Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
Tras marcharse de casa a los dieciocho años, una inesperada reunión familiar parece la ocasión para restablecer la relación perdida. ¿Lo será?
Volver a casa para la boda de su padre no será fácil para Sakura. No solo porque no ha vuelto desde que cumplió los dieciocho años, sino lo que es peor, porque se enamoró del socio de su progenitor y se marchó dejando tras de sí un buen desastre.
Sasuke, quince años mayor que ella, había sido su amor desde que tenía uso de razón. Sin embargo, aunque ella lo veía como algo más, para él no era sino una confusa amistad. Si a esta ecuación añadimos al padre de Sakura, el resultado para Sasuke fue que le rompieron la nariz y que casi pierde el empleo. Por eso, que ella se fuera le alegró tanto como a los demás.
Ahora, han pasado siete años y todo ha cambiado. Sakura ya no es una niña, sino una mujer adulta más que dispuesta a presentarse en la boda de su padre y comportarse. Sin embargo, al volver a verlo, surgen en ella sus antiguos sentimientos.
Y es que, a veces, el primer amor nunca se olvida.
Capítulo 1
Miércoles
Si el mundo fuera justo, él debería haber tenido un aspecto horrible, los años le habrían pasado factura y lo habrían reducido a una mera sombra de su antigua gloria. Pero, como era de esperar, eso no sucedió. No tenía tanta suerte.
—Lo conseguiste —dijo, bajando los escalones de la entrada descalzo.
—No te sorprendas tanto. Fuiste tú quien me enseñó a conducir.
Me miró fijamente con aquellos ojos negros. No se le veía ninguna cana en el pelo oscuro. Al menos todavía.
—Hola, Sasuke —lo saludé.
Nada.
—Vengo en son de paz.
Más de lo mismo.
Me bajé del vehículo con cada músculo de mi cuerpo quejándose del movimiento. El vestido de verano que llevaba estaba completamente arrugado. Algo que me había parecido optimista, alegre y lleno de vida a primera hora de la mañana no se veía tan bien al atardecer. Aunque un viaje de doce horas desde Sidney hasta el sureste de la costa de Queensland tenía ese efecto. Me coloqué las gafas de sol en la cabeza, dispuesta a enfrentarme al fatal destino. Me llegó una ligera brisa con olor a exuberante follaje y flores y me vi envuelta de inmediato en un golpe de calor y humedad, a pesar de que el sol empezaba a desaparecer entre las colinas. Me había olvidado de lo que era estar en una zona subtropical en verano. Debería haberme puesto más desodorante. No, lo que debería haber hecho era fingir una enfermedad contagiosa y haberme quedado en casa.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó él— ¿Siete años?
—Más o menos.
—Creía que venías con tu novio.
Me detuve un instante. Seguro que era cosa de mi padre. Aunque solo Dios sabía de dónde había sacado esa idea.
—No. No… mmm… estaba muy ocupado.
Se quedó mirándome. Supongo que los dos sentíamos curiosidad. La última vez que habíamos estado en la misma habitación había sido durante la fiesta de celebración de mi decimoctavo cumpleaños. Entonces llevaba el pelo corto y la falda aún más corta. Y vaya un desastre de noche que resultó ser. Frunció el ceño, como si de pronto se estuviera acordando de lo mismo que yo. En cuanto vi las líneas de expresión de su frente, grité entusiasmada para mis adentros.
¡Ahí estaban! No había duda: tenía más arrugas que antes.
Por desgracia, le quedaban que ni pintadas. Incluso lo hacían más atractivo. ¡Menudo capullo!
—Será mejor que entres —dijo él.
—Si sigues tan cabreado conmigo, ¿qué necesidad hay de que me quede aquí?
—No estoy cabreado contigo —dijo como si nada, aunque con un tono ligeramente arrogante, clara señal de que estaba molesto— Pero también esperaba a tu novio. Eso es todo.
Me crucé de brazos.
—Mira —continuó él— te vas a quedar aquí porque ambos le estamos haciendo un favor a tu padre. Sé que todavía no la conoces, pero Shizune es una mujer muy agradable. Es una buena influencia para él. Hacen una pareja estupenda y no quiero que haya la más mínima complicación en su boda.
—No he venido a causar ningún problema.
—Pues, según recuerdo, tienes un don para atraer los problemas —Me miró con una adusta sonrisa, con las manos en las caderas— Solo serán unos días. Por lo visto, tu antiguo dormitorio está lleno de cajitas para la boda, o lo que quiera que sea eso. Así que te tienes que quedar aquí conmigo.
A lo largo de mi vida había oído peores ideas que aquella, aunque no muchas. Y todas ellas traían consigo la posible pérdida de una extremidad, la muerte o que te metieran en prisión. Había intentado convencer a mi padre dándole alternativas, pero él se mantuvo firme en su decisión. Qué desastre.
—Eres muy amable, pero no hace falta. Conseguiré una habitación en un hotel, no hace…
—Seguramente estarán todas reservadas. Estamos en temporada alta, de modo que, aunque encontraras algo, pagarías un precio desorbitado. Y cualquier otra cosa relativamente cerca ya estará ocupada por otros invitados a la boda. Mira, tu padre te quiere cerca para poder pasar tiempo contigo.
No dije nada.
—Solo serán cinco días —repitió con el tono de voz que solía usar con quienes estaban a punto de agotar su paciencia— Lo conseguiremos.
Estupendo. Qué bien.
Hice un gesto de asentimiento y me dirigí a la parte trasera de mi vehículo. Tanto para esconderme como para tomarme un instante para recuperar la compostura.
—¿Traes mucho equipaje? —preguntó él mientras me seguía.
—No. Puedo con ello.
Aunque en realidad no podía. Cuando abrí el maletero, él ya estaba allí, encargándose de mi maleta. Me fijé en los músculos de sus brazos, flexionados por el esfuerzo, tensando ligeramente las mangas de su camiseta blanca. Siempre había sido un hombre fuerte, macizo. Y por desgracia tampoco había encogido. Tenía una estatura normal, pero seguía sacándome por lo menos media cabeza. Lo justo para mirar hacia abajo y ponerme en mi lugar.
—Cierra el vehículo. —Se fue hacia la casa tirando de mi maleta con ruedas— Puede que estemos en el campo, pero eso no evita que pasen cosas.
—Sí, ya sé que tengo que cerrarlo—susurré con sorna.
—Te he oído.
—Me da igual.
Él se rio con desgana.
—Oh, pequeña, esto va a ser divertido.
Como no me quedaba otra, lo seguí por los escalones de piedra hasta la casa.
Sasuke nunca había sido un jardinero fabuloso, pero se las había arreglado para hacer un trabajo estupendo en la entrada. Aunque ni loca iba a reconocerlo en voz alta. Por lo visto, estábamos en guerra, y ni siquiera podía responsabilizarlo, ya que todo era culpa mía. Dios, detestaba esa vieja y familiar sensación de remordimiento. La vida habría sido mucho más fácil si pudiera odiarlo, atribuirle algo de responsabilidad. Pero lo cierto era que él no había hecho absolutamente nada mal. Ni entonces, ni ahora.
Regodearse en la autocompasión casi logró que no estuviera pendiente de la casa.
—Lo lograste —jadeé, mientras me preguntaba cómo me había olvidado de la regla de no hacerle ningún cumplido —. Es preciosa.
Él se detuvo y parpadeó sorprendido.
—Sí.
—La última vez que estuve aquí todavía vivías en el cobertizo y esto era un montón de tierra con algunas tuberías y estructuras que sobresalían del suelo. Ahora está terminado.
—Todavía quedan partes por acabar.
Fui girando lentamente, embebiéndome de todo lo que tenía a mi alrededor, desde los suelos de madera pulida hasta la cocina de cuarzo gris situada en un lateral. Una televisión del tamaño de un campo de fútbol colgaba de la pared, al lado de un grupo de sofás azul marino de aspecto soberbio. También había una mesa de madera bastante sólida cuyas vetas naturales eran lo suficientemente rugosas como para ser decorativas. Lo había visto empezar aquella obra de arte, así que sabía de primera mano que la había hecho él mismo. La viga redonda central era enorme, ubicada justo en medio de la estancia, sosteniendo el techo inclinado.
—¿Qué tiene, dos plantas? —pregunté, mirando hacia arriba.
—Dos y media.
—Vaya. Sí que lo lograste. Casi sonrió. Casi.
Dos pasillos salían de los lados opuestos del salón y había un amplio porche que abarcaba la parte trasera del edificio, con barbacoa, otra mesa de comedor, un montón de sillas para descansar y unas escaleras que llevaban a la piscina. Lo sabía sin necesidad de mirar. Igual que sabía que a la derecha estaría el dormitorio principal con un baño y un despacho, y a la izquierda dos habitaciones para invitados, un rincón de lectura y otro baño. Años atrás, lo había ayudado a diseñar este lugar. Y habíamos trabajado juntos en construir la casa de sus sueños.
—Es perfecta —dije en voz baja.
Durante un instante entrecerró los ojos, pero inmediatamente después volvió a apretar los labios con ese gesto adusto.
—Me alegro de que te guste. Dormirás aquí.
Fui detrás de él hacia el ala izquierda. La casa era asombrosa. Por desgracia, mis ojos se fijaron en sus anchos hombros y fueron bajando por su columna vertebral hasta llegar al impresionante trasero que no había perdido ni un ápice de su antigua gloria. Sí, era injusto. Pero Sasuke en jeans siempre había sido un regalo para la vista. Por no hablar de su manera de andar, con aquella confianza despreocupada que parecía desprender por cada poro de su cuerpo.
Por supuesto que no seguía mirándolo. Mirar era malo.
—¿Te gusta esta? —preguntó, abriendo una puerta.
—Sí. Gracias.
Le dio una palmadita a la parte superior de mi maleta.
—¿Dónde quieres que la deje?
—Ya me encargo yo.
Recibí un asentimiento por respuesta.
—Tu padre y Shizune vendrán a cenar dentro de un par de horas.
—¿Te echo una mano con algo?
—No, lo tengo todo controlado. —Se rascó la barba de tres días que llevaba— Bueno. Estás en tu casa. Voy a seguir trabajando. Si necesitas algo, estoy en el despacho.
Le respondí con otro gesto de asentimiento. Los asentimientos estaban bien.
Mucho mejor que las palabras.
Él se quedó parado en el pasillo, mirándome fijamente durante unos segundos. Sin decir nada parecido a qué alegría le daba volver a verme. Porque habría sido mentira.
—Muy bien, Sakura —dijo, por fin usando mi nombre, lo que nunca era una buena señal. Sinceramente, creo que prefería el «pequeña». Después, gracias a Dios, se marchó.
Cerré la puerta con cuidado antes de desplomarme contra ella por todo aquel melodrama. Sabía que volver tendría su parte de tortura, pero nunca creí que me afectaría tanto. Todavía me quedaban ciento veinte horas de suplicio.
—¿Miraste? —siseó Karin en mi oído— No me puedo creer que miraras.
Estaba tumbada en la cama con el teléfono móvil pegado a la oreja.
—No quería… simplemente surgió.
—La regla número uno es no mirar.
—Ya…
La oí suspirar.
—Está bien; lo hecho, hecho está. No pensemos más en ello. Aunque, por simple curiosidad, ¿qué tal está?
—Mejor que nunca.
—Qué capullo. ¿Y tú qué aspecto tenías?
—Sudorosa y con toda la ropa arrugada.
—Te dije que fueras en avión.
—Sí, lo sé —me quejé yo— Pero entonces habría insistido en ir a buscarme al aeropuerto, y estar encerrada con él en un pequeño habitáculo de camino a casa no era la mejor opción. Al final habría tenido que tirarme de un vehículo en marcha y eso no suele terminar bien.
Silencio.
—Me sigue odiando.
—No te odia.
—Sí lo hace, en serio —Miré el techo— ¿Qué tal va todo por ahí?
—Pues… todo bien.
—Noto algo raro en tu voz.
—¿Qué?
—No me vengas con «qué». ¿Qué pasa?
Mi mejor amiga soltó un gruñido.
—Teniendo en cuenta por lo que estás pasando, creo que es mejor que vivas en la ignorancia.
—Simplemente, suéltalo.
Masculló unas cuantas palabrotas antes de decir:
—De acuerdo. Pero que conste que yo estaba en contra de contarte nada. Mei y yo salimos a cenar anoche.
—Qué bien. ¿Dónde?
—Al Bombay Diner. Y sí, estuvo bien, pero no estamos hablando de eso. Mira, Shino estaba en el restaurante con otra mujer y se les veía muy acaramelados. Tanto como para terminar la noche en la misma cama.
Exhalé.
—Oh, entiendo. Bueno.
—¿«Bueno»?
—Bueno, tampoco es que me sorprenda mucho. La semana pasada discutimos. Ahora no recuerdo por qué, pero en ese momento pareció algo trascendental.
Silencio.
—¿Qué? —dije a la defensiva.
—Uno de estos días terminará importándote alguno de los hombres con los que sales.
—Me importan.
—Aparte de la preocupación normal de toda persona no sociópata de «espero que no lo hayan atropellado y matado de camino a casa» —señaló Karin— ¿muestras algún interés que signifique que te preocupas un poco más?
—Bueno, ya que por lo visto me está engañando con otra, menos mal que no lo he hecho.
—Sabía que me saldrías con esas.
No me molesté en responder.
—¿No te has parado a pensar que quizás empezó a salir con otra porque a ti no te importa? —preguntó.
—¿Crees que no estaba satisfaciendo sus necesidades emocionales?
—Es una de las teorías que tengo sobre tus problemas con las citas.
—¿Ves? Esa es una de las razones por las que tengo a una terapeuta como mejor amiga. Tienes respuestas para todo.
Se echó a reír.
—Solo que no me pagan por escucharte.
—Siento eso último.
—Por suerte, sueles ser bastante aburrida. Así que no me importa un poco de drama de vez en cuando.
—Sí que es una suerte —acordé— El caso es que Shino y yo solo habíamos salido en cuatro o cinco ocasiones. Ni siquiera nos habíamos acostado.
¿De verdad se espera que apoye emocionalmente a los hombres después de tan pocas citas?
Karin resopló.
—Me estás malinterpretando adrede. Me doy por vencida.
—Estupendo. ¿Cómo está Mei?
—Bien. Dentro de poco vamos a ir a cenar a casa de sus padres —informó— ¿Sobrevivirás allí?
—No. Lo más probable es que muera de forma triste y patética y me convierta en un cadáver que genere un olor en el pasillo que al final terminarán notando. O no. Todavía no lo he decidido —Solté un par de suspiros— Dios, estoy tan agobiada… como si tuviera algo muy pesado sentado encima de mi pecho. Quizá debería tener un pequeño ataque de pánico y superarlo de una vez. Ya me entiendes, como si lo tachara de mi lista de pendientes.
—Los ataques de pánico no son para tomárselos a broma —me recriminó— Ahora vete a tomar una copa y tranquilízate. Haz las paces con la situación… si no puedes hacerlas con él.
—No hará las paces conmigo.
—Muéstrale la persona tan maravillosa y madura en que te has convertido.
—¿Soy maravillosa y madura?
—Seguro que sí. O al menos puedes fingirlo. Tus dotes de actuación son bastante buenas. Confío en ti —La oí dar un par de besos— Tengo que irme. ¿Estarás bien?
—Sí —sonreí— Gracias por la charla. En cuanto a lo de antes, prometo deshacerme en un mar de lágrimas la próxima vez que un hombre me engañe. Lo juro por mi vida. Buenas noches.
—Me lo creeré cuando lo vea. Adiós.
Tiré el móvil a un lado, dejándome llevar por la desesperación. O quizá solo por aquel calor opresivo y el cansancio. Y ahí fue cuando vi a una araña con un trasero gigante corriendo por la pared que tenía encima de mi cabeza, con sus largas patas deslizándose y recorriendo el borde del techo.
—¡Jesús! —Me bajé a toda prisa de la cama con el corazón a punto de salírseme del pecho— Qué cosa más fea.
Unos pasos apresurados se acercaron desde el otro extremo de la casa. Inmediatamente después, Sasuke entró corriendo en la habitación.
—¿Qué sucede?
Me limité a señalar la pared. Él alzó ambas cejas.
—Solo es una araña de la madera.
Lo vi expulsar una profunda bocanada de aire, y con ella desapareció toda sensación de urgencia. Teniendo en cuenta el grito que había soltado, Sasuke seguramente había esperado encontrarse una serpiente. Aunque la mayoría de las que pululaban por la zona eran inofensivas, de vez en cuando aparecía alguna marrón oriental. Y esas sí eran agresivas… y extremadamente venenosas.
—Es del tamaño de mi mano —me quejé, intentando no parecer muy a la defensiva— ¡Puaj!
—¿«Puaj»? ¿En serio? —De nuevo estuvo a punto de sonreír, aunque en esta ocasión a modo de burla— Solías encargarte de ellas todo el rato.
—Sí, bueno, pues ya no. He perdido la habilidad para cazar arañas —señalé— A cambio, ahora domino el sistema de transporte público de Sídney. Y eso sí intimida.
Él se me quedó mirando.
—¿Puedes, por favor, sacar esa cosa de aquí?
—Abre la puerta que da al porche.
Soltó un prolongado suspiro y se marchó por el pasillo. Al poco tiempo regresó con un gran recipiente de plástico y un trozo de cartón. Me quedé de pie junto a la puerta, abierta, observando cómo se acercaba a ese monstruo peludo y asqueroso de ocho patas. Si me paraba a pensarlo, era consciente de que probablemente yo lo habría asustado mucho más que él a mí. Las arañas de la madera ni siquiera eran venenosas y su picadura no era mucho peor que la de un mosquito. Pero las cosas espeluznantes no eran lo mío.
Al menos ya no.
Sasuke se subió a la cama, descalzo y con los pies separados, y se colocó para realizar la captura. El recipiente transparente se fue cerrando sobre aquel bicho mientras Sasuke se aproximaba muy despacio. En el último momento debió de activarse su sentido arácnido, porque esa cosa se lanzó en una loca carrera hacia la libertad. Contuve un chillido de miedo, pero los reflejos de Sasuke estuvieron a la altura de las circunstancias. Golpeó el recipiente contra la pared del dormitorio, y contuvo las ocho patas y cualquier otra parte de esa bestia en su interior. Intenté con todas mis fuerzas reprimir cualquier sentimiento de admiración, pero tenía que reconocer que hacía falta mucha destreza para atrapar a una araña así de grande al primer intento.
A continuación, Sasuke metió con cuidado el trozo de cartón entre la pared y el recipiente, en el que la araña saltaba y se retorcía. Yo proseguí con mi alarde de extrema valentía y me aparté tranquilamente del camino mientras él sacaba aquella cosa y retiraba el trozo de cartón. Después dio un golpecito al contenedor para que doña Araña pudiera escabullirse por el jardín y continuar con su vida salvaje y libre. Desde luego, mucho mejor que enfrentarse a un chorro de insecticida en la cara.
—¿Contenta? —preguntó.
—Extasiada. Gracias.
Un gruñido.
—¿Te acuerdas de cuando me enseñaste a hacer eso? No lo hice bien del todo y el pobre bicho perdió una pata, seccionada por el borde del recipiente. Una parte de mí se quedó petrificada y la otra se puso a llorar desconsolada. Aunque podía alegar en mi defensa que las patas de las arañas de la madera son tremendamente frágiles y hay que ser bastante rápido para evitar que pierdan una o dos en el proceso.
Otro gruñido.
Estupendo. ¿Eso era lo único que iba a recibir durante toda mi estancia?
—No es que no esté encantada con ese mal humor que desprendes —ironicé— pero, por simple curiosidad, ¿sería posible que habláramos del asunto y sacáramos todo lo que llevamos dentro? ¿Incluso, quizá, lidiar con ello?
Él frunció el ceño.
—Caray, no.
—Así que nunca vamos a hablarlo.
—Exacto.
Respiré hondo y le hice un gesto con la mano, levantando el pulgar.
—De acuerdo. Fantástico. Qué buena conversación hemos tenido, Sasuke. Gracias de nuevo por encargarte de la araña.
Me dedicó otra mirada contrariada y desapareció por el pasillo, sin duda para esconderse en su despacho.
Arañas corredoras y hombres taciturnos. ¿En dónde narices me había metido?
