Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
Capítulo 9
Hace siete años.
—Veo una yurta.
Sasuke arrugó la cara.
—¿Una yurta? ¿La vivienda de los nómadas mongoles? ¿En serio esa es la brillante idea que te ha mantenido despierta media noche?
—¡Sí! Piénsalo un poco —dije yo— Una estancia central con un gran poste en el medio y el techo ascendiendo hasta una claraboya en lo alto. Sería increíble.
De día, el terreno que había adquirido era un paraíso verde con imponentes alcornoques y un pino bunya. Bajo ellos había algunas banksia. En la parte trasera, donde daba más sombra y el suelo estaba más húmedo, crecían algunas plantas tropicales, como lirios del pantano, aves del paraíso y bromelias.
Se rascó la barba de tres días.
—No tengo muy claro que quiera vivir en una yurta. ¿No están hechas con piel de cabra o algo parecido?
—Usaremos madera. Ninguna cabra sufrirá daño alguno en la construcción de esta casa.
—Mucho mejor —apuntó él— Es más fácil conseguir árboles.
—La cocina, el salón y el comedor irán en el espacio abierto central.
Hice un círculo con el brazo a modo de demostración. Luego, a ambos lados, dos alas con las habitaciones, los baños y lo que quieras. Y pondremos un porche techado tipo galería a lo largo de la parte trasera para pasar el rato.
—¿Y todo eso lo vamos a hacer con madera? —Ladeó la cabeza, mirando el terreno. Estaba claro que todavía no le había vendido por completo la idea.
Qué tonto.
—Sí.
Agarró un palo e hizo un rápido bosquejo en la tierra, junto a las cenizas de la fogata de la noche anterior. En días como ese hacía demasiado calor para estar dentro del cobertizo. Sobre todo cuando soplaba una brisa fresca en el exterior. Ya habíamos estado en la playa, comiendo con su última amiga. Monica, Melissa o algo parecido. Pero como siguiera haciendo ese bochorno nos veía volviendo allí. Maldito fuera mi padre por no haber hecho una piscina, solo porque no quería ocuparse de ella durante todo el año para usarla únicamente seis semanas. Qué egoísta.
—Vas a poner una piscina en la parte de atrás, ¿verdad? —pregunté. Hizo un gesto de asentimiento— Bien.
—Estaba pensando traer una de esas viejas casas prefabricadas Queenslander —informó él— Y renovarla como hizo tu padre. Seguro que es mucho más fácil.
—Pero mi idea es mejor.
Parpadeó.
—Pero yo soy el que tiene que hacer todo el trabajo.
—Pero es nuestro sueño.
—Es «tu» sueño, pequeña. Yo solo quiero deshacerme de este cobertizo.
Puse mi cara más triste con una pizca de decepción. Sasuke soltó un suspiro.
—Lo pensaré. Aunque no te prometo nada.
—De acuerdo —Sonreí de oreja a oreja— Te haré algunos bocetos.
—Lo digo en serio. No prometo nada.
Domingo por la mañana… en la actualidad.
Cuando salí con la maleta a cuestas me lo encontré sentado frente a la encimera de la cocina, pensando; aunque ahora con una taza de café.
«Dame fuerzas».
Heathcliff habría transmitido menos. Hubiera preferido que Sasuke se quedara en su habitación. Habría sido muy amable por su parte no llevar esto más lejos. Pero no. Por su aspecto, se había duchado: llevaba el pelo mojado y echado hacia atrás, unos pantalones cortos limpios y una camiseta de algún grupo de música de hacía años. El viejo y suave algodón le quedaba demasiado bien.
Daba igual.
«Sakura, puedes hacerlo».
Me había puesto un alegre vestido veraniego con motivos de hierba y mariquitas para que se notara lo poco que ese hombre influía en mi estado de ánimo, mi vida y en todo en general. Shizune y mi padre ya debían de estar camino del aeropuerto para tomar su temprano vuelo a Bali. No tenía nada más que hacer allí. Nada que me retrasara.
Me iría directamente a la puerta, hacia mi automóvil, hacia la carretera. Ese era el plan. Caray. Tenía intención de marcar un récord de velocidad de mujer arrastrando una maleta pesada. Alguien debería cronometrarme.
Aun así, lo primero era lo primero. Me aclaré la garganta en busca de dignidad, aunque seguramente fracasé.
—Iba a mandarte un mensaje —dije, asintiendo con la cabeza mientras él seguía sentado con su café— Anoche nos olvidamos de la protección.
Lo vi abrir los ojos.
—Tomo la píldora y suelo hacerme análisis de forma regular. Supongo que tú también, ¿no?
—Ah, sí —respondió él. Parecía un poco consternado— Sí, claro.
Era bueno saberlo.
—Mierda —Negó con la cabeza— Ni siquiera lo pensé…
—Yo tampoco. No se me ocurrió hasta que empezó a caerme por la pierna.
Enarcó ambas cejas hasta formar una línea que denotaba que no le había impresionado mucho.
—¿Ibas a explicarme eso en un mensaje?
—¿Qué? ¿Hubieras preferido un telegrama?
—Preferiría una conversación entre adultos.
—Igual que yo, pero por lo visto perdimos la oportunidad hace años —ironicé, apretando el asa de la maleta— Aunque dudo bastante de que alguna vez la tuviéramos.
Se llevó la taza de café a la boca. Sin embargo, por alguna extraña razón, la dejó de un golpe en la encimera antes de haberle dado un sorbo. Después, empujó el asiento hacia atrás y se acercó a mí. Yo, por puro instinto de supervivencia, levanté una mano y retrocedí un paso; gesto que no lo detuvo.
Todo lo contrario, vino directo hacia mi mano hasta que mi palma empujó contra su pecho.
—Has estado llorando.
—No es verdad.
—Sakura —dijo con un tono increíblemente dulce.
—Está bien, puede que sí. Pero no es asunto tuyo.
—Yo creo que sí.
—Muy bien, no estamos de acuerdo —Enderecé los hombros— Es hora de que me vaya.
—No.
—Hasta otra, Sasuke. Ha estado bien.
Traté de rodearlo, pero el muy capullo me agarró por los hombros. Con la complexión que tenía, sabía que no iba a conseguir nada empujándolo, ni siquiera con las dos manos. Si la maleta no hubiera estado en medio le habría propinado una patada en la espinilla.
—Tenemos que hablar —indicó él.
—De ningún modo.
—Escúchame…
—Que te den, Sasuke —Le golpeé el pecho con las manos, negándome a sucumbir. Todo estaba volviendo a resurgir, aunque no creía que jamás se hubiera ido. El dolor, la ira, el sufrimiento que me causaba. Todos esos sentimientos estúpidos que debería haber dejado atrás hacia años. Todo aquello se agolpó en la punta de mi lengua, dispuesto a salir, incluso contra mi voluntad— Sinceramente, estoy harta de tus tonterías. De tu angustia existencial o lo que sea que te pase. Eres un coñazo, lo sabes, ¿no? Anoche me deseabas. Empezaste tú. Pero acabé sintiéndome como una mierda. Se terminó, ¿me oyes?
Dio una patada a la maleta para quitarla de en medio y me acercó a él hasta que me tuvo contra sí. No hice caso a las lágrimas que empezaban a caerme con la esperanza de que se detuvieran en algún momento. De todos modos, estaba demasiado enfadada para que me importara. El muy idiota podía creer lo que le diera la gana.
—Sí, se ha terminado —repetí. Durante un instante me quedé sin habla. Mierda—. Me voy a ir a casa y…
—Por favor, no vuelvas a decirme eso de «todo hombre disponible» —dijo por encima de mi cabeza. Oí su voz retumbando en su pecho— No creo que pueda soportarlo.
—Me importa una mierda lo que puedas soportar, gilipollas. Y deja de mecerme. No soy una cría.
—Lo que tú digas.
—No intentes calmarme, imbécil.
No se molestó en contestar, ni yo me molesté en volver a hablar. Supongo que me quedé sin insultos, de momento, y me dolía la garganta. Me acurruqué contra él, con el corazón destrozado. Daba igual lo mucho que intentara tranquilizarme y lidiar con todo aquello, simplemente me salió de dentro. Más sollozos, hipos y sufrimiento.
Solo quería estar enfadada, pero las lágrimas seguían fluyendo.
En algún momento en medio de mi colapso, Sasuke me tomó en brazos, me llevó al sofá y me sentó sobre su regazo. Luego siguió abrazándome con fuerza. Al final, después de un rato, dejé de llorar y todo se quedó en silencio.
Vaya. Aquello había sido… intenso.
Sabía que alguno de los dos tenía que decir algo, pero no tenía claro quién debería ser el primero. Estaba segura de que Sasuke era mucho más rápido que yo, así que salir gateando y correr hacia la puerta no era una opción. Saqué un pañuelo de papel del bolsillo y me soné la nariz. Qué erótico. Me fijé en que su camiseta tenía un enorme parche de humedad en la parte delantera. Los sentimientos eran tan molestos. Tal vez debería hacerme una lobotomía. Creo que nunca me había sentido tan enfadada y deprimida al mismo tiempo. Sin embargo, ahora que la tormenta había pasado, era plenamente consciente de lo que tenía que hacer.
—Creo que es la primera vez que una mujer me llama «coñazo» —dijo.
—¿Sí? Pues ya era hora.
—Mmm.
Me retorcí en su regazo, mostrándole todas las señales posibles para que me soltara. Pero los brazos que tenía a mi alrededor no se movieron ni un ápice.
—¿Sasuke?
—¿Sí?
—Esto… Necesito beber agua.
Sin apenas hacer esfuerzo, me levantó y me llevó hacia la cocina.
—Puedo ir andando.
No se molestó en contestar. En cambio, me dejó sobre la encimera mientras llenaba un vaso de agua y me lo entregaba.
—Gracias —dije yo, dispuesta a terminar con todo aquello.
Él se apoyó contra el frigorífico de acero inoxidable, con los brazos cruzados.
—No suelo quedarme para las peleas.
—Podrías haber dejado que me fuera.
—No quiero que te vayas —anunció, mirándome con intensidad. Me quedé esperando— Sakura, no estaba golpeando el saco porque me arrepintiera de haberme acostado contigo.
—Entonces, ¿por qué?
—Mi angustia existencial, como la llamaste, se debía a que no me sentía mal por lo que había sucedido entre nosotros.
Parpadeé.
—Explícate, por favor.
—Hay un montón de buenas razones por las que no deberíamos haberlo hecho —Me miró con los ojos entrecerrados— El problema es que en realidad no me importa.
—¿No?
—No.
—Ajá —Qué raro— A ver si lo he entendido bien. ¿Te odiabas a ti mismo por no odiarte a ti mismo?
—Sí, podría decirse así. Quiero que te quedes un poco más. ¿Puedes hacerlo?
Abrí la boca, pero fui incapaz de pronunciar palabra alguna. Se separó del frigorífico y se acercó a mí. Lo que no presagiaba nada bueno. Me sentía mucho más segura, más controlada, con él al otro lado de la cocina.
—Tenemos que ver qué sucede entre nosotros —continuó— Y nunca lo sabremos si te metes en ese vehículo y te largas.
Apreté el vaso.
—¿Qué puedo hacer para convencerte? —quiso saber.
—No lo sé…
Me quitó el vaso de la mano y lo dejó a un lado. Luego posó las manos en mis rodillas, acariciándomelas suavemente con los dedos. Contemplé todo el proceso con desconfianza y con las piernas firmemente cerradas. Si a mi piel no le gustara tanto… En ese momento me habría ayudado mucho ser un poco alérgica a él. Nada excesivamente molesto o que produjera mucho picor, lo justo como para querer tenerlo lejos. Para darme tiempo a pensar.
—¿Te hice daño? —preguntó. Deslizó los pulgares por debajo de la falda del vestido para rozarme los muslos— Anoche fui bastante rudo contigo. Más de lo que suelo ser.
—Estoy bien.
—Estupendo.
Los dedos fueron ascendiendo disimuladamente. Me resultó raro verle hacerme aquello. Le había visto desplegar ese tipo de sutilezas con sus novias. Como ofrecerse a ponerles crema en la espalda. Ocasionales besos en el cuello o apoyar la mano sobre sus piernas cuando iba conduciendo. Juegos previos intrascendentes. Carantoñas. Caricias adecuadas para sitios públicos y miradas indiscretas como la mía.
—Dime algo —pidió él— Me aterra cuando te quedas callada y no sé qué es lo que está pasando por tu cabeza.
Solté un suspiro.
—Sasuke.
Detuvo su excursión por debajo de mi falda y me agarró el cuello con una mano para darme un beso en la frente.
—Por favor, quédate.
—¿Por qué?
Me miró fijamente a los ojos durante tanto tiempo que empecé a preguntarme qué era lo que pasaba también por su mente.
—¿Por qué debería quedarme, Sasuke?
—Para que podamos ver adónde nos lleva esto. Porque me importas y no quiero perderte otros siete años más —Volvió a sujetarme las piernas, pero ahora con más firmeza— Por eso, Sakura.
—¿No se trata solo de sexo?
—Mira… Lo que hicimos anoche… Fue inaudito. Y mentiría si te digo que no quiero más.
—¿Eras virgen? Debería haber dicho algo, haber intentado ser más suave contigo.
—Ja, ja.
Aunque me quedaba otra semana más de vacaciones, no sabía qué hacer. Con Sasuke no estaba a salvo. No en mi estado actual, tan aparentemente frágil. El sexo no debería ser tan complicado y nunca había involucrado mis sentimientos hasta ese grado. Era peligroso.
—¿Sakura?
—¿Sabes que lo que hiciste me dolió? Me destrozaste el corazón.
Él hizo un gesto de dolor.
—Lo sé. Lo siento.
—¿De veras?
En ese instante parecía muy perdido. Supongo que jamás me había visto dudar ante sus palabras. No en algo de tanta importancia. Me sostuvo las manos y se puso a pensar.
—Anoche, cuando llegaste, dijiste que estabas cansada y solo son las seis de la mañana, así que supongo que no has dormido mucho.
—No mucho.
—No. Yo tampoco —Me agarró de las caderas, bajándome de la encimera para colocarme frente a él— ¿Qué te parece si te vienes a dormir un rato conmigo? Así, si al final decides marcharte más tarde, no te quedarás dormida al volante ni tendrás ningún accidente.
—No sé.
—Deja que cuide de ti. Por favor.
Hice un breve gesto de asentimiento.
Me tomó de la mano y me llevó hacia el pasillo que conducía a su dormitorio. Supongo que tenía razón. Estaba a punto de soltar un bostezo enorme. Incluso sentía los huesos cansados y débiles. Y eso que la noche anterior, durante la boda, solo me había tomado una copa. Por lo visto, los nórdicos tienen una palabra para definir la incomodidad posterior al desenfreno. Tal vez eso era lo que me pasaba. A pesar de que no se podía hablar estrictamente de alcohol, sí que me había comportado de forma desenfrenada. Sinceramente, la noche anterior había estado tan desenfrenada que me sorprendería que me quedara una sola pizca de lujuria. El persistente dolor entre mis piernas me dijo que no. Además, quizá también estaba emocionalmente exhausta después del berrinche que había protagonizado. Tenía sentido.
El dormitorio de Sasuke era grande, con el techo alto y las paredes pintadas de verde oscuro. Había una cama tamaño matrimonio desecha, con las sábanas blancas desordenadas. Parecía que no había sido la única en pasarme toda la noche dando vueltas. Me fijé en un cuadro de pájaros ibis y enredaderas que colgaba de la pared. Era bonito.
—Venga —dijo él, llevándome hacia el colchón.
Se encaramó en el centro, se tumbó y me puso a su lado, muy cerca de él. Después colocó las almohadas y me abrazó la cintura. Estaba acurrucada con Sasuke, en su cama.
Menuda sorpresa.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí.
Rozó con los labios una porción de piel desnuda de mi hombro.
—Duerme, Sakura. Ya lo solucionaremos más tarde.
Me gustaría decir que no fui capaz de calmarme, que tenerlo abrazándome de ese modo me hizo sentir mal. Pero evidentemente no fue así. Todo lo contrario, me dormí al cabo de un rato, a pesar de la luz de la mañana que entraba a raudales por las puertas francesas abiertas.
Me desperté sola, con la puerta del dormitorio cerrada. El despertador de la mesita de noche daba las cuatro de la tarde. ¡Mierda! Llevaba durmiendo diez horas. Una buena prueba de que había acabado exhausta. Las sábanas olían a Sasuke y estuve tentada de quedarme allí un rato más. Como era de esperar, tenía el vestido hecho un asco. Las mariquitas ya no se veían tan alegres como antes. Tampoco era que hubiera ayudado mucho mi estado de ánimo de aquella mañana. Había cosas que no podían solucionarse tan fácilmente, ni siquiera con un vestido con bolsillos.
Seguí el olor a comida hasta el salón. Sasuke estaba en la cocina lavando una tabla de cortar de madera en el fregadero. En el horno se estaba cociendo algo. Algo muy bueno.
—Huele a asado de los buenos.
—Y debería estar listo muy pronto.
—¿Has dormido algo?
—Sí —respondió mientras se secaba las manos en un paño de cocina— Me desperté hace un par de horas. Supuse que necesitarías comer algo antes de irte —Me detuve en seco— Si te vas.
—Estoy famélica. Bien pensado.
Él hizo un gesto de asentimiento.
—No es que quiera que te vayas, quiero dejarlo bien claro. Pero también he mirado el agua y el aceite de tu vehículo, por si acaso. En verano, por aquí, es muy fácil que se sobrecaliente. Es más, quizá deberías hacer que te revisen los neumáticos cuando regreses. Los delanteros se ven un poco gastados.
—Gracias. Lo haré.
Como no sabía muy bien qué hacer con las extremidades, terminé abrazándome a mí misma. La forma en que me miraba hizo que volvieran a resurgir todos mis nervios. Dios, en ese momento no me hubiera venido mal un poco de tranquilidad. De relajación. La situación y todas aquellas incertidumbres me estaban volviendo loca. Por lo visto, cuando el hombre del que llevas enamorada una eternidad por fin empieza a prestarte atención del modo en que deseas, puede ser bueno y malo. Estaba acostumbrada a que hubiera una tensión sexual no resuelta por mi parte. Pero ser la receptora de esa mirada de «te lo haría aquí mismo»… era mucho más. Mucho más halagador, sobrecogedor, inquietante.
No sé.
—¿Qué es lo que de verdad quieres, Sasuke?
—Ya te lo he dicho —Se acercó un paso, y luego otro y otro más hasta que deshizo con dulzura la barrera de mis brazos cruzados y tomó mis dos manos— Quédate un poco más, Sakura —No solía tener tantos problemas para respirar— Veamos qué pasa.
—Ya sabes lo que va a pasar —dije con tono más que sospechoso— Volveremos a acostarnos. Después te asustarás y tal vez decidas que haber intercambiado fluidos corporales conmigo haya sido la mayor equivocación de tu vida. Entonces yo tendré que abusar sexualmente de ti una vez más y salir huyendo. Sinceramente, es agotador.
—Suena complicado.
—No te burles de mí.
—No osaría —Intentó reprimir una sonrisa. Capullo— ¿Y si tratamos de dejar a un lado la angustia existencial y tus abusos sexuales y nos limitamos a disfrutar de nuestra mutua compañía?
—Lo de la angustia existencial te ha dejado preocupado, ¿verdad?
—Nunca me han acusado de tenerla antes. Creo que me hace parecer profundo, ¿no te parece?
Se inclinó y me besó suavemente en la mejilla. Tenerlo tan cerca me dejaba un poco mareada. La sensación de su aliento sobre mi cara, su cuerpo allí mismo. Estaba tan embriagada que me resultaba prácticamente imposible pensar con claridad.
—Estás siendo muy amable.
—¿Acaso no puedo serlo?
—Depende. ¿Es el tipo de amabilidad con la que esperas practicar sexo?
Soltó un resoplido.
—Es el tipo de amabilidad con la que me doy cuenta de que me he comportado contigo como un imbécil desde que llegaste y con la que espero poder hacer las paces.
No dije nada.
—No tienes una opinión muy buena de mi persona ahora mismo, ¿verdad?
—Sé cómo actúas, amigo. Y cómo eres con las mujeres —Retrocedí un poco para poder mirarlo mejor a los ojos. Todavía tenía gesto divertido: la curva de la boca, la expresión… pero en su mirada había un atisbo de preocupación. Bien— Eres muy, muy amable con ellas. Haces malabares, las mantienes físicamente cerca, pero guardas las distancias mental y emocionalmente. Y luego pones la etiqueta de «esporádico» en la relación para estar a salvo.
Entrecerró los ojos.
—Eso es lo que hago, ¿eh?
—Sabes que sí. Y si ni siquiera puedes ser sincero conmigo, entonces no tenemos nada de qué hablar.
—Espera —Me agarró con más fuerza de las manos, se las acercó a la boca y luego las sostuvo contra su pecho. Entonces me miró a los ojos, ahora mortalmente serio— Está bien, Sakura, supongamos que tienes razón. De todos modos, esa mierda no funcionaría contigo. Por lo visto, me conoces demasiado bien.
—¿Entonces qué tienes pensado?
—Que estemos un tiempo juntos y nos conozcamos como adultos.
Me detuve a pensarlo.
—Lo que siento por ti no es esporádico. Nunca lo ha sido.
—Lo sé —dijo en voz baja— Pero lo que no sé es adónde nos puede llevar esto.
Me parecía justo. Puede que nos conociéramos desde hacía tiempo, pero añadir sexo a nuestra relación era algo nuevo. Y nadie podía garantizar qué iba a pasar en esta nueva fase. No de verdad. Sin embargo, todavía sentía miedo y preocupación revoloteando en el estómago.
Tenía mucho que pensar.
—Dame de comer y ya veremos.
Tomamos la temprana cena en el porche trasero, a la sombra. Con el sol todavía brillando en lo alto del cielo, las gafas de sol eran un complemento imprescindible. Comimos cerdo asado en salsa de manzana casera, patatas, zanahorias y col china. Cené con la determinación de alguien que no solo evitaba la conversación, sino que también se moría de hambre.
—¿En qué piensas? —preguntó cuando terminé el último bocado.
—En que algún día serás un excelente esposo —dije, alzando en su dirección mi vaso de agua.
Sonrió.
—Me molesta que intentes etiquetarme con tus normas de género.
—¿Te acuerdas de cuando vivías en el cobertizo y lo único que tenías era esa porquería de barbacoa? —pregunté— Aun así, hacías pescado a la parrilla, kebabs de piña, mazorca de maíz a la brasa y… Dios, no sé qué mil cosas más. Todas las noches de la semana cocinabas algo elaborado.
—Me gusta comer bien.
—Mi padre se preguntaba por qué casi nunca comía en casa.
—Lo siento, preciosa —dijo él— pero tu padre no tiene ni idea de cocina.
Ambos nos quedamos callados un instante. Puede que conmocionados por el tono tan cariñoso combinado con la mención a mi padre.
—Creía que pedir pizza vegetariana cubría mi ingesta necesaria de verduras —ironicé yo— Estoy segura de que lo hacía para que, cuando mi madre llamara, pudiera decirle que me encontraba bien.
—Habría funcionado si no le hubieras quitado la mitad de los ingredientes.
Hice una mueca.
—Solo el chile y los champiñones. Estaban asquerosos.
—Recuerdo haber intentado enseñarte a cocinar.
—No soy tan mala —me defendí— No se me da tan bien como a ti, pero me apaño.
—¿Todavía cenas leche con cereales? —preguntó torciendo la boca. Me hubiera encantado poder verle los ojos tras las gafas— Sé sincera.
Me reí.
—A veces.
Negó con la cabeza.
—¿Quién te enseñó? —pregunté.
Me jugaba el cuello a que no fue su padre.
—Ah. Bueno… —Se volvió y miró hacia el horizonte— Cuando a mi madre le diagnosticaron el cáncer, estuvo mucho tiempo enferma y prácticamente nos alimentamos de comida congelada. Cosas horribles. Carne dura y verduras pasadas. Los pasteles al microondas y los saladitos de salchichas eran otro de los platos favoritos de mi padre. Estaban asquerosos. Hinata y yo subsistimos a fuerza de lonchas de queso y salsa de tomate.
—¿Todo junto?
—No digo que no fuera un asco —Sonrió de oreja a oreja— En todo caso, al lado vivía una de esas típicas abuelas italianas. Siempre estaba cocinando, haciendo comidas deliciosas. Así que, como te puedes imaginar, Hinata y yo empezamos a dejarnos caer por allí suplicando por lo que les sobraba como si fuéramos huérfanos. No creo que haya ninguna abuela italiana en el mundo capaz de negarse a alimentar a unos niños.
—Por lo que cuentas debía de ser una buena persona.
—Sí.
—¿Y te enseñó?
Alzó un hombro.
—Cuando iba a su casa, siempre me encargaba hacer algo. Después, cuando mi madre murió, a mi padre le daba igual dónde estuviéramos mientras no le estorbáramos. Hinata solo leía o se iba a casa de una amiga, al otro lado de la calle. Pero yo no podía estarme quieto. Algunos días me iba en bicicleta. Otros días pasaba el rato en la cocina de la abuela. Y me di cuenta de que me gustaba. No es que mi padre no me dejara cocinar en casa, demasiado lío o lo ensuciaría todo. Lo más probable era que ni siquiera supiera lo que estaba haciendo y podía terminar quemando la casa. Pero me juré a mí mismo que, cuando fuera mayor, jamás volvería a comer ese tipo de asquerosidades.
—Tu padre es un imbécil.
—Cierto.
Una zordala trinó desde un árbol cercano y ambos compartimos una sonrisa. Ahí estaba de nuevo un poco más de la vieja camaradería y soltura con la que solíamos desenvolvernos. Si no me sintiera como en casa cuando estaba con él, haría que me resultara mucho más fácil resistirme. Pero mientras que mi cerebro tenía claro que debería oponerme a sus encantos, mi vagina solo podía pensar en volver a hacer el amor con ese hombre. Montones de veces. Por supuesto que lo más inteligente hubiera sido proteger mi corazón y salir pitando de allí. Volver a la ciudad y a mi aburrido trabajo. Echaba de menos a mis amigos, no me malinterpretéis. Karin sobre todo estaría esperando que la pusiera al día. Pero dejar Sunshine Coast siempre me destrozaba el corazón. Me pasaba semanas decaída y apesadumbrada. A mi madre la ponía de los nervios, Sídney tenía sus ventajas, pero aquí tenía más espacio y menos tráfico y caos. Y también más Sasuke.
—Tú te has encargado de cocinar, ahora me toca fregar.
Me puse de pie y empecé a recoger los platos. Gracias a Dios, no me había dicho nada de irme. Mejor, porque todavía no tenía una respuesta.
—Podemos hacerlo entre los dos.
Llevamos toda la vajilla y los cubiertos a la cocina. Sasuke tiró las sobras a la basura mientras yo enjuagaba los platos para meterlos en el lavavajillas. Estábamos terriblemente cerca de protagonizar uno de esos momentos de dicha doméstica. Como en los viejos tiempos, cuando pasábamos el rato juntos, sin hablar de nada que tuviera especial importancia y limitándonos a disfrutar de nuestra mutua compañía, tal y como él había dicho. De vez en cuando nos rozábamos. Lo normal que puede esperarse cuando estás trabajando codo con codo en un espacio confinado. Pero estos toques implicaban algo más. De alguna forma eran más emocionantes y relevantes.
—Si te apetece, hay un poco de helado —dijo cuando terminamos— Creo que de higos o de miel y almendras.
—Suena apetecible, pero estoy llena.
—Bueno, ¿quieres ver un rato la tele o salir a nadar? ¿Qué te apetece? —preguntó con tono desenfadado, cruzándose de brazos— Lo más seguro es que la autopista todavía vaya cargada. Todo el mundo estará volviendo a su casa después de un fin de semana de playa. Es mejor que esperes un poco.
—Supongo que sí.
Frunció el ceño y se rascó la mejilla.
—Luego está lo de conducir de noche…
—¿Qué pasa con conducir de noche?
—No sé… Es solo que… ya sabes… si pasa algo y te pilla sola, a oscuras, en medio de la nada…
—Para eso tengo un teléfono.
—Sí, claro. ¿Pero vas a ir por la carretera de la costa o por la de interior?
—Por la de interior —respondí.
Hizo una mueca.
—Algunas de esas zonas… ¿Quién sabe siquiera si hay cobertura?
Le ofrecí mi mirada más sospechosa.
—Tú decides, por supuesto —terminó de decir él.
—Gracias —repuse secamente.
—Lo único que quiero es que estés a salvo.
—¿Y desnuda?
—¿Qué? No, no, no —Hizo un gesto de negación con la cabeza— Yo no he dicho nada de eso, ¿verdad?
Alcé la barbilla dudosa.
—Es verdad —continuó él— Cualquier pensamiento relativo a la desnudez solo es producto de tu mente sucia, Sakura. No mío. Yo solo estoy aquí, preocupándome por tu bienestar mientras estás completamente vestida porque esa es la clase de hombre que soy.
Salí de la cocina, intentando reflexionar todo lo que me traía entre manos. Aunque no podía dejar de distraerme por la forma en que me miraba mientras me seguía. De vez en cuando se apartaba, pero luego continuaba igual. Era como si tuviéramos una conexión invisible que nos mantenía unidos. Y ninguno de los dos quería romperla. Sin embargo, allí estaba mi maleta, al lado de la puerta. Todavía esperando a que tomara una decisión.
Maldita sea. No podía hacerlo. Tenía la sensación de que, si me iba, no solo sería una cobarde, sino que estaría cometiendo un error. ¿Pero a quién quería engañar? En realidad quería el sexo, las complicaciones y todo lo demás. Lo quería todo de Sasuke. Siempre lo había querido y seguramente siempre lo querría.
—De acuerdo, me quedo —dije por fin— Pero solo un día o dos.
—¿En serio?
—Aunque solo lo hago porque estás siendo muy patético y se te ve muy necesitado. Das mucha pena, en serio.
—Lo que haga falta —Se encogió de hombros— Incluso estoy dispuesto a derramar alguna que otra lágrima para ganar unos días extra.
—Mmm. Vamos a tomarlo con calma.
Su sonrisa me derritió de la cabeza a los pies.
Estaba bien jodida.
