La cruzada de la última DunBroch.

Capítulo XVIII.


Elsa sonrío al despertar, únicamente porque no había ruido alguno –al parecer Alberto seguía dormido– y porque los brazos de Hiccup la rodeaban tiernamente y apretujaban su cuerpo en un profundo abrazo que no quería que se acabara jamás. No se atrevió a moverse para otra cosa que no fuera devolverle el abrazo a su pareja, pasando un brazo por debajo de su torso y buscando sus propias manos por detrás de la espalda de Hiccup para también apretujarlo. Lo ve sonreír mientras duerme tranquilamente, sabiendo a la perfección que tenía a su alrededor decenas de personas que lo protegerían a él y a aquellos quienes amaba…

Cuanto más lo piensa, no se puede creer que hace casi dos años su pobre vikingo ni siquiera dormía varias veces a la semana para asegurarse de que nada malo les ocurriera a ella o los dos pelirrojos que trataban con sus hermanitos menores. Cuanto más lo piensa, no se puede creer que hace más de dos años jamás se hubiera imaginado a sí misma tan enamorada de alguien, no de un vikingo –lo que era un sorpresa teniendo en cuenta que ella era una princesa de reino cristiano en el cual no le hubieran permitido esa relación–, sino el simple hecho de estar enamorada y ser correspondida. Se había pasado tantísimos años de su vida creyendo que era una especie de monstruo que no merecía tan siquiera respeto, se había pasado tantísimos años de su vida completamente segura de que amarla era una tarea imposible de realizar sin caer en la locura, se había pasado tantísimos años de su vida asintiendo cada vez que su abuelo le gritaba que si sus padres estaban muertos es porque habían cometido el estúpido y terrible error de amarla. Pero ahora Hiccup estaba en su vida, y le había mostrado que amarla era tan fácil que incluso parecía una obligación, le había mostrado que amarla, y amarla mucho, era todo un regalo, que ella era un regalo de los dioses, le había mostrado que ella se merecía todo lo bueno que el mundo pudiese ofrecer y mucho más. Le había dado su corazón por completo y ella le dio el suyo porque así lo quiso hacer. Hiccup veneraba a Elsa, Elsa veneraba a Hiccup, pensar en la posibilidad de que el mundo funcionara de otra manera era sencillamente una locura por completo.

Claro que habían tenido ciertas dudas de por medio, pero nada que no se hubiera arreglado con sus debidas conversaciones privadas y completamente honestas. El primero en confesar fue él porque sentía que contarle todas sus verdades, le contó que había habido una chica en Berk que creyó haber amado, le contó que ella había llegado a besarlo en las comisuras de los labios, le contó que por mucho tiempo habría hecho cualquier cosa por estar con ella; le explicó que incluso antes de que se encontraran por primera vez él se había olvidado por completo de todos esos supuestos sentimientos y que Elsa y todo lo que él sentía por ella había servido para confirmarle que en verdad nunca había amado a esa vikinga, que solo le habían enseñado que necesitaba reafirmar su masculinidad con una pareja a su lado y que, por la poca gente de su edad allá en Berk, ella había sido su única opción decente. Cierto es que Elsa terminó besándolo mucho ese día porque era su única forma de lidiar con esos repentinos celos que la estaban molestando tantísimo, pensar que ella podía tener para ella sola los labios de Hiccup y que esa vikinga solo llegó a rozarlos le había dado cierto sentimiento de superioridad al que se aferró con fuerza.

Elsa, por otro lado, con algo de ayuda de la mentalidad abierta propia de la cultura vikinga que Hiccup aportó, después de extensa y confusa charla se terminó dando cuenta de algo que jamás siquiera se hubiera planteado. Las chicas también le gustaban. Ella misma había pensado en ello cuando aún estaba en Arendelle, porque sabía que eso de quedarse viendo a chicas que paseaban por las calles de su reino no era del todo normal para una persona únicamente interesada en hombros. Pero cuando en verdad la antigua heredera al trono de Arendelle se dio cuenta que las mujeres tenían un gran efecto en su sistema, justamente cuando Hiccup empezó a sospechar algo, fue al conocer a las mujeres del Inevitable. Todas ellas la habían dejado bastante encandilada en cuanto las conoció, todas tenían un no sé qué que definitivamente sería peligroso para su corazón si no fuera porque Hiccup ya lo tenía todo para él solito. Maisie era quien más la había llegado a afectar, un poco de la misma manera que, por lo que había visto, Jacob Holland había afectado a su hermanita menor.

Incluso, y eso fue un poco confuso para ambos, Hiccup y Elsa llegaron a notar que, si el otro no estuviera y si se quitaba a cierto japonés de la ecuación, seguramente ambos hubieran acabado prendados por Mérida. Ambos tenían sus motivos, a Elsa le gustaba su capacidad de liderar y su cabello rebelde le parecía encantador, mientras que Hiccup no podía negar que, además de que tenía cierta debilidad por los ojos azules, su personalidad pasional le parecía un gran punto a favor de su futura reina. Fue extraño darse cuenta de que había algo de la britana que les atraía ambos, pero fue un alivio estar completamente seguros de que, tal vez solo en esta vida, eso nunca podría llegar pasar… aunque Hiccup hizo un par de bromas de que si Elsa y Tadashi se iban antes de lo esperado, él podría quedarse para consolar a la enviudad reina. Elsa le cubrió los labios con hielo y no le dejo volver a hablar hasta que él le escribió, con una caligrafía muy hosca, que evidentemente él deseaba con todas sus fuerzas poder irse al mismo tiempo que Elsa, porque no se podía tan siquiera imaginar un mundo donde ella no estuviera y le parecía un horror irse de forma que la dejara sola.

–Pero si uno de los tiene que morir antes –le había dicho entonces, abrazándola con fuerza, mucho más serio de lo ella se lo hubiera esperado, luego de haber pensado por un largo tiempo las verdaderas posibilidades de morir que tenía cada uno–, espero morir yo, porque no puedo ni quiero vivir sin ti, incluso, prácticamente, tu vida vale mucho más que la mía.

Eso le había hecho temblar. –No digas eso, no hables como si tu vida no importara o como si fuera menos valiosa. Eres mi tesoro más preciado y no sé qué sería de mí si llegara a perderte algún día.

Él no le había respondido en aquel entonces, y eso la angustió muchísimo.

Oh, genial, ahora que se acordaba de esa conversación estaba empezando a sentirse triste. Aprieta con más fuerza el cuerpo de Hiccup y entierra su rostro en su cuello, cerrando con fuerza sus parpados para acallar las lágrimas que quieren formarse en sus ojos. Hiccup parece despertarse un poco en ese momento, porque tiene ese extraña habilidad de saber de inmediato si algo malo pasa con su amada. Siente sus manos acariciándole la espalda y su cuerpo moviéndose levemente para encararla.

–¿Qué ocurre? –le pregunta mientras le da besos lentos en el rostro, pero ella insiste en esconderse en su cuello–. Elsa, cariño, ¿qué ocurre? ¿has tenido otra pesadilla de esas? –le cuestiona con delicadeza, pasando una de sus manos de arriba abajo en su pequeña espalda, Elsa solo niega contra la piel pecosa de su cuello. Lo escucha suspirar al darse cuenta de que no sacara nada de su pareja en ese momento por lo que la sujeta con fuerza de la cintura y se mueve para quedar recostado sobre su espalda y dejar a Elsa sobre su cuerpo. Empieza acariciarle el cabello con delicadeza, dejándola tranquilizarse lo suficiente hasta que sea capaz de contarle que ocurre.

Elsa, al sentir el latido del corazón de Hiccup contra su oreja derecha, siente la necesidad de aferrarse a su respiración y a su latir, a todas las pruebas que tiene de que está sano y salvo, de que está vivo. Logra levantarse un poco para finalmente verle a los ojos, él alza su mano para acunar una de sus mejillas, ella sostiene la callosa mano de Hiccup para apretujarla todo lo posible contra su rostro.

–Es solo que no quiero perderte –susurra con las lágrimas ya formadas en sus ojos, el pulgar de Hiccup limpia las de un lado cariñosamente–, no sé qué haría sin ti, Hiccup.

–¿Quién te ha dicho que vas a perderme? –le pregunta con un tono que parece levemente acusatorio, al no obtener respuesta alguna y al notar que más lágrimas se forman, el vikingo, procurando no hacer mucho ruido, logra nuevamente moverse hasta quedar sentado en la cama, colocando las piernas de la antigua princesa de Arendelle a cada costado y así sentarla en su regazo–. Nunca vas a perderme, Elsa, voy a estar a tu lado toda la vida.

–Pero es que tú mismo dijiste la otra vez…

Él le aprieta las mejillas para callarla. –Eso es en el peor caso posible, Elsa, y me niego a llegar hasta el peor caso posible –la acerca más a su cuerpo, rodeándole posesivamente la cintura para que ella después le abrazara el cuello, las manos de él le acarician la cintura mientras Elsa se acerca aún más para juntar sus frente–. No te preguntes más qué harías sin mí porque jamás tendrás que descubrirlo, ¿de acuerdo? Elsa, voy a… ¡Ah! ¿Qué diantres?

–¡Ah!

Ambos chillan al ser golpeados con una almohada blanca y blanda en la cabeza, de milagro ambos recuerdan seguir conteniendo la voz, por lo que logran mantener a la mayoría de los niños dormidos, aunque se llegan a escuchar las quejas roncas de Hans y Rapunzel, el príncipe de las Islas del Sur se remueve de forma que se aleja un poco de Anna, quien tiene un sueño tan profundo que podrían bailar y zapatear sobre su cama que ella ni se daría cuenta, mientras que Rapunzel se limitó a abrazarse con más fuerza a un Alberto que se limitaba a soltar ronquidos de vez en cuando.

Tadashi los observa desde su cama con el ceño levemente fruncido y una mueca muy acusatoria dibujada en todo su rostro.

–¿Qué coño estáis haciendo en una habitación llena de gente, eh? –les pregunta acusatoriamente con Mérida asomándose detrás de él para ver qué era lo que ocurría, y por qué le habían despertado tan bruscamente de su ameno sueño.

Jack deja de fingir dormir, porque recordemos que él no necesita hacerlo, para sentarse en la cama personal que hoy día le tocaba a él y prestarle más atención a toda la extrañísima y sospechosa situación que estaba ocurriendo. –Sí, eso, ¿qué hacéis?

Hiccup apretuja como más fuerza el cuerpo de Elsa contra el suyo propio, sin caer en cuenta en el doble significado que tienen las preguntas de los otros dos muchachos. –Estoy mimando a mi pareja en un momento de necesidad, si tanto queréis saber.

–Sí, aja, eso es bastante evidente –Tadashi frunce levemente el ceño mientras habla–, ¿cómo la estás mimando?

–¿Cómo que "cómo la estoy mimando"? ¿Qué clase de pregunta es esa, Hamada?

Elsa se separa de su vikingo para explicarle correctamente lo que están insinuando los otros dos, pues parece que su indignación le está impidiendo caer en cuenta de lo que realmente de cómo luce su situación en ese preciso momento. –Creen que lo estamos haciendo, Hiccup –el vikingo frunce el ceño–, haciendo eso, cariño.

Las mejillas del muchacho se enrojecen por completo, finalmente dejándola ir lo que ella aprovecha para bajarse del regazo de su pareja. Hiccup voltea malhumorado hacia Tadashi, no solo por la vergüenza, sino también por haber interrumpido su momento íntimo de una manera tan brusca.

–Eres un malpensado, asiático loco –acusa rechinando los dientes y con las mejillas enrojecidas por completo mientras se vuelve a recostar, Tadashi alza una ceja.

–Incluso Jack pensaba que estabais haciendo algo sexual, eso es un gran limite, vikingo loco.

Jack asiente ante las palabras de Tadashi, admitiendo ser el más inocentón de todos los muchachos que eran parte de ese grupo pintoresco. Mérida se limita a taparse la mano para que sus risillas no despertaran a los que aún quedaban dormidos en la habitación, todavía no era hora de despertar, así que lo mejor sería dejar de hacer tanto ruido para no molestar el descanso de los otros. Cuando finalmente la otra pareja se recuesta de una forma mil veces menos sospechosa que la anterior, Mérida le palmea con cariño el hombro a Tadashi para que él vuelva a recostarse y abrazarla para dormir entre sus brazos.

Cuando finalmente están recostados, apretujados bajo las sábanas, Mérida empieza a susurrarle con una sonrisa coqueta en el rostro. –Un poco rastrero eso de acusarles a ellos para librarte de cualquier sospecha –le dice mientras se apretuja contra el bulto de sus pantalones, disfrutando al ver como dejaba de mirarla para apretar su mano contra sus labios y así oprimir en el silencio cualquier sonido extraño, es casi un milagro que absolutamente nadie estuviera notando en lo absoluto lo que ocurría entre esos dos en ese preciso momento.

–Nunca debí de haberte confesado esto –lo escucha mascullar contra su cabeza, seguramente intentando ocultar su intenso sonrojo, pero Mérida se lo imagina al sentir como su pecho empieza a moverse con dificultad a causa de su alocado latir y su respiración que empieza a ser entrecortada.

Ella suelta una risilla. –Ya, fue un fallo muy tonto de tu parte, para lo listo que eres no es nada complicado dejarte lo suficientemente tonto como para que hagas una que otra idiotez –concuerda para luego dejarle un casto beso en el cuello que lo deja temblando de pieza a cabeza.

–Eres una reina cruel.

Ella solo deja su rostro, en especial sus labios, reposando contra el cuello de su pareja. –Sí, aja, lo que tú digas, cariño, muy cruel.

–Tan cruel –Mérida se remueve por la emoción al darse cuenta de que eso sonaba más a un gemido que a una queja. Decide dejarle en paz antes de que su pobre japonés perdiera más el control sobre su pobre cuerpo demasiado emocionado, Tadashi llega a suspirar levemente aliviado al darse cuenta de que su pareja había accedido a dejarlo en paz.

Nadie nota qué ocurre entre los futuros reyes, porque Jack se ha sumido rápidamente en sus propios pensamientos, mayormente involucrados en cómo podría seguir la historia de Genio les contaba, por lo que ni siquiera se centra en nada de lo que ocurre a su alrededor. Por otro lado, Elsa se estaba concentrado en no dejar escapar ni una sola risa al ver a su pareja tan enrojecida por todo el tema de la confusión a causa de su cercanía, no entendía del todo bien por qué a Hiccup le afectaba de esa manera aquel pequeño error de comprensión, pero decidió acariciarle el cabello y la mejilla para tranquilizarlo; Hiccup, por su parte, solo podía intentar alejar sus entrepiernas lo máximo posible, concentrarse todo lo posible en las inocentes caricias de su amada y de terminar por completo con las incontables ideas lascivas que no dejan de meterse a lo bruto en cabeza. Elsa le da un beso en los labios que en verdad es corto y tierno, pero que Hiccup siente lleno de pasión y lo obliga a ocultar su rostro en el hombro izquierdo de su amada.

No tiene ni idea de por qué, pero de momento a otro, a la capitana del Inevitable, Sarah Sharpe le viene la duda de por qué ha estado permitiendo todo este tiempo que un montón de jóvenes demasiado emocionados por el descubrimiento de la sexualidad de sus cuerpos no solo dormir en la misma habitación si no también en la misma cama.

Tendría que cambiar eso, se negaba completamente a tener que limpiar ciertos fluidos de niñatos precoces demasiado interesados con las nuevas formas de mostrar amor que iban conociendo, o pedirle a alguien de su tripulación que los limpie, de las sábanas que había prestado para que esos críos descansaran como era debido.


Rapunzel frunce el ceño en cuanto, a la hora de desayunar, la capitana del Inevitable termina de exponerles los nuevos cambios que se harán con respecto a los lugares dónde dormirán a partir de eso momento. Se escuchan varias quejas ante la decisión de la capitana, pero esta se muestra firme e inamovible en su decisión frente aquel pintoresco grupo de niños que ya estaban empezando a dejar de ser niños.

–Pero siempre hemos dormido juntos –dice con obviedad Anna–, es por seguridad.

La capitana Sharpe alza una ceja. –Pero ya estáis seguros en el Inevitable, ya no hace falta, no tenéis de qué protegeros.

El grupo sin embargo aprieta los labios o los puños como respuesta al claro razonamiento de la antigua cazadora de monstruos marinos. Les molestaba tener que admitir que en verdad ella tenía razón, que ya no hacía falta seguir durmiendo todos tan juntos de la misma forma que ya no hacía falta hacer guardias… ahora estaban completamente a salvo, nadie los perseguía, nadie los atacaría, estaban seguros incluso si durmieran cada uno en una habitación diferente y privada.

–Incluso así, tenemos que seguir juntos –intenta insistir Elsa–, somos Tadashi y yo quienes nos aseguramos de los más pequeños, como las salidas mañaneras de Alberto.

–Nosotros podemos hacer eso, los marineros no descansamos pues siempre tenemos que vigilar nuestras rutas –contraargumenta con simpleza y facilidad a la respuesta que le costó tanto pensar a Elsa–. Incluso yo misma podría entrar a tu cuarto para informarte si Alberto ha salido o no, si ha desayunado o no y por dónde se irá para que te quedes más tranquila.

–¿Qué hay de las pesadillas que alguno de nosotros llegamos a tener en ocasiones? –escupe rabioso Hiccup–, le guste o no ahora mismo las manejamos en grupo, ¿qué haremos en una situación como esa? ¿Uno deja su habitación para buscar a los demás o intentamos movilizar a quién sea que esté teniendo el ataque de pánico en ese momento? ¡Es crear complicaciones por gusto!

Los niños asienten, Sarah rueda los ojos.

–Estaréis siempre cerca de las habitaciones del otro grupo, si pasa algo podrán ir a ayudar sin problema y cuándo todo se calme cada uno volverá a su habitación.

–Además –habla finalmente Mano de Garfio, uno de los pocos padres de Rapunzel que estaban presentes en toda la conversación–, vosotros mismos nos contasteis hace dos días que ya casi ninguno pasaba por pesadillas.

Hans se cruza de brazos mientras que Anna y Rapunzel acusan a los rufianes presentes de traidores por estar asintiendo y coincidiendo con las ideas de la capitana. Entonces, el príncipe dice. –Puede que vuelvan a aflorar por la separación, los cambios bruscos pueden causar un empeoramiento en nuestro proceso de sanación.

Alberto entonces se permite lanzar la pregunta que venía rondando en su cabeza por varios minutos. –Además, ¿por qué la separación es entre chicos y chicas? ¿qué lógica estáis siguiendo?

Los rufianes enmudecen de inmediato a pesar de intentar dialogar y convencer a los más pequeños de que aquello era buena idea, todo el grupo observa con ceño fruncido a los adultos frente a ellos y parece ser que Sarah es la única capaz de brindarles respuesta alguna.

–A ver, muy simple, ya no sois críos y conozco a la perfección que pasa con las parejitas en estas edades –aquello último lo dice señalando con un dedo acusador a los cuatro mayores, los cuatro que estaban en una relación–. Vuestros padres insisten que no hay nada de malo con que exploréis vuestras sexualidades, y yo coincido, pero si vais a experimentar lo hacéis fuera de mi puto barco que esto no es un jodido burdel para críos con entrepiernas demasiado calientes como para no dejarse los pantalones puestos.

Los cuatro mayores se ponen tan rojos que parece que se van a desmayar en cualquier momento, los más pequeños se ven evidentemente incómodos por la suposición de la capitana del Inevitable, los padres están intentando decidir dónde narices meterte pues la nueva situación incómoda definitivamente no saben cómo diantres manejarla.

–Además, ¿ya de por sí no os crea algo de incomodidad dormir, cambiaros y a veces bañaros todos juntos? –pregunta entonces mirando a los más jóvenes–. Porque sé que no todos estáis relacionados de esa manera, pero siempre acabáis durmiendo chicos con chicas en la misma cama, ¿realmente ninguno de vosotros se ha dado cuenta de todo lo que puede significar eso?

Los más jóvenes, que hasta ahora no se habían tomado la molestia de tan siquiera plantearse todo el tema de sus sexualidades, se miran entre ellos buscando que alguno comente algo acerca de nuevos sentimientos que hubieran aflorado con respecto a sus propios cuerpos o al de los otros.

–¿Por qué das por hecho que sucederá algo entre diferentes géneros? –pregunta entonces Alberto, alzando una ceja, asombrando a Sarah–, ¿qué te hace pensar que alguno de los que no estamos en una relación no será capaz de desarrollar sentimientos por alguien de nuestro mismo género? ¿qué te hace pensar que Anna no podría sentir nada por Rapunzel o que yo no empiece a ver a Hans con otros ojos?

Ante la cara de pasmo de la mujer, Hans se atreve a soltar una carcajada mientras el resto de sus amigos se aguantan las risillas y Alberto se mantiene completamente serio, manteniendo sobre la capitana una mirada burlesca y que la retaba a decirle que aquello no era posible, esperando algo con la que atacarla.

–Vaya, Alberto, que halagador, jamás hubiera pensado que finalmente darías el paso para conquistarme –comenta entre risillas Hans mientras guiña un ojo en dirección del moreno, quien, a pesar de que parecía estar dispuesto mantener la mirada seria fija en Sarah, decide que la manera de Hans es más productiva y divertida, por lo que le sigue el juego.

–¿Qué puedo decirte? Eres todo un encanto, definitivamente tiene algo que ver con tu galantería digna de un príncipe –responde aguantándose las risas, escuchando y disfrutando de cómo el resto del grupo se tapaba los labios para no soltar carcajadas muy fuertes, a excepción de Mérida, a quien le había hecho tanta gracia toda la situación que había tenido que apoyar el rostro contra el hombro de Elsa para evitar que sus carcajadas se escuchen muy fuertes, pues no tenía a Tadashi al lado ya que la capitana Sarah había insistido en sentarlos a chicos y a chicas por lados diferentes de la mesa por lo que la futura reina se había quedado junto a la segunda mayor del grupo.

Hiccup es el que intercede entonces, apoyando su rostro en una mano y gozando de la burla contra los adultos. –Tampoco habéis tenido en cuenta que nos podría gustar ambas cosas –señala con obviedad, como si fuera la cosa más estúpida del mundo que ellos no hubieran tomado en cuenta esa opción–, quiere decir, soy vikingo, nos suele ir la marcha con toda cosa que emita sombra y sepa cortar cabeza de sus enemigos… suele importar más la habilidad de cortar cabezas de tus enemigos, en verdad.

Mérida entonces carcajea mientras asiente. –Los de sangre azul no nos salvamos del todo, ¿no sabéis las locuras que hacen allá en Francia en las fiestas de la nobleza? La pregunta no suele ser con quién, sino con cuántos.

Elsa sonríe de oreja a oreja a la par que concuerda con la afirmación de su futura reina.

–Tiene pinta de que no os lo habéis pensado del todo bien, ¿eh? –comenta divirtiéndose muchísimo con toda la situación sobre todo por la cara de pasmo que cada uno de los adultos estaban mostrando.

Pero las risas de los más jóvenes se detienen en cuanto Bruno se acerca con una idea y una sonrisa que a ellos les parece terriblemente malévola.

–Si tanto os preocupáis por lo que estos niños puedan hacer en la privacidad de esa habitación conjunta, ¿por qué no darle una habitación a cada uno? –propone con simpleza, sin tan siquiera fijarse en las miradas llenas de sed de sangre que tiene sobre su cuerpo.

Hiccup, con una mueca de asco en el rostro, se gira hacia Tadashi para mirarlo con reproche. –¿Qué te costaba dejarle ahogarse? –pregunta mientras su mirada verde amenazante parece querer matar a Bruno.

–Me estoy preguntando exactamente lo mismo –es lo que responde con los brazos cruzados.

¡Silenzio, Bruno! –brama Alberto con fuerza.

¡Silenzio, Bruno! –repite todo el grupo a pesar de que realmente no conocen del todo bien de donde viene aquel grito que Alberto repetía de vez en cuando con toda la confianza del mundo, como si estuviera pronunciando la afirmación más evidente de toda la historia de la humanidad. Nadie nunca le había preguntado porque, la primera vez que lo escucharon, Tadashi mismo explicó que realmente Alberto nunca contaba demasiado acerca de la lógica detrás de esa orden.

Gunter no puede evitar sonreírle con sorna al pobre hombre Madrigal que se queda pasmado ante el repentino odio del todo el grupo contra él. –Hay que ver lo rápido que te has ganado su desprecio, Madrigal.

–Cállate, intento de diseñador –le masculla con el ceño fruncido, solo consiguiendo una mueca levemente molesta del rufián de Corona.

–Que poco humor, de verdad, que poco humor.

El tema del cambio de habitación, a pesar de que continuó hasta el final del desayuno, no llega a nada, los muchachos se niegan por completo a cambiar en lo más mínimo la manera en la que descansan, argumentando que las parejas tienen la suficiente decencia como para no hacer ninguna tontería en la habitación que comparten con el resto de sus amigos y que el resto sencillamente no se veían de forma sexual en lo absoluto, por lo que la buena y estricta capitana no tenía que preocuparse en lo absoluto por sus preciosas sábanas blancas porque no mancharían nada.

Luego de aquella discusión, hasta la hora del almuerzo, Genio decidió que los humos ya se habían calmado por completo así que reunió a los niños para que siguieran escuchando lo que él llamaba la maravillosa e increíble historia de Aladdín y la lámpara mágica de la Cueva de las Maravillas.

–Bueno, bueno, muchachitos peligrosos –les llama con una sonrisa ladina muy juguetona.

Jack lo corrige. –Poderosos.

Genio ríe levemente. –Poderosos, poderosos –asiente divertido–. Contadme, ¿dónde nos quedamos?

Anna da un saltito emocionado. –Aladdín sobrevivió a la traición de Jafar, tiene la lámpara y está a punto de conocer al genio de la lámpara mágica.

Genio chasquea sus dedos hacia Anna mientras Tadashi se queda mirándolo fijamente. El hombre de piel negra empieza a describir la apariencia de aquel mágico ser de tal manera que el muchacho asiático empieza a juntar las piezas.

El genio de la lámpara, sin nombre al parecer, era un ser humanoide, musculoso y mayormente con humo en lugar de piernas, su piel era azul tenía una pequeña cola de caballo negra como único pelo sobre su cabeza y un circular barba del mismo color tapizando su rostro. No llevaba otra ropa que no fuera las cadenas finas de oro de sus muñecas que era lo que lo ataba a las normas de la lámpara mágica.

–Veréis, muchachos, aquel místico ser, el genio de la Lámpara Mágica había vivido por muchísimo más tiempo que cualquier de vuestro reinos –empieza a relatar, tomándose el tiempo de apuntar a todos los niños monárquicos mientras pronunciaba aquella afirmación–, os diría que ha visto tantísimos imperios alzando y siendo derivados, pero el genio siempre se quedaba atrapado en su triste lámpara. Esta es la norma: Fenomenales poderes cósmicos –exclama extendiendo los brazos hacia el cielo e inflando el pecho, para de golpe encogerse muchísimo sobre su propio cuerpo, incluso encorvándose hasta estar a la altura de la vista de Hiccup, quien era el más alto del grupo gracias a sus genes vikingos pero que le llegaba un poco por debajo del hombro a Genio–, pero un espacio chiquitito para vivir –concluye haciendo gestos con sus manos para apoyar su afirmación–. Os dije que Jafar estaba obsesionado con su magia, porque siempre había uno que otro listillo que descubría acerca del mito de la lámpara y hacían lo que sea para conseguirla.

Alberto pregunta. –Eso significa que existen más diamantes en bruto.

–¡Por supuesto! El tema del diamante en bruto es más referente a la Cueva de las Maravillas que a la Lámpara Mágica, cualquiera podía hacerse con la lámpara mientras un diamante en bruto pasara por las tentaciones de la cueva.

Anna ladea la cabeza. –¿Y cómo acabó la lámpara en la cueva?

–Siempre vuelve allí, digamos que ese tigre de arena utiliza parte de su magia para siempre proteger lo mejor posible a la lámpara. Después de todo, cualquiera que llega a obtener la lámpara siempre pide lo mismo –asegura lo último con algo de nostalgia, como si estuviera decepcionado por la realidad.

–¿Y qué piden? –pregunta Jack.

Genio sacude una mano. –Lo de siempre, muchacho, cosas que la gente desesperada pide, pero que seguro que ciertos muchachitos de aquí realmente no necesitan, ¿lo adivináis? –pregunta burlón mirando a las princesas y al príncipe.

–Dinero y poder, ¿verdad qué sí? –responde Mérida, cruzándose de brazos.

–¡Montones y montones de dinero y poder! ¡Claro que sí! –el hombre alza una mano hacia Mérida–, que lista, choca esos cinco –entre risas, Mérida acepta la propuesta–. Pero como os contaba –continúa luego de pasar una cariñosa mano por el cabello alocado y corto de la futura reina–, Aladdín era diferente a la mayoría de los amos que habían llegado a tener la lámpara. Aladdín, en verdad, realmente no estaba del todo seguro ni de cómo funcionaba la lámpara ni que quería pedir como deseos. Por lo que el genio decidió hacerle una pequeña y entretenidísima explicación de cómo funcionaba todo –concluye su frase con un guiño de ojo.

Tadashi comenzó a hacerse preguntas en silencio que estuvieron cerca de obtener una clara respuesta si no fuera porque, nuevamente, Genio empezó a entonar una animada canción que de inmediato consiguió toda la atención posible del joven grupo. Tadashi tenía que admitirlo, el hombre era raro de narices y seguramente tenía muchos misterios detrás de él, pero era un completo profesional para llevar la atención a aquello que le convenía, sabía cómo encandilarte para que dejaras de hacerte preguntas que no le convenían.

El hombre comienza a bailar incluso antes de comenzar a cantar, su familia se le une, con una coreografía un poco caótica pero definitivamente pensada para atraer la mirada de cualquiera. –Si en una noche oscura en el bazar –empieza a entonar dando pasos lentos y con intención de ser sospechosos hacia el grupito que no dejaba de sonreírse y dar pequeños saltitos por la emoción de volver a oírle cantar–. Cayese alguna banda sobre ti –apunta a Mérida mientras canta, sabiendo que era la líder de aquella pandilla rarísima y decidiendo que ella sería el centro de su actuación aquel día–. Mi ama, en un pispas les zurrarás. Te sobra un genio para repartir –sigue cantando mientras envuelve los hombros de la muchacha con un solo brazo–. Usa mi magia y vencerás por K.O. Soy dinamita a punto de explotar.

Genio se aleja para, con su cuerpo entero, hacer una mímica de explosión que hace reír a los muchachos.

–Y ya verás, ¡qué flash! Está chupao' –continúa todavía dirigiéndose a Mérida, dándole un leve golpe con cadera que logra arrancar risas de una tambaleante futura reina de DunBroch–. Solo la lámpara debes frotar –canta tomando las manos de la britana para hacer la seña de frotar la lámpara, a Mérida le parece sorprendente la capacidad de ese hombre para no incomodar a nadie.

A ninguno de los niños les gustaba recibir contacto físico de ningún otro adulto que no fuera alguno de los cincuenta padres de Rapunzel, quienes eran los únicos hombres que habían mostrado y asegurado en incontables ocasiones que solo pretendían protegerlos y ayudarles todo lo posible para conseguir su propósito de llamar a DunBroch su nuevo y seguro hogar. Genio era un hombre infundía toda la confianza del mundo, que se veía imponente y fuerte, pero algo en él te decía que podías confiar ciegamente y no te arrepentirías.

A pesar de que los niños están notando todo eso con gran asombro, Genio solo sigue cantando–Y yo te diré. Señora, ¿cómo se llama? –finge no saber, a lo que Mérida, con el ceño fruncido, hace amago de responder–. Da igual –la corta con gracia provocando las risas de los jóvenes–. ¿Quiere algo en especial? Le aconsejo nuestro pavo real –canturrea sacando de su bolsa plumas de aquella ave y dejándolas lo más rectas posibles en el cabello de Mérida, quien entre risas reparte unas cuantas para el resto de las chicas–. No hay un genio tan genial.

Sus hijos, con sus inocentonas e infantiles voces, repiten el coro. –No hay un genio tan genial.

Genio se inclina mientras canta el siguiente verso.

–Je suis su maître ici.

Alberto se pregunta cómo diantres un hombre como él sabe hablar francés.

–Un tipo servicial –continúa sin problema, pues, a pesar de las dudas, ningún niño parece interesado en interrumpirle para hacerle las debidas preguntas–. Me repita, mande, mi ama, le oigo mal –canta acercando uno de sus oídos hacia Mérida, medio susurro lo cantico, pero manteniendo el volumen lo suficientemente alto como para que el resto de su público aun pudiera escucharlo.

–No hay un genio tan genial –vuelven a cantar los niños.

–A tus problemas soy la solución –asegura sonriente apuntándose a sí mismo con ambos pulgares–. Fui el primero de mi promoción. Yo soy un genio superenrollado' –mueve sus hombros de arriba debajo de forma tan graciosa que incluso los dos muchachos mayores, que hasta ahora solo se permitían risillas, soltaran unas sonoras carcajadas que resonaron junto al de resto del grupo–. Lo que tú mandes se hará, te sirvo a ti –se inclina por completo frente a Mérida, quien, para seguirle el juego, infla el pecho y sonríe con gran gusto, eso de que incluso ese hombre que a penas la conocía la hubiera reconocido ya como la líder del grupo le encantaba–. Susúrrame, te escucho, suéltalo –canta mientras hace señas con la mano como si en verdad quisiera motivar a Mérida a realmente decirle cuáles serían sus deseos–. Sé que la lista es más de un millón. Tú frota bien y luego dímelo.

Al terminar, antes de inclinarse para disfrutar de las aclamaciones de los niños, Tadashi avanza para ponerse firme frente al hombre.

–Eres tú, ¿verdad? –le dice con los brazos cruzados, confundiendo momentáneamente a sus amigos que, poco a poco, uniendo con facilidad los mismos puntos que Tadashi había unido mientras escuchaba la canción–. Tú eres el genio de la lámpara.

Entre risas encantadas, Genio niega y mueve un dedo de lado a lado.

–No, no, no, mi inteligentísimo muchacho, no has acertado, aunque has estado cerquísima –le responde sonriente–. Yo era el genio de la lámpara. Hace ya cinco años Aladdín me liberó de mi terrible prisión de latón –el hombre suspira pesadamente, sonriendo con más melancolía para luego hacer una mueca de asco–. No tenéis ni idea de cómo era, perdiendo todas esas maravillosas vistas, apretujado en esa dichosa lámpara, soñando con ver algo nuevo e increíble… pero no, era todo el tiempo: latón, latón, latón, oh, ¿eso es cobre? ¡No, latón!

Rapunzel y Elsa son las que se muestran más afectadas por las palabras del pobre hombre.

–Suena terrible, Genio, ¿cuánto tiempo pasaste ahí dentro? –pregunta Rapunzel caminando levemente hacia él.

El hombre se rasca la barba mientras finge pensar. –Oh, bueno, habré estado allí unos… mil años.

–¡Que horrible! –exclama espantada Elsa–. ¿Cómo es que Aladdín te liberó? ¿cómo lo consiguió?

Genio volvió a sonreír. –Sencillamente lo deseó, utilizó uno de sus deseos para liberarme, a pesar de que aún necesitaba un deseo para conseguir su propósito, me dejó libre –su mirada se voltea hacia su familia, la cual se acerca a él para unirse en un abrazo lleno de candor y amor–. Me permitió vivir mi vida, tener mi familia, quedarme con la mujer que amaba.

Dalia le da un tierno beso en los labios, el grupo se queda conmovido por la imagen.

–¿Y qué pasó con tus poderes? –pregunta Anna ladeando la cabeza.

–Los perdí al quedar libre –responde hundiéndose de brazos–, pero realmente no me importa, soy feliz tal y como estoy, con mi barquito, mi maravillosa esposa y estos pequeño milagritos de niños que tengo. Honestamente no sé qué otra cosa podría pedir en la vida, he visto a tantos deseando riqueza y poder ilimitado derrumbándose antes de dar un pestañeo, no necesito nada de eso, solo a la gente que amo.

Con las manos de su padre acariciándoles las cabelleras, los pequeños niños sueltan risillas encantadoras que hacen que el grupo se sienta un poco melancólicos y entristecidos por el leve pinchazo de envidia que llegan a sentir. Los dos nórdicos y el monstruo marino se quedan admirando fijamente a Genio, viendo finalmente cómo era realmente que lucía un buen padre, no un padre normal o decente, uno bueno, un hombre interesado en el bienestar de sus vástagos, amoroso y comprensivo, paciente y lleno de cariño para sus hijos, a Hans le da rabia que su padre no hubiera podido ser ni la sombra de Genio, a Alberto se le viene la pregunta de por qué el suyo había sido un padre nefasto que no daría nada por él, y a Hiccup nuevamente le llega la cuestión de por qué él no se había merecido un padre tan bueno, por qué él no había tenido derecho a algo tan hermoso.

Las princesas recuerdan a sus difuntos padres, porque ellos eran tan maravillosos como Genio, Anna pestañea con fuerza y repetidas veces para no llorar mientras que Elsa se pregunta por qué la naturaleza había sido tan cruel con ella como para no haber tenido piedad del barco de sus padres; Mérida respira profundamente y con todas sus fuerzas intenta no rememorar la versión deprimida y acabada de su padre, prefiere recordarlo cuando su madre seguía viva, cuando era un hombre feliz con grandes esperanzas en el futuro.

Tadashi intenta de recordar de alguna ocasión en la que su padre se hubiera mostrado así de cariñoso, los únicos recuerdos que se le vienen a la cabeza son de cuando Hiro todavía no nacía.

Jack y Rapunzel se apoyan un poco el uno contra el otro, deseando tan siquiera poder darle un rastro a esa figura que supuestamente tenía que existir por el simple hecho de que ellos habían nacido. Jackson, esa parte débil y silenciada de Jack, censura por completo la imagen de su padre, negándose por completo a rememorar a ese hombre pues su imagen le recordaba a su misión fallida, la misión de cuidar de su familia.

A los nueve les gustaría tener un buen padre, a algunos incluso les servía tener un padre, otros les bastaba con la idea de haber tenido un buen padre cuando realmente lo habían necesitado, a otros les bastaba con ponerle un rostro a esa palabra que solo surgía como letras en su cabeza, letras que no se acomodaban del todo bien, letras que formaban una palabra carente de un gran significado. Adoraban a los rufianes, eso era indiscutible, y poco a poco cada uno de ellos empezaba a verlos como esas figuras paternas que llevaban necesitando desde hace mucho, pero todos sabían en el fondo que sencillamente no era lo mismo.


La señora Merino se acerca al grupo de muchachos que siguen escuchando la historia de Aladdín. Habían llegado a la parte donde Jafar se había hecho con el control de Ágrabah y había enviado a Aladdín a una especie de paraje nevado terriblemente alejado de su reino dónde casi muere congelado si no hubiera sido por la ayuda de la Alfombra voladora que encontró en la Cueva de las Maravillas.

Mientras Genio narra del épico regreso de Aladdín a Ágrabah mientras su esposa ayuda a Jack y a Alberto a volver a hacerle las finas trenzas a la rubia de larguísimo cabello pues se las había tenido que quitar para lavarse el pelo, la señora Merino finalmente se coloca al lado de dónde estaban reunidos los niños, llamando su atención con fuertes palmadas que silencian al hombre por completo y consiguen que Dalia pierda la concentración en el dorado cabello de Rapunzel.

–Llegamos a Ágrabah en menos de un día, vuestros animales se quedarán aquí en el barco pues seguramente no serán capaces de aguantar el clima arábigo sin una tormenta de nieve que no podéis crear sin llamar demasiado la atención –por la manera en la que señora Merino dijo aquello, realmente parecía que tenía dudas si los muchachos eran capaces de eso, Jack y Elsa niegan, admitiéndose solo entre ellos con una mirada divertida que sus poderes eran demasiado dramáticos y deseosos de atención como para ser capaz de mantener el frío de una forma disimulada–, de acuerdo, lo primero que tenéis que hacer es descubrir todo lo que podáis con respecto al secuestro de la princesa, no demoréis demasiado, no sabemos qué será de ella y si nos podemos permitir demorarnos un solo día más.

Genio niega con la cabeza, seguida inmediatamente por Dalia.

–Vaya, tiene pinta de que voy a tener que adelantaros la historia, ¿eh, niños? –dice de momento a otro el antiguo genio de la lámpara, confundiendo y decepcionando un poco a los pobres críos que le rodeaban y adoraban su forma de narrar la historia–. Ya os imagináis que Aladdín salió victorioso del enfrentamiento.

–Oiga –detiene Merino con el ceño fruncido de manera exagerada–, ¿no me ha oído? Tienen que empezar a planear y prepararse.

–Escúcheme, por favor, ahora le explico –la calma con tranquilidad, incluso motivándola a escucharle junto con los niños–. Bueno, Aladdín vence, pero de seguro que no os imagináis cómo lo hace.

Mérida asiente ante las palabras de Genio. –Es cierto, Jafar deseó ser el sultán y el hechicero más poderoso de todo el mundo, ¿cómo vences a alguien así sin ningún tipo de magia?

Dalia sonríe de oreja a oreja, volviendo a concentrarse en las trenzas que tenía que hacerle a Rapunzel. –Muy sencillo, cielo, tienes que darle demasiado poder.

Elsa suelta una risilla algo burlesca. –¿Cómo vas a vencer a alguien dándole más poder del que ya tiene? No tiene sentido –su hermana menor y el príncipe Hans asienten ante sus obvias palabras.

–¿Recordáis lo que os dije que significa ser el genio de la lámpara? –pregunta Genio, Jack alza la mano y el hombre le cede la palabra.

–¡Fenomenales poderes cósmicos! –exclama divertido el niño muerto, haciendo una pequeña nevada sobre todos ellos, para luego, tal y como había hecho Genio antes, encogerse en sí mismo y formando una lámpara de hielo–. Pero un espacio chiquitito para vivir.

Genio chasquea los dedos y alza la mano para que Jack choque los cinco, a los niños les encantaba cuando Genio hacia eso. –Exactamente. Aladdín, sabiendo que Jafar tenía un problemilla con eso ser el segundón, le dijo que, deseara lo que deseara, yo, con mi magia de genio, siempre estaría por encima de él.

–¿Por qué te metió de por medio? –pregunta Hiccup con una ceja alzada.

–¡Es lo que yo le pregunté! –asegura entre risas Genio–. La cosa es que pronto me dejo entender su astuto plan –dice mientras se da toquecitos en la sien con un dedo anillado–. Convenció a Jafar para que utilizara su último deseo en pedir ser el ser más poderoso del mundo, más que yo… y, bueno, ya os comenté que hay que ser muy específicos a la hora de pedir un deseo de ese tipo… cualquiera podría darle una interpretación que le conviniera.

Genio les guiña un ojos, Anna es la primera en entender.

–Se convirtió en un genio, con todo lo que eso significaba.

Luego de decirle que había acertado, Anna y Genio chocan los cinco con algo dificultad por lo lejos que estaban la menor del grupo y el sonriente hombre.

–Eso quiere decir… que la lámpara está la Cueva de las Maravillas… podríamos conseguirla y desear que la princesa esté a salvo, ¿no es así? –dice Rapunzel dándose cuenta de todo lo que el final de la historia significaba–. ¡Solo hace falta ir a la cueva y tomar la lámpara!

Merino vuelve a interferir. –¿No había sido usted mismo quien había dicho que a la Cueva de las Maravillas solo puede entrar el supuesto "diamante en bruto"? No puede simplemente ir metiendo a los niños en ese agujero a ver quién lo logra, podrían morir y lo sabe.

–No se angustie, por favor –intercede Dalia–, los niños estarán a salvo, no forzaremos a ninguno a entrar, lo hará Genio.

–Mientras conozcas las normas de la Cueva de la Maravillas puedes conseguir la lámpara, estuve ahí bastantes milenios, créame, puedo encargarme de esto, además que incluso si alguno de vosotros llega a ser un diamante en bruto, realmente yo la encontraría más rápido. Así que no se preocupe, no pondremos a estos niños a más peligro del que ellos sean capaces de lidiar, que sé que también les gusta meterse en problemas.

Entre risillas, Hiccup se hunde en hombros mientras mira con una sonrisa cómplice a Mérida. –Digamos que somos buenos en ello –dice el vikingo con más orgullo del que debería de tener.

Anna frunce el ceño. –Lo dices como si fuera algo bueno –le recrimina con una mirada que da a entender que todavía nadie se ha olvidado de todo el temita del heleno amigo de Aladdín con el que se tuvieron que enfrentar porque esos dos eran incapaces de no convertir en algo caótico situaciones que se podían llevar a cabo con calma y normalidad. Era divertido pensar en cómo esos dos eran miembros de pueblos que habían pasado generaciones y generaciones enfrentados sin piedad alguna, pero que en verdad se parecían en tantísimos aspectos.

A pesar de la pequeña disputa entre el grupo en el que la britana y el vikingo exigían algo de respeto y el resto de los chicos seguían señalando que eran extremadamente impulsivos y que obedecían demasiado a sus pensamientos intrusivos, la señora Merino se limita a presionar un poco con la mirada a los padres de la pequeña familia arábiga, no del todo segura si realmente podían confiar por completo en ellos para mantener a salvo a esos pobres niños. Merino era, dentro de la tripulación del Inevitable, quien más se había encariñado con ese grupo de peligrosos jóvenes –que ellos insistían en ser llamados poderosos, pero es que en verdad eran más puto peligrosos que Roja en sus peores días–, por lo que imitaba bastante la acción de los rufianes padres de Rapunzel, los nuevos adultos eran dignos de recelo, tenían que pasar por un periodo de prueba y si tenían esa maldita habilidad de encandilar a cada uno de los niños con gran facilidad, pues se le tenía que poner una espada en la garganta mientras dormía para dejarle muy en claro que como si se atreviera a hacerle daño a los niños le rajarían la garganta sin miramientos ni arrepentimientos.

Genio aseguraba que los niños no saldrían lastimados en los absolutos, que los mantendría a salvo y que solo lo estaban acompañando por los rufianes y la tripulación, que siempre estaban rodeándolos y cuidando de ellos, serían buenos para la pelea –además porque los propios críos tenían habilidades excepcionales que, le disgustara a quien el disgustara, aquello era una gran ventaja en una misión de búsqueda y rescata– que, tal vez, fuera necesaria para rescatar a la pobre Jazmine.

Más le valdría al anterior genio de la lámpara que en verdad no le ocurriera nada malo a esos muchachos, porque si alguno terminaba con una sola herida mental más, la misma señora Merino se encargaría de hacer que ese idiota cantarín y melodramático pagara por todo el daño que sus niños podrían llegar a sufrir.


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Tengo que admitirlo, me gusto más el haber metido Noches de Arabia que No hay un genio tan genial, y creo que se nota un poco eso.

Me ha dado gracia meter eso de que, si no estuvieran juntos, Elsa e Hiccup se hubieran fijado en Mérida, más que nada es por cómo quiero desarrollar la amistad de Mérida e Hiccup para futuro –sin duda alguna llegarán a ser extremadamente cercanos, lo que se notará muchísimo en el futuro cuando ya sean adultos–, de parte de Elsa es más que nada porque también me gusta ese ship sapphic.

Ah... los daddy issues de este capítulo, honestamente creo que a pesar de que todos los niños ven a los rufianes como padres, saben en el fondo que sencillamente no es lo mismo.