N/T Nada me pertenece. Ésta es una traducción-adaptación del relato 'Awake' de la maravillosa escritora en lengua inglesa Theolyn. Si os animáis a leerla en su idioma original, encontraréis una docena de relatos suyos en FFN. Es mi pequeña aportación para que conozcáis sus magníficas historias, si os gusta, encontraréis otras dos traducidas en mi página, 'Patrimonio' y 'El Peso de la Memoria.'
Gracias por leer y espero que me perdonéis si no os parece perfecta, pues no soy una profesional de la traducción.
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Capítulo 1
La Dra. Hermione Granger, Doctora en Medicina, Maestra Sanadora, sacó el desgastado historial del paciente 0691 de su familiar hueco en su estantería de "pacientes con problemas." A lo largo de los años, muchos pacientes habían residido en ese lugar por un tiempo. A algunos los había curado. A algunos los había perdido. A algunos los había transferido de su cuidado. Pero ninguno había residido tanto tiempo en el limbo como éste. Y ahora, al fin, después de veinte frustrantes años, la hora de este paciente había llegado.
Hermione pasó dedos cuidadosos por el exterior de la carpeta, liberando los encantamientos de privacidad que guardaban todo lo de dentro sólo para sus ojos. Cuidadosa, meticulosamente, repasó sus notas, aunque en realidad, hacía tiempo que las sabía de memoria. Le gustaría pensar que cualquier paciente que acababa a su cuidado recibiría la misma cuidadosa consideración. Pero, sabía, que eso no era del todo cierto. Cada paciente era único, sí. Y prácticamente cada paciente era especial para alguien… pero este paciente, este paciente era especial para todos. Toda la especie mágica. Pero más que eso, era especial para ella. Era una pequeña diferencia, pero una fundamental.
Así que mientras se había obsesionado por muchos de los pacientes que habían encontrado su camino hasta su escritorio, había aplicado un estándar diferente de determinación a éste. Era esa determinación realmente, una vez hubo alcanzado el límite de lo que la magia podía proporcionarle, lo que la había llevado a internarse con giratiempo en el campo muggle de la neurociencia, complementando su Maestría en Sanación con un Doctorado en Medicina a la vieja usanza. Siete años sin dormir habían sido duros para su cuerpo, y asesinos para su ya fallido matrimonio, a pesar del obvio orgullo que Ron había demostrado por sus logros. Pero el resultado había merecido la pena. No en el caso del paciente 0691, por supuesto, al menos no todavía. Seguía dormido. Pero otros, muchos otros ahora, se habían beneficiado.
Hermione llegó a las lecturas de electroencefalograma del paciente. Había llevado un año de incesante campaña añadir esa inteligente máquina a su creciente batería de aparatos médicos muggles. Los fideicomisarios sólo habían aceptado una vez había desatado su opción nuclear: Harry Potter amenazando con avisar al Profeta que San Mungo no estaba intentándolo TODO para sanar al más grande héroe de la guerra de Dumbledore. Aflojaron los parsimoniosos cordones de su bolsa bastante fácilmente después de eso.
Estudió el gráfico de la primera lectura de EEG. Qué emocionante había sido ver al aparato confirmar su intuición médica. Esa mente brillante, acerba, estaba allí, todavía vital y viva, encerrada estrechamente bajo sus escudos oclumánticos, ocupada, pero inalcanzable como un comandante de misiles en un búnker de la guerra fría.
Las lecturas posteriores habían sido constantemente menos tranquilizadoras. Él estaba, creía Hermione, alejándose de ellos. Los períodos de actividad mental eran menores. Menos frecuentes. Menos frenéticos. Pronto, sospechaba, se habría marchado por completo, y la pálida carne de su cuerpo se convertiría en nada más que una concha vacía.
La idea de ello desataba desesperación en su vientre… bueno, se recordó con severidad, que el fin estuviera acercándose era donde residía su esperanza. Sería cuando pasara más allá de ellos que sus escudos fallarían.
Era tan frustrante, como absolutamente asombroso que sus defensas se hubieran mantenido tanto tiempo. Hermione consideraba un rotundo testimonio, de haber necesitado uno, del poder de su magia, y de la pura brillantez de su construcción, que sus escudos oclumánticos hubieran permanecido impenetrables durante tantos años. No era extraño que Voldemort hubiera sido incapaz de quebrarlos. Eran la perfección. O lo habían sido. Sólo ahora, al fin, justo cuando su mente estaba deslizándose lejos de ellos, la construcción había comenzado a fallar. Casi, casi, la había atravesado. Si hubiera estado un poco más descansada, un poco más cargada, un poco más en buena forma, podría haberlo logrado.
Así que esta vez, estaría preparada. Había dormido. Seis horas enteras; todo un logro para ella. Había tomado una comida entera, completa con los carbohidratos y grasas habitualmente evitados. Y se había contenido a tanto como un wingardium leviosa en toda la mañana. Sus baterías, físicas, mentales, y mágicas, estaban completamente cargadas.
Estaba tan preparada como estaba en su poder estarlo. Hoy. Hoy lo alcanzaría. Hoy, traería a Severus Snape a casa.
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Granger se metió el archivo bajo el brazo, un vial de poción en cada uno de los bolsillos de la bata, y se encaminó fuera de su despacho. Aunque estaba ansiosa por comenzar, todavía se tomó tiempo para saludar a cada medibruja y medimago junto a los que pasó. Una palabra aquí, un gesto allá, una gentil sugerencia cuando era necesaria; había trabajado largo y duro para convertir esta institución desfasada en un modelo de eficiencia, y no debilitaría la moral menospreciando a algún miembro de su personal. No merecían menos que lo mejor de ella. Incluso ahora.
Y así, aunque le llevó tres cuartos de hora llegar a su destino, no podía lamentarlo. Su lento tour había descubierto un error de procedimiento, tres éxitos moderados, y una interna que ahora estaba convencida debería ascender. Se encargaría de la promoción por la mañana. ¿Había logro mayor que observar crecer a alguien que habías criado?
Traer de regreso al paciente 0691. Sí. Eso.
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El pabellón C era tranquilo, decorado con sencillez, y hermoso. Daba al oeste, y por la tarde la luz del sol se derramaba a raudales. Afuera, una arboleda de laureles susurraba, prestando tanto aroma como sonido cada vez que los atravesaba la brisa. Era un pabellón antiguo, así que las habitaciones eran grandes, privadas, y enormemente deseadas. Sólo las familias más pudientes podían afrontar la sobrecarga recaudada en esta planta.
Difícilmente el lugar, de acuerdo con los fideicomisarios, para albergar un paciente en coma de larga duración. Había peleado y ganado esa guerra también. Aunque puede que Snape no fuera consciente de su entorno, Hermione lo era. Le gustaba la idea de que yacía en una habitación bañada de sol. Después de una vida pasada en frías mazmorras, parecía lo mínimo que podía hacer por él.
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Incluso para una Maestra Sanadora, la práctica de la legeremancia sin contacto visual era un asunto complicado. Requeriría el 100% de su concentración. Todos sus propios escudos y defensas necesitarían ser bajados por completo para que el procedimiento tuviera una pizca de éxito.
Aunque la guerra había terminado hacía mucho, Hermione era tan incapaz de operar sin protección como lo sería cualquier veterano, así que se tomó tiempo para proteger la puerta, la habitación y las ventanas con un hechizo de liberación rápida. Cualquiera de ellas se abriría con un simple pensamiento suyo, pero el encantamiento prevendría que entrara cualquier cosa menos poderosa que todo un regimiento de aurores.
A continuación, dejó con cuidado dos pociones sobre la mesilla de noche. Había una que esperaba administrar. ¿La otra? Bueno, él tenía derecho a ésa si lo decidía. Prefería esperar que no lo hiciera… pero la decisión era suya de todos modos.
Deslizó la robusta silla seis pulgadas más cerca del costado de su cama. Se alisó la túnica, y miró fijamente a su paciente. Con suerte, ésta sería la última vez que lo vería desocupado.
Antes de sentarse, acarició con una mano fría, profesional, su cabello recortado. Entonces, sorprendiéndose a sí misma, dejó caer un gentil beso en su frente.
"Suerte." Dijo, tanto para sí misma como para él. Entonces, se sentó, tomando la mano de él en la suya.
"Vamos, Profesor. Veamos si podemos encontrarlo esta vez."
