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CAPÍTULO 19
Candy se encontraba sentada en una de las sillas de la cocina frente a un silencioso Albert. Este les había pedido a las cocineras que se marcharan de allí y los dejaran solos, ya que tenía que limpiar las heridas de la joven, que estaba a punto de desfallecer por el cansancio y el dolor.
Albert se dirigió hacia la despensa para sacar una pequeña botella que contuviera alcohol mientras ella lo esperaba pacientemente sentada en la silla.
No podía creer que una parte de su visión hubiera terminado de otra manera.
Y la verdad es que no sabía si era de la mejor forma. Al menos había logrado salvar a Anny y Archie de sus manos. Su mente viajó hacia donde fuera que estuviera su amiga, seguramente acunada por su guerrero, que la miraba con tanta ternura o pena cuando se alejaron de ellos por el patio que Anny parecía estar a punto de derrumbarse en cualquier momento.
La había salvado. Anny, en lugar de morir en manos de Sloan, fue la que salvó a Candy de él.
Supuso que debía de estar pasándolo mal, porque la joven
siempre había defendido la idea de quitar la pena de muerte en todo el mundo y después de haberle quitado la vida a una persona, seguramente estaba fatal.
—¿En qué piensas?
La voz de Albert la sobresaltó, obligándola a levantar la mirada hacia él, que ya se sentaba frente a ella con un paño limpio y una botella del mejor whisky que tenían en la despensa.
—Recordaba lo que ha pasado…
—Creía que estabas apenada por haberme desobedecido… —le dijo
irónicamente.
Candy levantó una ceja y lo observó. Tenía el rostro bastante serio, pero el brillo en sus ojos lo delató,
provocándole una sonrisa a Candy, la cual torció el gesto cuando su labio partido se quejó al sonreír.
—Lo siento, pero nunca he sido muy buena en eso de aceptar órdenes — explicó.
—¿Ni siquiera cuando tu vida está en peligro?
Candy se encogió de hombros.
—La verdad es que nunca lo ha estado. Era la primera vez.
Albert sonrió de lado y se dispuso a mojar el paño con algo de alcohol.
—Esto te dolerá.
—¡Qué remedio! —dijo preparándose para el escozor.
La joven apretó los puños cuando el paño llegó a su labio y a pesar de que intentó apartarse, la mano fuerte de Albert la retuvo, obligándola a estar quieta para curarle la herida.
—Ya está, muchacha.
—¿Por qué me sigues llamando muchacha? No me gusta.
Albert sonrió.
—Lo haré cada vez que desobedezcas una de mis órdenes.
—Pues prepárate porque pienso hacerlo más de una vez —le advirtió con una sonrisa.
—Entonces tendré que castigarte como a mis hombres cuando no hacen caso.
Candy se acercó a él peligrosamente.
—¿Y cuál será mi castigo?
—Te lo diré cuando lleguemos a mi dormitorio, muchacha.
Antes del amanecer del día siguiente Candy seguía durmiendo profundamente cuando Albert se levantó de la cama, antes de los primeros rayos de luz, dispuesto a acabar con Robert White adelantándose a la llegada de ellos al castillo. En la oscuridad de su dormitorio, Albert observó a la joven, que dormía plácidamente y descansaba después de todo lo sucedido el día anterior y gran parte de la noche haciendo el amor.
No podía creer en la gran fortaleza que aquella muchacha había demostrado ante todos. Gracias a ella Archie estaba vivo y muchos de sus vecinos se salvarían al conocer antes de tiempo los planes de los White.
Solo con eso, el guerrero sabía que la gente de su clan iba a aceptarla sin rechistar cuando supieran la relación que los unía.
Mientras se colgaba la espada a la cintura, Albert sonrió. Nunca pensó que alguien como Candy pudiera proporcionarle la felicidad que sentía cuando estaba junto a ella. Y despertar a su lado era indescriptible.
La joven se movió ligeramente en la cama, como si supiera que su mirada estaba posada sobre ella, aunque cuando encontró una postura más cómoda, Candy suspiró y se dejó abrazar de nuevo por el colchón.
—Te juro que volveré para estar a tu lado —susurró mirándola fijamente —. Te juro que volveré a instaurar la paz en este clan. Y cuando vuelva, espero que sigas aquí para hacerte mía de nuevo, y para siempre.
La única respuesta que consiguió de Candy fue un largo suspiro que lo hizo sonreír. Después, el guerrero se encaminó hacia la puerta, dispuesto a conseguir su objetivo de una vez por todas.
Todos sus hombres lo estaban esperando en el patio, dispuestos a sorprender a los White antes de que se acercaran al castillo. El cielo aún estaba totalmente negro y muchos de ellos portaban antorchas encendidas que les alumbraban el camino. Antes de partir, Albert quiso dirigirse a ellos.
—Señores, debemos salvar a nuestro clan y nuestras familias en el día de hoy. Los traidores de los White urdieron un plan junto a Sloan para atacarnos en el día de hoy, así que no podemos permitir que se acerquen a
nuestras murallas. Debemos atajarlos antes del amanecer para regresar con el alba junto a los nuestros y celebrarlo.
—¡Sí! —respondieron levantando sus antorchas.
—La luz de la luna nos guiará para evitar que esos malditos White nos vean llegar. Hoy será un gran día, pues hoy acabaremos con nuestro peor enemigo, aquel que no desea la paz para nosotros.
Sus hombres lo secundaron y vitorearon antes de girarse y lanzarse hacia el portón. Habían decidido ir caminando, pues tenían la certeza de que si ese día temprano los iban a atacar es porque estaban realmente cerca del castillo.
Por ello, dejaron las antorchas a un lado y cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad reinante en el cielo, caminaron lentamente hacia el camino del
sur, aquel que llevaba hacia las tierras de los White.
El silencio se instauró en el grupo. Más de una cincuentena de hombres lo formaba y todos ellos eran fieles a su clan. A Albert le habría gustado llevar alguno más, pero no podía dejar el castillo desprotegido, por lo que dejó a varios de sus hombres apostados en la muralla y otros fuera de ella en el patio, lo cuales les desearon suerte en su cometido.
A medida que se alejaban del castillo, una ligera niebla los sorprendió, aunque eso no impidió que los guerreros vieran por dónde iban y hacia dónde se dirigían.
Albert caminaba justo al lado de su hermano, al cual miró casi con devoción.
En ese momento, se dio cuenta de la lealtad que el joven le había demostrado desde que eran pequeños. Archie siempre había estado tras él cada vez que entrenaba y deseaba aprender lo mismo que él. Siempre habían estado muy unidos, por lo que no podría pensar una vida si él no estaba a su lado. Debía hacer lo que fuera para salvarlo, para que no acabara muerto como en la visión de Candy. Siempre lo había cuidado y pensaba hacerlo hasta que sus pies pisaran aquella tierra.
Archie lo sorprendió mirándolo y le dedicó una sonrisa sincera al tiempo que le daba un manotazo en la espalda.
—¿Estás bien, hermano? —le preguntó en apenas un susurro.
Albert asintió y le devolvió el gesto con la mano. Después, cambiando la expresión por una más seria, el guerrero mantuvo la mirada al frente. Ambos hermanos caminaban delante de todos los demás con todos los sentidos puestos en lo que veían y escuchaban. Y hasta entonces no habían notado nada que saliera de lo normal. Durante unos momentos, Albert temió ser presas de una trampa, pero cuando a más de una decena de metros vieron unas sombras, el guerrero hizo un gesto a sus hombres para que se escondieran detrás de algún árbol.
El joven después miró el camino y descubrió que los White avanzaban hacia ellos con paso lento, ya que eran tierras desconocidas para los miembros de ese clan. Albert se alegró por ello, ya que además de la ventaja de la sorpresa, conocían el terreno como la palma de su mano. El laird MacArdley esperó durante unos minutos hasta que los White se encontraron a solo cinco metros de ellos. Ese tiempo pareció eterno para todos, pues estaban deseosos de salir y acabar con ellos.
Por ello, cuando Albert dio por fin la señal, todos estuvieron alerta hasta que fuera el momento propicio para salir.
—¿A dónde van, señores? —preguntó Albert saliendo de su escondite con excesiva parsimonia—. No recuerdo haberlos invitado.
Los White dieron un respingo, especialmente Robert y Neall, que
caminaban por delante de los demás. Todos sacaron sus espadas al tiempo que miraban a su alrededor, pero el laird de ese clan no se molestó en sacarla, aunque en su rostro se podía ver a leguas la rabia que le daba haber sido descubiertos.
—Vamos a mataros a todos, amigo MacArdley.
Albert esbozó una sonrisa y soltó una risa. Después, sin quitar la mirada de los ojos de Robert, el joven sacó su espada.
—Repito que no habéis sido invitados —dijo lentamente—Pero si tanto os empeñáis en traspasar las puertas de mi castillo, tendrá que ser por encima de mi cadáver, amigo.
Neall no tardó en sacar su espada y dar un paso hacia él, pero el delgado guerrero dio un respingo cuando vio salir a todos los guerreros MacArdley de entre los árboles y dirigirse hacia ellos con un gran estruendo.
Los White se vieron tan sorprendidos que apenas podían defenderse de los ataques del enemigo. Aquellos que portaban el ariete con el que pretendían tirar el portón lo soltaron y a duras penas pudieron defenderse.
Mientras tanto, los hermanos MacArdley miraban alternativamente y sin prisa a padre e hijo. Neall estaba a punto de echar espuma por la boca si no atacaba ya a Archie, a quien no dejaba de mirar debido a la inquina que le tenía desde hacía años tras arrebatarle un amor de adolescencia.
—¿Sloan se ha ido de la lengua?
Albert negó con la cabeza.
—No creo que vuestro amigo pueda decir mucho ahora que está bajo tierra. Digamos que ha sido vuestra propia sangre la que os ha descubierto.
—¿Tu querida putita? Esa no puede llevar mi sangre. Una verdadera White jamás se encamaría con un MacArdley.
Albert se encogió de hombros.
—Os sorprendería saber de ella, querido amigo —vociferó por encima del griterío del resto—. Pero moriréis sin conocerla.
—¿Qué pasa, Neall? —intervino Archie con una sonrisa jocosa en los labios—. ¿Has encontrado ya a otra que quiera encamarse contigo o sigues virgen?
El aludido rugió fuertemente y se lanzó a por Archie, que lo recibió con un buen manejo de la espada.
—Eres un desgraciado, MacArdley —escupió Robert.
—Tal vez… Pero soy un desgraciado que piensa volver victorioso en el día de hoy.
Sin más, sacó la espada del cinto y lo atacó. Todos los guerreros de un clan y de otro se encontraban luchando en medio de la noche con la clara dificultad de la escasa visión. Tan solo la luz de la luna les permitía ver quiénes eran sus enemigos y cuáles de su clan. Por lo que a los MacArdley, conocedores del terreno y con la suerte de su lado, les resultó demasiado fácil acabar con los White que ese día estaban allí.
Los últimos en quedar en pie fueron padre e hijo, aunque este último estaba ya demasiado herido por la espada de Archie, que era mucho mejor guerrero que el White. La sangre corría por su costado debido a una brecha abierta justo bajo el brazo, además de varios cortes que Archie había logrado hacer en su rostro, afeándolo aún más si cabe.
—¿Estás cansado, Neall? —le preguntó Archie con gesto preocupado—. Supongo que era eso lo que te decía Morrigan cuando querías acostarte con ella, ¿no?
—¡Malnacido! ¡Me la quitaste! —vociferó antes de volver a atacarlo.
—No te imaginas lo buena que era en el catre…
Neall rugió de rabia y se lanzó contra él con tan mala suerte que tropezó con una piedra y cayó al suelo, perdiendo la espada en la oscuridad. El joven se levantó al instante y se giró de golpe buscando desesperadamente una daga o alguna otra espada con la que poder defenderse. Pero al no encontrar nada, se lanzó a atacar a Archie con sus propias manos, pero este, con gran facilidad, hundió su espada en el vientre de su enemigo.
—¡No! —vociferó Robert, que vio caer a su hijo sobre la hierba—. ¡Lo has matado, perro MacArdley!
Robert White se lanzó ciegamente hacia Archie, pero Albert se interpuso entre ellos y, con una estocada final, le cercenó la cabeza a su enemigo, tal y como los White habían hecho con los inocentes MacArdley.
Y cuando el cuerpo sin cabeza de Robert cayó a sus pies, Albert suspiró largamente. Por fin había acabado. Y no podía creerlo.
Había hecho falta que llegara una mujer del futuro, y para colmo también White, para ayudarlos
de alguna manera a que la guerra entre los clanes acabara de una vez por todas.
Albert apenas sintió la mano de su hermano en la espalda y no fue capaz de escuchar el alboroto de sus hombres al saberse vencedores en la guerra. Su mente y su corazón estaban puestos en la joven a la que había dejado exhausta sobre el colchón de su cama y que seguramente seguiría durmiendo a esa hora, aunque los primeros rayos de luz comenzaban a aparecer entonces por el horizonte al tiempo que la lluvia empezaba a mojar el suelo cubierto de sangre.
Entonces Albert levantó la cabeza al cielo y dejó que el agua mojara su rostro. Una sonrisa auténtica y feliz se dibujó en sus labios. El recuerdo de su padre acudió a su mente y supo que estaría orgulloso de él. Había dado fin a su enemigo y a una maldita y absurda guerra que solo había traído muertes innecesarias e inocentes.
—¡Hemos ganado, hermano! —vociferó Archie antes de abrazarlo con fuerza.
Entonces el guerrero volvió a la realidad y devolvió el abrazo a su
hermano. Miró a su alrededor y vio que todos sus hombres, incluidos los que estaban heridos, mostraban su felicidad de la misma manera, abrazándose. Y el laird de los MacArdley decidió unirse a ellos. Aquello lo celebrarían a lo grande y entonces mostraría al mundo que no todos los White eran malas
personas, sino que había una que los había salvado a todos del desastre.
Candy aún estaba adormecida cuando escuchó un monumental griterío procedente del patio. La joven abrió los ojos de golpe y se encontró sola en la cama y no pudo evitar aporrearse mentalmente al recordar que esa noche se habían marchado los guerreros del clan a luchar con los White. Su corazón comenzó a palpitar fuertemente cuando escuchó el griterío, por lo que temía que estuvieran siendo atacados si los guerreros habían fallado. Pero nada más lejos de la realidad.
Cuando la joven se levantó y corrió hacia la ventana, vio a todos los guerreros del clan celebrando la victoria, entre los que se encontraba Albert con una sonrisa amplia y recibiendo la gratitud y enhorabuena de su gente. Al instante, Candy vio que era arrastrado hacia el interior del castillo, por lo que dejó de verlo a él y a gran parte de los hombres del clan.
En ese momento, el alboroto se escuchó dentro del propio castillo, así que corrió hacia el baúl y tomó el primer vestido que encontró. Descubrió, al igual que en su visión, que su herida estaba prácticamente curada, así que, con una alegría indescriptible en el rostro, la joven se vistió aprisa y se lanzó fuera de los muros del dormitorio. Se peinó el cabello con los dedos como pudo y bajó las escaleras casi volando.
—¡Candy, tía, que han ganado! —Anny se lanzó a sus brazos y la abrazó con fuerza—. Y todo gracias a ti.
Candy se encogió de hombros, restándole importancia a su implicación.
—Al final tenía razón Clara, ¿eh? —le dijo en un tono bajo para que solo ella la escuchara.
Candy asintió y le dedicó una sonrisa.
—Y la taché de loca…
Anny sonrió y volvió a abrazarla con cariño. Candy la vio totalmente radiante y feliz con aquella victoria, como si ella fuera una más del clan y
estuviera radiante por los hombres. En un momento, ambas jóvenes se vieron atrapadas por la multitud que entraba en el castillo para celebrarlo y vio que Anny miraba de un lado a otro para intentar divisar a Archie.
—¿Dónde estará? —preguntó algo apenada.
—Pues supongo que se lo habrán llevado junto a Albert. Seguro que lo celebrarán en el salón. Deberíamos acercarnos.
—Sí, ven, dame la mano.
Y recordando los momentos en los que estaban en una discoteca repleta de gente y querían acercarse a la barra, Anny la agarró de la mano y tiró de ella entre la multitud, abriéndose paso casi a codazos entre los MacArdley.
—Lo siento —iba diciendo cuando alguien la miraba con mala cara—. Dejen paso… Lo siento. Gracias…
Candy dibujó una sonrisa en sus labios. Ella también se sentía feliz, pero había algo que seguía ensombreciendo ese bienestar, y era que se sentía ajena a todo y todos.
Aunque Anny parecía haberse hecho un hueco entre la gente de ese castillo, ella seguía siendo la White. Y a pesar de que muchos las miraban con interés en ese momento, Candy no podía evitar sentirse incómoda y pensar que la observaban aún con cierto recelo por ser una White o tal
vez para mofarse de ella por haberlos vencido.
Candy bajó la mirada, pero cuando estuvieron frente a la puerta del gran salón, las personas que las rodeaban se giraron hacia ellas y bajaron el tono de voz hasta callarse por completo. Todas las miradas de aquellas personas estaban fijas sobre Candy, que no sabía cómo interpretarlas. A su alrededor se
hizo el silencio absoluto hasta que poco a poco los MacArdley dejaron un pequeño pasillo para que las jóvenes entraran.
Anny se giró hacia ella sin comprender el motivo de ese silencio hasta que volvió la mirada al frente y vio a Archie, al cual no pudo evitar sonreír con auténtica devoción. Candy levantó entonces la mirada y la fijó en Albert, el cual le sonreía de oreja a oreja como nunca lo había visto. Candy sintió que su
pecho se llenaba de amor hacia él. Estaba realmente orgullosa del guerrero y de lo que habían conseguido, y sin apenas un rasguño.
—¿Por qué crees que nos miran así? —le preguntó a Anny entre dientes.
—No sé, no les hagas caso —respondió de la misma forma.
Y cuando avanzaron unos metros y vio que Albert le tendía la mano para que fuera hasta él, Candy comenzó a temblar de nerviosismo. Negó casi
imperceptiblemente con la cabeza, pero el guerrero insistió.
—Venga, ve, tía. No te hagas rogar —la animó Anny.
—¿Qué dices? No quiero ser protagonista.
—Igual te quiere presentar como su pareja…
—Mejor me lo pones para quedarme aquí.
Anny rio y la empujó hacia Albert, casi haciéndole perder el equilibrio.
—¡Venga, coño! —le dijo antes de poner los ojos en blanco.
Candy recuperó el equilibrio enseguida y miró de nuevo a Albert, que estaba a solo un metro de ella. La joven levantó la mano y cogió la del guerrero, apretándola con fuerza e intentando no temblar de nerviosismo.
Cuando por fin se colocó al lado del laird de los MacArdley, la joven carraspeó y tragó saliva con miedo. Se giró hacia los demás y descubrió que era el centro de atención, algo que no le gustaba en absoluto.
—Como ya os he dicho, queridos amigos, gracias a esta muchacha hemos logrado vencer a nuestros peores enemigos, aquellos que solo deseaban matarnos y acabar con todo lo que este clan había logrado. Si no hubiera sido por ella, ahora muchos de nosotros estaríamos muertos.
El silencio se hizo a su alrededor. Incluso parecía escucharse el sonido que hacía cada uno al respirar. Candy sentía que la atmósfera en el salón era tan densa que pensó que en cualquier momento podría desmayarse o tal vez tendría que volver a ponerse en su sitio respecto a su apellido. Sin embargo, al cabo de unos segundos de total desconcierto, uno de los guerreros de Albert
comenzó a aplaudir, el cual fue secundado por los que tenía alrededor hasta que todos los que había en el salón y fuera de él aplaudieron y vitorearon a
Candy, que miraba casi con escepticismo a Albert.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer? —preguntó al guerrero.
Este lanzó una carcajada y le dijo:
—Besarme.
Candy levantó una ceja.
—¿Cómo dices?
Sin responder a su pregunta, Albert la atrajo hacia él y la besó delante de todos los habitantes del castillo, cuyos vítores se hicieron aún más enérgicos para sorpresa de Candy. La joven abrió los ojos desmesuradamente sin saber si podía tocar o no a Albert y qué consecuencias podría traer ese beso.
Sin embargo, los labios del guerrero eran tan cálidos y atrayentes que enseguida olvidó dónde se encontraba y se dejó llevar por lo que Albert provocaba en ella.
—¡Que te lo vas a comer, tía!
El comentario jocoso de Anny se ganó las risotadas de los que había a su alrededor, incluida Candy, que se separó lentamente de Albert para mirarlo a los ojos.
—¿Esto quiere decir que tu gente me acepta?
Albert asintió con una sonrisa en los labios.
—Y también están esperando tu respuesta.
Candy frunció el ceño, sin entender.
—¿Mi respuesta? ¿A qué pregunta?
—A la de si quieres casarte conmigo, muchacha.
—Solo si dejas de llamarme así.
Albert rio suavemente.
—Sabes que nunca lo haré —dijo con un ronroneo.
La joven puso los ojos en blanco.
—Supongo que podré acostumbrarme…
—¿Eso es un sí?
Candy asintió.
—Sí…
Todos a su alrededor gritaron con alegría, provocando que el gran salón se llenara de vítores y felicitaciones, algo que no dejaba de sorprender a Candy, que no podía comprender cómo era posible que hubieran cambiado su forma de pensar sobre ella en tan solo unas horas. A pesar de eso, la joven intentó integrarse entre la gente del clan, recibiendo cálidos abrazos y gratitud por
parte de la gente que días atrás había querido matarla.
Con lágrimas en los ojos, Candy se vio arrastrada entre la multitud, lejos de Albert, que la observaba con una sonrisa en los labios y el pecho henchido de orgullo junto a un amor que era incapaz de esconder.
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