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CAPÍTULO 14

Cuatro días después, el ajetreo en el castillo era más que evidente.

Candy había decidido dormir en el dormitorio que había justo al lado del de Albert para evitar sospechas sobre ellos, ya que no deseaba que la curiosidad de los sirvientes fuera a más y los descubrieran en el dormitorio de Albert. Ambas habitaciones estaban conectadas gracias a una pequeña puerta escondida que pocos conocían, por lo que podían verse sin ningún tipo de problema.

Durante esos cuatro días, Candy y Anny habían podido hablar largamente como siempre habían hecho entre ellas. La libertad que gozaban entonces sorprendió a todos los habitantes del castillo, que murmuraban por los rincones e incluso habían llegado a pensar que Candy los había embrujado con algún hechizo.

Sin embargo, aquellas murmuraciones no llegaban demasiado lejos, para respiro de Candy, y las trataban con respeto, especialmente a Anny, con la

que habían hecho muy buenas migas gracias a sus recetas "extrañas". Candy aún podía sentir sobre su espalda las miradas de desconcierto y desconfianza de todo el mundo, pero intentaba aparentar normalidad y huía de aquellos guerreros con los que cruzar una mirada suponía un cuchillo más sobre ella.

Estos habían aceptado su presencia más regularmente en el castillo gracias a la orden de Albert, pero no estaba seguro por cuánto tiempo lo harían mientras más muertos del clan MacArdley aparecían en la frontera con los White.

Por eso, ese día en el que todos estaban realmente excitados y nerviosos, Candy intentó buscar a Albert para preguntarle qué estaba pasando en el castillo, pero uno de sus hombres le cortó el paso. La joven lo reconoció como el guerrero que había intentado atacarla el día en el que comieron todos en el gran salón, justo antes del ataque con las flechas.

—¿A dónde os creéis que vais? —le preguntó con auténtico odio en la mirada.

—Quiero ver a tu laird.

El hombre sonrió de lado, de modo que su rostro se tornó en una mueca casi terrorífica.

—No está disponible para vos. Tiene cosas más importantes que hacer.

El hombre se acercó tanto a ella que la joven dio un paso hacia atrás, pensando que tal vez tenía intención de besarla.

—Sam, Albert te está buscando.

Sloan apareció ante ellos para llevarse al guerrero, y en menos de un par de segundos, la joven volvió a quedarse sola. Por lo que concluyó que si Albert estaba con sus hombres, lo mejor sería refugiarse en la seguridad de la compañía de Anny.

—¡Hola, tía! —la saludó con alegría cuando la vio entrar en la cocina.

Para su sorpresa, esta se encontraba vacía. Tan solo estaba Anny cuidando de la comida que habían preparado las cocineras. Sin embargo, el caldero le pareció tan grande que supuso que había más comida de la normal.

—¿Qué es lo que ocurre? —le preguntó sentándose en una de las sillas.

Anny se acercó a ella y se sentó a su lado.

—¿No lo sabes? —le preguntó, extrañada—. Archie me ha contado que su hermano ha mandado llamar a los jefes de los clanes amigos para que lo ayuden a acabar con la guerra entre ellos y los White.

—Pues no sabía nada… —se extrañó por el hecho de que Albert no la había informado de sus planes.

—No te preocupes —le restó importancia—. Las cocineras han dicho que los lairds llegan hoy al castillo, así que han preparado un montón de comida para el mediodía y la noche. Al parecer, piensan hacer una cena de gala o algo así para agasajarlos.

—Entonces Albert estará ocupado todo el día…

—Eso me temo, amiga. Archie también, pero al menos podemos pasar este tiempo juntas que desde que te acuestas con él casi no te veo el pelo…

Candy abrió los ojos desmesuradamente y miró de un lado a otro.

—Shh —le pidió—. ¿Qué crees que puede pasar si se enteran en el castillo?

Anny se disculpó con la mirada y le pidió que la ayudara a remover los calderos, pero la joven se negó en rotundo.

—No quiero que pasen las cocineras y me vean. Tal vez piensen que los voy a envenenar…

Anny soltó una carcajada y se alejó de ella con la mano en el estómago, casi doblada por la risa.

—Se te ve contenta en este lugar.

Anny asintió.

—¿Te puedes creer que en tan poco tiempo me he acostumbrado a esta época? Bueno, echo de menos internet, la televisión y mear en un wáter, pero me encanta esto, tía. Hay tanta simpleza en todo que no me importaría quedarme en este castillo para siempre. Creo que no necesitamos tantas cosas como tenemos. Bueno, algunas sí, como el móvil. Pero en las cosas simples también hay belleza. Aquí trabajan tanto o más que nosotros en Londres, pero son felices con lo que tienen y no desean más. Solo la paz.

—¿Y Archie?

Anny amplió su sonrisa.

—Joder, tía. Es un amor. Desde que llegamos ha pasado todo el tiempo que ha podido conmigo para protegerme. ¿Te das cuenta? ¡Para protegerme!

Eso no lo he vivido nunca en mi vida. Todos los tíos con los que he salido me querían para acostarse conmigo o para salir un par de meses, pero Archie tiene un respeto y una educación hacia mi persona que solo deseo estar con él.

—Un flechazo —dijeron ambas al mismo tiempo.

Candy sonrió. Sabía que su amiga acabaría diciendo eso. Siempre lo hacía, pero había algo en sus palabras que parecían diferentes al resto de veces en las que se lo escuchó decir. Esta vez ella también lo veía desde otro punto de vista, y estaba segura de que había encontrado al hombre perfecto para ella.

—Archie te cuidará. A pesar de todo, lo veo un buen tío para ti. Pero ¿y si regresamos a nuestra época?

Anny se giró de golpe hacia ella. La verdad es que no había pensado en esa posibilidad. El primer día no pensó en otra cosa, pero desde que se había acostumbrado a la vida en el castillo olvidó su anterior vida, centrándose únicamente en lo que tenía delante y en un posible futuro en ese lugar.

—No me jodas, tía. No me gustaría irme.

—¿No echas de menos a tu familia?

Anny bufó.

—Dirás a mi no familia. Nunca me llaman ni se han preocupado. ¿Echas de menos a tu padre?

Candy asintió.

—Sí, pero… no sé. Si no fuera por las miradas asesinas de los MacArdley también me siento bien aquí. Es un tira y afloja de sentimientos.

Anny asintió y sonrió.

—Bueno, entonces no vamos a pensar en nuestra época. Céntrate en el presente y en cómo acabar con el mal rollo que tenéis los MacArdley y los White.

Candy levantó una ceja, sorprendida.

—¿Y yo qué puedo hacer?

Su amiga se encogió de hombros.

—La tal Clara te dijo que tenías que salvar a los hermanos MacArdley.

Piensa en cómo hacerlo porque si matan a Archie por tu culpa te echaré al lago con una piedra bien gorda atada en los pies.

—¡Vaya, gracias por el ánimo! —contestó irónicamente.

—De nada, tía, para eso estamos las amigas —le guiñó un ojo y le sacó la lengua.

Durante todo el día, Albert había estado tan centrado en los lairds recién llegados que no había tenido ni un solo minuto para buscar a Candy y pasar unos minutos con ella, aunque ya quedaba poco para la noche y supuso que se reencontraría con la joven en la soledad de su dormitorio para explicarle al detalle todo lo planeado.

Sin embargo, en ese momento se encontraba recibiendo a sus aliados en el gran salón del castillo. Durante todo el día habían hablado y comentado los planes que tenían respecto a los White, incluso Albert tuvo que defender la presencia de una de ellos en el castillo sin su debido castigo por todo lo que estaban haciendo las personas de ese clan a sus enemigos.

—Tengo unos motivos realmente fuertes para no juzgarla como ellos hacen con nosotros —les explicó.

Y los tres jefes allí presentes, junto a sus manos derechas, habían aceptado aquella explicación sin rechistar. Tenían a Albert por una persona con criterio, incluso más que su propio padre, y jamás desconfiarían de su palabra.

Y allí estaban entonces. A poco más de media hora para que la noche llegara definitivamente ese día, los lairds de los clanes Buchanan, Cameron y MacLean llegaron al salón para degustar la magnífica cena que les habían preparado para celebrar el hecho de haberse puesto de acuerdo con el plan de acción contra los White.

Cuando todos los asistentes estuvieron dentro del gran salón, Albert se dirigió hacia la mesa principal para sentarse junto a ellos y Archie, que durante el día se había mostrado ligeramente nervioso. Y en el momento en el que los sirvientes dejaron las bebidas en el centro de las mesas, Albert llenó su copa y se puso en pie para ofrecer un brindis por los allí presentes:

—Señores, quiero agradecer públicamente vuestra presencia en este castillo. Deseo que la guerra con los White acabe cuanto antes y podamos restaurar la paz dentro de nuestras tierras. Me alegra ver que mi padre tenía unos muy buenos amigos con los que poder contar en cualquier momento.

Solo lamento que él no pueda estar aquí con nosotros para celebrar nuestro acuerdo. —Albert levantó la copa—. ¡Por la paz!

—¡Por la paz! —repitieron todos los guerreros que había en el gran salón, incluidos algunos del clan MacArdley.

—Y ahora, señores, debemos llenar nuestros estómagos con esta deliciosa comida preparada exclusivamente para ustedes.

Los guerreros alabaron sus palabras y poco a poco fueron llenando sus platos. El sonido de las cucharas, tenedores y cuchillos llenó la estancia y todos se sumieron en animadas conversaciones que los mantuvieron entretenidos a lo largo de todo el tiempo que duró la cena sin ser conscientes de que uno de ellos dejaba su silla para abandonar el salón casi a hurtadillas.

Candy se había "encerrado" con Anny en las cocinas durante casi todo el día. No tenía el ánimo suficiente como para cruzarse con algún guerrero de otros clanes que pudiera asestarle otro puñetazo o herirla de algún otro modo.

Por lo que la joven mantuvo una animada conversación con su amiga y algunas de las cocineras y doncellas que a veces entraban en la cocina para llevarse las comidas.

A medida que había pasado el día, las mujeres se esforzaron por aceptarla en sus conversaciones tras comprobar que no era tan fiera como la imagen que solían tener de los White. Al contrario, la educación y saber estar de Candy las había convencido en parte, dejándola participar de sus comentarios y animándola a ayudar en las comidas. Durante todo el día, la joven se había

sentido como una más del clan, incluso podía decir que había disfrutado de la compañía y de las buenas conversaciones, aunque sabía que todas se habían cuidado de no hacer comentarios sobre los planes de su laird para acabar con Robert White.

Y en ese momento, cuando el cielo ya estaba negro por completo, Anny y Candy estaban completamente solas en las cocinas, casi aburridas por no

hacer nada desde hacía varios minutos. Sin embargo, Candy disfrutó del silencio que había en esa parte del castillo, y, aunque sentía que su estómago rugía por el hambre que tenía, la joven solo podía remover una y otra vez sus gachas.

—¿Qué pasa? —le preguntó Anny—. ¿No te gustan las gachas que he preparado?

Candy levantó una ceja al tiempo que la miró.

—¿En serio? No sé si vomitar sobre ellas o estas gachas son parte de tu propio vómito —dijo con asco—. ¿Te has fijado en el color que tienen? ¿Y por qué son tan pastosas?

Anny se encogió de hombros al tiempo que se llevaba una cucharada a la boca y las degustaba.

—Pues a mí me encantan.

Candy sonrió y miró hacia otro lado, apartando el plato de gachas. En ese momento, la puerta de la cocina se abrió y ambas dirigieron sus miradas hacia allí. Archie apareció frente a ellas y esbozó una pequeña sonrisa cuando vio a Anny. Candy se giró hacia su amiga y descubrió que también lo miraba embobada, por lo que, soltando el aire de golpe junto a una sonrisa socarrona, se levantó de su asiento.

—Creo que en lugar de vomitar por las gachas lo haré por otro motivo — dijo llevando su dedo índice a la boca y simulando que vomitaba sobre la mesa.

Candy se dirigió hacia la puerta y cuando pasó por delante de Archie, le dijo:

—Os dejo solos, que no me quiero atragantar con las mariposas que flotan en el aire…

Archie la miró sin entender al tiempo que la dejaba salir de la cocina.

—¿Está enferma vuestra amiga? —preguntó inocentemente, provocando la risa de Anny.

—No te preocupes. Es así de gilipollas.

—¡Te he oído! —gritó Candy desde el pasillo.

La joven escuchó como cerraban la puerta de las cocinas, dejándola sola y en completo silencio a solo unos metros de esta. Candy soltó una risita. A pesar del día tan extraño y aburrido que había pasado en las cocinas, se sentía libre y feliz.

Estiró los brazos por encima de su cabeza para relajar la espalda, ya que la sentía algo agarrotada y una sonrisa se dibujó en sus labios. Al fin todo lo que estaba sucediendo a su alrededor parecía encontrar la solución. Si Albert había llamado a sus clanes amigos para luchar podrían ganar la guerra y por fin ella dejaría de ser la extraña y la White. Esperaba que entonces dejaran de mirarla como el bicho raro y apartaran a un lado sus diferencias con ella. Y tal vez entonces podría regresar a su hogar. ¿O no? Si la guerra acababa, los hermanos MacArdley no serían asesinados por los White en el patio de su castillo, por lo que su misión, según Clara, habría acabado en ese lugar.

Pero la verdad es que su corazón no quería dejar a Albert. Había descubierto una parte de él tan diferente a lo que oyó días atrás que no se sentiría capaz de abandonar ese castillo para siempre.

Pero no quería centrarse en el futuro más próximo en ese momento.

Estaba deseando volver al dormitorio y esperar a Albert para hablar todo con él.

La sonrisa de sus labios se amplió al pensar en él y en el dormitorio.

El guerrero era el mejor amante que había tenido jamás. El era realmente generoso en la cama y le había provocado los mejores orgasmos de su vida.

Candy sintió como sus pezones se ponían erectos al pensar en lo que podría esperar de esa noche, sin embargo, ocurrió algo en la oscuridad del pasillo que provocó que su sonrisa se borrara de golpe.

La joven caminaba cerca de la pared para evitar caerse debido a que parte de las antorchas en esa zona del pasillo se habían apagado con la corriente de aire frío que entraba por la puerta del castillo. Alguien la había dejado abierta y casi todo estaba sumido en la más completa oscuridad hasta que alguien se diera cuenta y volviera a encenderlas. No obstante, gracias a esa oscuridad

evitó ser vista por la persona que salía en ese momento del castillo.

Candy sintió que su corazón le daba un vuelco y una sensación extraña le hizo pensar que aquel encapuchado no hacía nada bueno, ya que aprovechaba que todos estaban en el salón para escapar de allí.

La joven frunció el ceño y lo primero que pensó fue en darse media vuelta para intentar avisar a Archie, ya que era el que más cerca estaba de ella. Sin embargo, perdería demasiado tiempo si deshacía el camino hacia las cocinas, por lo que, armándose de valor, Candy caminó deprisa hasta la salida del castillo y vio que la sombra caminaba deprisa a través de la soledad del patio.

La verdad es que le extrañó muchísimo que Albert no hubiera apostado a varios de sus hombres en la muralla, pero supuso que el tema a tratar era tan importante que prefirió que todos o casi todos estuvieran con él en el gran salón.

Las manos de la joven temblaban, no solo por el frío, sino por el nerviosismo que sentía en ese momento. Una parte de ella le gritaba que volviera hacia su dormitorio y lo dejara pasar o tal vez contárselo a Albert cuando regresara de la cena. Pero tal vez su instinto o la voz de Clara en su cabeza le hizo dar un paso hacia la salida y bajar los pocos escalones que la separaban del patio. La joven intentó no caerse debido a la poca o nula luz que había a su alrededor, pero su memoria fotográfica le permitió recordar

todas las cosas que solía haber en el patio, por lo que logró atravesarlo con presteza y sin perder de vista al encapuchado, que ya cruzaba el portón.

—¡Mierda! —se quejó Candy tras perderlo unos instantes de vista.

La joven corrió tras él y descubrió que parecía dirigirse hacia el lago, por lo que ella, sin pensárselo, atravesó las cabañas de la gente del clan y corrió por el claro en dirección al lugar donde había hecho el amor por primera vez con Albert. Al cabo de unos minutos, logró alcanzar los primeros árboles para poder esconderse tras ellos por temor a ser descubierta por el encapuchado.

En ese momento, un claro de luna atravesó las nubes, permitiéndole ver a las dos personas que había junto a las calmadas aguas del lago. Candy frunció el ceño, ya que ella solo había visto salir a una de ellas, por lo que dedujo que la otra persona no vivía dentro del castillo.

Durante un momento pensó que se trataba de una pareja de amantes que se habían citado junto al lago para verse. Sin embargo, las altas horas de la noche y la corpulencia de ambos le confirmó que se trataba de dos hombres.

Y justo cuando las nubes se apartaron del todo y dejaron que la luz de la luna cayera sobre la tierra, Candy vio que ambos se quitaron la capucha.

La joven tuvo que taparse la boca con la mano para evitar que una

expresión de asombro saliera de su garganta. Desde su posición descubrió que uno de ellos era Sloan, el guerrero con el que había peleado en el pasillo justo antes del ataque al castillo mientras que del otro desconocía su identidad. No lo había visto jamás en el castillo, por lo que supuso que no era precisamente

un amigo de Albert. La luna le permitió ver su rostro en la distancia, provocando una expresión de terror en su rostro. Se trataba de un hombre alto y corpulento. Su pelo ondeaba con el viento y brillaba tanto con la luz de la luna que parecía un fuego en medio de la noche. Su nariz torcida y grande llamaron su atención y la cicatriz que cruzaba su rostro lo afeaba tanto que durante unos segundos pensó que se trataba de un monstruo. Sin embargo,

algo en él le recordaba a alguien. No lo había visto jamás, ni siquiera a alguien parecido a él, pero había algo…

—No me jodas… —susurró para sí.

Las imágenes de su tío Samuel y su padre aparecieron en su mente como si le golpearan en la frente. No podía ser. No eran muy parecidos, pero sí guardaban ciertas similitudes en su fisonomía que habían ido pasando de generación en generación. ¿Era posible? Las palabras de Sloan le confirmaron sus sospechas.

—Robert, hay que adelantar todo. Albert ha avisado a sus aliados más cercanos para luchar. He escuchado que van a montar un ejército con sus mejores hombres para ir hacia el castillo White y derrocarte.

¿Aquel hombre era su antecesor?

Ese era el hombre del que tan bien hablaba su tío. No quería juzgar por las apariencias, pero no parecía tener ni una sola pizca de bondad dentro de él. Y la conversación que mantenían así se lo confirmaba.

—Demonio de hombre… Debí matar a ese perro MacArdley al mismo tiempo que a su padre.

Robert White se paseó por la orilla del lago mientras una de sus manos acariciaba una barba incipiente de varios días.

—Aún no me ha dado tiempo a reunir a todos mis hombres —le explicó —. Supongo que Albert tardará varios días en tener a su disposición a los hombres de sus aliados, por lo que cuento con cierta ventaja. Tardaré un par de días o tres en reunir a los hombres que me faltan y marcharemos hasta aquí. Sorprenderemos a Albert cuando sus aliados marchen a sus clanes para llamarlo a la guerra. Tendrá las defensas bajas y no lo esperará. Los mataré.

Te juro que mataré a esos MacArdley con mis propias manos.

El corazón de Candy latía con tanta fuerza que temía que lo escucharan en cualquier momento. Sus manos comenzaron a temblar. Tenía miedo. Un miedo que no había sentido desde que era pequeña y creía que los monstruos habitaban dentro de su armario y debajo de su cama. Los pies parecían haberse anclado en la hierba y no podía moverse ni un solo milímetro.

—Y entonces seré yo quien tome el mando de este clan… —Sloan sonrió cruelmente—. Todos me temerán.

—Tienes que ayudarme desde dentro y distraerlos hasta que estemos en los alrededores del castillo.

—Mi lealtad está contigo, White.

—Así me gusta. —Dejó pasar unos segundos—. ¿Y esa muchacha de la que me hablaste? La que dice ser de mi familia…

Candy abrió desmesuradamente los ojos. Creía que en cualquier momento comenzaría a hiperventilar, pero se obligó a calmarse para evitar ser descubierta porque, si lo hacían, estaba perdida e Albert moriría por la traición de Sloan.

—No es problema. Todos cuchichean sobre el motivo que ha llevado a Albert a dejarla suelta por el castillo y sin protección, pero es inofensiva.

—De acuerdo, pero mantén tu mirada sobre ella cuando sea necesario. No quiero que una White se entrometa y eche a perder mis planes. Y que no la

dañe nadie. Quiero conocerla cuando acabemos con Albert MacArdley.

Sloan asintió y Candy dio por satisfecha su curiosidad. Había escuchado más de lo que había deseado, pero tenía una información tan valiosa que sentía en lo más profundo de su ser que esa era su arma para salvar a los hermanos MacArdley. Y todo el rato había estado dentro del castillo frente a las narices de todos. La joven no estaba dispuesta a permitir que Sloan se

saliera con la suya, por lo que, con cuidado de no ser vista, Candy se dio la vuelta y se alejó unos metros del lugar del encuentro, pero una pequeña ramita seca se interpuso en su camino, partiéndose en dos y haciendo tanto ruido que llamó la atención de los allí reunidos.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Robert White.

—Tal vez un jabalí, suelen aparecer algunas noches… —sugirió Sloan mientras miraba a su alrededor en busca de alguna sombra que le indicara que así era.

Sin embargo, la luna se había vuelto a esconder, impidiéndole ver con claridad. Pero, guiado por su instinto, Sloan cogió su arco y tras cargar una flecha, lo dirigió hacia el lugar donde había escuchado el sonido.

Todo había quedado en silencio.

Candy mantuvo la posición totalmente quieta para evitar que un nuevo sonido de rama o algo parecido volviera a llamar la atención de Sloan y Robert. Sin embargo, ese silencio, que le parecía tan aterrador, se vio roto por un extraño silbido que parecía ir directamente hacia ella. Con rapidez, Candy se dio la vuelta para intentar ver algo entre la negrura, pero solo alcanzó a sentir un terrible pinchazo en su costado derecho.

La joven cayó al suelo sin apenas hacer ruido, aunque un pequeño gemido se escapó de su garganta antes de perder el conocimiento.

CONTINUARA