Primavera 2009
Tras salir de casa de Malfoy, su cabeza era un avispero. Nada de lo que había pasado tenía sentido. Caminó, sin rumbo y sin ser consciente del tiempo que pasaba, con un montón de imágenes dando vueltas en la cabeza. Era padre, era padre de un niño que estaba siendo torturado. El estómago se le revolvió al recordar las imágenes de Scorpius siendo cruciado.
Se paró en seco, frunció el ceño y miró a los lados. En dos zancadas se metió entre dos casas y se desapareció.
Severus Snape dormía cuando entró en su habitación. Se despertó sobresaltado y lo miró, por una vez, más confuso que enojado.
— ¿Ha pasado algo? —preguntó con voz ronca el convaleciente.
— ¿Dónde está el libro?
— ¿Qué libro?
— El que contiene el hechizo para recuperar a mi hijo.
El gesto de Snape pasó de confuso a triunfal y de ahí a neutro.
— En el cajón de la mesita.
Harry no dijo nada, se limitó a dar dos pasos y sacar el libro. Pero antes de poder alejarse, Snape lo agarró por la túnica.
— Draco hizo lo que tenía que hacer. Estuvo a punto de morir por traer a Scorpius al mundo y renunció a todo por él, no lo olvide.
No le contestó, se limitó a cabecear y a salir de la habitación con las mismas zancadas largas.
Salió por la chimenea de la casa de Hermione unos minutos después, con el libro fuertemente abrazado al pecho. Su amiga estaba en bata, recogiendo las cosas del desayuno. En la planta de arriba se escuchaba a los niños moviéndose para ir al colegio.
— Buenos días —le saludó su amiga, mirándole con curiosidad.
— ¡Tío Harry! —gritó Hugo desde la puerta, corriendo a abrazarse a él.
Alertada por el grito de su hermano, Rose bajó las escaleras corriendo y se unió al abrazo. Los dos pares de brazos infantiles, sus voces preguntándole si había venido a desayunar con ellos y si los iba a acompañar al colegio, la tranquilidad de poder abrazarlos y saber que estaban bien… se quebró un poco. Hermione vino a su rescate rápidamente.
— Vamos chicos, subid a buscar vuestras cosas, se nos hace tarde.
Protestaron un poco pero salieron corriendo de nuevo escaleras arriba a por las mochilas.
— ¿Va todo bien? —preguntó ella con suavidad.
Harry se frotó los ojos, consciente de repente de que llevaba 36 horas sin dormir.
— ¿Os puedo acompañar al colegio?
— Claro. Y quizá luego puedas tumbarte un rato, parece que te vas a caer de un momento a otro.
— Estoy en medio de un caso…
— Si no descansas, no vas a servir de mucho a nadie —lo zanjó ella, tajante.
Volvió a frotarse los ojos. Finalmente asintió, derrotado.
— Un par de horas nada más. Luego querría comentar algo contigo. Es importante.
Hermione se acercó y le besó la mejilla.
— Estoy segura de que lo es, lo llevas escrito en la cara, hermano.
Le despertó a mediodía el olor a comida. Se incorporó, refunfuñando, todo el cuerpo dolorido porque había preferido acostarse en el sofá antes que usar una de las camas en el piso superior. Entró a la cocina arrastrando los pies, Hermione estaba terminando de poner la mesa para el almuerzo.
— ¿Has descansado?
— Sí —mintió, dejándose caer en una silla—. ¿Puedes sentarte un momento conmigo?
— Déjame que sirva…
— Ponlo en éxtasis y siéntate, por favor.
Las cejas de Hermione se levantaron hasta el inicio de su pelo, pero le hizo caso. Se sentó en la silla más cercana y le miró con ojos inquisitivos.
— ¿Qué ocurre?
Harry tomó aire y lo soltó de golpe.
— Tengo un hijo, de nueve años —sintió el dolor al decirlo en voz alta y volvió a ver la imagen de Scorpius siendo torturado.
— ¿Disculpa? —preguntó su amiga con las cejas alzadas.
Se lo contó, la denuncia de Malfoy, las peticiones de rescate, su investigación sobre la vida que llevaban ahora él y Snape. Y la conversación que habían tenido unas horas atrás.
— Pero Harry, eso es imposible. —dijo Hermione con suavidad—. Creo que Malfoy ha jugado contigo, para que le ayudes a dar con su hijo. Todo el mundo sabe que siempre has querido ser padre, lo dicen en todos los artículos que escriben sobre ti.
Movió la cabeza negativamente, exasperado por el tono paternalista de Hermione.
— Yo pensaba lo mismo al principio, pero he investigado. Se tienen que dar una serie de circunstancias mágicas, es complicado y no se ha descrito ningún caso desde hace casi cien años.
— ¿Pero cómo puedes estar seguro? —insistió, terca.
— Fui a Hogwarts. Hablé con Pompfrey, ella y su hermana son unas estudiosas del embarazo masculino. Su padre tenía dos padres, consta en el registro del ministerio. Niria Pompfrey firmó el certificado de nacimiento de Scorpius. Y hablé con McGonagall y accedió a dejarme ver el libro de inscripción del colegio
Hermione dio un respingo y le miró con los ojos muy abiertos.
— La pluma que hace la inscripción es como el sombrero seleccionador, omnisciente, no se les puede engañar. Según el libro, los dos somos los padres de Scorpius.
— ¿Y el tapiz Black? —interrogó con un hilo de voz.
— Lo consulté también, pero Draco fue desheredado, la rama de corta en él.
Hermione se puso de pie y fue a la nevera. Sacó una botella de vino y sirvió dos copas. Le acercó una a Harry y ella tomó un gran sorbo de la otra mientras volvía a sentarse.
— ¿Es cierto qué me buscó? Dice que no le dejaron entrar al cuartel y que las lechuzas que trató de enviarme le vinieron devueltas.
— Lo hicimos para protegerte —respondió ella, levantando la barbilla.
— ¿Para protegerme? —preguntó incrédulo— ¿De Malfoy? Era un pobre hombre sin varita, ¿qué creíais que podía hacerme?
— Ron dijo que no se podía esperar nada bueno de un Malfoy, que siempre tienen una serpiente en la manga.
— ¡No teníais derecho! —protestó, dejando fuerte la copa de vino en la mesa.
— George dijo que se presentó en la tienda y que parecía fuera de sí, pensamos que no estaba bien de la cabeza.
Harry movió la cabeza, cansado y frustrado. Hermione estiró una mano sobre el mantel y tomó una de las suyas.
— ¿Qué vas a hacer ahora?
— Encontrarlo. No te puedes imaginar cómo son los recuerdos que manda el secuestrador. No puedo sacarme los gritos de ese pequeño de mi cabeza.
Ella le miró con tristeza, ahí estaba la explicación a que su amigo se aferrara a sus hijos cuando llegó a su casa.
— ¿En qué puedo ayudarte?
Con una floritura de varita, invocó el libro que había dejado en la sala de estar.
— Según Snape, hay aquí un ritual para que un padre pueda encontrar a un hijo. Necesito que lo estudies por mi, yo tengo que volver al cuartel y no puedo trabajar allí con este libro sin comprometerles.
Ella observó con un rictus de desagrado el libro, obviamente oscuro.
— Seguro que no es necesario y lo encuentras antes.
Él volvió a mover la cabeza y tomó un sorbo de vino.
— Mis compañeros no están colaborando. Quedan dos días y piden un millón de galeones.
— ¿Y los Malfoy?
— No son una opción. Y antes de que preguntes, no tengo ese dinero y reunirlo en tan poco tiempo no es viable. Creo que los secuestradores lo saben y están haciendo todo esto para torturar a Malfoy, no sé si al padre o al hijo.
Su amiga apretó los labios con la mención del apellido.
— Revisaré esto, pero ya te aviso de que el libro tiene pinta de estar lleno de magia oscura, no va a ser fácil.
— Tengo que recuperar a Scorpius, Hermione, cueste lo que cueste —insistió, inclinándose hacia delante y tomando su mano con fuerza.
Ella lo miró, con los labios apretados.
— ¿Y después?
Miró a su amiga con desamparo, sin corazas. Solo ella lo conocía suficiente como para saber lo solo que se sentía y cuánto ansiaba tener una familia.
— No lo sé, Herms. Tiene nueve años, no me conoce.
— Pero es tu hijo.
— Malfoy me ha recordado que para ser padre hay que ser más que un donante de esperma. Y tiene razón, ¿qué se yo de ser padre? Pero no puedo hacer como que no va conmigo, no puedo desentenderme.
Hermione lo observó detenidamente, con los labios apretados. Habían pasado juntos por muchas cosas, había visto a Harry rehacerse después de cada pérdida, cada vez más colérico, cada vez más lejos del niño dulce que había conocido a los once años. Pero nunca lo había visto llorar, ni tan siquiera ante la muerte de Sirius o la de Ron. En ese momento, mientras la miraba, tendiéndole de nuevo el libro, una lágrima le caía por la mejilla.
