Llevo un rato con esta idea en mi mente, y quería desarrollarla, no es la primera vez que escribo sobre condiciones psiquiátricas… así que aquí vamos esta vez con Jujutsu Kaisen.
Jujutsu Kaisen es propiedad de Gege Akutami.
No pretendo decir que tengo un vasto conocimiento sobre enfermedades mentales, pero si investigué para traerles una historia que a mi me gusta mucho y que quiero desarrollarla lo mejor que pueda para sentirme orgullosa 3
La imagen de portada pertenece a 永流 . Este es su twitter: /ar_eiru
Cap. 1 "Un mal sueño"
Algunas personas venían al mundo con talentos, Yuuji tenía muchos de esos. Tenía buena salud, tenía un cuerpo atlético que le facilitaba la práctica de distintos deportes, y nunca nadie se metía con él porque solía ganar en cualquier pelea. Le era fácil hacer amigos, otras personas le habían dicho que tenía una personalidad agradable y que era bien parecido.
Socializar nunca había sido un problema, llevarse bien con otras personas tampoco. Ayudaba a otros cuando podía, aun si eso significara desviarse de su camino. Porque las personas fuertes ayudaban a los demás.
La vida le había dado regalos que él aprovechaba y jamás daría por sentado, entonces era lógico pensar que a cambio de toda la suerte que había tenido, la vida le quitaría algunas virtudes para equilibrar la balanza que por tanto tiempo pareció estar a su favor.
Perdió a sus padres desde muy corta edad, su padre había muerto por una rara enfermedad y su madre enfermó poco después. Su abuelo no entraba mucho en ese tema porque prefería contarle historias de cuando todos eran felices, antes que la enfermedad tocara la puerta de su hogar.
Y, al parecer la enfermedad alcanzó a su abuelo también. Un tipo de cáncer en la sangre que mataba todas las células que normalmente protegían el cuerpo, dejándolo indefenso y propenso a infecciones.
La quimioterapia era realmente costosa, demasiado para el seguro de su abuelo. Yuuji había pospuesto la idea de estudiar en la universidad porque todo el dinero se iba en el tratamiento de su abuelo.
Su personalidad radiante y carisma le ayudaba a tratar con personas, y de todos los meseros del restaurante "Shiroi Cho", él era el más solicitado y que ganaba mejores propinas. Algunas señoras coqueteaban un poco con él, y él les respondía de la forma más encantadora que podía.
—Yuuji, la próxima vez siéntate a comer con nosotras —dijeron las tres señoras de cabellos blancos de la mesa número trece.
—Me encantaría, Saito-san; pero entonces tendría que desatender a todos los demás —dijo él sonriendo. Conocía muy bien a las mujeres de mayor edad, ya que el trio llegaba todas las semanas y hacían el mismo pedido que Yuuji conocía sin preguntarles.
—Eres un dulce, si tan sólo conocieras a mi hija, estaría encantada contigo —alabó otra más.
—Y ella ha de ser igual de dulce que usted Hayashi-san —contestó él riendo.
Yuuji sabía que no era cierto, las señoras de clase alta no permitirían que sus hijas salieran con un simple mesero.
Pero no era como si se sintiera menos por eso, o que tuviera interés en enamorar a alguna de las hijas de sus clientas.
Se fue tras la cocina principal, donde estaban los vestidores para cambiarse a su ropa normal al finalizar el turno de día. Estiró sus brazos y se masajeó el hombro por cargar tantas bandejas pesadas durante horas.
—¿Aún quieres cubrir el fin de semana? —le preguntó una compañera mientras se colocaba su chamarra para salir.
—Ah Sasaki, sí —aceptó, llevándose una mano tras la cabeza—. Ya le dije al gerente, necesito el dinero.
—¿Cómo está tu abuelo? —cuestionó ella con preocupación en sus ojos.
—Ya, sabes… lo normal, luchando —respondió tratando de no demostrar lo que eso significaba; no era el lugar ni el momento para dar una respuesta triste a una pregunta que le habían hecho por cortesía.
—Ya veo —ella agachó la cabeza.
—¡Cada vez lo veo mejor! —mintió, porque no tenía sentido hacer otra cosa. Sonrió de la forma más amable que pudo y se colocó la mochila con su ropa a su espalda.
—¡Ja! Oigan esta noticia —anunció otro compañero suyo con un celular en su mano que elevó el volumen sin preguntarles.
—Estamos platicando, Takeshi —regañó Setsuko.
—¡Ciento trece mil millones de yenes! Unos ladrones asaltaron un camión blindado, que movilizaba el dinero del banco Zenin… la familia se pronunció y han puesto a investigadores privados y públicos en el caso.
—Nos estas interrumpien-… espera ¡¿ciento trece mil?!
—Guau —contestó Yuuji.
—Millones, sí. ¿Te imaginas qué harías con todo ese dinero?
Yuuji no tuvo que pensarlo mucho.
—Pagar los tratamientos de mi abuelo —respondió con sinceridad.
Ambos compañeros se quedaron callados, después de un silencio incómodo Takeshi habló.
—Sí, esa es definitivamente una mejor respuesta que la que iba a decir.
—¿Alcohol y mujeres? —preguntó Setsuko.
Yuuji se rio.
Sería agradable imaginar disponer de esa cantidad. No tendría ninguna preocupación en su vida, parecía que todos sus problemas podrían resolverse con dinero.
Pero no era su realidad, así que dejó de prestar atención a la noticia y se dirigió a su hogar. Porque la vida daba ventajas a unos, pero también le hacía pagar por tenerlas. No era que se echara la culpa de lo que pasaba con su familia, pero primero fueron sus padres y ahora su abuelo… Si de él dependiera, Yuuji cambiaría su salud, su estado físico y todos sus órganos por traerlos de regreso, y daría ambos riñones y pulmones si con ellos pudiera curar a su abuelo.
Al regresar a su hogar se sirvió cereal mientras miraba la televisión, continuaban las noticias sobre el gran robo al banco Zenin.
Un señor que la franja de abajo de la pantalla de su televisor citaba con el nombre de Naobito Zenin, dueño del banco estaba haciendo el anuncio que tenía a sus mejores hombres en busca de los ladrones. Que estaban usando reconocimiento de ADN, pruebas de huellas digitales y cámaras de seguridad del vehículo para dar con la identidad de los culpables.
Su hijo mayor, Naoya Zenin afirmaba que ya tenían la identidad de uno de los ladrones, pero que por razones legales no podía decirlo en las noticias nacionales.
A Yuuji le pareció que estaba alardeando. El tipo hablaba con un tono de arrogancia, muy condescendiente hacia sus malhechores.
Quienes habían sido listos, era medianoche cuando transportaron el dinero; una camioneta negra y grande obligó al camión con el dinero a orillarse golpeándolo una y otra vez hacia los lados y dos personas encapuchadas salieron con armas, le echaron gasolina y prendieron fuego al camión blindado; obligando al conductor y pasajero a salir del vehículo… uno de los encapuchados le disparó al conductor y amarraron las manos del otro. El otro ladrón metió el dinero en la camioneta mientras su compañero golpeaba al pasajero dejándolo inconsciente.
Yuuji se estremeció al imaginar lo sucedido.
Ninguna cantidad de dinero valía la pena para convertirse en el criminal más buscado de Tokio, trató de borrar sus pensamientos de esa terrible noticia. Y se fue a dormir.
Los demás días Yuuji visitó a su abuelo por las tardes, a veces perdía la noción del tiempo.
—¿No tienes nada mejor que hacer que visitar a tu abuelo dos veces en el día? —rio el anciano.
Yuuji se rio con él.
—Claro que no, vengo todos los días, pero solo una vez —afirmó—. Quizás te estas volviendo distraído.
—A veces me parece que vienes más —pensó el otro.
—Debes pasar muy aburrido, el doctor dice que te darán de alta en pocos días.
—Los medicamentos de acá son mejores que las pastillas basura que me dan al despacharme —se lamentó su abuelo.
Yuuji tomó su mano, y lo miró a los ojos tratando de infundirle confianza.
—Puedes decirle que aún te sientes mal por la quimio… estoy seguro de que te pueden tener unos días más.
—¿Bromeas? Quiero regresar a casa.
—Puedo hablar un momento contigo, Itadori —interrumpió el doctor encargado del ala donde se encontraba su abuelo, tras tocar la puerta de la habitación abierta un par de veces.
Les explicó que existía una nueva clase de quimioterapia, que había completado todos los estudios a los que había sido sometido y mostraba evidencia de su funcionamiento. Proveía menos vómitos, náuseas y mejoría en la destrucción de las células cancerosas. La caída del cabello también era menor; tenía un nombre extraño que costaba pronunciar. Era la última tecnología del país nipón.
—¿Podemos intentarlo con él? —se emocionó el chico de cabello rosado.
—Por supuesto —afirmó el médico—. Pero como acaba de salir al mercado, aún el seguro no cubre con los gastos… debe ser costeado directamente con la casa farmacéutica.
Su abuelo chasqueó la lengua, Yuuji sabía muy bien lo que eso significaba.
«No tenemos el dinero».
Dependían del seguro médico para costear el tratamiento, y si este no incluía esta innovadora medicina, no había mucho que pudieran hacer.
—Hagamos un préstamo —le dijo a su abuelo cuando estuvieron solos nuevamente.
—Olvídalo… me moriré y quedarás endeudado, ni siquiera tendrás donde enterrarme.
Las crudas palabras dolieron, Yuuji rechinó sus dientes.
—Es lo que es, chico —. Su abuelo le dio una palmada en el brazo—. Sólo veamos televisión un rato.
Tragarse las lágrimas era algo a lo que se había acostumbrado, no mostrar debilidad porque no lograría convencerlo de cambiar su opinión. Respiró profundo y dirigió sus ojos a la pantalla donde repetían la noticia del robo de hace unos días.
El día de los turnos extra llegó al restaurante y su gerente parpadeó varias veces al verlo.
—Cancelaste los turnos de fin de semana—le dijo seco.
Yuuji se rascó la cabeza.
—No, estoy seguro que no.
—Mira.
El jefe le mostró un mensaje en el móvil donde Yuuji pedía el cambio de turnos para otro mes, pero la forma como escribía era más corta que la suya, no usaba emoticons y no se despidió como usualmente lo hacía.
—Ah, sí… debí olvidarlo.
—Por cierto, esta es una manera muy informal de cancelar turnos, la próxima vez tendrás que venir en persona. Te lo permitiré sólo esta vez.
—Sí, si… lo siento.
No se cambió al uniforme, buscó con su mirada a su compañera y caminó hacia ella, antes de irse la llamó tomando a Susuki del brazo.
—Sé lo que hiciste… —le dijo.
—¿Lo sabes? —ladeó ella su cabeza.
—Dices que trabajo mucho.
—Es verdad —aseguró ella llevándose las manos a su cintura en un gesto impaciente.
—Gracias —dijo Yuuji.
Necesitaba pensar un poco lo que le había dicho el médico, iría en contra de los deseos de su abuelo, pero era lo mejor. Buscaría información en todos los bancos de Tokio hasta descubrir donde sería más fácil que le dieran un préstamo. Se dio la vuelta y salió corriendo.
—¡No vuelvas a tocar mi celular!
—¿Qué? —dijo ella como si no supiera de qué estaba hablando. No había caso en negarlo, ella era la única que conocía su contraseña.
La tarea autoasignada no era fácil, sino que tediosa. Yuuji se sentó en el sillón de su sala con la laptop en su regazo y probó diferentes bancos.
Digitó el primero que recordó.
El banco Zenin.
El maldito banco tenía demasiadas exigencias para prestar su maldito dinero, una malévola parte de él se alegró que el karma les hubiera quitado todos esos yenes.
Entre letras y páginas, exigencias de términos y condiciones, criterios y palabras extrañas que su cerebro no alcanzaba a entender terminaron por aburrirlo. En algún momento Yuuji se quedó dormido.
Despertó a las diez de la noche con su computadora descargada y apagada.
Incluso había olvidado cenar.
Se levantó para prepararse algo rápido de comer, caminó hacia su refrigeradora, sacó una manzana y tomó un cuchillo de la gaveta donde guardaba sus cubiertos.
En medio de su sueño dejó caer el objeto filoso y se echó para atrás con rapidez para evitar ser cortado. Cayó sentado con los brazos sosteniéndolo por detrás.
«Eso estuvo cerca».
Lo que menos necesitaba era estar en el hospital incapacitado por amputarse accidentalmente un dedo del pie.
Una de sus manos tocó la orilla de una de las tablas del piso de madera, la cual se encontraba floja. El defecto estaba a la par de la isla de cocina donde cortaban las verduras. La tabla no estaba alineada con la de al lado, y al ejercer presión contra esta se movía levemente.
Nunca lo había notado, era casi imperceptible.
Qué mejor momento que la medianoche para practicar un poco de carpintería.
Le dio un par de golpes escuchando un sonido hueco. Se levantó y fue a la bodega donde guardaban las herramientas, volvió con clavos y un martillo.
Al clavar el primer clavo sobre la superficie de madera le pareció escuchar un sonido sordo del otro lado de la tabla y al clavar el segundo escuchó como si estuviera rasgando tela.
La curiosidad pudo con él y se dispuso a retirar todos los clavos y levantar la tabla por completo. Adherida a la tabla estaba una maleta de tela, y a la par otra maleta igual.
«¿Qué diablos?».
Separó la maleta de la tabla y le costó levantarla porque pesaba mucho, se preguntó si su abuelo había escondido libros enteros de pornografía de él, o quizás una maleta con rocas o ladrillos porque, demonios, pesaba demasiado.
Abrió el cierre de la cremallera.
Yuuji había visto cantidades exorbitantes de dinero en películas, quizás en sueños, pero nunca tanto en la vida real. El peso era increíble, hasta tenía un propio olor que inundó sus sentidos.
Se echó para atrás y sintió su corazón latir más rápido, tanto que se saldría de su pecho.
«¡Qué es esta mierda!».
¿Qué hacía tanto dinero ahí? Incluso uno de los fajos de billetes tenía una perforación producto del primer clavo que había martillado. Yuuji sintió sus manos temblar mientras se dispuso a abrir la segunda maleta.
Estaba completa e igualmente llena de dinero, y al fondo de la segunda había una pistola negra que no se atrevió a tocar. Dos maletas llenas de billetes grandes y un arma de fuego.
Sintió su corazón golpear sus costillas, su cabeza se sintió ligera como si estuviera ebrio de repente… o como si se fuera a desmayar.
No podía ser real, no podía ser real.
Eso era de alguien que lo había escondido ahí… obviamente, excelente trabajo Sherlock. Y era una cantidad monetaria de las que salían en las películas, de esas donde las personas se mataban unas a otras y terminaban en la cárcel sin volver a ver la luz del sol. Con un arma a juego que aumentaba exponencialmente la peligrosidad de todo el asunto.
No podía ser legal.
Tenía ganas de vomitar.
Su abuelo no podía saberlo, ¿o sí? Quizás lo sabía y era dinero guardado que le dejaría al… ¿morir? Dinero en dos maletas en lugar de ser abonado a una cuenta bancaria de forma legal o en un testamento firmado por un notario.
Sí, porque cantidades exorbitantes de dinero legal se guardan en maletas de tela junto a una pistola.
Llevó las palmas de sus manos a sus ojos y se los restregó. Parpadeó cientos de veces y el dinero seguía ahí. No estaba soñando, realmente tenía dos maletas a reventar con fajos de billetes.
Sin pensar en sus acciones sus temblorosas piernas lo llevaron a su habitación y tomó una vieja libreta y un bolígrafo, regresó a la cocina sintiéndose caminar sobre un piso de gelatina donde estaba el agujero y abrió la aplicación de calculadora de su teléfono; de todas formas, ya no tenía sueño.
Escuchó gatos maullar y ambulancias sonar mientras sus dedos tecleaban en su móvil sin parar; la luz del sol del amanecer se coló en su cocina cuando terminó de contar.
Una maleta tenía sesenta mil millones de yenes, y la otra cincuenta y tres mil millones. No era muy bueno para las matemáticas así que sumó esos dos números juntos: ciento trece mil millones de yenes.
Abrió el motor de búsqueda de su teléfono y buscó en la sección de noticias, escribió "Banco Zenin".
Lo siguiente que hizo fue correr al baño a vomitar sobre la taza.
Era una coincidencia, ¿verdad? ¡¿Por qué su cocina tenía dos bolsas con la misma cantidad que el robo del banco más grande de Tokio?! Y una pistola junto a estas no podía ser nada legal.
¿Quién había elegido su hogar para guardar dinero robado?
No había signos de entrada forzosa a su hogar, todas las cerraduras estaban en buen estado, ninguna puerta abierta o ventanas rotas; ningún objeto estaba fuera de lugar para pensar que habían allanado su casa.
Debía llamar a la policía.
Aunque…
Ese dinero serviría para pagar los tratamientos de su abuelo… sí. Si gastara poco a poco no podrían darse cuenta de que tenía millones de yenes bajo el piso de su casa. Era cuestión de usarlo en pequeñas cantidades durante mucho tiempo, el resto de su vida probablemente. Nada de comprar un auto o una casa nueva con dinero que aparecía de repente; debía ser listo, gastar el efectivo en una sesión de quimioterapia por semana hasta que su abuelo sanara. Y al final su abuelo estaría bien y no tendrían deudas.
¿Cómo le explicaba a su abuelo la aparición de ciento trece mil millones de yenes?
No lo hacía, debía ocultarlo. No decirle a nadie y guardar el secreto hasta que su abuelo mejorara.
A menos que alguien llegara en la noche a matarlos a ambos y llevarse el dinero. Porque Yuuji no podía ser la única persona sobre la faz de la tierra que supiera que ese dinero estaba bajo el piso de madera de su casa.
Alguien lo había puesto ahí, y también había dejado un arma.
Yuuji podría tomar el arma y tenerla en su habitación por protección para cuidar un dinero que ni siquiera era suyo en primer lugar.
A menos que el ladrón decidiera hacerle daño a su abuelo. Todos los millones de yenes del mundo perderían su valor y se reducirían a cero si alguien lastimaba a la persona más preciada para él en toda su vida.
Tratar de llevar su vida de manera normal se mostró imposible con los millones de yenes en su hogar. No dormía bien, no comía bien, se saltaba comidas; y en el trabajo se mostraba distraído. Su abuelo lo notó callado cuando lo visitó por las tardes.
—Nieto, no sé en qué andas, pero detente. Veo como estas enfermando, te lo digo yo; que estoy con un pie en el más allá.
Yuuji se rio desganado y levantó el tazón de avena para darle una cucharada a su abuelo, que últimamente tenía menos apetito que antes.
Por las noches seguía la noticia del gran robo al banco Zenin. La veía en televisión o la buscaba por internet, otras veces en el periódico durante el trabajo en algún rato libre. Todos los días revisaba si había algún avance, o si estaban más cerca de resolver el crimen. Ese día anunciaron que habían capturado a alguien.
Naobito Zenin, que Yuuji ya reconocía como el dueño del imperio Zenin, informaba que habían capturado a uno de los sospechosos del robo; se lamentaba, de forma que ni siquiera parecía tristeza auténtica, que era uno de sus nietos uno de los coautores del terrible crimen.
Extrañamente, el individuo no tenía el apellido Zenin.
Mostraron su foto, se miraba joven. Más o menos de la edad de Yuuji, no parecía un mal tipo, tampoco tenía esa arrogancia tan característica del resto de su familia. Era piel clara, tan pálido como el resto de los Zenin; quizás aún más que ellos.
Ahora Naoya Zenin daba una entrevista, el tipo parecía adorar la cámara.
—Aunque me duela que mi querido sobrino haya sido capaz de este crimen, le caerá todo el peso de la ley. —luego suspiraba de manera un tanto dramática—. Y también encontraremos al sujeto que lavó su mente, ya sabemos que es otro hombre.
Sintió su corazón hundirse.
¿Y si ese tipo había sido el que escondió el dinero en su hogar? Uno ya estaba capturado y el otro andaba libre. Y ese tipo Naoya hablaba con tanta seguridad y propiedad; decía ciertas pistas que cada vez parecía menos que sólo alardeaba y parecía más que estaba seguro de lo que decía.
Yuuji respiró profundamente más veces de las que pudo contar. Echó un vistazo a sus manos temblorosas, el temor pudo con él.
Estaba seguro que se arrepentiría, pero no podía permitir que un criminal se acercara a su hogar por un dinero que le pertenecía a las familias más acaudaladas de Japón.
Colocó la tabla en el piso y martilló tres clavos hasta que no se notara que había una diferencia entre la madera.
Esa noche soñó que estaba en el océano Atlántico en un bloque de hielo que se deshacía, cada vez se encogía más hasta que caía en el agua fría y se ahogaba. Su abuelo lo miraba desde el cielo con desaprobación.
En la mañana pidió permiso en el trabajo, se reportó como enfermo; cosa que no era del todo falsa. Se había levantado en la mañana a vomitar nuevamente.
Nunca antes había visitado un centro policial, tantas personas uniformadas de azul eran intimidantes.
Yuuji se acercó a la recepción donde un oficial lo miró con seriedad.
—¿En qué podemos ayudarte? —le dijo en seco.
—Q-quiero… creo q-que tengo información sobre un caso que he visto en las noticias —dijo no estando muy seguro de cómo decir lo que quería.
—Hay muchos casos en las noticias —dijo el oficial elevando una ceja.
—Es sobre el dinero del robo del banco Zenin —la última palabra la dijo en un susurro.
—¿Sabes de algo que pueda ayudar con el caso? —preguntó el policía con incredulidad.
—Creo que sé dónde está el dinero.
El hombre lo miró a los ojos, primero con la misma incredulidad, luego cambió su expresión a una de sorpresa y por último de acusación.
—Espérame.
El tipo se retiró y Yuuji se sintió más nervioso. No tenía por qué, él era inocente. Estaba seguro que la justicia prevalecería y que como no tenía nada que ocultar, los policías le agradecerían por regresar el dinero y lo protegerían de los criminales ladrones y asesinos que quisieran hacerle daño a él y su abuelo. En las series policíacas hablaban del programa de protección a testigos, debía ser real. Tal vez los trasladarían a un hotel.
El oficial volvió.
—Ven conmigo.
Yuuji suspiró.
«Estaré bien, no he hecho nada».
«Estaré bien, soy inocente».
Lo llevaron a una habitación pequeña donde había dos sillas frente a frente, una mesa en medio de estas y un gran espejo de vidrio. Se preguntó si del otro lado podían verlo, lo más probable era que sí.
Se sentó cuando le indicaron.
Del otro lado entró una oficial. Tenía cabello celeste y ojos amables.
—Me llamo Kasumi Miwa, ¿me dices tu nombre? —le preguntó.
—Yuuji Itadori —Se maldijo porque sus dedos no dejaban de jugar entre ellos.
—¿Quieres un poco de agua? Estamos esperando que vengan unas personas a hablar contigo —dijo ella sonriendo.
—Ah, claro —. Si no estuviera en un cuarto cerrado con una ventana/espejo gigante donde podían observarlo, se sentiría más seguro cerca de los policías.
Pasados cerca de lo que pareció una eternidad, pero probablemente fue una media hora a lo mucho, entraron dos personas más a la habitación. La chica llamada Miwa miró al piso y saludó al par que había entrado, se dirigió a ellos llamándolos "detectives", a Yuuji le pareció que la punta de las orejas de la chica se tornaron rosas.
Era una chica pelirroja con corte arriba de los hombros y junto a ella un hombre con lentes oscuros, cabello blanco y una sonrisa que parecía más de una foto de modelaje que de una comisaría.
—¡Hola, Yuuji! ¿Puedo llamarte así?
Habló el hombre y volteó la silla frente a él con un movimiento fluido para sentarse al revés, con el respaldo topando con su pecho; su voz era profunda y le quedaba muy bien con su rostro. Itadori sintió como que estaba tratando con un actor de Hollywood haciendo el papel de un policía.
Así que asintió y rápidamente la chica habló.
—Itadori, espero que no nos estés haciendo perder el tiempo, Miwa aquí dice que tienes información para nosotros.
—¿Dónde están nuestros modales? —dijo el hombre mirando a su compañera—. Me llamo Satoru Gojo y ella es mi compañera Nobara Kugisaki. Nos dijeron que podías ayudarnos con nuestra investigación.
Detectives reales estaban frente a él.
Yuuji suspiró.
—Creo que encontré el dinero del banco Zenin.
—¿Crees o lo sabes? —cuestionó la pelirroja mirándolo acusatoriamente.
—Uh… —La chica lo intimidaba.
—Excelente, Yuuji. Muy bien —elogió el más alto del cabello platinado—, ¿puedes decirnos dónde está?
—Puedo llevarlos.
Ambos se miraron uno al otro, la chica habló primero.
—Necesitamos tu teléfono y tus documentos.
—¿Por qué? —. ¿Acaso estaba en problemas? No había hecho nada malo, no era culpable de nada. Los detectives estaban ahí para hacer su trabajo, capturar a los criminales y proteger a los civiles inocentes. Yuuji sólo quería hacer lo correcto.
Pero se estaba tardando mucho en responder y podía ver como ambos oficiales cambiaban su expresión a una menos excusatoria y más acusatoria. Les estaba dando razones para desconfiar de él.
—¡Claro! ¡Claro! Sin problema, no tengo nada que esconder.
Se sacó la billetera y su móvil y los puso en la mesa frente a él. La chica pelirroja tomó ambos y se dirigió con su compañero hacia la salida. El detective Gojo le dijo que sólo verificarían que su identidad era la correcta y volverían en lo que él, muy elocuentemente, describió como un "santiamén".
Debió pasar otra media hora, Yuuji se había terminado el agua, cuando pidió prestado el baño, Miwa se encargó de escoltarlo y esperar pacientemente afuera a que terminara sus asuntos.
Los detectives volvieron a entrar a la habitación con papeles en sus manos y gestos de seriedad. Incluso el tipo atractivo estaba sonriendo menos que antes. Algo andaba mal.
—Yuuji, ¿trabajas en el restaurante Shiroi Cho?
El afirmó.
—De acuerdo, ¿es común que faltes?
No, no era común. Lo último que hizo fue cancelar los turnos de fin de semana y ese día se había reportado enfermo para ir a la comisaría.
—No te conviene mentirnos, Itadori —advirtió la detective Kugisaki poniendo ambas manos sobre la mesa.
Yuuji se enderezó.
—Nos informan que no has llegado a trabajar tres días seguidos.
—¿Qué? Sólo hoy me reporte como enfermo, pero apenas es lunes.
Gojo lo miró extrañado, Nobara bufó y sacó su celular para mostrarle la pantalla.
—Hoy es miércoles, genio.
—¿Qué?
—Así es, según ellos este mes en particular has sido inconstante, faltaste dos días al inicio del mes; no hiciste los turnos de fin de semana que habías pedido desde el mes anterior y están considerando en despedirte porque avisas que no llegarás a media semana.
—¡Eso es imposible!
—Yuuji, haz las cosas más fáciles para todos y colabora con nosotros. Danos la dirección de dónde se encuentra el dinero y podemos regresarlo y terminar con este malentendido.
—De acuerdo, vamos.
Nobara le lanzó un papel a la mesa y con firmeza posó un lapicero frente a él.
—No vas a salir de aquí, Itadori. Anota la dirección.
Lo estaban tratando como a un criminal, dudaban de él y pensaban que se iba a escapar. Pero eso no tenía sentido, al final si el dinero ni siquiera era el del banco Zenin, ese par de detectives estaban cometiendo un error y debían pedirle disculpas. ¿Por qué tanto alboroto por alguien que aparecía de repente diciendo que había encontrado el dinero? Y que tal vez tenía unas cuantas faltas en el trabajo, aunque… eso era raro. Debía hablar con el jefe, no recordaba tantas faltas y estaba seguro que ese día era lunes.
—Es la casa de mi abuelo, encontré el dinero bajo una tabla mal clavada en el piso, les haré un dibujo donde está.
Lo dijo y lo hizo, a medida iba dibujando se dio cuenta que les estaba dando permiso a dos policías para husmear en la casa de su abuelo.
—¿No necesitan una orden de allanamiento para entrar a mi casa? —preguntó, sintiéndose como en una película.
—¿Tienes algo que esconder, Yuuji? Podemos conseguir una en seis horas, pero tomaremos en cuenta que no estuviste dispuesto a ayudarnos —. Las palabras del hombre sonaron amables, pero la amenaza coloreaba toda su voz.
Estaba ahí, ¿no? Estar ahí confesando que había una cantidad exorbitante de dinero extraño en su hogar debía servir para algo, ¿no?
No les llevó la contraria más tiempo del que ya lo había hecho, de todas formas, ya le habían dicho que no lo dejarían salir.
Cuando terminó de anotar la dirección y finalizó su dibujo ambos detectives lo dejaron solo otra vez.
¿Cuántas horas llevaba ahí?
Miwa le llevó un sándwich de jamón y queso, Yuuji tenía suficientes ganas de vomitar como para comer. No tenía su móvil, así que pasó el tiempo revisando la habitación, dando pequeños golpes en el vidrio con su dedo para ver si obtenía alguna reacción. No muy fuerte, no quería parecer violento; lo único que quería era ayudar y hacer lo correcto, pero seguían tratándolo como si él mismo había llegado al banco a robar… o a asaltar el camión de dinero, o lo que fuera que había pasado hace tres semanas.
Se sentó en la silla nuevamente y puso sus brazos cruzados en la mesa y recostó su cabeza sobre estos.
No estuvo seguro cuánto tiempo pasó, pero levantó la cabeza al escuchar la puerta abrirse nuevamente.
Kugisaki y Gojo entraron a la habitación otra vez, pero había algo diferente. El detective se sentó en la silla, pero esta vez normal sin darle la vuelta, Nobara se quedó recostada en la pared cerca de la salida; su cadera era abrazaba por un estuche de cuero, y en este descansaba un arma que ella sostenía con la mano, como si estuviera lista para sacarla en cualquier momento.
Yuuji seguía con sus brazos cruzados sobre la mesa, siguió la mirada de la pelirroja que se alejó de la suya por un segundo, y echó un vistazo a su alrededor; el vidrio que los separaba de la gente que los observaba tenía una quebradura cerca de una esquina.
—¿Eso ya estaba así? —preguntó.
—Eres divertido, Yuuji —dijo el peliblanco—. ¿No te parece divertido, Nobara?
—Divertidísimo —contestó ella seria— Vamos a hacer esto corto, Itadori; entendemos que estas harto de estar acá y no podemos retenerte más tiempo sin una acusación.
Yuuji ladeó la cabeza, pero se quedó callado, tuvo un mal presentimiento.
—No está el dinero como tú dijiste, nos mentiste —dijo él.
El de cabello rosa abrió más los ojos.
—¡Quizás buscaron mal! Ahí está debajo de la tabla con tres clavos, a la par de la isla de cocina, en dos maletas de tela… una tiene sesenta mil millones de yenes, y la otra, cincuenta y tres mil millones… —hablaba rápido, se tropezaba con sus palabras—, tienen que volver a buscar, y si no, pueden llevarme y les digo donde está.
—No encontramos el dinero, pero encontramos otra cosa —celebró Gojo con una sonrisa demasiado angelical para significar malas noticias.
—Encontramos el arma homicida en tu mesa de noche, usa el mismo tipo de bala que asesinó al conductor del camión blindado… sólo es cuestión de tiempo para llevarla a balística y examinar si coincide con la fecha que fue usada… las balas tienen impresiones cuando se usan y las armas cuando disparan, ¿lo sabías?
—¡Esa pistola estaba en la misma bolsa del dinero! —Yuuji se levantó de su asiento.
—Siéntate —ordenó Satoru, y al ver que Nobara agarraba con más determinación su arma, decidió que era más prudente obedecer.
—¿Conoces a Megumi Fushiguro? —preguntó el peliblanco.
—Sé quién es, salió en las noticias, no lo conozco en persona —contestó mirando a ambos a los ojos, definitivamente no pretendían ligarlo con el ladrón que habían atrapado hace unos días como coautor del atraco.
—Tenemos razones para pensar que hay ADN tuyo en su apartamento, además de impresiones de tus huellas digitales —Satoru sonreía como si estuviera en una partida de ajedrez y acabara de hacer jaque mate—. Sólo es cuestión de tiempo para corroborar que tu arma realmente ha sido disparada por ti, y el plomo y antimonio coincidan con el encontrado en la ropa de Fushiguro; porque sabes, un arma en realidad dispara en todas las direcciones, pero tu sólo estás atento a la bala.
—¡Esto no es posible! ¡Me han incriminado! ¡Tienen que creerme!
Yuuji se levantó de su asiento, pero Gojo estiró sus manos y tomó sus muñecas, las unió entre ellas, y en menos de un parpadeo las aprisionó con un par de esposas metálicas.
El metal era frio.
Nobara se acercó y habló.
—Yuuji Itadori, quedas arrestado por asesinato en primer grado, asalto agravado y robo a entidad bancaria. —Esto no estaba pasando—. Tienes derecho a guardar silencio. Cualquier cosa que digas puede y será usada en tu contra en un tribunal de justicia. —¿Qué pasaría con su abuelo? —. Tienes derecho de hablar con un abogado y que esté presente durante cualquier interrogatorio— ¿Quién visitaría a su abuelo y lo acompañaría durante la quimioterapia? —Si no puedes pagar un abogado, se te asignará uno pagado por el gobierno. ¿Te han quedado claros los derechos mencionados?
El resto fue en automático.
No estaba seguro si había movido su cabeza para asentir.
Los dos investigadores lo guiaron hacia otro lugar donde había otras personas, detrás de una puerta metálica con llave.
—¿Puedo hacer una llamada? —les preguntó.
—Esa frase la copian de películas —argumentó Nobara girando sus ojos. Luego señaló a otro oficial que lo llevó hasta el teléfono de la comisaría.
No estaba seguro de qué diría, ni siquiera sabía si quería decir lo que había pasado; sólo quería escuchar la voz de su familia. Marcó el número del móvil que le había dejado a la par de la cama, por si alguna vez necesitaba hablar con él. Ya sabía como hacer cosas básicas como hacer y recibir llamadas, así que estaba seguro de que contestaría.
Contestó al cuarto tono.
—¿Aló?
—Hola, abuelo.
Su abuelo gritaba un poco al teléfono, siempre lo había hecho. La llamada no le sorprendió, de vez en cuando hablaban en línea, Yuuji le preguntó cómo estaba, si le estaban dando sus medicamentos, si se estaba alimentando bien, si no había dolor… después de unos minutos en plática banal, su abuelo le preguntó si llegaría ese día.
—No, por eso te llamaba. No llegaré hoy, surgió un problema y creo que tomará unos días arreglarlo.
—¿Cuántos días? —inquirió su abuelo.
—Sólo no te asustes si no sabes de mi por un tiempo. Trataré de apurar esto lo más que pueda.
Hubo un silencio de un minuto donde rechinó sus dientes luchando por encontrar las palabras correctas.
—Nieto, ¿qué hiciste?
—¿A qué te refieres? —decidió fingir demencia, no había forma que lo supiera.
—¿Es sobre el dinero? Me dijiste qué harías lo necesario para conseguir lo de los tratamientos… aunque yo te insistí que no lo hicieras.
—¿Huh? -no recordaba haber usado esas palabras exactas.
—Te pregunté si te meterías en problemas, no me respondiste.
—No recuer…
—Yuuji dos.
—No tengo idea de qué estás hablando —¿Acaso su abuelo se había vuelto senil?
Escuchó un pesado suspiro del otro lado.
—A veces siento que hablo con dos personas diferentes.
—Me estás confundiendo —dijo él riéndose.
—Yuuji, lo siento… es mi culpa, todo este tiempo has estado pendiente de mi y esta maldita enfermedad —otro suspiro—. No he estado ahí para ti… nunca te lo dije, pero tus padres no murieron por cáncer.
Abrió más los ojos, tomó el teléfono con más fuerza.
—Diez minutos es más que suficiente para una llamada —interrumpió el oficial desde atrás de él, se acercó y presionó el botón de colgar.
—¿Qué? —contestó Yuuji sorprendido, y luego enfadado—. ¡Era importante!
—No me importa, puede llamarte a la prisión Jujutsu de ahora en adelante —le contestó y lo escoltó hacia un área con rejas que tenía personas que habían cometido crímenes, o acusado falsamente de cometerlos como él.
Adentro le quitó las esposas y cerró la reja metálica.
Yuuji se sentó en la banca y llevó sus manos a su rostro esperando que todo fuera una pesadilla.
Espero que les haya gustado, y que la intriga por saber que pasará les incentive a acompañarme en esta historia :)
