Hermione acompañaba a Harry junto a su cama una semana después del rescate. La prensa se había calmado en parte, al menos en lo tocante a lo que Harry había hecho. En los últimos dos días Skeeter se había vuelto loca al descubrir el origen de Scorpius y había levantado una tormenta de mierda que incluso a ella le había dolido en nombre del niño.
Estaba dándole vueltas al tema, pensando en lo furioso que se pondría Harry cuando despertara, cuando la puerta de la habitación se abrió y entraron los dos rubios.
— Granger —saludó Draco secamente.
— Malfoy —le devolvió el saludo, dulcificando el gesto al agachar la mirada hacia el niño, que tenía la mirada fija en la cama—. Hola, Scorpius. ¿Cómo te encuentras?
— Me voy a casa ya, igual que el abuelo, pero le he pedido a papá que me trajera a ver al auror Potter, quería darle las gracias.
Ella miró al padre, sorprendida. Lo vio apretar los labios al mirar a Harry y luego a su hijo y negar levemente con la cabeza.
— Os dejaré solos entonces, chicos.
Y salió, tras apretar con cariño el hombro del niño.
— Papá, ¿crees que puede oirnos?—preguntó Scorpius, mirando con curiosidad la figura tumbada.
— No lo sé, hijo. El sanador dice que tardará en despertar, es como un sueño muy profundo.
El niño se acercó más, hasta sentarse en el filo de la cama y miró a su rescatador. Así dormido daba menos miedo que cuando lo había visto por primera vez. Apenas habían sido unos segundos antes de sentirse desaparecer y aparecer en casa de Hermione, pero lo suficiente como para ver su rostro congestionado por la furia.
— Estaba muy enfadado cuando apareció en la casa. ¿Por qué sería?
Su padre soltó un largo suspiro y acercó la silla en la que había estado Hermione hasta estar muy cerca de su hijo y tomarle de las manos.
— Scorpius —le explicó con voz suave—, cariño, el auror Potter, Harry, es tu otro padre.
Los ojos verdes de su hijo le miraron fijamente, mostrando primero sorpresa y luego enojo. Le soltó las manos y se giró hacia el durmiente, abrazándolo y escondiendo la cara en el pecho fuerte.
— Me dijiste que él no había querido quedarse —le reprochó, la voz amortiguada por las sábanas.
— Scorp…
— Que éramos tú y yo solos contra el mundo…
— Hijo, yo…
— ¡Pero sí que me quiere! Vino a rescatarme —le gritó, levantando la cara y mirándole con los ojos llenos de lágrimas de rabia.
— Es su trabajo, a eso se dedica —trató de explicarle.
— ¡Papá!
— Lo siento, Scorpius, de verdad. No debí mentirte, no sabía cómo contarte que él no sabía que existías. —Hizo una pausa para mirar al durmiente— Pero no quiero que sufras ahora, que esperes de repente que Potter vaya a estar en tu vida y a compensar todos estos años. Él no es así.
— ¿Y cómo lo sabes? —le interpeló, aún abrazado a Harry— ¿Cómo sabes lo que va a hacer sin darle siquiera una oportunidad?
— Porque no confío en él.
Estiró los brazos para tomarle de los hombros y separarlo con cuidado del durmiente
— Tú no confías en nadie —murmuró Scorpius, echando un último vistazo a su recién encontrado padre.
— Y tengo mis motivos. De verdad, hijo, lo único que he querido siempre ha sido protegerte de toda la mierda del mundo mágico —le dijo con voz ronca.
Los dos rubios guardaron silencio un momento, calmándose. Después, Draco se puso de pie y le tendió la mano a su hijo para marcharse.
— No voy a volver a verlo, ¿verdad? —preguntó el niño pesaroso, mirando a Harry por última vez.
Su padre no le contestó, se limitó a apretar ligeramente su mano antes de salir de la habitación.
Perdido en la nube del coma, Harry quería gritar. Quería contestar a Scorpius, decirle que sí, que le quería, que ahora que sabía que existía no concebía volver a la vida de antes. Que no le había rescatado porque fuera su trabajo y que sí, que quería estar en su vida, que quería compensar los años que se había perdido. Quería decirle a Draco que confiara y que por favor no se lo llevara.
Soñó que se levantaba y corría tras ellos, un largo pasillo de puertas cerradas. Empezó caminando pero poco a poco, cada vez más agobiado, pasó de caminar a correr por el interminable pasillo, siguiendo la voz de Scorpius, que de nuevo gritaba "Papá por favor, ayúdame".
Comenzó a tratar de abrir las puertas, cada vez más desesperado, los gritos de su hijo resonando en sus oídos. Por fin, una de las puertas cedió y dio dos pasos dentro de la habitación, consciente de repente de que iba desarmado y descalzo.
Parpadeó varias veces, tratando de entender donde se encontraba. Los muebles decorados con tapetes, las fotos en la repisa de un niño gordito. Giró a la izquierda, siguiendo los gritos y entró en una cocina. Se estremeció al ver al gran hombre golpeando a un niño flaco de apenas siete años. El niño gritaba cada vez que la gran mano golpeaba su trasero.
Harry quería su varita, quería hechizar al muggle sin importarle las consecuencias, pero no podía moverse, no podía ayudar al pequeño. Recordó, a su pesar, el escozor del trasero durante días, las quejas de la maestra de primaria a su tía porque no se estaba quieto sentado. Lo que no conseguía recordar era el motivo de la paliza.
Los gritos de Scorpius le sacaron del ensimismamiento. Eran desesperados, intercalados con el sonido de la rotura de sus pequeños dedos, así que volvió a correr, corrió y corrió por el pasillo, tratando inútilmente de abrir puertas, de llegar a su hijo para ayudarle.
Abrió una puerta y entró en una habitación a oscuras. Al principio solo se escuchaba denso silencio, tan denso que el latido enloquecido de su corazón debía escucharse como campanadas. Al cabo de dos minutos, comenzó a escuchar un sonidito, algo golpeando contra madera y metal, y un olor a amoniaco.
Una bola de bilis subió por su garganta y anheló poder poner luz en ese sitio oscuro. Recordó, tenía cuatro años y había hecho una escapada nocturna a beber un vaso de leche, desesperado de hambre. Su tía le había pillado. Sintió resonar en sus oídos los insultos, la voz aguda llamándole ingrato y ladrón mientras lo arrastraba de la oreja hasta su alacena.
Lo tiró allí de cualquier manera, la vio maniobrar en el pequeño techo inclinado y luego cerrar la puerta y echar el cerrojo. Quiso encender la luz, pero su tía se había llevado la bombilla. Histérico, porque odiaba la oscuridad y a los bichos que se deslizaban por la alacena amparados en ella, golpeó la puerta. Suplicó que quitara el cerrojo, que no lo encerrara, la madera resonando junto al agudo sonido del metal.
Nadie vino, nadie abrió la puerta y le ayudó. Enloquecido, perdió el control como no lo había hecho desde que era muy pequeño y sintió la humedad en su pijama.
El Harry adulto comenzó a respirar fuerte, a sentir que se ahogaba en oscuridad. La claustrofobia que había casi conseguido superar a base de fuerza de voluntad salió de golpe del cajón en el que la guardaba y se aferró a su garganta y pulmones.
Empezó a sentir picazón en los dedos, como cuando su tío le pegaba en las manos con una regla porque decía que en la escuela no eran suficientemente estrictos. El olor a amoniaco aumentó, recordándole que hubo más veces que lo encerraron sin permitirle salir al baño. La sensación de vacío en el estómago, recordatorio de muchas noches sin cenar, le dolió como si una mano le estrujara las tripas.
Le faltaba el aire, parpadeaba sin cesar, buscando un resquicio de luz, boqueando como un pez, cada respiración más difícil. Empezó a manotear, recordando la sensación de estar bajo el lago Negro sin aire, el peso del agua sobre él y los pulmones ardiendo.
Entre el sonido loco de sus latidos y de su respiración comenzó a escuchar una voz, a lo lejos. Era una voz de mujer, que repetía su nombre. Después comenzó a sentir que era sacudido, mientras la voz de la mujer se escuchaba más cerca y notaba los pulmones a punto de explotar.
— Harry, por favor, abre los ojos. Despierta Harry, no me dejes tú también por favor.
Era Hermione, su amiga, su hermana, suplicando, sacudiendole para sacarle de la pesadilla que le estaba asfixiando mientras los sanadores trataban de separarla de él. Contagiado de su histerismo, empezó a patalear, a debatirse, tratando de librarse de la sensación de estar bajo kilos de cemento.
— Harry, abre los ojos. Lo hiciste, salvaste a Scorpius, está a salvo.
Esas fueron las palabras mágicas para que su subconsciente le liberara. Abrió los ojos y miró al techo. A su alrededor se hizo un silencio.
— ¿Seguro que está bien? —preguntó con voz ronca, buscando con la mirada a su amiga.
Hermione le sonrió, con la cara llena de lágrimas, y se acercó a tomarle la mano.
— Está bien, repuesto de las lesiones. Te lo prometo, lo vi hace unos días.
— Quiero verlo.
— Hablaré con Malfoy, no te preocupes.
Sonrió y cerró los ojos, cansado. Su hijo estaba bien, ya todo estaría bien.
