Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada y Chimaki Kuori.
Ser un detective en Atenas no era tan glamoroso como ser detective en Los Ángeles o Nueva York o cualquier lugar que ambientara las películas americanas. Ser detective en Atenas era peligroso, entre los delincuentes comunes y los que se organizaban, había mucho papeleo que debía llenarse todos los días todo el tiempo.
De vez en cuando Caín y Ox salían a patrullar en las calles, como cuando eran jóvenes e inocentes, cuando creían que las cosas serían sencillas porque la mayoría de los ciudadanos seguían las leyes. A veces solía encontrarse con una banda de jóvenes holgazanes que se la pasaban perdiendo el tiempo en las calles, pintarrajeando las paredes o vendiendo cosas en la vía pública, a veces Caín persiguía a su líder por calles antes de que el peliazul se desapareciera al doblar alguna esquina, últimamente el líder parecía haber desaparecido, pero ninguno de los dos detectives pensaba que el chico finalmente hubiera encontrado el camino correcto.
La mayor parte del tiempo tenían trabajo de investigación, algunas veces terminaban por involucrarse en tiroteos en la periferia, en otras recurrían al maquillaje y disfraces para poder aprehender a los malos.
Era un trabajo complicado, muchos de sus compañeros estaban solteros debido a eso; era complicado vivir al límite, debatiéndose entre la vida y la muerte sabiendo que existe alguien que espera tu regreso. También había muchos compañeros con pareja y matrimonios estables que se esforzaban en su trabajo por los suyos, para mantenerlos a salvo, para darles una mejor ciudad.
Eran dos puntos de vista que convivían a veces en paz y otras en guerra.
Caín estaba en un punto medio. Si bien nunca había tenido una relación de larga duración debido a lo centrado que estaba en su trabajo, sus amigos eran una parte importante de su vida, protegerlos estaba en su lista de prioridades, junto con coleccionar todos los libros de J. R. R. Tolkien. De cierta forma era dedicado a su trabajo por el bien de sus amigos.
O sólo habían sido ellos…
En los últimos meses se había visto inmerso en una disyuntiva, una problemática que no sabía cómo resolver. Por supuesto que había salido con chicas antes, pero nunca había encontrado una con la que compartiera tantas cosas.
Rebecca era una en un millón: inteligente, ruda, divertida, experta en vehículos en dos ruedas, amante del café amargo, una deportista innata…
Era todo el paquete.
El paquete que Caín temía abrir.
Ox lo sabía, conocía a su amigo bien, y se preocupaba por él, demasiado.
Cuando su misión nocturna terminó en el hospital, Ox, conociendo la rutina, mantuvo la calma a pesar de su preocupación y esperó hasta la mañana para llamar a todos sus amigos.
—¿Cómo está Caín, Ody? —preguntó Écarlate, todos estaban reunidos en la sala de espera, preocupados, pero eso no evitó que el mayor lo mirara con algo de fastidio— ¿Cómo está Caín, doctor Ody?
Odysseus soltó un tenue suspiro y prefirió enfundarse en su papel de médico; veía a sus amigos preocupados, no podía alargar su agonía.
—La bala perforó su brazo izquierdo, justo debajo del chaleco, no tocó el hueso o algún nervio y la operación fue un éxito.
—¿No entró y salió? —preguntó Gestalt.
—No, era un bala de menor calibre, pequeña, pero no hay daño grave ni habrá daño permanente.
—¿Podemos verlo? —Kaiser era de los más preocupados, aunque no lo mostrara.
—Aún está dormido, quiero que se quede todo el día para monitorearlo.
El doctor se quitó el flequillo del rostro y le dió un par de palmadas en el hombro a Izō, quien estaba más cerca; aún tenía algo de trabajo, pero quería asegurarse de que ellos estuvieran bien.
—¿Ya hablaron con Shijima? —Para quitar el pesar del ambiente, Odysseus optó por dirigir la conversación— ¿Y la novia de Caín?
—Todavía no es su novia, no se atreve a pedírselo —Dohko cruzó los brazos, en su lugar él no habría perdido ni un minuto.
—Hablé con su asistente hace un par de horas —dijo Cardinale, respondiendo la primera pregunta—. No sé si vaya a venir, dijo que Shijima tenía varias juntas con un montón de gente y un almuerzo con el príncipe de algún lugar de Asia.
—Nunca pensé que Shijima fuera tan importante —pensó en voz alta Odysseus.
—Él tampoco —respondieron Mystoria y Écarlate.
—No sé si debería hablar con Rebecca.
Ox sabía que en las últimas semanas Caín se había sumido en una gran carga de trabajo debido a que estaba huyendo de sus sentimientos. Ox lo conocía como la palma de su mano, habían ido juntos a la escuela, después a la academia de la policía y ahora trabajaban juntos. Más de veinte años juntos, y a Ox aún le causaba gracia lo complejo que era para Caín admitir sus sentimientos hacia alguien más.
—Sencillo —Death Toll sacó su teléfono celular—. Le escribiré a Mania para que le diga a Shijima que deje de fingir que le interesan esas juntas, ella le dirá a Rebecca; es su problema si le importa.
—Y así descubrimos si es un interés mutuo o Caín sólo soñaba con una vida mejor —Shion sostuvo a Death Toll por los hombros—. Ese era exactamente mi plan, nuestras mentes están comenzando a trabajar como una sola.
Rebecca descruzó sus brazos, alzando el dedo índice de la mano derecha, indicó que todavía le faltaba una vuelta a Erda; la joven soltó una maldición que se escuchó en toda la pista, pero su tía la ignoró y volvió a sumirse en sus pensamientos.
Habían pasado tres años desde la última relación que mantuvo con alguien más, aún más que eso desde que alguien la hacía sentir algo que podría, un podría muy marcado, llamarse amor. No sabía si estaba preparada para eso, menos con alguien que seguía tan fervientemente las leyes.
Desde que era joven las leyes le habían causado algo de problemas, era una ciudadana normal y por supuesto que respetaba las leyes, las más importantes obvio, habla algunas otras que le causaban algunos problemas, como el límite de velocidad o no golpear a desconocidos en la calle si intentaban pasarse de listos con ella.
Caín siempre la miraba con una ceja levantada cuando estaba a punto de romper alguna norma. El peliblanco solía mantener una expresión seria hasta que, después de unos segundos de intercambio visual, una tenue sonrisa se dibujaba en sus labios, a veces incluso hasta soltaba un carcajada.
Y Rebecca sentía que sus mejillas se calentaban como un sartén preparado para su uso.
Oh, el amor.
Amor que hace perder el sentido común y marea el corazón.
Rebecca frunció el ceño, levantó de nuevo la mano y le indicó a su sobrina que debía dar otra vuelta.
"No vale la pena", pensó, recordando que Caín tenía semanas sin hablarle. Si al hombre no le interesaba ella no rogaría.
Después de someter a Erda a una cruel tortura, Rebecca salió con ella del Parque Olímpico; ella, esperando que Androktasia fuera amable por primera vez en su vida y ya tuviera lista la cena, Erda sólo quería arrojarse a su cama y no saber nada del mundo hasta el día siguiente. Ninguna esperaba ver a Mania afuera del lugar, luciendo algo nerviosa, o eso pensó la joven al ver su expresión seria.
Rebecca, en cambio, perdió toda la concentración.
Había interpretado el silencio de Caín como muestra de que en realidad no estabas interesado; cuando su vieja amiga le dijo que el detective estaba en el hospital, con herida de bala, ella sintió que su interior se estrujaba y algo se rompía.
Se preocupó en extremo, de inmediato le dejó su motocicleta a Erda y partió con Mania al hospital; ignorando que en realidad iban a viajar en un auto de lujo con Hysminai y Shijima, y que su amiga del alma sostenía de la mano al pelirrojo con fuerza, en una acción íntima que le habría puesto los pelos de punta.
Llegaron al hospital justo cuando todo el grupo de amigos estaba saliendo, las horas de visita ya habían terminado.
—Ody dijo que podemos regresar mañana —les dijo Écarlate cuando se encontraron en la salida—. No regresaremos todos, pero pueden venir mañana.
—¿Saben si el director del hospital todavía está aquí? —preguntó Shijima.
—Ody dijo que iba a reunirse con él justo ahora —Dohko sonrió cuando el pelirrojo asintió y se fue sin decir nada más, con su asistente detrás de él porque no quería estar al lado de la otra mujer pelinegra.
—Me alegra verte, Rebecca —con una sonrisa amable, Ox puso una mano sobre el hombro de la mujer.
Rebecca se sonrojó. No le gustaba estar en el ojo del huracán, en especial ese huracán, pero eso no le importó en ese momento; no podía dejar de pensar que tal vez Caín estaba debatiéndose entre la vida y la muerte, el hombre que quería estaba en una lucha.
El hombre que quería.
—¿Y qué fue lo que ocurrió? —preguntó Mania, ignorando por completo el gran descubrimiento que acababa de hacer su amiga.
—El estúpido chaleco no tenía mangas —murmuró Gestalt, haciendo una mueca.
—Caín estaba haciéndose el héroe, siempre hace eso —Izō cruzó los brazos y negó con la cabeza, no podía evitar admirar ese lado de su amigo, Caín no dudaba en ponerse frente a un arma para defender a otros, literalmente.
—Las cosas se complicaron en la redada, los criminales retuvieron civiles y Caín salvó a uno de ellos.
—¿Creen que ahora sí le den una medalla? —preguntó Mystoria, recordando que su amigo todavía no era reconocido por su importante trabajo.
—Tienen que hacerlo.
Rebecca sólo reaccionó cuando Shijima volvió a aparecer por la entrada del hospital, charlando con su asistente como si estuvieran hablando del clima. De hecho todos parecían estar hablando como si uno de sus amigos no estuviera en el hospital; Mystoria, Mania y Cardinale charlaban sobre libros y presumían sus logros académicos; Écarlate, Dohko e Izō discutían sobre el lugar en el que cenarían después de que el castaño recogiera a su hija; Ox Death Toll y Kaiser discutían sobre la merecida medalla de Caín; y Shion y Gestalt ya estaban acercándose a Shijima.
—¿Para qué querías hablar con el director del hospital? —preguntó Gestalt.
—Para echarle en cara que Shaka podría estudiar dos carreras en Oxford, y una de ellas es medicina —señaló Hysminai, con la cabeza en lo alto y porte orgulloso.
—¿De verdad lo hiciste? —Shion alzó una ceja, eso era nuevo.
—Tenía que hacerlo, ese sujeto expulsó a Shaka del programa sin hacer una investigación del caso, incluparon a mi rubio a propósito—sin su corbata roja y el saco de su traje hecho a la medida, el pelirrojo habló con un poco más de soltura—. Debería de volver a hacer esa huelga, ¡Hysminai! ¡Nos encadenaremos a ese árbol por nuestra libertad, exigiendo nuestros derechos como ciudadanos del mundo! ¡No a las empresas dueñas de los medios de producción!
—De verdad, de verdad extraño a ese sujeto —murmuró Écarlate, detrás de Rebecca, que sólo rodó los ojos y se acercó al pelirrojo con una expresión molesta.
—¿Qué ocurrió con Caín? —preguntó, esperando buenas respuestas.
—Habitación 469, cuidados intensivos, puedes quedarte con él toda la noche si quieres, pero no hagan mucho ruido, a la mayoría de la gente no le gusta escuchar esas cosas.
Rebecca habría abofeteado al pelirrojo sino hubiera estado tan preocupada.
Caín ya estaba despierto cuando el Sol había caído en el cielo para dar paso a la Luna y una cálida brisa se filtró a través de la ventana abierta de su habitación. Estaba bien, sólo fue levemente herido en el brazo; no era la primera vez que salía herido en su trabajo y sabía que no sería la última.
Su mirada estaba puesta en el techo, aburrido; lo peor de ser herido era lo inútil que se sentía postrado en una cama mientras sus compañeros tenían que ocuparse de su trabajo pendiente. En sus incidentes anteriores Caín había utilizado su tiempo en el hospital reflexionando sobre algunos puntos importantes de su trabajo o vida personal, pero en esa ocasión no quería tener tiempo libre para pensar.
Siempre que lo tenía terminaba pensando en ella.
No se suponía que debía ser así; Caín no era un hombre enamoradizo, el amor estaba prohibido por los riesgos de su trabajo… Y aún así, ahí estaba él, en una cama de hospital con un brazo temporalmente inmovilizado, suspirando como adolescente por una mujer que tal vez ya lo había olvidado.
Pensó en ella sintiendo que algo se clavaba en su corazón, una pequeña espina de abandono; recordó su risa jovial, capacidad de liderazgo y sentido de rebeldía. Creyó que posiblemente había pensando tanto en ella que ya hasta alucinaba, puesto que en ese momento la puerta de su habitación fue abierta y Rebecca apareció, como una alucinación venida directo de sus más sublimes fantasías.
Sólo supo que no estaba soñando cuando la mujer se acercó a la cama y le dió una bofetada que lo hizo voltear la cabeza.
—¿Qué…? —preguntó por lo bajo, lo suficiente alto como para que ella apenas lo escuchara sobre el sonido de las máquinas que estaban a su alrededor, una medida de Odysseus para asegurarse de que su amigo estuviera bien, o exageración según Mystoria.
—Eso fue por dejar de llamarme.
—¿Qué…? —repitió, volteandose a verla justo en el momento en el que recibió otra bofetada.
—Y eso es por preocuparme —sentenció la mujer—. Debería golpearte más, hasta que valiera la pena que estuvieras en esa cama; eres un imbécil, obstinado, valiente…
Rebecca lo tomó por el cuello de la bata y se agachó para poder besarlo, descubriendo que había deseado poder hacerlo antes. Caín parpadeó varias veces al sentir la suave caricia, el ardor de su rostro por las dos bofetadas quedó olvidado y se encargó de corresponder con fervor.
Cuando su subconsciente le susurró, para no interrumpir el momento, que el repentino acelero de su corazón y ese hormigueo que sentía en la mano izquierda, que se mantenía en un cabestrillo, por anhelar tocarla, eran producto de algo un poco más fuerte que el cariño, algo que nunca había sentido en el pasado, a lo que el hombre le escribía poemas y canciones, Caín se alejó de ella.
No podía hacerlo, su trabajo…
—Gracias por venir —dijo, adoptando de inmediato la expresión seria y firme que tenía cuando trabajaba— ¿cómo te enteraste?
—Eso no te importa —Rebecca se enderezó y adoptó la expresión que usaba cuando los jóvenes deportistas se cansaban demasiado rápido—. ¿Vas a decirme por qué cambiaste de opinión o nos enfrentaremos al innecesario drama?
Caín relajó su rostro; por eso la mujer le gustaba, iba directo al grano.
—Mírame… en esta ocasión no fue nada, pero no es la primera vez que termino en el hospital, soy un representante de la ley, mi trabajo es riesgoso, no puedo…
Rebecca cubrió su boca con su mano, negando con la cabeza. Ahora lo entendía, su miedo ante la posibilidad de dejar a alguien por los riesgos de su trabajo, ¿cómo podía amar y dejar que lo amaran si en cualquier momento podría dejar el mundo?
—Debería golpearte de nuevo —murmuró—. Entiendo lo que dices, pero me subestimas, sé en lo que me estoy metiendo, comprendo tus miedos y estoy dispuesta a compartirlos, la gente sufre accidentes todo el tiempo, no es sólo tu trabajo, uno no controla cuánto tiempo nos queda —Rebecca se sonrojó, nunca había sido buena con los discursos románticos—. Incluso si aún así… te comportas como el necio que eres… de todas formas tendrás que verme porque para mi desgracia Mania se acopló bastante bien a tu extraño grupo de amigos.
Caín sonrió abiertamente, él tampoco era un hombre de palabras.
—¿Incluso si, en el futuro…?
—Nos preocuparemos del futuro cuando lleguemos a él. No puedes prohibirte vivir sólo por el miedo de morir, eso es natural, a todos nos pasará... Ahora, sólo te diré que no existe un obstáculo que no esté dispuesta a sortear siempre y cuando dejes tu papel de héroe de vez en cuando.
—Me pondré un chaleco con mangas como sugirió Écarlate —bromeó Caín, estirando su mano libre para poder tomar la de la mujer, que la retiró de inmediato.
—Ah, no, esto no será sencillo, deberás recompensarme por tu absurdo abandono, no planeo dejártelo tan fácil… tal vez una vuelta en tu Harley…
Él era un rudo representante de la ley, un hombre serio que suspiró enamorado cuando Rebecca se sentó a su lado y comenzó a preguntarle cómo había llegado a ese lugar. Era el inicio de un nuevo modo de vida, de dejar atrás los miedos y avanzar, junto a una mujer que lo completaba.
Al frente del hospital, los amigos de Caín comenzaron a retirarse, o fueron echados en realidad, cuando la idea de una huelga comenzó a tomarse un poco en serio. Ox no dudó en tomar el liderazgo, para evitar que sus planes de huelga se efectuaran, imaginando que a partir de ese momento su compañero reduciría su tiempo en el trabajo, al fin.
