Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
Capítulo 4
Hace ocho años.
—Pero es peligroso dejar a los niños o a los animales en el interior de un vehículo cuando hace calor.
Sasuke me miró frunciendo el ceño. Iba cargado con regalos de Navidad.
—Solo será un minuto, pequeña.
—No.
—Sakura, quédate dentro.
—No.
—Venga, solo…
—Tienes roto el aire acondicionado y hoy estamos a cuarenta grados —Entrecerré los ojos por el sol del mediodía y lo seguí por el camino de entrada a una casa grande de ladrillos de color beis. Tenía toda la espalda sudada y empezaba a notar cómo se me pegaba el vestido verde de algodón que llevaba— Ni siquiera hay una botella de agua dentro. Me quedaré esperando a la sombra en el patio, donde no moriré por un golpe de calor, muchas gracias.
Lo oí jurar por lo bajo.
—Venga, relájate —resoplé— Ni siquiera te darás cuenta de que estoy allí.
Solo Dios sabe la mirada que me dirigió bajo esas gafas de sol oscuras, pero me juego el cuello a que no fue nada agradable. Ese día no estaba yendo como había planeado.
—De todos modos, ¿quién vive aquí? —pregunté— ¿Alguna nueva novia que no quieres que conozca? No habrás empezado a tomarte a alguna en serio, ¿verdad?
—No es ninguna novia.
—¿Entonces, quién?
No solo no respondió, sino que se le tensó la mandíbula. Mala señal.
—Llevo esperando todo el año para verte y ahora ni siquiera me quieres a tu alrededor —Dejé caer los hombros— ¿Por qué me llamaste?
Él bajó la barbilla y me miró por encima de las gafas de sol.
—Tranquila. Te dije que quería pasar el día contigo para ponernos al día y eso es lo que haremos.
No dije nada.
—Pero primero tengo que quitarme esto de encima, ¿de acuerdo?
El jardín que había delante de la casa estaba bien cuidado. Podría decirse que hasta de forma meticulosa. Pero no había flores ni plantas decorativas. ¿Quién habría hecho aquello? Una cosa era el minimalismo y otra lo insulso hasta el punto de resultar feo. Y esta propiedad había caído en lo último.
Sasuke se acercó un poco más.
—Es la casa de mi padre.
—¿De tu padre? —pregunté con una sonrisa.
Sasuke me miró con aspecto cansado y movió la cabeza de un lado a otro.
—Sí. Pero no nos llevamos precisamente bien.
—Vaya.
—¿Sasuke? —llamó una voz desde la entrada, oculta detrás de la puerta mosquitera de seguridad.
—¿Quieres que regrese al vehículo? —susurré.
—Demasiado tarde —dijo él— Venga, vamos.
Lo seguí por el camino. Al cabo de un instante oí el clic de una cerradura y la puerta se abrió. Un hombre mayor estaba parado, esperando, con una expresión que distaba mucho de ser una calurosa bienvenida. A pesar de ser fin de semana, iba vestido con unos zapatos relucientes, pantalones de traje gris y una camisa con los botones abrochados hasta el cuello. Y ni una sola arruga.
—Solo quería dejar estos regalos para Hinata y los niños —explicó Sasuke, deteniéndose en el umbral de la puerta.
—Entra —dijo el hombre— ¿Quién es ella?
—Sakura. La hija de mi jefe. Hoy me estoy encargando de ella.
Lo que hizo que pareciera una cría de ocho años, pero me abstuve de hacer ningún comentario. El hombre respondió con un gruñido.
—Sakura, este es mi padre, Fugaku.
—Hola, señor Uchiha.
Intenté sonreír, aunque no lo conseguí del todo. Fugaku me miró con el ceño fruncido.
—Entiendo.
¿Qué entendía exactamente? No tenía ni idea. Aunque tampoco me molesté en preguntarle. Al principio había sentido un nudo de emoción en el estómago por conocer a la familia de Sasuke y un súbito deseo de causar una buena impresión. Pero Sasuke tenía razón, cuanto antes nos marchásemos de ese lugar, mejor. Puede que hiciera calor, pero ese hombre parecía frío como la piedra.
El interior de la casa hacía juego con el exterior. Una alfombra blanca y un sofá de cuero de color marfil. Todo se veía impoluto y caro, pero nada acogedor. Como si nadie se hubiera sentado jamás en él para ver la enorme televisión. La única nota de color la proporcionaban un par de fotos familiares en un aparador de teca; imágenes de una pareja de recién casados de aspecto feliz y una familia de cuatro miembros sonriendo en la playa. También había una vieja foto de una mujer elegante de pelo negro que me recordó a Sasuke.
—No he perdido el tiempo en colocar un árbol de Navidad —dijo con un tono de voz que sugería lo poco que le importaban las tonterías festivas— Déjalos en el rincón.
—De acuerdo.
—Hay más de lo que pensaba —se quejó Fugaku— Voy a tener que llevar una maleta de más.
—Por eso me ofrecí a enviarlas por correo —señaló Sasuke.
Aquello no pareció aplacar a su padre.
—Muy bien —continuó Sasuke, esforzándose por ofrecer su mejor sonrisa— Me está yendo bien en el trabajo. Voy a comprar un terreno a las afueras de Palmwoods. En realidad, me voy a vivir allí la semana que viene.
Fugaku no dijo nada.
—Me lo voy a tomar con tranquilidad, diseñaré la casa yo mismo y me encargaré de su construcción.
Recibió un simple asentimiento de cabeza.
—Bueno, me alegro de verte, papá —dijo Sasuke asiéndome del codo para llevarme hacia la puerta— Que tengas buen viaje. Dile a Hinata que la llamaré.
—No te olvides de que en Perth hay dos horas menos.
—No lo haré —repuso Sasuke antes de darme un ligero empujón e instarme a salir de allí.
Me quedé callada hasta que volvimos al vehículo, en mitad de la calle. Lejos, muy lejos del hombre al que había llamado «padre».
Sí, sentía mucha curiosidad. Pero estaba claro que, si Sasuke no me había querido en la casa de su progenitor, tampoco estaría dispuesto a compartir su historia familiar. Así que me limité a decir:
—Lo siento.
—¿Que no te quedaras en el automóvil? —preguntó con una sonrisa irónica en el rostro— Sí, claro.
—No. Siento que tengas que aguantar a un padre así.
Sasuke suspiró, se acercó y me dio una palmadita en la mano.
—Eres estupendo —continué— y no debería tratarte de ese modo.
—Gracias, pequeña —La expresión de su rostro y la tensión de sus hombros se fueron suavizando poco a poco— ¿Qué le vamos a hacer? La familia es complicada. Olvidémonos de él. Ahora solo estamos tú y yo. ¿Qué quieres hacer hoy? Qué narices, ¿qué te apetece hacer este verano?
Sonreí de oreja a oreja.
—Pues la verdad, no tengo ni idea.
Jueves… en la actualidad.
A la mañana siguiente, cuando me levanté a eso de las diez, me encontré con que la casa estaba vacía, lo que no me sorprendió: los constructores empiezan a trabajar bien temprano. Yo, sin embargo, estaba de vacaciones y me merecía mis buenas horas de sueño. Sasuke me había dejado instrucciones para poner en marcha la máquina de café y un cruasán de almendras de la panadería local dentro de una bolsa marrón. Me apostaría todo el dinero que tenía a que todavía salía a correr antes de ir a trabajar, pero teniendo en cuenta el baño que nos dimos la noche anterior y el whisky que se bebió, seguro que también había necesitado dormir un poco más de la cuenta.
Tenía un mensaje de Shizune diciéndome que la llamara cuando me despertara. Sin embargo, decidí ponerme unos jeans cortos y una camiseta y cruzar la calle para presentarme en casa de mi padre. Después de tomarme el cruasán y un montón de café, por supuesto. La puerta de la casa estaba abierta, y me llegó un soplo de brisa fresca del interior de la enorme y antigua vivienda de estilo Queenslander.
—¿Hola? —dije en voz alta.
Shizune asomó la cabeza desde el despacho de papá con el teléfono pegado a la oreja. En cuanto me vio, sonrió y susurró:
—Sírvete el café que quieras, Sakura. No debería tardar mucho. Tu padre está fuera, en la parte trasera.
Asentí y ella continuó con la conversación.
El exterior del hogar a tiempo parcial de mi infancia seguía igual que siempre, pero el interior había cambiado sustancialmente. Ya no estaban todos esos muebles cutres de mi padre. Ahora había un sofá de dos plazas de terciopelo azul pavo real al lado de otro más grande, de color blanco, acompañados por mesitas para lámparas de madera oscura y una gigantesca y larga mesa de café. De las paredes colgaban enormes e interesantes pinturas minimalistas monocromáticas. El conjunto estaba salpicado de tonos platas, azules y un verde esmeralda que le iban a la perfección en forma de adornos y cojines dispersos. Nunca se me habría ocurrido intentar poner todos esos colores juntos, pero le daban a algunos muebles un fantástico aire retro de los cincuenta. En general, el lugar parecía recién salido de una revista de decoración. Estaba claro que Shizune sabía lo que hacía.
En la parte trasera habían ampliado el porche desde mi última visita. Sin embargo, todavía estaba allí mi jacaranda favorita, dando sombra y provocando un buen desastre en el paisaje. Sus hermosas y pequeñas flores de color púrpura estaban por todas partes.
—Solías decirme que te ibas a la cama. Pero luego bajabas por ese árbol y te ibas corriendo a pasar un rato con Sasuke —dijo mi padre, de rodillas en el suelo de la nueva sección del porche, con una brocha en la mano.
—No tenía ni idea de que lo supieras.
—Claro que lo sabía —sonrió mi padre— Me lo dijo él para que no me preocupara si descubría que te habías ido.
—Y yo que creía que era una experta en escabullirme sigilosamente. Solíamos quedarnos a mirar las estrellas.
Un gesto de asentimiento.
—Si te apetece, hay café en la cocina.
—Sí, ya me lo ha dicho Shizune. Aunque ya me he tomado mis tres tazas de costumbre. No me hace falta más. ¿Tienes otra brocha?
Mi padre enarcó una ceja.
—¿Quieres echarme una mano?
—Por supuesto.
—Hay una en la mesa.
Me hice con la brocha y me coloqué lo suficientemente cerca para llegar a la lata de barniz para madera exterior, pero lo bastante lejos para no entorpecer a mi padre. Menos mal que llevaba las gafas de sol; el día estaba soleado y hacía mucho calor. El olor a aceite y madera me trajo un sinfín de recuerdos de mi infancia, cuando veía a mi progenitor trabajar. Bajo ellos también me llegó el aroma a tierra y exuberante follaje. Qué alegría regresar después de haber pasado tanto tiempo en la ciudad.
—Estoy seguro de que Shizune ya tiene planes para las dos hoy —dijo— Date por avisada.
—Entiendo.
Tras unos minutos de silencio mi padre preguntó:
—¿Estás teniendo cuidado con las astillas? Debería haberte dado unos guantes y algo blando para que apoyaras las rodillas.
—Tú no llevas guantes.
—Porque tengo las manos llenas de callos. Mi piel no es tan suave como la tuya.
—Estoy bien.
—¿Quieres un mono para protegerte la ropa? Ya sabes que si te manchas de aceite luego no se quita.
Me eché a reír.
—Estoy bien, papá —repetí— No te preocupes.
—De acuerdo, allá tú si luego te pasas el resto del día oliendo a trementina. Puedo decirte por experiencia que no es el olor favorito de Shizune.
Asentí resignada. No era la primera vez que me enfrentaba a una brocha y una terraza. Trabajamos en silencio otro rato más.
—¿Estás lista para la despedida de solteros conjunta de esta noche? —preguntó— No será nada grande, solo unos pocos amigos en el pub. Ninguno de los dos necesita chupitos de tequila ni strippers.
—Sí. Suena bien.
—Así puedes conocer a la novia de Sasuke —Me miró por el rabillo del ojo.
Mantuve una expresión neutra.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo es?
—Parece simpática. Creo que es abogada —dijo— Todas las mujeres que suele traer parecen majas, aunque ninguna de ellas dura mucho. Por lo visto es lo mismo que has estado haciendo tú.
—Si mal no recuerdo, tardaste bastante en encontrar a Shizune, y mientras tanto no te dedicaste precisamente a languidecer en soledad.
—Tienes toda la razón —reconoció con un gesto de asentimiento.
—Por cierto, me ha caído muy bien.
—Estupendo —sonrió mi padre— A ella también le gustas. Anoche no dejó de hablar de ti.
Un dacelo empezó a acercarse emitiendo un reclamo que inundó el aire. Algunos mieleros chillones protestaron mientras los insectos no cesaban su zumbido constante. Un sonido que era como una ola continua, ascendiendo y descendiendo de volumen, pero sin desaparecer del todo. La naturaleza, el mundo entero, parecía especialmente vibrante y vivo.
—¿Cómo está tu madre?
—Bien —respondí— Ha vendido alguno de sus cuadros y todo el mundo quiere asistir a sus clases. Se le ve feliz.
—Eso está bien.
Esbocé una amplia sonrisa.
—Cree que yo debería mandar todo al garete y viajar por Europa. Quedarme en alguna isla griega durante una temporada o algo por el estilo.
—No me sorprende en absoluto —masculló él— La respuesta que tu madre tenía para todo era salir corriendo.
—No congeniabais bien.
—No congeniábamos en absoluto. ¿Eso es lo que quieres hacer? ¿Viajar?
—No me importaría conocer algunos lugares, pero no tengo bastantes ahorros —expliqué— Sídney es muy caro.
—Ven a trabajar con nosotros. Podemos planificar tus vacaciones para que tengas tiempo libre y viajes a los sitios que quieras.
—¿A ti eso del nepotismo no te suena?
Mi padre se sentó sobre los talones y se limpió el sudor de la cara.
—Cariño, te puede ir bien o mal en el puesto, eso solo depende de ti. Yo lo único que te ofrezco es la oportunidad.
—Tú y Sasuke, querrás decir.
—Cierto —Se encogió de hombros— A pesar de todas sus quejas, estará encantado de contar contigo si decides unirte al equipo.
—Mmm. ¿Y si dejo mi vida en Sídney y me mudo aquí y acabo dándome cuenta de que no se me da nada bien el trabajo y tienes que despedirme?
Mi padre hizo una mueca.
—Bueno, mira el lado bueno, para entonces Shizune debería tener la habitación de invitados lista y así tendrás un lugar donde dormir si te quedas en la calle.
—Estupendo —repuse secamente.
—Cariño, siempre has mostrado interés por el negocio. Te gustaba echar un vistazo a los trabajos y ayudar hablando con la gente —Ahora me miraba completamente serio— Creo que eres perfecta para el puesto. Helga ha sido una trabajadora ejemplar, pero nunca le ha interesado nada aparte del área administrativa. Necesitamos algo más. Trabajarás con nosotros, te encargarás de algunas cosas y, a la larga, podemos contratar un administrativo más si lo vemos necesario.
—¿Has hablado de todo esto con Sasuke?
—Sí, por supuesto.
Me quedé mirándolo.
—Bueno, supuse que tal vez reaccionaría mejor ante la idea de que fueras tú si tenía menos tiempo para pensar en ello —terminó diciendo.
—Muy mal por tu parte. Ahora es tu socio.
Mi padre sonrió.
—Solo ha sido pura estrategia.
—Sakura, ¿qué demonios estás haciendo ahí? —preguntó Shizune, que estaba saliendo de la casa vestida con un vestido recto divino— No solo estás de vacaciones, es que hoy es nuestro día de spa. Se supone que tienes que relajarte.
—¿Día de spa?
Se llevó una mano a la cabeza.
—¿Se me olvidó decírtelo? He tenido tantas cosas en la cabeza… Pero sí, tenemos que irnos. Tratamientos faciales, masajes, pedicura... pide lo que quieras y lo tendrás. De la cabeza a los pies. Yo invito.
—Vaya. Gracias.
—De nada, pero tenemos que irnos ya mismo.
—De acuerdo —Me levanté y me quité el polvo de las rodillas— ¿Voy demasiado informal?
—No —respondió Shizune con una sonrisa— Vas perfecta.
Mi padre recuperó la brocha manchada y nos guiñó el ojo.
—Divertíos.
El lugar elegido para la celebración de la despedida conjunta de solteros fue el Palmwoods Tavern, de casi un siglo de antigüedad. El lugar tenía una enorme terraza anexa ideal para los acontecimientos nocturnos. Era un sitio abierto, al aire libre, con un montón de bromelias en macetas esparcidas por la zona y un árbol de mango del que colgaban hileras de lucecitas. Supuse que Shizune estaba habituada a acudir a sitios menos modestos, pero la vi detenerse en un taburete de una de las mesas altas del área acotada para la despedida y empezar a beberse una cerveza tranquilamente. Los invitados parecían ser una mezcla de compañeros de trabajo de la feliz pareja y unos pocos amigos. Mi padre y Shizune me habían llevado allí después de darme una ducha rápida y cambiarme.
Por lo visto, Sasuke estaba ocupado. Lo que era una pena, ya que me sentía como una mujer completamente nueva. No sabía si estaba mostrando mi maravillosa madurez, como Karin había sugerido, pero el día de spa había sido espectacular. Magnífico en todos los sentidos. Me habían depilado, masajeado y arreglado de la cabeza a los pies. Me había ofrecido a pagar mi parte a Shizune, pero no quiso oír hablar de ello. La novia de mi padre no se andaba con tonterías en lo que a lujos se refería.
Decidí presumir de mi reluciente pedicura francesa con unos zapatos peep toe con cuña, unos jeans ajustados que me realzaban el trasero y sacaban el máximo provecho a mis largas piernas y una blusa de algodón blanca suelta que me rozaba alegremente el vientre. El día de spa había incluido maquillaje y peinado, así que estaba completamente segura de que debía de estar deslumbrante con mi melena al viento. Con la suficiente confianza para enfrentarme a cualquier cosa, hasta con la última novia de Sasuke. O eso esperaba. Y justo estaba tomando una cerveza cuando Sasuke y la susodicha llegaron. Como era de esperar, la mujer parecía una modelo que había decidido pasar un rato con el común de los mortales. Desde luego, superaba la peor pesadilla de cualquier fémina del montón. Pelirroja de pelo largo y una cara de infarto. No había ni un solo centímetro de su cuerpo que no fuera absolutamente perfecto.
Mierda.
No es que yo fuera fea. Estaba bien. Incluso solían decirme que era guapa. Pero la doble de Nicole Kidman acababa de entrar por la puerta colgada del brazo de mi primer amor.
Sasuke, por su parte, iba con unas zapatillas negras, jeans del mismo color y una camiseta gris ajustada. Maldición. Se le veía tranquilo y guapo como él solo. Por mucho que bromeara con Karin sobre lo bueno que estaba, era frustrante que alguien tan fuera de tu alcance te afectara de esa manera. Eché un vistazo a mi alrededor en busca de algún bombón superior. Pero no tuve suerte. No había nadie que se le acercara.
Habían pasado siete años, pero mi libido no parecía haber perdido ni un ápice de la lujuria adolescente que sentí por Sasuke. Haciendo acopio de toda mi madurez y dignidad, hice todo lo que pude para no fijarme en sus brazos, que pertenecían a los del tipo musculoso y que eran dignos de una oda. Llevaba un nuevo corte de pelo, más corto por los lados y más largo por arriba y peinado hacia atrás, algo de lo que no me percaté. Ni tampoco de toda esa piel bronceada y ese par de impresionantes ojos azul grisáceo. O al menos, eso hubiera deseado.
Cuando nuestras miradas se encontraron fui la primera en apartarla. Aunque se le podía describir como uno de esos hombres mega-atractivos que hacían que se te mojaran las bragas en cuanto los veías, yo había perdido toda esperanza.
No, olvidad eso... Yo pasaba de él. Lo había superado hacía años. Había salido con otros tipos. Había tenido relaciones sexuales (algunas incluso habían estado bien). Que todavía persistieran algunos de los viejos sentimientos que tuve por él no significaba absolutamente nada. Solo había sido el enamoramiento de una colegiala con poca cabeza. Nada más. Cualquier pensamiento en sentido contrario era una estupidez y un error. Y lo mejor que se podía hacer con las tonterías era no hacerles caso. Sinceramente, ese tipo de sufrimiento y confusión eran el motivo por el que no tenía ninguna prisa por volver allí. Daba igual lo mucho que echara de menos aquel lugar.
—¿Sakura? —Shizune me agarró por la cintura— Quiero que conozcas a mi amigo Kankuro. Se dedica a hacer muebles a medida y adornos para el hogar, aquí en la costa, usando solo maderas recicladas de la zona. Tiene un talento increíble. Incluso ha empezado a hacer envíos a Europa.
—Shizune, eres muy amable. Pero solo soy un humilde carpintero. —Kankuro debía de tener mi edad. Llevaba el pelo largo y oscuro recogido en una coleta y me saludó con una amistosa sonrisa. Tenía el rostro de un dios griego clásico. Desde el punto de vista artístico era un modelo digno de escultura. Aunque carecía de la idiosincrasia que tanto me atraía de Sasuke. Mierda, otra vez estaba pensando en él—. Encantado de conocerte, Sakura.
—Hola, igualmente —dije, estrechándole la mano. Tenía la piel cálida.
Shizune le dio una palmadita en el hombro antes de volverse hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja.
—Sakura, ¿no tiene unos ojos preciosos?
«Dios mío».
El hombre solo se echó a reír.
—Kankuro, esta es Sakura, la hija de Kizashi —continuó Shizune— Una joven brillante, además de guapa.
Debajo de todo el maquillaje con el que me habían acicalado de una forma tan profesional pude sentir mi rostro arder.
—Es cierto. ¿Sabes, Kankuro? Está planteándose mudarse desde Sídney para unirse al negocio familiar y ayudar a expandir la empresa —prosiguió la novia de mi padre— De ser así, hablarás con ella de cualquier trabajo a partir de ahora.
Kankuro alzó ambas cejas.
—¿En serio?
—Sí —dijo Shizune— Pero todo es super-secreto. Todavía no ha tomado una decisión. Confío en que nos ayudes a persuadirla.
—Ya veremos —dije, intentando controlar la inmensa vergüenza que estaba sintiendo— De momento, solo estoy aquí por la boda.
—Una boda a la que ha venido sin acompañante —informó Shizune en voz baja— Un dato interesante.
«Dame fuerzas».
—Shizune...
—¿Qué? —preguntó, batiendo las pestañas— ¿Es que una recién estrenada madrastra no puede ayudar a su encantadora hijastra a conocer gente?
Me eché a reír. Era una situación incómoda. Bastante incómoda, de hecho.
—Está bien. Creo que ya me has ayudado bastante. Gracias.
Kankuro me miró como diciendo «no te queda otra». Por suerte, Shizune se despidió de nosotros y se marchó adonde estaba mi padre.
—Lo siento —murmuré.
Kankuro se limitó a sonreír.
—No conozco a nadie que avasalle a la gente con tanta elegancia como Shizune. Estás demasiado ocupada complaciéndola para detenerte a pensarlo. Es excepcional.
—Tienes razón. Es como la aplicación Tinder, pero hasta arriba de esteroides.
Él esbozó una amplia sonrisa.
—Sakura, ¿te apetece otra copa?
—Es una idea estupenda.
—Perdona. Eres Kankuro Karas, ¿verdad? —inquirió la pelirroja, acercándose al lugar donde Kankuro y yo habíamos estado sentados bebiendo durante un par de horas.
Era un hombre muy simpático y una magnífica distracción para el rollo ese de «Sasuke con una mujer despampanante al lado». Bueno, «había» sido una magnífica distracción… hasta que la mujer despampanante decidió dirigirse a nosotros. Nos volvimos educadamente hacia ella. Sasuke estaba a su vera, por supuesto. Sus ojos volaron hacia mí cuando me volví hacia ellos.
«¡Basta!».
¿Volar dónde? Si hubiera sido cualquier otro hombre del planeta, hubiera jurado que me estaba mirando. Pero aquello era imposible. Sasuke estaba por encima de esas tonterías, sobre todo cuando tenía al lado a una supermodelo. Además, era yo. Y ya me había dejado bastante claro la opinión tan poco favorable que tenía de mí.
Mientras tanto, la pelirroja sonreía como una tonta a Kankuro. O quizá solo se estaba mostrando amable. No lo sabía; mi estado de ánimo llevaba una década funcionando de forma un tanto extraña.
—Tayuya Addams. Tengo una de tus mesas auxiliares —dijo ella— Absolutamente exquisita.
—Muchísimas gracias —Kankuro le ofreció una expresión de bienvenida profesional. Seguro que vendía un montón de sus muebles y adornos con esos ojos verdes tan somnolientos y seductores— Me encanta saber que la estás disfrutando.
Ella jugueteó con la copa de vino blanco que tenía en la mano y permitió a los hombres que hicieran las oportunas presentaciones.
—Yo soy Sasuke —Hizo un gesto de asentimiento al más joven— Encantado de conocerte —Ambos se estrecharon la mano— Me gustó mucho lo que hiciste en casa de los Johnson.
—Gracias —repuso Kankuro— Hay que ver las cosas que uno puede hacer cuando no hay ningún límite, ¿eh?
—Exacto —se rio Sasuke— Sakura. Estás muy guapa.
Alcé mi gin-tonic.
—Gracias. Tú también.
—A mí no me has dicho que estoy guapa —señaló la mujer.
Sasuke la miró, esbozando una lenta sonrisa.
—Porque tú siempre estás fantástica. Decirte solo «guapa» sería subestimarte.
«Tierra, trágame».
—Tayuya, esta es la hija de Kizashi, Sakura —dijo Sasuke.
Extendí la mano para saludarla. Sus esbeltos dedos apretaron los míos de forma flácida, desdeñosa. Me pareció bien. En el fondo ella tampoco me gustaba. Tendría que haberme quitado los zapatos para contar todas las maneras en que Tayuya y yo éramos diferentes, y aún no tendría suficientes dedos de las manos y de los pies. Parecía del tipo de mujer que iba elegante y deslumbrante las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. A mí me había costado seis putas horas de spa parecer decente.
Qué injusticia.
—¿Te estás quedando en casa de Sasuke? —me preguntó.
—Sí. Solo unos días.
—Qué bien —Me miró con ojos curiosos. Después se bebió lo que quedaba de vino y dejó el vaso sobre la mesa— Tengo que madrugar.
—¿Tienes que irte? —inquirió Sasuke.
Menos mal que no se quedaba a dormir. Lo último que necesitaba era estar tumbada sobre la cama oyendo cómo chirriaba la de Sasuke, ya fuera de forma real o imaginaria. Hubiera preferido que me clavaran un hacha en la cabeza.
—Llámame —Ella le colocó una mano sobre el pecho y se acercó para darle un beso mientras Sasuke la agarraba por la cintura. Menos mal que no fue con lengua, o habría tenido que arrancarme los ojos. Después de un instante, lo miró ardientemente y borró los restos de lápiz de labios que le había dejado— He oído hablar de una marisquería fabulosa a la que deberíamos ir. Por lo visto hace los mejores cangrejos de la costa. ¿Qué te parece mañana por la noche?
—Qué idea tan estupenda. —Le ofrecí mi sonrisa más forzada— ¿Verdad, Sasuke?
Él me miró, molesto.
—Soy alérgico al marisco. Como puede ser que recuerdes, Sakura.
—Oh —Tayuya frunció el ceño y apretó con fuerza su bolso de diseño— Kankuro, ha sido un placer conocerte. Sakura, estoy segura de que volveremos a vernos.
—Te acompaño a la puerta —Kankuro se puso de pie— También tengo que madrugar.
—Me ha encantado charlar contigo —dije con una sonrisa.
Él me apretó la mano y dijo:
—Sabes que en cuanto me vaya, Shizune estará mandándome un mensaje para asegurarse de que tengo tu número de teléfono.
—Sí, soy consciente. Toma, apunta el tuyo en mi móvil —Le pasé mi teléfono— Esto no quiere decir que ninguno de los dos vaya a usarlo, pero al menos estaremos protegidos ante el inevitable interrogatorio de Shizune.
Tras otros tantos asentimientos, apretones de manos y buenas noches ambos se marcharon. Entonces Sasuke se sentó a mi lado, me quitó la copa y le dio un trago.
—¿Llevas viéndola un tiempo y todavía no sabe que el marisco te puede matar? —pregunté con delicadeza— ¿De qué hablas con todas esas mujeres?
—No sé. De cosas.
—¿Qué cosas?
—Cosas —repitió— ¿Es que te vas a poner a darme consejos para mis citas?¿Debemos cenar a la luz de las velas mientras nos intercambiamos nuestras listas de alergias? Ahora entiendo por qué no te dura ninguna relación.
—Muy gracioso. Pero pensaba que al menos le habrías contado la historia de cuando comiste gambas de adolescente y te hinchaste como el muñeco de Michelín. Aquello siempre me hacía reír.
Sasuke sonrió durante un momento, no supe si al acordarse de lo que le pasó o por el recuerdo de mí partiéndome de risa con la historia. Entonces su mirada se oscureció y se puso a mirar el gin-tonic.
—No hablo con ellas como hablo contigo… Hablaba. Como hablaba contigo.
En ese instante empezó a sonar una vieja canción del grupo Ausie Crawl y algunos de los trabajadores de la empresa de mi padre se pusieron a vitorear en la mesa contigua. Por lo visto estaban aprovechando al máximo la barra libre. Tenían vasos vacíos por todos lados.
—No lo sé —dije yo— Creo que hay muchas cosas de las que no hablamos.
—Tenía que guardarlas para la edad apropiada —Tomó otro sorbo de mi copa y me la pasó con una risa— Y dices que el whisky está asqueroso.
—El Bombay Sapphire es un regalo del cielo y no quiero oír nada en contra.
Nos quedamos sentados en silencio durante un minuto, mirando lo que teníamos a nuestro alrededor y oyendo la música. Una pareja se estaba besando apasionadamente en un rincón oscuro y había un sinfín de conversaciones ruidosas por todos los lados. Incluso Shizune se estaba riendo encantada, con la cabeza echada hacia atrás. Mi padre estaba sentado a su lado, como un centinela, simplemente observándola disfrutar. Me pareció un gesto muy bonito.
—Siento haber sido un poco borde con tu novia —dije al cabo de un rato.
Sasuke se recostó en la silla, con el tobillo apoyado en una rodilla.
—No sé si usaría con ella la palabra «novia». Somos amigos.
Ja.
—¿Así que Kankuro Karas?
Me encogí de hombros.
—Me lo presentó Shizune. Parece majo.
—Seguro —Tamborileó con los dedos sobre el reposabrazos de metal— Y es un tipo con mucho talento. Todo un artista. No me importaría comprarme una de sus piezas, pero cuestan un riñón.
—Bueno, te estás haciendo mayor. No puedes ponerte a despilfarrar el dinero así como así. Tienes que ahorrar todo lo que puedas para la Viagra.
—Esa es una generalización burda y discriminatoria por razón de la edad, jovencita —dijo Sasuke todo serio— Y en absoluto aplicable a este caso en concreto.
—La confianza en uno mismo es importante. Te entiendo.
—¿Sabes? Creo que no te dieron suficientes azotes en el trasero cuando eras pequeña.
Me reí.
—Además —continuó él— cuando te pones nerviosa siempre saltas con alguna ocurrencia relacionada con el sexo.
—No, no lo hago —Fruncí el ceño— Estás empezando a imaginarte cosas. Debe de tratarse de un caso de demencia senil precoz. Qué lástima.
Sasuke se limitó a negar con la cabeza.
—El caso es que se me hace difícil preocuparme mucho por lo que digo cuando estoy contigo —Me encogí de hombros— Estoy completamente segura de que cerré la puerta de mejor amiga hace años. En cierto modo es liberador. Puedo decir lo que pienso.
—No me había dado cuenta de que te contenías. Jamás —La tenue iluminación proyectaba sombras fascinantes sobre sus mejillas, en la dura línea de la mandíbula. Incluso en la pequeña hendidura de su barbilla— ¿Entonces te gusta?
—¿Kankuro? Claro.
Me puse a juguetear con la rodaja de limón de mi copa y la empujé hacia abajo.
—No tengo muy claro que sea tu tipo.
—¿Por qué?
Ahora fue él el que se encogió de hombros.
—No lo sé, solo es un presentimiento.
—¿Sabes? Esto es lo que me perdí cuando era más joven. Tus consejos para salir con chicos. Aunque vas a tener que ser más específico que un simple presentimiento. Pero puedo hacerte todas las preguntas que siempre he querido hacer a un hombre y tú me darás toda la información que necesito.
La arruga entre sus cejas se hizo más pronunciada.
—¿Sobre qué?
—¡Sobre sexo!
—No voy a hablar contigo de sexo.
—Pero ahora tengo la edad apropiada —dije.
—En absoluto, ahora somos demasiado mayores para tales frivolidades.
Vi cómo alzaba ligeramente una comisura de su boca. Al menos seguía consiguiendo hacer que se riera cuando quería.
—¿De modo que la última vez que estuve aquí era demasiado joven y ahora soy demasiado mayor?
—Efectivamente —asintió él— Hubo un lapso de cuatro minutos, hace unos tres años, en el que este tema de conversación hubiera sido apropiado. Qué pena que te lo perdieras.
La música cambió a Cold Chisel y en la mesa contigua volvieron a aplaudir y gritar entusiasmados. Alguien gruñó: «Ese Barney».
—Dios, hacía años que no oía esta canción —dije— Están poniendo todos los clásicos.
—¿Qué pasa? ¿Ahora solo vas a cafeterías para hipsters?
—En algún lugar tendré que encontrar mi tostada de levadura natural con aguacate machacado. —Sonreí y me llevé la punta del dedo a la boca para chupar las gotas de ginebra que quedaban en él. La elegancia ante todo.
La mano de Sasuke se detuvo y su mirada se hizo más intensa.
—Sabes, en algunas cosas has cambiado. Pero en otras sigues siendo la misma.
—¿Y qué esperabas?
—No lo sé.
Me aclaré la garganta.
—Tengo una teoría.
—¿Cuál?
—Que las personas se van sintiendo más cómodas consigo mismas con el paso de los años.
Él asintió despacio.
—Tiene sentido.
—De hecho, creo que viene de mi mejor amiga, Karin. Es terapeuta. A veces nos ponemos a divagar sobre filosofía, el crecimiento emocional y el bienestar. O sobre pop coreano. Al fin y al cabo, los BTS le importan a todo el mundo.
—¿Pop coreano? ¿Y quién leches son los BTS?
Solté un bufido y puse los ojos en blanco.
—Estás un poco desfasado, ¿no?
—Por lo visto, un montón —Se echó a reír— Menos mal que estás aquí para sacarme de dudas. ¿Por qué no traigo otra ronda y me pones al día?
Vi como su alta figura se abría paso entre la multitud y entre la abarrotada barra. Sí, estaba claro que los trabajadores de mi padre estaban dando buena cuenta de la barra libre.
—Oye.
Una voz fuerte y pastosa me sacó de mi ensimismamiento. Un hombre joven se había acercado a mí con los ojos rojos por la euforia del alcohol. Con un brazo delgado rodeaba el cuello de un amigo de mayor edad, pero igualmente ebrio, aunque era difícil saber quién sostenía a quién.
—Soy Fitzy —se presentó— Y este es mi compañero, Larry. ¿Puedes ayudarnos a resolver una apuesta?
—No sé —dije con cautela.
—Larry dice que tú fuiste la que tendió la «tetatrampa» a Sasuke cuando Kizashi le pegó hace todos esos años. —El tipo hizo un gesto en mi dirección con la cerveza medio vacía.
—«Tetatrampa» —sonrió Larry con complicidad. ¿Quién sabía la cantidad de cervezas que habían tenido que tomar para inventarse esa tontería?
—Qué tremendamente originales e hilarantes sois —mascullé.
Dejé caer los hombros. Quizá había puesto demasiadas esperanzas en que la gente se fuera a olvidar por completo de aquel escándalo después de tanto tiempo. Seguro que si volvía dentro de cincuenta años todavía habría jóvenes del sector de la construcción riéndose de la historia de la hija del jefe que enseñó las tetas en su decimoctavo cumpleaños.
Era como una especie de leyenda urbana.
—Pero yo he dicho que es imposible que seas tú porque tienes un par de melones increíbles y nadie se quejaría por haberles echado un buen ojo —A su lado, Larry asintió al razonamiento de su amigo con la vehemencia que solo puede mostrar una persona completamente borracha— Es pura lógica.
—De todos modos —continuó Fitzy— Estábamos hablando de que, si fueron tan impactantes como para dejar fuera de combate a Sasuke, tal vez podrías… ¡Ay!
La cabeza de Fitzy se inclinó de forma violenta hacia un lado, arqueándose hacia arriba para dejar expuesta su oreja derecha. A su lado estaba Sasuke, con gesto furioso. Tenía enganchado en el puño el lóbulo de la oreja del hombre más bajo y lo retorcía hacia arriba. Fitzy se puso de puntillas, con las piernas tensas mientras intentaba elevarse lo suficiente para aliviar el dolor. Pero lo único que consiguió fue ponerse cara a cara con Sasuke, que fruncía el ceño, iracundo.
Las risas pararon.
—Creo que ya es suficiente, Matthew —gruñó Sasuke.
Por lo visto, «Fitzy» solo era para los amigos, y en ese momento Sasuke no tenía un aspecto demasiado amistoso.
Incluso de puntillas, el hombre de menor edad apenas alcanzaba la estatura de Sasuke. Larry, por su parte, se marchó corriendo. Se comprende que decidió que lo mejor del compañerismo era la discreción.
—Sí, jefe —chilló Fitzy, que de pronto parecía más sobrio— Lo siento, jefe.
—Discúlpate con la señorita —Sasuke volvió a retorcerle la oreja para que me mirara, como si se tratara de una marioneta que se moviera a su antojo.
—Lo siento, señorita —tartamudeó— Se… Señora.
Sasuke volvió a colocarlo de forma que ambos volvieron a estar frente a frente.
—No volverás a hablar con ella —dijo entre dientes— Ni siquiera la mirarás. ¿Estamos?
—Sí, jefe.
—Si sales de aquí lo suficientemente rápido puede que el lunes por la mañana me haya olvidado de todo esto.
Cuando Sasuke lo soltó, Fitzy se fue tambaleando a los brazos de Larry con una mano sobre la oreja.
—Lo siento —se disculpó Sasuke.
—No pasa nada —Podía haber continuado la noche (y mi vida) lejos de aquella escena tan, pero que tan divertida. Y aunque era inevitable que tarde o temprano sucediera, no tenía ninguna necesidad de formar parte de ella. Me puse de pie y terminé lo que quedaba de mi copa— ¿Eres consciente de que podría haberme encargado de esos dos tipos yo sola?
—Es uno de nuestros empleados y, en cierta medida, esto podría considerarse como una reunión de trabajo. Muy a mi pesar, soy responsable de su comportamiento.
No me había convencido del todo.
—Sé que puedes cuidar de ti misma, Sakura.
«Mierda».
Ahora incluso mi padre nos estaba mirando. Lo que era un ejemplo excelente de por qué volver a estar entre toda esta gente era una idea nefasta. Incluso los que no habían estado presentes en la fiesta de mi decimoctavo cumpleaños habían oído hablar de lo que sucedió. Era una auténtica vergüenza.
Sasuke colocó una mano en la parte baja de mi espalda.
—¿Por qué no nos vamos? No tenemos por qué quedarnos.
—Pues sí.
Nos abrimos paso entre la multitud en dirección a mi padre.
—¿Ha pasado algo? —preguntó.
—No. Creo que estoy empezando a notar los efectos del viaje —le dije antes de darle un beso en la mejilla— Estoy deseando irme a dormir. Buenas noches, Shizune. Y gracias otra vez por lo de hoy.
Ella me agarró la mano y me dio un apretón.
—¿Seguro que estás bien?
—Absolutamente.
—¿La llevas a casa? —preguntó mi padre a Sasuke, que estaba parado detrás de mí.
—Sí —respondió él.
—Sakura, mañana quiero saber todo lo que piensas de Kankuro —ordenó Shizune.
Esbocé una sonrisa como respuesta. Mi padre volvió a mirarme con gesto interrogante. No se había creído lo que le había dicho. Después, miró a los hombres de la mesa.
—Ha llegado la hora de que terminen con la fiesta. Ya han tenido suficiente por esta noche.
—Buena idea —acordó Sasuke— Hasta mañana.
Con la mano que todavía tenía apoyada en la parte baja de mi espalda me guio hasta la salida. No debería haberme tocado. El calor que desprendía su piel traspasando la fina tela de mi blusa era demasiado inquietante. A mi mente acudieron con suma facilidad pensamientos sobre cómo sería sentir su tacto en otros lugares. Como sus dedos deslizándose por mi brazo hasta llegar a los míos para entrelazarlos con los suyos. Así como otras imágenes más pornográficas en las que no voy a entrar. Cuando se trataba de Sasuke, mi imaginación podía pasar de lo dulce a lo explícito en cuestión de segundos.
Aparte del sonido y las luces, la noche era tranquila. Por encima de nosotros voló un murciélago de la fruta como una sombra oscura sobre el cielo nocturno. El aparcamiento todavía estaba medio lleno a las diez de la noche.
Nos separamos al llegar a la parte trasera de su vehículo, una pick-up de cabina doble relativamente nueva. Y no, el hormigueo que sentía en la zona donde hasta hacía un instante había estado su mano no era debido a eso; seguro que me había salido una erupción o algo parecido. Los jeans fueron una bendición para subir al asiento del copiloto. En los asientos traseros había un montón de papeles, algunas herramientas y un par de prendas de ropa. Olía a serrín, un poco a tierra y a una pizca de colonia. Y puede que también a café.
El motor cobró vida y en la radio empezó a sonar Vance Joy. Me quedé contemplando el cielo.
—Me encanta esta canción.
—¿Sí? —Pareció complacido.
Había una cierta intimidad en estar encerrados en un habitáculo tan pequeño a oscuras; una sensación especial que me resultaba familiar y con la que me sentía cómoda. Tampoco era que el trayecto a casa nos fuera a llevar mucho tiempo. Dejamos atrás una tienda de regalos, una agencia de noticias, una farmacia y otros lugares similares. Al salir de la ciudad, de camino a la carretera, pasamos por un par de granjas de piñas y algunos campos de árboles frutales y embalses. Hacía más o menos una década que la mayoría de las grandes propiedades se habían vendido y divido para construir urbanizaciones. Fue una lástima. Mi padre se había comprado un terreno hacía quince años, fuera de la carretera principal, alejado del ruido y las prisas. Cuando Sasuke empezó a trabajar para él habló con una mujer que poseía otro terreno cerca, puesto que le encantaba la zona y ella no iba a hacer nada con él.
—Ya verás como enseguida se olvidan —dijo Sasuke cuando accedió al camino de entrada— Como si ellos no tuvieran nada de lo que arrepentirse.
—En realidad me da igual.
Aparcó el vehículo en el garaje adyacente a la casa.
—Cuidado al bajar.
—Tendré cuidado al bajar —sonreí— No hace falta que me trates como si fuera una niña.
—No te estoy tratando como a una niña; me preocupo por ti.
No supe qué decir.
—Tu padre me mataría si te haces el más mínimo rasguño estando a mi cargo.
—Claro. Aunque teniendo en cuenta que eres el hombre que me animaba a trepar por los árboles y a jugar al fútbol, no creo que le inquiete tanto.
Él se rio por lo bajo.
—Si crees que no le voy a demostrar a tu padre que estás a salvo conmigo hasta el final de los días, has malinterpretado la situación.
—Parece que suelo hacerlo a menudo. —Lo seguí por las escaleras de entrada— Pero dudo de que vaya a estar por aquí mucho tiempo, así que no hace falta que dediques tu vida a la causa.
Metió las llaves en la cerradura, abrió la puerta y encendió la luz.
—¿En serio no te interesa el trabajo?
—¿Quieres que diga que sí?
—Mmm —Lanzó la cartera y las llaves a la mesa del comedor— Después de toda esa charla de cerrar la puerta, parece que te preocupa muchísimo lo que pueda pensar.
—Ni siquiera me lo plantearía si no me quieres allí. Últimamente procuro no complicarte la vida. Por norma general.
Él apoyó el trasero sobre la mesa y me observó con interés.
—A ver, es lo lógico, ¿no? —continué, alzando las manos— Que tuvieras que verme todos los días en el trabajo te supondría un problema, no estarías cómodo… Y eso es lo último que quiero. A ninguno de los dos nos gustaría pasar por una situación así.
—Cierto. Pero no paso mucho tiempo en la oficina.
—Aun así…
Se cruzó de brazos y ladeó la cabeza.
—¿Y si no tengo ningún problema con que entres en la empresa?
—Entonces supongo que tendría que pensármelo.
No dijo nada.
—Da igual. Gracias por traerme a casa y por todo lo demás.
Indecisa, di un paso para dirigirme hacia la zona de la casa que ocupaba de forma temporal. Antaño, solía interpretarlo mejor. Predecir cuál era su estado de ánimo o tener una vaga idea de lo que le pasaba por la cabeza. Ahora, nada de nada.
—De nada —dijo él— Buenas noches.
—Buenas noches.
Pero ninguno de los dos nos movimos. Entonces él se llevó la mano a la nuca, se volvió y preguntó:
—¿Te apetece nadar un rato?
—Ah, sí. ¿Por qué no?
—Estupendo. Te veo abajo.
