Cuando entró en la sala de interrogatorios no estaba preparado para el hombre que encontró. No había nada allí del adolescente alto y delgado vestido de negro que recordaba. Tuvo que mirarlo dos veces para estar seguro de que el hombre que se paseaba nerviosamente por la sala era Draco Malfoy. Seguía siendo alto, prácticamente como él, que había dado el estirón definitivo tras acabar la guerra. Pero no era enfermizamente delgado, sus hombros eran más anchos, igual que su cintura. No vestía de negro, sino con ropas muggles que parecían cómodas, pero no de diseñador. Y llevaba el pelo rubio libre de gominas y barba. Y gafas. Y en este momento tenía los ojos enrojecidos y las manos crispadas en un puño.

— Siéntate por favor.

La mirada que recibió del hombre rubio tampoco era la habitual. Lo que percibió fue un sentimiento de miedo y por otro lado de "que más me puede pasar hoy". Aún así, no se sentó, se mantuvo de pie con los labios apretados.

— Malfoy, mi tiempo es importante. Si estás aquí porque han dejado mierda de dragón en tu puerta, dilo ya y déjame hacer mi trabajo y darte una patada en el culo de vuelta a tu casa.

Los ojos grises llamearon, furiosos y decepcionados, antes de hablar con voz ronca.

— ¿En serio crees que vendría hasta aquí por una broma de chiquillos? Aún me queda algo de dignidad, Potter.

Harry se encogió de hombros, indiferente a su furia, con el expediente aún cerrado sobre la mesa sin leer.

— Ni siquiera has hecho el esfuerzo de leer. Estoy aquí porque he llegado a mi casa y me he encontrado a mi padrino inconsciente en el suelo y mi hijo había desaparecido —habló con voz contenida pero desesperada, como el que no es la primera vez que cuenta una historia y nadie le hace caso.

Harry abrió por fin el expediente. Lo primero que le saltó a los ojos es que la denuncia había sido puesta tres horas atrás. Antes de la anotación con fecha de ese día, la última entrada en el expediente de Malfoy era su sentencia, 15 años sin varita.

— ¿Llevas aquí tres horas? —preguntó, un poco sorprendido.

— Lo que ha tardado alguien en buscar a un auror que quisiera ayudarme. Y, de todos los malditos aurores, tenías que ser tú...

— Oh, perdone su majestad si le ofende que un auror sin galones le ayude —saltó, la voz chorreando sarcasmo—, ¿qué quería? ¿Un jefe de equipo para buscar a un niño que se ha ido a jugar a casa de un amigo?

Malfoy le miró un momento, una mirada que no supo descifrar, y habló de nuevo con tono contenido.

— Llegué a casa hace seis horas del trabajo. Mi padrino estaba en el salón, caído en el suelo con la cabeza golpeada, sangrando. Scorpius no estaba por ninguna parte. Llamé a San Mungo, no vinieron. Llamé a los aurores, no vinieron. Llevé a mi padrino en persona a San Mungo. Tardaron más de una hora en atender a un inválido con un golpe en la cabeza que apenas respiraba.

El hombre se detuvo, respirando como si acabara de correr quinientos metros, el pelo rubio cayendo sobre la frente y los ojos aún más inyectados en sangre. Era un hombre desesperado.

Una cosa era que los jefes no quisieran oír hablar de tocar a Malfoy padre, pero ningún auror de a pie ignoraba que era vox populi que estaba detrás de lo que había pasado, por eso el caso había tardado tanto en ser asignado, había tenido que subir hasta el despacho del subjefe.

— Ellos deberían habernos llamado, es un acto violento.

— Se hicieron los locos. Tuve que abandonar allí a mi padrino para venir aquí a poner en persona la denuncia. Y mientras, mi hijo está desaparecido.

Examinó un largo momento la denuncia antes de preguntar, en un tono fríamente profesional.

— ¿Estaba tu hijo solo en casa cuidando de un inválido?

Malfoy apretó la mandíbula y decidió ignorar la provocación.

— Tiene nueve años. Va a una primaria muggle cerca de casa, debería haber llegado a las cuatro. Yo llegué un poco antes de las seis y la casa estaba revuelta.

— ¿Detectaste magia?

Draco le miró con los brazos cruzados y la ceja en alto.

— Puedo no tener varita, pero siento una alteración mágica en mi casa, Potter. Habían entrado al menos dos personas.

Harry cerró el expediente y miró bien por primera vez al hombre que tenía delante. Se veía exhausto y preocupado, pero también desesperanzado.

— ¿Por qué estás aquí? Pensaba que alguien como tú tendría sus propios medios para solucionar esto.

— ¿Alguien como yo? ¿Un mago sin varita? Vivo como un muggle hace años, no sé qué medios crees que tengo, pero te aseguro que si fuera así no estaría aquí suplicando por ayuda.

El auror no dijo nada más, se limitó a ponerse en pie y dirigirse a la puerta, hablándole sin mirarle.

— Iremos a tu casa a ver lo que encuentro. Y luego a San Mungo a hablar con tu padrino.

— Severus no recuerda nada.

Las botas de Harry rechinaron en el suelo de madera cuando frenó en seco.

— ¿Perdona? —preguntó, girándose a mirarle, creyendo que había oído mal.

— He dicho que Severus no recuerda nada.

Volvió a mirar la denuncia que tenía en las manos. Allí estaba, agresión a Severus Snape con resultado de hospitalización.

— ¿Qué coño? —masculló.

— ¿Qué tal si dejas para más tarde el tema de mi padrino y nos ponemos en marcha? —le preguntó impaciente.

Asintió, todavía intentando digerir la información. Mandó el expediente a su mesa y caminó en silencio junto a Malfoy a los puntos de desaparición.


Lo primero que pensó al ver la casa es que no era una mansión. No sabía que esperaba, pero desde luego no era una casa pequeña en un pueblo mágico en la costa de Gales. Tampoco esperaba que la casa tuviera por dentro un aspecto tan muggle, habría podido pasar por cualquiera de las casas del vecindario de sus tíos.

Tal como había dicho Malfoy, podía detectar la presencia de dos firmas mágicas ajenas a las protecciones de la casa. Protecciones que no estaban unidas a la magia de Malfoy, sino a la de Snape. En el salón había un charco de sangre seca. Y sobre la repisa de la chimenea una esfera que brillaba con luz azulada.

— Eso no es nuestro —señaló Malfoy—. Y no recuerdo que estuviera aquí cuando he entrado esta tarde.

—No estaba o no lo recuerdas —insistió.

— No lo sé, en ese momento toda mi atención estaba en Severus y luego en Scorpius —contestó alterado, al límite de su aguante.

Se aproximó con cuidado, con todos sus sentidos mágicos alerta. Ejecutó una serie rápida de hechizos para asegurarse de que no era ningún tipo de artefacto explosivo antes de tomarla en su mano. En el momento que la tocó, una voluta de humo azulado surgió de su interior y una imagen se proyectó ante ellos.

Un niño pequeño y delgado, de brillante pelo rubio, atado a una silla. Se apreciaba que trataba de mantener el tipo, dignamente, con la barbilla en alto. Pero de repente un par de hechizos impactaron en él y gritó de dolor. Al lado de Harry, Malfoy dio un paso adelante con la mano extendida y un gemido.

"Esto es lo que le espera a tu hijo si no tenemos lo que queremos, Malfoy"

Era una voz extraña, metálica, supuso que deformada con magia.

"Volveremos a contactar" dijo la voz tras un minuto, mientras otro hechizo impactaba en el niño, que apretó la mandíbula, valiente, para no volver a gritar. Entonces la voluta desapareció de nuevo en el interior de la esfera.

Harry tragó saliva, los gritos del niño aún resonando en su cabeza, y se giró a mirar a Malfoy, que en ese momento ocultaba la cara entre las manos, la espalda encorvada.

— Pediré a uno de nuestros expertos que revise esto, a ver si puede sacar una firma mágica o eliminar el hechizo de la voz —consiguió decir por fin, un poco de empatía filtrándose en su voz por primera vez.

Malfoy se destapó la cara y se irguió, la mandíbula muy apretada, y de nuevo le miró de un modo que no supo interpretar.

— ¿Necesitas hacer algo más aquí? Me gustaría ir a San Mungo con Severus.

Echó un último vistazo.

— Me quedaré un poco más si te parece, a ver si averiguo cómo entraron antes de que se enfríe el rastro. Ve si quieres con tu padrino, os veré allí después de que pase por el cuartel a dejar esto.

El hombre rubio ni siquiera le miró otra vez, se limitó a tomar un puñado de flu y meterse en la chimenea.