Eran las tres de la mañana cuando llegó a San Mungo. Lo primero que hizo, antes de acudir a la habitación del herido, fue exigir un informe médico y una explicación. La persona que le atendió frunció bastante el ceño cuando le planteó sus preguntas.
— Hay un protocolo, auror Potter.
— ¿Para atender a un inválido en su domicilio? —preguntó con su tono de auror, los brazos fuertemente apretados sobre el pecho.
— Para acudir a la llamada de alguien que lleva la marca —respondió el sanador, levantando la barbilla retador.
— ¿Desde cuándo? —interrogó, sorprendido, desconocía ese protocolo.
— Desde que murieron dos sanadores en el último atentado.
Maldita sea. Todo en ese caso le llevaba de vuelta a ese puto día. Tomó sin decir nada más el informe médico y salió del pequeño despacho del sanador de guardia.
Al entrar a la habitación de Snape lo primero que vio fue a Malfoy dormido, con la cabeza apoyada en los brazos en un lateral de la cama del enfermo. Lo segundo fueron los conocidos ojos negros mirándole con el mismo odio que mostraba en la escuela. Lo tercero fue un maleficio estrellándose en la pared a unos centímetros de su cabeza.
— Yo también me alegro de verle, profesor —saludó, acercándose a la cama sin perder de vista su varita.
— Ahórrese las cortesías conmigo, Potter. ¿Qué sabe de mi nieto? —le ladró el enfermo.
Potter tomó una silla y se sentó lejos de ellos, más allá de los pies de la cama del enfermo.
— Que no es su nieto. ¿Por qué no están los abuelos del niño aporreando la puerta del ministro?
— Porque no tengo relación con mis padres, Potter —le contestó la voz adormilada de Malfoy mientras se enderezaba y masajeaba el cuello.
A Harry no le sorprendió la afirmación, en la casa no había ni una muestra de que la familia fuera más allá de ellos tres. Ni tan siquiera había una foto de una madre en la habitación del niño.
— ¿Y la madre de tu hijo? —preguntó.
Detectó un intercambio de miradas entre los dos hombres que le dejó claro que le iban a mentir.
— No hay madre, fue un vientre de alquiler.
Levantó la ceja, sorprendido, la gestación subrogada no era una práctica común ni bien vista en el mundo mágico.
— En los secuestros infantiles, los primeros sospechosos son los parientes más cercanos —continuó tratando de mantener su voz más profesional— . ¿Estás seguro de que podemos descartar a la madre?
— Seguro. Y a mis padres también, Potter —respondió Malfoy, con un tono que denotaba que estaba al límite de su paciencia.
Asintió, revisando un momento las anotaciones que había hecho en el breve momento en el que se había sentado en su mesa una hora antes para repasar toda la información que había recogido.
— ¿A qué te dedicas? —planteó con voz neutra, ignorando las miradas venenosas de su ex profesor.
— Tenemos un negocio de pociones.
— ¿Quienes?
— Nosotros, Potter —contestó de muy malas Snape, al ver la mirada dubitativa que el auror le echaba a la silla de ruedas colocada en un lateral de la habitación.
Era de las pocas cosas que había leído en los papeles médicos de camino a la habitación, Snape llevaba en silla de ruedas desde que despertó del coma que le indujeron para salvarle del veneno de la serpiente de Voldemort.
— Severus se ocupa de la elaboración, tenemos un laboratorio en el sótano de nuestra casa, adaptado. Yo echo una mano allí, pero sobre todo me dedico a las ventas, tenemos distribuidores por toda Europa. Esta tarde estaba en una reunión, por eso he llegado más tarde. Normalmente trabajo desde casa.
— Eso implica que seguramente es un acto muy planificado, sabían que no estabas y que tardarías en llegar. ¿Algún socio comercial resentido? ¿Problemas con alguien por vuestro pasado?
Draco suspiró y se frotó la frente antes de hablar, poniendo una mano en el antebrazo de su padrino para indicarle que le dejara a él explicar.
— Trabajamos con gente de fuera de Reino Unido por eso —habló con voz cansada—. Cuando empezamos el negocio descubrimos enseguida que las boticas y hospitales de aquí no querían trabajar con nosotros. Por suerte, en Europa el prestigio de Severus como pocionista es mayor que los prejuicios sobre la marca.
Por un momento, Harry volvió a preguntarse cómo el odioso adolescente que había conocido había llegado a ser ese hombre tan agotado. Apretó los labios y decidió volver a las preguntas.
— ¿Creéis que puede ser algún antiguo enemigo de la época de la guerra? ¿Algo vinculado a los mortifagos?
Otra conversación silenciosa fluyó entre los dos hombres antes de que Severus contestara.
— No reconocí las firmas, no sé cómo pasaron las barreras. Pero no descartamos que sea alguien que quiera algo de Lucius —respondió con desgana, claramente enfadado consigo mismo.
— ¿Por eso vivís en Gales? ¿Alguna amenaza previa? —interrogó Potter pasando la mirada de uno al otro.
— No he hablado con mi padre en casi diez años, no sé si sabe dónde vivo aunque seguramente puede averiguarlo si quiere, no estamos escondidos. Si ha habido alguna amenaza, él no se ha puesto en contacto conmigo para hacérmelo saber.
— Habrá que ir a hablar con tus padres entonces.
Snape fue a decir algo, pero Draco volvió a apretar con suavidad su antebrazo y el hombre se mordió el labio y miró molesto hacia otro lado.
— No creo que saques nada de ahí —comentó con desgana.
— Yo no, el abogado de tu padre se ha ocupado de que no pueda acercarme a cincuenta metros de él.
La mirada que Potter le echó le dejó claro que esperaba que lo hiciera él. Draco negó con la cabeza y Severus le murmuró algo en bajo que le hizo negar más fuerte una segunda vez.
El auror se puso en pie y volvió a colocar la silla contra la pared.
— Voy a volver al cuartel para ver si un compañero rastreador puede volver conmigo a su casa, quiero saber si hay información que podamos unir a la de la esfera para llegar a una firma mágica. Les mantendré informados.
La puerta se cerró tras el auror. Los ojos oscuros de Severus se fijaron en su ahijado, que tenía los ojos cerrados y se masajeaba el cuello de nuevo con la cabeza echada hacia delante.
— Draco...
— No es buen momento, Severus —murmuró.
— ¿No vas a decírselo? —insistió su padrino.
— No —movió la cabeza con cansancio.
— Pero...
— No, Severus. Creo que ni tan siquiera lo recuerda. ¿Qué sentido tiene?
— ¿Motivarlo para que te ayude a encontrar a Scorpius?
— Te aseguro que si hubiera tenido opción, él sería la última persona en la que confiaría para recuperar a mi hijo.
— Creo que no estás valorando la motivación de la sangre. Potter es muchas cosas, pero para él la familia es sagrada.
Su ahijado se puso de pie, enfadado. Caminó hasta la puerta de la habitación y volvió varias veces antes de hablar, con un tono que evidenciaba que se estaba conteniendo para no gritar.
— ¿Sabes por qué no respondieron a mi llamada a los aurores? —Su padrino negó con la cabeza— Porque Potter tiene una cruzada personal contra mi padre, el cuerpo de aurores odia mi apellido porque Potter mantiene que Lucius está detrás del atentado que hubo en Diagon.
— El atentado que mató a Weasley —murmuró Severus, entendiendo.
Draco asintió, con una mueca amarga.
— Potter considera que mi familia es responsable de la muerte de la persona que consideraba su hermano, Severus. Y eso tira más que cualquier cosa que pueda decirle.
