Draco volvió a mirarse en el espejo de cuerpo entero. Se sentía extraño con túnica, hacía tiempo que había abandonado ese tipo de atuendos, pero Severus le había sugerido que sería buena idea tratar de dar una buena impresión. Era inutil, sabía por anticipado que la entrevista con su padre no serviría de nada, pero sentía que le debía a Scorpius al menos intentarlo.

Se apareció ante las verjas. Tomó aire dos veces antes de poner la mano sobre el metal y esperar. La magia de la casa lo identificó, a pesar de haber sido desheredado, y la puerta se abrió ante él lentamente. Inhalando otra gran bocanada de aire, comenzó a caminar por el sendero de gravilla.

Conforme se acercaba a la casa, la sensación en su estómago empeoraba, para cuando llegó a la puerta sentía las mismas náuseas que la última vez que la había atravesado. Se secó con disimulo el sudor de la frente justo antes de que la puerta se abriera.

— Señorito Draco —le saludó el elfo con una profunda reverencia, tendiendo las manos para tomar su capa.

— Hola, Quimchi —murmuró, tenso.

— La señora le espera en el salón de invierno.

Eso no se lo esperaba, en el mensaje que había enviado solo había solicitado una entrevista con su padre.

— ¿Le acompaño? —preguntó el elfo al verle dudar.

— No es necesario, recuerdo el camino —respondió, dirigiéndose con pasos cortos hacia la parte de la casa que ocupaba su madre.

Llamó a la puerta con mano insegura.

— Entre.

Se pasó la mano una última vez por la frente antes de abrir la puerta y pasar.

— Buenas tardes, madre —saludó, acercándose a ella, dispuesto a besar su mano como marcaba el protocolo.

Pero no, antes de que pudiera inclinarse, su madre dio dos rápidos pasos y se colgó de su cuello. Se quedó rígido, con las manos colgando a los costados.

— Draco, hijo mío —la escuchó murmurar antes de que le besara cada mejilla dos veces.

No reaccionó, no pudo abrazarla de vuelta. Al cabo de unos segundos ella se separó y lo miró con las mejillas sonrojadas.

— Hijo...

— Disculpa, madre, yo... me has pillado desprevenido.

Su madre no respondió, apretó los labios y volvió a sentarse en su sillón.

— ¿Quieres sentarte conmigo? Tu padre llegará en unos minutos.

Asintió y se movió para sentarse frente a ella.

— Estás tan cambiado —comentó su madre con un suspiro, tendiéndole una taza.

— Puedes ser sincera, madre. Estoy más gordo y tengo arrugas.

Ella le miró molesta.

— No iba a decir eso, parece que esperas lo peor de mí.

Draco se limitó a levantar una ceja y dar un sorbo a su té.

— ¿Cómo está mi nieto?

— Me sorprende que recuerdes que tienes un nieto —masculló.

— Esa no es manera de hablarle a tu madre.

La voz seca y dura de su padre hizo que le temblara la mano, así que dejó la taza con cuidado sobre la mesa antes de ponerse de pie y girarse hacia la puerta.

Allí estaba, su padre, con su túnica impecable, la melena de color platino perfectamente peinada y su eterno bastón entre las manos. Y esa mirada que le estaba haciendo sentir como si tuviera de nuevo diez años y hubiera roto el jarrón preferido de su madre.

— Padre —le saludó con voz ronca, inclinando la cabeza con respeto.

— ¿Esa es la mejor túnica para venir a ver a tus padres después de diez años?

Apretó los dientes hasta el punto del dolor para no contestarle mientras se recordaba a sí mismo que estaba allí por Scorpius.

— Necesito tu ayuda.

El rostro de su padre no se inmutó, se limitó a caminar despacio y sentarse en el sofá. Tomó la taza que Narcissa le tendió y dio un sorbo antes de volver a mirar a su hijo.

— Necesitas dinero.

— No es para mí. Scorpius, mi pequeño, vuestro nieto, ha sido secuestrado.

Su madre se tapó la boca con las manos, impresionada.

— Los aurores no saben nada aún y yo no tengo dinero para un rescate.

— Pensaba que a Severus y a ti os iba bien el negocio —respondió su padre con frialdad.

— Vivimos con tranquilidad, pero no tenemos varias bóvedas en Gringotts. Padre, por favor —rogó, sintiendo que el agujero en su estómago crecía—, estamos hablando de la vida de un niño. De tu nieto.

— Yo no tengo ningún nieto.

— ¡Lucius! —reprendió su esposa.

— Lo siento, Draco. No tendrás ni un galeón de mis bóvedas —sentenció, poniéndose de pie, ignorando el rostro desencajado de su esposa—. Y ahora, por favor, termina tu té y sal de mi casa.

Se incorporó y caminó hacia la puerta con el mismo gesto inalterable. "A la mierda", se dijo Draco, poniéndose de pie y caminando hacia él.

— ¿De verdad dejarías morir a un niño que lleva tu sangre? —le espetó, tomándole del hombro para que le mirara a la cara.

— Mi sangre mezclada con la de una persona cualquiera —le dijo con su tono más helado, clavándole el índice en el pecho y empujando para que se alejara de él—. Te lo advertí, Draco, te dije que no admitiría en mi familia a alguien que...

— ¿De verdad, padre? no has aprendido nada de las dos guerras en las que nos metiste, de todo lo que pasamos. De las torturas, el miedo, los juicios... Por dios, padre, te condenaron, todos estamos pagando por tus errores. Y aún así me juzgas por tener un hijo, por querer tener una familia y una vida. ¿Pero cómo te atreves?

— ¡No te eduqué para esto! ¿cómo te atreves tú a hablarme así? me debes un respeto.

— El mismo que me debes tú a mí —le gritó de vuelta—. Soy padre, cada minuto que mi hijo pasa en manos de esa gente, expuesto a ser torturado, me duele como si me golpearan a mí. ¿Sentías eso, padre? ¿Cada vez que me entregabas para que me cruciaran por tus errores? ¿Te dolía cuando el tío Rodolphus se colaba en mi habitación por las noches? Y no intentes negarlo, sé que mirabas hacia otro lado ¿Te haces idea de hasta dónde llegan las pesadillas por tu culpa?

— Sal de mi casa, Draco. En este momento —le contestó su padre con la mandíbula apretada—. Y no vuelvas, nunca. Para mí estáis muertos, los dos.

— No te preocupes, Lucius, no volveré. Solo espero que algún día pagues realmente por tus actos porque ese día de nada te servirán tus contactos y tus bóvedas.

Salió del salón, ignorando la llamada angustiada de su madre, con la barbilla en alto, pero apenas llegó al jardín se apoyó en un árbol y vomitó.

— Señorito —sintió la presencia del elfo junto a él, poniéndole la capa por los hombros.

— Gracias Quimchi —murmuró con la garganta rasposa.

El elfo le miró un momento antes de hacer aparecer un vaso con agua y tendérselo. Bebió a tragos cortos antes de devolverle el vaso con un intento de sonrisa y caminar hacia la puerta y desaparecerse.

No fue al hospital, fue a su casa, necesitaba un tiempo a solas para calmarse antes de volver con Severus. Se apareció directamente en su habitación. Se arrancó la túnica, tirándola a un rincón con rabia, y caminó con pasos furiosos hasta la ducha.

Cuando el chorro de agua le golpeó entre los hombros, agachó la cabeza y apoyó la coronilla en las baldosas. Golpeó la pared una vez, otra, y otra, hasta que le sangraron los nudillos. Los sollozos le cortaban la respiración, sintió por un momento que se ahogaba.

Se sentó en el suelo de la ducha, con la cabeza entre las rodillas tratando de calmarse. No podía rendirse, no podía permitir que su padre le volviera a machacar, se lo debía a Scorpius, a Severus y al Draco de apenas veinte años que había tenido que salir adelante sin sus padres en un momento muy difícil.


Dos horas después entraba en la habitación de Severus en el hospital, alterado, con una esfera azul en las manos. Dio un frenazo tan brusco que casi se le cae de las manos cuando vio a su madre sentada junto al enfermo.

— Madre, ¿qué...?

— Supuse que no querrías hablar conmigo, escribí a Severus y él me dijo que estaba aquí. ¿Estás bien? ¿Qué es eso?

— ¿Sabe padre que estás aquí? —cambió de tema, guardando la esfera en su bolsillo.

— No, claro que no. He venido a ofrecer mi ayuda.

Draco la miró con el ceño fruncido, tomando la otra silla y sentándose al otro lado de la cama.

— Tu madre nos ha traído esto —intervino Severus, tendiéndole un libro antiguo.

— Recordé un antiguo ritual del que habló una vez tú abuelo Abraxas. Para encontrar a seres queridos.

Tomó el libro y acarició la antigua cubierta de piel con cuidado. Lo recordaba de la biblioteca de la mansión.

— Y quería ofreceros mi ayuda económica.

— Padre ha sido muy claro al respecto.

— Tengo mi propia bóveda, hijo, soy una Black, heredé de mis padres y de Bellatrix y ... el cabrón de su marido

Los dos hombres dieron un respingo por el tono durísimo de la mujer.

— No lo sabía, Draco —le dijo, con los ojos grises brillando de ira—. Te juro por mi magia que no sabía lo que ese hombre hacía.

— Está bien, madre —contestó su hijo con suavidad, cansado.

Draco se levantó y se sentó en la orilla de la cama, las rodillas contra las de su madre, que le abrazó con fuerza.

— Déjame ayudar, por favor hijo —le suplicó ella, aún abrazándole.

Asintió al separarse, una de las manos de su madre sujetando con fuerza una de las suyas.

— ¿Lo que llevabas en la mano al entrar era otra esfera? —preguntó Severus, rompiendo un poco el momento.

Volvió a asentir, sacándola de su bolsillo.

— He avisado a Potter, vendrá ahora a buscarla.

— ¿Qué es? —preguntó Narcissa.

— Es un mensaje de los secuestradores. Piden un millón de galeones —respondió su hijo, desesperanzado.