Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Capítulo 8

Hace siete años…

—¿«Reina Sakura»? —pregunté, alzando las cejas.

—¿Qué? ¿No te gusta? Lo he hecho yo mismo. Incluso dibujé esas pequeñas estrellas de ahí, ¿las ves? —Sasuke me rodeó con su fuerte brazo, bajando el vergonzoso cartel con el que me había estado esperando. Menos mal— Me alegro de volver a verte, pequeña.

—Yo también.

—Aunque con retraso, felices dieciocho.

Me dio un beso en la mejilla. Habría preferido uno en la boca, pero a falta de pan, buenas eran las tortas.

—Gracias —Sonreí— ¿Está mi padre en el trabajo?

—Ah, sí. Estaba liado con un asunto, así que le dije que te recogería yo. ¿Te parece bien?

—Por supuesto.

La gente pasaba a nuestro lado empujándonos; la zona de llegadas del aeropuerto estaba atestada, ya que las universidades y colegios estaban en plenas vacaciones de verano. Tiré hacia abajo del borde de mi camiseta para taparme el vientre. El primer año de universidad había traído una buena cantidad de fiestas, con los consiguientes atracones de comida. Era bastante común, aunque no impedía que me sintiera acomplejada frente a él, lo que me daba mucha rabia. Por lo menos ahora podía llenar un bikini. Todo tiene su lado bueno, incluso la celulitis en el trasero.

Una mujer pasó por delante de nosotros y se comió a Sasuke con los ojos. Me sorprendió que no se hiciera un esguince cervical. ¡Por Dios! Me agarré a su brazo y le ofrecí la más cálida de mis sonrisas. Esperaba que pareciéramos dos amantes que acaban de volver a verse. Como si Sasuke fuera todo mío.

Una podía soñar.

—Vamos a recoger tu maleta —dijo él, guiándome a través de la multitud hacia la cinta de equipaje— ¿La has cargado mucho este año? Espero no romperme la espalda.

—Yo te veo muy fuerte.

El muy payaso flexionó los bíceps con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Qué? ¿Te refieres a estas armas? ¿Te parecen aceptables?

—Oh, por favor, no los llames «armas».

—¿No te gustan?

—Ni lo más mínimo.

Se echó a reír.

—Bueno… —Me acurruqué contra él— Ahora tengo dieciocho años. Soy una adulta en toda regla. Ya no puedes volver a dejarme cuando te vayas de juerga los sábados por la noche.

Abrió los ojos sorprendido.

—Sí puedo.

—No. Voy a ir contigo.

—De ningún modo —dijo— Olvídate de eso.

—¿Por qué no?

—Para empezar, porque tu padre me mataría —Me miró de arriba abajo. Cuando llegó a la zona de mi pecho frunció el ceño e hizo un gesto de negación con la cabeza— No vas a venir. Tendría que pasarme toda la noche quitándote de encima a los moscones.

Oh, venga ya.

—No lo harías.

—Sí lo haría—sentenció él— Te quedarás en casa, pasando tiempo con tu padre. Por eso has venido.

—Oh, vamos. Sabes que trabaja las veinticuatro horas del día.

—La respuesta sigue siendo «no».

—Quéjate todo lo que quieras, Sasuke —dije con una amplia sonrisa— Pero este año las cosas van a cambiar.

Sábado por la noche… en la actualidad.

Cuando regresé a medianoche vi que en la casa de mi padre había luces y se oía música. Supuse que en el restaurante habrían terminado echándolos.

Por mi parte, no solo me había quedado prácticamente sin un centavo, sino que estaba agotada. Tayuya vivía en una lujosa torre de apartamentos en Noosa, a casi una hora de la costa. Menuda sorpresa, nada agradable, que me llevé cuando me enteré. Y teniendo en cuenta que era sábado por la noche, me había pasado un buen rato esperando un taxi. Un taxi cuyo trayecto había sido el más caro de toda mi vida.

Había cumplido mi penitencia. Cualquier atisbo de culpa que me quedara por haberle contado a Sasuke lo del intento de fisgoneo de Tayuya había desaparecido, erosionándose minuto a minuto en el viaje de vuelta cada vez que aumentaba la cantidad en el taxímetro.

Sasuke debía de estar al otro lado de la calle, en la fiesta, porque su casa estaba completamente a oscuras. Perfecto. Así podía irme a la cama sin tener que verlo y poner la alarma para que sonara bien fuerte y temprano antes de que él se despertara. Lo más seguro era que quisiera dormir hasta tarde después de la boda. Con un poco de suerte, podríamos pasar otros siete años sin vernos, lo que sería ideal para todos los involucrados. Le mandaría un mensaje a mi padre disculpándome por haberme perdido el fin de fiesta alegando que tuve dolor de cabeza y me acosté. La feliz pareja se iría de luna de miel por la mañana. Ahora que habíamos recuperado el contacto esperaba que siguiéramos viéndonos a menudo en el futuro.

De todos modos, para el hipotético caso de que Sasuke estuviera en casa, decidí no encender la luz y quitarme los zapatos nada más entrar. Por muy bonitos que fueran, mis pies necesitaban un masaje, o al menos estar en remojo un buen rato. Por desgracia para ellos, y para el resto de mi cuerpo, no tendríamos nada de aquello. Solo yo en una cama solitaria con el corazón destrozado. Dentro había una tenue iluminación ambiental gracias a la luz de la luna que entraba por las ventanas de la cocina. La suficiente para que pudiera ir a la habitación de invitados sin chocarme con nada. Sobre todo si usaba la encimera de la cocina como guía.

—Mira quién está entrando a hurtadillas —dijo una voz en la oscuridad.

Pegué un salto (literalmente) y estuve a punto de tirar los zapatos y el bolso.

—Mierda. No te había visto.

—Evidentemente —Estaba sentado a la mesa del comedor, con un vaso y una botella de whisky delante. Lo único que destacaba de su figura era su camisa blanca, el resto estaba sumido en las sombras— ¿Llevaste a Tayuya a su casa sin problemas?

—Sí.

—Gracias. Te vi sacarla de la fiesta. Debería haberme ocupado yo de ella, pero seguramente haya sido mejor así.

—Estaba muy borracha. Y no creo que a nadie le apeteciera presenciar ningún numerito.

—Mmm. —No dijo nada más.

Esa era la oportunidad que estaba esperando.

—Bueno, ha sido una noche muy larga…

—He estado pensando en lo que dijiste antes.

—¿Ah, sí?

La botella de whisky golpeó el vaso mientras se servía un trago.

—Sigo pensando que te equivocas.

—Cómo no.

Dejó la botella sobre la mesa, se puso de pie, agarró el vaso y caminó hacia mí. Cuanto más se acercaba, mejor podía ver su aspecto, como el pelo revuelto y que se había desabrochado los tres primeros botones de la camisa, ofreciendo un atisbo de su increíble pecho. Me fijé en que también se había remangado hasta los codos y que se había quitado los zapatos y los calcetines. Verlo de esa guisa tocó una fibra en mi interior. Empecé a respirar un poco más rápido y mis muslos se tensaron. Tenía que reconocer que mi corazón y mi vagina no podían ser más predecibles. Incluso después de todos los propósitos que esa noche me había hecho sobre irme de allí a toda prisa, evitarlo, seguir con mi vida, conocer a mi príncipe azul y el resto de las mierdas en las que pensé mientras el taxímetro se iba comiendo lo que quedaba de mis ahorros.

—¿Te gustó la boda? —preguntó.

—¿Q… Qué?

Estaba demasiado cerca.

—La boda. Estuvo bien, ¿verdad?

—Sí.

Desde el otro lado de la calle nos llegaron débiles acordes de música. Parecía que estuviéramos a miles de kilómetros de distancia. Sin dejar de mirarme, bebió un buen sorbo de whisky. Lo único que podía oler era el aroma a malta, su colonia y el leve toque a sal de su piel. A fin de cuentas, esa noche hacía calor y había estado bailando con un traje puesto. No estaba nada contento; conocía las señales demasiado bien. La tensión en la mandíbula y la forma en que me miraba. Todo acalorado e intenso.

—De modo que has estado aquí sentado a oscuras, bebiendo y meditando, ¿no? —pregunté— Muy constructivo, sí señor.

—¿Qué tenía que decir Tayuya?

Me reí.

—Oh, no. No vais a volver a meterme en medio de los dos. ¿Por qué no intentáis solucionar vuestros problemas como personas normales y habláis entre vosotros?

—Eres una listilla, Sakura —Ladeó la cabeza— Siempre tienes una respuesta para todo, ¿verdad?

—Disfruta de tu whisky, Sasuke. —Me volví— Me voy a la cama.

—¿Qué prisa tienes?

Unos fuertes dedos me agarraron del brazo; no con mucha presión, solo la suficiente para que me quedara en mi sitio.

—Gracias, pero esta noche ya he cubierto mi cuota de borrachos gilipollas. —Sonreí.

Él esbozó una sonrisa torcida.

—Estás enfadada.

—Estoy cansada.

—Estás enfadada y cansada. Yo también. Aunque menos esto último. En realidad no tengo nada de sueño.

—Bien por ti.

Se terminó la bebida. Después, pasó por delante de mí y dejó el vaso vacío en la encimera de la cocina.

—Hazme compañía.

—No creo que sea una buena idea.

—¿Por qué no? —preguntó con fingido interés— Pensaba que te encantaría poder seguir echándome la bronca un poco más.

Aparté la mirada.

—Hemos terminado.

—No, no lo hemos hecho.

—Por supuesto que sí —Tiré del brazo para zafarme de su agarre— Hemos terminado, Sasuke. Nuestra amistad o lo que mierda sea ahora… Se ha acabado, kaput, fin. He tardado siete años, pero esta noche al fin he abierto los ojos.

—¿Sí?

—Sí —repuse— Me niego a seguir sintiéndome así por ti. Es una pérdida de tiempo absurda.

Me miró con los ojos entrecerrados.

—¿Sabes? —continué— Hasta tengo un plan.

—¿Y cuál es?

—Por la mañana voy a regresar a casa y me voy a tirar a todo hombre disponible que conozca hasta encontrar al adecuado —Sonreí de forma forzada. Tenía que ser una sonrisa horrible, nada agradable de ver— Y ya no volveré a pensar en ti jamás.

Le vi apretar los dedos de las manos hasta formar sendos puños. Me gustó saber que no era la única a la que le afectaba todo aquello. Puse mi mano en su pecho y le miré directamente a la cara. Yo también podía divertirme con su juego de invadir el espacio personal de forma intimidatoria. Iba listo si creía que me iba a acobardar.

—A ti te funciona, ¿no? —pregunté. Tal vez debería haber sido un poco más precavida ante la dureza que mostraba su semblante, la furia que brilló en sus ojos. Pero ya no podía detenerme— ¿Por qué no iba a hacerlo conmigo?

—Parece que lo tienes todo planificado.

—Saldré temprano. Dudo que volvamos a vernos pronto. —Me acerqué más a él y me puse de puntillas. Ese era el final. Sabía que después me dolería, pero ahora ni siquiera podía decir que lo lamentara. Llevaba tanto tiempo con esa tormenta en mi interior, comiéndome la cabeza y sufriendo. El amor no correspondido era un coñazo— Adiós, Sasuke.

Se suponía que se trataría de un beso leve. Incluso casto. Pero en el momento en que mis labios tocaron los suyos todo cambió. En cuanto sentí sus callosas manos sujetándome ambos lados de la cara, abrí la boca en un jadeo. Su lengua penetró en mi interior, poseyéndome.

Dios bendito.

Me olvidé por completo del bolso y los zapatos, que cayeron al suelo de golpe. Ese beso no era para nada lento o relajado. Sasuke me estaba devorando. Sí, el beso estaba cargado de todas y cada una de las emociones, de la ira y de la frustración que bullían entre nosotros. Su lengua me provocaba, me saboreaba, me estaba volviendo loca. Entonces se separó ligeramente para succionar y mordisquearme el labio inferior. Deslizó una mano alrededor de mi cuello y me apretó con la otra el trasero. Su agarre era firme, hasta un poco rudo. Estaba tratando mi cuerpo como si le perteneciera, y yo tampoco me quedé atrás.

Por lo visto la experiencia era un grado, porque lo único que pude hacer fue intentar seguirle el ritmo.

Me aferré a su camisa abierta, pegándome a él; necesitaba estar lo más cerca posible. Si hubiera podido me hubiera fundido con él. También me di cuenta de que, en determinadas circunstancias, el sabor del whisky hacia maravillas en mí. Noté contra mi cadera su dura erección, empujando.

Oh, Dios mío. Yo le había hecho eso. YO.

¡Increíble! Aunque tampoco me quedaba corta, mi cuerpo era puro líquido y mi centro estaba anhelante y vacío. Le necesitaba dentro de mí. Tenía la sensación de que había estado esperando toda una vida.

—Sasuke, por favor.

—Caray —murmuró él, con su cálido aliento contra mi oreja.

Busqué a tientas el resto de los botones de la camisa. Pero mis dedos no parecían querer cooperar. Era más fácil tirar de ella hacia arriba. Por suerte, él decidió ayudar y se la sacó por la cabeza. Mejor así, con más piel al descubierto. Estaba tan caliente y era tan suave… Una delicia para el tacto. Con toda esa carne prieta de los pectorales y el vientre plano.

Rasgó la cremallera trasera de mi vestido y arrastró la tela por mis hombros. Soltó un gruñido desde lo más profundo de su garganta; un gruñido de frustración, de impaciencia. Estaba convencida de que había oído el sonido de la seda desgarrándose, pero no me importó. Sus manos y boca parecían cubrir cada centímetro de piel que iba desnudando, acariciándome y saboreándome por todos los lados. El vestido se quedó atascado en mis caderas.

Por ahora, me servía.

Ni siquiera se molestó en desabrocharme el sujetador, simplemente tiró de una de las copas de encaje para liberar mis pechos. Mis senos llenaron su cálida palma mientras los sopesaba. Los apretó y me frotó el pezón con el pulgar. La punzada de dolor que sentí, seguida de su ardiente beso, hicieron que la cabeza me diera vueltas y mi cuerpo suplicara más. Era incapaz de pensar mientras recibía aquellos besos profundos y húmedos. Poco a poco, Sasuke nos bajó hasta el suelo. No había tiempo para nada más. Solo la urgente necesidad de tenerlo dentro de mí.

Noté la dura y fría madera pulida contra la espalda. Tenía las piernas abiertas, con él entre ellas. Lo único que pude ver fue su ancho pecho cerniéndose sobre mí y un brazo sosteniendo todo su peso. Os juro que estaba tan preparada que la humedad me llegaba hasta los muslos. Con cualquier otro hombre me habría avergonzado, pero él tenía que saberlo, tenía que entenderlo. Siempre había sido él.

—Sasuke, necesito…

—Lo sé —dijo en un áspero murmullo.

Verlo absolutamente centrado en mí, justo ahí, en ese momento, hizo que me derritiera por dentro. Me lo había imaginado tantas veces así, había soñado con aquello. Y ahora ahí estaba, mirándome fijamente cargado de deseo. Parecía como si su piel se estirara sobre los acentuados pómulos y su atractivo rostro. Como si estuviera tan fuera de control y tan sobreexcitado como yo. Como si no fuera la única sintiendo todo aquello.

Me subió el vestido antes de desabrocharse el cinturón y abrirse la cremallera de los pantalones.

—Va a ser duro y rápido.

Asentí.

De un solo movimiento, rápidamente, se bajó los pantalones y la ropa interior. Me apoyé en un codo de inmediato; ni loca iba a perderme aquello.

«¡Madre mía!», pensé en cuanto vi su pene. ¡Menudo tamaño!

Si el deseo no hubiera estado palpitando por todo mi cuerpo, con esa intensidad y anhelo, puede que hubiera dudado un instante. Pero Sasuke envolvió los dedos en su gruesa longitud y apretó. Se me hizo la boca agua, se me contrajo la zona baja del vientre. Ambos estábamos jadeando, desesperados. Le vi respirar hondo, como queriendo tranquilizarse. Tomárselo con calma.

Con una mano trazó una línea desde mi ombligo y fue descendiendo a mi sexo a través del vello púbico. Me acarició ligeramente el clítoris con el pulgar, humedeciéndome aún más, acrecentando mi deseo. Deslizó sus dedos en mi interior, empujando profundamente, metiéndolos y sacándolos lentamente. Primero dos; luego tres. Su mirada nunca abandonó mi entrepierna. Una entrepierna que sentía hinchada e hipersensible. Mejor que nunca, y eso que apenas acabábamos de empezar.

—Estás muy mojada —Entonces volvió a agarrarse el pene y lo dirigió hacia la hendidura de mis labios vaginales— Caray, eres preciosa.

Se me contrajeron las entrañas, me sentía tan vacía. Su boca cubrió la mía, de forma voraz y exigente, obligándome a bajar y acostarme de espaldas. A continuación retiró mi ropa interior y empujó, duro y rápido, tal y como había prometido. Me quedé sin aliento, con el corazón desaforado. Dios, sentir su miembro estirándome, esa gruesa longitud enterrándose en mí… Tenía una mano al lado de mi cabeza y con la otra me agarraba con fuerza la cadera, sujetando mi cuerpo para que lo recibiera. Al día siguiente tendría magulladuras. Las pruebas directas de ese momento. Estaba tan ansiosa por él, porque me mordiera y me hiciera el amor. Que me poseyera con dureza y me dejara dolorida.

Se retiró y volvió a embestir con más fuerza. La fricción era perfecta. Cargada de electricidad. Encendiéndome por dentro. Solté un gemido. La manera en que me miraba… era indescriptible. Me agarré a sus hombros. Tenía la piel brillante y resbaladiza. Ardiente como el fuego y tan real. Me atrapó con la mirada haciendo que fuera imposible que mirara a otro lado aunque quisiera. Ese hombre me tenía completamente cautiva. Sus envites eran demoledores. Piel chocando contra piel y gotas de sudor cayendo de su cuerpo sobre el mío. Los gruñidos que soltaba cada vez que me penetraba eran brutales, salvajes. El fuerte aroma a sexo y sudor impregnó el cálido aire de la noche. En ese momento no sabía si Sasuke me quería o me odiaba, pero no me importó.

La tensión se fue enroscando cada vez más en mis entrañas. La sangre corría rauda por mis venas, latiendo en mis oídos. Tenía cada músculo rígido, mi cuerpo necesitaba alcanzar la liberación. Y cuando llegó, lo hizo a lo grande. Una oleada de placer que se apoderó de todas mis terminaciones nerviosas. Arqueé la espalda, empujando contra él, temblando de la cabeza a los pies. El orgasmo continuó, recorriéndome por entero, arrastrándome con él. Me sentía confundida y orientada a la vez, completa e incompleta. Entonces él gritó y sus caderas volvieron a chocar contra mí, empujando su pene tan profundo que creí que era parte de mí. Cómo me hubiera gustado que fuera así.

Sentí el peso de su cuerpo sobre el mío, la calidez de su aliento contra mi nuca. Le acaricié la espalda hasta llegar a su cabello húmedo. Me agarré a él sumida en un estado de absoluta felicidad.

—Te estoy aplastando —murmuró, y salió de mí.

Intenté protestar, pero no sirvió de nada. Se movió despacio, como si le hubieran golpeado. Un automóvil, o tal vez un rayo. No sé. Pero al final su enorme cuerpo colapsó en el suelo a mi lado. Los dos nos quedamos tumbados bocarriba, mirando el oscuro techo, tratando de recuperar el aliento. Al cabo de un rato, oí el crujido de la tela cuando se subió los pantalones y se vistió de cintura para abajo. El sonido de la cremallera al cerrarse fue demasiado fuerte. Como si me estuviera culpando de algo. Aunque eso último seguro que fue producto de mi imaginación.

—¿Estás bien? —preguntó con voz tranquila.

—Creo que me has destrozado. En el buen sentido de la palabra.

Se puso de pie sin decir nada. Aproveché la oportunidad para colocarme el sujetador y arreglarme un poco, aunque estaba convencida de que me había roto el vestido. Así que eso era sexo furioso. Y con Sasuke había sido alucinante. Todavía estaba temblando por dentro. Aunque tenía que calmarme, porque tenía el presentimiento de que ese increíble momento estaba a punto de acabarse.

—Vamos —dijo él, ofreciéndome una mano.

Dejé que me ayudara a levantarme, ya que no estaba segura de que me fueran a responder las piernas. Me sentía débil y un poco mareada. Apoyarme en él me habría venido de fábula, pero Sasuke me soltó la mano y el espacio entre nosotros se llenó de una inquietante incomodidad.

—Te he estropeado el peinado —señaló él.

—Da igual.

Hizo un gesto hacia su dormitorio.

—Voy a…

Y no era ninguna invitación. Más bien una declaración oficial de su intención de escapar de allí. Intenté sonreír, pero apenas podía mirarlo a los ojos. No cuando ni siquiera sabía lo que me encontraría.

—Yo…mmm… me voy a dar una ducha.

Sasuke asintió.

—Bien.

Varios golpes sordos me despertaron a eso de las cinco. Fuera, el mundo era gris, empezaba a volver a la vida. Los pájaros estaban montando un buen jaleo. Pero eso no fue lo que me sacó del sueño. Salí al porche trasero descalza y me dirigí hacia el extremo de la casa. Iba despeinada, con unos pantalones cortos finos y una camiseta de tirantes; desde luego, no el mejor atuendo para aquel frío amanecer.

Un saco de boxeo colgaba al final del porche. Y allí estaba Sasuke, vestido solo con un par de joggers, pantalones cortos y unos guantes, golpeando el saco sin piedad. Tenía la piel sudorosa y el pelo, húmedo, le caía en mechones. Solo Dios sabía si había dormido algo.

Y pensar que el sexo había sido salvaje y tan intenso.

Lo observé en silencio contemplando cómo flexionaba y tensaba los músculos. La furia y la concentración que desprendía su rostro. Era guapo. Como una obra de arte. Hombre iracundo por la mañana tras tener increíbles relaciones sexuales: así llamarían a la obra, a la escultura o lo que fuera. Todo el mundo iría corriendo a ver esas fosas nasales dilatadas y el grueso cuello. La ancha y potente espalda y la esbelta cintura.

Al final terminó advirtiendo mi presencia por el rabillo del ojo. Su mano enguantada detuvo el saco para que dejara de balancearse. Se quedó mirándome, sus fuertes hombros subiendo y bajando con cada respiración. Sus ojos parecían torturados. Atormentados. Resultaba asombroso el odio por sí mismo que reflejaban, el dolor… Sentí como si me abofetearan con tal fuerza que estuve a punto de retroceder un paso. Me ardía la cara, todo me daba vueltas. Maldito fuera por eso. Yo no lo había obligado a besarme hasta magullarme los labios. Ni a tener relaciones sexuales en el suelo. Fue él el que empezó. Sí, yo había sido una participante más que dispuesta, pero no lo había forzado a hacer una mierda. ¿Y ahora tenía la poca vergüenza de mirarme de ese modo? Tragué saliva con fuerza, conteniendo las lágrimas.

No iba a llorar. Al menos, no en ese momento.

—No te preocupes, Sasuke —dije— Será nuestro pequeño y sucio secreto.

Entonces me di la vuelta y me marché.