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CAPÍTULO 17
Desde que Albert había escuchado el primer grito de uno de sus hombres avisando del ataque los White, no había dejado de dar órdenes a todos y a cada uno de sus guerreros para que se apostaran, con la mayor celeridad posible, en las murallas y alrededor de todo el patio. Había buscado desesperadamente a su hermano por todos lados, pero no había logrado encontrarlo, lo cual lo tenía con el corazón en un puño, pues temía que estuviera fuera de la muralla en el momento de la llegada de los White.
Pero eso no era todo. Su corazón y su mente estaban con la mujer que había dejado durmiendo en su dormitorio y que aún seguía recuperándose. Deseaba poder protegerla y evitar que algún White la atacara o volviera a herir de alguna manera. Sin embargo, en ese momento debía fijar su atención en lo que estaba sucediendo a su alrededor, ya que sentía que su mente estaba en demasiadas cosas en lugar de sacar su espada para luchar.
En un momento dado, antes de salir de sus pensamientos, un grito dado por uno de sus hombres más cercanos lo alertó y vio que el guerrero corría hacia él con un gran escudo entre las manos. Al instante, lo colocó sobre sus cabezas para protegerse de la primera lluvia de flechas, aunque una de ellas
logró colarse entre la madera y hacerle un rasguño en su hombro izquierdo.
—¿Estáis bien, señor? —le preguntó.
Albert se miró la herida y, sin darle mucha importancia, asintió y le agradeció el gesto.
—Gracias. ¡Vamos, tenemos que matar a unos cuantos White antes de que acabe el día!
El guerrero sacó su enorme espada del cinto y corrió cerca del portón, donde los enemigos parecían estar atacando con un ariete. Albert ordenó a sus hombres que apostaran más tablones contra las maderas de la puerta, lo cual les permitió ganar algo más de tiempo mientras los que había en las murallas tiraban agua hirviendo a los que pretendían escalar. Sin embargo, solo pudieron contenerlos durante unos minutos, ya que poco a poco, los guerreros del clan White aparecieron en lo alto de la muralla, atacando a los que
estaban allí y despeñándolos.
—Malnacidos… —susurró Albert antes de lanzarse contra ellos y asestarle varios espadazos a algunos de ellos.
Al cabo de varios minutos, un poderoso estruendo llamó la atención de todos. Albert llevó su atención hacia el gran portón para ver cómo este caía y aplastaba a algunos de sus hombres, muchos de ellos de su misma edad y de cuya amistad presumía ante muchos.
—¡No! —vociferó.
Albert se dirigió hacia donde había caído el portón y, tras subirse sobre él, abrió los brazos, mostrando en su mano derecha la enorme espada heredada de su padre. Miró con rabia hacia los guerreros del clan White, que dejaban a un lado el ariete con el que habían logrado tirar el portón y se preparaban para luchar.
—Si queréis entrar en mi castillo, será por encima de mi cadáver.
Los White sonrieron, pero se quedaron en sus puestos, sin ánimo de atacar en ese momento. Tan solo miraron hacia atrás y abrieron paso al que llegaba en ese momento.
El feo rostro de Robert White apareció en el campo de visión de Albert, que lanzó un rugido de rabia al verlo y apretó con fuerza la empuñadura de su espada, dispuesto a atacarlo en cualquier momento.
—¡Albert MacArdley! —Robert sonrió de lado—. ¿De verdad pensabais que llamando a vuestros aliados ibais a ganarme?
—¿Cómo sabéis eso? —preguntó Albert, sorprendido.
Robert White rio fuertemente.
—Debéis tener más cuidado con aquellos que viven entre estas paredes.
Tal vez haya algún traidor que desconozcáis.
Albert frunció el ceño.
—Marchaos de este castillo si queréis vivir.
—Albert MacArdley, sois tan necio como vuestro padre. Él no supo rendirse cuando tuvo ocasión, pero ahora vos podéis hacerlo. Si os rendís ahora, no morirán más de los vuestros.
—¡Jamás! —vociferó Albert al tiempo que tomaba su espada con ambas manos.
Robert White sacó la suya del cinto sin dejar de mirar a Albert a los ojos.
Después dio un paso hacia él y, levantando su espada, gritó:
—¡Habéis decidido el camino incorrecto, MacArdley! ¡Muerte!
Al instante, el laird de los White acortó la distancia y atacó a Albert, que logró parar la estocada casi sin esfuerzo. Y en ese mismo momento, el resto de los enemigos cruzaron el umbral del portón para atacar a los guerreros que había a la espalda de Albert y ya estaban preparados para luchar.
Cuando la primera flecha se clavó a solo un metro de ellos, Anny gritó asustada. La joven encogió las piernas y se acurrucó aún más contra el fuerte pecho de Archie, que no sabía qué demonios estaba ocurriendo.
La pareja había salido del castillo justo antes del amanecer para disfrutar de un momento a solas para ellos antes de que el ajetreo diario de los sirvientes los pudiera descubrir en los establos. Por eso, se habían dirigido hasta allí y habían aprovechado una de las cuadras donde no había caballo para encerrarse y besarse por fin con la tranquilidad que tanto habían anhelado ambos.
Anny se veía resplandeciente bajo la luz de la luna. Nadie los había visto salir del castillo, y menos atravesar el patio en dirección a las cuadras. Archie había observado a los hombres apostados en la muralla y
aprovecharon un momento en el que todos miraban algo fuera de los muros.
Anny había conseguido abrazar y acariciar a su guerrero por primera vez desde que habían iniciado lo que parecía ser una relación. Lo deseó desde la primera vez que lo vio y tras descubrir que él sentía lo mismo por ella, no habían podido resistirse hasta que llegó ese momento. Pero justo cuando terminaron de hacer el amor, con la primera luz del alba, el intenso jaleo que comenzó a armarse en la muralla del castillo llamó la atención del guerrero.
—Vestíos, aprisa —le inquirió.
—¿Qué pasa? —preguntó Anny, asustada por la expresión de su rostro.
Archie se giró hacia ella y antes de que pudiera decir una sola palabra, una flecha atravesó el tejado de paja del establo y se clavó cerca de Anny.
—¡Nos atacan! —vociferó.
—¿Qué?
Anny se levantó de un salto y se colocó la ropa con prisa y con intención de salir de allí, pero Archie la detuvo y esperó hasta que la lluvia de flechas acabó.
Los guerreros se estaban comenzando a formar en el patio mientras que algunos de ellos caían desde la muralla con sendas flechas en sus pechos.
—¡Dios, mío! —gritó Anny totalmente petrificada.
Archie intentó tirar de su brazo, pero la joven estaba tan asustada que no respondió a su gesto, manteniendo la vista quieta sobre el cuerpo de uno de los hombres caídos justo en la entrada a los establos. Al ver su rostro, Archie acortó la distancia entre ellos y tomó el rostro de la joven con ambas manos.
—Anny —la llamó—,escuchadme.
Pasaron unos segundos hasta que la joven reaccionó a sus palabras y levantó la mirada para fijarla en los ojos del guerrero.
—Estoy con vos.
—Tengo miedo —confesó la joven.
Archie pegó la frente a la de ella y acarició su rostro. Después se separó y volvió a mirarla a los ojos.
—Lo sé, pero no voy a dejar que nada malo os suceda mientras mis pies sigan sobre la tierra. Debemos ir hacia el castillo. No os voy a dejar hasta estar allí, pero después tengo que salir a ayudar a los demás. Es mi deber. ¿Lo entendéis?
Anny asintió con lágrimas en los ojos.
—No quiero que te suceda nada malo.
Archie sonrió y la besó con dulzura mientras fuera de los establos los guerreros ya habían comenzado a luchar por sus vidas.
—No pasa nada. Solo son unos pocos White. Ellos no podrán
conmigo.
Anny asintió y dio un paso hacia la puerta, dispuesta a salir con él
cuando diera la orden. Archie agarró la mano de la joven y la apretó con fuerza para infundirle ánimos. Después, dirigió su mirada hacia lo que estaba sucediendo a su alrededor cuando vio que el gran portón caía sobre muchos de sus compañeros y algunos White. El escalofrío que sintió entonces
Archie le confirmó que aquello era más serio que un simple ataque con unos pocos hombres. Descubrió que los White habían llegado allí para hacerse con su castillo y terminar con sus vidas. Por eso, no podía perder más el tiempo y estar allí escondido con Anny, así que la agarró con fuerza y tiró de la joven hacia la claridad del patio, donde fueron recibidos por los guerreros de su clan, que se interpusieron entre ellos y los White que ya habían escalado.
Archie sacó entonces la espada del cinto y miró hacia su izquierda, lugar donde estaban los enemigos que ya habían pasado y cuando vio de reojo que uno de ellos había sobrepasado la línea armada de los MacArdley y se dirigía hacia ellos, Archie empujó a Anny para alejarla y levantó la espada para frenar el ataque del guerrero.
—¡Maldito MacArdley! —vociferó el hombre al que le faltaban varios dientes—. ¡Os vamos a desangrar! Y después nos vamos a follar a vuestras mujeres.
—Para ello tendrás que matarme primero, sucio White —respondió
Archie.
Anny se apartó de ellos un par de metros. Miró a su alrededor y vio que estaban rodeados de guerreros del clan MacArdley, por lo que no debía temer a su espalda. Sin embargo, cuando miraba al frente solo vio el horror que provocaba una guerra. Numerosos muertos yacían inmóviles a solo unos metros y temía que Archie fuera el siguiente en regar la tierra con su sangre.
La joven levantó más la mirada y vio que Albert estaba subido al portón luchando con uno de los White y entonces pensó en Candy.
La buscó desesperadamente por el patio, pero al no encontrarla pensó que tal vez seguía en la cama. Aunque conociéndola, sabía que no podría estar encerrada en una habitación mientras el castillo estaba siendo atacado. Por ello, llevó su mirada hacia la puerta de la fortaleza y la vio allí, mirando asombrada todo lo que sucedía a su alrededor, aunque cuando la joven se llevó las manos a la cabeza, Anny supo que le pasaba algo a su amiga.
Candy sacudió la cabeza con fuerza. No podía pensar en otra cosa que no fueran los recuerdos que ahora regresaban a su mente. Sus oídos comenzaron a pitar con fuerza y apenas lograba escuchar el sonido que producían las espadas al chocar las unas con las otras. Sus ojos no eran capaces de ver nada más que lo que había sucedido realmente en el claro cuando salió del castillo y la atacaron. Por fin logró ver la cara de la persona a la que había seguido hasta allí y su mente recordó que Sloan MacArdley pretendía traicionar a los suyos para acabar con Albert y así ser él quien tomara el mando del clan.
Fue él quien avisó a los White de que Albert había llamado a sus aliados para luchar y quien animó a Robert a que precipitara el ataque que habían previsto.
—Maldita sea… —susurró Candy cuando por fin logró enfocar la vista hacia adelante.
Su cabeza dejó de doler de repente y el sonido de las espadas volvió a sus oídos. Candy miró hacia donde había estado antes el portón y descubrió a Albert luchando con Robert White, lo cual le provocó tal escalofrío que no pudo evitar gritar al tiempo que bajaba los pocos escalones que la separaban del patio. Quiso gritar tan fuerte como sus pulmones le permitieran que Sloan era quien los había traicionado y pensaba matar a los hermanos. Sin embargo, una vez sus pies tocaron el suelo, la joven se vio propulsada hacia adelante,
tropezando con una piedra y cayendo al suelo. Candy perdió de vista a Albert, pero se levantó tan deprisa como pudo y fijó su mirada en la persona que la había empujado, descubriendo con turbación que se trataba del mismísimo Sloan. Ahora entendía por qué había ido al dormitorio de Albert para ver cómo se encontraba. Solo quería comprobar si conocía la identidad del atacante, pero al descubrir que no lo recordaba, no era una amenaza para él. Pero ahora sí lo recordaba. Y su rostro se grabó a fuego en su memoria.
—¡Sloan! —vociferó con todas sus fuerzas para llamar su atención.
El guerrero se giró hacia ella al tiempo que sacaba la espada del cinto y la miraba con una sonrisa sádica en los labios. Después, sin hacer caso a la joven, el guerrero se giró de nuevo y se encaminó hacia un lugar en concreto.
Candy entonces fijó su mirada hacia allí y descubrió que se dirigía directamente hacia Anny y Archie, el cual estaba entonces luchando con un par de White , a quienes les dio muerte en un abrir y cerrar de ojos.
—¡No! —gritó Candy al adivinar sus intenciones.
La joven sacó la daga que había cogido de la habitación de Albert y se lanzó a la carrera para alcanzar a Sloan antes de que llegara hasta su amiga, que estaba de espaldas a ellos y aún no se había dado cuenta del peligro que la acechaba tras ella.
—¡Anny! —gritó Candy por encima de las voces de los guerreros—. ¡Anny!
Aquella segunda llamada llamó su atención y giró la cabeza hacia la dirección de Candy. La joven esbozó una sonrisa al ver que se acercaba corriendo hasta ella, pero su expresión se quedó petrificada al ver el cuerpo que se superponía al de su amiga.
Uno de los guerreros de Albert se acercaba a ella con el rostro demudado en rabia. Durante un segundo pensó que se dirigía
hacia algún White que hubiera cerca de allí, pero nada más lejos de la realidad. Sus ojos estaban fijos sobre ella y llevaba una espada en la mano.
—¡Anny! ¡Él me atacó! —gritó Candy—. ¡Huye!
La joven sintió como su corazón se aceleraba al escuchar esas palabras, pero cuando su cuerpo reaccionó y quiso avisar a Archie, Sloan ya estaba a solo un metro de ella, por lo que cuando la joven quiso huir en otra dirección, el guerrero logró alcanzarla en apenas dos pasos y levantó la espada.
—¡No! —vociferó Candy sintiendo como si una parte de ella se rompiera en mil pedazos.
—¡Archie! —el grito desesperado de Anny fue lo último que salió de sus labios y lo único que logró alcanzar a escuchar el guerrero al tiempo que se giraba hacia ella y veía cómo Sloan, uno de los suyos, clavaba su espada en el vientre de la joven.
Con horror, Archie vio caer el cuerpo desfallecido de Anny sobre la tierra al tiempo que un torrente de sangre salía por la herida y la boca de la joven, que murió con la mirada clavada en los ojos de Archie.
—¡No! —gritó Candy, cayendo al suelo al ver a su amiga muerta a solo unos metros.
Los ojos se le inundaron de lágrimas y clavó con saña los dedos sobre la tierra, como si quisiera arrancarla toda.
—¡Hijo de puta! —escuchó Candy que rugía Archie a unos metros cerca de ella.
La joven levantó la cabeza y, no sin esfuerzo, logró levantarse del suelo.
Empuñó con fuerza la daga y se lanzó contra Sloan, que ya luchaba contra Archie. Pero este, ciego por el dolor de la pérdida de Anny, luchaba con tanta rabia que no lograba acertar con la espada, por lo que, en un descuido, Sloan clavó la espada en el corazón del guerrero, que abrió desmesuradamente los ojos mientras de su mano caía la espada que aún mantenía en alto para atacarlo de nuevo.
Candy vio con horror como la sangre salía despedida de la boca de Archie en un ataque de tos. Y cuando la risa de Sloan llegó a sus oídos, Candy no lo pensó dos veces y se lanzó contra la espalda del guerrero, que aún mantenía su espada clavada en Archie por lo que no la vio venir.
—¡Cabrón! —vociferó Candy al tiempo que hundía con saña la daga en la espalda de Sloan.
Y cuando la hundió hasta la empuñadura, con rabia, la joven hizo acopio de todas sus fuerzas para girarla de un lado a otro y provocar más daño en los órganos internos.
—¡Hijo de puta! —escupió—. ¡Anny no te había hecho nada!
Las lágrimas le impedían ver con claridad el rostro de Sloan, que se giró hacia ella con una expresión de sorpresa en la cara. Entonces, Candy soltó la daga y la dejó clavada en la espalda del guerrero, que intentó llevar una mano hacia ella para arrancársela. Sin embargo, las fuerzas le fallaron y cayó de
rodillas en el suelo. Momento que aprovechó Candy para darle una patada en la cara y tirarlo definitivamente sobre la hierba.
—Anny… —sollozó Candy acercándose al cuerpo de su amiga.
La joven aún mantenía los ojos abiertos por la sorpresa y el horror, pero el brillo que siempre había tenido en ellos había desaparecido por completo.
Candy, no sin dolor, se los cerró y le pidió perdón por haberla llevado hasta allí.
—¡Anny! —gritó con la esperanza de que su amiga volviera a la vida.
Candy sacudió su cuerpo, pero no vio ni un ápice de vida en ella. Y
entonces elevó su mirada al cielo y gritó con todas sus fuerzas, atrayendo las miradas de los guerreros más cercanos a ella.
—¿Por qué? —sollozó.
Apenas era consciente de lo que estaba sucediendo a su alrededor, por lo que no podía ver cómo los guerreros del clan White ganaban terreno a los MacArdley. Ni tampoco fue consciente de que Albert estaba herido y las fuerzas comenzaban a fallarle. Sus hombres no daban abasto para ayudarlo a luchar contra los White que aparecían por el portón.
La sangre manaba abundantemente de una herida en su costado y tenía el labio y una ceja partidos.
—¿Qué pasa, MacArdley? —preguntó Robert —. ¿Os rendís ahora?
—¡Jamás! —rugió el guerrero—. Antes tendrás que matarme.
Robert White rio con fuerza y le señaló algo a su espalda. Sin embargo, Albert mantuvo la mirada fija sobre él.
—Vuestro querido hermano ya está muerto, MacArdley. ¿Quieres acabar como él?
Albert frunció el ceño. No estaba seguro de si era verdad lo que le estaba diciendo o una estrategia para distraerlo y entonces acabar con él. Sin embargo, unos lamentos conocidos llegaron hasta sus oídos y no pudo evitar girar la cabeza en esa dirección.
Con horror, descubrió que Robert White tenía razón. El cuerpo de su hermano estaba atravesado por una espada y a solo un metro de él se encontraba el de Anny, a la que Candy abrazaba con fuerza mientras sollozaba con fuerza.
—Malditos seáis —rugió el joven apretando la empuñadura de su espada con fuerza.
—¿Quién es esa joven que viste tan extraño? ¿Es la que dice ser de mi familia?
Albert se giró hacia él de repente. Sentía cómo su cuerpo se inundaba de una rabia tan extrema que jamás había experimentado. La furia comenzó a dominarlo y con la imagen de su hermano en su cabeza, Albert atacó a Robert White.
—¡Ni se te ocurra tocarla!
Robert rio de nuevo.
—¿Qué pasa, MacArdley, te has encaprichado de ella? —se burló—Cuando acabe contigo será la putita de mi hijo.
Albert volvió a atacarlo, pero los White eran más que ellos y algunos se acercaron a él y se echaron sobre el guerrero,
logrando tirarlo al suelo y
desarmándolo en cuestión de segundos. Albert se revolvía con fuerza e intentaba atacar a los White, pero estos lo golpearon con fuerza.
El griterío montado cerca de Candy llamó su atención, levantando por primera vez la mirada del cuerpo de su amiga.
La joven se limpió las lágrimas
con fuerza y llevó sus ojos hacia el portón. Allí estaban congregados la gran mayoría de los guerreros del clan, aunque descubrió con horror que los White eran más y habían logrado tirar al suelo a uno de ellos.
Candy se levantó para mirar con más atención y dio un par de pasos hacia ellos. Había varios hombres sobre uno que intentaba por todos los medios apartarlos. Sin embargo, no tuvo éxito. A una orden de Robert White, esos hombres se levantaron y agarraron con fuerza al que habían desarmado, comprobando la joven que se trataba de Albert.
El guerrero tenía el rostro lleno
de sangre y alguna que otra herida en el resto del cuerpo, pero lo que más llamó su atención fue la mirada suplicante que el guerrero le lanzó para que se marchara de allí y al menos ella pudiera sobrevivir.
Candy negó con la cabeza al tiempo que cogía una daga olvidada en el suelo junto a ella. Había perdido toda esperanza, pero no estaba dispuesta a perderlo también a él, por lo que se abrió paso entre los guerreros del clan MacArdley hasta llegar a solo unos metros de su antepasado.
—¡Soltadlo! —vociferó levantando la daga sin dejar de mirar a Robert White.
Este rio con sorna y se acercó hasta ella, quedando a solo un metro de la joven, a la que miró fijamente.
—Así que vos sois la mujer de la que tanto he oído hablar… No sabía que fuéramos familia…
Candy apretó con fuerza la daga y no se dejó amedrentar por la corpulencia del hombre.
—¡Vete, Candy! —gritó Albert
—¡Dejadlo en paz, joder! —vociferó con todas sus fuerzas—. Sois unos hijos de puta. Maldita sangre la que llevo por mis venas porque lo único que me produce es asco. No sois como creía ni como me han contado. Sois unos salvajes sin corazón a los que no les tiembla el pulso a la hora de matar a inocentes solo para conseguir… ¿qué? Dolor… Y ese dolor vuelve hacia vosotros cuando menos lo esperáis.
Agarrando con fuerza la daga, y por segunda vez en toda su vida, Candy la clavó en lo más profundo del pecho de su propio antepasado, cuya sonrisa se quedó congelada en su rostro.
—Ahí tienes tu cosecha, Robert White. Maldito seas por siempre —dijo entre dientes.
—¡No! —Una voz desconocida se abrió paso entre el silencio que había generado la muerte del laird de los White a manos de una mujer—. ¡Padre!
La alta y delgada silueta de Neall apareció entonces frente a ella.
La mirada de odio que le lanzó el guerrero congeló el alma y el cuerpo de Candy, que dio un paso hacia atrás.
—No eres digna de llevar nuestra sangre. —Escupió a los pies de la joven —. Pero la sangre se paga con sangre.
Levantando la espada, Candy comprobó con horror que Neall se giró de repente hacia Albert y la clavó en el mismo lugar en el que ella lo había hecho con Robert.
—¡No! —gritó Candy lanzándose contra el cuerpo de Albert, que ya
comenzaba a desfallecer y caer contra el suelo—. ¡No! ¡Albert!
La joven gritaba desesperada, como si aquello pudiera salvarlo, pero ya no podía hacer nada. Los ojos del guerrero habían perdido el brillo de la vida para siempre.
—No… —sollozó.
—Y ahora es vuestro turno, querida… —dijo Neall muy cerca de ella antes de que un intenso dolor se extendiera por su espalda, llevándola a la más
completa oscuridad.
CONTINUARA
