Capítulo 5

Severus Snape mantenía el brazo en alto, considerando el contraste de la marca tenebrosa contra su blanca piel. Después de tantos años viendo la marca tenebrosa con aversión y asco, ahora la veía como un asunto bastante neutro. No es que le gustara, era, en el mejor de los casos, un recuerdo estéticamente desafiante de una mala decisión vital. Pero debería sentirse más… importante, ¿no? Interesante. Después de un momento, su brazo comenzó a temblar por la fatiga, así que lo bajó a su sillón.

A todos los efectos, su cuerpo era una mierda. El más ligero esfuerzo físico lo dejaba temblando y jadeando por aliento. Apenas podía cojear hasta el servicio y de vuelta sin caerse. Las enfermeras seguían hablando de cuñas, pero ya que había pasado los últimos 20 años meando acostado, no veía razón para prolongar ese hábito en particular.

Incluso la hora de la comida era agotadora. Había recibido los intentos iniciales de alimentarlo con papilla a través de una pajita con gran desdén. Después de su primera comida peleando para llevar el cereal hacia su cara con una cuchara casi se había arrepentido de esa rabieta. Pero aunque estuvo tentado, no se retractó. Era un hombre adulto. Se alimentaría por sí mismo, o pasaría hambre. Y si le llevaba una hora transferir el cereal de la mesa a la boca, le llevaría una hora. No había nada más que tuviera que lograr, después de todo.

Estaba prácticamente desvalido.

Y aun así, a pesar de todo esto, por alguna razón oscura para él, estaba emocionado.

Pensamientos extraños seguían entrometiéndose en el lugar donde debería haber estado su desdicha. Debería sentirse humillado por su debilidad, ¿no? Y aun así, veía su condición física claramente por lo que era, una etapa temporal en su viaje de regreso a la vida. Debería sentirse degradado cada vez que necesitaba la ayuda de una enfermera para llegar al servicio. Pero no lo hacía. Transportar su culo huesudo por ahí era su trabajo, ¿no? Estaba proporcionándoles empleo provechoso.

¿De dónde procedía toda esta perspectiva?

De acuerdo con la Granger-Adulta, (que al parecer era la maldita directora de San Mungo ahora, a la edad de 37, nada menos, bendito sea su corazón empollón, superdotado), había estado en coma durante veinte años. Por lo que él podía decir, la evidencia parecía apoyar su de algún modo absurda declaración.

En lo que a él concernía, había caído en el agónico vórtice del veneno de Nagini, y emergido un momento después en esta habitación. Con todo, era un resultado mucho mejor de lo que había esperado, y probablemente mejor de lo que había merecido.

Y aun así, a pesar de su falta de memoria, no podía evitar sentir que algo había ocurrido durante el tiempo intermedio. Había estado en… alguna parte. Había veces que casi podía recordarlo. Vistazos de blanco. Recuerdos de su vida. Pero no podía desentrañarlo del todo. Lo que fuera que había ocurrido, algo lo había cambiado. Se sentía… diferente. Donde antes había habido en su interior un caldero burbujeando de odio, remordimiento y docenas de tonos de dolor emocional, había ahora una profunda paz. Se descubrió sintiendo aceptación por cosas que de otro modo lo habrían irritado. Estaba encontrando goce en las actividades más sencillas de su actualmente restringida vida.

Era casi desconcertante.

Quizá era como esa maldita mujer Skeeter había insinuado. Quizá estaba loco, a pesar de lo que Granger y su maldito psiquiatra habían concluido. Aunque, a decir verdad, había deambulado por los senderos de la locura tras la muerte de Lily, y esto no se sentía lo mismo.

Lily. Eso. Había pensado en su nombre sin aplastante emoción. Todavía sentía… algo cuando pensaba en esas dos sílabas. Calidez. Pesar. ¿La más leve sombra de remordimiento? Pero incluso esas emociones eran tenues, insustanciales, como si toda la toxicidad se hubiera drenado de algún modo, dejando atrás lo que podría describirse como un cariño agridulce.

Quizá era algún raro efecto secundario del veneno que estaba torciendo su mundo emocional. Tendría que investigarlo cuando por fin le permitieran salir de este maldito lugar.

Pero mientras que estaba marginalmente interesado en descubrir la causa de su nueva mentalidad, tenía que admitir, aunque sólo para sí mismo, que no tenía interés en cambiarla. En absoluto. Se sentía sin trabas. Sin cargas. Nuevo.

Y así, gruñía a través de los ejercicios que le habían dado, ya que gruñir era su hábito, y gruñir producía una colección tan fascinante de respuestas en aquéllos a quienes gruñía. Pero por dentro, cada débil paso que daba sobre miembros temblorosos, cada pelota de tenis que apretaba, cada enfermera que molestaba era placer. Puro placer.

Que cada músculo de su cuerpo doliera como si acabara de soportar un crucio era poco preocupante. Por necesidad se había vuelto relativamente insensible al dolor al servicio del Señor Tenebroso. De algún modo había perdido el truco de ello, porque estaba sintiendo incomodidad mucho más penetrante ahora. Pero aunque la sentía, no le molestaba. ¿Qué era un pequeño dolor comparado con la sensación de la sangre corriendo por sus venas? ¿Qué incomodidad podía enfrentarse al exquisito estímulo del sonido de pasos resonando por el pasillo? ¿O la charla de los pájaros afuera, o el aroma extrañamente familiar de los laureles elevándose en la brisa de la tarde? Aunque se quejaba amargamente de ella, secretamente admitía que incluso la papilla con que insistían en alimentarlo era lechosa, calmante, y extrañamente satisfactoria, como si llenara un agujero en su interior más profundo que el hambre.

Maldita sea si no era… feliz. No había tenido mucha experiencia con la emoción, pero no podía definirla de otro modo. Estaba ocultándola, vale. Tenía una imagen que mantener. Pero Severus Snape, inválido, paciente malhumorado, recién retornado a los vivos, era feliz de todos modos.

. . . . . . . . .

La misma Granger-Adulta lo visitó más tarde ese día. Obviamente había abandonado sus catastróficos intentos de alisar ese elemental cabello suyo, permitiéndole expandirse de su cabeza en un halo de lustrosos rizos en lugar de enredos. Era una gran mejora. Por lo demás, tenía el mismo aspecto que tenía de joven adulta. Su rostro era diferente, vale. Más maduro. Más sustancial. Tenía… gravedad. ¿Y por qué narices eso debería parecerle familiar? Maldita sea.

Si había algo en su actual estado mental que fuera legítimamente frustrante, era la sensación que tenía de déjà vu, como si mucho de lo que estaba experimentando fuera familiar de algún modo bizarro. Granger le había explicado algunas de las teorías sobre pacientes en coma y sus ambientes, y cómo podría haber asimilado información a pesar de no haber estado consciente… pero él no pensaba que eso fuera todo.

De cualquier modo, Granger Adulta había sido cortés, profesional, y completamente impasible por su bastante poético, sentía él, torrente de quejas. No obstante, no podía ocultar del todo cuán emocionada parecía estar por su constante recuperación; observarlo cruzar la habitación sin ayuda había enviado la chispa de una sonrisa a sus expresivos ojos antes de ponerse a garabatear locamente en su portapapeles. Aun así, le daba buenos puntos por el ceño con que recibía sus quejas.

"Deje de lloriquear," entonó ella, en respuesta a su letanía, empleando esa irritante voz estable toda profesional médico de alto estatus que parecía afectar.

Intentar que Granger quebrara ese tono lo inspiró más a opinar sobre la falta de sabor inherente en la papilla. La analogía que se le ocurrió le pareció bastante creativa, pero simplemente consiguió que Granger pusiera los profundos ojos castaños en blanco.

"La cuestión es bastante discutible; debería estar tomando sólidos mañana. Dieta blanda," dijo ella, sus ojos destellando cuando hizo contacto visual momentáneamente, "Mmm."

Él la fulminó con la mirada, y ella echó la cabeza atrás, y rio a carcajadas.

"Deje de quejarse, y deje de atormentar a la Sra. Grady. Es una buena medibruja. Si renuncia, me encargaré de que tenga papilla durante el resto de su estancia en San Mungo." Echó un vistazo a su portapapeles. "Si puede resistir la tentación de eviscerar verbalmente a mi personal, entonces veré qué puedo hacer para conseguirle algo más sabroso que comer."

Por reflejo, él se erizó. "No soy un niño a quien pueda sobornar."

Ella alzó una ceja. "¿En serio? Con todo ese lloriqueo no lo sabría."

Él gruño ante su ceja alzada. ¿No se daba cuenta de que había aprendido ese gesto de él? ¿Cómo se atrevía?

Ella, o bien pasó por alto su ira, o decidió ignorarla, porque la oficiosa bruja continuó. "Si está tan en contra del soborno, supongo que no quiere su premio especial que traía para recompensarle sus logros de hoy en entrenamiento personal." Le ofreció un vistazo de un tomo, justo el tiempo suficiente para que pudiera ver el título. Él hizo todo lo que pudo por no lanzarse hacia delante y sacarlo de su mano. Habían pasado veinte años, después de todo. Seguramente habría habido avances en su oficio. Su cerebro se aceleró. ¿Se había resuelto el enigma de Viceroy? ¿Se habían descubierto sustitutos de alguno de los ingredientes olvidados? ¿Había sido corregida al fin la degradación de las pociones hechizadas con estasis?

Quería ese libro. Aunque estuvo tentado a negar su interés con la esperanza de alborotar las plumas de Granger Adulta, puede que entonces NO consiguiera el libro, y simplemente era demasiado tentador para resistirse. Así que, aunque gruñó, alcanzó ansioso la Revista Anual de Pocionistas que ella le tendía.

"No más de diez minutos seguidos," dijo ella, sus ojos satisfechos cayendo a su portapapeles, y tomando un apunte para enfatizar. "Y asegúrese de hacer descansos de la misma duración. No ha leído en veinte años. No quiero ningún esfuerzo ocular."

Él asintió sin comprometerse, indicando una aceptación que no tenía intención en absoluto de mantener. Y así Granger Adulta y su molesto portapapeles habían abandonado la habitación, y él se había zambullido dentro.

Diez minutos después descubrió que la condenada bruja había establecido un hechizo temporizador entre las páginas, emborronando todo el texto a intervalos de diez minutos hasta que había seguido el período de descanso prescrito.

¿Qué iba mal en él para que ser superado así, por una antigua alumna sabelotodo, nada menos, le hiciera realmente hormiguear? Parecía suficientemente competente, por supuesto. Había sido una estudiante brillante, pero lamentablemente fácil de desconcertar. Se preguntó, ociosamente, si lo último todavía era así. Sólo porque todavía no hubiera logrado sacarla de sus casillas, no significaba que no fuera posible. Ponderando maneras de agrietar la fachada profesional de Granger-Adulta fue un agradable ejercicio que consumió el resto de su ordenado período de descanso.

Al fin, echó un vistazo a la Revista Anual de Pocionistas. Su texto había vuelto a aclararse. Así que, el ridículo teorema de Horace sobre incrementar la potencia de la piel de serpiente arbórea exponiéndola a la luz solar había sido absolutamente rebatido, ¿verdad? ¡Qué encantador! Sonrió burlón, y se dispuso a disfrutar las revelaciones del siguiente capítulo.

Fin del Capítulo 5

. . . . . . . . .

N/A Así que… habéis tenido a vuestro Snape diario, ¡incluso con una salpicadura de Hermione! Y ella está haciendo un trabajo tan bueno manteniendo la compostura. ¡Estoy segura de que ha olvidado por completo los morreos! (¡sí, cierto!)

Os deseo lo mejor, Theolyn