Aún sin mirarlo, sabía que Severus le estaba taladrando con la mirada.

— ¿Qué vas a hacer, Draco?

Se frotó la cara con las manos. Le dolían los ojos de tanto llorar.

— ¿Qué opciones tengo? Padre ha sido claro: no puedo tenerlo. Me caso en dos semanas, Severus.

Sintió la mano de su padrino masajeándole el hombro.

— Tú no quieres casarte.

Los ojos grises, enrojecidos e inflamados, se levantaron para mirarle.

— Soy un inútil sin varita, padre ha tenido que invertir mucho para que una mujer quiera casarse conmigo.

Su padrino apretó los labios y la mano sobre su hombro.

— Me importa una mierda ahora mismo Lucius, hijo. ¿Qué quieres hacer tú?

— No lo sé —murmuró, tratando de contener las lágrimas.

— Yo voy a apoyarte decidas lo que decidas, voy a estar contigo, Draco. Pero es el momento de que tomes las riendas de tu vida y decidas por ti, no por tu apellido.

El muchacho se encogió sobre sí mismo. Severus se acercó todo lo que le permitió su silla de ruedas y lo abrazó como pudo.

— Pompfrey dice que sostener este embarazo va a ser duro —habló por fin Draco al cabo de un rato, con voz rasposa.

— He estado leyendo estos días bastante. Los embarazos masculinos son raros porque tienen que confluir muchas cosas. Y difíciles porque absorben mucha magia, necesitas al otro padre.

— Si sigo adelante, trataré de hablar con él.

— ¿No vas a decirme quién es?

La cabeza rubia se movió negativamente.

— Hace falta un mago muy poderoso para algo así, no creo que haya muchas… oh.

Draco miró a su padrino. El rostro de Severus mostraba un gesto de estupefacción que no le había visto nunca antes.

— ¿Es él? ¿Por eso no quieres decirle a tu padre el nombre?

— No sé en quién estás pensando, pero…

— Potter.

Cerró los ojos y los apretó. Por Morgana, solo escuchar su nombre ya hacía daño.

— No quiero hablar de eso ahora.

— ¿Te hizo algo? —preguntó Severus con los dientes apretados, sacudiéndolo levemente.

— ¿Qué? No, no, nada de lo que estás pensando —respondió, asustado por la mueca homicida de su padrino.

El hombre aflojó la mandíbula, pero no suavizó el gesto.

— Puedes quedarte conmigo, decidas lo que decidas.

— ¿Contigo? ¿En la casa de tus padres? Odias ese sitio.

Había pasado algunas semanas de vacaciones con él, siempre enredados en complicadas pociones. Y siempre había pensado que su padrino detestaba esa casa por los recuerdos de su infancia.

— Pompfrey me ha ayudado a encontrar una casa adaptada en un pueblo mágico cercano. Lejos de Londres. Por lo visto mientras yo estaba en coma, tu madre y ella reclamaron al ministerio una indemnización para mí, después de que Potter limpiara mi nombre.

— Vaya —fue todo lo que atinó a responder mientras se frotaba los ojos.

— Haz conmigo el aprendizaje de pociones, Draco —le pidió Severus—. Eres brillante, puedes labrarte un futuro en esto. Fuera de Inglaterra mi nombre está limpio.

— Tan brillante que una poción me ha metido en este lío —contestó sarcástico.

— Y es tu decisión cómo salir de él. Ni de tu padre, ni mía ni de Potter, solo tuya.


Severus escuchó el sonido del flu desde el laboratorio en el sótano. Esperó un par de minutos los pasos de Draco en la escalera, pero no bajó. Preocupado, dejó los ingredientes que cortaba y activó la parte mágica de la silla de ruedas para subir las escaleras.

Encontró a Draco derrumbado en el sofá del salón, pálido.

— ¿Qué ocurre? —le preguntó alarmado, acercándose todo lo posible.

— Me han echado de Sortilegios Weasley.

Severus maldijo entre dientes. Un mes tratando de contactar con Potter, lechuzas devueltas, insultos en la puerta del cuartel de aurores. Draco desmejoraba a ojos vista, esa estúpida búsqueda le estaba quitando la salud.

— Sube a acostarte un rato, te voy a preparar algo de comer.

Draco no se movió, estaba recostado con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados, rodeados de ojeras oscuras.

— Draco, hijo.

No hubo respuesta. Sacó su varita y ejecutó los hechizos básicos de diagnóstico. Volvió a maldecir y se dirigió directamente a la chimenea.

Dos horas después estaba sentado junto a la cama de Draco en el hospital. Frente a él, Nidia Pompfrey estaba sentada en otra silla mientras controlaba las constantes de Draco, envuelto en un hechizo de recuperación de energía mágica.

— No tengo claro que Draco aguante todo el embarazo, Severus. Necesita al otro padre.

— Está así de agotado por el estrés de intentar contactar con él. ¿No hay nada que yo pueda hacer? —respondió impotente, maldiciendo mentalmente a Potter.

La sanadora miró a Draco, envuelto en una burbuja de luz dorada, y de vuelta a su padrino. Admiraba a Snape, a pesar de su apariencia gruñona, el hombre era un padrazo que daría su salud por su ahijado.

— Puede cuidarlo, asegurarse de que haga reposo, coma bien y se tome las pociones que hemos hablado. Pero su núcleo mágico ya es inestable por la falta de uso de varita, ahí no podemos hacer nada.

Severus se inclinó hacia delante, con el ceño fruncido.

— Si en algún momento hay que elegir, sanadora, la vida de Draco es lo primero. Creo que usted debió de ser más específica con los riesgos.

— Sabemos muy poco de estos embarazos realmente —se defendió ella con el ceño igual de fruncido.

— Y a usted le viene fenomenal tener un objeto de estudio —le acusó él señalándole con el dedo extendido—. Cuidado, Nidia, es la vida de mi ahijado la que está en juego.

La sanadora se puso de pie con los labios apretados, saliendo de la habitación.


Con el paso de los meses, Severus vio a Draco consumirse, las mejillas cada vez más chupadas, marcando los huesos de los pómulos. No salía de casa, porque era imposible disimular sin magia la barriga, aún más llamativa por su delgadez. Tenía que convencerlo a diario para que saliera al jardín trasero de su pequeña casa y caminara un rato. Le atiborraba a pociones e intentaba que comiera, pero no conseguía mejorar su ánimo.

Trataba de mantenerlo lejos de El Profeta, que había hecho un escándalo al principio con la ruptura de su compromiso y su desaparición, y luego un revuelo con la maternidad de Hermione Granger-Weasley, incluidas fotos del Héroe del Mundo Mágico con la pequeña Rose. Era una puñalada cada artículo que contaba que Potter deseaba tener una familia propia.

Apenas hablaba, lo justo para trabajar los días que tenía fuerzas. A partir del quinto mes de vez en cuando lo atrapaba distraído, frotándose la barriga al sentir movimiento y murmurando con una pequeña sonrisa.

No le vio realmente asustado hasta que comenzaron los dolores. Aquella mañana de marzo remoloneaba en la cocina, sin decidirse a bajar al laboratorio. Draco se había levantado con dolor de espalda, era cuestión de días, según había dicho la sanadora una semana antes, y mientras tanto su cuerpo empezaba a estar al límite del agotamiento físico, mental y mágico.

Estaba ya en la puerta de las escaleras que bajaban al sótano, tomando la varita para activar la silla, cuando escuchó un ruido de cristales a su espalda. Giró la silla y rodó lo más rápido que daban sus brazos hasta el comedor. Se encontró a Draco de rodillas, un brazo sujetándose la barriga, la otra mano apoyada en el suelo y los ojos y los dientes apretados.

— ¡Draco!

Los ojos grises se abrieron mucho, mostrando el pánico que sentía, y le miraron, con un gemido de dolor atravesado en la garganta. Cerca de su mano, un vaso roto.

Se acercó todo lo que pudo, pero primero le pudo la practicidad antes que el consuelo: con un movimiento de varita, una cierva brillante apareció en el comedor. El patronus desapareció con un sucinto mensaje para Nidia Pompfrey: "Necesitamos ayuda". A continuación se inclinó todo lo que pudo en la silla para tender la mano a Draco y reconfortarlo mientras llegaba la sanadora.