El auror estaba sentado en su escritorio. Miraba frustrado la pila de carpetas en su bandeja de pendientes. Odiaba el papeleo, con toda su alma, él era un hombre de acción. Era feliz en la calle, rastreando mortífagos, deteniendo a traficantes de pociones o persiguiendo ladrones, pero su jefe era inflexible con el papeleo. Y esa misma semana había recibido un apercibimiento:
"A la atención del auror Potter: este es el tercer aviso que le hago llegar, si no se pone al día con los informes pendientes de sus casos, será usted suspendido de empleo y sueldo durante dos semanas. Tiene que presentar todo el papeleo atrasado antes de la medianoche del viernes.
Mathew Aprats, subjefe de aurores."
Era viernes, seis de la tarde. Llevaba toda la semana ignorando la pila de carpetas, saliendo a la calle a pesar de los avisos de su jefe de escuadrón. Tendría que apurar el plazo que había recibido para acabar con todo ese trabajo.
— Maldita burocracia —gruñó entre dientes, cogiendo la primera carpeta y una pluma.
Diez años en los aurores. Cuando les ofrecieron entrar al cuerpo, nada más acabar la guerra, era un muchacho entusiasta. Creía en la justicia y en el trabajo de los aurores, no sabía que acabaría siendo una vida que odiaría, llena de burocracia y nepotismo.
Mucha gente vaticinaba al comienzo que con su poder y su fama enseguida ascendería a puestos más altos. No sólo no había sido así, sino que sus problemas de actitud le habían convertido en un estorbo que pasaba de un escuadrón a otro cuando se acababa la paciencia del jefe de turno.
Entre carpeta y carpeta levantó la mirada y oteó la oficina vacía. Su mirada se detuvo un momento en la única mesa limpia, sin papeles encima. Dieciocho meses y nadie había querido ocuparla, quizá por respeto al compañero caído, quizá porque él mismo gruñía a cualquiera que osara acercarse. Ese mismo pensamiento le recordó que debía visitar a Hermione y los chicos el fin de semana.
Volvió la vista a sus papeles con el estómago hecho un nudo. Maldito el día en que convenció a su mejor amigo para unirse al cuerpo con el. Debería haber escuchado a Molly cuando le preguntó si su necesidad de salvar al mundo implicaba seguir poniendo la vida de los dos en peligro. En aquel momento achacó sus palabras al dolor por la pérdida de Fred, no se paró a pensar que su trabajo podía robarle más hijos a los Weasley.
Estaba escribiendo, con la cabeza todavía en su espiral de culpabilidad y rencor, cuando llegó el aviso. El pequeño avión de papel aterrizó justo delante del informe que rellenaba. Maldijo mientras lo cogía y lo abría.
"Auror Potter, preséntese en la oficina del subjefe Aprats inmediatamente"
Se levantó, apartando la silla con violencia. Lo iban a mandar a casa una temporada, esta vez no había manera de escapar, Aprats le detestaba con toda su alma y él había sido tan estúpido como para ponerle en bandeja que volviera expedientarlo.
Al llegar a la puerta de la oficina del subjefe respiró dos veces para calmarse. Entrar dando pisotones y golpes a las puertas no te ayudará, le dijo en su mente la voz de Ron. Cálmate y afronta las consecuencias de tus actos.
Golpeó con los nudillos y espero a escuchar un bajo "Adelante" para abrir la puerta y entrar.
— Señor —saludó desde la puerta con rostro impasible.
— Pase y siéntese, Potter.
Obedeció en silencio, sin alterar el gesto. Tampoco le iba a dar el gusto de armar un lío.
— No he recibido sus informes pendientes.
— Los tendrá antes de acabar el día... señor —agregó entre dientes.
Aprats se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en la mesa y las manos unidas.
— Mire, Potter. Es usted un grano en el culo, pero es un buen auror.
Harry trató de mantener la boca cerrada y el rostro impasible.
— Sé que ha pasado una temporada especialmente difícil y que le está costando adaptarse a tener un nuevo compañero, así que tengo algo para usted.
Le pasó una carpeta sobre la mesa, pero Harry no alcanzó a ver el nombre escrito en ella, estaba hacia la madera.
— Es una denuncia que acaba de entrar. Creo que podrá resolverlo usted solo de una manera rápida y sencilla. A cambio le ampliaré otra semana el plazo para poner al día sus informes.
Tendría que haberse dado cuenta de que había trampa, era demasiado fácil. Pero no, tomó la carpeta sin decir nada y asintió.
— Sala de interrogatorios 3. Puede retirarse, Potter —le dijo su superior, volviendo su atención a los papeles sobre su mesa y una sonrisilla en los labios .
Salió de allí, pensando todavía que había tenido suerte, caminando con bastante brío hacia las salas de interrogatorio en el piso inferior. No miró la carpeta hasta que tuvo la mano en el pomo de la puerta.
"Malfoy, Draco"
Cerró los ojos y apoyó la cabeza en la madera, acordándose de todos los muertos de Aprats. De todas las personas del mundo mágico, tenía que ser un Malfoy. Harry llevaba meses intentando que se investigara el vínculo de los Malfoy con los mortífagos responsables del atentado que había matado a Ron y dejado a otros seis compañeros muy malheridos. Sus jefes le ponían trabas a cada paso, porque Lucius Malfoy seguía siendo intocable, a pesar de haber sido condenado tras la guerra.
Una condena muy suave a ojos de la mayoría, veinte años de libertad condicional y prohibición de uso de varita. Su mujer y su hijo habían salido aún mejor parados, solamente con la prohibición de varita durante quince años. El dinero, el maldito dinero de esa gente y las conexiones que aún seguían explotando con las demás familias de los Sagrados 28 hacía que el hijo de todos los infiernos de Malfoy fuera intocable. Y que se riera en la cara de todo el cuerpo de aurores, especialmente de Harry, cada vez que alguno de ellos trataba de acusarle de algo.
Ni siquiera abrió el expediente. Giró el pomo y entró en la sala de interrogatorios con el ceño fruncido y el sonido de sus botas resonando fuerte contra el suelo de madera.
