1 septiembre 1999
La modista hizo un ruidito de molestia. Tomó de la mesa el pergamino con sus anotaciones y movió con su varita la cinta métrica. Sus ojos se estrecharon al comparar las cifras pulcramente escritas por su ayudante con las que mostraba la cinta.
— ¡Marie! —llamó con tono exigente — ¡Ven aquí ahora mismo!
No dijo nada, se limitó a señalar los números y la cinta, mientras Draco las miraba a las dos aburrido, sin entender.
— Señor Malfoy —se dirigió por fin la modista a él, con una sonrisa tensa—, hubo un error en las medidas, vamos a tener que rehacer la túnica. Lo sentimos muchísimo, de verdad...
Y se deshizo en disculpas, promesas y malas miradas a su ayudante. Pero cuando salía por la puerta, oyó a Marie protestando indignada.
— No son mis medidas, es que él ha engordado.
Se miró a sí mismo en el reflejo del escaparate. Quizá si había engordado. El stress del compromiso y la boda estaba generándole ganas de comer a las horas más insospechadas. Y aficiones a alimentos extraños.
— ¿Desde cuándo te gusta el zumo de calabaza? —preguntó su madre un par de días después durante el desayuno.
— Odio el zumo de calabaza —respondió, sin apartar la vista del periódico.
— Pues llevas dos vasos. De hecho llevas toda la semana tomándolo en el desayuno.
Draco dejó el periódico y miró a su madre con el ceño fruncido. Ella señaló con los ojos el vaso que él acababa de dejar en la mesa. Lo tomó y lo olisqueó, no cabía duda de que era zumo de calabaza.
— Qué gracioso —comentó su madre, sirviéndole más tostadas—, yo lo odio también, pero durante tu embarazo lo bebía a litros.
No pudo evitar un escalofrío y que una alarma en el fondo de su mente se pusiera en marcha.
Uno de los elfos de la familia entró en ese momento, distrayéndole con una carta. En el rostro de su madre se pintó una sonrisa.
— Severus está despierto.
No pudo evitar alegrarse también. Aunque su padrino y él habían tenido sus diferencias en los últimos meses de la guerra, y aunque al final se hubiera descubierto que jugaba a dos bandos, lo quería y lo echaba de menos.
Aquella maldita noche, su padre había hecho, por una vez, algo por su propia iniciativa, y había vuelto a la Casa de los Gritos tras descubrir a su señor volviendo a la batalla sin Snape. Lo había encontrado prácticamente muerto, pero había conseguido sacarlo de allí y ponerlo a salvo en la enfermería, con el compromiso de Pompfrey de que guardaría el secreto.
La hermana de Pompfrey, Nidia, dirigía un pequeño hospital en el sur, Draco la conocía de las veces que había ido a ver a su padrino en ese largo año en coma. Cuando salieron por la red flu, la misma Nidia estaba esperándoles en la recepción, con una sonrisa tensa.
— ¿Cómo está? —preguntó Narcissa.
La sanadora miró un momento a Draco con el ceño fruncido antes de volverse a atender a su madre.
— Despierto y asumiendo su condición.
— ¿No ha habido cambios en ese sentido?
La sanadora movió negativamente la cabeza, abriéndoles paso hacia la habitación del convaleciente.
— El veneno actuó de abajo a arriba. Como ya hablamos en su momento, es lo habitual es estos animales, empezar paralizando las piernas para que sus presas no puedan huir. Es una suerte que no llegara a los pulmones.
— No fue suerte, llevaba días tomando el antídoto —gruñó el enfermo desde la cama cuando entraron.
— La suerte es que al final solo ha perdido la movilidad de las piernas, señor Snape.
— ¡Y quince meses de mi vida!
La sanadora suspiró y Draco supo que esa conversación se había repetido ya varias veces desde que Severus estaba despierto. Decidió ignorar sus gruñidos y acercarse a abrazarlo. Para alguien que llevaba tanto tiempo en coma, los brazos que le apretaron contra el cuerpo tendido eran sorprendentemente fuertes.
— Draco... —lo sintió murmurar en su oído—. Cuanto me alegro de saber que estás...
En ese momento Severus se apartó y lo miró, con un gesto parecido al que había hecho la sanadora antes, pero no llegó a decirle nada, su madre se interpuso acercándose también a darle un pequeño abrazo.
— Les dejaré unos minutos, pero no abusen, necesita descansar.
— ¿No ha descansado bastante? —preguntó Draco, irónico.
— No se deje engañar, señor Malfoy, está más fatigado de lo que parece —contestó la sanadora con voz seca—. Lleva protestando desde que se ha despertado.
Y salió de la habitación, echando de nuevo una mirada confusa a Draco, en concreto a su abdomen. A Severus no se le pasó el gesto y frunció el ceño. A Draco tampoco, y la alarma en el fondo de su mente volvió a sonar.
Acudió de nuevo a visitar a su padrino unos días después. Al salir por la chimenea, se encontró directamente de frente con la sanadora Pompfrey.
— Señor Malfoy—le saludó ella, examinándolo de arriba a abajo rápidamente con la mirada.
— Sanadora —le devolvió el saludo, con una inclinación de cabeza—, ¿cómo se encuentra Severus hoy?
— Lleno de energía —respondió ella con una sonrisa irónica—. Está afuera practicando con la silla de ruedas, ¿quiere que le acompañe?
Draco se limitó a asentir y ella echó a andar, invitándole a seguirle.
— ¿Cómo se encuentra de salud, señor Malfoy?
— Llámeme Draco, por favor, el señor Malfoy es mi padre —contestó afable—. Me encuentro bien.
— Parece cansado.
— El estrés de la boda, me levanto cansado.
— ¿Algún otro malestar?
— ¿Por qué pregunta? —preguntó mientras le sujetaba la puerta para salir al patio ajardinado.
— Porque tiene usted un brillo especial.
— ¿Usted también lo ha notado? —interrogó con brusquedad Severus, frenando su silla frente a ellos.
La sanadora y el pocionista se miraron un momento y Draco estuvo seguro de que esas dos mentes brillantes estaban teniendo una conversación muda.
— Les dejaré solos, pero estaré en mi despacho si quiere hablar conmigo antes de irse.
Draco levantó la ceja, sin entender. Severus volvió a hacer rodar la silla y su ahijado le siguió despacio hasta un banco bajo un árbol.
—¿Cómo te encuentras?
— Estoy bien. ¿Y tú?
— La sanadora y tú me estáis poniendo nervioso.
— Draco... ¿Ha pasado algo inusual últimamente? ¿Un cambio de dieta? ¿Cambios físicos?
El muchacho se miró un momento las manos, entrelazadas en el regazo, la alarma en su mente sonando cada vez más fuerte.
— Zumo de calabaza... —susurró— Estoy bebiendo un montón de zumo de calabaza.
— Que odias, igual que tu madre.
Asintió.
— He engordado desde que me tomaron las medidas de la túnica para la boda. Y me siento... extraño. No duermo bien y me siento más lento. ¿Qué es lo que sospechas?
Severus movió la cabeza negativamente, los ojos oscuros fijos en él. Estiró una mano nudosa hacia su ahijado, y la puso en su vientre.
— ¿Cómo lo hiciste? —habló, más para él que para Draco—, es algo muy complicado.
— Me estás asustando, Severus.
— ¿Desde cuándo?
Su ahijado le miró sin entender.
— ¿Desde cuándo te sientes así?
— No lo sé, mes y medio más o menos.
Vio a Severus estrechar los ojos y supo que estaba calculando algo en su privilegiada mente.
— ¿Ocurrió algo especial en el solsticio de verano?
Draco palideció y notó como el estómago se revolvía.
— Yo... salí de fiesta. Fue el día antes del compromiso.
— ¿Con quién estuviste?
Observó que Draco apretaba los labios y alejaba la mirada.
— No sé qué importancia tiene eso. ¿Me explicas qué estás pensando?
— Vamos a entrar a hablar con Pompfrey —le respondió, poniendo a rodar la silla hacia el edificio de nuevo.
El muchacho se puso de pie y lo alcanzó, deteniendo la silla.
— Dime en qué estás pensando.
— ¿Sigues teniendo el laboratorio en casa?
Asintió.
— ¿En qué trabajabas esos días?
No necesitaba esforzarse para recordar eso.
— Un elixir para potenciar mi fertilidad. Si dejaba embarazada a mi mujer pronto...
— Quizá tu padre luego haría la vista gorda al hecho de que eres gay.
Volvió a asentir, incapaz de mirar a su padrino a la cara.
— Usaste shatavari*.
— Sí.
— Lo manipulaste sin guantes, varios días seguidos.
— Sí.
Severus volvió a apretar los labios e hizo rodar la silla de nuevo hacia la casa, sin la oposición de Draco en esa ocasión.
Lo primero que pensó Draco al ver a la doctora fue que se parecía mucho a su hermana. Lo siguiente fue que tenía los ojos de otro color, pero no podía recordar con exactitud el color de los ojos de la sanadora de Hogwarts.
— ¿Estás escuchando, Draco? —le interpeló su padrino, tocándole el brazo.
— Perdón, me había distraído —se disculpó en un murmullo.
— Le decía que voy a hacerle un examen físico.
Draco miró confuso a su padrino. Desde que había entrado en el despacho su cerebro estaba desconectado, la alarma que llevaba rato soñando dentro de su cabeza había desaparecido, pero también la capacidad de concentrarse.
— ¿Creen que es alguna intoxicación? ¿Por el shatavari? No conseguí terminar la poción, no me la tomé.
Los dos adultos negaron con la cabeza a la vez. Pompfrey se puso en pie y tomó del brazo para guiarlo hasta la habitación de al lado. Miró desconcertado la camilla, que tenía dos piezas adicionales a los lados, como los estribos que usaban los muggles para los caballos .
— ¿Qué sabe usted de embarazos masculinos, Draco?
*Además de ser una planta con efecto afrodisíaco, la shatavari, también conocida como Asparagus racemosus, tiene poder adaptogénico que ayuda a equilibrar la producción de hormonas, regulando la producción de óvulos y espermatozoides de mayor calidad. Al mismo tiempo, esta planta también nutre los órganos reproductivos, especialmente en la mujer. En el hombre, la shatavari es un tónico natural y muchas veces es utilizada en la medicina ayurvédica para mejorar la producción de espermatozoides saludables.
