El subjefe Prats se presentó en el hospital un día después de que Harry despertara. Lo vio entrar con los labios apretados, dando por hecho que le iba a dar la patada en el culo que quería darle desde hacía días.
— Potter —le saludó con una inclinación de cabeza desde la puerta—, me alegro de verle despierto.
— Gracias, señor.
El hombre se sentó y puso una carpeta sobre sus rodillas.
— ¿Cómo se encuentra?
— Desorientado. Me han dicho que he estado veinte días out.
— Se ha perdido muchas cosas.
Se quedó en silencio, no iba a darle el gusto de preguntarle. Aprats abrió la carpeta con un gruñido nada sutil y sacó una serie de papeles.
— La casa en la que apareció era una antigua propiedad de los Lestrange. Por lo que hemos podido encontrar, sobre todo cartas, se trataba de un grupo de mortifagos con una rencilla personal contra Lucius Malfoy. Ya ve que no es usted el único.
Harry no sonrió, se limitó a seguir mirándole.
— No hubo supervivientes, pero el material encontrado nos ha permitido hacer varias detenciones. Así que damos el caso por cerrado, de nuevo. En cuanto a su actuación…
La puerta de la habitación se abrió de golpe y Hermione entró agitando el periódico de la tarde.
— ¡Harry! ¡Han detenido a Lucius Malfoy!
Se paró en seco al ver al hombre sentado junto a la cama.
— Subjefe Aprats —saludó muy seca.
— Señora Weasley —le respondió el auror, igual de seco.
— Pensaba que le darían a Harry unos días para recuperarse. ¿He entendido mal el mensaje del jefe Robards? —interrogó Hermione, sentándose en el filo de la cama de Harry.
— Es una visita extraoficial, abogada.
— Oh, una visita amistosa para hablarnos de la detención de Lucius Malfoy —comentó ella con falsa simpatía, dejando el periódico sobre la cama, con los titulares a la vista—. Es muy amable por su parte venir a decirle a Harry que siempre tuvo razón respecto a ese cerdo.
Aprats la miró con el ceño fruncido. Hermione Granger-Weasley era seguramente la abogada más odiada por los burócratas como él. Los aurores de base sin embargo la respetaban, por su trabajo y porque era la viuda de un compañero caído.
— ¿Qué dice la prensa, Mione? —preguntó Harry para romper la batalla de miradas furiosas.
— Hasta ahora no había saltado el nombre de Malfoy. Parece que un denunciante anónimo ha mandado documentación y recuerdos a los aurores y a la prensa que confirman declaraciones de los mortífagos detenidos de que era la cabeza pensante tras el atentado de Diagon. Los secuestradores formaban parte de ese grupo, buscaban extorsionarle. Y ahora hay pruebas que no se van a poder ignorar ni tapar porque la prensa las está divulgando. Hay al menos tres páginas sobre esto.
Los dos miraron a Aprats, cuyo rostro estaba rojo tirando a burdeos.
— Siento haberle robado la oportunidad de felicitar a Harry por haber rescatado a Scorpius y haber colaborado con ello a que se destape a este grupo, subjefe. Seguro que no quería dejar pasar la oportunidad de felicitarle y proponerle para una medalla.
El subjefe se puso de pie, apretando con fuerza la carpeta entre sus manos.
— Me alegro de que se esté recuperando, Potter. Nos veremos cuando vuelva al trabajo. Señora Weasley.
Saludó con una inclinación y salió de la habitación pisando fuerte.
— Cuando has entrado estaba a punto de hacerme firmar la baja, estoy convencido.
— Lo de la medalla no es cosa mía, sino de Rita —le enseñó el artículo.
Harry leyó, con el ceño fruncido.
— Lo has conseguido, Harry. Quien sea ese denunciante anónimo ha sido providencial.
— Me creeré que va a Azkaban cuando lo acompañe yo mismo hasta la celda, Mione —respondió, dejando el periódico a un lado— ¿Has hablado con Draco?
Hermione suspiró. Recogió el periódico y lo plegó, buscando las palabras.
— ¿Qué pasa?
— Se han marchado del país —contestó por fin su amiga.
— Qué dices —le increpó, incrédulo.
— Pasaron por aquí, porque Scorpius quería darte las gracias, el día que le dieron el alta. Y se evaporaron, la casa está a la venta.
— Pero él no puede hacer eso, es mi hijo —protestó, sentado en la cama y con los puños cerrados sobre la manta que le cubría.
Su amiga le tomó la mano y apretó un poco, echándose hacia delante con una mirada muy intensa.
— Podemos denunciarle. Tienes derechos, Harry, y él te los ha negado durante años.
Harry se frotó la cara y se dejó caer hacia atrás , golpeando con fuerza con la cabeza la almohada.
— No puedo hacerles eso.
— Son tus derechos —insistió ella.
Negó con la cabeza, con los ojos cerrados.
— No puedo hacerles eso, ya han pasado suficiente. Tiene que haber otra solución.
La solución vino a visitarle un par de días después, cuando ya se preparaba para irse a casa. Golpeó con suavidad la puerta y él mismo acudió a abrirla. Se encontró a una Narcissa Malfoy que parecía haber envejecido veinte años de golpe.
— Señora Malfoy —saludó sorprendido—. No esperaba verla.
— Señor Potter, —Le tendió la mano— ¿puedo pasar?
— Sí, claro, claro —le respondió mientras se la estrechaba, sintiéndose muy torpe y apartándose de la puerta.
La mujer entró a la habitación con ese paso altivo tan característico en ella.
— Siéntese, por favor —le rogó, señalando la silla y sentándose él en la cama.
— Gracias. Veo que está muy recuperado.
— De hecho estoy esperando el alta para irme a casa.
Ella sonrió, con suavidad, un gesto que le hizo parecerse más a su hermana Andrómeda.
— Me alegra. Quería aprovechar la oportunidad para darle las gracias.
— No es necesario, hice lo que tenía que hacer.
Los ojos grises, tan parecidos a los de Sirius, le sostuvieron la mirada un largo minuto.
— ¿Qué va a hacer ahora? Respecto a mi nieto.
Harry se levantó a beber agua antes de contestar, sopesando su siguiente paso.
— Me gustaría ser su padre. Sin desmerecer a Draco, que creo que ha hecho un gran trabajo, espero poder ser el padre que Scorpius merece. Pero necesito saber dónde están.
— ¿Oficialmente? —preguntó, tensa.
— No.
La mujer asintió y sacó una carta de su bolso.
— Severus y Scorpius me escribieron en cuanto estuvieron instalados. Entiendo las motivaciones de mi hijo, aunque me da una pena infinita no poder verles a menudo.
Harry tomó nota de la dirección. Volvió a sentarse en la cama y la miró de nuevo.
— Fue usted, ¿verdad? Usted denunció a Lucius.
Ella apenas alteró el gesto, pero lo vio, un brillo vengativo en la mirada. Supo que esa mujer mataría por su hijo y que una vez que se había quitado el yugo impuesto por su marido, haría lo que fuera por verlo hundido en la mierda camino de Azkaban.
Narcissa se puso de pie y le tendió la mano, que esta vez besó con suavidad.
— Gracias por la visita.
— Era lo mínimo que podía hacer. Somos familia, señor Potter.
Le sonrió, una sonrisa más amplia que de nuevo le recordó a Sirius. Y a Tonks.
— Señora Malfoy —la llamó cuando ella tocaba el pomo de la puerta—. Tiene usted una familia cerca que estoy seguro que estará encantada de apoyarle en este momento. Puedo darle las señas.
Ella no dijo nada, solo asintió. Escribió con cuidado las señas de Andrómeda en un trozo de pergamino y se lo tendió.
— Es un buen momento para que la familia permanezca unida —murmuró ella antes de hacer una inclinación de cabeza y salir.
