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CAPÍTULO 18

Así acabará todo si no lo haces bien… La suave voz de Clara irrumpió sus terroríficos pensamientos. Así acabará todo si no lo haces bien… Dijo de nuevo aquella voz tan conocida para ella.

Solo había sangre a su alrededor. Muertos y más muertos de ambos clanes parecían perseguirla allá donde posara su mirada.

—¡No! —gritó al ver los cuerpos de Albert, Anny y Archie frente a ella de pie con las ropas empapadas en sangre.

—Hemos muerto por tu culpa —dijo su amiga señalándola con el dedo—. Solo tú puedes salvarnos.

—Señala con tu dedo al culpable y yo lo mataré —apuntó Albert con los ojos hundidos.

—Tengo miedo —gimió Candy—. No puedo hacer esto sola.

En ese momento, las tres figuras desaparecieron de su mente y la joven negó con la cabeza.

—¡No! —gritó—. ¡Albert!

Pero el joven ya no la escuchaba. Estaba muerto.

—¡Albert!

Candy abrió los ojos de golpe al tiempo que vociferaba el nombre del guerrero una y otra vez. Sin embargo, cuando intentó levantarse, un intenso dolor en su costado la obligó a tumbarse de nuevo, al igual que unas manos dulces la empujaron contra la cama.

—Joder, tía, te has despertado fuerte.

Candy se quedó petrificada al escuchar esa voz de nuevo. El dolor le había obligado a cerrar los ojos y pensaba que estaba soñando o tal vez había muerto y su amiga estaba de nuevo junto a ella. Pero cuando abrió los ojos lentamente y la vio con una sonrisa y más sana que nunca no podía creer lo que sus ojos veían.

—¿Qué pasa? —preguntó, preocupada—. ¿Tengo algo en la cara?

Anny se llevó las manos al rostro para tocarlo, pero Candy deseó ser ella quien alargara las manos para comprobar si realmente estaba ante Anny o era fruto de su imaginación.

—¿Anny? —preguntó, asombrada.

El pecho de Candy aún subía y bajaba con fuerza. Sentía que su corazón latía con tanta fuerza que no estaba segura de si ella misma estaba viva o muerta.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó con voz temblorosa.

Aquella pregunta, al igual que la situación, le resultó demasiado similar a lo que había vivido con anterioridad. ¿Acaso estaba repitiendo algo? Sentía la

garganta tal y como ya lo había notado, tan pastosa y seca que apenas podía hablar. Y como ya había visto, Anny se apresuró a darle un vaso con agua.

—No mucha —le avisó—. La curandera ha dicho que solo un sorbo.

¿Pero qué demonios estaba pasando? Aquellas eran las mismas palabras que Anny le había dicho en lo que fuera que había vivido con tanta intensidad que aún sentía el miedo dentro del cuerpo.

—¿Qué ocurrió?

—¿Cómo dices? —le preguntó sin entender, pues tenía la mente tan

agobiada que apenas podía pensar con claridad.

—Tenías una flecha clavada en el costado, Candy. ¿Qué te pasó? No te imaginas el susto que me diste cuando te vi tirada. Y a Archie se le fue el color de la cara.

—¿La flecha? —preguntó, atontada.

—Sí, joder, te encontramos en el claro cerca del lago. No te imaginas la cara que puso Albert cuando te vio llegar.

—¿Albert? ¿Está vivo?

Anny la miró, extrañada.

—Pues claro que sí, tía. Te has dado un buen golpe, amiga. Voy a avisarlo de que has despertado.

Y Candy apenas logró escuchar lo siguiente, ya que estaba sumida en sus propios pensamientos.

¿Por qué todo era tan real?

Aunque la única diferencia

respecto a lo que recordaba era que en ese momento, y gracias a ello, Candy sí recordaba a la persona que la había atacado. Entonces, ¿qué debía hacer?

Cuando la joven se quedó sola intentó recordar todo lo que había sucedido en esa especie de visión que había tenido mientras estaba inconsciente. Y un escalofrío le recorrió la espalda cuando la puerta se abrió de golpe, apareciendo el culpable de todo tras ella.

El guerrero la miraba de la misma manera que la joven recordaba y solo acertó a hundirse más entre las sábanas.

—En mi tierra se suele llamar a las puertas antes de entrar. Eso es símbolo de educación. —A pesar de que había intentado no decir las mismas palabras que en esa especie de visión, sus labios se habían movido solos.

—Cuando me dijeron que habían encontrado a la White cerca del lago con una flecha clavada en el costado, no lo podía creer…

Candy suspiró. No podía ser… Todo era exacto.

—No me jodas… —susurró al tiempo que comenzaba a ponerse nerviosa.

—¿Cómo decís? —preguntó dando un paso hacia ella.

Candy se puso en alerta. La joven se enderezó en la cama a pesar del dolor del costado, que parecía remitir por momentos, y lo encaró.

—Mira, no tengo el ánimo como para aguantarte. Si quieres saber algo, dímelo y después márchate.

—Solo deseaba saber quién os había atacado.

Claro, pensó la joven, quieres saber si te recuerdo hablando con Robert White.

—Si lo recordara, lo mataría con mis propias manos —fue su respuesta.

—Muy bien… —respondió tal y como la joven recordaba.

Y tal y como esperaba, Sloan y la doncella chocaron cuando este se

dispuso a salir de la habitación.

¿Cómo era posible que todo fuera igual? ¿Acaso Anny, Archie e Albert también iban a morir como en su visión o lo que demonios fuera?

Así acabará todo si no lo haces bien… Y ahí estaba de nuevo la voz de Clara dentro de su cabeza.

—¡Joder! —La joven vio un manotazo contra las sábanas al tiempo que la puerta volvía a abrirse para darle paso a Albert , cuyo rostro era todo un poema.

Y en ese momento, al verlo vivo y sin un ápice de sangre en el rostro, Candy decidió que ya era hora de cambiar las cosas y no hacer lo mismo que en su visión. No estaba dispuesta a hacer todo mal y que la gente que conocía y amaba acabaran muertos por no haber podido recordar a tiempo quién era el traidor y estar preparados para el ataque.

Albert entró en la habitación dando pasos pequeños, temeroso de que lo que veía se esfumara de un momento a otro. Y cuando pronunció las palabras que ella ya había escuchado en su visión, la joven no pudo más que sonreír.

—¿Es real lo que ven mis ojos?

Candy se incorporó en la cama. El pinchazo que sintió en el costado le hizo torcer el gesto en una expresión de dolor, pero no le importó. La joven apartó las sábanas y deshizo el vendaje frente a los ojos de Albert, que acortó la distancia que los separaba y le tomó las manos para detenerla.

—¿Qué haces? Estás débil. Una flecha te atravesó el costado, por Dios. Si te quitas el vendaje puede infectarse.

Candy negó con la cabeza, segura de que lo que había visto mientras estaba inconsciente era real. Y cuando apartó los vendajes que cubrían su costado, la joven no mostró ni una expresión de sorpresa, no tanto Albert, que abrió la boca,

asombrado por lo que veían sus ojos.

—Pero ¿cómo es posible? —preguntó mirándola a los ojos—. Vi la herida…

—No lo sé, pero creo que tendrá algo que ver con que yo haya viajado a esta época. Lo que quiero es que no avises a la curandera. Esto se curará en nada de tiempo.

—¿Cómo lo sabes?

Candy dudó un instante sobre si debía contarle en su visión. Pero, perdidos al río, se animó a hacerlo:

—Lo he visto. —Carraspeó—. No sé si te lo vas a creer porque a mí me cuesta…

—A estas alturas, me creo cualquier cosa, muchacha.

Candy sonrió y vio que él le devolvía esa sonrisa de lado que la hacía derretirse cada vez que la veía.

—Cuando estaba inconsciente, vi algo. No sé si llamarlo visión o sueño o… no sé, el caso es que vi que me curaba demasiado pronto y que incluso la curandera se sorprendía de ello. Por eso no quiero que la llames. Y sé que todo es real porque nada más despertarme, todo, absolutamente todo hasta ahora ha pasado de la misma forma que en esa visión, Albert. Por eso no dudo.

Albert asintió, aún procesando sus palabras.

—¿Y qué más has visto?

Candy abrió la boca, pero la cerró al instante, temerosa por contarle cómo acababa todo si fallaba.

—¿Tan malo es?

Candy miró hacia otro lado, huyendo de su mirada. Pero el guerrero adelantó una mano y agarró la de la joven, apretándola suavemente.

—He visto que Anny, Archie y tú moríais sin que yo pudiera hacer nada.

Aunque, bueno, creo recordar que yo también moría, pero justo ahí me he despertado.

—¿Y cómo moríamos?

Candy levantó la mirada y la fijó en los ojos del guerrero.

—Los White atacaban el castillo y…

Candy no sabía cómo continuar.

—¿Tiene algo que ver con lo que te ha ocurrido?

Candy asintió en silencio y apretó la mano de Albert. Necesitaba sentir su contacto frente a lo que tenía que decirle. Candy suspiró y chasqueó la lengua.

Aquello era tan difícil y no estaba tan segura del todo que temía equivocarse.

—Estuve cenando con Anny en las cocinas hasta que Archie llegó.

Después, los dejé solos y me marché, decidida a esperarte en el dormitorio, pero vi salir del castillo a alguien encapuchado. Sin pensar mucho en lo que podría ocurrir, lo seguí y vi que fue hasta el lago para reunirse con alguien.

Como había poca luz no los reconocí, pero después, gracias a un rayo de luna, le vi los rostros: uno era Robert White, al que conocí porque el otro lo llamó por su nombre. Y el otro era…

Le costaba seguir, por lo que apartó la mirada.

—¿Uno de mis hombres?

Candy asintió y suspiró.

—Era Sloan.

Albert frunció el ceño y apartó la mano como si de repente quemara.

—¿Sloan? ¿Estás segura? —preguntó, asombrado—. Pero si… lo conozco desde que éramos pequeños y pensé que éramos amigos. No puede ser…

—Era él, Albert. No podría mentir en algo así. Y era él quien asesinaba a Anny y a tu hermano en mi visión. En el lago le escuché decir que quería ser laird de este clan, pero que antes debía matarte.

Albert se levantó de la cama y se paseó por el dormitorio. Justo en ese momento, llamaron con insistencia a la puerta. Candy se sobresaltó, pero enseguida recordó su visión.

—Es tu hermano con la curandera, pero no quiero que me vea, por favor.

Albert, aún sin poder creerlo, fue directo hacia la puerta y la abrió,

descubriendo, para su asombro, que así era: Archie, Anny y Paulina esperaban tras ella para entrar.

—Siento haberos hecho venir, mujer —se disculpó frente a la curandera —, pero ya no necesito vuestros servicios.

—¿Candy está bien? —preguntó Anny intentando mirar sobre su hombro.

—Sí —respondió con sequedad antes de pedirle a la joven—: Acompañad a Paulina a las cocinas para que le den algo de comer en compensación por su trabajo. Y tú, ven conmigo.

Archie asintió y entró junto a su hermano, lanzando una mirada a Anny para despedirse.

Cuando cerraron la puerta, Archie los miró a ambos sin entender lo que estaba ocurriendo, y al ver Albert la pregunta en su rostro, le pidió que se acercara a Candy.

—El que atacó a Candy fue Sloan —soltó de repente.

Archie lo miró de golpe, sin creer sus palabras. El joven soltó el aire en una pequeña risotada nerviosa y los miró alternativamente.

—Pero si Sloan ha sido amigo tuyo desde que yo recuerdo.

—Pues ya no lo es —intervino Candy—. Lo seguí tras salir de las cocinas y fue hasta el lago porque había quedado allí con Robert White.

Archie abrió los ojos desorbitadamente y fue directo a sentarse en una de las sillas del dormitorio. No podía creer aquellas palabras. Conocía a Sloan desde que tenía uso de razón y siempre lo vio junto a su hermano en todo momento.

—¿Y por qué iba a traicionarte? Siempre ha servido al clan.

—Le dijo a Robert que quiere mi cabeza para ser él quien ocupe mi lugar.

Archie miró a Candy para comprobar esas palabras y cuando esta asintió, el joven se levantó de la silla, nervioso. Albert lo vio pasearse por la habitación de un lado a otro sin saber qué pensar a partir de entonces. Sin embargo, las palabras de su hermano lo dejaron clavado en el sitio.

—Sloan va a matarte.

—¿A mí? ¿Por qué? Yo no soy laird del clan.

—Pero lo serías si yo muero —le informó Albert.

—¿Escuchasteis que quería matarme, muchacha? —le preguntó a Candy.

La joven negó con la cabeza y se incorporó levemente en la cama.

Realmente se sentía bastante incómoda viendo a los hermanos pasearse de un lado a otro y ella postrada en la cama. Deseaba salir de allí, pues el dolor parecía remitir a medida que pasaban los minutos, y al menos era más soportable.

—No, pero lo he visto. Tal vez sea una locura, no lo sé, pero mientras estaba inconsciente he visto cómo Sloan os mataba a Anny y a ti por mi culpa. Yo no recordaba quién me había hecho esto y por ello no pude avisaros

de nada. Cuando lo recordé ya era tarde y os mató.

Archie se llevó las manos a la cara. Respiró hondo y suspiró largamente, despacio, como si necesitara algo de tiempo para asimilar toda la información tan extraña que estaba escuchando.

—Pero hay algo más que no os he contado y es de vital importancia.

Albert dirigió sus ojos hacia ella y al ver su rostro tan serio, supo que lo que iba a contarles no le gustaría en absoluto.

—Sloan le contó a Robert White que habías avisado a tus aliados para atacarlos y dijeron algo así como que debían adelantar el plan para sorprenderos antes de que tus amigos vuelvan con sus hombres. Y en mi visión es verdad que atacaban este castillo.

—¿Recuerdas cuándo? —le preguntó Albert.

Candy asintió.

—Mañana.

Los hermanos MacArdley se miraron entre ellos y maldijeron en apenas un murmullo. Albert se aproximó a la ventana del dormitorio y se asomó por ella. Desde allí vio con claridad más allá de las murallas del castillo y

descubrió que todo estaba tranquilo y marchaba como cualquier otro día.

—No hay que perder tiempo, Archie —dijo al cabo de unos segundos—. Seremos nosotros quienes sorprendamos a los White. Pero primero, hay que buscar al traidor de Sloan.

—Iré a llamar a los hombres y los avisaré de que deben detenerlo si lo ven por algún lado del castillo o incluso fuera de nuestros muros. No escapará.

Albert asintió.

—Pero hazlo con discreción, no quiero que todos se alboroten al descubrir a un traidor entre nosotros y decidan tomarse la justicia por su mano. Quiero ser yo quien lo mate.

Archie estuvo de acuerdo con él y antes de que dijera algo más, salió del dormitorio, dejándolos solos.

Albert entonces se aproximó de nuevo a la cama y besó a Candy.

—Debo reconocer que me sorprende que nos cuentes todo esto para ayudarnos. Lo siento.

Candy frunció el ceño y se apartó de él, enfadada.

—¿Otra vez el apellido? Lo hago porque me importas y porque Anny me mataría si no puedo evitar la muerte de Archie. Y si las tornas en los clanes fueran al contrario, también lo haría. No me gusta la traición, venga de quien venga. Y algo así hay que atajarlo si está en mi mano.

Albert sonrió de lado.

—Lo sé, y lo siento. —Le acarició la cara—. Pero esa lealtad sin importar el nombre jamás la he visto. Por eso me sorprende. Pero no te enfades.

Aunque tengo la sensación de que te vas a enfadar aún más con lo que te voy a decir.

Candy levantó una ceja y miró, escéptica.

—¿Qué pasa?

Albert se levantó de la cama y la miró seriamente, de la misma forma que solía hacerlo con el resto de personas de su clan.

—Debo ir a ayudar a mis hombres con la búsqueda de Sloan y a trazar un plan con ellos respecto al ataque de los White.

—¿Y eso me va a enfadar?

—No, pero sí lo hará el hecho de que te pida que te quedes en mi

dormitorio y no salgas de aquí bajo ningún concepto.

—¿Perdona? —preguntó la joven incorporándose en la cama sin hacer caso del pinchazo en la herida—. Yo también quiero ayudar. No puedo quedarme quieta mientras los demás se dejan el lomo.

—Ni lo sueñes, muchacha. Como laird de este clan te pido, no, te exijo que te quedes en esta habitación y no se te ocurra salir de ella si no quieres recibir un castigo. Cierra la puerta por dentro con alguna silla y si alguien quiere entrar, no lo dejes.

—Albert…

El guerrero le lanzó una mirada de advertencia que hizo callar a la joven.

—Aún sigues débil por la herida.

—Ya estoy mejor… —se apresuró a decir.

—Sí, pero si Sloan se entera de que has confesado su traición, vendrá a por ti. Y me quedo más tranquilo sabiendo que estás protegida por estas paredes en lugar de fuera de ellas.

—Pero…

—Es una orden, muchacha —dijo seriamente mirándola a los ojos.

Y sin decir nada más, Albert salió del dormitorio, dejándola completamente sola. La joven miró de un lado a otro sin saber qué hacer. La verdad es que sentía su cuerpo como si una docena de caballos hubiera pasado por encima de ella, pero su ánimo era tal que los nervios hacían que no pudiera estar entre la suavidad de las sábanas sin hacer nada por ayudar.

La joven retiró el cobertor que la cubría y las sábanas para sacar las piernas lentamente. A cada movimiento sentía un ligero dolor en el costado, pero descubrió que si lo obviaba, no dolía tanto como antes.

Lentamente, pues temía marearse y caer al suelo, Candy se levantó de la cama y cuando comprobó que podía mantener el equilibrio a la perfección, se asomó por la ventana. Desde allí pudo ver a Archie en el patio hablando con los guerreros y

como Albert se unía a ellos segundos después. Durante más de un cuarto de hora los vio entablar conversación, así que decidió que ese era el momento perfecto para salir de la habitación e ir a ayudar por su cuenta. Y pensó que tal vez Anny estaría de acuerdo en ayudarla.

Eso, o tal vez la remataba por

haber salido del dormitorio y haber desobedecido a Albert.

Tal y como había pensado en su visión, lo mejor sería ponerse la ropa que había llevado del futuro. Además, con la herida en ese lugar, lo peor que podía hacer era ponerse un corsé apretando sus costillas. Así que se dirigió hacia el dormitorio que le habían cedido, pero no usó la puerta principal para acceder al él, sino la que conectaba ambos dormitorios.

Sin apenas mirar más allá del baúl donde habían guardado su ropa, la joven se deshizo de la camisola y se calzó sus pantalones, jersey y deportivas para estar cómoda. Solo así podría correr más deprisa. Sin embargo, cuando estaba a punto de hacer el segundo nudo a sus cordones, una voz demasiado

conocida para ella, llamó su atención justo a su espalda.

—Así que no recordabais nada del ataque… —dijo arrastrando las palabras.

Candy tragó saliva y bajó el pie al suelo antes de girarse, lentamente, hacia él. El rostro de Sloan se tornó frío y calculador.

El guerrero se encontraba a

solo un par de metros de ella, justo delante de la puerta principal del dormitorio e impidiendo la salida del mismo por allí.

Candy sintió como su corazón saltó y latía con fuerza. No había imaginado ni un solo segundo que el guerrero podía haber escuchado su conversación y había enviado a los hermanos en su busca.

—No he creído vuestras palabras cuando me habéis dicho que no os acordabais de lo sucedido, por ello me he visto obligado a encerrarme en este dormitorio y escuchar. Y para colmo con la enorme suerte de que nadie en este castillo me ha visto entrar en él.

—Todos te están buscando. Un solo grito mío y los tendrás aquí antes de que te des cuenta —lo amenazó.

Sloan sonrió de lado y la miró fijamente.

—Vuestro querido Albert se ha reunido con sus hombres y no llegaría a tiempo para salvaros. Y creedme que esta vez no fallaría.

Sloan dio un paso hacia ella mientras se frotaba las manos.

—Así que una visión… —le dijo pensativo—. ¿Y qué ocurría en esa visión aparte de lo que ya he oído?

Candy levantó la cabeza.

—Nada que te interese.

Apretando los puños, Sloan acortó la poca distancia que los separaba y la agarró del cuello, estrellando su cuerpo contra el tablón que sujetaba el dosel de su cama. Candy gimió de dolor al sentir como este se clavaba en su costado, pero a pesar de intentar separarse de él, Sloan lo impidió apretando su propio

cuerpo contra el de la joven.

—No estoy dispuesto a dejar que vuestro querido Albert o cualquiera de este clan me atrape. Y vos me ayudaréis a salir de aquí.

Candy sentía como el aire comenzaba a faltar a sus pulmones y respiraba con dificultad.

—Ni lo sueñes —contestó con la voz entrecortada.

Sloan casi pegó su cara a la de la joven y, apretando algo más los dedos alrededor de su cuello, la amenazó:

—Entonces tendré que matar de verdad a vuestra querida amiga Anny.

—Lo pagarías con tu vida.

Sloan llevó la mano libre al costado de Candy y le lanzó un puñetazo. El dolor que sintió entonces la joven fue tal que abrió la boca para gritar, pero el guerrero fue más rápido y llevó la mano del cuello hacia la boca para acallar el grito. Candy se dobló sobre sí misma al tiempo que un intenso mareo provocó que todo se volviera negro a su alrededor, pero se obligó a

permanecer consciente en todo momento para frenar los planes de Sloan.

—Nunca me habéis gustado. —Escuchó Candy en medio de su dolor—. Tampoco los de vuestro clan, pero los necesitaba para mis planes y así derrocar a Albert. Él jamás debió tomar el relevo de su padre. El bueno de Albert… Todos lo querían a él casi más que al desgraciado de su padre. Pero yo no lo he querido jamás, y no pienso dejar que siga por mucho más tiempo.

Todo esto será mío, y cuando acabe con él, serás la putita que me caliente la cama.

Sloan volvió a empujarla contra el tablón, ya que la joven seguía doblada sobre sí misma. Y después la miró a los ojos.

—A pesar de ser una White, sois demasiado hermosa, muchacha. Y quiero descubrir qué es eso que tenéis para que Albert haya olvidado a qué clan pertenecéis.

El guerrero intentó levantar el jersey de Candy, pero esta logró apartarlo de ella dándole una patada en la entrepierna. Cuando por fin se vio libre, Candy corrió hacia la puerta, pero calculó mal la distancia que la separaba de Sloan, y este logró interceptarla, empujándola después hacia él y volviendo a colocar una mano en su boca.

La joven sintió asco cuando su espalda chocó contra el pecho de Sloan.

Deseaba poder estar a cierta distancia de él y no tocarlo ni un ápice.

—Aún no me conocéis,muchacha. Pero ¿sabéis qué? Lo vais a hacer

ahora mismo.

Soltándola de golpe, Sloan la giró hacia él de repente. Y antes de que Candy fuera consciente de lo que iba a hacer con ella, el guerrero lanzó su puño contra la mejilla de la joven, la cual estuvo a punto de perder el

conocimiento.

Se vio propulsada contra la fría pared de piedra, y al chocar contra ella, un nuevo pinchazo en el costado la hizo doblarse sobre sí misma.

Candy llevó su mano a la mejilla.

Esta le escocía y palpitaba de dolor.

—Así es como hay que tratar a las que son como vos —le dijo antes de darle una sonora bofetada que consiguió partirle el labio antes de mostrarle una daga—. Y ahora, salgamos de aquí sin hacer ni un solo ruido o esta daga se clavará en vuestro corazón lentamente.

Candy no tenía aliento ni fuerzas para contestar, por lo que solo se limitó a asentir. La joven tenía la sensación de estar flotando, como si todo aquello no tuviera nada que ver con ella, pero sacudió la cabeza para recuperarse y tener la mente limpia para lo que pudiera suceder a partir de entonces.

Incorporándose a duras penas, Candy se vio empujada hacia la puerta.

—Un solo grito o movimiento en falso y acabareis con vuestra sangre regando el suelo de este castillo. ¿Entendido?

Candy asintió. Su cuerpo temblaba incontrolablemente, una parte por el miedo que sentía en ese momento y otra por cómo se iban a desarrollar los acontecimientos a partir de entonces.

Con lentitud, Sloan abrió la puerta del dormitorio para comprobar la cantidad de sirvientes que había en el pasillo en ese momento. El guerrero

sonrió al ver que la suerte estaba de su lado al descubrir que no había absolutamente nadie en el piso superior.

—Vamos —le ordenó a Candy agarrándola del brazo con fuerza.

La joven se dejó guiar por el pasillo hacia una zona del castillo que aún no conocía.

—¿A dónde vamos? —le preguntó en un susurro.

—¿Qué pensáis, que soy tan bobo como para bajar las escaleras

principales para que todo el mundo me vea? Este castillo tiene otras salidas.

Mierda. Estoy perdida, pensó Candy al descubrir que la salida que ella conocía no era la única del castillo. Y tras recordar que los guerreros del clan estaban reunidos en el patio, supuso que la zona a la que se dirigían era precisamente la contraria a la principal.

El pasillo por el que caminaban fue estrechándose hasta llegar a un pequeño arco donde comenzaban unas estrechas y diminutas escaleras muy empinadas. Candy intentó dar un paso atrás, temerosa de lo que pudiera haber al final de la escalera, pero Sloan la empujó de nuevo y la obligó a bajar primero poniendo la daga en su cuello y apretando con fuerza.

—Más os vale hacer lo que os digo, muchacha.

Con paso lento, pues la mano de Sloan sobre su brazo la frenaba, Candy comenzó a bajar por las escaleras. Apenas podía mirar hacia abajo para ver dónde ponía los pies, ya que la punta de la daga se lo impedía, por lo que posó su mano sobre la piedra y fue bajando casi a ciegas tanteando primero el escalón para después afianzar su pie sobre él.

—Más deprisa —le exigió, nervioso.

—No puedo.

—No me importa. O bajáis más deprisa por vuestro propio pie o será vuestro cuerpo muerto el primero en llegar al piso inferior.

Torciendo el gesto, Candy intentó apretar el paso y al cabo de unos

segundos, bajó el último escalón.

La joven miró de un lado a otro,

sorprendiéndose del pequeño portal en el que se encontraban, donde solo estaban las escaleras por las que habían bajado y una pequeña puerta que no había visto jamás desde fuera.

Sloan le señaló con la daga el cerrojo.

—¡Abrid!

Candy obedeció al instante. Aquel lugar tenía el aire tan viciado que estaba deseando salir fuera para respirar con normalidad.

Y cuando desplegó la puerta y vio lo que había tras ella, Candy abrió desmesuradamente los ojos y agradeció al cielo que hubiera escuchado sus ruegos.

Al instante, sintió como Sloan daba un respingo y la apretaba contra su pecho, amenazándola de nuevo con la daga.

—¡Salid de mi camino! —vociferó.

Frente a ellos, más de una decena de guerreros del clan, incluidos Albert y Archie, los esperaban con las espadas en mano para atacarlo en cuanto saliera de allí.

Candy vio que Albert se adelantaba al resto y bajaba la espada. Su mirada estaba posada sobre ella y vio que apretaba la mandíbula al ver los golpes que Sloan le había infringido y el hilo de sangre que bajaba por la comisura de sus labios. Después, como si tuviera frente a él al mismísimo diablo, Albert modificó la expresión de su rostro, recordándole a la joven el momento en el que se conocieron y estuvo a punto de matarla al saber que era una White.

—Suelta a la muchacha, Sloan.

Este sonrió de lado y apretó más la daga contra su cuello. Candy dejó escapar un pequeño gemido y tiempo que cerraba los ojos por el dolor que le provocaba la punta del arma contra su cuello. Una pequeña gota de sangre escapó entre su piel, perdiéndose en el cuello de su jersey.

—No estás en condiciones de exigir, Albert —dijo Sloan—. Soy yo quien tiene a tu putita. Y si no me dejáis salir, lo único que calentará esta furcia White será la tierra del cementerio.

—¿Qué es lo que ha pasado, Sloan? Siempre has estado de nuestro lado…

—Llevo toda una vida fingiendo ser lo que no soy. Yo merezco algo más que ser un simple guerrero a tus órdenes. Soy yo quien debería estar en tu lugar.

—¿Y por eso traicionas a todo tu clan, por conseguir un puesto diferente?

Los niños no merecen quedarse sin sus padres solo porque tú quieras ser laird.

Sloan empujó ligeramente a Candy para salir por la puerta y bajar las escaleras. Y cuando por fin estuvo a solo un par de metros de Albert, volvió a apretar la daga contra el cuello de Candy.

—Dejadme salir de aquí o le rajo el cuello. No lo repetiré más, Albert.

El guerrero lo pensó en silencio durante un par de segundos. Después, para sorpresa de todos, asintió y se apartó para dejarles paso. Pero antes de que Sloan pudiera darse cuenta y avanzara un solo paso, Albert gritó.

—¡Ahora!

Y cuando ya era tarde, Sloan miró hacia atrás para ver qué es lo que

estaba mirando el laird y lo último que logró ver fue unos ojos asustados de azul mar que sostenían una daga entre las manos temblorosas, que después

hundieron en su vientre. Al instante, Sloan soltó a Candy y cayó al suelo de rodillas.

Archie corrió hacia Anny, que temblaba como una hoja a punto de caer de un árbol, y la abrazó con fuerza, apartándola de allí y cubriéndole el rostro para que no viera lo que iba a suceder a continuación.

Albert caminó hacia Sloan, colocándose frente a él. El guerrero lo miró con auténtico odio mientras levantaba la espada.

—Tranquilo. Tus amigos White acabarán como tú —sentenció

bajando de golpe la espada y seccionando su vida para siempre.

Candy miraba pero sin ver.

Estaba tan dolorida y asustada que no tuvo el ánimo suficiente como para ver morir a Sloan. Ni siquiera fue consciente de que había sido Anny quien la había salvado de él. La joven solo mantenía la mirada fija en el suelo y el cuerpo tembloroso.

Llevó su mano al cuello para

limpiar la sangre que salía de allí y la miró como si no fuera suya. Y al instante, sintió alrededor de su cuerpo aquellos brazos fuertes y musculosos donde se sentía tan segura y protegida. Los labios de Albert se posaron en su frente y la acunó con delicadeza.

—Ya está. No te hará más daño —susurró contra su oído.

Candy asintió y se apretó contra él.

—No me dejes, por favor.

—Jamás.

CONTINUARA

Hay una parte donde Clara le dice que Anny salvará su vida, si mal no recuerdo, todo lo que sucedió en el capítulo anterior fue una visión, menos mal, ya que me preguntaba : Y cuál era la misión de Candy de salvar a los hermanos MacArdley si de todas formas todos morían?

Por eso pensé que tal ves era un sueño o que de repente regresaban al futuro.

Ya falta un capítulo y el epílogo.

Abrazos .

Aby.