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CAPÍTULO 15
Anny soltó una risita nerviosa cuando sus pies salieron del castillo rumbo al portón. Hacía más de una hora que se había quedado a solas con Archie en las cocinas y habían mantenido una interesante conversación sobre
lo que ambos sentían por el otro.
A la joven le había encantado saber que el sentimiento era mutuo y solo acertó a dejar la silla en la que estaba sentada para lanzarse a los brazos del guerrero, que la recibió
encantado por esa efusividad.
Aquello era lo que Anny había estado deseando y esperando desde que lo vio por primera vez y el guerrero llamó su atención.
Durante los días que estaban en ese castillo disfrutó muchísimo de la compañía del guerrero y por primera vez en su vida se sentía a gusto en un lugar y en un tiempo que no le pertenecían, lo cual le sorprendió aún más.
Pero allí estaba, en medio de la oscuridad de la noche dirigiéndose a la muralla del castillo para salir de allí con Archie y tener un momento de
intimidad entre ellos sin las cocineras o doncellas molestando mientras entraban y salían de las cocinas.
—Oye, ¿y tu hermano no te reñirá o algo por no acompañarlo?
Archie se encogió de hombros.
—Le he dicho que me ausentaba unos momentos. Supongo que más de un laird estará borracho a estas alturas de la cena, así que nadie me echará de menos.
El joven portaba en su mano una pequeña antorcha con la que poder iluminar el camino por el que iban. Las casas de la gente del clan aún humeaban por las chimeneas, por lo que Anny dedujo que seguían despiertos, tal vez esperando noticias de lo que había pensado su laird.
Anny se sentía nerviosa. Archie la llevaba de la mano a través del claro y la joven notaba el calor que desprendía el cuerpo del guerrero, lo cual le provocaba aún más nervios. Y la verdad es que no entendía el motivo, porque en más de una ocasión había tenido un rollo de una noche con algún chico que
acababa de conocer, pero con Archie era diferente. Parecía que fuera la primera vez que se citaba con alguien por la noche y tenía que esconderse de su madre para evitar ser descubierta.
Anny esbozó una sonrisa y lo siguió, obediente. Estaba deseando envolverse entre sus brazos y que la apretara contra su cuerpo para besarlo una y otra vez.
—Ya veréis, el lugar es precioso.
Anny lanzó una pequeña risa.
—Bueno, con la oscuridad que hay no creo que veamos más allá de la antorcha…
Archie sonrió y la miró de reojo. La veía extremadamente preciosa y vulnerable, y aunque la joven había vivido la experiencia traumática de verse sola en medio de un lugar extraño y hostil, parecía mantenerse fuerte, pero sus ojos a veces mostraban lo contrario.
—¿Sabes? En nuestra época solemos irnos también a las zonas oscuras a… ya sabes. Eso no ha cambiado nada con el paso de los siglos…
Archie la miró, pensativo.
—¿Habéis tenido muchos amantes?
—Bueno… la verdad es que unos cuantos. No te puedo mentir…
Archie asintió y volvió la mirada hacia adelante, quedándose totalmente quieto cuando unos metros más hacia adelante vio algo tirado en el suelo.
Anny también frenó de golpe y frunció el ceño, temiendo que se tratase de algún animal herido.
—¿Qué demonios es eso? —preguntó Archie al tiempo que soltaba la mano de Anny.
—Oye, ten cuidado.
La joven dio un paso hacia él e intentó acercarse también, pero Archie la detuvo con un gesto.
El guerrero se aproximó lentamente. Apenas veía bien con la poca luz de la antorcha. Se maldijo por no haber cogido una de las más grandes, pero en ese momento pensó que no quería que lo vieran salir del castillo. A medida que se fue acercando, Archie descubrió que se trataba de una persona, no un animal. Y había un gran charco de sangre alrededor. Pensó que tal vez estuviera muerta.
—Pero ¿qué…?
Las palabras quedaron atascadas en su garganta cuando descubrió la identidad de la persona tirada en el suelo. El joven abrió los ojos
desmesuradamente y un ligero temblor de manos se apoderó de él. Tragó saliva con fuerza y giró la cabeza hacia atrás para mirar a Anny, que lo esperaba a un par de metros con los brazos cruzados y el rostro enrojecido por el frío y la niebla que se estaban levantando a su alrededor.
—¿Qué pasa? —le preguntó la joven—. ¿Quién es? ¿Es alguien de vuestro clan?
Archie negó con la cabeza sin apenas aliento para poder hablar. Después giró de nuevo la cabeza hacia el cuerpo que había sobre la hierba y durante un segundo le pareció ver que respiraba, no sin dificultad. Enseguida, acortó la
distancia que los separaba y se arrodilló junto a ella.
Archie llevó sus dedos hacia el cuello de Candy para comprobar si tenía pulso y respiró aliviado cuando confirmó que así era.
—No…
Archie levantó la cabeza de golpe. No había sido consciente de que
Anny se había acercado hasta ellos y había descubierto que era su amiga la que estaba allí tirada malherida.
—¡Candy! —vociferó, asustada—. Pero ¿quién le ha hecho esto?
Ambos dirigieron la mirada hacia la herida de la joven. Tenía una flecha clavada en el costado y de esta aún manaba un pequeño hilo de sangre, por lo que Archie supuso que llevaba bastante tiempo allí, tal vez desde que había salido de las cocinas para dejarlos solos.
—¿Vuestra amiga tenía pensado huir?
—¿Candy? ¡Qué dices! Si está enamorada de tu hermano. Joder, hay que llevarla dentro. ¡Se va a desangrar!
Anny respiraba con dificultad. Sentía que estaba teniendo un ataque de ansiedad, pero se obligó a sí misma a tranquilizarse porque solo así podría ayudar a Candy. Las lágrimas salían de sus ojos con rapidez, llenando su antes risueño rostro de una tristeza inmensa.
Archie reaccionó y le pasó la antorcha.
—¡Tomad, llevadla vos!
Anny alargó una temblorosa mano para agarrarla, necesitando de la otra mano para evitar que se cayera al suelo.
En cuando Archie tuvo las manos libres, pasó un brazo por debajo de las piernas de Candy y otro bajo sus hombros. Después, con sumo cuidado, la levantó del suelo, cargándola por completo para llevarla cuanto antes al castillo. La joven gimió débilmente, pero siguió sumida en la inconsciencia.
—¡Vamos! —le dijo Archie a Anny, que se había quedado petrificada al ver la sangre que goteaba del costado de su amiga.
—Dios mío…
La joven reaccionó y caminó por delante de Archie para alumbrarle bien el camino. El guerrero cargaba a Candy sin dificultad y rezó para que sobreviviera a aquello. A medida que los metros se acortaban, Archie comenzó a respirar fuertemente. La distancia que habían recorrido era larga y el cuerpo de Candy estaba tan lacio que ya pesaba entre sus brazos. Sin embargo, la agarró con más fuerza y apretó el paso.
Cuando el joven vio la puerta del castillo, suspiró, agradecido por estar ya en casa. Solo esperaba que todo fuera bien a partir de entonces.
Anny corrió hacia la puerta y la empujó para abrirla. El sonido de las bisagras inundó el silencioso pasillo, aunque desde allí podía escucharse con claridad el jaleo procedente del salón, donde seguramente seguía Albert con los jefes de los clanes amigos.
—Vamos a avisar a Albert —dijo Archie con dificultad.
Anny asintió y dejó la antorcha con presteza contra la pared, ya que las doncellas habían vuelto a encender las demás y había claridad en el pasillo.
La joven adelantó a Archie y corrió hacia la puerta del gran salón, abriéndola de golpe y dejando que esta chocara fuertemente contra la pared de piedra.
Todos los asistentes a la cena se giraron hacia ella, sorprendidos por aquella interrupción y por las manchas de sangre que había en la ropa de la joven. El silencio se hizo a su alrededor mientras ella buscaba desesperadamente a Albert, que apareció entre la multitud con cara de pocos amigos por la interrupción. Sin embargo, cuando este vio la sangre en Anny frunció el ceño y miró a la joven a los ojos. Esta volvió a llorar y se apartó de la puerta al tiempo que aparecía Archie con el cuerpo de Candy entre los brazos.
La copa que sostenía Albert entre las manos cayó estrepitosamente al suelo, haciéndose añicos. El guerrero acortó la distancia con su hermano sin hacer caso a las expresiones de sorpresa que se levantaron a su alrededor entre el resto de hombres.
Sin poder creer lo que veían sus ojos, Albert tocó levemente la cabeza de Candy, temiendo hacerle más daño, y cuando vio la flecha en su costado, apretó los puños con fuerza. Un pequeño charco de sangre se había formado a sus pies y solo entonces fue capaz de reaccionar.
—Llévala a mi dormitorio —le pidió a Archie en voz baja—. Anny, avisa a la cocinera para que vaya aprisa a buscar a la curandera.
La joven asintió y salió del salón corriendo como alma que lleva al diablo.
Archie, por su parte, giró sobre sí mismo con lentitud, temiendo hacerle daño a Candy.
Con el corazón en un puño y latiendo con fuerza, Albert se giró hacia sus invitados. No podía dejarlos solos así como así ni desaparecer de aquella cena de gala, pero su alma y su corazón gritaban con fuerza para salir de allí cuanto antes y no separarse de Candy en ningún momento.
—¿Quién es esa joven malherida, MacArdley? ¿Es algún familiar?
Albert tragó saliva. No estaba seguro de cómo salir de ese atolladero, ya que esos hombres estaban allí precisamente para luchar contra el clan de Candy. El joven carraspeó y se acercó hasta ellos unos pasos.
—No, no lo es. —Negó con la cabeza—. Se trata de la joven White que está bajo mi protección hasta que esto acabe.
Un incipiente murmullo se levantó entre los hombres.
—¡Pues que se muera! —vociferó uno de ellos—. Así sabrán los White lo que sentimos los demás cuando matan a uno de los nuestros.
Albert necesitó de toda su fuerza de voluntad para no acercarse al guerrero del clan Buchanan y golpearlo con fuerza hasta matarlo. La rabia lo consumía y sentía que no podría soportar demasiados comentarios de ese estilo.
—Querido amigo, tú y yo sabemos que cuando alguien de otro clan está bajo nuestra protección, es nuestro deber mantenerlo a salvo, sea cual sea su clan.
Los demás hombres asintieron, dándole la razón a Albert, lo cual lo hizo suspirar con alivio.
—Por favor, que no decaiga nuestra celebración. Las jarras aún están llenas de whisky —dijo con una sonrisa.
Entonces, todos levantaron sus copas en su honor y la conversación entre ellos volvió a llenar las cuatro paredes del gran salón. Y solo en ese momento, el joven guerrero se permitió ausentarse de la cena para ver cómo se encontraba Candy.
La puerta de su dormitorio se abrió con estrépito. Albert entró en la estancia con el rostro demudado en preocupación. Jamás había sentido algo así por una persona, ni entendía en ese momento cómo era posible que alguien le hubiera hecho eso a Candy.
La joven ya estaba tumbada sobre su cama mientras Archie presionaba fuertemente un paño contra su costado. Él mismo le había sacado la flecha antes de que la curandera llegara hasta allí. Y Anny la estaba dejando en ese mismo momento, repleta de sangre, sobre la mesa.
Albert dio un par de pasos vacilantes hacia la cama. No podía dejar de mirar el cuerpo exangüe de Candy y la palidez de su rostro. Parecía haber perdido demasiada sangre, ya que la joven tenía los labios sin apenas color. Su pecho subía y bajaba con dificultad, como si sus pulmones no pudieran adquirir el aire que necesitaban.
—Deja que lo haga yo —le pidió a Archie.
Este asintió y puso una mano en su hombro cuando este se arrodilló en el suelo para agarrar con fuerza el paño, ya muy manchado de sangre.
—¿Dónde demonios está Paulina? —preguntó apretando los dientes con fuerza.
Anny se encogió de hombros.
—La cocinera me ha dicho que iría ella a avisarla. Debería estar aquí ya.
—Calma, amigos —la voz de Paulina se escuchó desde la puerta—. Ya estoy aquí.
—¿Cómo queréis que me calme si ha perdido mucha sangre? —vociferó Albert—. Apenas tiene fuerza para respirar.
Paulina apartó al guerrero y retiró el paño que cubría la herida. La mujer torció el gesto y chasqueó la lengua.
—¿Qué pasa? —preguntó Anny, desesperada.
—Es una herida bastante profunda. No parece haber tocado alguna zona importante, pues en caso de ser así ya estaría muerta.
—Se recuperará, ¿verdad? —quiso saber Anny.
La curandera la miró con tristeza.
—Espero que sí, pero hay que estar preparado para cualquier cosa, muchacha. Vuestra amiga está muy mal.
Albert agarró a Paulina de los brazos y clavó los dedos en su vieja carne.
—Haced lo que sea para que sobreviva, mujer.
—Mucho os preocupáis por la White, señor.
—Eso no os importa. Quiero que sobreviva y sea ella quien me cuente quién le ha hecho esto.
Paulina asintió y se dirigió hacia su bolso de tela. En él guardaba gran cantidad de frasquitos pequeños para las curas más simples y otros para las heridas de gravedad que requerían hierbas más difíciles de encontrar. Paulina tomó uno de esos frascos y se aproximó de nuevo a la cama.
—Archie, necesito vuestra daga.
El joven asintió y, sabiendo lo que le pediría a continuación, se acercó al fuego y puso la hoja de la misma sobre este mientras Paulima derramaba parte de ese frasco sobre la herida de Candy. Esta, aún en su inconsciencia, gimió y movió ligeramente el cuerpo.
Entonces, Paulina se giró hacia Albert y lo miró con intensidad.
—Necesito cauterizar la herida y vos tenéis la fuerza para mantener totalmente quieta a la joven mientras lo hago.
El guerrero asintió y rápidamente bordeó la cama para sentarse en el lado contrario a donde estaba la curandera. Con suavidad, como temiendo hacerle una nueva herida a Candy, Albert colocó las manos estratégicamente en los hombros y la cadera de la joven para mantenerla quieta sobre la cama.
Después, Archie procedió a darle la daga a Paulina y a ayudar a su hermano con las piernas de Candy.
Anny, por su parte, miraba solo de reojo, incapaz de poner su atención en todo lo que esa extraña mujer hacía sobre su amiga. La joven juntó los dedos de ambas manos y rezó. Y cuando vio que Paulina llevaba la punta de la daga al costado de Candy, la joven cerró los ojos con fuerza y apretó todos los músculos de su cuerpo, como si temiera sentir ella también el intenso dolor al
que iban a someter a su amiga.
El sonido estremecedor de la carne quemándose y el intenso olor que desprendió esta, causaron náuseas en Anny, que tuvo que salir corriendo del dormitorio para evitar vomitar allí mismo.
Mientras tanto, Archie se quedó preocupado por la reacción de la joven, pero no quería dejar solo a Albert, que lo necesitaba para sujetar a Candy, ya que se removía una y otra vez para escapar del inmenso dolor que le producía la daga hasta que Paulina la retiró de golpe y la joven logró calmarse.
—Ya está, muchacha —susurró la curandera.
Albert vio que Candy tenía la frente perlada en sudor por el dolor al que estaba siendo sometida para curar la herida cuanto antes y evitar que perdiera más sangre, algo que parecía haber conseguido en parte la curandera, pues apenas salió una gota perdida de la herida abierta.
Con cuidado y un paño limpio, Albert retiró el sudor. El joven tenía el corazón en un puño.
Podía perder a Candy antes incluso de tenerla, antes de que la maldita guerra que los separaba llegara a su fin.
—¿Vivirá? —preguntó con la voz ronca.
—Es pronto para saberlo, aunque si tenemos en cuenta que lleva sangre White, seguro que vivirá. Son muy obstinados.
Albert asintió. Lo era. Aquella muchacha ya había demostrado en más de una ocasión la fortaleza y valentía que corría por sus venas, pero aquello era demasiado y no era decisión suya si vivía o moría.
Paulina volvió a verter en la herida algo más del líquido de otro bote antes de comenzar a coserla. Después, volvió a poner un paño limpio y procedió a vendar la herida.
—Ahora está en manos de Dios. Si él lo desea, la muchacha vivirá.
Albert apretó los puños y asintió, dejando que la mujer se marchara del dormitorio y los dejara solos.
—Tranquilo, hermano, vivirá —intentó consolarlo Archie.
Albert levantó la mirada y su hermano no pudo sino sorprenderse con lo que veía ante sí. Los ojos de Albert estaban anegados en lágrimas que se esforzaba por tragar al tiempo que apretaba la mandíbula con fuerza.
—Recorre todo el castillo sin dejar ni un solo rincón para intentar averiguar quién demonios ha hecho esto.
—Tal vez algún White…
Albert negó con la cabeza en rotundo.
—Ellos aún no saben que hemos llamado a nuestros aliados. No creo que estén en nuestras tierras. Ha tenido que ser alguien de los nuestros para vengarse de ella. Sea quien sea, hermano, descúbrelo y tráelo ante mí. Seré yo quien lo mate con mis propias manos.
Archie asintió y se levantó dispuesto a marcharse y cuando la puerta se cerró, solo entonces Albert se permitió dejar las lágrimas que, por primera vez en su vida, aparecían en sus ojos, ya que siempre mostró tanta o más fortaleza de la que su padre había dejado ver y le había inculcado desde muy pequeño.
—Los guerreros fuertes no lloran, hijo mío. No lo olvides…
Y no lo había olvidado, pero aquella joven había conseguido destruir las barreras que desde pequeño había levantado frente a los demás, permitiéndose sentir lo que jamás pensó que existiera: amor. La amaba, por Dios que así era.
Y no podía dejar que ahora se la arrebataran. Al igual que ella le había dicho, el apellido solo era eso, un nombre, y no estaba dispuesto a dejar que algo tan nimio le hiciera perder a la única mujer a la que había conseguido amar.
Albert agarró la mano de Candy y la besó con cuidado. La joven parecía respirar con más normalidad y había adquirido cierto tono de piel, pero seguía inconsciente. Así que, tal y como Paulina había dicho, ahora estaba en manos de Dios. Solo esperaba que en ese momento no lo abandonara.
—Más te vale vivir, muchacha. Si me dejas antes de haberte dicho a la cara lo que siento por ti, iré al mismísimo infierno a buscarte…
CONTINUARA
