez en el piso superior, y ajenos a las miradas indiscretas de los sirvientes, Albert la condujo directamente hacia su propio dormitorio, que estaba cerca de las escaleras.
—Ya estoy bien, de verdad. No hace falta mirar nada —intentó desasirse la joven.
Albert hizo caso omiso a sus palabras y abrió la puerta del dormitorio, ayudándola después a entrar. Candy se quedó maravillada con ese lugar. Al contrario de lo que había pensado y de la escasa decoración del resto del castillo, el dormitorio de Albert era digno de cualquier museo importante.
Una enorme cama de madera presidía el centro de la estancia. Un dosel de color dorado colgaba del techo y se encontraba amarrado a los cuatro barrotes repartidos en cada uno de los picos de la cama. Un par de baúles pegados a cada lado de una de las ventanas, junto con una cómoda, un inmenso tocador y un tresillo con una pequeña mesa en el medio eran el resto de mobiliario del dormitorio. Cuatro eran los preciosos y coloridos telares que pendían de las paredes de piedra y
representaban escenas típicas de varias fiestas escocesas.
En la zona derecha de la estancia, una gran chimenea le dio la bienvenida con un fuego encendido que hizo que ambos recuperaran el calor perdido.
Sobre esta, el escudo de armas de los MacArdley le recordó de nuevo que estaba en tierra ajena y hostil.
Justo al lado de la cama había un pequeño hueco en la pared en el que sobresalían unas escaleras que subían a un lugar desconocido, pero, como si Albert le estuviera leyendo el pensamiento, le explicó:
—Suben a la torre principal. Mi padre ordenó construirla como mirador para mi madre.
Candy asintió, agradeciendo la explicación. Y después se dejó conducir hacia la cama, un lugar que la puso realmente nerviosa.
Albert la depositó con cuidado y después la obligó a tumbarse para que el costado estuviera libre y pudiera respirar con normalidad.
—Si no os importa, tengo que quitaros la ropa para comprobar si vuestras costillas están rotas.
Candy asintió, y no pudo evitar que una pequeña sonrisa socarrona se dibujara en sus labios.
—Hace un rato no me pediste permiso para quitarme la ropa.
Sin embargo, al instante se arrepintió de ese comentario tras recordar el momento en el que se había quedado completamente callado frente a sus palabras.
—Lo siento —dijo casi sin voz mientras se peleaba con los cordones del corsé.
Finalmente, las manos de Albert la frenaron y le pidió con la mirada que lo dejara hacer. La joven asintió, incómoda, recordando la maestría del guerrero en el lago para desanudar los cordones.
—Ya está —dijo apartando el corsé hacia un lado.
Las manos de Albert se movían con rapidez por encima de la tela de la camisola, provocando, a pesar del dolor, que el cuerpo de Candy comenzara de nuevo a excitarse. Sin embargo, la joven fijó su atención sobre la enorme lámpara de hierro que presidía el techo de la habitación mientras fruncía el ceño cada vez que Albert posaba sus manos sobre el lugar donde más le dolía.
—¿Por qué no me tuteas? —preguntó de repente la joven.
—¿Cómo decís? —Albert levantó la cabeza de golpe para mirarla.
Candy suspiró y le devolvió la mirada.
—Que, como te dije, quiero que me llames Candy o te dirijas a mí como a un igual. Me parece raro escuchar eso de "vos". Para mí es muy anticuado. A tu hermano y a tus hombres los tuteas.
—A una dama hay que tratarla con el respeto que se merece —respondió con simpleza.
Candy sonrió y volvió a mirar el techo.
—Supongo que mientras esté en ese lugar me tratarás así… —dijo tras un suspiro.
Albert frunció el ceño tras escuchar esas palabras y finalmente se separó de ella.
—Vuestro costado está bien. Os dolerá por el golpe. —Se sentó en el borde de la cama—. Tal vez deberíais descansar.
—¿Por un puñetazo? Ni hablar —dijo incorporándose con una mueca de dolor.
Albert la miró detenidamente. A pesar de tener las mejillas rosadas por el tenso momento vivido hacía unos minutos, la encontraba realmente hermosa y cuando un mechón cayó sobre el rostro de la joven, Albert, sin pensar en lo que hacía, alargó la mano para recogerlo tras su oreja, provocando la sorpresa en ella.
—No me importa tu clan, Candy —dijo tuteándola por primera vez para sorpresa de la joven—. Y después de lo que he visto, no me importa lo que opine mi gente. Pero no quiero volver a ver lo de hace unos minutos. No quiero que mi gente se vuelva loca, como mi padre, por culpa de los
White. Yo también estoy cansado de esta guerra que no deseaba, pero que fue una herencia de mi padre y en parte también por mi culpa al rechazar a la hija de Robert. Pero no me arrepiento de hacerlo porque si ahora estuviera casado con ella no podría sentir lo que siento por ti.
Candy lo miraba con la boca abierta por escuchar sus palabras.
—Pero temo que esto se acabe en cualquier momento, que decidas volver a tu época o simplemente desaparezcas de entre mis manos. Deseo protegerte como nunca lo he hecho con nadie. Quiero que estés siempre bien, y quiero ver este rostro tan bello todos los días de mi vida.
Albert sonrió y levantó una mano para acariciar la mejilla de Candy.
—Sí, he dudado. Por eso no he contestado a tus palabras en el claro. Pero ha hecho falta ver con mis propios ojos que mi gente ha estado a punto de hacerte daño para darme cuenta de que, a pesar de conocerte desde hace tan poco tiempo, eres tan especial que no puedo dejarte ir. Y debo acabar ya con esta guerra antes de que se cobre más víctimas inocentes.
—¿Y qué vas a hacer?
—Lo que jamás quiso hacer mi padre: pedir ayuda.
Candy asintió al tiempo que sus mejillas se sonrosaban.
¿Realmente había escuchado una declaración de Albert MacArdley? ¿Acaso él también sentido ese flechazo en lo más profundo de su corazón? No podía creerlo, por lo que sus ojos se llenaron de lágrimas de felicidad. ¿Cómo era posible que en el corazón del salvaje MacArdley hubiera un hueco para ella, para el amor?
Albert retiró con suavidad la lágrima y después acortó la distancia que los separaba para besarla y sellar sus palabras con una nueva
demostración de amor.
—Será difícil —le advirtió el guerrero respecto a su relación con ella.
—Lo sé —admitió Candy contra sus labios—. Pero haré lo que sea para ganarme su confianza.
—Acabaré con esta guerra. Te lo juro.
Y sin poder resistirse a ese juramento y a sus palabras de amor, Candy permitió que sus sentimientos siguieran dentro de ella hacia ese guerrero, por lo que volvió a besarlo, atrayéndolo hacia ella y tumbándolo junto a ella en la cama. Sí, iba a ser extremadamente difícil, pero no imposible. ¿O sí?
Cuando la noche estaba próxima a llegar, Albert se levantó de la cama, dejando a una exhausta Candy completamente dormida.
Mientras el guerrero se vestía, admiró las curvas de la joven que descansaba en su cama y en ese
momento confirmó para sí sus palabras y su deseo de protegerla siempre. Una sonrisa apareció en su rostro al recordar sus propias palabras meses y años atrás, en las que repetía una y otra vez que no se enamoraría jamás, ya que
pensaba que eso solo servía para hacer débil a un guerrero. Pero en ese momento no lo sentía así. Al contrario, esa mujer había conseguido que dentro de él se fortaleciera todo.
—Ya es hora de parar esto —susurró mirando a Candy— Aunque me cueste la vida…
Tras colgarse la espada en el cinto, Albert salió del dormitorio con una única idea en mente. Hablar con su hermano Archie sobre los pasos a seguir a partir de entonces.
El guerrero bajó con prisa las escaleras y se dirigió hacia las cocinas, ya que, tras preguntar a una de las doncellas, supo que se encontraba en ese lugar acompañando y protegiendo a Anny de posibles ataques, como el sufrido por Candy ese mismo día.
Los pasos del joven resonaban con eco en el silencioso y solitario pasillo y cuando llegó a la puerta de las cocinas, la abrió con brío y buscó con la mirada a Archie, que se encontraba mirando cómo las mujeres hacían un extraño bizcocho. Cuando su hermano se percató de su presencia, se levantó y se dirigió hacia él.
Anny levantó la cabeza y lo miró con una socarrona sonrisa en los
labios.
—¿Ocurre algo, muchacha?
La joven negó con la cabeza, pero la risa interna que se escapó de su garganta le confirmó que sabía algo que se escapaba de su entendimiento. Albert levantó una ceja y se cruzó de brazos.
—Hermano —intervino Archie en favor de la joven—, te ha visto cargar a Candy en brazos. Y aunque no te hubiera visto, lo habría escuchado por boca de las doncellas, que no han dejado de hablar de otra cosa a lo largo de todo el día.
Albert dejó salir el aire de golpe, llamando la atención de nuevo sobre su persona a las mujeres allí presentes. Anny le guiñó un ojo y acto seguido se giró para seguir con sus labores de enseñar a las mujeres la comida del futuro a pesar de que estas no sabían verdaderamente de dónde procedía.
—Tengo que hablar contigo, hermano.
Este asintió y ambos salieron de las cocinas rumbo al despacho.
Cuando por fin se encontraron solos y a salvo de los cuchicheos de la gente, Albert le contó a su hermano el plan que había ideado.
—Hay que parar esta guerra de una vez.
—¿Vas a hacer algo con Candy?
—¿A qué refieres? —le preguntó Albert sin entender.
—A si la vas a usar como cebo para los White —respondió Archie.
Albert negó y tragó saliva.
—No… a ella quiero mantenerla al margen.
Archie asintió al tiempo que una pequeña sonrisa aparecía en sus labios.
—¿Así que es verdad que te has enamorado de ella?
—¿Quién demonios dice eso? —saltó Albert.
—Anny, pero, tranquilo, solo me lo ha dicho a mí.
—Maldita mujer… —susurró para sí, provocando la risa de Archie—Bueno, te he traído aquí para hablar de otra cosa.
Archie asintió, ya más serio, pero con un brillo especial en los ojos.
—Vamos a acabar de una vez por todas con esta locura —comenzó—Padre cometió un error imperdonable que nos avocó a la destrucción, incluso a su propia muerte. Él jamás se atrevió a pedir ayuda a nuestros clanes amigos para poner fin a la guerra. Estoy seguro de que ellos nos ayudarán para hacer fuerza y acabar de una vez por todas con Robert White. Así que he pensado en invitarlos al castillo para proponerles algo.
—¿A quiénes vas a invitar?
—A los Cameron, MacLean y Buchanan. Son los más cercanos y también enemigos de los White. Estarán encantados de ayudarnos.
Archie lo pensó durante un momento hasta que, finalmente, asintió y le dio la razón a su hermano.
—¿Envío a algunos hombres en su busca?
—Sí, pero antes deja que les escriba una carta indicándoles el motivo de mi petición.
Archie asintió y lo dejó solo en el despacho mientras él se encaminó a buscar a los guerreros más rápidos con el caballo para revelarles su nuevo cometido.
Una vez la noche se echó sobre el castillo y gran parte de su gente se encontraba cenando, Albert rechazó la oferta de su hermano para acompañarlos en el gran salón con la excusa de que estaba cansado y no tenía hambre, aunque por la risa de Archie supo que no lo había creído.
Con paso decidido, Albert se aproximó a la cocina y tras comprobar que no había nadie dentro de ella ni en el pasillo, el joven entró en ella y fue directo hacia el gran puchero que había justo al lado del fuego de la chimenea para conservar caliente la comida. Cogió uno de los platos que había sobre la mesa y lo llenó con el delicioso y aún humeante estofado. Se dirigió hacia el cajón donde guardaban las cucharas y tomó dos de ellas, y cuando ya tenía todo preparado, fue directo hacia la puerta de las cocinas suspirando y agradeciendo que no lo hubiera visto nadie. Sin embargo, al abrir la puerta se topó con el cuerpo de Archie, que estuvo a punto de echar a perder el contenido del plato que llevaba entre las manos.
Albert dio un respingo y apretó la mandíbula, contrariado por la sonrisa que mostraba su hermano en los labios.
—Pensaba que no tenías hambre y estabas cansado.
—Y lo estoy —dijo secamente intentando rodearlo.
Pero Archie se interpuso de nuevo en su camino mostrando un gesto de fingida sorpresa.
—¿Y ese plato?
Albert suspiró largamente.
—¿Desde cuándo tengo que darte explicaciones, hermano?
Archie rio suavemente.
—Desde que he comprobado que en tu corazón hay hueco para una mujer.
Albert levantó una ceja y respiró hondo.
—¿Te importaría dejarme pasar? —preguntó entrecerrando los ojos.
—No, no, claro que no. Tu amada te estará esperando… —dijo con
socarronería.
—Pasas demasiado tiempo con Anny…
Archie se encogió de hombros.
—Yo aún no me he encamado con ella… ¿Tú puedes decir lo mismo?
Albert suspiró, enojado, y rodeó a Archie para marcharse por el pasillo mientras escuchaba a su hermano riendo a carcajadas aún en la cocina. Con paso decidido y rezando para no encontrarse con cualquier otra persona, Albert subió las escaleras y casi corrió hacia su dormitorio. No quería que las doncellas o cualquier otro sirviente descubrieran a Candy en su dormitorio, ya que cundiría el pánico entre todos los del clan y lo acusarían de traición.
Hasta que la guerra con los White no se solucionara, no podía saber nadie la relación que mantenía con ella.
Cuando cerró la puerta del dormitorio, suspiró, aliviado. Dejó el plato sobre la pequeña mesa y se dirigió hacia la cama, donde aún dormía Candy. La joven estaba completamente desnuda y solo una pequeña parte de su espalda sobresalía entre las sábanas. Le habría encantado meterse entre ellas y abrazarla mientras dormía, pero cuando su peso sumió el colchón, la joven comenzó a desperezarse lentamente, provocando que las sábanas que la cubrían escurrieran por su piel, dejando al descubierto uno de sus pechos.
Albert sintió en ese momento algo realmente extraño. Nunca se había preocupado de mirar a sus amantes mientras dormían, pero Candy consiguió que sus ojos desearan observarla durante horas, llegando casi a quejarse por haberla despertado.
Candy se giró lentamente. Estaba realmente cansada, pero desde hacía días había conseguido dormir tan profundamente que poco a poco sentía que sus músculos recuperaban parte del descanso que habían perdido desde que estaban en esa época.
A su lado la sábana estaba fría, pero descubrió, con los ojos aún cerrados, que había alguien sentado en el colchón donde debería estar el cuerpo tumbado de Albert.
Lentamente, abrió los ojos y descubrió que la luz ya no entraba por la ventana. El fuego crepitaba con fuerza desde la
chimenea, incitándola de nuevo a dormir. La joven giró su cuerpo hacia Albert, que la observaba fijamente con el rostro serio. Y cuando Candy giró el costado hacia él, sintió un pinchazo provocado por el puñetazo recibido ese mismo día.
—¿Te duele? —le preguntó Albert con el ceño fruncido.
Candy se encogió de hombros mientras se acomodaba entre las sábanas.
—No es nada —le restó importancia—. ¿Por qué me miras así, he hecho algo malo?
Albert negó con la cabeza mientras seguía mirándola a los ojos.
—No, es solo que estáis… estás preciosa.
Candy sonrió levemente y se llevó una mano al pelo para peinarlo con los dedos y acomodarlo.
—He supuesto que tendrías hambre —le dijo el guerrero señalando con la mano el plato de estofado.
Candy gimió de hambre y asintió. Al instante, apartó las sábanas y se dispuso a ponerse la camisola, pero Albert le agarró las manos para frenarla.
—Quiero ser yo quien te vista.
El corazón de la joven saltó de alegría y, al mismo tiempo, nerviosismo.
¿Un fiero guerrero de las Tierras Altas vistiéndola? Su sonrisa se amplió y se dejó hacer mientras él se agachaba para coger la tela y después ponérsela. Esa forma de ser no dejaba de sorprenderla. ¡Por Dios, cuánto había cambiado ese hombre! ¿De verdad estaba ante el mismo guerrero que quiso matarla y después usarla en la guerra contra su clan? ¿Era el mismo hombre del que había oído hablar? ¿O tal vez antes había sido así y ahora había cambiado?
Pero si era así, ¿cómo podía ser una persona totalmente diferente en un par de días? Aunque tampoco podía juzgar el cambio de Albert porque ella también había sentido ese flechazo del que siempre negó su existencia cuando Anny le hablaba de él.
Esta vez Cupido se había fijado en ella y le había clavado su flecha.
Cuando la tela de la camisola la cubrió del todo, lo miró. Albert le sonrió y le ofreció de nuevo la comida. Candy se dirigió hacia el sillón y se sentó, y esperó la llegada del guerrero para degustar aquel estofado que le hacía la boca agua cuando el intenso olor llegaba hasta sus fosas nasales.
Y así, casi en completo silencio, transcurrió la cena para ambos mientras Albert, preocupado por la situación, rezaba para que los aliados de su clan llegaran cuanto antes.
CONTINUARA
