Capítulo 2

Se sentaba, con las piernas cruzadas, disfrutando del juego de la luz del sol en sus párpados cerrados. Si abría los párpados, no habría nada. Estaría sentado en una habitación blanca sin rasgos distintivos. Pero con los párpados cerrados, casi podía discernir un patrón. La luz del sol a través de hojas susurrantes. Era un placer pequeño… pero era un placer de todos modos. Era una sensación… y las sensaciones se habían vuelto bastante escasas últimamente.

No siempre había sido así. Cuando había llegado por primera vez a este lugar entre lugares, había habido sensaciones de sobra. Turbulentas, burbujeantes, amargas oleadas de memoria y emoción. Cuando se había encontrado atrapado aquí por primera vez, no había tenido opción salvo revivir cada momento de su miserable vida, una, y otra, y otra vez.

Por suerte, para la milésima repetición, la amarga injusticia de todo ello había perdido su escozor. Para el segundo millar de visiones, se había descubierto observando la ópera de su vida con curiosidad intelectual. Y había descubierto, para su gran sorpresa, que quizá las cosas no habían sido tan injustas como las había experimentado.

Oh, se le había repartido una vil mano de cartas, eso era incuestionable. Un padre maltratador. Una sombra traslúcida por madre. La cáustica corrosión de la profunda pobreza. Pero examen tras examen habían revelado gradualmente las oportunidades que había desperdiciado. La bondad que había pasado por alto. Las manos extendidas hacia él que había apartado. Una y otra vez, había escogido la desdicha por encima del gozo. La oscuridad por encima de la luz. El dolor por encima del placer. Estúpido, estúpido niño. Había tenido una buena mente. Un cuerpo dispuesto. Agudos poderes de observación. Desde su punto de vista, era obvio que podría haber empleado esas herramientas para encontrar la felicidad. Pero no lo había hecho.

Este descubrimiento, que había jugado un papel en su propio sufrimiento, lo había llevado a un período de remordimiento, un tiempo en que la historia de su vida era una historia de tristeza. Mientras la película de su vida se había reproducido una y otra vez, había llorado. Por sí mismo. Por los demás. Por la tragedia de todo ello. Había llorado cada lágrima que le había quedado por derramar sobre la tierra, hasta que se había sentido hueco. Hasta que el manantial del dolor se había vaciado. Hasta que todo el dolor en su interior se había secado.

Y aun así, aunque su dolor había desaparecido, la película de su vida había continuado. Sin nada más que considerar, había seguido observando. Un millar de veces más se reprodujo, hasta que se encontró observándolo todo con humor. Su vida no había sido una tragedia, se percató. Lejos de eso. Había sido una comedia. Una grandiosa comedia. Una farsa más allá de todas las farsas. Y él, con su dolor envuelto a su alrededor de modo moralista, había sido el mayor payaso de todos. Había pasado el siguiente millar de repeticiones riendo de su propia estupidez, tan fuerte que una vez más las lágrimas gotearon incesantes por la superficie de sus mejillas metafísicas.

Había disfrutado eso bastante. Ésa había sido una buena época. Una época feliz.

Y aun así la película había continuado. Para el millonésimo visionado, había descubierto que toda su categorización, todo su juicio póstumo (porque, ¿qué era este lugar sino una pálida vida después de la muerte?) no había tenido significado. Percibió, con gran cariño, que nada de ello importaba. Tragedia. Comedia. Real. Irreal. Nada importaba en absoluto. Todo era la misma cosa. Era simplemente vida.

Y con eso, la película había dejado de reproducirse.

Había comenzado a volverse silencioso. Había comenzado a encontrar la quietud en su interior. Había comenzado a no ser nada en absoluto. Y eso, dentro y por sí mismo, se sintió un consuelo, una especie de paz.

Estaba, sospechaba, comenzando a desvanecerse de vuelta a la nada. La idea lo llenaba de un arrepentimiento distante. Si tan solo pudiera hacerlo todo de nuevo. Pero bueno, era lo que era… ¿no?

A medida que la paz en su interior crecía, también lo hacía el trabajo de su imaginación. Sucedía raramente, pero a intervalos irregulares, justo cuando el vacío llamaba con más fuerza, una idea se entrometería desde la nada, crecería, se proyectaría en el espacio a su alrededor. Más que un recuerdo sería una fantasía, un lugar donde no había estado, un acontecimiento que no había vivido, una persona que no había amado. Se sentiría disolviéndose en la nada, perdido en el juego de luz sobre sus párpados, y entonces de repente deambularía por un camino en el campo, se maravillaría por la textura del polvo bajo sus pies desnudos o saborearía el zumbido de la vida de los insectos a su alrededor.

Una vez, se encontró acariciando el pelaje de un leopardo jadeante, sus extrañas pupilas clavándose en su alma. Otra vez, era un doctor muggle, ignorando el calor y la incomodidad para llevar medicinas a donde más se necesitaban. Una vez, hubo un glorioso día entero pasado observando las olas ir y venir y volver a ir en una playa desierta.

Que esas visiones aparecieran cada vez que consideraba seriamente rendirse al vacío le llevaba a creer que quizá su subconsciente todavía no estaba preparado para el olvido. Si era completamente honesto consigo mismo, admitiría que, a pesar de su perspectiva, ansiaba… más.

. . . . . . . . .

Otra vez. Todavía en este lugar. Su conciencia desplegándose. Esta vez, pensó por un momento, podría ser la hora. La hora en que finalmente se encontrara absolutamente deshecho. Lo dejaría pasar. Seguiría adelante, si había un adelante hacia el que seguir. Quizá allí obtendría el más que ansiaba. Y si no lo hacía, bueno, nunca lo sabría, ¿verdad? Sí. Era hora. Hora de dejarse ir.

Entonces, como solía pasar cuando se extraviaba cerca del olvido, su subconsciente proporcionó una distracción.

Una mujer esta vez. Una que reconocía. Oh, había rellenado ciertos detalles, por supuesto. Su rostro había madurado. Donde antes había tenido el maduro rubor de la juventud, una estética que nunca había sido de interés para él, ni siquiera cuando había sido joven, ahora tenía… gravedad era la palabra. E intensidad. Ah, intensidad. Una sensación de la importancia inherente de la tarea de uno en el mundo. Él también había tenido eso érase una vez.

Que la hubiera imbuido de esas cualidades… era fascinante. Quizá no estaba tan divorciado del viaje de su vida como había pensado. Quizá había áreas de su subconsciente que todavía no había sondeado después de todo. La idea lo emocionó por un momento.

Pero esa exploración debía esperar a otro momento. No desperdiciaría un momento de la experiencia que yacía ante él.

Descruzó sus miembros, levantándose de su asiento, y caminó hacia Hermione Granger.

. . . . . . . . .

Desde su silla junto a su figura dormida, Hermione concentró su voluntad mágica. Empleando legeremancia, peinó cautelosamente la superficie de los escudos de Severus Snape. Pulgada a tortuosa pulgada, los examinó, como había hecho tantas veces antes. Seguían intactos, pero a diferencia de la primera vez que lo había hecho, ahora encontró lugares donde parecían estar sutilmente… vacilando.

Era un fenómeno sutil, pero parecía estar extendiéndose. Siguió una fluctuación, la siguió de vuelta a su punto de origen.

Ahí. Justo ahí. Lo que había visto ayer, pero no había tenido las reservas para explotar. Una esquina, pelándose como un trozo de papel de pared viejo. Concentró su voluntad en ella, y tiró suavemente. Cedió. Y debajo… lo que parecía un agujero. La más mínima abertura. Pero una mínima abertura era todo lo que necesitaba. No tenía cuerpo aquí, después de todo. Respirando superficialmente para contener el estremecimiento que la atravesó, Hermione Granger insertó gentilmente su mente en la de él.

. . . . . . . . .

Su primera impresión fue una extensión de vacío. Vasto, blanco vacío. Sin distinciones al principio. Luego, luz. No el frío parpadeo de fluorescentes, o la tenue oscilación de antorchas, sino el cálido espectro completo de luz solar, de modo que el ambiente se sentía limpio y cálido, en lugar de frío y clínico. Había tenido razón entonces, razón al otorgarle sol. Porque aquí estaba él, sentado con las piernas cruzadas, su agudo rostro relajado, su delgado cuerpo completamente inmóvil.

O la proyección de su cuerpo, se recordó. Su cuerpo estaba en otro lugar, consumiéndose pasivamente en una cama de hospital. No, éste no era su cuerpo. Ésta sería la proyección de su mente: él como se veía a sí mismo.

Estaba vestido con pantalones de franela gris claro y una túnica blanca toscamente tejida. Su cabello estaba sin cortar, y caía suave y limpio hasta sus hombros. Las líneas de perpetua preocupación que estropeaban su rostro incluso en coma eran aquí tan tenues que apenas eran visibles.

"Profesor." Dijo ella.

Lenta, deliberadamente, él abrió los ojos. Eran como siempre habían sido, oscuros, y para su mente, insondables, y absolutamente familiares, a pesar de las décadas desde que los había visto abiertos por última vez. Dios. Era él.

Curiosamente, él no pareció sorprendido ni chocado por verla allí. Quizá había sido consciente de algún modo de su presencia, las incontables horas que había pasado en esta misma silla a lo largo de los años, intentando traerlo de regreso al mundo de los vivos. ¿Quién sabía lo que había experimentado en su prolongado limbo? Fuera cual fuera la razón, parecía sumamente tranquilo de descubrir su repentina presencia.

Él se desovilló, y ella notó que cuando se levantó, fue con la misma gracia fácil que tanto la había desconcertado de niña. Presenciarlo ahora, aquí, le puso un profundo nudo en la garganta. Estaba realmente aquí. Y ella, después de tanto tiempo, estaba aquí con él.

"Le he encontrado." Dijo ella, su voz no más alta que un susurro.

La boca de él se ladeó. Ella creyó la expresión más bien reminiscente de una sonrisa.

"Hermione Granger," dijo él, despacio, saboreando como si las palabras le complacieran, "No lo habría adivinado. Pero ahora que vino, encuentro que encaja, de algún modo, que esté aquí conmigo.

"Tenga," dijo él, tendiéndole una mano.

Ella la tomó en la suya, recordó que su cuerpo real tomaba su mano en otro plano.

Ella abrió la boca para explicar, pero él le tomó la otra mano, y gentilmente deslizó la palma sobre su mejilla.

"Qué cara tienes," dijo él, en una voz cálida de placer.

Y entonces, para su completo shock, bajó la boca a la suya.

Fin del Capítulo Dos