Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Capítulo 10

Hace siete años.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Jugar al billar y tomar algo —Le di un golpecito con la botella de cerveza— Me alegro de verte, Sasuke.

Saludó con la cabeza a la pareja de muchachos del trabajo con los que estaba jugando y a los que les había estado dando una paliza. No estábamos apostando ni nada por el estilo. Sin embargo, la victoria sabía a gloria y era definitivamente mía.

—Por fin están dando fruto todas esas horas que me he pasado en el bar de la facultad —Sonreí— ¡Vivan los estudios universitarios! —No me devolvió la sonrisa— Oh, relájate.

—¿Sabe tu padre que estás aquí?

—Sí. Aunque tampoco es que importe mucho porque, como bien sabes, ya tengo dieciocho años.

Más ceño fruncido. No tenía que ser bueno para él. Lo vi mirar los pantalones azul marino, la blusa blanca y las sandalias con cuña que llevaba antes de dar un trago a la cerveza. Creía que iba guapa, aunque, por la cara que puso, no debía de estarlo tanto.

—Termínate esa botella y te llevo a casa —dijo.

O más bien ordenó.

—¿Estás de coña? Estoy teniendo una racha ganadora.

Sasuke se inclinó hacia mí.

—Sí, te están dejando ganar con la esperanza de colarse en tus bragas. Espabila, pequeña.

Me volví hacia la mesa de billar y hacia los dos muchachos que me acompañaban. Eran aprendices de electricista que trabajaban para uno de los subcontratistas de mi padre. Ambos bastante majos; uno de ellos, además, estaba como un tren y lo sabía. No era que estuviera interesada. Simplemente estábamos pasando el rato en plan amistoso y no llegaríamos más lejos. Por desgracia, mis afectos pertenecían al hombre que estaba a mi lado y que no tenía la menor idea de ese detalle.

—Vaya —Deslicé el brazo alrededor de sus hombros y lo miré con recelo— Escúchame atentamente, Sasuke. Ahora mismo estoy pasando un buen rato de una forma totalmente aceptable y, de hecho, previsible para una persona de mi edad. Si no puedes lidiar con ello... Te quiero, en serio. Eres mi mejor amigo. Pero tienes que dejar de actuar de una forma tan exagerada y de comportarte como un idiota.

—¿Estoy siendo un idiota?

—Sí.

Me separé de él, continué con la partida e hice todo lo posible por pasar de él y de sus palabras. Como si no fuera capaz de ganar al billar por mí misma.

Sasuke volvió con los trabajadores de mi padre con los que había venido. Aunque no dejé de sentir ni un solo momento sus ojos clavados en mí, enfadados e indignados. Seguro que le hubiera encantado sacarme de allí tirándome del pelo y darme una muñeca o algunos bloques de construcción para que me pusiera a jugar. Golpeé la bola blanca con el taco y fallé por completo el tiro. Todo por su culpa.

—Me toca —dijo uno de los muchachos.

Craig, creo que se llamaba. Sí, Craig y Brandon.

Había pillado a Brandon mirándome el trasero un par de veces cuando fui a por un trago. Pero podía no prestarle atención con facilidad. Todo lo contrario que me pasaba con la furibunda mirada de Sasuke, que estaba empezando a molestarme. Ojalá hubiera podido golpearle en la cabeza con el taco de billar.

Por desgracia, era ilegal.

En la sala se oían las bolas chocando unas con otras y On My Mind de los Powderfinger a todo volumen. Era viernes por la tarde y aquello estaba abarrotado de gente que celebraba que la semana de trabajo había llegado a su fin.

Mi alegría, sin embargo, se había esfumado.

Una de las camareras se había parado ante la mesa de Sasuke y le había dado un abrazo prolongado y demasiado afectuoso que me dijo que esos dos se habían acostado antes. ¡Qué sorpresa! Me habría puesto loca de celos, pero ¿qué iba a conseguir con eso? Como Sasuke acababa de dejar claro, para él siempre sería una cría.

—Sakura —dijo Craig, dándome una palmada en el hombro— ¡Has perdido!

—Mierda. De todos modos, ya me iba tocando pagar una ronda.

Brandon sonrió de oreja a oreja.

—Tú encárgate de las cervezas y yo le doy una paliza de tu parte.

—Me parece bien.

La siguiente hora la pasamos más o menos igual. Jugué dos partidas más; gané una y perdí otra. Para cuando Sasuke, don Cortarrollos, volvió a acercarse, iba un poco borracha y había empezado a relajarme de nuevo.

—¿Cómo vas? —preguntó.

—Bien.

—Tienes razón, lo siento —Soltó un suspiro— Me he pasado de la raya. ¿Me perdonas?

Me detuve en seco.

—¿En serio? Sí.

—Estoy seguro de que eres la leche con un taco de billar. ¿Jugamos una partida?

—Si quieres.

Sonreí nerviosa y él tiró de mí para darme un abrazo. El muy imbécil incluso me dio un par de palmaditas en la cabeza. Y encima no gané esa partida. Apenas pude concentrarme, pues estaba demasiado ocupada mirándole el trasero cuando se fue a por otra bebida.

Domingo por la noche… en la actualidad.

—¿Por qué susurras?

—Porque estoy escondida en el baño —expliqué— Te estoy llamando en secreto.

Karin soltó un suspiro.

—Jesús. Por fin has conseguido lo que querías ¿y ahora estás escondida en el baño, volviéndote loca?

—Sí.

—Mira —dijo— por lo que me has contado, el hombre está siendo razonable. Necesitáis tiempo para comprobar en qué estado está vuestra relación y ver si puede funcionar ahora que ambos sois adultos y que habéis metido de por medio las relaciones sexuales.

—De acuerdo. Sí. Tiene sentido.

—Así que pregúntate a ti misma: «¿Me está entrando un ataque de pánico?».

—No lo sé, pero estoy aterrada.

—De hecho, si lo piensas bien, también tiene sentido.

—No puedo pensar… mi cerebro va demasiado deprisa.

—Claro, porque por fin estás a punto de obtener todo lo que siempre has querido. ¿Y si sale mal?

—Exacto —dije, dejando caer los hombros.

—Has tenido un montón de tiempo para convertirlo en prácticamente un dios. Quizá también te preocupe que él esté a la altura de las expectativas, Sakura. O si vas a ser lo suficientemente buena para él.

—Por favor, apenas lo considero digno de besarme los pies.

—Bien, me gusta tu actitud —Se echó a reír— Sigue pensando así. O al menos que ambos os merecéis ser felices. Pero solo vas a conseguir resolver todo esto si dejas de esconderte en el baño y te enfrentas a la situación.

—Sí. Porque creo que, si seguimos hablando de la situación, lo único que voy a lograr es preocuparme más y seguir confundida.

—Pues deja de hablar y actúa —dijo— La relación física en una pareja es una forma de comunicación tan importante como las palabras.

Hice un gesto de asentimiento, aunque en realidad mi amiga no podía verme.

—Cierto. Así que lo que debería hacer es salir y acostarme con él. Estaría perdida sin ti, Karin.

—Lo sé.

—Puedo hacerlo.

—Seguro —me animó— Vete a por él y déjalo exhausto.

—Gracias. Eso haré.

—Tengo que dejarte… Mei quiere que le cuente novedades del culebrón en el que se ha convertido tu vida.

Fruncí el ceño.

—No es tan malo.

Karin se limitó a reír y me colgó. Amigos. ¿Para qué servían? En cualquier caso, seguí su consejo y dejé de esconderme. La casa estaba tranquila, en silencio. Salí al porche trasero. En el horizonte, el sol se estaba poniendo, dándole al ambiente esa suavidad y bruma propias del crepúsculo. Sasuke estaba haciendo largos en la piscina, con sus musculosos brazos abriéndose paso a través del agua. No quería volverme inmune a la imagen de ese hombre. Sobre todo cuando estaba medio desnudo. Quería las mariposas revoloteando, el placer. Para siempre jamás, o al menos durante el tiempo que pudiera.

Se detuvo y me sonrió, tocando con los pies el suelo de la piscina.

—Hola, ¿vienes?

Me agarré la falda del vestido con las manos.

Estaba tan cansada de preocuparme. Había estado todo el día dándole vueltas a la cabeza, lo que me había dejado mentalmente exhausta. Además, ¿qué sentido tenía cuando solo te alejaba del lugar donde realmente querías estar?

—El agua está estupenda —dijo, nadando hacia un lateral de la piscina— ¿Por qué no vas a por tu bikini?

—No. —Hice un gesto de negación con la cabeza.

No más demoras o excusas. No más miedos ni soledad. Salté. El agua me golpeó, rodeándome, cerrándose en torno a mi cabeza. La falda del vestido y mi pelo flotaban a mi alrededor. Me vi invadida por una extraña oleada de alegría, por una sensación de libertad. Salí a la superficie, con una sonrisa en la cara y exhalé con fuerza.

—Has saltado.

Hice un gesto de asentimiento y fui hacia el lateral para poder abrazarme a su cuello y envolver mis piernas alrededor de su cuerpo. Su brazo nos ancló al borde, mientras que su otra mano bajaba hasta mi trasero. Así de cerca Sasuke era exquisito, con el cabello oscuro mojado echado hacia atrás y esa mirada entrecerrada. Nadie me había mirado jamás como lo hacía él en ese momento. Como si yo fuera algo más que un enigma por resolver o un cuerpo por conquistar. Pero como si también tuviera una parte de él en mi interior. Me estaba mirando como si realmente le importara, como si me viera de verdad, y ni siquiera me había dado cuenta de cuánto había echado en falta eso en los demás.

—Hola —volvió a decirme.

—Hola.

Me eché hacia atrás el pelo, apretando los muslos en torno a él. Era tan firme y tan real. Tampoco era que hasta ese momento solo me hubiera entretenido con muñecos hinchables. Pero los otros habían sido unos críos, unos muchachos imberbes, mientras que él era todo un hombre. La diferencia era palpable en todos los sentidos.

Me percaté de que, aparte de estar agarrándome el trasero, no había hecho ningún otro movimiento. Que estaba esperando. Noté su duro pene contra mi centro. Me apreté contra él, necesitando más. Dios, qué gusto. Él y yo juntos. Toda la sangre de mis venas y mis sentidos parecieron centrarse en el punto en el que casi estábamos unidos. De no haber sido por su bañador y mi ropa interior, en ese momento nos habríamos encontrado en una posición mucho más placentera.

—Puede que haber saltado completamente vestida no haya sido tan buena idea —comenté.

—¿No?

—Aunque ya es demasiado tarde para preocuparse.

—Cierto.

Lo besé con fuerza, de forma exigente, y él respondió agregando su propia necesidad. Nuestros labios se abrieron, nuestras lenguas se buscaron. Ese hombre elevaba mis ansias a cotas insospechadas. Quería, no, necesitaba, su boca, su ardor y su pene en lo más profundo de mi ser. Sus dedos se clavaron en mis nalgas instándome a que me apretara aún más. Nuestras lenguas se enredaron. Dejé escapar un gemido. Besarlo ahora me resultaba tan natural, ese dar y recibir, nuestro mutuo deseo. Se volvía cada vez mejor, crecía con cada beso. Esa boca estaba hecha para la mía, nuestros cuerpos se ajustaban a la perfección.

—Frótate contra mí —Me mordisqueó el cuello, el hombro— Muéstrame cuánto lo deseas, Sakura.

Su glande presionó contra mi centro, contrayéndome la vagina. Como siguiera así, alcanzaría el orgasmo yo sola. Sexo sin penetración en la piscina. O mejor dicho, sexo «mojado» sin penetración en la piscina.

Lo que fuera.

El caso es que estaba en la gloria. Habíamos dejado de lado las preocupaciones e inhibiciones. Solo había cabida para aquella lujuria en estado puro.

—Podíamos haber estado haciendo esto todo el día —Solté un suspiro— Soy una completa idiota.

Sasuke se rio, su pecho reverberó contra el mío.

—No lo eres, preciosa. Teníamos que resolver algunas cosas.

Arqueé el cuello para darle mejor acceso. Sus mordiscos me enardecieron aún más.

—Además —continuó en un murmullo— esas horas de sueño te van a venir muy bien. Te espera una noche de lo más ocupada.

—¿Oh?

—Pero no en la piscina ni en el puto suelo. Esta vez vamos a tomárnoslo con calma y vamos a hacer las cosas bien.

—¿Y eso no incluye sexo en la piscina?

—En la cama es mucho mejor —dijo, llevándome hacia las escaleras— Sal.

Desgraciadamente, muy a mi pesar, me bajó. Nada más salir de la piscina, noté la tela húmeda pegada al cuerpo. Iba goteando. Me bajé la cremallera y me quité el vestido, que cayó al suelo con un sonoro «plas». Sasuke se quitó el bañador y descubrió la longitud de su miembro. Por lo visto, el agua fría no tenía ningún efecto en él. O al menos no era rival para mi movimiento de pelvis. Gracias a Dios, los árboles, la distancia, la tenue luz del anochecer y una valla nos mantenían a salvo de la vista del vecino. Aunque decidí seguir con la ropa interior empapada puesta. Sasuke había visto mis muslos y mi tripa antes, pero un trozo de tela no le haría ningún daño a mi confianza.

—Nada de ropa mojada en la casa —dijo con voz baja y áspera— Quítatelo todo.

—Pero si ya he entrado otras veces en bikini.

—Es una nueva regla —Agarró una toalla, se secó con un par de movimientos, la hizo un lado y se sujetó el pene— Ahora, por favor.

—Pensaba que querías tomártelo con calma.

—Estoy esperando.

Puto mandón.

Me desabroché la parte trasera del sujetador y me bajé las tiras de los hombros para liberar los pechos y los pezones, que ya tenía enhiestos. Y todo eso bajo su atenta mirada. Después, agarré la cinturilla de las bragas, me deshice de la última prenda que llevaba y la tiré al suelo. Puede que Sasuke hubiera estado dentro de mí, pero estar ahí desnuda, delante de él, seguía resultándome incómodo. Sin embargo, al ver aquella ardiente mirada recorriéndome de arriba abajo, ignoré el impulso de cubrirme con las manos, o incluso de taparme con una toalla.

—Gracias —dijo simple y llanamente.

Entonces se acercó y me agarró de la mano para llevarme dentro. Nos dirigimos directamente a las puertas francesas abiertas que daban a su dormitorio. En el techo, el ventilador se movía en círculos lentos. Las sábanas aún estaban revueltas. La cama de Sasuke. Todavía tenía la sensación de estar en terreno vedado. Un lugar mítico y legendario. Aunque tal vez solo lo fuera en mis fantasías eróticas. Se detuvo a mi espalda y deslizó las manos por mi cintura mientras alineaba la polla en la hendidura de mis glúteos.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí.

Bajó una mano hasta los pliegues de mi sexo, me acarició con suavidad y logró que volviera a humedecerme. Con la otra se dedicó a juguetear con un pezón, frotando sobre él con el pulgar una y otra vez. Me apoyé en él, buscando la curva de sus caderas y el comienzo de la suave redondez de su trasero. Mi cuerpo parecía relajarse y tensarse a la vez. Como si quisiera derretirme allí mismo y trepar sobre él como un mono. Sin embargo, lo que hice fue separar más las piernas para que sus dedos tuvieran mejor acceso a mis labios vaginales. Si le diera la más mínima oportunidad, sería capaz de jugar conmigo hasta volverme loca. Afianzó el brazo sobre mi pelvis y hundió los dedos en mi interior, penetrándome con ellos. El placer hizo que me pusiera de puntillas. Y ese pulgar jugando con mi clítoris…

—Te tengo —dijo, rozando con los dientes el lóbulo de mi oreja. Me retorcí sobre sus dedos, apretando los músculos de la pierna todo lo que pude— No tienes ni idea de las ganas que tengo de follarte.

—Pues hazlo.

—Primero tienes que correrte.

Me molestó verlo tan tranquilo y controlado.

Alargué la mano y agarré su gruesa polla, acariciándola. El gruñido que soltó hizo que me hirviera la sangre. Quería poner a ese hombre de rodillas, poseerle del mismo modo que él hacía conmigo, lo supiera o no. Pero lo que más necesitaba en ese instante era saborearlo.

—Espera —dije, intentando zafarme de su agarre— Quiero…

—¿Qué quieres, preciosa? Dímelo.

Aproveché que apartó las manos para darme la vuelta. Su boca cubrió la mía, dándome un beso ardiente, húmedo y apasionado, logrando que apenas pudiera pensar con claridad. Pero era una mujer con una misión muy importante. Rompí el beso y me arrodillé, agarrándole el miembro. El glande era de un intenso púrpura; las venas se marcaban por toda su longitud. Era un pene bonito. Bastante impresionante. No tan largo como para entrar en el plano del dolor, pero sí con un buen grosor. Lo suficiente como para que necesitara un poco de práctica antes de poder rodearlo por completo con los labios. Me di cuenta de que, de repente, Sasuke se había quedado completamente quieto.

Supongo que ahora tenía toda su atención.

Sujeté su pene con firmeza y lamí una gota de líquido preseminal antes de recorrerlo con la lengua desde la punta hasta la base. Los dos podíamos jugar a ese juego. Me metí el glande en la boca y empecé a succionar con suavidad para ir tragando poco a poco. Noté sus dedos apartándome el pelo de la cara. Estaba claro que le gustaba mirar. Abrió un poco las piernas, para acomodar la postura, mientras respiraba con fuerza, bajando y subiendo el pecho ostensiblemente. Podía sentir sus ojos clavados en mí, su absoluta concentración. Con la mano libre le acaricié el muslo y la cadera. La sensación de aquella cálida piel sobre mis dedos era perfecta. Profundicé la succión, antes de sacarla por completo, arañando ligeramente con los dientes el envés. Usé la mano libre para acunarle los testículos y rodearlos antes de tirar de ellos un poco.

—Joder —murmuró.

Clavé la punta de la lengua en la sensible zona del borde de la corona. En ningún momento dejé de acariciarlo, dándole a su pene el trato que merecía. No me iba a dejar ningún truco en la manga. Cualquier cosa con tal de tenerlo excitado y al borde del orgasmo, tal y como él hacía conmigo. Al notar otra gota de líquido preseminal gemí. La vibración hizo que su polla se hinchara aún más, palpitando en mi lengua.

—Jesús, Sakura, espera.

—¿Mmm? —Lo miré parpadeando, lamiéndome los labios— Todavía no he terminado.

Me agarró de los brazos, me obligó a ponerme de pie y me apoyó contra el colchón.

—Preciosa, esto se te da de lujo y te juro que estoy deseando correrme en tu boca, pero después. Ahora te quiero en la cama.

—¿Te ha gustado?

—Me ha encantado —me corrigió él— Ahora, túmbate sobre el colchón.

Me eché hacia atrás, pero no fui lo suficientemente rápida, pues me asió de los tobillos y los separó para dejar espacio para su cuerpo. Después, se subió encima de mí, lo que hizo que fuera consciente del intenso calor que emanaba su cuerpo. Deslicé las manos por sus brazos, le acaricié el cuello y le desordené el pelo. No me cansaba de tocarlo. Ni me cansaría en una buena cantidad de años.

—Mírame —me dijo con voz grave y exigente.

—Eso hago. Eres magnífico.

Me sonrió y me besó. Un beso un poco húmedo y muy, muy voraz.

Su pene descansaba sobre mí, suave como la seda, pero a la vez tan duro como el acero, haciendo que mi útero llorara y se contrajera de deseo. Lo rodeé con las piernas instándole a que se pegara más a mí. Sabía que había dicho que nos lo tomáramos con calma, pero habíamos superado esa fase.

—Oye —dijo— Necesito saber si quieres que use o no preservativo. Lo que quieras me parece bien.

Oh.

—Ambos estamos limpios y yo estoy tomando la píldora.

—Sí. Claro que sí.

Asentí y rodé con él, tumbándolo sobre su espalda. Evidentemente, él me dejó. Dudaba que pudiera hacer que se moviera lo más mínimo sin su permiso. Me senté a horcajadas sobre él y me incliné hacia delante mientras apoyaba mi peso sobre una mano y con la otra lo guiaba hacia mi entrada. Luego me hundí despacio, muy despacio, sintiendo todo su grosor en mi interior. Me quedé sin aliento, cerré los ojos. No existía nada más que esa cama. No me importaba nada más que la sensación de todo lo que él tuviera que ofrecerme y lo que yo le diera a cambio. Cuando estuve apoyada del todo en su pelvis, abrí los ojos y me apreté los pechos. Era demasiado consciente de cada centímetro de mi cuerpo. Todas mis terminaciones nerviosas parecían bullir de placer y anticipación.

—Qué bien me siento —Sonreí.

—Y esas son mías —Reemplazó mis manos con las suyas y empezó a juguetear con los pezones— Cabálgame.

Como si necesitara su permiso.

Elevé y bajé las caderas, aumentando el ritmo gradualmente. Aunque no tenía ninguna prisa. Ahora que lo tenía dentro de mí, solo quería disfrutar de aquella sensación. De la forma en que su pene se deslizaba dentro y fuera de mí, de aquella fricción perfecta. Sasuke se recostó por completo en el colchón, ofreciendo una visión soberbia sobre las arrugadas sábanas blancas. Necesitaba verlo así, tenerlo. Su mirada se oscureció, se le dilataron las pupilas hasta el punto de que casi desapareció el iris azul grisáceo de sus ojos.

En el pasado había sido una cría enamorada hasta las trancas que, en plena locura adolescente, enseñó los pechos a un hombre que estaba fuera de su alcance; un gesto que solo podía terminar en rechazo y vergüenza. Pero ahora ahí estaba, montándolo, haciéndolo mío por completo.

El orgasmo fue acrecentándose poco a poco, consolidándose entre mis caderas. Formando una opresión que intensificaba mi sensibilidad hasta que lo único que me importó fue alcanzar la liberación. Sus manos guiaron mi cintura, instándome a ir más deprisa, a cabalgarlo con más dureza. El dormitorio se llenó de sonidos húmedos y el aire de la noche se impregnó del aroma a almizcle del sexo.

—Eso es —murmuró—. Esto es increíble.

De pronto me dio un cachete en la nalga con la palma de la mano. Una punzada de dolor me recorrió por entero. Una y otra vez. Grité, embistiendo contra él, corriéndome como nunca. Todo en mi interior se contrajo antes de explotar y lanzarme a la completa oscuridad.

Aquello era hermoso… y aterrador… y mucho más.

Sus fuertes manos me agarraron y Sasuke se arqueó debajo de mí para penetrarme hasta el fondo. Entonces gimió y se vació en mí. Yo no pude hacer otra cosa que desplomarme sobre su pecho, como si mis huesos se hubieran transformado en gelatina. Tenía la piel perlada de sudor y los pulmones a punto de colapsar. Me rodeó con sus brazos, lo que me vino tremendamente bien. Alguien tenía que mantenerme unida antes de que me deshiciera en pedazos.

Al cabo de un rato, Sasuke levantó la cabeza mientras me acariciaba el trasero.

—Vaya, Sakura, tienes el trasero todo rosa. Solo el lado derecho. Mi lado derecho, no el tuyo.

—Lo sé, gracias —dije con la voz amortiguada contra su pecho— Y lo noto.

—Solo era una observación.

—No eres nada gracioso.

—Claro que sí.

Ahora fue él el que nos dio la vuelta, recuperando su anterior posición encima. Luego empezó a besarme, suavemente y con dulzura al principio y después con ardientes y prolongados besos que hicieron que la cabeza me diera vueltas. Volví a perder el aliento y tuve que aferrarme con fuerza a sus hombros. Entonces salió de mí. No me gusto que abandonara mi cuerpo, la sensación de perderlo. Aunque si era sincera, a mi vagina no le vino mal el descanso. La noche anterior había sido bastante intensa y esa noche tampoco nos habíamos tomado las cosas con calma.

Se tumbó a mi lado y sonrió. A decir verdad, se le veía contento.

—Gracias por quedarte.

—De nada.

Lunes.

Dormí hasta casi el mediodía del día siguiente. Estaba claro que había entrado en modo «vacaciones eróticas», que era mucho mejor que el de «vacaciones normales» Con todas esas hormonas de la felicidad inundando mi cuerpo. El arrebato del amor y todo ese rollo.

Después de la cama, Sasuke me había hecho el amor contra la pared de la ducha. Luego me desperté al amanecer sintiendo su dura erección penetrándome desde detrás. Hacer la postura de la cucharita con Sasuke estuvo muy bien y trajo todo tipo de beneficios, como que jugueteara con mis pechos antes de continuar acariciándome hacia abajo para asegurarse de que estaba húmeda y lista. Cuando terminamos, él se fue a trabajar y yo seguí durmiendo. Podía decirse que estaba teniendo una jornada absolutamente increíble y apenas era mediodía.

Sasuke llegó al atardecer, cuando el sol desaparecía bajo las colinas y el ambiente refrescaba un poco. En ese momento yo estaba comprobando lo que había en el frigorífico.

—Cariño, ya estás en casa —dije con una sonrisa.

—Hola —Esbozó una ligera sonrisa y me dio un rápido beso en la mejilla. Olía a sudor y a serrín— ¿Qué haces?

—Estaba pensando que hoy me toca a mí preparar la cena.

—Ajá.

—¿Cómo te ha ido el día?

—Bien —Se llenó un vaso de agua y se lo bebió de un trago— No te preocupes por la cena. Seguro que enseguida preparo algo.

—No me parece justo que tengas que hacerlo todo tú —Se quedó mirando el porche trasero. No parecía muy convencido— Por cierto, tu diseño de cocina es mucho mejor que mis ideas —afirmé. Me negaba a dejarme llevar por el desánimo— Esta isla tan grande es muy útil.

—Gracias.

—Me había planteado hacer el papel de ama de casa de los cincuenta. Ya sabes, recibirte en la puerta vestida de forma elegante, con tus zapatillas de estar por casa en la mano y un Martini en la otra.

Aquel comentario hizo que me ganara otra rápida sonrisa.

—Con el bikini basta.

—He estado nadando antes. El agua está estupenda. ¿Quieres darte un chapuzón?

Me miró con el ceño fruncido.

—Puede que más tarde.

—De acuerdo.

Notaba algo raro en el ambiente. Una vibración en la que no confiaba. Eso de que evitara mirarme a los ojos y que fuera tan parco en palabras… Tal vez había tenido un día duro y necesitaba un poco de tiempo para desconectar. O quizá solo se trataba de uno de sus putos cambios de humor y de opinión. «No. No saques conclusiones precipitadas. No pasa nada».

—¿Te traigo una cerveza? —pregunté.

Se limitó a negar con la cabeza. Decidí sentarme en el sofá y encendí la televisión. En un canal de cine estaban poniendo El castillo, una conocida comedia australiana y un clásico donde los hubiera.

Al cabo de un minuto, Sasuke se dejó caer en el otro extremo del sofá. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.

—¿Puedes bajar un poco el volumen, por favor?

—Por supuesto —repuse yo.

Exhaló, pasándose las manos por el pelo.

—¿Te importa si miro los resultados del críquet un momento?

—Sin problema.

Le pasé el mando a distancia, pues no tenía ni idea de en qué canal podía estar. Puede que fuera uno de los deportes favoritos del país, pero a mí nunca me había atraído especialmente. Cambié de posición, acurrucándome con un cojín. Él, por su parte, se dedicó a mirar la pantalla con el mismo ceño fruncido de antes.

—¿Pasa algo? —inquirí por fin.

Suavizó la expresión.

—Es solo que…

Esperé.

—Supongo que estoy acostumbrado a tener toda la casa para mí cuando llego del trabajo.

—Oh.

—Normalmente, las mujeres solo se quedan una noche —informó, con la vista clavada en la televisión.

Así que estábamos en una de esas situaciones de «follamos y luego cada uno por su lado». «Bien, bueno es saberlo». Y eso después de haber insistido en que me quedara. Qué curioso que esto surgiera ahora, justo después de que empezáramos a dormir juntos. En ese momento no me sentía precisamente bienvenida.

—Mira —dije— creo que te voy a dejar un poco de espacio y voy a salir un rato, a cenar y tomar algo.

—¿Qué? —Volvió la cabeza hacia mí al instante— No… Sakura.

—No pasa nada.

—No, no tienes que hacer eso.

—Seguro que a ambos nos viene bien estar un rato solos para aclarar nuestras ideas —Sonreí— Nada del otro mundo.

Me puse de pie y me coloqué el bikini para asegurarme de que no enseñara más de lo debido. Después apoyé una rodilla en el sofá y le di un beso en la frente.

—Voy a cambiarme. Estaré fuera al menos un par de horas —dije— Así estarás un rato tranquilo.

Me agarró, tiró de mí y me colocó en su regazo. Estaba sentada a horcajadas sobre él, mirándolo cara a cara. Sus hermosos ojos delataron que en ese momento por su mente cruzaban un sinfín de pensamientos.

—No tienes que irte.

—Entonces, ¿por qué tengo la sensación de que eso es precisamente lo que tengo que hacer?

Apretó los labios.

—No quiero que salgas sola.

—Nunca lo llevaste bien, ¿verdad? De modo que no quieres que salga sola, pero ahora tampoco te apetece tenerme muy cerca.

Nada.

—¿Qué respondes, Sasuke? —Simplemente me miró— Porque quiero ayudarte a que tomes las decisiones adecuadas.

—¿Que quieres ayudarme a que tome las decisiones adecuadas? —farfulló él— ¿Qué soy? ¿Un crío de cinco años?

Me encogí de hombros.

—No quieres tu juguete, pero tampoco quieres que lo tenga nadie más. ¿Te parece eso muy maduro?

—Sakura, no eres ningún juguete —Me abrazó con fuerza, atrayéndome contra él— Yo solo…

Apoyé la cabeza sobre su hombro, esperando.

—Tienes razón, no estoy siendo muy coherente —Me acarició la espalda nervioso, recorriendo mi columna vertebral, intentando apaciguarme— Me ha pillado un poco desprevenido encontrarte tan cómoda en mi casa. Me he sentido desconcertado un instante, eso es todo.

Me quedé callada.

—Y lo que es peor, era como si pertenecieras a este lugar —continuó en voz baja— Aunque en cierta forma también es tu casa. Fuiste tú la que tuvo la idea. Todavía guardo tus bocetos en el despacho. ¿Te acuerdas de todas las horas que pasamos pensando en el diseño?

—Ambos la imaginamos juntos.

—Sí, lo hicimos.

Silencio.

Siguió acariciándome los brazos, los hombros. Dedos callosos tocando suavemente mi piel, reconfortándonos tanto a él como a mí.

—Guardo las distancias con las mujeres con las que mantengo alguna relación. Así soy yo.

—Mmm.

—El problema es que tú llevas fatal lo de los límites.

—Solo cuando se trata de ti.

—Y cada vez que pienso en que te puedes ir, te juro que estoy a punto de tener un puto ataque al corazón. Lo odio.

—Entonces, ¿cuál es tu respuesta?

—Te quedas dónde estás y me das una oportunidad para acostumbrarme a esto —Sus dedos subieron hasta mi cuello y me lo masajeó. Sentí el fuerte latido de su corazón contra mi pecho— Quiero acostumbrarme a esto.

—¿Estás seguro?

—Sí —respondió tajante, con total confianza— Aunque debería darme una ducha. Llevo todo el día de un lado para otro y debo de oler fatal.

—No creo que todavía estemos listos para separarnos —Lo besé en el cuello— Además, me gustas como estás.

Me agarró con más fuerza. Una respuesta que fue más que suficiente.

Nos quedamos sentados durante horas, acurrucados y viendo la televisión. Como solían hacer las parejas normales. Después de nuestra conversación, ya no me molestaron tanto sus ocasionales cambios de canal para ver cómo iban los resultados del críquet. Y conforme la noche fue avanzando y El castillo llegaba al clímax, fue haciéndolo cada vez menos.

Martes.

El estridente sonido del teléfono nos despertó a eso de las cuatro de la madrugada. Sasuke busco a tientas en la oscuridad el móvil en la mesita de noche.

—Hola… Madre mía, ¿está bien? —La voz al otro lado de la línea continuó, incrementando con cada palabra el gesto de preocupación de Sasuke— Por supuesto. Si hay algo que podamos hacer, por favor dínoslo… Muy bien. Gracias por contármelo.

Ya completamente despierta, me senté y encendí la lámpara.

—¿Qué pasa?

—Helga ha sufrido un ataque al corazón —me explicó, incorporándose y apoyándose contra el cabecero— Madre mía —repitió.

Me estremecí por dentro.

Helga llevaba tanto tiempo trabajando para mi padre que se había convertido en una parte inamovible de su mundo. Que le pudiera pasar algo desafiaba el orden natural de las cosas.

—¿Se va a poner bien?

—Creen que sí —respondió— Por lo menos ahora mismo está fuera de peligro. Pero ha debido de ser grave. Su hija estaba devastada —Le toqué la rodilla con la mano, intentando reconfortarlo. Su rostro normalmente bronceado estaba pálido a la tenue luz de la lámpara— Me he quedado de piedra. Esta mañana en la oficina estaba perfectamente bien… Me refiero a ayer por la mañana —Se le veía consternado— Estaba liada con todo el papeleo del proyecto Toohey.

Incluso a mí me costaba asimilarlo.

—Helga lleva con papá desde que empezó.

—Me sabe fatal molestarlo durante su luna de miel —se quejó Sasuke, antes de soltar un suspiro de resignación— Pero será mejor que lo llame. Helga es como de la familia.

—Sí, mi padre querrá saberlo —Me bajé de la cama, intentando poner en orden mis pensamientos— ¿Quieres ir al hospital?

—Parece que toda su familia ya está allí —Hizo un gesto de negación con la cabeza— Y está aislada en la zona de recuperación. Solo seríamos un estorbo.

—De acuerdo. ¿Te apetece un café?

—Sí, por favor.

—¿Qué te parece si me meto en Internet y hago que le manden unas flores al hospital lo antes posible? —pregunté. Necesitaba hacer algo más— ¿Está en Nambour?

Sasuke asintió, como si le aliviara ver que al menos había algo de lo que sí podíamos encargarnos.

—Eso estaría fenomenal. Gracias —Frunció el ceño— Necesitará un tiempo para recuperarse. Es un asco tener que pensar en eso ahora, pero siempre ha sido una pieza fundamental en el trabajo y dudo que vaya a volver en breve.

—Puedo echaros una mano en la oficina estos días —me ofrecí— Al menos hasta que podáis contratar a alguien de forma temporal y se organice un poco.

Esbozó una leve sonrisa y me colocó una mano en la nuca para atraerme hacía él y darme un beso.

—Gracias, preciosa.

El cariño que vi en sus ojos y la dulce curva de su sonrisa me desarmaron por completo. Casi estuve a punto de decirle que lo quería. De dar un paso al frente y exponer mi estúpido corazón. Necesitaba contener la lengua.

En su lugar le devolví la sonrisa y dije:

—No me las des. No me cuesta nada.