Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Capítulo 12

Hace siete años.

—Ven conmigo —dije mientras lo arrastraba por el pasillo vacío.

A nuestro alrededor lo único que se oía era la fiesta. Voces altas y música todavía más alta. La vibración de muchos pies golpeando el suelo. Mi padre había dicho que era una fiesta para mí. Sin embargo, la mayoría de los presentes eran sus amigos, compañeros de trabajo y vecinos. La tarta había sido todo un detalle, pero la mayoría estaba allí para celebrar la Nochevieja.

—¿Qué pasa? —preguntó Sasuke.

—Vamos a un lugar tranquilo donde podamos hablar.

En el mismo instante en que toqué el pomo de la puerta, Sasuke hizo que ambos nos detuviéramos en seco.

—Espera un momento… no hace falta que nos metamos en tu dormitorio. Dime lo que sea aquí.

—Pero…

—Sakura, ¿qué sucede?

Fruncí el ceño, me sentía como sumida en una neblina, producto sin duda del alcohol que había bebido. Puede que el ron no fuera mi mejor aliado después de todo. Pero necesitaba un poco de coraje en forma de líquido para hacer la última jugada. Para reivindicar mi derecho. Solo Dios sabía las horas que había dedicado a mi peinado y maquillaje. Había pagado el vestido azul con cuello halter y los tacones con el dinero que me habían regalado por mi cumpleaños.

Por primera vez, Sasuke no había venido acompañado de una cita. Se daban las condiciones perfectas. Definitivamente, esa sería la noche.

Lo que iba a hacer era correcto. No podías sentir tanto por alguien y hacer algo equivocado.

—¿Pequeña? —Se inclinó hacia mí. Su sonrisa era cálida y amable, su aliento tenía un ligero olor a whisky—. Dentro de poco comienza la cuenta atrás para la medianoche. ¿No quieres ir donde están todos los demás?

Aquello era más difícil de lo que me había imaginado.

—Oye —dijo con un tono increíblemente agradable—. ¿Te encuentras bien?

Dejé de contenerme y aplasté mi boca contra la suya. Sin dudarlo. Durante un instante, Sasuke se quedó petrificado. Entonces me agarró de la parte superior de los brazos y me echó hacia atrás.

—¿Pero qué narices? —preguntó, con gesto confundido, completamente sorprendido.

—Estoy enamorada de ti —solté sin más— Quiero que estemos juntos. Piénsalo, Sasuke. ¿No crees que tiene sentido?

—Mierda.

—¿Quién te conoce mejor que yo? —continué, decidida a que no me disuadiera. O todo o nada—. Antes no podíamos, pero ahora ya soy lo suficientemente mayor para…

Arrugó las cejas y la frente se le llenó de líneas de expresión.

—Eres solo una niña.

—No lo soy.

—Sí. Sí lo eres.

—¿Cuántas veces tengo que decírtelo? ¡No soy una cría! —Y para demostrárselo, tiré del nudo del cuello de mi vestido. La tela cayó y mostré mis más que adecuados pechos. ¡Tachán, tachán, tetas!

La cara que puso Sasuke… Prácticamente se le saltaron los ojos. Y puede que no en el buen sentido. Mierda.

—¿Qué narices está pasando aquí? —tronó la voz de mi padre por el pasillo, casi sacudiendo toda la puta casa.

Abrí la boca y me tapé inmediatamente con las manos.

—Papá. ¡No!

Pero era demasiado tarde. Mi padre se abalanzó sobre Sasuke con el puño en alto. Oí el sonido de un hueso fracturado seguido de salpicaduras de sangre y el aullido de Sasuke. ¡Jesús! Los gritos inundaron el pasillo. En un abrir y cerrar de ojos, los invitados a la fiesta se apiñaban para ver de dónde provenía todo aquel alboroto (compañeros de trabajo, familia, todo el mundo). Temblando, busqué el lazo del vestido, tratando de recuperar desesperadamente un poco de dignidad mientras todas las voces y ojos sorprendidos se dirigían hacia mi persona. Pero algunos nudos, una vez desatados, no son tan fáciles de volver a hacer.

Y así fue como mi fiesta se convirtió en una pesadilla.

Miércoles por la noche… en la actualidad.

The Spirit House estaba a veinte minutos de la costa, en el interior de Yandina. Se trataba de un restaurante construido sobre un estanque rodeado de exuberantes jardines tropicales. Era una maravilla. Había lámparas de estilo asiático y muebles de madera oscura, además de un sinfín de aromas increíbles que provenían de la cocina.

—¿Qué te parece? —preguntó Sasuke, sentado enfrente de mí.

—Creo que me va a gustar esta cita.

—Has estado trabajando duro; te lo mereces —La luz de la vela que había sobre la mesa parpadeó y proyectó sombras sobre las zonas más marcadas de su mandíbula y pómulos— Y hoy estás espectacular. Ese vestido te sienta de maravilla.

—Gracias. Tú también estás muy guapo.

Y lo estaba. Llevaba unos pantalones de vestir oscuros y una camisa blanca con los botones superiores desabrochados. El cuello de Sasuke tenía un no sé qué muy seductor. Ya le dedicaría su tiempo más tarde. Yo, por mi parte, me había puesto el vestido entallado de Cambray, pues la última vez que lo había usado (la noche del viernes de la barbacoa antes de la boda), como no habíamos estado precisamente de buenas, seguro que ni se había fijado en él. Aunque, por la forma en que me miraba el escote en forma de uve (un escote bajo, aunque sin llegar a ser soez), me di cuenta de que ahora sí estaba apreciando mi vestido como merecía. Estaba hecho a medida, y con forro, y era lo suficientemente elegante para una cita nocturna en un buen restaurante. Me había dejado el pelo ondulado suelto y me había maquillado con cuidado. La noche lo requería. Era nuestra primera salida pública como pareja.

Alcé mi Thai basil daiquiri (sonaba raro, pero sabía de muerte).

—Por mi victoria sobre el sistema de archivo de Helga.

—¿Lo has descifrado?

—Bloques de números —expliqué— Es tan obvio cuando lo piensas. Pero después, cuando los archivos os llegaban a ti o a mi padre, los archivábais por los nombres de los clientes. De modo que trabajabais con dos sistemas a la vez. Estoy creando una segunda colección en el ordenador principal de todos los proyectos actuales y futuros guardados por nombre para facilitar el acceso a la información cuando llame la gente.

—Bien hecho.

—No me di cuenta de que las entradas de actualizaciones las hacíais de forma manual.

Sasuke ladeó la cabeza.

—Siempre le hemos enviado los archivos por correo electrónico. ¿No te parece bien?

—Creo que deberíais hablar con una empresa especializada en este asunto. Vuestros dispositivos deberían vincularse y actualizarse automáticamente cuando estéis cerca. Sería mucho más eficiente. Y habría menos probabilidades de que se produjera cualquier error humano.

—No puedo decir que tu padre sea un gran forofo del cambio.

—Cierto, pero creo que sería bueno para el negocio. Y eso es lo que realmente le gusta a mi padre.

Se recostó en la silla, mirándome como si fuera la primera vez que lo hiciera o como si acabara de encontrar algo nuevo en mí. Últimamente lo hacía mucho.

—Tenía razón cuando dijo que eras la persona adecuada para el puesto.

—Eres muy amable al decirlo.

—Solo digo la verdad. ¿Te lo has pensado un poco más?

Exhalé y me volví para mirar el agua. Las luces se reflejaban en la superficie.

—Hay un montón de cosas que tengo que sopesar.

Sasuke asintió despacio.

—Sí, tienes razón.

Nuestra relación era frágil y reciente. Quería respuestas, pero sabía que era mejor no presionarlo. O por lo menos no mucho.

—Me pediste que me quedara un poco más, no que me mudara.

—Sakura, no sé cómo afectaría eso a lo que hay entre nosotros, si eso es lo que estás preguntando. Estoy viviendo esto día a día.

Extendió la mano y agarró la mía. Entrelazamos los dedos. Los suyos, más grandes y más morenos, contrastaban con los míos, de piel pálida y delicada. Quizá, si terminara mudándome, podría ponerme un poco más morena. O al menos conseguir una mayor colección de pecas.

—Tú eres la única que tiene que decidir si quiere mudarse aquí y aceptar el trabajo —siguió diciendo mientras me frotaba el dorso de la mano con el pulgar.

—Lo sé.

Tomé un sorbo de mi bebida y puse mis sueños en modo de espera. Resulta duro tener paciencia cuando lo que siempre has deseado está al alcance de tu mano. Quería que me dijera que me quedara. Para siempre, no solo por ahora. Y también quería muchas más cosas. Lo que sentía por él hacía que me fuera muy difícil olvidarme de todo y disfrutar del momento. Seguro que él también estaba pensando en la reacción de mi padre cuando se enterara de lo que estaba sucediendo entre nosotros. Al menos era un asunto que sí había pululado por mi mente. Pero era una mujer adulta. Mi padre tendría que superarlo.

—¿Ha pasado alguna otra cosa interesante en el trabajo? —preguntó él, cambiando de tema.

—Matthew me invitó a tomar algo.

—¿Que hizo qué?

—Sí, ahora nos llevamos bien —Sonreí— Relájate, ¿quieres? Creo que es su forma de intentar disculparse por fastidiarme la despedida de solteros.

—Mañana Fitzy y yo vamos a mantener una charla.

—No hace falta.

Sasuke no pareció muy convencido.

—Le diré que no se acerque a ti.

—Ahora mismo estamos trabajando juntos —dije yo— Tendremos que tener algún tipo de interacción, ¿no crees?

Él masculló algo por lo bajo que no logré oír.

Llevábamos dos días de lo más ocupados. Cada momento que compartíamos en la intimidad estábamos hablando o haciendo el amor. Éramos insaciables. Ambos estábamos faltos de sueño, dejándonos llevar por la lujuria y otras sensaciones igual de buenas. La excitación y los nervios que comporta algo nuevo. Siempre había sabido que Sasuke tenía buen apetito, pero nunca había practicado tanto sexo en mi vida. La forma en que me miraba cuando a veces me buscaba hacía que me preguntara si era igual para él. Si los dos estábamos fuera de control, entonces no había problema. Pero la necesidad tenía que ser mutua. Eso sí que lo tenía claro.

Nos trajeron la comida, pato con curri verde para mí y carne con guarnición para él. Olía estupendamente, pero por desgracia nos obligaba a separar nuestras manos.

Todo sabía delicioso. Nunca había mimado tanto mi paladar. Cuando gemí de placer, Sasuke me miró con una intensidad total, como si me prefiriera a mí antes que al menú. Más tarde, quizá.

—Sasuke —dijo una voz familiar, de pie junto a la mesa— Qué alegría verte.

Se puso tenso.

—Tayuya.

—Y estás aquí con Sakura. Qué bien. —Nos miró a ambos. Durante un microsegundo frunció el ceño, pero lo disimuló inmediatamente con una sonrisa— Esperaba haber sabido de ti hoy. Tenemos que hablar.

—Ya te dije todo lo que tenía que decir.

Tayuya lo miró fijamente, con los ojos entrecerrados de ira. Supongo que no estaba acostumbrada a que le dijeran «no» a menudo.

—No queremos entretenerte más —continuó él, como clara despedida.

Tayuya se alejó un tanto temblorosa. Me sentí mal por ella. Aunque nadie la había obligado a invadir la intimidad de Sasuke. Sin embargo, con nuestro festival de lujuria en pleno apogeo, se me había olvidado lo eficaz que ese hombre podía ser para excluir a la gente de su vida. Era un poco escalofriante. Lo había sufrido en mis propias carnes. Siete largos años de silencio. Quizá lo había heredado de su padre. En mi interior tenía la teoría de que los problemas de abandono y rechazo, la muerte de su madre seguida de la incompetencia de su padre y la completa falta de cuidado de sus hijos habían formado esa parte del hombre al que amaba. No obstante, yo tampoco era un ejemplo a seguir en lo que a relaciones se trataba. La más larga que tuve duró cuatro meses y estaba convencida de que solo estaba conmigo por el sexo y porque era demasiado educado como para dejarme sin ninguna explicación. Tanto Sasuke como yo éramos un desastre en esas lides. Tal vez, solo tal vez, pudiéramos funcionar juntos. Crear algo bueno.

—¿Qué tal tu plato? —preguntó con una sonrisa. Pero se notaba que no teníamos el mismo estado de ánimo de hacía un rato.

Le respondí con una sonrisa que me salió con menos facilidad que antes.

—Muy rico.

Cuando volvimos al vehículo al final de la velada sostuvo mi mano un poco más. Y también lo hizo de camino a casa, y cuando subimos la escalera y entramos a la vivienda. Pero no conseguimos recuperar el buen humor que habíamos tenido al iniciar la cena. Quizá Tayuya nos maldijo. Estoy segura de que sentí su mirada letal desde el otro lado de la sala en varias ocasiones.

Qué situación más incómoda.

—La cita no ha salido como tenía pensado —dijo Sasuke antes de darme la vuelta y abrazarme— A ver si puedo arreglarlo. Ven aquí, preciosa.

Su boca me sedujo. Su beso me subyugó con tal facilidad que me dio hasta vergüenza. Estaba loca por él. Nuestras lenguas bailaron juntas, las manos tocando con avaricia. El hambre nunca se iba del todo. Siempre estaba allí, esperando a la próxima oportunidad. El amor, la lujuria y la obsesión estaban peligrosamente cerca.

No sabía muy bien si el sexo era la forma que teníamos de exponer nuestro verdadero yo y así poder comunicarnos de verdad. O si usábamos el sexo para evitar hacer exactamente eso.

—Esta noche estabas totalmente comestible —susurró con voz ronca, obligándome a retroceder— Sube a la encimera, Sakura.

—¿Aquí mismo?

—Sí. Estoy harto de esperar.

Quitó de en medio un taburete, me alzó en brazos y me colocó en el borde de la encimera.

—Recuéstate —ordenó,

Estaba claro que Sasuke tenía algo pensado. Deslizó las manos por mis piernas y me despojó de la ropa interior en un abrir y cerrar de ojos. Me subió la falda del vestido, me abrió las piernas y me poseyó con la boca.

Con la boca.

—Oh, madre mía, Sasuke.

Tenía una pierna colgando de su hombro y la otra apoyada a un lado. No era la postura más elegante, pero no me importó. No cuando Sasuke me estaba comiendo como si fuera un postre. Como si hubiera estado ansiando devorarme toda la noche. Me lamió con la lengua mientras sus dedos mantenían mis labios abiertos. Antes de darme cuenta estaba empapada, hinchada y deseosa. Más que lista para él. Pero no me estaba dando su pene.

No, me estaba follando con la lengua.

—Tienes un coño precioso —murmuró.

La vibración de sus palabras contra mi vulva me estremeció por completo. Lo agarré del pelo, apretándolo contra mí (aunque él tampoco había hecho ningún intento por separarse, todo lo contrario). La tensión fue acumulándose en mi interior. Su boca succionaba mis labios hinchados arañando suavemente con los dientes la sensible carne. Entonces dirigió la lengua sobre mi clítoris, rodeándolo una y otra vez.

—Estoy a punto de… —jadeé.

Sasuke gimió contra mi centro.

—¿Pero qué demonios…?

El grito rompió por completo el clima. Se trataba de una voz de hombre grave. Y no era la de Sasuke.

—¡Papá!

Sasuke se quedó congelado, con la cabeza enterrada entre mis piernas.

«Mierda».

Si hubiéramos ido directos al dormitorio, habríamos tenido algún aviso de que íbamos a tener visita.

Mierda. Mierda. Mierda. Mierda.

—¡No me lo puedo creer! —bramó mi padre.

—¿En serio? —preguntó Shizune— Te aseguro, Kizashi, que a mí no me sorprende en absoluto.

Sasuke se pasó la mano por la cara y después quitó con cuidado mi pierna de su hombro y me bajó la falda. El corazón se me salía del pecho. Aunque ahora por una razón distinta.

—¿Nos permitís un momento, por favor? —preguntó Sasuke, con voz tensa.

Mi padre soltó unos cuantos tacos más y Sasuke me miró. Mi padre y Shizune se pusieron de espaldas, supongo que para concedernos un poco de intimidad.

Menudo desastre.

Aunque también era cierto que habrían terminado enterándose de lo nuestro tarde o temprano. Sin embargo, la tensión que mostraba la cara de Sasuke no era buena señal.

—Con cuidado —dijo cuando me ayudó a bajarme de la encimera.

Mis piernas eran dos flanes temblorosos. Maldición. Solo Dios sabía dónde podía estar mi ropa interior. Habíamos tenido demasiada prisa. Sasuke se quedó allí de pie, mirándome. Y sus ojos eran fríos, distantes. Se me cayó el alma a los pies.

—Pensé que podía confiar en ti —espetó mi padre— Por eso te pedí que fueras mi socio.

—Por supuesto que puedes confiar en él —le reprendió Shizune— Tranquilízate.

—¿Entonces por qué cojones me lo he encontrado haciéndole eso a mi hija?

—Por favor, querido, baja la voz.

Mi padre soltó un gruñido.

—Tiene veinticinco años, no dieciocho —Shizune estaba de espaldas a nosotros, con las manos en las caderas— Tiene edad más que suficiente para decidir por sí misma con quién quiere estar.

—Pero él tiene cuarenta.

—Y yo soy ocho años mayor que tú. ¿Acaso eso importa?

—Muy bien, ya estamos decentes —anuncié yo mientras me cruzaba de brazos, gesto que mostraba que estaba claramente a la defensiva.

—Sentimos muchísimo haber vuelto sin avisar, querida —Shizune esbozó una sonrisa serena— Tu padre estaba muy preocupado por Helga y lo que estaba sucediendo, así que pensé que podíamos disfrutar de nuestra luna de miel en otro momento. Además, estaba haciendo muy mal tiempo. Regresaremos a Bali cuando haga más sol. Será mucho más bonito.

Asentí e intenté sonreír. No lo conseguí.

—Bali no es el asunto que nos ocupa ahora mismo.

Mi padre fulminó a Sasuke con la mirada. Y Sasuke parecía la culpabilidad personificada. Como si lo hubieran sorprendido in fraganti. Tenía las manos y la mandíbula apretadas.

—Dijiste que era ella la que sentía todas esas tonterías —Mi padre me apuntó directamente con el dedo, con el cuerpo completamente rígido— Que no volvería a ocurrir nada parecido.

—Los sentimientos de tu hija no son ninguna tontería —terció Shizune— Ambos son adultos, Kizashi. Si quieren mantener relaciones sexuales en la encimera de la cocina es asunto suyo. No nuestro.

Las fosas nasales de mi padre se ensancharon.

—Cariño, ¿puedes no meterte en este asunto?

—No.

—Shizune…

—Te estás comportando de una forma absolutamente ridícula y, si no tienes cuidado, vas a echar a perder la relación con tu hija y con tu socio —Shizune abrió los brazos y se acercó hacia mí. La encontré a medio camino— Lo siento, cariño.

Le devolví el abrazo sin mediar palabra. Mi interior era un completo caos. Sentí el brazo de Shizune alrededor de mi cintura y su sólida y fuerte presencia a mi lado. Algo que necesitaba: pasar del éxtasis al dolor en menos de dos minutos era demasiado.

—No quise que sucediera nada —dijo finalmente Sasuke.

—¿Entonces a qué viene esto? —quiso saber mi padre. Sasuke no contestó. Solo se pasó una mano por el oscuro cabello y apretó los labios— Jesús, Sasuke, ¿tanto te costaba mantener la polla dentro de los pantalones en lo que respectaba a mi hija?

—Lo siento.

—¿Que lo sientes? —pregunté, volviéndome a Sasuke. De pronto tenía un nudo en la garganta— ¿En serio?

—Sakura, cariño —Mi padre soltó un suspiro— Sé que has estado enamorada de él durante mucho tiempo. No estoy enfadado contigo.

Levanté una mano.

—Para. Por Dios, papá, simplemente para. No soy una niña. Y esta vez sí que no tiene nada que ver contigo. Necesito que lo entiendas y que no te metas.

Mi padre simplemente parpadeó, aunque inmediatamente después frunció el ceño.

—Pero… —Farfulló algo, aunque se quedó en silencio.

Daba igual. Mi cupo de machos idiotas con los que lidiar ya había llegado al límite. Me aparté de Shizune, pues necesitaba enfrentarme yo sola a Sasuke. Como una adulta.

—Dijiste que querías que viéramos adónde nos llevaba esto juntos —dije— Que odiabas la idea de que me fuera. Que yo te importaba y que querías acostumbrarte a lo nuestro, que querías que me quedara. ¿Y ahora qué estás diciendo, Sasuke? ¿Que lo sientes?

Él me miró en silencio.

—Dime algo. Ayúdame a entenderlo.

—Quería decir todo aquello —Respiró hondo antes de soltar un suspiro— Pero tú solo tenías planeado quedarte unos cuantos días. No estabas segura de nada más, así que pensé que podríamos disfrutar de un tiempo juntos. Creí que era eso lo que querías.

Ahora fui yo la que se quedó callada. Empezó a ruborizarse.

—Venga, Sakura. Sabes que es complicado. Tu padre iba a regresar.

—Sí —apunté yo— Y ya ha vuelto y lo sabe. Así que la peor parte ha pasado. La pregunta es, ¿qué vas a hacer ahora?

—Esta es mi vida aquí. No son solo unas vacaciones.

—¿En serio crees que solo eres una aventura para mí?

Bajó la mirada al suelo. Gilipollas.

—Querías que nos conociéramos como adultos. Pues bien, esto es lo que soy —sentencié— Y jamás permitiría que mi trabajo, mis amigos, mi familia, o incluso la distancia, me digan con quién tengo que salir. No si quiero estar con alguien de verdad.

No respondió.

—Voy a recoger mis cosas —informé, yendo hacia la habitación.

—Te echo una mano. —Shizune me siguió.

No supe lo que mi padre y Sasuke se dijeron o no el uno al otro. Me importaba bien poco. Mi único objetivo era meter todas mis cosas en la maleta antes de echarme a llorar o hacer otra estupidez similar. No me derrumbaría. No podía. Al menos no hasta que estuviera a salvo en el dormitorio de mi infancia, al otro lado de la calle. A oscuras, con una almohada sobre la cabeza que amortiguara el llanto. Solo entonces dejaría que las lágrimas fluyeran.

Jueves.

Conseguir un empleado temporal en esa época del año no fue tan sencillo como esperaba. Todas las empresas de la zona tenían a personas de vacaciones que necesitaban a alguien que los sustituyera. O eso, o los sustitutos también estaban de vacaciones. Así que pasé otro día de mis vacaciones en el escritorio de Helga, recopilando listados e información para mi eventual remplazo. También empecé a hablar con agencias de colocación para que buscaran a una persona permanente que reuniera los requisitos necesarios. Puesto que, obviamente, no iba a ser yo.

Para ser sincera, estaba deseando marcharme de allí. De aquella casa, de aquel pueblo, del mundo entero. Lo único que quería era construir una nave espacial y lanzarme al espacio exterior. Pero no huiría. No, en esta ocasión no me iría con el rabo entre las piernas. Había que hacer un trabajo y me quedaría allí por mi padre, por Helga y porque había dicho que lo haría. Y ni siquiera una trivialidad como un corazón roto me detendría. Eso sí, en cuanto arreglara todo lo relativo al puesto de trabajo, haría las maletas y me iría cuando y como yo quisiera.

Mi padre había estado callado desde la noche anterior. Contenido. Creo que Shizune estuvo hablándole toda la noche sobre lo que era y no aceptable como progenitor de un hijo adulto. Me había dicho que no hacía falta que fuera a la oficina. Que se las apañarían solos. Pero era una tontería, sabía perfectamente el lío que tenían. Helga era la encargada de que todo aquello funcionara. Ese parte del negocio eran sus dominios y empezaba a sospechar que había guardado la información como si de un bien preciado se tratara. No en el mal sentido, sino en plan «no te metas en mi terreno o te daré la paliza con fotos de mis nietos».

Sasuke, por su parte, había estado trabajando todo el día. Lo cual era bueno: cuanto menos nos viéramos, mejor. Algo así como nunca jamás. ¿Cuántas veces tenía que romperte el corazón la misma persona antes de que espabilaras? Esa era la cuestión. Y estaba muy equivocado si pensaba que por mandarme flores me iba a calmar.

Cuando llegó a la oficina era tarde. Más tarde de lo que yo tenía pensado estar allí. Pasó junto a mi escritorio lanzándome alguna que otra mirada de reojo. Puto cobarde. No le hice caso en absoluto. Una táctica que funcionó increíblemente bien hasta que lo oí llamarme a gritos desde su despacho. Me tomé mi tiempo y me dirigí allí paseando, más que caminando. A veces la guerra se ganaba con pequeñas batallas.

—¿Qué están haciendo estas flores aquí? —preguntó, mirando al ofensivo jarrón lleno de rosas rojas y flores tropicales. Tenía que reconocer que eran espectaculares.

—No las quería.

—¿Y crees que yo sí?

Me crucé de brazos y me encogí de hombros.

—Si quieres, dáselas a Tayuya. Me da exactamente igual.

Me miró con los ojos entrecerrados.

—¿De qué vas? —pregunté.

—Espera. ¿Crees que he tenido algo que ver con esto?

Ahora sí que me dejó confundida.

—¿No las mandaste tú?

Arrancó el pequeño sobre con el ceño fruncido y lo abrió para leer la tarjeta. Debía de haber tenido un día duro, pues tenía el rosto cubierto de polvo y era obvio que estaba igual de enfadado que yo.

—«Querida Sakura» —leyó— «he oído que sigues todavía por aquí. Llámame. Kankuro».

—¿En serio? Vaya.

Me tendió la tarjeta, pero yo me limité a rechazarla.

—Shizune ha debido de estar ocupada —dije— Supuse que era un cobarde intento tuyo para hacerme la pelota.

Le vi pasar la lengua por el interior de la mejilla.

—Pensé en enviarte algunas. Pero me imaginé que me las tirarías a la cara.

—Ese jarrón tiene pinta de ser muy pesado. Te dolería.

—Cierto.

—Déjame adivinar —dije, dándome golpecitos en el labio con el dedo— ¿Ibas a hacer uso del clásico «espero que todavía podamos ser amigos»?

—En realidad diría algo mucho más que eso. —Se recostó en la silla, mirándome.

Cabrón.

—¿«Siento haberte metido la polla y cambiar después de opinión»? —Apoyé la cabeza en el marco de la puerta, poniéndome un poco más cómoda— Puede que con la fuente adecuada se viera bien en una tarjeta. Incluso escrito a mano con letra bonita.

—¿Tú crees?

—Oh, sí. Si lo piensas, es bastante poético.

Alzó ambas cejas.

—Lo reconozco, anoche me entró un ataque de pánico. Pero creo que lo mejor para ambos es que lo dejemos.

Vaya. Qué decepción más grande. Sinceramente, no tenía nada que decir.

—Entiendo que tal vez este no sea el mejor momento para que hablemos de esto —continuó él— Que estamos en el trabajo y que además tienes todo el aspecto de querer cortarme las pelotas y hacerte unos pendientes con ellas. Así que, por favor, ¿puedes sacar estas flores de aquí?

—Sasuke, Sasuke, Sasuke. Dáselas a Tayuya o a cualquiera que sea la siguiente en tu lista de amigas con derechos. Aún mejor, regálaselas a Helga y alégrale el día. Me da igual —Solté un suspiro— O simplemente puedes ver cómo se marchitan mientras contemplas la fragilidad de la vida y meditas sobre lo que todo esto significa. Aunque puede que ya lo hayas averiguado y estar solo sea lo mejor. ¿No terminamos muriendo todos solos?

—Sakura —dijo entre dientes.

Moví los dedos a modo de despedida y me di la vuelta. Me encontré con mi padre, que me estaba esperando. Me jugaba el cuello a que lo había oído todo, y no de forma precisamente sutil.

—¿Lista para irnos, cariño? —preguntó, haciendo caso omiso de Sasuke. La relación que tuvieran era asunto de ellos.

Al igual que la nuestra era solo de nuestra incumbencia. Y yo ya estaba harta.

—Por supuesto.