Harry volvió al día siguiente al cuartel con la conversación con Hermione aún dando vueltas en la cabeza. Al llegar a su mesa, se encontró con un aviso del subjefe Aprats. Y ninguna respuesta de los compañeros a los que había pedido que revisaran las esferas. Gruñó, frustrado. Veinticuatro horas para encontrar a los secuestradores y Scorpius siendo torturado.
La secretaría de Aprats se limitó a hacerle una señal para que pasara. Encontró al subjefe sentado tras su mesa, con el expediente de su investigación abierto.
— Siéntese, Potter.
Obedeció, en silencio.
— Creo que le dije que resolviera esto —Señaló al expediente con un gesto despreciativo— de manera rápida y sencilla. Y por lo que veo no hay avances, está invirtiendo muchas horas extras y pidiendo a otros departamentos que dediquen su tiempo.
— Se trata del secuestro de un niño, subjefe —contestó con voz ronca, apretando los puños dentro de los bolsillos de la túnica.
— Se trata del hijo de un mortífago. Que se apañen entre ellos. El caso está cerrado, Potter. Vuelva a su mesa y termine sus informes.
Lo miró, incrédulo.
— Es un niño de nueve años, él no tiene la culpa de que su abuelo sea un mierda.
— Estoy seguro de que los Weasley tendrían mucho que decir de todo esto. ¿No es usted amigo de la familia? —le interpeló con una sonrisa sibilina—. De todas formas, Potter, lleva tiempo intentando joder a los Malfoy, pues aquí tiene su oportunidad. Ahora vuelva a su trabajo, quiero esos informes en mi mesa en dos días.
Y cerró el caso literalmente, le puso un sello y guardó el informe en un cajón.
Harry se levantó todavía con los puños apretados, respirando hondo para no gritarle a ese cabrón que Scorpius era hijo de alguien que estaba viviendo un infierno. Salió del despacho viendo rojo, pisando fuerte, pero no volvió a su mesa. Simplemente salió del cuartel y echó a andar, esperando que el aire fresco le despejara la cabeza, porque en ese momento sentía toda su magia pugnando por salir y quemar su lugar de trabajo hasta los cimientos.
Cuando quiso darse cuenta, estaba delante de San Mungo. Respiró hondo y entró, directo a la habitación de Snape.
— ¿Hay novedades? —le preguntó el enfermo en cuanto entró en la habitación.
Miró al hombre, vio su angustia, su impotencia. Se dejó caer en la silla junto a él.
— ¿Y Malfoy?
— Lo he convencido para que fuera a casa a dormir. Está muy alterado desde…
Harry asintió, normal que estuviera alterado.
— No voy a ir contra él, Snape. Lo único que quiero ahora es encontrar a Scorpius. Mi jefe me ha ordenado que cierre el caso —confesó con la mandíbula apretada—, pero me importa una mierda ese cabrón. Ayúdeme a pensar quién puede estar detrás de esto, no tenemos tiempo.
En ese momento se abrió la puerta y entró Draco con el rostro aún más descompuesto que la última vez que lo había visto y una nueva esfera en la mano. Harry se puso de pie para ir a sujetarlo porque lo vio a punto de colapsar.
— Han doblado el rescate.
El auror miró a Snape y supo que los dos estaban pensando lo mismo, no podía ser eso lo que lo había trastornado tanto. Lo ayudó a sentarse en una silla y liberó el recuerdo de la bola.
Efectivamente, la voz decía que eran dos millones porque "has acudido a los aurores. Y a partir de este momento, por cada hora que pase sin que el dinero se deposite donde ordenamos, le romperemos un hueso del cuerpo." Y como prueba una mano enguantada de negro tomaba la mano de Scorpius y sin vacilar le apuntaba con la varita. El chasquido de los dedos al romperse sonaba de una manera espantosa, seguido del aullido de dolor del niño, que gritaba pidiendo a su padre que le ayudara.
Harry creía que había sentido mucho dolor en su vida, físico y emocional, pero ese momento, ese chasquido… la impotencia le cerró la garganta y necesitó salir de allí antes de que un ramalazo de magia fuera de control hiriera a alguien.
Las siguientes horas serían para siempre un batiburrillo en su cerebro.
Se apareció en casa de Hermione, asustándolos a los tres con su gesto homicida. Al verlo pasearse arriba y abajo por la cocina, hablando solo y con su magia vibrando alrededor de él como un aura peligrosa, su amiga tuvo la claridad mental de mandar a los niños por flu a La Madriguera.
— Tienes que ayudarme con ese ritual —le dijo por fin en cuanto se apagaron las llamas verdes en la chimenea.
— Harry, es muy peligroso —trató de convencerle ella, aprensiva—. Y está pensado para un mago sangre pura, no sé si…
— ¡Hay que intentarlo! piden dos millones, Hermione. Y han empezado a romperle huesos.
— Y lo lamento profundamente —le contestó, tomándole una de las manos para calmarlo—, pero, Harry, podrías perder la vida por salvar la de un niño que no conoces y que seguramente te odia igual que el resto de su familia
Liberó su mano de un tirón y mandó una descarga de magia contra la mesa de madera, haciéndole una larga grieta.
— ¿En serio me lo dices? ¿no darías tú la vida por tus hijos, Hermione? —le gritó, los ojos llameantes, la magia vibrando cada vez más alrededor de él con un zumbido que recordaba al de una colmena— . Dame el libro.
Recordaría haber tomado el libro y tratar de leer, pero las letras bailaban ante sus ojos y finalmente tuvo que ser Hermione la que le ayudara a prepararse para el ritual. Como siempre en los rituales oscuros, exigía un sacrificio de sangre, así que se hizo un gran corte en el brazo sin pestañear, sin pararse a pensar en el dolor o en la sangre que goteaba profusamente al suelo. Dijo las palabras, se concentró, tratando de encauzar toda la rabia que sentía, de manejar su magia por una vez a su antojo. En realidad era sencillo, el ritual era una llamada de sangre, la sangre del padre llamaría a la del hijo y le haría aparecer donde el padre estaba, cambiando de lugares. El riesgo, que no funcionara por ser mestizo o que hiciera falta prácticamente desangrarse.
Hermione lo observaba a unos pasos, retorciéndose las manos, apenas respirando. Tardó, fue necesario repetir el hechizo muchas veces y que el charco en el suelo creciera de una manera repulsiva, sangre oscura y densa empapando la moqueta. La energía en el ambiente cambió, sintió que se le encrespaba el cabello y las luces parpadeaban y entonces, de repente, en un parpadeo, Harry había desaparecido. El único rastro de él era el charco de sangre en el suelo y un olor a ozono, como después de una descarga eléctrica. En menos de tres segundos hubo un destello y un niño rubio apareció en el mismo lugar en el que había estado su padre, casi sobre el charco de sangre.
Se abalanzó hacia él y lo tomó en sus brazos para alejarlo de esa mancha tétrica. Lo llevó al sofá, aún abrazado, y entonces el niño salió del shock y empezó a revolverse contra ella, luchando por escapar, pataleando y gritando mientras se sujetaba las manos contra el pecho.
— Cálmate, Scorpius, por favor —le repitió, varias veces, tratando de que sus palabras entraran en la niebla de terror que envolvía al pequeño—. Cálmate para que podamos aparecernos en San Mungo, te voy a llevar con tu abuelo, te lo prometo.
Scorpius abrió los ojos y le miró por fin, respirando afanoso. Entonces los vio, los ojos de su amigo en el delgado rostro puntiagudo. Y ese remolino rebelde en el pelo rubio pálido, el mismo remolino que Harry trataba desde hacía años de dominar.
— ¿Quién eres? —preguntó por fin el niño, receloso— ¿Dónde estoy?
— Me llamo Hermione. Estás en mi casa, mi mejor amigo, el auror Potter acaba de liberarte. Conozco a tu padre y a tu abuelo, Scorpius, y voy a llevarte con ellos, te lo prometo.
Los ojos verdes, enrojecidos e inflamados, le miraron un largo minuto. Después se desviaron a la repisa de la chimenea y supo que estaba viendo las fotos de Rose y Hugo, y de Harry. Lo vio calmarse un poco, comenzar a respirar más tranquilo, y entonces volvió a hablarle.
— Voy a cogerte en brazos y vamos a salir a mi patio para aparecernos en San Mungo. ¿De acuerdo?
Esperó a verlo asentir antes de tomarlo en sus brazos con cuidado, evitando dañar más sus manos inflamadas, y salió presurosa por la puerta trasera.
Varias horas después, Hermione se dejaba caer junto a la cama de su mejor amigo.
Gracias a su insistencia, y a que acudió directamente al ministro en el momento que dejó a Scorpius a salvo con su padre, a Harry lo encontró un escuadrón de aurores en una casa abandonada en Devon tres horas después de desaparecer de la cocina de Hermione. A su alrededor había tres cadáveres y él estaba a punto de ser el cuarto, prácticamente exanguinado y con su núcleo mágico seco después de haber matado a los secuestradores con una explosión de magia accidental que había derribado paredes y una parte del techo de la vieja casa.
Tomó una de las manos del convaleciente y la acarició, soltando por fin las lágrimas que retenía desde la escena en su cocina. El sanador le había dicho que podía pasar días en ese estado comatoso, hasta que su cuerpo y su núcleo mágico estuvieran repuestos. Pero que hablarle podía ser positivo.
— Lo conseguiste, Harry. Yo misma he acompañado a Scorpius hasta su padre. Ay, amigo, —Paró un momento a secarse los ojos— ojalá lo hubieras visto, el momento en el que se han encontrado… No imaginaba que Malfoy fuera capaz de reaccionar de esa manera. Lloraba y reía a la vez. Y lo abrazaba. Snape ha tenido que convencerle para que lo soltara y pudiera examinarle el sanador. Ha sido un niño muy valiente, ha aguantado las curas sin una queja, sujeto a la mano de su padre. Se parece a ti un poco, ¿sabes?...
El titular de El Profeta al día siguiente fue "El Salvador al borde de la muerte por rescatar al nieto de Lucius Malfoy". El artículo no ahorraba detalles sobre el gran trabajo del cuerpo de aurores para rescatar al pequeño antes de entrar en el terreno de la especulación sobre los secuestradores.
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