Draco trabajaba en su escritorio. Después de casi seis meses instalados en Fiskars, la vida comenzaba a rodar. La empresa funcionaba, de hecho mejor que un año antes porque se estaban dando a conocer en los países bálticos y la costa rusa. Severus se había adaptado bien al cambio de clima, de casa y de laboratorio, esta vez lo habían instalado en un pequeño pabellón que había en el jardín, así que gruñía menos porque no había que usar hechizos para subir escaleras.
Una risa brillante interrumpió su trabajo y le hizo levantar la mirada de las órdenes de ingredientes que rellenaba. El sonido distante de una conversación entraba a través de la ventana entreabierta. El otoño en Finlandia era breve y había que aprovechar las últimas tardes de tímido sol, así que ahí estaban, padre e hijo sentados bajo un árbol en el jardín.
Se sirvió una taza de té y se acercó a la ventana. Harry ayudaba a Scorpius con los deberes. No era el lugar más ortodoxo para hacerlos, pero Draco había apoyado la sugerencia de Harry de que sería bueno pasar todo el tiempo posible al aire libre antes de que la nieve lo impidiera. La psicomaga de su hijo había aplaudido la idea, como casi todas las de Harry. Quizá…
— Hace buena tarde, podrías salir con ellos —le sobresaltó una voz a su espalda.
Su padrino tenía la maldita costumbre de ser muy silencioso.
— Tengo trabajo. Y es bueno que tengan tiempo para ellos.
— ¿Cuando empiece el frío también vendrá todos los días? —preguntó quejumbroso Severus.
— No lo sé —murmuró, observando el gesto concentrado de Scorpius mientras rasgueaba con la pluma.
Severus guardó silencio un momento antes de hablar, con un tono que evidenciaba que seguía perfectamente la línea de pensamiento de su ahijado.
— Draco… no ha hecho mención de marcharse —le recordó.
— Sigue viviendo en un hostal.
— Esto es pequeño, no es fácil encontrar una vivienda, nosotros tuvimos mucha suerte.
Draco no contestó. Dio un sorbo y luego otro, pensativo.
— ¿Qué te dijo ayer la sanadora Stuven? —cambió de tema Severus.
— Que avanzamos. Ha pasado un mes desde la última rabieta.
Las rabietas habían sido las protagonistas de sus primeros meses en Fiskars. Las dos primeras fueron recién instalados, antes de que apareciera Potter. En ese momento había mucho stress por instalarse en un lugar nuevo, los hechizos de traducción simultánea, montar el laboratorio. Y todo ese tiempo Scorpius estaba a ratos serio y a ratos directamente enfadado. Además de que tenía terribles pesadillas que hacían que casi todas las noches acabara durmiendo con su padre.
La primera rabieta le pilló por sorpresa. Scorpius había sido siempre un niño muy bueno, ni tan siquiera de pequeño había perdido el control de su magia por tirarse al suelo a patalear, así que la primera vez que lo hizo no supo como reaccionar. Después, cuando la terapeuta le preguntara qué activaba las pataletas, tendría que hacer un considerable esfuerzo por recordarlo, porque su mente siempre se quedaba en la solución, en los abrazos y los susurros, borrando los detonantes.
La aparición de Harry coincidió con el comienzo de la terapia. Las pesadillas habían ido en aumento y los cambios de humor se habían vuelto más violentos, así que hizo caso a Severus, que llevaba desde que habían salido de Inglaterra insistiendo en que Scorpius necesitaba más ayuda de la que ellos podían darle. La víspera de su primera visita a la terapeuta, Scorpius tuvo la rabieta más gorda desde su llegada a Finlandia.
— Cuéntame, Scorpius. ¿Qué ocurrió ayer?
El niño miró al suelo. Era el primer día, el único en el que Draco estaría presente.
— Me enfadé —murmuró, sin levantar la mirada de su propio pie, que jugaba con la alfombra.
— ¿Sabes decirme por qué?
— Quería ver a Harry. Y papá no me dejaba ir.
Draco fue a intervenir, a justificar sus actos, pero la terapeuta le paró con un gesto de la mano.
— Quién es Harry.
— Es mi otro padre. Lo acabo de conocer porque papá nos ha mantenido separados todo este tiempo.
Le dolió, como un golpe en las tripas.
— ¿Tu papá te dio una explicación de por qué no podías ir a verlo?
Scorpius no contestó, solo apretó los labios y frunció las cejas, la mirada aún baja.
— Scorpius, necesito una respuesta, por favor —le interpeló la terapeuta con suavidad.
— Sí —contestó por fin el niño.
— ¿La compartes conmigo, por favor?
— Papá dijo que habíamos visto a Harry la víspera. Y que ya era tarde y debía bañarme y recoger mi habitación antes de la cena.
— ¿Qué ocurrió después?
— Me enfadé. Mucho. Y me escapé.
La terapeuta miró un momento a Draco, que tenía cara de estar tratando de mantener el tipo delante de su hijo.
— ¿Dónde fuiste?
— A buscar a Harry.
— ¿Y lo encontraste?
— Sí. En su hostal.
— ¿Qué te dijo al verte?
Por primera vez, Scorpius levantó la mirada, con los labios apretados y los ojos llorosos, miró a su padre y habló.
— Me acompañó de nuevo a casa. Y me explicó que papá tenía razón, pero que hablaríamos los tres para intentar pasar más tiempo juntos.
— Scorpius, ¿entiendes que no puedes salir de casa sin avisar? ¿Que es peligroso y que tu padre se preocupa?
— Sí —susurró.
— ¿Quieres decirle algo? a partir del próximo día tu padre no estará presente.
Scorpius se giró en su silla y miró a su padre.
— No puedes separarme de Harry otra vez —le dijo, retador, levantando la barbilla.
Draco miró a la sanadora, que le hizo un gesto invitándole a hablar.
— Sé que estuvo mal lo que hice, Scorp. No voy a interponerme entre tu padre y tú, hijo. Solo quiero que estés bien.
— ¿No le dirás que se vaya? —preguntó, la barbilla temblando.
Su padre abrió los brazos y el niño se subió a sus rodillas. Lo abrazó fuerte.
— Cariño, te prometo que no haré nada para interponerme entre Harry y tú, de verdad.
Cumplió su palabra al pie de la letra. Acordaron que podían pasar tiempo juntos por las tardes y el sábado entero. ¿Sufrió? Sí, a cada paso, porque realmente no confiaba en Potter. No como padre, desde el primer día había demostrado capacidad y estar en la misma línea de pensamiento que él en lo educativo, sino como persona. Cada día esperaba que le comunicara que se marchaba.
— Potter está siendo bueno para él —acabó reconociendo, dejando la taza vacía sobre el escritorio.
No dijo el resto de lo que llevaba dentro. No le dijo a su padrino que había comenzado él también a ver a un terapeuta porque estaba sufriendo los efectos del secuestro y la inseguridad de tener que compartir a su hijo con su otro padre.
— Draco, —Severus movió su silla hasta quedar delante de él— a nadie le fastidia más que a mí tener a Potter todo el día por aquí. Pero estás haciendo lo correcto.
— Lo sé.
— Entonces, ¿por qué me ocultas que has buscado ayuda tú también?
Miró a su padrino con sorpresa.
— No te sorprendas tanto, ya deberías saber que hay pocas cosas que se me escapen.
Draco se dejó caer tras su escritorio y se frotó la cara con la mano.
— Me siento como un caldero a punto de desbordarse, Severus.
— Tienes que aprender a cuidarte, hijo —le dijo con los ojos negros brillantes, poniéndole la mano sobre el brazo—. Ya no depende todo de ti, pero eso no implica que no te necesitemos. Scorpius siempre va a necesitarte.
— Eso es lo que quiero creer —le contestó, mirando de nuevo a la pareja que hablaba en el jardín, con las cabezas muy juntas.
