Harry entró como una tromba en su despacho una tarde de diciembre.

— ¿Es cierto? ¿tienes una cita mañana?

Draco le miró, sin entender.

— Severus dice que tienes una cita mañana con el hermano de la mujer de la herboristería.

— No es asunto tuyo con quién salgo —contestó, volviendo a su trabajo con el ceño fruncido.

— ¡Claro que sí!

— No lo es, Harry. Soy un hombre adulto soltero, puedo salir con quien quiera— habló bajo, intentando mantener la calma.

— ¡Menos conmigo!

— ¿Disculpa? —preguntó incrédulo.

— Joder, Draco. ¿Necesitas un cartel luminoso? Estoy enamorado de ti —gruñó, revolviéndose el pelo.

— Eso no… eso no es posible —balbuceó Draco.

— ¿Por qué no? Hasta donde sé eres un hombre, a mi me gustan los hombres. Y está claro que somos sexualmente compatibles.

— Déjalo estar, no es una buena idea —trató de convencerle, poniéndose de pie tras la mesa.

— ¡No! escúchame al menos. Yo… —respiró hondo y bajó el tono— Eres un buen hombre, un luchador, y un gran padre. Admiro cómo has cuidado de Severus y de Scorpius, creo que eres amable, culto y muy guapo, entiendo que puedes salir con quien quieras y aún me sorprende que a estas alturas no haya llegado alguien que te ame como mereces. Dame una oportunidad de ser esa persona, por favor —suplicó.

Draco guardó silencio un momento, tratando de encontrar las palabras.

— No podemos, Harry —dijo finalmente—. Tenemos a Scorpius, si no sale bien...no podemos hacerle eso a nuestro hijo.

Harry lo miró por última vez antes de salir de la habitación. Draco se dejó caer en la silla de su escritorio otra vez y cerró los ojos, frustrado. El siseo de las ruedas de la silla de Severus le hizo enderezarse y mirar hacia la puerta.

— ¿Potter se ha ido? pensaba que se quedaría a cenar otra vez.

Se puso en pie y recogió los contratos que había estado revisando antes de salir del despacho sin contestar a su padrino.

— ¿Qué pasa, Draco?

— Sé que te gusta chinchar a Harry, Severus, pero era innecesario que fueras a contarle que tengo una cita —le dijo con tono cansado mientras se servía un vaso de agua en la cocina.

— ¿Se ha enfadado?

— No es asunto tuyo.

— Lo que te altera de esta manera es asunto mío seguro, hijo.

Se sirvió un segundo vaso y se sentó en una de las sillas.

— Dice que está enamorado de mí —murmuró.

Para su sorpresa, en la cara de Severus se pintó una gran sonrisa.

— ¡Por fin!

— ¿Por fin? ¿Eso es todo lo que tienes que decir? tú le odias.

La melena canosa se movió cuando negó con la cabeza.

— Yo no le odio.

— Venga, hombre, llevas años criticándolo a la mínima. Intentaste maldecirle en el hospital, ¿crees que no lo sé?

Severus volvió a negar y se acercó a su ahijado, hasta ponerle la mano en la pierna.

— Le odiaba, porque le culpaba por todo lo que pasaste con el embarazo, pero eso es pasado. Creo que es un buen hombre para ti.

Las dos cejas rubias se levantaron muchísimo. Bebió de su vaso de agua y desvió la mirada a la nevada que se veía por la ventana.

— Le he dicho que no. No podemos hacerle eso a Scorpius.

— ¿Hacerle qué? el mayor sueño de tu hijo es que seáis una familia, que sus padres estén juntos.

— Severus, mi hijo sueña, es un niño. —Volvió la mirada a su padrino, con los ojos grises enrojecidos y la voz ronca— Tú y yo sabemos que en algún momento Harry se marchará, volverá a su vida de auror en Inglaterra y dejará a Scorpius con el corazón destrozado.

— Sigues sin confiar en él —le acusó Severus.

— No confío en nadie, Severus. Y mucho menos si afecta a mi hijo.


A pesar de la discusión, Harry confirmó unos días después que iba a quedarse en Finlandia durante la Navidad. Cumplió con todas las promesas que le había hecho a su hijo, incluida la de ir a cenar con ellos en Nochebuena y la de hacerle un regalo muggle.

Cuando se hizo la hora de irse a dormir, Scorpius refunfuñó, se resistió y lloriqueó, hasta que Draco, con un suspiro, le ofreció a Harry que se quedara a dormir allí, porque la nevada era muy intensa y su nueva casa aún no tenía el flú conectado, así que era posible que no pudiera estar para el desayuno como le había prometido al niño.

Draco se levantó a mitad de noche y lo encontró sentado en el sofá, con un álbum en la mano. Desde la entrada de la sala reconoció el álbum de bebé de Scorpius y vio que Harry estaba duplicando una foto de Draco con el recién nacido en brazos. Lo vio abrir otro álbum y pegar la foto antes de carraspear para hacerse notar.

— ¿Qué tienes ahí? —preguntó, caminando hasta dejarse caer a su lado.

Harry abrazó un momento el álbum antes de tendérselo.

— Cuando llegué a Hogwarts, Hagrid me regaló esto. —Draco lo abrió y ojeó las viejas fotos— Pidió favores a varias personas y reunió para mi fotos de mis padres. Fue la primera vez que los vi.

— ¿No tenías fotos de ellos de niño? —preguntó incrédulo.

— No supe nada de mis padres hasta que él me entregó la carta, mis tíos me decían que habían muerto en un accidente de coche, insinuaban que mi padre iba borracho.

— Eso es terrible, Harry.

Harry tomó de sus manos con suavidad el álbum y lo abrió por una página de la zona central.

— Remus y Sirius tenían más fotos, las recuperé cuando murieron. Después empecé a añadir nuevas, las de mi gente.

Pasó páginas mostrándole varias fotos con sus amigos, los Weasley, la boda de Ron y Hermione, sus hijos. Entonces llegó a la página en la que había puesto la foto que había duplicado. Draco no dijo nada, siguió mirando las páginas siguientes. Había dos fotos más con Scorpius, que revelaban muchísimo de la relación que estaban construyendo padre e hijo. Y una última que les había hecho su hijo ese mismo día, con la cámara polaroid muggle que Harry le había regalado.

Draco lo miró un momento, y luego miró la mano de Harry sobre el álbum, acariciando la foto. Le brillaban los ojos.

— Podrías haberme pedido la foto del bebé. Te daré todas las que quieras, ¿lo sabes, verdad?

Harry asintió, pero no apartó la mirada de la fotografía. Draco lo vio tragar dos veces seguidas.

— ¿Estás bien? —preguntó con suavidad, preocupado.

Volvió a asentir.

— Este álbum… es lo único que tengo, Draco. De mis padres, de Sirius, de Remus, de Ron… He perdido a tantas personas en mi vida que cada vez que conozco a alguien empiezo a despedirme. Lo que pasamos con Scorpius… casi lo pierdo sin conocerlo. Y sin conocerte a ti.

— A mi me conoces desde hace veinte años.

— No es verdad y lo sabes. Aquella noche en el bar… si las cosas hubieran sido distintas, si nos hubiéramos encontrado el sábado siguiente, te habría pedido una cita.

— Harry, yo… fui a buscarte, y si te hubiera encontrado podríamos haber acabado juntos por el motivo equivocado. ¿Te das cuenta? de ninguna manera habría funcionado entonces. Y no quiero —carraspeó— no quiero pensar en abrir una puerta a un nosotros por Scorpius, ¿me entiendes?

— No, no te entiendo. Primero me pones como excusa que, si no funciona, él va a sufrir, ahora me dices que no se trata de estar juntos para hacerle feliz. Te estás llenando de excusas para no pensar en lo que quieres tú realmente. No voy a marcharme porque me digas que no me quieres, Draco, he venido a quedarme, sois mi familia, pero haz el favor de ser honrado conmigo y, sobre todo contigo mismo.

Draco se quitó las gafas y se frotó los ojos.

— ¿De qué tienes miedo?

— Tengo miedo de todo. Me he acostumbrado a ponerme en segundo lugar y estar solo. Es más seguro no depender de nadie.

— Por dios, Draco. Eso no es vivir, es sobrevivir.

Le paso con cuidado el brazo por los hombros. Para su sorpresa, Draco se dejó abrazar y apoyó la cabeza en su hombro.

— Acepté la cita con Jan porque pensé que sería bueno conocer a alguien de cero, ¿sabes? Alguien que no conozca mi pasado.

— ¿Y funcionó?

— Fue agradable. Pero creo que no conectamos. No sé, quizá soy yo, que ya no valgo…

— Deja de boicotearte. No eres un anciano, joder, tienes toda una vida por delante.

Draco guardó silencio, pero no se movió, las gafas aún en la mano, abrazado por Harry. No pudo evitar una pequeña sonrisa, si su hijo les viera así se volvería loco de alegría.

— ¿Qué pasó con tus gafas? —preguntó de repente, sin venir a cuento.

— Lentillas —le respondió, acariciando con timidez su hombro—. Las gafas eran un incordio para el trabajo y ya me he acostumbrado. De todas formas, a ti te quedan mejor que a mi.

— ¿Tú crees?

— Yo no miento nunca, Draco. Pero bueno, no puedo negar que me pareces guapo siempre.

Escuchó una risita que le provocó una sonrisa. Era tan raro escuchar reír a Draco…

— Tus técnicas de conquista son poco sutiles.

— No creo haber destacado por mi sutileza nunca.

Draco se separó un poco y le miró. Por un momento, Harry deseó haber aprovechado más las clases de legeremancia en el colegio, porque el rostro pálido frente a él se veía cuidadosamente neutro. En seguida algo cambió, un brillo en los ojos grises antes de que Draco se acercara un poco más y le besara. Despacio, dubitativo, pero un beso.

— ¿Qué ha sido eso? —preguntó al cabo de un minuto cuando Draco se separó y volvió a apoyarse en su hombro.

— No lo sé, la verdad. Pero quizá podamos descubrirlo juntos.

Harry no contestó, se limitó a sonreír y volver a abrazarle contra él. Juntos sonaba muy bien.