Un rato de lectura para las vacaciones :D

Advertencia: contenido sexual.


Cap. 3 "Viviendo un libro"

El tiempo pasaba diferente en ese lugar; no sabía si era de día o de noche, se dormía y despertaba y todo seguía igual. Sus músculos dolían algunas veces al despertar, como si hubiese estado haciendo ejercicio. Aunque cada vez que estaba despierto se quedaba en la cama mirando el techo, dormía y despertaba sudoroso y con el corazón latiendo rápido y fuerte.

Si acaso Sukuna estaba ejercitando su cuerpo por él, no podía importarle un carajo.

Llevaba más o menos la cuenta de los días por la comida que le llevaban, la pasaban por la ranura inferior de la puerta metálica tres veces y luego un periodo de pausa de quizás ocho horas; y lo llamaban por su apellido una sola vez. La miraba de reojo y volvía a acostarse, no se le apetecía para nada.

Su huelga de hambre no estaba funcionando porque cuando volvía a ver su comida, ya solo quedaban sobras.

—¿También vas a cagar por mí? —preguntó en voz alta sabiendo que no obtendría respuesta.

El silencio era ensordecedor.

Después de cuatro comidas devoradas por él y treinta y cinco que se comieron solas, la puerta metálica se abrió por completo y un guardia entró a su prisión.

—Itadori, vamos —ordenó fijando esposas en sus muñecas.

—¿A dónde?

Ya estaba acostumbrado a hacer preguntas que nadie respondía, así que se limitó a seguir al hombre del batón.

Lo guiaron a través de pasillos, puertas abiertas por una tarjeta en un lector especializado, una y otra se abrían en un camino interminable. Hasta que llegó a una habitación muy similar a la de la estación de policía hacía ya tantos días; una mesa con dos sillas, una frente a otra.

Le indicaron que se sentara y Yuuji obedeció, miró al frente cuando escuchó la puerta abrirse y al hombre con el que había soñado aquella ocasión entró a la pieza. Tan radiante como cuando lo conoció, con camiseta oscura y una chaqueta de cuero, cabello claro como la nieve y lentes oscuros que adornaban su rostro de modelo; dio vuelta a la silla con una mano, se sentó con el respaldo al pecho igual como la vez anterior.

—Gojo —dijo al mirarlo.

—¿Me recuerdas? ¡Qué suerte tengo! —dijo el peliblanco abrazando el respaldo de la silla como si fuera un chiquillo emocionado.

Yuuji sintió como si empezaba a desvanecerse, su mirada se oscurecía y lo invadía la sensación de que iba a quedarse dormido. Luchó contra la idea y agitó su cabeza hacia los lados, golpeó su mejilla derecha con sus manos unidas por las esposas para mantenerse despierto.

—¿Estas bien, Yuuji? Te ves como si fueras a desmayarte.

—Estoy bien, aseguró —acariciando su mejilla para aliviar el dolor—… Erm… ¿Qué haces aquí?

—¿No es obvio? ¡Vengo a verte!

—Entonces tal vez yo soy el afortunado —dijo sintiéndose impulsivo, a lo cual el otro respondió con sorpresa y una sonrisa más grande.

—Quiero hacerte unas preguntas, si te parece bien.

Lo pensó un poco, y recordó las palabras que le dijeron cuando lo apresaron. Además de consejos que le había dado Fushiguro.

—¿Puede estar mi abogado presente?

—¡Por supuesto! No vamos a violentar tus derechos. ¿Puedes llamarlo?

El de cabello rosa tuvo que ser sincero.

—Aún no tengo uno…

El más alto fue tomado desprevenido y luego negó con su cabeza.

—De acuerdo, Yuuji. Entonces no te haré ninguna pregunta y tú no tienes que responder nada.

Ladeó su cabeza en respuesta.

—De acuerdo.

El detective estiró su mano para poner un dedo tan cerca de su boca que casi tocó sus labios.

—No —canturreó—. No digas nada, recuerda que estás en desventaja sin tu abogado presente.

Yuuji asintió mordiéndose los labios, Gojo siguió los movimientos de su boca con la mirada.

—Primero quiero confesar un par de cosas —dijo el atractivo hombre de la ley cruzándose de brazos, por encima del respaldo de la silla.

Le instó que continuará.

—Aún no hemos encontrado el dinero —Yuuji abrió más los ojos—. Lo sé, lo sé… con mis habilidades y las de Nobara uno pensaría que ya debería estar de regreso con sus dueños; la verdad es que no ha sido fácil.

Yuuji asintió en respuesta, de todas formas, sabía que tenía derecho a guardar silencio.

—Soy un buen detective, somos los mejores con mi amiga la pelirroja a la que le simpatizaste.

Itadori hizo una mueca en respuesta.

—No pareció que le simpaticé.

Gojo se rio.

—¡Yuuji! Así es ella, pero cuando alguien le desagrada es mucho peor —insistió—. Unidos somos buenos, y separados cubrimos mucho más terreno, ¿sabes? Hemos estado hablando mucho sobre ti.

Se encogió de hombros porque no sabía qué más responder, si no tuviera sus manos unidas por unas esposas, probablemente se hubiera cruzado de brazos.

Gojo inclinó su cabeza dejando que sus lentes posaran sobre su nariz y dejara ver unos ojos que parecían sacados de un cuento de hadas, claros, como el cielo en un amanecer, celestes como un témpano de hielo en un océano capaz de hundir el mismísimo Titanic... diablos, Yuuji no era ningún poeta, pero si lo fuera podría describirlos en páginas completas de un capítulo que se dedicara a hablar de los ojos más bellos que alguna vez había visto.

—¿Yuuji?

—¿Huh?

—Te distrajiste un momento, te dije que te he estado observando.

El aludido sacudió su cabeza para concentrarse, se estaba comportando como un idiota. Este tipo lo había metido preso, no podía fantasear con él como si fuera el príncipe que iba a rescatarlo de su miserable situación.

Pensó en las palabras que el otro había dicho.

—¿Ya viste que soy inocente? —preguntó.

Gojo se rio.

—No.

Yuuji sintió sus hombros caer.

—Pero vi otra cosa, ¿puedo mostrártela?

Ladeó su cabeza, pensando que eso iba a pasar independientemente de su opinión. Satoru era amable al preguntar, pero con su autoridad de oficial no era como si pudiera negarse.

Gojo se levantó y salió de la habitación, unos minutos después regresó con una computadora portátil que puso en la mesa y la abrió para poner un video con contrastes de color altos y caras semiborrosas, pixeladas por la mala calidad del mismo.

Era su cárcel, era el patio donde estaba la cancha de básquetbol y había reclusos jugando. Parecía el inicio de la tarde, el sol aún estaba alto.

Gojo tocó unos botones en la computadora y acercó la imagen hacia el lado superior derecho donde estaban las gradas de cemento. Fushiguro se encontraba rodeado por los tres hombres que lo habían molestado exigiéndole el dinero que había robado.

Yuuji entendió de qué se trataba. Miró hacia otro lado.

—No quiero ver esto —dijo dejando que la negación y el temor a la verdad le ganara a su curiosidad, o quizás a su deber de saber qué había pasado realmente ese día.

—¿Estás seguro? —preguntó el oficial de forma calmada.

—Creo que sí.

—¿Por qué no quieres verlo? —inquirió.

—Porque él mató esos hombres, ¿verdad? —respondió mirando a Gojo en lugar de la pantalla.

El de cabello claro entrecerró sus ojos.

—"Él", ¿te refieres a Sukuna?

Itadori abrió más los suyos.

—¿Cómo sabes su nombre?

Satoru suspiró, dirigió su mirada nuevamente a su computadora y presionó la tecla de espacio.

El video se reprodujo.

Se escuchaban murmullos que eran acallados por las exclamaciones de los reclusos jugando baloncesto, indicaciones sobre pasar el balón, bloquear y celebraciones al hacer canastas. Poco se escuchaba de la conversación entre Megumi y los tres hombres.

En el video se podía ver cómo él caminaba hacia el cuarteto y cruzaban palabras, la posición defensiva que tomó el hombre del parche y también cuando el tipo del cabello largo y cicatrices aplaudió celebrando al reconocerlo como el coautor del atraco.

Se miraba que hablaban un poco más y que él tiraba de la manga de Fushiguro, a lo que él se disponía a seguirlo; y era detenido por el tipo platinado. Se daba la vuelta y su rostro era tomado por él, luego seguía el cabezazo que le atestó.

Jogo le daba un puñetazo después y Yuuji retrocedía. Recordaba que caía al suelo y todo se oscurecía, pero eso no estaba pasando en la película frente a él.

Era una película porque le parecía irreal, una pieza de ficción.

Yuuji daba unos pasos hacia atrás, pero se paraba con las piernas abiertas para no caerse, miraba el suelo y se quedaba quieto por unos momentos. El hombre del parche ladeaba la cabeza y caminaba hacia él, sus hombros subían y bajaban al reírse con burla y acercaba su mano a su frente para tocarlo con el dedo índice.

—Un testigo dice que Jogo dijo "¿Hola? ¿hay alguien ahí?" —interrumpió el detective sin pausar el video.

Itadori no desvió la mirada.

Quien parecía ser él tomó la mano del prisionero del parche con su derecha y la dobló hacia abajo, en la grabación se alcanzó a escuchar el aullido de dolor que dio.

Jogo retiró su mano y la llevó a su pecho resguardándola con la otra.

El impostor de Yuuji se llevaba ambas manos a su cabello y proseguía a peinarse hacia atrás.

Gojo puso una hoja de papel a la mesa y la leyó en voz alta.

—Ahí dijiste "no vuelvas a acercarte a él, y en tu puta vida vuelvas a hablarme" —leyó mientras el Itadori del video movía la cabeza en señalización a su amigo pelinegro—. Al menos tres personas dicen que tu voz sonó diferente.

El hombre del parche se acercó a él con su mano buena para darle otro puñetazo, a lo que él evadía con un movimiento y luego se abalanzaba contra él hasta arrojarlo al suelo, comenzaba a darle puñetazos en el rostro, a un lado y al otro.

Jogo levantaba sus brazos para cubrir su rostro, por lo que el muchacho de cabello rosado que definitivamente no era él proseguía a golpear sus costados. En ese instante se acercaba el de las cicatrices por detrás y lo tomaba del cuello haciendo que se levantara, el cuerpo de Itatori dio codazos hacia atrás logrando soltarse, y cuando su contrincante lo liberó se dio la vuelta y le dio un puñetazo a su abdomen; haciendo que retrocediera aún más.

Se acercó a él y tomó un puñado de su cabello hasta hacerlo ladear su cabeza, el de las cicatrices gimió de dolor y abrió la boca para respirar, le dijo algunas palabras y fue interrumpido por la voz de Fushiguro, suficientemente fuerte para escucharse en el video original.

¡Sukuna! —llamó su atención, se escuchaban más murmullos de los reclusos que habían dejado de jugar para mirar la escena; el pelinegro se acercó a él para decirle algo al oído, sin intervenir en la pelea.

Yuuji miró a Gojo en busca de respuestas, con la duda inundando sus ojos. El detective contestó inmediatamente.

—No sé qué te dijo, fue muy suave, ningún testigo alcanzó a escuchar.

En el video se miraba al impostor de Yuuji contestando entre dientes. No se podía ni siquiera leer los labios con la calidad de la imagen.

Después de eso golpeó el abdomen del peliplateado del cabello largo, haciendo que escupiera saliva. El hombre cayó al suelo sin moverse más, e Itadori levantaba la mirada para encarar al tercer hombre que sólo los había dejado pelear.

El hombre más grande de los tres se tronó los nudillos y caminó hacia él con lentitud.

Tres guardias se abalanzaron sobre el Yuuji del video y dos guardias sobre el hombre con el que todavía no luchaba, dos guardias más se acercaron hacia él con batones dando golpes una y otra vez. Lo empujaron al piso hasta inmovilizarlo, un guardia apoyó su rodilla contra su nuca y le colocó un par de esposas, Yuuji sonreía con una mitad de su cara pegada al suelo mientras Fushiguro lo miraba a pocos metros con los brazos cruzados. Ambos se miraban fijamente.

Después de eso lo levantaban y se lo llevaban, aún en la imagen pixelada se pudo ver la sonrisa en el rostro de su impostor y un guiño de su ojo dirigido a la cámara de seguridad.

Yuuji sintió que iba dirigido a él.

Sintió náuseas al ver el final del video cuando la pantalla se volvió negra y pudo ver su propio reflejo en el computador.

—Tu puño derecho es más fuerte, Jogo tiene dos fracturas de costillas, y el pómulo izquierdo fracturado —enumeró las lesiones del hombre del parche—. Y Mahito tuvo sangrado del bazo y necesitó cirugía abdominal de urgencia en el hospital más cercano.

Yuuji cerró sus ojos.

—Ambos vivirán pero no creo que te molesten en un buen tiempo —agregó y luego se llevó una mano al mentón en pensamiento—. No puedo decirte lo mismo de Hanami… creo que te ganaste un enemigo.

Suspiró porque no sabía qué más hacer. Por una parte estaba aliviado que no había asesinado otra vez, pero también temía las repercusiones que todo ese espectáculo le causaría. Había mandado dos hombres al hospital y estaba seguro que el tercero querría vengarse.

—¿Recuerdas algo de lo que acabas de ver? —preguntó Satoru.

Itadori negó con la cabeza.

—Yuuji, podrías estarme mintiendo, todo esto podría ser un acto para que te consideremos incapaz de enfrentar un tribunal —opinó el detective.

Miró hacia abajo.

—No soy tan listo para planear algo así —confesó con la cabeza agachada.

—Ni tampoco para recordar que no estás obligado a decir una palabra sin un abogado presente, esto no es un interrogatorio, ¿sabes? —rio el de cabello como nieve.

Yuuji se sintió como un verdadero idiota.

—Me alegra saber que esos tipos se pondrán bien —confesó, porque su mayor miedo era que hubieran sido asesinados por el hombre del video. Era un alivio que no los había dañado permanentemente.

—Escúchame, Yuuji —dijo el otro mientras se recolocaba los lentes oscuros con una mano —. Desde que te conocí en la comisaría hace un mes tuve un presentimiento contigo, mi instinto me dice que hay mucho más de lo que los hechos muestran.

Itadori miró los lentes negros que cubrían esos exóticos ojos, tratando de averiguar si el hombre frente a él era su enemigo o si sólo eran ilusiones de su pensamiento. Satoru no le parecía un mal tipo, una parte boba de él quería creer que estaba dispuesto a ayudarle.

—Necesito que consigas a un abogado, si te pasas una semana más se te asignará uno por el estado —anunció mientras ladeaba su cabeza, con algo cercano a comprensión en sus ojos—. Lo ideal es que sea alguien en quien tú confíes.

Quizás si quería ayudarle, alguien que sólo quisiera tenerlo preso, pagando crímenes y sufriendo no le aconsejaría un buen abogado.

Esperaba ser lo suficientemente listo como para no dejarse llevar por una cara de ángel para juzgar a esa persona como buena.

—Cuando lo tengas, quiero que aceptes una evaluación psiquiátrica —agregó mirándolo fijamente, pero sus ojos parecían tan empáticos que Yuuji podría confundir que estaba hablando con un amigo y no con el oficial que le había colocado las esposas hace un mes —. Sólo un psiquiatra forense podrá evaluarte y determinar qué es lo que pasa contigo.

Sabía que no debía hablar, que cualquier cosa que dijera podía ser usada en su contra, que era impulsivo decir algo sin un abogado presente. Y que quizás toda esa conversación estaba siendo grabada para usarse en un tribunal. Pero...

—Tú me crees, ¿verdad? —aventuró, y vio que Gojo levantó las cejas—. Tu instinto dice que no estoy mintiendo cuando te digo que no recuerdo nada de lo que dicen que hice.

Gojo sonrió.

—Eres más listo de lo que afirmas —acusó el hombre de la ley.

—No estoy manipulándote —aseguró el que tenía las esposas en las muñecas.

—Acepto el desafío de confirmar si eso es cierto —contestó el de cabello blanco y se levantó de su asiento—. Gracias por tu tiempo, Yuuji.

—Eh, ¿puedo preguntarte algo más?

—Dime —aceptó Gojo dudoso.

—¿Puedes averiguar cómo está mi abuelo?

El más alto sonrió de forma compasiva.

—Claro.

Al mismo tiempo entró un guardia y le indicó que lo siguiera, lo tomó de los hombros con más fuerza que la necesaria y lo saco del cuarto de interrogatorio. Yuuji lo siguió sin ofrecer resistencia.

—Eres un buen actor, con ese numerito que armaste en el patio hace unas semanas —dijo el guardia despectivamente—. Por supuesto que van a darle trato especial al lunático.

Guardó silencio, porque no quería argumentar nada y no tenía nada bueno qué decir.

—Vuelve a tu celda —le ordenó empujándolo levemente hacia el interior con una mano en su espalda, cosa que fue indignante; pero sabía que ese trato era común ahí.

Al entrar a su celda pudo ver a Junpei acostado en la cama de arriba leyendo un periódico antiguo, levantó la mano para saludarlo cuando unas manos se acercaron desde atrás cubriendo sus ojos y oscureciendo su visión.

—Shh…. —escuchó a su oído.


«—Te van a alejar de mí».

«—Necesitamos esto».

Esas líneas habían sido su despedida, las repasó en su mente una y otra vez. Pensó que tal vez pudo haber hecho algo para detenerlo, al menos hacerlo cambiar de opinión y no buscarse una riña que lo metiera en confinamiento solitario, o peor aún, le agregara más años en ese lugar.

Megumi amaba los animales, desde pequeño descubrió la facilidad con la que ganaba su confianza y perdían su agresividad con él, en realidad se enorgullecía de su habilidad para tratar con ellos; pero la única bestia que no había podido domar tenía nombre y apellido.

Ryomen Sukuna.

No sabía si lo peor había sido ser ignorado o mirar cómo se le abalanzaron los guardias para golpearlo y llevárselo a un lugar que podía ser incluso peor que en el que ya se encontraban.

En todo caso, ya iban varias semanas sin saber de él.

Echó un vistazo al libro en sus manos.

El extraño caso del Dr. Jekyll y Sr. Hyde.

Ya lo conocía, de pequeño lo había leído en la colección de libros que tenía su familia, y ahora, en prisión, el libro de 1886 de Robert Louis Stevenson era un clásico de la literatura y era suficientemente corto como para terminar en una tarde.

Una historia ficticia sobre un doctor de buen corazón, pero fascinado con la dualidad humana, suficiente para separarlas con una pócima; un experimento que sale mal, y se paga con el último precio.

Una cita llamaba su atención.

"Es una maldición para la humanidad, pensaba, que estas dos incongruentes mitades se encuentren ligadas así, que estos dos gemelos enemigos tengan que seguir luchando en el fondo de una sola y angustiosa conciencia".

El pobre doctor Jekyll no pudo controlar la maldad del señor Hyde, seguramente el libro era más una metáfora que una historia de ciencia ficción, pero Megumi podía entender un poco al doctor Lanyon, que después de ser testigo de la transformación, había caído enfermo hasta el punto de la muerte.

Era tan extraño haber conocido a Itadori, era como una versión infantil de Ryomen, más ingenuo, alguien que creía en arcoíris y en hadas mágicas. Una persona que pensaba que todos los problemas del mundo podían solucionarse si todos se tomaban de las manos y cantaban.

Eran el epítome del ying y el yang, dualidades donde ninguna era suficiente sin la otra, por separados ninguno duraría mucho en prisión, y por eso era que ambos seguían en confinamiento.

Había gastado mucho tiempo en pensar en ese par. Sukuna ocupaba su mente una buena parte del día, junto a su otra personalidad.

¿O era al revés?

El individuo se llamaba Yuuji Itadori, según su documento de identidad, su partida de nacimiento y el nombre que usaban los guardias con él, que estaba registrado en el país nipón como una persona real.

Un pensamiento sombrío se le aparecía por momentos.

¿Acaso Ryomen existía?

Escuchó a su compañero de celda entrar, decidió ignorarlo por sus pensamientos conflictivos sobre la crisis existencial de conocer a alguien que pudiera no ser real.

Desde atrás una mano se posó en su nuca, ejerciendo presión con los dedos; era un poco más pequeña que la mano enorme de Panda, pero suficientemente fuerte para hacer notar su presencia, se sintió alarmado por un segundo hasta que sintió pequeños círculos trazados sobre su cuello que eran delineados por el dedo índice.

La misma mano se deslizó hacia su cabeza y enterró los dedos en su cabello, Megumi echó su cabeza hacia atrás tratando de mirar de quién sabía que se trataba, pero avistó otra mano al frente de su cuello, bajando la cremallera de su uniforme naranja hasta el nivel de su pecho. Sintió el cuerpo de su acompañante acercarse a él, y unos dedos introducirse debajo de su camiseta blanca para acariciarlo.

Su respiración se volvió más pausada y profunda.

La mano intrusiva se desvió hacia un lado de su pecho y pellizcó un pezón.

Megumi respiró entre dientes, tratando de no emitir sonidos. Una pequeña exhalación dejó sus labios, en un intento por no gemir.

Las dos manos cesaron sus ministraciones tan repentinamente como habían iniciado.

Volvió a recostarse sobre la silla frente al escritorio, no se había dado cuenta de cómo había tensado su cuerpo cuando lo habían tocado.

Miró a su lado a Sukuna acercarse a la cama que era suya y echarse boca arriba con un pequeño gruñido.

—No pensé que existieran camas más mierderas que estas comentó recostando su cabeza en la almohada de Fushiguro.

—Hola para ti también, ¿te refieres a las de solitario? —inquirió el pelinegro.

—Ven acá —contestó en su lugar haciéndose a un lado de la cama y palpando la otra mitad en señal de invitación.

Pensó por un momento en no darle el gusto, en resistirse, pero tenía tanto de no verlo que no permitió que su orgullo ganara, cerró su libro y lo puso en el escritorio. Se levantó y caminó hacia él, sentándose en la cama y mirándolo de reojo.

—Estás más delgado —señaló.

—Tengo la energía, si es lo que quieres saber —contestó el otro con una sonrisa llena de malicia, tan típica de él.

—De acuerdo, pero promete que no le dirás nada a Sukuna —probó tratando de igualar su tono.

El otro entrecerró sus ojos de forma acusatoria y amplió más su sonrisa, tanto que Fushiguro creyó que podría contar todos sus dientes. Su mofa no había dado resultado, si sintió algún tipo de recelo, lo disimuló muy bien.

—No me aburres, Megumi —dijo riéndose.

—Ah, soy un buen entretenimiento, qué bueno que estoy cumpliendo mi misión en la vida —agregó cruzándose de brazos.

Sukuna se levantó de la cama para acercar a Fushiguro hacia él con una mano a un lado de su cabeza, el pelinegro se dejó llevar.

—Te vas a cortar con esa lengua tan afilada —dijo mordiendo el lóbulo de su oreja.

Megumi cerró sus ojos mientras sentía besos trazando el borde de su mandíbula. Sintió la humedad de la lengua de Ryomen delinear su labio inferior, entreabrió su boca al sentir los labios del otro rozando los suyos.

Contra los deseos de su cuerpo habló.

—Aún estoy enfadado contigo.

Sukuna se detuvo de repente y se alejó unos centímetros, mirándolo incrédulo.

—Te dije que no pude cambiar, el mocoso tiene el control completo a veces —repitió la justificación que había dado hace semanas, cuando lo dejó plantado en el fatídico hotel para fugarse de la ciudad, que culminó con su captura.

Megumi giro sus ojos.

—No es por eso.

Sukuna bufó.

—No sé cuánto tiempo estuve en solitario, pero estás empeñado en ponerte difícil conmigo hoy —se quejó y se recostó sobre sus codos.

—¿Difícil yo? —su voz casi se hizo más aguda al repetir esa sandez—. No soy el que quiso demostrar lo macho que soy instigando peleas contra otros reclusos.

—Te salvé, ¿no? —sonrió el otro, parecía divertido y eso sólo lo enfurecía más—. Podrías mostrarte más agradecido.

Megumi abrió más los ojos, ahora él no podía creer lo que estaba escuchando.

—Estoy controlándome por no dejarte con otro ojo morado —dijo cerrando los ojos y pellizcando el puente de su nariz en frustración.

—Era necesario defendernos —afirmó Sukuna levantándose nuevamente de la cama, apoyó su rostro por encima del hombro del pelinegro.

—Los mandaste al hospital —aseguró sin alejarse de él.

—¿Te han vuelto a molestar en el tiempo que estuve encerrado? —preguntó Ryomen mientras lo guiaba con un poco de presión a recostarse sobre su espalda.

Megumi exhaló un suspiro al caer sobre su cama. Ryomen se inclinó sobre él.

—No tiene nada que ver, yo no fui el que les dio esa paliza —negó porque al haber sido defendido por el otro, creía que eso lo hacía ver débil.

—Mataré a quien te toque un cabello, eso es suficiente para estos imbéciles —aseguró el de cabello rosa apoyando una mano a cada lado de su cabeza, sintió su cuerpo cálido sobre él.

—Qué poético, eres el sueño de toda chica —respondió con tono de burla, sonaba más a coqueteo que a verdadero sarcasmo.

—¿Cuál es tu sueño? —preguntó el más alto depositando un beso húmedo en su cuello, Megumi se estremeció.

—Lo sabes… —Megumi rodeó su cuello con ambos brazos para atraerlo más a él.

—Te daré el dinero de los Zenin —prometió Sukuna y besó sus labios.

Siempre era algo que mandaba corrientes por todo su cuerpo, sensaciones de electricidad que bajaban hacia la punta de sus dedos y lo hacía arquear su espalda para acercarse más a él. Sus huesos obedecían una fuerza invisible que era atraída por el calor que emanaba del otro hombre.

—¿Cómo te sacaron tan rápido? —cuestionó porque si bien había pasado un par de semanas, no era suficiente castigo por un comportamiento tan errático y peligroso, dos palabras que lo describían bien.

Su madre no habría estado orgullosa si le hubiese presentado a alguien como Ryomen.

—El polizonte albino, al parecer —contestó y volvió a besarlo, Fushiguro respondió el beso y gimió cuando sintió su lengua acariciar la suya.

—¿Gojo Satoru? —preguntó tratando de concentrarse, podía sentir calor bajando por su vientre y su entrepierna poniéndose dura.

—¿Lo conoces? —El otro pasó las manos por sus costados, apretando un poco en su cadera—. Quiero desnudarte.

Megumi asintió, permitiendo que el otro bajara la cremallera de su uniforme naranja.

—Es el detective asignado al caso, es muy conocido en la policía —informó mientras sentía el frío de la tarde colarse entre sus huesos, afortunadamente los brazos de Sukuna estaban calientes; y su piel encendía al rozar con la suya—. Él y Nobara Kugisaki, se supone que son muy buenos.

—¿Ah sí? —Sukuna se acostó de lado y Megumi lo siguió, las manos de él acariciaban su espalda y se detuvieron sobre su trasero, le dio un apretón que lo hizo exhalar.

—Me ha interrogado, parece muy enfocado en averiguar sobre mi relación contigo —opinó sintiendo como el otro separaba sus glúteos para acariciar la piel sensible.

—¿Conmigo? —dijo quedándose quieto y mirando sus ojos.

—Ya sabes, no contigo, con… —dudó un momento para expresarlo de otro modo—… con Itadori.

Sukuna se quedó callado un momento y miró hacia otro lado, parecía estar inmerso en pensamiento. Pronunció las palabras "no creo que…" más para sí mismo que para él; Megumi no estaba seguro de qué pasaba por su mente.

—¿Algo que quieras decirme? —decidió que no quería quedarse con la duda.

Ryomen volteó a verlo nuevamente y sonrió, como si nada hubiera pasado. Le depositó un beso en los labios.

—Móntame —le indicó.

Era una buena idea, aunque no respondiera la duda que había en su mente. Algo había pensado que tenía que ver con Yuuji y, aparentemente, el detective Gojo. Hizo una nota mental para preguntarle después, quizás este no era el mejor momento para hablar de eso.

Se subió encima del otro, una pierna a cada lado y terminó de desvestirse con su uniforme deslizándose por sus piernas.

—Quítate la ropa también —tenía una fijación con observar a Ryomen desnudarse, le parecía una buena vista mirarlo descubrir sus brazos, piernas y los músculos de su abdomen. Se levantó mientras el otro se deshacía de su pantalón y lo echaba a un lado de la cama, y volvió a colocar su peso sobre él, sabía que el otro podía manejarlo. Incluso, le gustaba subirse a su regazo; Megumi sentó su trasero sobre su entrepierna y lo escuchó exhalar plácidamente en respuesta.

Sukuna estiró su mano para hurgar la bolsa de su uniforme, tomó una pequeña botella que había sido arrojada junto a la ropa, tenía dentro un aceite y a la par de esta un sobre de aluminio en forma de cuadrado.

—¿Cuándo tuviste tiempo de conseguir lubricante y un condón? —preguntó con honestidad, él ni siquiera había pensado en tener sexo tan pronto, ni siquiera sabía si el otro iba a ser liberado aún.

—Cortesía del compañero de celda —respondió con una sonrisa con la mitad de su boca, bastante orgulloso de sí mismo.

Pobre Junpei, no se imaginaba de qué forma había llegado Sukuna a exigirle ambas cosas.

Vertió generosamente el líquido entre sus dedos, Megumi lamió sus labios en anticipación.

Tomó sus caderas con ambas manos, y deslizó una hacia su trasero; jugó con su entrada presionando con un dedo sin llegar a penetrarlo, acariciando únicamente los nervios sensibles y provocando escalofríos por toda su columna.

—Me perteneces —susurró con voz ronca en su oído.

Megumi gimió al sentir el dígito entrar en él.

—Dilo —pidió… o quizás ordenó, no estaba seguro del tono que estaba usando, la sensación nublaba su capacidad para diferenciarlo, se sentía tan bien que no pasaba por su mente negarse—. Quiero oírte.

Sí, definitivamente era una petición.

—Soy tuyo —respondió, porque diablos, diría cualquier cosa para hacerlo continuar.

Comenzó a follarlo con un dedo, y Megumi apoyó las rodillas a cada lado, sintiendo leves temblores en sus piernas, su cadera retrocedía tratando de profundizar lo más que podía; era demasiado y al mismo tiempo no era suficiente.

—Eres una delicia —opinó Sukuna, y Fushiguro abrió sus ojos para mirarlo. Le gustaba la manera en que el más alto lo miraba, como si ni siquiera una bomba explotando toda la cárcel podría desviar la atención del otro sobre él.

Escribiría su nombre en la lengua de Ryomen para que fuera lo único que pudiera decir.

Gimió más alto al sentir algo más grueso invadirlo, eran los dos dedos de él. Pensó en morderse los labios para hacer menos ruido, pero sabía que sus sonidos eran parte de lo que más encendían el fuego en Sukuna.

El pelinegro respiró profundamente para intoxicarse del olor de él.

Sus dedos se enterraban en la parte posterior de la cabeza del otro hombre, acercándolo mientras posicionaba su cadera para sentarse sobre él, sintió su entrada estirarse para envolver en su calor el miembro del otro.

Gimió al ser penetrado y escuchó la voz de él gruñir, era exquisito sentirse tan conectado, compartiendo el cuerpo, sus pensamientos, teniendo todos sus sentidos llenos de Ryomen.

Sus movimientos comenzaron a volverse más profundos, y el fuego entre ellos aumentó la velocidad de las estocadas. Se sostuvo con sus manos sobre los hombros ajenos y enterró sus uñas en un intento por sostenerse. Escuchó un siseo y sonrió.

Sintió la mano del de cabello rosa en su miembro, sus oídos parecieron ensordecer y su vista se tornó nublosa a medida se acercaba a su orgasmo.

No sabía si esto era el cielo o el infierno, pero la electricidad que corría por su piel erizaba sus poros, y abandonaba su cuerpo coloreando su voz con un rezo donde el protagonista era el nombre de Sukuna.

El mismo nombre que se había vuelto sinónimo de placer para Megumi.

Una amalgama de sensaciones, y calor concentrándose en su vientre, finalizó con su eyaculación acompañada de jadeos que exhalaban aire caliente al oído del otro. Un momento después Sukuna se tensó y Fushiguro miró atentamente su rostro, donde cerraba sus ojos y dirigía su rostro al cielo como si estuviera recibiendo una brisa fresca por primera vez en años, o lluvia fría sobre un cuerpo ardiendo en calor.

Ambos jadearon sedientos de aire, su pecho impactando con cada inspiración mientras gotas de sudor bajaban por su abdomen. Megumi envolvió su cuello con sus brazos y sintió las manos del otro en su cintura.

—Voy a inventar una nueva religión —escuchó que le dijeron con voz cansada.

—¿Ah sí? —preguntó en un susurro cansado.

—Seré yo adorándote a ti —sintió una lengua acariciar su mejilla—. El único sacerdote con acceso ilimitado al templo entre tus piernas.

Megumi quiso reírse por la ridiculez que estaba escuchando, pero estaba tan cansado que solo exhaló por la nariz en un débil intento de risa.

—¿Acabas de inventar eso?

—¿O quieres tú adorarme a mí? —Pudo imaginar la sonrisa de malicia en la cara de Ryomen.

—Mmm... podría adorar tu verga —contestó sorprendiéndose a sí mismo de su franqueza y atrevimiento.

Había conocido un nuevo mundo al encontrarse con Ryomen, la burbuja hecha por su familia de miseria en medio de tanta riqueza era tan pequeña, que lo hacía sentir que su infancia había sido un desperdicio de tiempo.

—Ten cuidado con lo que dices, o podría agarrarte contra la pared para una segunda ronda —una mano se coló hacia su trasero para darle un apretón.

La idea sonaba atractiva, pero quería hablar un rato más; hacía tanto que no se veían.

—Quiero quedarme más tiempo así —Restregó su nariz en la curvatura del cuello del más alto—. Aunque lo más probable es que grites al verme y me arrojes al suelo.

Sukuna miró el techo sin responder. Megumi había hecho un intento de broma, pero nadie se estaba riendo. Se preguntó a sí mismo si era un tema sensible, o si lo había hecho enfadar. Pensó en disculparse pero Ryomen habló primero.

—No sabía cómo decírtelo.

—¿Decirme qué? ¿Qué tu verdadero nombre es Yuuji?

—Ya sabes mi nombre —le respondió sin soltarlo de su agarre.

—Es un buen tipo, ¿sabes? Creo que podríamos ser amigos.

Sukuna se separó de él para mirarlo a los ojos.

—Todo está en marcha —cambió el tema y señaló a ellos mismos—. Esto sólo es un pequeño atraso, mi abogado vendrá pronto y te daré el dinero cuando mi contacto se comunique conmigo.

—¿Tanto misterio es necesario?

—Confía en mi —Desde que conoció a Ryomen, Megumi había tenido que apagar las alarmas en su cerebro que anunciaban el mal augurio de acercarse tanto a un hombre tan impredecible.

Era lo más arriesgado que había hecho en su vida, ni siquiera estaba seguro que se conocía a sí mismo. Si de niño hubiera visto una película con todos los eventos en los que él era el protagonista, jamás habría creído que esa alguna vez sería su realidad.

—No tengo opción, de todas formas. Estamos atrapados aquí y eres el único que sabe qué pasará —Se encogió de hombros, pero era la verdad. Ryomen tenía todas las cartas. Y Fushiguro sólo podía esperar.

¿Realmente pensaba que le revelaría todo a Itadori? O quizás pensaba que algún día podría confundirlos y hablar de su plan, aún cuando ambos era completamente diferentes. La verdad era que no le tenía la confianza para contarle absolutamente todo.

O la tercera opción.

Que Megumi se quebraría como resultado de perder los privilegios de vivir en la mansión Zenin, o que caería bajo la presión de confesarle todo a su tío y abuelo; ya fuera por tortura psicológica en esos interrogatorios donde lo visitaban para ametrallarlo verbalmente.

Sí, una de esas razones debía ser, y Sukuna quería protegerlo.

Porque creer que le ocultaba información por su propio bien era mejor que pensar que había desconfianza o que lo tuviera por demasiado débil como para echarlo todo a perder.

Entre toda esas posibilidades ninguna le gustaba mucho.

—¿Qué te parece convertirnos en compañeros de celda? —preguntó el mas alto después de un rato, interrumpiendo el hilo de su mente.

—No hay forma que logremos eso.

Miró a Ryomen sonreír maliciosamente, le guiñó un ojo. Ese tipo tenía tantas sorpresas, Megumi no sabía qué esperar porque siempre lo sorprendía.

—¿Estás seguro?

El pelinegro no pudo evitar perder ante esa pequeña fuerza que estiraba sus labios.


Gracias por leer!

Con Hanami para esta historia me parece necesario que sea de genero masculino, sé que en el otro fic la hice mujer. Pero lo bueno es que uno puede variar de historia en historia jajaja

Y por primera vez sale Sukuna... todo este tiempo sólo habia estado hablando de él sin que apareciera. Me encanta que sus pensamientos sean un misterio y que haya que juzgarlo por sus actos y las interacciones con otros personajes. Especialmente Megumi.

Nos leemos luego~