4. Que fluya el tinto rojo.
Catelyn
En cualquier otra situación, ella disfrutaba mucho las fiestas. Pero esta no era cualquier otra situación. Se sentía abrumada. Atrapada. ¿Dónde estaba la diversión en esta fiesta? ¿Por qué era que casi todos los casamientos estaban precedidos por muertes? Su propia boda con Ned había sido precedida por la muerte de Brandon y Lord Rickard. Esta boda era precedida por la muerte de su querido padre y el mismísimo Ned.
Hizo un esfuerzo por disfrutar. Bailó, tomó, comió. Bromeó con su tío y su hermano. Entabló conversación con su hijo y sus abanderados. Se sentó junto a las damas Frey y pasó un momento ameno.
- Tengo que ir a regar un árbol – rió su tío desde el otro lado de la mesa y los otros hombres le festejaron el chiste.
- ¿A hacer más lugar para este vino barato? – bromeó Robb levantando su copa.
- Robb, no insultes a nuestros anfitriones. No más de lo que ya lo has hecho, al menos – Catelyn advirtió a su hijo.
- Bueno, el vino es barato, pero sirve su propósito. Miren a todos esos ahí bailando y haciendo tontadas – el Pez Negro quiso salvar a su sobrino nieto de una pequeña humillación. – Y ahora debo ir a mear para hacer más lugar para más vino.
- Tío, cuida tu lenguaje – Catelyn sacudió su cabeza. - Voy contigo – añadió poniéndose de pie junto a su tío.
- Amor, no preciso ayuda. Soy grande.
- Ya lo se, tonto. Solo quiero respirar aire fresco y apreciaría la compañía. Solo eso.
- A sus órdenes, mi señora – rió su tío ofreciéndole su mano para guiarla fuera del salón.
Caminaron por el pasillo hacia los jardines. Brynden se excusó y se recostó contra un árbol a hacer sus necesidades. Mientras tanto, Catelyn lentamente empezó a dirigirse hacia la perrera, donde sabía se encontraban los lobos. Lord Walder Frey había permitido a los lobos entrar al castillo, pero había insistido en que fueran encerrados durante la fiesta.
- ¿A dónde vas, Cat? - la voz de su tío la sorprendió.
- ¡Ay, tío! Me asustaste. No te escuché venir.
- ¿Y cuanto crees que demoro en hacer pichí? – Su sobrina suspiró una breve carcajada y él continuó. - ¿A dónde vas? El salón está para aquel lado – dijo señalando hacia donde ellos habían venido.
- Solo quiero un poco de aire. Está muy encerrado allí adentro.
- Entonces empezaste a deambular sin sentido y ¡oh! casualidad terminaste caminando hacia donde están los lobos.
- Tío, no. Por favor.
- ¿Qué hay contigo y ese lobo? Digo, con Robb lo puedo entender. Veo la conexión. El lobo va a la batalla con él y pelea a su lado. Y solo los dioses saben cuantos de nosotros le debemos la vida a ese lobo. Pero igual, Robb nunca duerme o habla con su lobo como lo haces tú. ¿Qué pasa con ese lobo que te sigue a todas partes? Se que extrañas a tu familia y debes ver a tus hijos y tu esposo representados en ese lobo, al fin y al cabo es el blasón de su familia. Pero es peligroso. Y no es normal. Me tienes preocupado.
- Es mi hija – Catelyn interrumpió a su tío de golpe.
- ¿Qué?
- El lobo. Nymeria. – suspiró hondo y comenzó a explicar. – No se bien como funciona. Los niños encontraron estos lobos, una madre y sus cachorros. La madre estaba muriendo, pero los niños se quedaron con los pequeños. Había uno para cada uno. Robb tiene a Viento Gris. Sansa tenía a Dama, Arya a Nymeria, Rickon a Peludo. Bran tuvo el accidente antes de poder darle un nombre a su lobo. Hasta el bastardo de mi esposo tenía uno, Fantasma. Ellos tienen esta conexión con los lobos. Tú has visto a Robb en batalla junto a Viento Gris, es casi como si fueran uno.
- Si … - su tío le hizo un ademán para que continúe.
- A Dama, el lobo de Sansa, lo mandó matar el rey Robert, y Nymeria escapó, o por lo menos eso fue lo que me dijeron. Cuando estaba regresando de Puenteamargo, luego de todo el fiasco con Renly Baratheon, me la encontré en el bosque.
- ¿Al lobo?
- Sí. Nymeria. Y ha estado conmigo desde entonces. La puedo sentir, tío. La puedo sentir.
- ¿Al lobo? – preguntó confundido.
- No. A mi hija. Arya. Es la conexión. Y se que ella me puede sentir a mi también, a través del lobo.
- Vaya historia.
- Solo quiero ir a verla. Eso es todo.
- Dale, vamos. Te acompaño.
Mientras se dirigían a la perrera, podían escuchar la música retumbando en el salón y los gritos de celebración que provenían de las ventanas. De pronto todo se silenció y otra canción cayó sobre ellos. Catelyn y Brynden se miraron contrariados. Era una tonada que conocían muy bien y que no les traía buenos augurios.
- Las lluvias de Castamere no es una canción para una boda.
- No, a menos que haya una razón para eso.
- Volvamos.
Intentaron volver sobre sus pasos y regresar al salón, pero la puerta estaba trancada. Miraron hacia el campo debajo de las murallas donde habían quedado los soldados y notaron como el pánico se había apoderado de ellos. Los soldados corrían y gritaban, pero no en tono de festividad nupcial.
Catelyn empezó a correr de nuevo en dirección a la perrera pero tuvo que frenar en seco antes de toparse de golpe con un grupo de arqueros que se dirigían hacia las jaulas donde estaban los lobos. Quiso apurarse para llegar antes que ellos cuando su tío la alcanzó. Hizo un ademán para detenerla, pero ya era muy tarde. Catelyn pegó unas veloces zancadas y llegó a la jaula antes que los arqueros. Su mano rápidamente buscó la tranca. No pudo darse cuenta si la puerta se había abierto cuando sintió un dolor punzante en su espalda. Pero no tuvo tiempo de ponerse pensar en ese dolor. Dos grandes sombras grises se abalanzaron y saltaron sobre ella, gruñendo con rabia y ferocidad. Catelyn cayó al piso. No pudo darse vuelta, solo podía escuchar los gruñidos, el ruido de piel y carne desgarrándose y los gritos de agonía de hombres muriendo. Logró escuchar el sonido del metal golpeando contra metal y los gritos de su tío.
La conmoción no duró más que unos instantes. Levantó la mirada y vio la mano extendida de su tío que la estaba invitando a levantarse. Atrás de su tío pudo ver los cuerpos desgarrados, la carne y la sangre regada por el piso. La sangre en la espada de su tío mostraba que los lobos no habían sido los únicos involucrados en la pelea.
- ¿Te puedes levantar? – le preguntó Brynden preocupado.
- Ayúdame – gimió ella apoyándose en la mano de su tío.
De pronto sintió que ese pinchazo en su espalda se agudizaba, se dejó caer al piso nuevamente y escuchó a su tío contener la respiración. Brynden Tully la sujetó para que no se mueva e inspeccionó su espalda
- No está muy profunda, pero debo sacarla – dijo suavemente.
Ella asintió levemente con la cabeza y cerró los ojos. No veía a los lobos, pero de repente sintió algo húmedo y tibio lamiéndole la mejilla. Su tío contó hasta tres y cinchó. Algo se desacomodó y se soltó en su espalda. Sus labios apenas dejaron escapar un reprimido grito de dolor que ella quiso aguantar. Cuando quiso llevar su mano a la herida una presencia tibia y húmeda se le adelantó. El lobo comenzó a lamer su sangre limpiando la herida. Brynden se apresuró a romper una manga de su camisa y apretarla sobre la hueco que había dejado la flecha.
- Vamos. – Luego se dirigió a los lobos. – Los preciso. Tenemos una fiesta a la cual colarnos.
Catelyn podía ver la rabia y la determinación que irradiaban de los ojos de su tío.
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Arya.
Había estado caminando todo el día hasta que por fin pudo divisar el castillo. Dos castillos para ser más exactos. Dos torres unidas por un puente, como en su sueños. Podía escuchar la música y la algarabía en el aire.
- Llegué – se dijo aliviada.
Pero el alivio pronto se convirtió en terror. Se sentía encerrada. Estaba inquieta y quería correr. Pero estaba atrapada. Una jaula. No estaba sola, su hermano estaba con ella. Otro tipo de grito llegó a sus oídos y podía darse cuenta que algo no estaba bien. De pronto hubo más luz. La puerta de su jaula se abrió y vio a su madre. Lamentablemente, también vio a los hombres detrás de ella. Su madre cayó al piso y ella y su hermano salieron disparados de la jaula. Esos hombres. Sus dientes se hincaron en algo blando. Sentía el gusto salado en su lengua. Hierro y sal. Carne y sangre.
Había otro hombre. Él también estaba peleando. Lentamente bajó su espada y se acercó a ella y su hermano levantando sus manos con cautela. Él les tenía miedo, pero no era necesario. Era de su familia.
El hombre se agachó frente a su madre y ella lo siguió. Su madre estaba emitiendo un leve gemido. ¿Estaba herida? ¿Sentía dolor? Tenía algo en su espalda. Cuando el hombre hizo un movimiento abrupto, su madre hizo un sonido extraño. Suavemente lamió la mancha roja en la espalda de su madre. Salado. Sangre.
- Los preciso – el hombre les dijo a los dos lobos con urgencia. – Tenemos una fiesta a la cual colarnos.
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Cha Chan! El Pez Negro está afuera y sabe lo que pasa, pero no está solo: tiene a los dos lobos.
Y Arya ... Tan cerca pero tan lejos ...
