Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Capítulo 7

Hace ocho años.

—Sakura Margaret Haruno, ¿te has escapado?

—Puede —Sonreí— ¿Y tú cómo sabes mi nombre completo?

Sasuke se encogió de hombros.

—No lo sé, se lo debí de oír a tu padre alguna de las veces que se enfadó contigo.

—Tienes buena memoria.

Se sentó en un tronco frente a la fogata con un vaso de whisky en la mano. Detrás de él se extendía su nueva y humilde morada, un cobertizo que incluía una cocina y baño pequeños y que apenas le dejaba espacio para poco más que un futón y una televisión. Yo me habría vuelto un poco loca en un lugar tan diminuto. Pero Sasuke consideró que era suficiente para vivir mientras ahorraba dinero y construía la casa de sus sueños.

—Por cierto, será mejor que le digas a tu padre que estás aquí.

—Pero si estoy enfrente —Me senté a su lado, intentando ponerme cómoda sin que se me clavara alguna astilla. Puede que haber ido con unos pantalones cortos de pijama y una camiseta de tirantes no hubiera sido la mejor idea del mundo— Además, cuando me marché, estaba roncando tan fuerte que el tejado temblaba. Me he traído el teléfono, por si se despierta. No te preocupes.

—Mmm.

—Estamos en pleno verano, ¿para qué necesitas un fuego?

—Por la atmósfera.

Me percaté del aire un tanto bobalicón de su sonrisa. Así como de la relajación que mostraba su rostro y sus ojos aletargados.

—¿Estás borracho? —pregunté, bastante asombrada.

—Me he tomado un par de vasos.

—¿Sabes? Creo que es la primera vez que te veo afectado por el alcohol.

Sasuke resopló.

—Pero si me has visto beber antes.

—Sí, pero no tan borracho.

—No lo estoy,

—Entonces, ¿por qué estás a punto de caerte del tronco?

Echó el trasero hacia delante y me miró serio. Como si hubiera sido yo la que había movido el tronco o algo parecido. Imbécil.

Me volví un poco para que no se diera cuenta de que estaba sonriendo.

—Así que mi vecino.

—Es verdad, somos vecinos —dijo con una sonrisa de oreja a oreja— Es estupendo, ¿verdad?

—Sí.

—Siempre me gustaron las hogueras e ir de acampada —dijo, retomando el tema anterior como suelen hacer los borrachos— Fuimos un par de veces antes de que mi madre se pusiera enferma. Mi padre, para variar, se quitaba el palo que siempre llevaba metido en el trasero y se relajaba un rato. Pescábamos un poco. Y hacíamos excursiones.

—Suena bien. Pero pescar es asqueroso.

—Entonces lo tacharé de la lista de cosas que tenemos pendientes de hacer.

—Bien —Me quedé mirando las llamas, perdiéndome en ellas— No sé cómo eres capaz de atravesar con un anzuelo a un pobre e inocente gusano.

—Oh, no. A ellos les encanta. Es como si les dieran un masaje.

—No creo —Me eché a reír— ¿Sabes? Si estuviera aquí en invierno podríamos asar malvaviscos, cocinar salchichas y cosas parecidas.

—También podemos hacerlas en verano. Mañana traeré comida.

—¡Bien! —exclamé— Adivina cómo me he escapado.

—Mierda. ¿Qué hiciste?

—Bajé por el árbol que está junto a la ventana de mi habitación. Como un ninja.

—Como te caigas y te rompas algo, tu padre me mata.

—No seas tonto —Le revolví el cabello oscuro. Era grueso y sedoso. Me encantaba— Estaría demasiado ocupado colocando barrotes en mi ventana.

—Cierto —Me quitó la mano— No me fastidies el peinado, pequeña.

Volví a reírme.

—Venga ya. Pero si no tienes ningún peinado.

Recibí un gruñido como respuesta.

—Entonces, ¿no hay ninguna chica de esas que dices que solo son tus amigas con la que sentarte alrededor de la fogata?

Sasuke soltó un suspiro.

—Antes estuve en una fiesta, pero me apetecía pasar un rato solo.

—¿Quieres que me vaya?

—No, no. No me molestas.

Me dio unas palmaditas en la rodilla. Pero entonces pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo y retiró la mano a la velocidad del rayo. Vaya. Solo había sido un gesto de camaradería, sin ninguna connotación sexual. Anda que no estaba siendo prudente.

—No habrás conducido tu propio vehículo en el estado en el que estás —quise saber.

—Por supuesto que no. Me trajo un amigo.

Me puse a pensar en lo que acababa de decir.

—Me acabo de dar cuenta de que conozco a alguna de esas chicas que dices que son tus amigas, pero que nunca me has presentado a ninguno de tus amigos que de verdad son amigos.

—¿Qué narices acabas de decir?

—Ya sabes a lo que me refiero.

Bebió otro poco más de whisky. Johnnie Walker. Olía fatal.

—Sakura, eso es porque eres una jovencita de diecisiete años y casi todos ellos son una panda de capullos mucho mayores que tú. Nada recomendables para ti.

—Qué tontería. Seguro que son majos.

—No voy a arriesgarme —sentenció él.

—Supongo que necesitas pasar un rato lejos de mí, aparte del trabajo y las horas de sueño.

—Sí, eso también —se rio él.

Le di un codazo en las costillas, propiciando que casi volviera a caerse del tronco. Apenas mantenía el equilibrio. Estaba claro que había bebido mucho.

—En realidad son buenos tipos —dijo al cabo de unos segundos— Algunos son estupendos. Pero tú eres…

—¿Solo una cría?

—Iba a decir joven y guapa. No es que crea que vayan a tirarte los tejos —Frunció el ceño— Pero puede que después de unas cuantas cervezas dejaran de verte como la hija del jefe.

—Bueno, eso no es justo —me quejé— Ebrios o sobrios, ellos son los únicos responsables de sus actos y de cómo tratan a la gente. No yo.

—Lo sé. Pero es preferible evitar cualquier problema, ¿de acuerdo?

No dije nada.

—Puedes ir a beber a casa con amigos de tu misma edad. Dentro de uno o dos años. No tengas prisa por eso. Aunque también puedes pasártelo bien sin necesidad de emborracharte —continuó— ¿Sabes? Quizás estaría bien que te divirtieras sin probar ni una gota de alcohol.

—Sasuke, ¿de verdad crees que soy guapa?

Su ceño se pronunció aún más.

—¿Cómo? Sí, por supuesto que lo eres. Al menos para mí.

—Gracias. Yo también creo que eres guapo —dije. Oh, Dios mío. El corazón estuvo a punto de salírseme del pecho— ¿Puedo dar un sorbo? Nunca he probado el whisky.

—Ni de coña.

—De acuerdo.

Sábado… en la actualidad.

—Buenos días.

—Sí —dije yo.

Y con esa única palabra le lancé mi mirada más sospechosa. Se la había ganado. Después de las palabras que me había dedicado la noche anterior, no venía a cuento que estuviera de pie en la cocina, con solo un pantalón de pijama de color gris claro, una manopla para horno de rayas azules y blancas en una mano y una sonrisa en los labios. Me daba igual a quién perteneciera aquella casa, esa sonrisa tenía que desaparecer. Y también podía haberse puesto una camiseta. Como si necesitara seguir viendo aquel vientre plano, los pectorales y el resto del envoltorio. Por el amor de Dios. Someterme a los pezones de aquel hombre antes del mediodía era pedir demasiado. Ni tampoco debería ser bueno considerar que el vello en las axilas era atractivo.

Estaba claro que algo andaba bastante mal dentro de mí.

—Tienes una cara muy rara —dijo él.

—No es cierto.

—Está bien. Bueno, toma asiento —Señaló con la espátula los taburetes que había al lado de la encimera de la cocina— ¿Café?

—No, gracias.

—Con leche y sin azúcar, ¿verdad?

—No hace falta, en serio. Shizune debe de estar esperándome.

La sonrisa por fin se esfumó.

—Pequeña…

—Hoy tenemos que hacer muchas cosas —Me volví— Será mejor que me vaya.

—Tienes que comer y sabes que no eres persona sin un café.

Mmm. En eso tenía razón.

—Siéntate. Por favor —insistió.

Decirle que no era más difícil de lo que parecía.

—Está bien.

Respire hondo unas cuantas veces antes de dejar sobre la mesa del comedor el vestido que llevaría puesto para la boda junto con los zapatos, el bolso y el neceser con el maquillaje. Después me subí a un taburete y él colocó delante de mí una taza llena de bendita cafeína.

—¿Te apetecen unas tortitas? —preguntó.

—Unas tortitas me vendrían estupendamente. Gracias.

Hizo un gesto de asentimiento.

—¿Qué planes tenéis para hoy?

Primero me bebí una buena parte del café porque lo necesitaba.

—La gente que se va a encargar de peinar y maquillar a Shizune llegará en breve. Un selecto grupo de personas más cercanas nos vamos a arreglar juntas. Por lo visto solo mujeres.

—Bien —Sonrió antes de seguir cocinando— Para Shizune un selecto grupo pueden ser unas cien. Estate preparada.

Antes de darme cuenta tenía frente a mí un plato con tortitas, compota de frutos del bosque y requesón y cubiertos envueltos en una servilleta. Desde luego, se le daba de lujo hacer la pelota, aunque no tenía ni idea de por qué se molestaba. Me había dejado bastante claro lo que pensaba de mí la noche anterior.

—Deberías haber sido chef —dije a modo de pulla.

Sasuke hizo un gesto de negación con la cabeza.

—Demasiado estresante. ¿No te has fijado en lo que se gritan los unos a los otros y los berrinches que tienen en ese tipo de programas?

—¿Acaso el trabajo que tienes ahora es de una relajación absoluta?

—No es tan malo. Es cierto que estoy más ocupado desde que me hice socio, pero me gusta. Y es lo que mejor se me da.

—¿Nunca has pensado en independizarte, en crear tu propia empresa?

—Sí, pero… Me gusta trabajar con tu padre y formar parte de algo más grande. Siento que pertenezco a un lugar, ¿me entiendes?

Asentí mientras me llevaba un trozo de comida a la boca. Cualquier cosa que me impidiera conversar sería bienvenida. Estaba muy enfadada con él. Ese era el problema con Sasuke y conmigo. Que me importaba. Quería saber lo que pensaba, cómo se sentía. Era algo que me salía de forma natural. Y me estaba resultando tremendamente difícil expresar mi ira no haciéndole caso. Además, me moría por saber cosas de él. Era lo que tenía haberme pasado siete años sin tener una sola palabra de él. Más me valía clavar la vista en la comida y tener la boca ocupada masticando.

—¿Está rico?

Tomé otro sorbo de café.

—Ya sabes que me gusta como cocinas.

—Solo quería cerciorarme.

Silencio.

No se sentó en el taburete que había al lado, sino que escogió el que tenía enfrente de mí. Necesitaba uno de esos antifaces de dormir o algo similar. Un biombo. Cualquier cosa que me distrajera de ese cuerpo medio desnudo. Lo primero que iba a hacer cuando regresara a Sídney sería acostarme con alguien. Con cualquiera. Solo porque no me hubiera funcionado antes no significaba que no lo fuera a hacer ahora. Sí, si atendíamos a las estadísticas, era poco probable que fuera a ayudarme, pero no perdía nada por intentarlo. Una amiga de la universidad tenía una fe absoluta en los penes. Decía que siempre la animaban cuando lo necesitaba. Y teniendo en cuenta que estudió Medicina, algo debía de saber.

—¿En qué piensas? —preguntó Sasuke.

—En nada.

—Tonterías, tu cabeza nunca está en silencio.

Se llevó a la boca un trozo de tortita y requesón. Incluso su forma de comer era varonil, con esa mandíbula moviéndose decidida y los labios cerrados. Tampoco era que me imaginara que había muchas otras maneras de hacerlo. Pero, por alguna extraña razón, cuando era él el que lo hacía, quería mirar. Qué cosa más rara. Y no voy a empezar a hablar de lo cachonda que me ponía ese cuello tan fuerte.

—Parece como si te estuviera doliendo algo —dijo.

—Sí, la cabeza —mentí yo— Seguramente por el vino de anoche.

Sin decir ni una palabra, se levantó y me trajo un vaso de agua y unas aspirinas. Le ofrecí una breve sonrisa de agradecimiento y me tomé dos. Tendría que haber salido disparada por la puerta en cuanto lo vi. Hubiera sido lo más inteligente. Había creído que regresar, que volver a verlo, me ayudaría a resolver algunos problemas del pasado, pero lo único que había conseguido era que ahora me sentía un poco deprimida. Al día siguiente, por la mañana bien temprano, metería mi equipaje en el maletero y me marcharía antes de que le diera tiempo a levantarse. No sería un gesto cobarde y grosero, sería una jugada inteligente. Sí, tenía un plan.

—Come más despacio. Si sigues tragando así de deprisa te vas a poner mala.

—No soy una niña. Puedo decidir perfectamente la velocidad a la que quiero comer.

—Ya me he dado cuenta.

—¿Ah, sí? —pregunté realmente interesada.

Teniendo en cuenta la forma como había actuado, no tenía ni puta idea. Bien podía volver a tener dieciséis años, con él todo el rato advirtiéndome sobre esto y lo otro. Recordándome que tenía que ponerme un sombrero y no leer y andar al mismo tiempo para no chocarme con ningún poste. Como si aquello hubiera pasado más de dos veces como máximo.

—Sí —repuso en voz baja— Puedo llamar a Shizune y decirle que llegas tarde por mi culpa, si eso te ayuda a ir con más calma.

—No. No pasa nada.

—Entiendo —Dejó los cubiertos en la mesa, con la mandíbula tensa— Estás comiendo así de rápido porque no quieres estar cerca de mí.

Me quedé callada.

—Sakura… —soltó un suspiro.

—Mira, hoy tengo un montón de cosas en la cabeza —dije, cortando por lo sano— ¿Podemos, por favor, dejarlo estar? —Me miró claramente desdichado. Casi me dio pena. «Casi»— Por favor —repetí.

—En algún momento tendremos que hablar —¿Para que me dijera todo lo que le viniera en gana? De ningún modo— Lo que dije anoche… Mira, simplemente no quiero que vuelvas a marcharte pensando que te odio.

—No pienso eso.

Aunque de alguna manera sí lo pensaba. También creía que tenía un cincuenta y un por ciento de gilipollas. Pero qué le íbamos a hacer. Estaba claro que ni él ni su pésimo carácter formarían parte de mi vida en el futuro. Así que, allá él.

—Hablaremos más tarde. Después de la boda.

Se frotó la nuca como si también tuviera dolor de cabeza. Solo que el suyo sí era real.

—De acuerdo —Asentí con la cabeza para enfatizar la mentira— Después de la boda me parece bien.

La ceremonia fue preciosa. A mi padre se le veía inmensamente feliz y orgulloso con su esmoquin. Y Shizune llevaba un vestido blanco con los hombros al descubierto con un drapeado de ensueño. Habían contratado un restaurante en las colinas, con una terraza trasera con vistas que se extendían hasta el océano. Pronunciaron sus votos a la puesta de sol. Habíamos hecho todas las fotos posibles antes, así que pudimos relajarnos y disfrutar de la ceremonia. La luz roja y dorada fue desvaneciéndose poco a poco hasta dar paso a los violetas y azules. Los faroles se encendieron cuando se pudo ver la primera estrella. Los dacelos y otras aves de la zona se volvieron locas.

A Sasuke daba asco verlo con su elegante traje negro. Si es que «asco» podía usarse para describir la perfección masculina personificada. Qué capullo. Casi me entraron ganas de hacer como los perros y ponerme a montarle una pierna, como me sugirió Karin en una ocasión. Llevaba el pelo peinado hacia atrás, con un moderno estilo Pompadour que le sentaba demasiado bien. No había rastro de su barba de tres días: iba todo afeitado y lucía una sonrisa divertida. Hasta podía decirse que estaba feliz de verdad por mi padre y que le hacía gracia la sonrisa bobalicona de loco enamorado que tenía el viejo.

Por mucho que no quisiera mirarlo, mis ojos siempre terminaban clavados en Sasuke.

—Aquí tienes —dijo Kankuro, el invitado no tan de sorpresa. Shizune se saldría con la suya. Me sonrió mientras me pasaba un vaso— Gin-tonic, ¿verdad?

—Sí, perfecto, gracias.

—Te importa si… —Hizo un gesto hacia la multitud.

—Por supuesto, estoy bien aquí.

—Entonces vuelvo dentro de un minuto.

El apuesto artista se dirigió hasta los invitados para saludar a alguien que conocía. Seguro que Shizune le había pedido que estuviera pendiente de mí. Le habría dicho que no conocía a nadie y solo Dios sabía qué otras tristes historias para mantenerlo pegado a mi lado. Desde luego que el hombre me gustaba, pero no estaba buscando tener una cita.

Los camareros iban de un lado a otro con bandejas llenas de aperitivos. Mi favorito, el queso de cabra envuelto en jamón. Aunque en realidad todos los pinchos estaban buenos: tartaletas de aceitunas, rollitos en papel de arroz, todos.

—Bonita ceremonia —dijo Tayuya.

—Sí. —Me limité a sonreír.

No podía hablar y comer al mismo tiempo. Hubiera sido muy vulgar por mi parte.

Tayuya, por su parte, hacía que todo el mundo volviera la cabeza hacia ella con su vestido tipo combinación beis. Para que luego hablaran de alfombras rojas… aunque tampoco era que yo no fuera arreglada. El vestido fit & flare estilo años cuarenta azul marino con flores blancas sacaba el máximo provecho a mi figura. El equipo de estilistas de Shizune me había recogido el pelo formando una cascada de elegantes rizos, y el brillo de labios que llevaba podía eclipsar a los mejores. Incluso me había dejado los ahorros de Navidad en un par de sandalias Havana Forties de Loubotin. No se podía negar que el conjunto infundía toda la seguridad en mí misma que necesitaba. En la tienda me había sentido poseída por el espíritu de Ava Gadner en todo su esplendor. Sin embargo, al lado del atractivo natural de Tayuya me sentía más como una cría jugando a los disfraces.

—¿Qué tal está yendo tu visita? —preguntó ella.

—Bien, gracias.

—Sasuke me dijo que eres licenciada.

—Sí, me gradué en Humanidades.

—Ah —No se volvió con la suficiente rapidez como para ocultar la sonrisa que esbozó— ¿Y te ha servido de mucho?

—Sí, por increíble que parezca.

Me miró sin parecer muy convencida.

—Estupendo.

No le dije nada.

—Tenía la esperanza de que coincidiéramos para tener una charla de chicas.

Aquello no tenía buena pinta.

—Supongo que conoces a Sasuke desde hace tiempo —continuó con una sonrisa que no me inspiró la más mínima confianza. Tenía los dientes demasiado brillantes. Seguro que eran coronas— Como él trabajaba para tu padre y todo eso, me dijo que érais muy amigos.

«Érais».

Me sentí un poco dolida.

—Mmm.

Ella hizo un gesto de asentimiento y bebió un sorbo de champán.

—Llevamos saliendo desde hace tiempo, pero Sasuke es un poco reservado, como estoy segura de que sabes. Cuando le llamo la atención sobre ese detalle, no le sienta nada bien. Dice que habla contigo y con tu padre.

—¿Ah, sí?

—Sí. Así que me preguntaba si podrías ayudarme. Le tengo mucho cariño. Pero hay muchos asuntos de los que nunca quiere hablar y no tengo ni idea por qué —Se acercó un poco más, con una sonrisa aún más ancha. Mis niveles de confianza hacia ella descendieron por debajo de cero. Se echó su brillante pelo rojo sobre un hombro— Por ejemplo, apenas habla de su familia. ¿Sabes algo de ellos?

—Tayuya…

—No es que no esté contenta con nuestra relación —prosiguió con un tono demasiado distendido para el asunto que estábamos tratando— Es una compañía maravillosa y muy bueno en… cómo decirlo… a la hora de satisfacer las necesidades de una mujer. Ya sabes a lo que me refiero.

—Sí.

Por el amor de Dios. No estaba siendo precisamente sutil.

—Pero me gustaría conocerlo mejor, ¿me entiendes?

—Por favor, para. Para ya —Vi como abría la boca, pero ninguna palabra salió de ella— Tayuya, sea cual sea vuestra relación, Sasuke es el único que debe decidir lo que quiere contarte o no sobre su vida.

—Oh, por supuesto —Se lamió los labios. Se había puesto roja de vergüenza— Jamás se me ocurriría sugerir que traicionaras su confianza.

¿Una charla de chicas? Ja.

En serio, era increíble pensar que Sasuke hubiera conseguido que una mujer que parecía tan segura de sí misma, tan capaz de llevar el control, pudiera rebajarse a usar una excusa tan patética como aquella para intentar manipular a otra. Los hombres eran un asco. Aunque todavía eran peores los asuntos del corazón.

—Perdona, pero tengo que… sí.

Conseguí zafarme de ella de una forma un tanto burda, escondiéndome dentro del restaurante. Me fije en los manteles de lino blanco llenos de cubiertos de plata relucientes y con unos centros consistentes en macetas con orquídeas. Me alivió comprobar que no había ninguna tarjeta con los nombres de los comensales. Lo último que necesitaba era que me hubieran sentado al lado de Tayuya para compartir más charlas de chicas. Esa noche ya había agotado mi cupo de sentirme incómoda.

De pronto me sentí furiosa por dentro. Por muy triste que fuera haber perdido a una madre a tan temprana edad y tener como padre a un soberano imbécil, Sasuke también tenía su parte de culpa por ser un atrofiado emocional. Por mostrarse siempre tan cerrado. Aunque yo tampoco era la más indicada para hablar. No tenía unas relaciones de lo más exitosas. Durante años, mi madre se negó a hablar de mi padre. Cualquier pregunta al respecto era como hablar con una pared e inmediatamente después cambiaba de tema. En cuanto a mi padre, o pronunciaba el nombre de mi madre con un tono que destilaba condena, o se enfadaba y se marchaba. Ninguno de los dos había sido un ejemplo de amor y perdón. ¿Pero al final no llegabas a una edad en la que tenías que hacerte cargo de tu propia mierda? Todo el mundo tenía su propio bagaje emocional. Aunque creo que la mayor parte del tiempo logré dejarlo en un lugar bien guardado y no permití que interfiriera en mi vida. Era evidente que todavía no había conocido al hombre adecuado. Así de sencillo. Algún día aparecería mi príncipe azul y me olvidaría de que Sasuke alguna vez existió. Dejaría atrás la forma en la que conseguía que mi corazón se acelerara y mis rodillas se doblaran con una sola mirada. Sí, mi príncipe y yo tendríamos unas relaciones sexuales increíbles y no cruzaría por mi mente ni un solo pensamiento de otro hombre. Mantendríamos el tipo de conversaciones que duran hasta el amanecer, en las que el tiempo dejaba de existir y el mundo exterior se desvanecía, y simplemente desnudaríamos nuestras almas el uno al otro. Además, cualquier pelea ocasional se resolvería de inmediato y para satisfacción de ambos. Ni siquiera podrían llamarse «peleas», sino más bien «ligeros desacuerdos sin sentido». Del tipo de «no has cerrado la pasta de dientes». Por supuesto, jamás de los jamases serían del estilo de «no has bajado la tapa del inodoro», porque eso era una marranada.

Dios bendito. Aquello empezaba a sonar como un cuento de hadas. Debería hacer que Karin me echara un vistazo, no fuera a ser que estuviera delirando de verdad. Mientras tanto, me quedaría allí, de pie, tomando profundas y calmantes bocanadas de aire aunque todavía quisiera golpear a alguien. Desde luego, esa no era la forma en la que quería celebrar la boda de mi padre. Puto Sasuke.

—¿Te encuentras bien? —preguntó el susodicho, que salía del pasillo trasero que llevaba al baño.

Con ese traje estaba guapo como el pecado. Quería agarrarlo por la corbata y hacer cosas muy malas con él. De esas sudorosas y enfadadas para quitarme de encima todo el malhumor y el dolor que sentía en el corazón.

—Solo he tenido una pequeña conversación con tu chica, de esas de amigas.

Sasuke me miró confundido.

—¿Qué?

—Con Tayuya. Es obvio, ¿no?

—¿Qué pasa con ella?

—Le dijiste que hablas con mi padre y conmigo de tus cosas.

Apartó la mirada.

—Puede que lo hiciera.

—Vaya una forma de meterme en medio de tu pseudorrelación.

Me miró como si fuera yo la que estaba loca. Lo que avivó aún más mi furia.

—De hecho, es curioso, pero lo que dijo me aclaró algunas cosas —Descansé la mano en el respaldo de la silla, con el gin-tonic todavía disponible— En ese momento estaba a salvo, ¿verdad? Por eso hablabas conmigo, porque no te involucrabas emocionalmente cuando te sincerabas conmigo. Al fin y al cabo, yo solo era una cría.

Él ladeó la cabeza.

—¿Y se supone que tengo que saber a lo que te refieres?

—Oh, creo que puedes resolverlo si lo intentas. —Sonreí— Aunque no voy a dejarte en la inopia. Tayuya sentía curiosidad por ti y creyó que yo respondería a algunas preguntas sobre tu pasado.

Madre mía. Ahora fruncía tanto el ceño que creí que se le juntarían las cejas.

—Qué solo debes de sentirte —continué— Pasas el rato con todas esas mujeres pero nunca te abres a ninguna de ellas.

—Sakura…

—Por eso perdiste los papeles cuando hablamos la otra noche.

—No sé de qué estás hablando.

—Y por eso ayer te portaste conmigo como un gilipollas y esta mañana me has preparado esas tortitas cargadas de remordimiento —Lo miré con los ojos entrecerrados, juntando todas las piezas del rompecabezas— Eres incapaz de decidirte, ¿verdad? Eres una contradicción en ti mismo. Por una parte, una mujer adulta ha logrado colarse detrás de tu muro y no te ha gustado. Porque podría significar algo, ahora, conmigo, podría ser real.

—Tonterías.

—Pero por otra, me echaste de menos, del mismo modo que yo te eché de menos a ti —Incliné la cabeza de un lado a otro— Si hasta te escribí alguno de esos poemas malos.

—¿Has terminado? —Se volvió hacia las ventanas y se apretó el nudo de la corbata negra—. Deberíamos volver.

—Solía estar a salvo, pero ahora no.

Se enderezó, echando los hombros hacia atrás, con la mirada fija.

—Aunque la conexión que compartíamos todavía sigue ahí —dije con una sonrisa— Oh, no. Eso rompe todas tus reglas de no involucrarse emocionalmente. Las alarmas en tu cabeza deben de estar sonando a todo volumen. ¿Qué vas a hacer, Sasuke?

—Regresar a la puta fiesta —murmuró— Tú haz lo que quieras.

—Está bien.

Se marchó con elegante rapidez. Me sentí un poco emocionada al verlo huyendo, entendiéndolo. Al menos un poco. Quizá no debería haberme alegrado tanto por haberle puesto de mal humor. Aunque, en términos generales, parecía vivir en ese perpetuo estado de ánimo.

De lo que no me arrepentí en absoluto fue de haber traicionado a Tayuya. En primer lugar, ella no tendría que haberme puesto en esa tesitura.

—Te odio.

—Si te soy sincera, tú tampoco eres una de mis personas favoritas —dije yo.

Estaban los borrachos felices, los borrachos que se movían dando tumbos, los borrachos a los que les daba por llorar y luego, por lo visto, también estaban los borrachos como Tayuya.

En su mayor parte taciturnos y resentidos. Estaba claro que de su boca no iba a salir ningún «te quiero, amiga». Estaba sentada languideciendo en un rincón con un vaso de Chardonnay en la mano y el maquillaje impecable (solo Dios sabía cómo se las apañaba para conseguirlo).

—Me ha dicho que no quiere volver a verme —dijo, arrastrando las palabras.

Mantuve la boca cerrada.

—Le has dicho que estaba cotilleando para que nos peleáramos. Reconócelo.

—Tayuya, eso lo has conseguido tú sola, sin la ayuda de nadie —señalé yo— Tal vez la próxima vez te lo pienses dos veces antes de intentar sonsacar información personal sobre tu novio a una completa desconocida. Es un comportamiento bastante chungo.

Casi no me sentía culpable. Casi.

Me coloqué delante de ella para taparla al resto de la estancia. No había necesidad de que vieran el estado de embriaguez en el que estaba. Tampoco la culpaba. Sabía de primera mano lo que se sentía cuando Sasuke te relegaba al olvido.

Dolía.

Ya habíamos terminado de cenar y se habían pronunciado todos los discursos posibles. Shizune y mi padre estaban en la pista de baile, con la mayoría de los invitados, dándolo todo en una especie de discoteca retro. Sasuke estaba bailando con una de las hermanas de Shizune. Entre tanto, mi cita y algunos otros compañeros de trabajo estaban bebiendo y conversando en una de las mesas. Estaba segura de que Kankuro había ido a la boda más por los posibles contactos que pudiera obtener que por colarse en mis bragas.

Algo que en realidad me parecía bien.

Tayuya se puso recta e hizo todo lo posible por parecer que no estaba borracha.

—Era una conversación privada. No tenías por qué irle con el cuento.

—Oh, por favor. Te pasaste de la raya y lo sabes —dije yo— Invadiste su privacidad y me pusiste en una tesitura de mierda —Me enfrenté a su ceño fruncido haciendo lo propio— ¿Querías saber cosas de él? Bien, pues aquí tienes: es un cascarrabias hijo de puta que se niega a abrirse a nadie y que además es rencoroso como él solo.

Tayuya hizo un mohín.

—Quiero irme a casa.

—Me parece bien. —Desde luego, era lo mejor. A nadie le apetecía recordar la boda de mi padre y Shizune como la fiesta que terminó con una pelea de borrachos en medio de la pista de baile. Su día tenía que ser perfecto. Lleno de felicidad y amor— ¿Quieres que llame a un taxi?

—He venido en mi automóvil. —Arrugó la frente— Creo que me he metido en un pequeño lío.

Mierda. Tendría que hacer que Sasuke se ocupara de ella. Sería lo justo. Pero me di cuenta de que las probabilidades de sacarlo de la pista de baile sin alarmar a mi padre y a Shizune eran más bien nulas. Y también quería evitar que alguno de los dos se recriminara aún más cosas.

—Muy bien —anuncié— Te llevaré a casa.

—¡No vas a conducir mi Lexus!

—Bueno, pues eso o llamar a un taxi para que te lleve a casa y mañana llamar a otro para venir a recoger tu vehículo.

—¿Y cómo volverás tú?

Solté un suspiro de resignación.

—Pediré un taxi desde tu casa.

Miró por los ventanales que iban desde el suelo hasta el techo y contempló la oscuridad.

—Bueno, supongo que, teniendo en cuenta las circunstancias, es lo menos que puedes hacer.

Me mordí la lengua.

Tayuya tenía razón, a pesar de que se había pasado un montón con ese intento de manipularme y que yo tenía todo el derecho del mundo de ir a quejarme a Sasuke. Pero lo cierto era que, de haber sabido que el capullo le daría la patada, habría mantenido mi estúpida boca cerrada.

—¿Nos vamos o qué? —Cuanto antes dejara todo esto atrás mejor.

—Sí, sí —dijo ella antes de ponerse de pie a trompicones. Después mantuvo la cabeza alta— Hablaré con Sasuke cuando esté en condiciones y preparada para hacerlo.

—Ajá.

—Entrará en razón. Hacemos una pareja estupenda —continuó mientras escoltaba su borracho trasero hasta la salida del restaurante con una sutileza exquisita.

Con un poco de suerte, los recién casados estarían demasiado ocupados para percatarse de mi ausencia. No me apetecía irme, pero ni loca quería arriesgarme a que Tayuya montara un numerito. Más tarde mandaría un mensaje a mi padre y a Shizune inventándome alguna excusa. Lo más probable era que a Kankuro no le importara. A Sasuke desde luego que no. Si estaba furioso con Tayuya, seguro que también tenía su parte para mí. Y en general ya había superado la confusión emocional que me producía tratar con él. Sí, estaba harta.

Me había gustado pasar unos días con mi padre y conocer a Shizune. Pero la verdad era que a todos nos iría mucho mejor si al día siguiente me metía cuanto antes en mi automóvil y me largaba de allí.