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CAPÍTULO 16
Parecía que flotaba. Tenía la sensación de que su cuerpo no estaba sobre alguna cama o suelo. No lo sentía. Ni siquiera notaba frío o calor. Era algo tan sumamente extraño que no podía entenderlo con claridad. Poco a poco, su mente fue despertando para empezar a ser consciente de lo que estaba sucediendo a su alrededor.
Escuchaba, como si fuera demasiado lejos de ella, el sonido de pasos que iban de un lado a otro; voces, algunas conocidas y otras no tanto, puertas que se abrían y cerraban.
Durante unos momentos en
los que no podía comprender nada, Candy pensó que estaba en una habitación de hospital, pero al cabo de unos segundos, su mente regresó y recordó lo ocurrido en los últimos días, y solo entonces volvió por completo a la realidad y sintió la dureza extraña del colchón y la suavidad de las sábanas de seda, la tibieza que se respiraba en la habitación gracias al crepitar del fuego, que ya podía escucharlo, el sonido de los cascos de los caballos del patio… Todo era real. No estaba soñando ni lo había hecho desde hacía días.
Pero ¿qué demonios había ocurrido para sentir ese peso en el cuerpo y las pocas fuerzas que la acompañaban? Parecía haber recibido una fuerte paliza que la había dejado postrada en la cama sin fuerza para salir. Intentó recordar una y otra vez, pero no obtuvo el éxito que deseaba.
Nada. Su mente estaba en blanco. Solo creía recordar que había hablado con Anny en las cocinas del castillo y después la dejó sola con Archie. Pero después… nada. Su mente no reaccionaba, lo cual la llenó de angustia y frustración.
Candy gimió al tiempo que comenzó a despertar el cuerpo. La cabeza le dolía y apenas podía moverla sin sentir un intenso mareo que parecía mover la cama como si se tratara de un terremoto. A pesar de eso, al cabo de unos momentos, en los que por fin pudo acostumbrarse a la sensación, la joven abrió los ojos lentamente para toparse con el dosel de la cama de Albert.
Candy frunció el ceño. ¿El guerrero la había llevado hasta allí? Movió la cabeza hacia un lado y descubrió a Anny de pie mirando por la ventana. Su amiga le daba la espalda en ese momento y Candy acertó a sonreír. Con intención de llamar su atención, la joven intentó levantarse de la cama, pero un intenso dolor en el costado la hizo quejarse y gemir con fuerza, lo cual llamó la atención de Anny, que se giró de golpe.
—¡Candy! —vociferó acercándose a ella con un solo paso—. ¡Menos mal que has despertado!
Anny sonreía de una manera especial, como si se hubiera quitado un peso de encima. Y la observaba con tanta intensidad que parecía temer perderla si pestañeaba un segundo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Candy con la voz ronca.
La joven sentía la garganta totalmente seca y pastosa, pero Anny se apresuró a acercarle un pequeño vaso de agua a la boca para que bebiera un poco.
—No mucha —le avisó—. La curandera ha dicho que solo un sorbo.
—Gracias —dijo con su voz normal cuando Anny le retiró el vaso—. ¿Por qué me duele tanto el costado? No puedo levantarme…
La expresión del rostro de Anny se ensombreció ligeramente y después la miró fijamente.
—¿No lo recuerdas? Pensábamos que nos dirías algo al despertar…
Candy obligó de nuevo a su mente a intentar recordar algo de lo sucedido, pero esos últimos recuerdos estaban demasiado borrosos.
—No sé… Recuerdo que te dejé con Archie en la cocina, y después me quise dirigir al dormitorio, pero… no sé…
—Bueno, tranquila —la calmó Anny—. Ya te vendrá a la mente. Voy a avisar a Albert de que has despertado. Estará en el patio con sus hombres. No se ha separado ni un segundo de la cama, pero Archie se lo ha tenido que llevar casi a rastras para hacer formación. En unos días marcharán a luchan con los
White.
¡Cierto! Albert había avisado a sus aliados para ello. No lo había vuelto a recordar. Candy suspiró y dejó ir a Anny.
—¿Estarás bien?
—Sí, vete, pesada.
Candy esbozó una sonrisa, aunque en el momento de quedarse sola, esta se borró de su rostro. La verdad es que el costado le dolía horrores. Sentía que la herida palpitaba continuamente, como si tuviera vida propia, por lo que la joven apartó las sábanas para descubrir que tenía un vendaje. Intentó apartarlo y así ver la herida, pero la puerta del dormitorio se abrió de golpe y solo acertó a cubrirse de nuevo con las sábanas.
Candy levantó la mirada y descubrió allí a Sloan, el guerrero del clan, que la observaba como un lobo a su presa. Aquella mirada la hizo sentir incómoda y, sin saber por qué, deseó poder levantarse y marcharse de allí para huir de él. Pero ¿por qué? Su mente solo recordaba el encontronazo con él el mismo día del ataque con las flechas, pero apenas se había cruzado con él un par de veces más. Sin embargo, el joven la miraba como si quisiera matarla ese
mismo instante.
—En mi tierra se suele llamar a las puertas antes de entrar. Eso es símbolo de educación.
Sloan levantó una ceja y esbozó una sonrisa de lado que le congeló hasta el alma.
—Cuando me dijeron que habían encontrado a la White cerca del lago con una flecha clavada en el costado, no lo podía creer…
—Pues sí, eso parece —contestó sin saber exactamente a lo que se refería.
—¿Y qué pasa? ¿No vas a decir nada?
Candy frunció el ceño y subió aún más las sábanas. Apenas le cubría el cuerpo una fina tela del camisón y sentía como si los ojos de Sloan atravesaran las sábanas.
—No sé a qué te refieres.
—A si le vais a decir a Albert quién os atacó y por qué estabais en ese lugar.
Candy se encogió de hombros.
—Lo haría si lo recordara.
Sloan amplió su sonrisa.
—Muy bien… —susurró arrastrando las palabras.
En ese momento, una de las doncellas entró en el dormitorio con una bandeja de plata repleta de comida. Se había cruzado con Anny minutos atrás y esta le había pedido que llevaran algo de comer, por lo que cruzó el umbral de la puerta justo en el momento en el que Sloan se giraba para salir, por lo que no pudieron evitar chocar entre ellos estrepitosamente, provocando que el contenido de la bandeja cayera al suelo.
—¿Por qué no miras por dónde vas, desgraciada? —vociferó Sloan al tiempo que se limpiaba una mancha de la camisa.
—Lo siento —dijo la joven con lágrimas en los ojos—. No volverá a ocurrir…
—Si yo fuera laird de este castillo, ya te estarían azotando en el patio… —soltó con rabia.
Pero aquellas palabras, fruto del enfado de Sloan, provocaron un
escalofrío a Candy. En su mente parecía haber algo parecido, como si eso lo hubiera escuchado en otro lugar también a través de la boca de ese guerrero, pero ¿dónde? Tal vez fuera fruto de su imaginación o del ataque sufrido, pero lo guardó en su mente para otra ocasión.
Cuando la doncella recogió toda la comida del suelo y se dispuso a
marcharse, no sin antes volver a disculparse, esta vez con ella, un Albert asombrado apareció en la puerta. El joven se quedó mudo con la mirada fija sobre ella y temía dar un paso hacia el interior del dormitorio por miedo a que desapareciera frente a sus ojos.
Candh esbozó una sonrisa, aunque interiormente se preocupó por él tras ver las profundas ojeras que había bajo sus ojos y la expresión de cansancio que lo envolvía. Aún así, la joven lo vio más atractivo que nunca y deseó abrazarlo con fuerza.
—¿Es real lo que ven mis ojos? —preguntó al tiempo que daba un par de pasos hacia ella.
—Creo que sí —respondió mirando su cuerpo.
Candy sonrió aún más y vio como Albert cerraba la puerta tras de sí para evitar que los sirvientes los vieran. La joven entonces vio el rostro sudoroso del guerrero y su ropa manchada de barro.
—Estábamos entrenando en el patio cuando ha ido Anny a avisarme de que habías despertado. Aún no puedo creerlo…
Albert se sentó en la cama y le agarró una mano con cuidado para evitar hacerle daño, pero ella lo apretó con fuerza y le sonrió.
—¿Cómo estás?
—Exhausta y algo frustrada —confesó—. No recuerdo qué ha pasado.
Solo que salí de la cocina y ya… Tengo un vago recuerdo saliendo del castillo, pero no sé a dónde me dirigía ni por qué. Y no pensaba escapar…
—En ningún momento lo he pensado —le respondió el guerrero—. Has estado muy débil. Perdiste mucha sangre y tal vez por ello estás así. Ya lo recordarás.
Candy miró las manos de ambos, que aún seguían agarradas.
—¿Por qué me tratas tan bien?
—Porque tenías razón. No importan los apellidos, solo las personas. Pero hasta que la guerra con los tuyos no acabe nadie puede saber de lo nuestro.
Candy señaló a su alrededor.
—Estoy en tu dormitorio…
—Anny se ha esforzado en hacerles creer que es porque aquí hay más seguridad.
Candy rio, aunque el dolor de su costado la obligó a frenar de golpe. La joven se incorporó levemente, sentándose y apoyando la espalda contra los almohadones que Albert le colocó antes de besarla suavemente.
—Creí que iba a perderte. Cuando te vi respirando con tanta dificultad pensé que todo terminaba entonces. Y la curandera tampoco nos dio muchas esperanzas. Archie ha ido a buscarla.
Candy asintió y respiró lo más hondo que pudo. A pesar del cansancio, se sentía más viva que nunca. Albert mostraba sus sentimientos hacia ella y la joven no podía negarse a sí misma que lo quería. Pero ¿qué pasaría si todo salía mal? La sombra de la duda respecto al final de la guerra con su clan volaba sobre su cabeza, llenándole los pensamientos de escenas atroces, especialmente la que había visto el día de la representación en el patio del castillo White.
—Por cierto, ¿cuánto tiempo llevo en la cama?
—Dos días —respondió Albert para sorpresa de la joven, que abrió los ojos desmesuradamente.
—¿Tanto?
Albert asintió y justo en ese momento llamaron a la puerta con insistencia.
Al instante, Archie entró en el dormitorio, seguido de Anny y Pauluna, la curandera.
—¡Qué sorpresa, señorita White! —exclamó Paulina—. Sois una
mujer de extraordinaria fortaleza. No todo el mundo habría sobrevivido a una pérdida de sangre como la que sufristeis. Cualquiera habría muerto en las primeras horas…
La mujer se acercó a la cama y se sentó en el mismo lugar que había ocupado Albert hacía tan solo unos minutos.
—Dejadme ver la herida, por favor.
Candy apartó las sábanas al tiempo que Archie se giraba hacia la ventana para darle algo de intimidad mientras Anny e Albert no perdían detalle de lo que la mujer obraba. Cuando el vendaje cayó a un lado de las sábanas, Paulina no pudo evitar una expresión de asombro.
—¿Ocurre algo? —preguntó Candy, asustada por su rostro.
La curandera levantó la mirada y la observó fijamente, como si Candy fuera algo extraordinario.
—¿Acaso no sois de este mundo, muchacha? —La miró sin comprender —. Vuestra herida está casi cerrada. Sabía que mis hierbas eran muy efectivas, pero con esta herida han hecho un milagro. Ni siquiera hay asomo de infección. ¿Os duele?
Paulina llevó un par de dedos hacia la zona de la herida que estaba cerrada, comprobando después, con el gesto de dolor de Candy , que estaba aún algo frágil.
—Muchacha, una herida así tarda una semana o más en cerrarse y
mostrarse como está ahora. Sin embargo, con vos es como si se hubiera acelerado el proceso.
Candy se encogió de hombros, sin entender. La verdad es que sentía que el costado le dolía en demasía, pero la mujer tenía razón. Dirigió su mirada hacia la herida y se sorprendió de lo mismo que Paulina Nunca antes se le había curado una herida con tanta rapidez como aquella tan grave. Y en ese momento, sin saber por qué, la voz de Clara acudió a su mente: Dioses
celtas, espíritus de luz, protegedla de todo mal. Una y otra vez aquella frase se repitió varias veces en su cabeza, como si fuera un continuo eco que no la dejaba en paz, hasta que Candy sacudió la cabeza para alejar esa frase de su mente.
Los ojos de Paulina la miraban tan sorprendidos que parecía estar mirando al mismísimo demonio. Y cuando la mujer retiró las manos de su cuerpo como si algo le hubiera quemado, Candy confirmó que la curandera veía algo más que una simple herida en ella.
—Parecéis estar protegida por alguna magia ancestral, muchacha.
Paulina se levantó y se santiguó mientras su mirada seguía fija en Candy, que se removió inquieta en la cama.
—¿A qué os referís, Paulina? —le preguntó Albert.
La mujer entonces se giró hacia él y se encogió de hombros.
—A nada, señor. Es lo que mi madre siempre decía cuando un paciente se recuperaba tan fugazmente de algo grave.
Sin embargo, cuando la mujer se volvió a girar hacia Candy, la joven supo que esas palabras escondían algo más. Y de nuevo la voz de Clara apareció en su mente: Protegedla de todo mal…
¿Acaso esa era la verdadera voz de aquella extraña mujer o se estaba volviendo loca? En cualquier caso, Candy también pensaba que era demasiado rara su recuperación en dos días.
—Si el proceso sigue como hasta ahora, mañana mismo estaréis
perfectamente, muchacha —le indicó con tanta seriedad que parecía estar enfadada con ella.
Candy asintió y volvió a taparse con la sábana. A pesar de tener la camisola se sentía desnuda ante ellos mientras un intenso nudo le atenazaba la garganta. ¿Qué demonios estaba ocurriendo? ¿Acaso se había perdido algo en
su vida para de repente ser alguien tan extraño cuyas heridas sanaban antes de lo previsto?
Cuando la mujer salió del dormitorio, todos dirigieron sus miradas sorprendidas a Candy , que no sabía dónde meterse para evadir sus ojos. No obstante, Anny se adelantó hasta chocar contra el borde de la cama y, con una sonrisa que contenía una carcajada, le preguntó:
—¿Te estás convirtiendo en un X-Men y yo no lo sabía?
—¿Qué es eso? —preguntó Archie.
Candy sonrió y se encogió de hombros, restándole importancia.
—Nada, es solo que Anny tiene mucho sentido del humor…
—Dejadnos solos, por favor —les pidió Albert cortando la conversación.
El guerrero se mantuvo con el gesto serio hasta que ambos desaparecieron por la puerta, dejándolos solos.
—¿Te ha pasado eso alguna vez? ¿Has sanado siempre tan rápido?
Candy negó con la cabeza.
—Jamás, y la verdad es que me acojona un poco. Tal vez sea por el viaje en el tiempo. No sé. Es todo tan raro que hasta dudo de si esto es real.
Albert frunció el ceño mientras se cruzaba de brazos y se mantenía callado y pensativo. Tenía razón. Todo era muy extraño, pero realmente viajar en el tiempo parecía algo tan imposible que el hecho de que la joven pudiera sanar con rapidez tampoco le parecía tan raro a esas alturas.
No obstante, no quería precipitar las cosas:
—Descansa y recupérate. Lo necesitas.
—Será lo mejor. —Asintió—. Hay muchas cosas que asimilar.
Tal y como Paulina había predicho, la herida de Candy al día siguiente estaba prácticamente curada.
Apenas quedaba solo un rasguño con la piel algo más oscura que de costumbre, pero ni sentía dolor ni nada parecido, tan solo un ligero cansancio debido a la enorme pérdida de sangre. Pero a pesar de todo, la joven prefería pensar que todo se debía a las hierbas usadas por Paulina para su curación, no a esa presunta magia de la que le había hablado el día anterior.
El día había amanecido lluvioso. Durante toda la noche no había dejado de llover, llenando el patio del castillo y los alrededores de barro. Candy torció el gesto mientras se alejaba de la ventana. Después de todo lo ocurrido le habría gustado salir a pasear para tomar el aire. Sentía que se ahogaba en esa habitación y quería salir de una vez por todas.
Nunca había sido una paciente
perfecta, ya que la paciencia no era una de sus virtudes y solo deseaba curarse cuanto antes para salir de allí.
Y a pesar de que nadie la quería en el castillo, a Candy no le importó en ese instante. De hecho, tampoco le importaban los cuchicheos de los sirvientes, que no daban crédito a que su laird le hubiera cedido su dormitorio a la White.
La joven se aproximó al espejo de la habitación. Se quitó la camisola y apartó el pequeño vendaje que ella misma se había puesto tras la precipitada marcha de Paulina, que no se había molestado en curarle la herida cuando la visitó.
Cuando los retiró, volvió a comprobar el estado de la misma, tal y como había hecho antes de levantarse apartando un poco las vendas, pero ahora que podía verlas con claridad y sin nada en medio, Candy abrió la boca por la sorpresa. Apenas había un ligero rasguño en la piel. Tras tres días en cama aquella herida tan profunda solo le había dejado un simple rasguño.
¿Cómo era posible? Había visto heridas de diferente consideración a lo largo de su vida y siempre habían tardado varios días o incluso un mes entero en cerrar.
Y su mente vagó por las palabras de Paulina. Tal vez era cierto eso de que estaba protegida por una magia o puede que las hierbas usadas por la curandera tenían más efecto de lo que pensaba.
Fuera como fuera, Candy
sonrió ante el espejo. Estaba mejor que nunca. Y no solo por haberse recuperado de un ataque como ese, sino porque parecía que aquel castillo era su hogar desde siempre. Deseaba volver a salir de aquella habitación para poder ver a Albert y comenzar de una vez por todas el plan que había ideado el guerrero para acabar con la guerra. Candy deseaba que todo llegara a su fin
para poder estar con él de una manera libre y sin miedo a ser descubiertos en cualquier momento por algún sirviente o cualquier otra persona del clan.
Por ello, la joven se dirigió hacia los pies de la cama, donde habían dejado un vestido algo más cómodo que el resto de los que le habían prestado. Sin embargo, a pesar de encontrarlo precioso, Candy quiso ponerse su propia ropa.
Había algo que la empujaba a ponerse algo tan cómodo como unos pantalones que le permitieran la libertad de movimientos que los vestidos de la época realmente le impedían. Por ello, fue directa hacia la puerta que comunicaba los dormitorios para buscar en el baúl la ropa que llevaba puesta el día que viajaron hasta esa época, pero cuando estaba a punto de ponerse los pantalones, un griterío procedente del patio llamó su atención.
Puesto que desde esa habitación no podía ver esa zona, la joven regresó hasta el dormitorio de Albert al tiempo que se ponía la camiseta y el jersey. Sus pies se encaminaron hacia la ventana justo en el momento en el que un intenso escalofrío le recorrió el espinazo, provocándole una sensación tan extraña y terrorífica que lo que vio tras el cristal no le sorprendió en absoluto.
—Pero ¿qué…?
Las palabras se quedaron atascadas en su garganta cuando vio a varios hombres apostados en la muralla caer al vacío con varias flechas clavadas en sus pechos. En ese momento, un ruido extremadamente fuerte pareció sacudir el gran portón del castillo. Desde allí parecía como si la puerta estuviera siendo atacada por un ariete de los que solía ver en las películas, pero la idea le pareció tan temeraria que la desechó al instante de su mente.
No obstante, el ruido siguió escuchándose mientras veía desde la ventana como varios hombres del clan acudían al patio armados hasta los dientes y preparados para luchar. En ese momento, una lluvia de flechas cayó desde el otro lado de la muralla, matando a varios de los hombres del clan MacArdley.
—No puede ser verdad…
Candy se sentía en medio de un set de rodaje de alguna película de época, pero con la gran diferencia de que la sangre que ya comenzaba a cubrir el suelo del patio era real, y los gritos y muertos también lo eran.
Las manos comenzaron a temblarle incontrolablemente. ¿Dónde estaba Albert en ese momento? Tal vez podía ser alguno de los hombres muertos del patio. Sin embargo, no descubrió su enorme cuerpo entre ninguno de ellos.
Un enorme griterío podía escucharse desde el otro lado de la muralla al tiempo que los MacArdley respondían a las flechas de los White con otra lluvia de ellas.
Candy vio que numerosas casas del clan comenzaban a arder, provocando tal humareda al cabo de pocos minutos que apenas lograba ver más allá de la muralla. Los guerreros del clan corrían por el patio y algunos de ellos subían a la muralla para atacar a los enemigos desde allí.
Vio que algunos portaban grandes cazos con agua humeante que después lanzaban al vacío al otro lado de la muralla.
El griterío que se había levantado en el castillo era tal que la joven no pudo evitar envolverse en esa esfera de miedo y desolación que pululaba por las paredes de la fortaleza. Y solo en ese instante, Candy decidió salir del dormitorio para ayudar en lo que estuviera en su mano. Aquella gente, a pesar de su poco amigable recibimiento, era inocente, y no estaba dispuesta a quedarse encerrada viendo cómo los mataban.
Mirando a su alrededor, Candy descubrió una pequeña daga en uno de los cajones del mueble al lado de la ventana. Con presteza, la guardó a su espalda, entre el pantalón y el jersey con el ánimo de usarla en caso de que fuera necesario. Y segundos después, la joven salió precipitadamente del dormitorio para buscar a Anny o a alguno de los hermanos MacArdlet para saber cuál era la situación. Al tiempo que casi volaba por las escaleras, Candy
agradeció haberse recuperado tan pronto de la herida y la voz de Clara volvió a aparecer de nuevo en su mente: Eres la elegida para salvar a los MacArdley.
Candy necesitó apoyarse contra las piedras de la pared tras sentir un ligero mareo que volvió todo negro a su alrededor. Las palabras de la mujer regresaron de nuevo a su mente y en ese momento se hizo infinidad de preguntas: ¿acaso Clara se refería a ese momento? ¿Era entonces cuando debía salvarlos? Pero ¿qué debía hacer?
Si pudiera recordar al menos lo que había sucedido cuando la atacaron, tal vez podría ayudar de alguna manera. Pero su mente seguía en blanco, algo que la agobió y enfadó a partes iguales.
Cuando bajó los últimos peldaños, el piso inferior era un auténtico hervidero de gente. Numerosos guerreros corrían de un lado a otro al tiempo que terminaban de armarse. Al parecer ninguno estaba preparado para un ataque así. Por lo que le habían contado, los clanes aliados tardarían unos días en llegar, pero los White habían sabido adelantarse a ellos, aprovechando que se habían marchado para agrupar a sus hombres.
Buscó con la mirada desesperadamente a Anny, pero no logró encontrarla. Candy temía que le hubiera pasado algo o que tal vez el ataque la hubiera pillado fuera de las murallas del castillo. Pero enseguida pensó que se había refugiado en las cocinas del castillo, por lo que, no sin dificultad, Candy se abrió paso entre la gente hasta alejarse del barullo de la puerta principal.
La joven corrió entonces por el pasillo hasta la cocina, cuya puerta la abrió de golpe, encontrando a muchas de las sirvientas allí reunidas sentadas alrededor de una mesa, rezando con lágrimas en los ojos. Todas volvieron sus ojos hacia ella, reuniendo todo el odio que sentían hacia los de su clan y a ella misma por ese ataque.
Candy sintió como si miles de dagas la atravesaran al instante, pero entró lentamente y se aproximó hasta ellas.
—¿Dónde está Anny? —preguntó casi en un hilo de voz.
Aquella a la que siempre había visto cocinando se levantó de golpe de su asiento y acortó la distancia entre ellas, dándole una sonora bofetada a Candy, que se vio impulsada hacia atrás. La joven llevó su mano hacia el rostro, allí donde sentía un inmenso escozor y levantó la mirada de nuevo.
—Ojalá vos y los vuestros no existierais —dijo con rabia—. Los
White dais asco.
Candy tragó saliva. No estaba para muchos reproches en ese momento. Su nerviosismo crecía a medida que pasaban los minutos y desconocía qué había sucedido con Anny, por lo que, levantando la cabeza con orgullo, le dijo:
—Señora, yo también deseo que esos malnacidos paguen por lo que están haciendo y lo que han hecho con anterioridad. No puedo cambiar que, por desgracia, lleve su sangre, pero sí puedo ayudar al menos a mi amiga, que por mi culpa se encuentra en estas circunstancias.
—Vuestra amiga estaba con el hermano del señor antes del ataque. Ahora no sé ni me importa su paradero.
Candy apretó los puños con fuerza. Aquella mujer mostraba tal frialdad que conseguía helar el alma de aquel que se cruzara en su camino. Sin más, Candy se giró y abandonó las cocinas sin un rumbo fijo. Sabía que si su amiga estaba con Archie, se encontraba en buenas manos, tal vez estaban refugiados en algún lugar, por lo que la joven decidió ir a buscar a Albert.
Candy corrió hacia la salida del castillo. El pasillo se había quedado casi desierto. Tan solo algunos guerreros algo rezagados salían entonces por la puerta para luchar en el patio. La joven se acercó lentamente a la puerta y miró lo que estaba sucediendo fuera de los muros del castillo. Más de un centenar de hombres luchaban con aquellos que acababan de escalar las piedras de la muralla y habían accedido al recinto. Aquella visión tan
terrorífica le provocó escalofríos a Candy, que sentía como si sus pies estuvieran clavados en el suelo y no pudiera moverse a pesar de las órdenes que enviaba a su cerebro.
Un estruendo inquietante llamó entonces su atención. La joven vio cómo el enorme y pesado portón caía en medio del patio, aplastando a numerosos guerreros de ambos clanes. Candy se llevó las manos a la boca para ahogar un grito de terror. Rezó para que Albert no estuviera entre ellos y con pasos temblorosos llegó hasta el primer escalón del castillo para buscar desesperadamente al guerrero que le había cautivado el corazón, pero la masacre que veía ante ella era tal que un intenso dolor de cabeza la atacó en el peor momento posible, obligándola a doblarse sobre sí misma al tiempo que todo se volvía negro.
CONTINUARA
