Gracias a todos por vuestro interés en esta nueva historia :)


Capítulo Dos

Té negro


7 de noviembre de 2005

Draco sonrió, observando las pequeñas nubes que cruzaban el cielo azul de Lyon mientras bebía otro sorbo de su café.

Había sido duro, pero poco a poco se estaba acostumbrando a no utilizar su varita. Diariamente tenía que recordarse a sí mismo varias veces que estaba rodeado de muggles, y que no podía arriesgarse a romper el Estatuto Internacional del Secreto Mágico.

Las autoridades mágicas de Francia no sabían que estaba en el país y no pensaba permitir que lo descubrieran por un estúpido error.

El traslador de su padre lo había llevado directo a la mansión familiar ubicada cerca de Caen, pero Draco no se había quedado allí mucho tiempo. Sospechaba que sería el primer sitio donde el Ministerio lo buscaría cuando se dieran cuenta de que había escapado.

Recogió todo el dinero muggle que encontró repartido por las tres cajas fuertes de la casa y, tras reducir su maleta al tamaño de una moneda y esconderla en su bolsillo, salió a los jardines y atravesó la verja de metal vestido con un abrigo negro y pantalones vaqueros.

Parecía un maldito muggle.

No tardó en estar rodeado de ellos en cuanto llegó a las afueras de la ciudad. Draco disimuló su desagrado mientras atravesaba las calles llenas de personas que hablaban demasiado alto y caminaban demasiado deprisa.

Más de una vez había utilizado los coches encantados de su padre para desplazarse por Londres, pero no entendía cómo funcionaban las señales que estaban clavadas en los bordes de las aceras y que parecían dirigir el tráfico.

Se resignó a observar a los muggles, imitando lo que hacían y tomando nota de cuándo cruzaban mientras seguía las indicaciones que había apuntado en una hoja.

Necesitaba llegar a la estación de tren lo antes posible.

Draco suspiró aliviado al ver el edificio de paredes blancas y, una vez dentro, leyó las pantallas donde salían los nombres de decenas de ciudades francesas y alguna alemana.

Alemania no era una opción. Allí también conocían a los Malfoy.

Lo mejor era ir hacia el sur.

Draco compró un billete hacia París, observando sus alrededores en busca de cualquier persona sospechosa que pudiera ser un auror británico esperando una buena oportunidad para detenerlo sin llamar la atención.

Consiguió subirse al tren sin ver nada extraño y lo recorrió hasta el final, sentándose en un vagón que todavía estaba vacío.

Apoyó la cabeza en el cristal y suspiró por la nariz, entrecerrando los ojos mientras contemplaba a los muggles que caminaban por el andén.

Horas después llegó a la capital del país, y se quedó en uno de los mejores hoteles muggles que encontró durante varios días.

Era agradable estar en una ciudad que ya conocía, pero necesitaba seguir moviéndose. El Ministerio de Magia Francés tenía su sede bajo el río Sena y no tardarían en enterarse de que Draco Malfoy había huído de Inglaterra y estaba en busca y captura.

Siguió bajando por el país, descansando en varias ciudades hasta llegar a Lyon. Allí no había comunidad mágica y estaría más seguro por lo que decidió quedarse algunos días.

De eso hacía varias semanas. Tras un pequeño confundus, un muggle muy amable le ofreció alquilar su piso a un módico precio, y había encontrado varios restaurantes que estaban a la altura de sus espectativas en ese mismo barrio.

La cafetería donde se encontraba estaba a solo unos metros de distancia, y en la esquina había una librería donde ya había gastado cientos de euros.

Incluso había tenido que comprar otra maleta donde ahora guardaba todos sus libros y algo de comida. A Draco le resultaba divertido leer las historias de fantasía que escribían los muggles, imaginando un mundo donde la magia era real.

Algunos de esos libros se acercaban tanto a la realidad que le ponían los pelos de punta. O esos escritores tenían mucha imaginación, o habían visto algo que no debían.

Draco removió su café y bebió otro sorbo, sonriendo cuando la camarera lo miró de reojo al pasar por su lado.

Era una chica de más o menos su edad, rubia y muy atractiva. Una lástima que fuera una simple muggle.

Aunque, después de cuatro semanas sin tener contacto humano, Draco se estaba planteando hacer una excepción.

Nadie tenía por qué enterarse.

La miró fijamente mientras ella atendía las otras mesas y no tardó en captar su atención. La chica se acercó, sujetando la bandeja contra su pecho, y señaló su mesa con un movimiento de barbilla.

—¿Por qué siempre te sientas en el mismo sitio?

Draco entrecerró los ojos con desconfianza. Siempre pedía su café en francés pero ella le estaba hablando en inglés.

—¿Cómo sabes que hablo inglés?

Ella se encogió de hombros.

—Te he visto leer libros en ese idioma.

Él no pudo evitar sonreír. Esa muggle de acento adorable lo había estado observando, tal y como imaginaba.

—Porque desde aquí tengo las mejores vistas —murmuró, moviendo las cejas.

Y así era. Desde aquella mesa podía ver el interior de la cafetería y toda la calle. Aunque se había relajado un poco, todavía estaba alerta a cualquier cosa extraña que pudiera ocurrir a su alrededor.

Esa semana había decidido que en un par de días se marcharía a Italia. Mejor poner más distancia entre él e Inglaterra.

Su objetivo final era llegar a algún país lejano como Rusia o Finlandia, donde su pelo rubio platino no llamara mucho la atención y pudiera integrarse en la comunidad mágica sin temor a ser descubierto.

Pero no pensaba subirse en una de esas máquinas metálicas que volaban por el cielo. No estaba tan desesperado.

Viajar en tren era más seguro, incluso agradable una vez que se había acostumbrado al bullicio de las ciudades muggles.

La chica se sonrojó y dio un paso más hacia él.

—¿Cómo te llamas?

—Draco —contestó él, recorriendo sus curvas con la mirada y ampliando su sonrisa. —¿Y tú?

No le importaba mucho su nombre. Tan solo si estaba dispuesta a pasar con él una noche.

—Qué nombre tan curioso —comentó ella, riendo entre dientes. —Yo soy Nicolle.

Draco apoyó la barbilla en su mano.

—Dime, Nicolle —repitió su nombre con voz grave, mirándola a través de sus pestañas. —¿Qué vas a hacer más tarde?

Su truco más viejo y que siempre le había funcionado desde que salió de Hogwarts. El sonrojo de Nicole se extendió, bajando hasta su cuello.

—No tengo ningún plan —admitió ella en voz baja.

Draco apoyó la espalda en su silla, cruzándose de brazos.

—Vivo cerca de aquí —comentó, señalando con la cabeza el final de la calle. —¿Te gustaría venir a mi piso?

Ella se mordió el labio mientras paseaba su mirada entre la barra y el rostro de Draco.

—Me encantaría —contestó Nicolle, volviendo a sonreír. —Salgo en media hora.

—Te esperaré.

La chica asintió, suspirando mientras recogía su taza vacía.

—¿Quieres otro café?

Él sacudió la cabeza.

—Mejor un té. Negro.

Nicolle lo miró una última vez antes de dar media vuelta.

—Vuelvo enseguida.

Draco cuadró los hombros y sacó un libro del bolsillo interior de su chaqueta, dejándolo sobre la mesa. Tenía que reconocer que los muggles tuvieron una gran idea al hacerlos también de tamaño pequeño para poder llevarlos a todos sitios fácilmente.

Aunque no necesitarían nada de eso si pudieran hacer magia.

Lo abrió por la página que se había quedado la noche anterior. Aprovecharía esa media hora para descubrir cómo salían Sam y Frodo del lío en el que estaban metidos.

Draco frunció el ceño mientras leía, pasando las páginas en silencio mientras la cafetería se iba vaciando.

El personaje de Gandalf le recordaba a Dumbledore.

Murmuró un agradecimiento cuando Nicolle dejó una taza de té en su mesa, incapaz de alejar sus ojos del libro.

Debería investigar si Tolkien había sido realmente un muggle. Sabía demasiado sobre las propiedades de la magia.

Los minutos pasaron con rapidez y, antes de que se diera cuenta, ella estaba de nuevo junto a su mesa. Se había quitado el uniforme y llevaba un vestido floral que le llegaba hasta las rodillas bajo su abrigo.

Draco se levantó, dejando algunas monedas en la mesa y despidiéndose de la dueña antes de salir por la puerta junto a Nicolle.

Ella se aclaró la garganta, sacando un trozo de papel de su bolso y ofreciéndoselo.

—Este es mi número.

Draco lo sujetó entre sus dedos, mirando los números escritos con el entrecejo arrugado.

¿Qué demonios? Él no tenía uno de esos aparatos que los muggles usaban para comunicarse, y no sabía utilizarlos.

Lo dobló, guardándolo en su bolsillo. No tenía pensado volver a verla así que no importaba.

—Gracias.

Adelantaría el viaje a Italia y se marcharía en cuanto se despertara al día siguiente. No quería tener que darle explicaciones a aquella muggle.

Vio que se estaba retorciendo las manos y se acercó más a ella, chocando su hombro con el suyo suavemente.

—¿Estás bien?

Ella soltó una risita nerviosa y agitó su larga melena rubia hacia atrás, dejando que cayera por su espalda.

—Sí, yo... —suspiró, agarrando con fuerza su bolso y mirándolo a los ojos. —Nunca he hecho esto. En realidad eres un desconocido.

Draco arqueó las cejas y le dedicó una pequeña sonrisa tranquilizadora.

—Hace semanas que me ves todos los días.

—Pero hasta hoy no hemos hablado —insistió ella, bajando la mirada. —Aunque me fijé en ti desde el primer día —añadió en un susurro.

La sonrisa de Draco se curvó hacia un lado. Lo había notado.

Se detuvo al llegar al portal y sacó las llaves de su bolsillo.

—Es aquí.

Los dos entraron en el rellano y ninguno de los dos volvió a hablar hasta que el ascensor se abrió. Draco se acercó a ella una vez que estuvieron dentro, colocando un brazo a cada lado de su cuerpo y atrapándola contra el espejo.

—Yo también me fijé en ti —susurró, inclinándose sobre sus labios.

Otra mentira. Estaba demasiado preocupado como para pensar en chicas o en sexo cuando llego a Lyon.

Ella dejó salir un suspiro tembloroso y cerró sus ojos verdes, agarrando el cuello de su chaqueta y poniéndose de puntillas.

Toda la confirmación que necesitaba.

Draco mordió su labio inferior, trazándolo con la punta de su lengua y sonriendo cuando Nicolle los separó, dispuesta a recibir sus besos.

Demasiado fácil.

La besó lenta y profundamente, dándole un pequeño anticipo de lo que tenía pensado hacer con ella aquella noche.

No se apartó hasta que el ascensor se detuvo al llegar a la novena planta, colocando un mechón de pelo tras su oreja y dejándola salir primero.

Algo se agitó en su entrepierna mientras caminaba por el pasillo tras ella. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez.

Draco sujetó su muñeca, tirando de ella hacia la derecha y guiándola hasta la puerta de su apartamento.

Nicolle estaba más nerviosa. Lo miró mientras él abría la puerta, retorciendo un mechón de pelo entre sus dedos.

—Tranquila —susurró Draco, rodeando su cintura con un brazo. —No haremos nada que no quieras.

La besó de nuevo, cerrando la puerta con el pie y avanzando por el oscuro pasillo con ella entre sus brazos.

Nicolle se rio cuando su abrigo cayó al suelo. La chaqueta de Draco fue lo siguiente.

Entraron en el salón todavía riendo mientras él mordisqueaba el lóbulo de su oreja. Tenían que atravesar esa habitación para llegar al dormitorio.

Tres personas lo estaban esperando allí, vestidas con túnicas negras.

Toda la sangre abandonó su rostro al verlos y sintió que su corazón se detenía.

—Me temo que la diversión ha terminado, señor Malfoy —anunció la única mujer, levantándose y sacando su varita.

Draco maldijo entre dientes y dejó que la suya cayera en la palma de su mano. La llevaba escondida en la manga de su camisa.

Pensó en el bosque del otro lado de la ciudad por el que había paseado más de una vez. Si se aparecía ahí los despistaría un buen rato, y le daría tiempo de pillar el último tren a Milán.

No había tiempo de coger sus maletas. Ya compraría más ropa una vez que estuviera en Italia.

Agitó su varita una vez. Y otra.

Nada.

—Hemos levantado un escudo anti aparición alrededor del edificio. Es inútil que intentes escapar.

Draco gruñó, apuntando con ella al hombre más mayor que estaba sonriendo como si aquello fuera muy divertido.

Recordaba su rostro. Seguramente estaba disfrutando al joder a la familia Malfoy una vez más.

—No volveré a Inglaterra —siseó entre dientes.

Chispas doradas salieron de su varita. Los otros dos aurores también lo apuntaron y Nicolle dio un paso atrás, tan pálida como un fantasma.

—¿Qué está pasando?

La mujer suspiró, sacudiendo la cabeza.

—Esta chica es inocente. Desmemorízala y mándala a casa, Jack —pidió a uno de los hombres.

Él rodeó la habitación, con sus ojos oscuros siempre fijos en Draco, y llegó al lado de Nicolle.

Draco sintió un momento de pánico al verlo tan cerca de ella. Podía haber usado a aquella muggle como escudo para salir de allí, pero un último vistazo a su rostro aterrorizado le quitó esa idea de la cabeza.

Jack agarró su brazo y tiró de Nicolle hacia atrás, sacándola de la habitación.

—No pasa nada, somos policías. Acompáñame.

—¿Qué significa desmemorizar?

Sus voces dejaron de escucharse en cuanto salieron del apartamento. Draco cuadró la mandíbula y observó a los dos aurores con mala cara.

Estaba atrapado.

—Tienes dos opciones, señor Malfoy. Entregarte sin ofrecer resistencia o que te llevemos de vuelta por las malas.

Draco retrocedió cuando ellos avanzaron hacia él y su varita tembló en su mano, lanzando más chispas.

—No quiero casarme con ella.

—Desobedecer la ley conlleva pena de prisión en Azkaban —le recordó el otro hombre, volviendo a sonreír. —En la carta que recibiste se explicaba todo con detalle.

Draco lo sabía, por eso había huído del país. Paseó la mirada entre ambos aurores, que estaban en posición y preparados para defenderse en caso de ataque.

No podía ganar.

Apretó los dientes con fuerza y resopló por la nariz, dejando caer su varita al suelo.

Los aurores se relajaron al instante.

—Buena elección —dijo la mujer, guardando la varita de Draco en el bolsillo de su túnica.

Él le lanzó una sonrisa llena de desprecio, gruñendo cuando el auror llamado Jack volvió a entrar y sujetó sus manos tras su espalda.

—Lo dudo.


San Mungo estaba muy tranquilo aquella noche.

Hermione suspiró, guardando su varita en el bolsillo de su túnica verde lima y apartando los rizos que caían a ambos lados de su rostro.

Aquella mujer había tenido la mala suerte de ser mordida por un vampiro mientras buscaba Belladona en lo más profundo de un bosque de Gales, pero ya había conseguido estabilizarla y en unas horas recuperaría la sangre perdida.

Se secó el sudor de su frente con el brazo y volvió a lanzar un hechizo diagnóstico, confirmando que su nivel de glóbulos rojos estaba subiendo lentamente.

Había sido muy afortunada. No todos los que sufrían el ataque de un vampiro vivían para contarlo.

Una bola de luz apareció en una esquina y Hermione levantó la mirada. Su cuerpo se paralizó al ver el ciervo azulado acercándose de ella, y la sangre se heló en sus venas al escuchar la voz de Harry anunciando lo último que quería escuchar.

—Lo han encontrado, Hermione. Han atrapado a Malfoy.