La aventura de llegar hasta Fiskars, en Finlandia, un pueblito precioso pero poco accesible por métodos mágicos. Se sintió como el mayor de los pardillos cuando se dio cuenta de que no había cogido un avión en su vida, ni tan siquiera tenía un pasaporte. Y llegar por medios muggles suponía pasar sus controles, así que necesitaba un visado. Tuvo que pedirle ayuda a Hermione con los trámites. Por suerte al menos tenía una partida de nacimiento muggle, gracias a su madre.
El caso fue que cuando se bajó del tren que le llevó de Helsinki a Fiskars, en ese preciso momento en el que inhaló el aire primaveral, se hizo por fin consciente de dónde estaba y porqué. Iba a ver a Scorpius. Iba a conocer a su hijo.
Necesitó unos minutos sentado en un banco en la estación de tren, respirando y calmando la lavadora que tenía en el estómago. Quería controlarse, necesitaba controlarse y hablar con Malfoy sin perder los nervios. Respiró hondo una última vez y se puso en pie, con esa firme determinación: no pierdas los nervios.
Caminó tranquilo, con las manos en los bolsillos de la cazadora, disfrutando del paisaje. Era un pueblo encantador, con un pequeño barrio mágico muy discreto. La casa que Snape había comprado estaba al final de una calle tranquila.
En cuanto puso la mano en la cancela de la valla, que bordeaba un pequeño jardín, el corazón le volvió a martillear sin control. Sabía por experiencia que su presencia sería rápidamente detectada, podía sentir bajo su mano la estática de la magia de Snape y sus protecciones. Al cabo de treinta segundos, la puerta se abrió y la conocida figura rubia salió, apartándose el pelo de los ojos y ajustándose las gafas.
—Potter… —le escuchó murmurar, al tiempo que veía como se le descomponía la cara.
— Hola, Malfoy —saludó, sujetando sus nervios.
— ¿Qué…? ¿Qué haces aquí?
Harry levantó la ceja y cruzó los brazos sobre el pecho. En lugar de invitarle a entrar, Draco cerró la puerta y caminó unos pasos hacia la cancela de la valla.
— No puedes hacer esto, coger a mi hijo y largarte —A la mierda, nunca se le dio bien filtrar sus palabras.
Malfoy dio un largo suspiro y se frotó la nuca.
— No era seguro seguir allí.
— ¿En serio? ¿Y se te olvidó dejarme una nota? Por Dios, Malfoy, estaba en el hospital por salvar a nuestro hijo, creo que me merezco al menos el derecho a que seas sincero conmigo.
— Temía que me lo quitaras —murmuró finalmente el hombre, desviando la mirada hacia la calle, con el mismo aspecto asustado y derrotado del día que lo volvió a ver.
Harry abrió la cancela y dio un par de pasos hacia él, tratando de controlar su tono de voz para no asustarlo más.
— ¿Te hice pensar en algún momento que haría algo así? Joder, dame un poco de crédito, Draco.
— ¡Y yo que sé! —Perdió los nervios— No te conozco, no sé qué quieres,
Se movió, buscando sus ojos, tratando de transmitirle que era sincero y estaba allí para hablar las cosas.
— No estoy aquí para pelear contigo, ni para llevarme a Scorpius. Solo quiero tener la oportunidad de conocer a mi hijo y que él me conozca. Si quiere, claro. A estas alturas…
— Sí que quiero. Le dije a papá que había que darte una oportunidad.
La voz de Scorpius a su espalda hizo que los dos adultos se giraran, pálidos. Allí estaba el niño, con la mochila de la escuela sobre el hombro, junto a la cancela.
— Scorpius, entra en casa —le indicó Draco, con voz aguda por la tensión.
— Papá, por favor… —suplicó el pequeño.
— Entra en casa, ahora —insistió su padre, apretando los puños.
Los ojos verdes del niño se entrecerraron antes de avanzar por el camino y entrar a la casa. El portazo resonó y levantó un eco en la tranquila calle. Ambos adultos se quedaron un largo minuto mirando la puerta cerrada, hasta que Draco habló de nuevo.
— ¿Cómo nos has encontrado?
— Por tu madre. Ella… Scorpius le hizo prometer que si yo quería encontrarlo, ella me ayudaría. Por favor, Draco —La visión del niño se había llevado cualquier dignidad, estaba dispuesto a suplicar.
— No puedes entrar en la vida de Scorpius y luego desaparecer, ¿entiendes eso? —Se giró y le miró con intensidad— No funciona así, no se trata de que lo lleves a merendar un día y luego vuelvas a tu vida en otro país. Es un niño, ha pasado por mucho y no se merece más cagadas por parte de sus padres.
Harry respiró y se sintió orgulloso de sí mismo cuando la voz le salió controlada.
— He pedido una excedencia. Me quedaré tanto tiempo como me permitas, no tengo otro sitio mejor en el que estar que aquí. De verdad, Draco. Yo… no puedo explicarte lo que supuso para mí despertar y saber que lo había perdido.
— La sangre no lo es todo.
— Lo sé, y también sé por experiencia que ser familia no garantiza amor, pero también he vivido el caso contrario, como vosotros con Severus —le recordó, señalando hacia la casa—. Y yo no puedo vivir sabiendo que me he rendido y he abandonado a un niño como me abandonaron a mí. Por favor, me pondré de rodillas si es lo que quieres —suplicó con voz ronca.
Draco lo miró unos momentos, los ojos grises brillando de lágrimas a punto de derramarse.
— Está bien—cedió por fin, desviando su mirada hacia el niño que les observaba sin disimulo desde una ventana—. ¿Ya tienes dónde quedarte?
— Tengo una habitación en un hostal a un par de calles —contestó con una gran sonrisa, feliz—. Gracias, Draco.
— Ahora voy a entrar a hablar con mi…nuestro hijo. Te mandaré una lechuza, quizá para cenar hoy o mañana. ¿Está bien?
— Está bien —respondió, asintiendo también con la cabeza y tendiéndole la mano para cerrar el acuerdo—. Solo dile a Severus que rebaje la hostilidad delante de Scorpius, por favor.
Los ojos grises bajaron hasta la mano tendida. Pasaron muchas cosas por el pálido rostro de Draco, pero la estrechó con firmeza.
— Lo haré —esbozó una pequeña sonrisa y se giró para entrar de nuevo en su casa.
Harry se quedó un par de minutos mirando la casa, asumiendo la felicidad que sentía como un calor nuevo subiendo desde los pies. Sonriendo todavía, echó a andar calle abajo, con las manos en los bolsillos de nuevo y el corazón más ligero. Apenas había llegado al principio de la calle cuando escuchó pasos tras él y una voz llamándole por su nombre. Se giró y vio a Scorpius corriendo hacia él. Se detuvo, observando al pequeño alcanzarle, hasta que se paró a un par de metros.
— Harry…
— Hola ,Scorpius —respondió con voz temblorosa.
— ¿Puedo darte un abrazo? —preguntó el niño, respirando aún pesado por la carrera.
Sonrió y abrió los brazos, el pequeño cuerpo impactó contra él y se abrazó fuerte a su cintura, escondiendo la cara en su pecho.
— Pensaba que no volvería a verte —le escuchó susurrar..
— Lo sé. —Le abrazó a su vez muy estrechamente— Os escuché, Scorpius. Estaba dormido pero escuché vuestra discusión. Y cómo me defendiste.
— Papá no confía en nadie. Y ahora entiendo los motivos —respondió el niño apartándose y mirándose las manos—. Pero estás aquí, se equivocó.
Harry quiso acariciarle el pelo, quiso volver a abrazarlo y decirle que no iba a ir a ninguna parte. Pero no lo hizo. Se agachó, para que sus ojos quedaran a la altura de los de su pequeño, y le habló, con una suavidad que hasta entonces solo había usado con Hugo y Rose.
— Tu padre hace bien desconfiando del mundo mágico inglés, él solo quiere protegerte. Pero te prometo que voy a hacer lo que esté en mi mano para convencerle de que puedo ser un buen padre… hijo. Eso sí, hay que seguir sus reglas, no puedes salir corriendo de la casa sin avisar. Nos veremos en un par de días, te lo prometo, ahora vuelve.
El niño sonrió, una sonrisa que le recordó muchísimo a la suya propia, aunque hacía mucho que no la veía en el espejo. Y volvió a abrazarle antes de echar a correr para volver a su casa.
