Nena Taisho: sí, esto no ha hecho más que empezar muahaha

Guest: de nada :)

Maria Jose Sandi: jajaja muchas gracias!

: me alegro de que te guste mi fic!


Capítulo Tres

Libertad condicional


9 de noviembre de 2005

Hermione salió del ascensor y sus ojos recorrieron el primer piso del Ministerio de Magia.

Decenas de memorándum volaban por el techo mientras los trabajadores corrían hacia sus despachos, murmurando palabras entre dientes y sosteniendo pilas de pergaminos en sus manos.

Ella se dirigió directamente a la puerta dorada del pasillo y la abrió. La secretaria del ministro estaba detrás de su escritorio con las gafas puestas y una pluma entre los dedos.

La mujer mayor entrecerró los ojos al ver a Hermione.

—¿Otra vez aquí, señorita Granger? —preguntó en tono neutro, frunciendo los labios.

Hermione puso una mano sobre el escritorio.

—Necesito hablar con el Ministro.

—Ahora mismo está ocupado —Katherine frunció el ceño, apoyando la espalda en la silla.

Hermione tamborileó con los dedos sobre la mesa de caoba, mirándola con cara seria.

—Dile que Hermione Granger está aquí.

Katherine puso los ojos en blanco y sacó su varita, murmurando el encantamiento Patronus. Un pájaro plateado flotó a su alrededor, esperando sus instrucciones.

—Hermione Granger está aquí y quiere hablar contigo inmediatamente.

El pájaro salió volando, atravesando la puerta del otro lado de la habitación. Seis segundos después un lince salió de allí, saltando sobre la mesa de Katherine y hablando con la voz de Kingsley.

—Hazla pasar.

La mujer miró a Hermione, que le dedicó una sonrisa de suficiencia.

Se dirigió a la puerta del despacho del Ministro y llamó dos veces.

—Adelante.

Kingsley estaba de pie en un rincón con un gran libro viejo en las manos. Sonrió dulcemente al verla.

—Hola, Hermione.

—Buenos días —ella recorrió su rostro con la mirada y su entrecejo se arrugó al notar las ojeras bajo sus ojos. —Pareces cansado.

Él se sentó en su silla, haciendo un gesto para que ella hiciera lo mismo.

—No puedo dormir con todo lo que está pasando —Kingsley apoyó los codos en la mesa con una expresión de dolor en el rostro. —No me gusta ver a la gente infeliz.

—No es tu culpa, Kingsley.

—Debería haber hecho algo más —sacudió la cabeza, frotándose la cara con las manos. —Debería...

—No podías hacer nada para evitarlo —interrumpió Hermione con voz suave. —Y sabes que no te culpo.

Una taza de café caliente levitó hasta su lado y ella la tomó con una sonrisa de agradecimiento. Kingsley dio un sorbo a la suya y la dejó sobre la mesa.

Se sentía terriblemente culpable desde que la ley había sido aprobada por los miembros del Wizengamot. Sólo Kingsley y otros tres magos habían votado en contra.

El hombre sonrió con tristeza.

—¿Qué puedo hacer por ti hoy, Hermione?

Ella cerró los puños sobre su regazo, controlando la ira que sentía corriendo por sus venas.

No era su culpa.

—Harry me ha dicho que ha vuelto.

Kingsley asintió y su expresión se volvió severa.

—Malfoy está encerrado en las celdas del Ministerio —informó con voz grave. —Le ofreceremos un acuerdo para evitar Azkaban.

Hermione sintió una pequeña punzada de lástima dentro de su corazón.

—Puede que sea un imbécil pero no se merece una cadena perpetua —cruzó sus brazos sobre el pecho y suspiró profundamente. —¿Y ahora qué?

—Una lechuza te avisará cuando tengas que venir aquí y elegir la fecha —él revisó algo en el pergamino y volvió a mirarla. —Probablemente mañana por la mañana.

Hermione puso los ojos en blanco.

—Le pediré a Luna que vuelva a cubrir mi turno.

Dejó su taza vacía sobre la mesa.

—Esto aún no ha terminado —Hermione cuadró los hombros y su rostro se ensombreció con cada palabra que salía de su boca. —Esta ley será historia antes de que terminen los dos años.

Kingsley se llevó un dedo a los labios.

—Ten cuidado —le advirtió en voz baja. —No dejes que nadie te oiga hablar así.

Hermione se levantó.

—No lo haré —sujetó el pomo, girándose para mirarlo con una media sonrisa mientras abría la puerta. —Hasta mañana, Kingsley.


10 de noviembre de 2005

Tal y como dijo Kingsley, una lechuza había llegado a su apartamento con una carta del Ministerio.

A ella y a Malfoy los esperaban en el primer piso a las diez de la mañana para elegir una fecha para su boda.

Esa palabra hizo que se le revolviera el estómago.

Iba a ser la mujer de Malfoy. No había forma de evitarlo.

Hermione respiró hondo, pasando los dedos por el pelaje naranja de su gato mientras se mordía el labio inferior.

Una vez que las manecillas del reloj indicaron que le quedaban unos minutos, dejó escapar un suspiro tembloroso y cerró los ojos.

Podía hacerlo.

Hermione dejó la mente en blanco, como había estado practicando desde el final de la guerra. Empujó sus pensamientos a un rincón de su mente e inhaló bruscamente, abriendo los ojos.

Era la hora.

Acarició la oreja de Crookshank por última vez y se puso en pie, cogiendo un puñado de polvos flu y arrojándolo a la chimenea.

Las llamas verdes rugieron en sus oídos cuando entró, apareciendo en el Atrio del Ministerio unos segundos después.

Esquivó las miradas curiosas de los magos y brujas mientras se dirigía a los ascensores. Nunca entendería cómo Harry podía soportar trabajar allí y tener cientos de ojos sobre él todo el tiempo.

Las rejillas doradas se abrieron y ella salió tras un suspiro, apretando los puños mientras se acercaba de nuevo a la puerta dorada.

Todo el mundo guardó silencio cuando la abrió.

La secretaria del Ministro no estaba por ningún lado. En su lugar, cinco aurores estaban apoyados en las paredes con la mirada fija en la persona sentada frente al Ministro.

Hermione no dejó que sus ojos se posaran sobre él. Le dedicó una sonrisa a Harry, contenta de tenerlo allí, y miró a Kingsley.

—Hola, Hermione. Estábamos explicándole al señor Malfoy en qué consiste su libertad condicional.

Vio la expresión sombría de Malfoy por el rabillo del ojo mientras se acercaba a la mesa, sentándose en la única silla vacía junto a él.

Él se tensó y Hermione lo ignoró.

—¿Libertad condicional? —repitió con el ceño fruncido.

Kingsley suspiró, frotándose la frente.

—Salió del país para evitar la nueva ley y debería ser enviado directamente a Azkaban hasta el día de la boda —respondió mientras miraba a Malfoy, cuyo rostro era una máscara de indiferencia. —Sin embargo, sé lo difícil que es esto para todos vosotros así que lo dejaré libre. Aunque no seré tan comprensivo si intenta escapar de nuevo.

Malfoy entrecerró los ojos.

—Obviamente.

—Me alegro de que estemos de acuerdo en eso —Kingsley paseó su mirada entre ambos y Harry se movió incómodo a su lado. —¿Estáis listos para elegir una fecha?

La Oclumancia no era suficiente. La sangre le ardía y apenas podía controlarse.

Hermione negó con la cabeza, levantando la barbilla y mirando al Ministro a los ojos.

—Dejadnos solos.

Kingsley arrugó el entrecejo.

—Pero...

—Dejadnos —insistió ella entre dientes, cruzándose de brazos. —Necesito un minuto con él.

Kingsley intercambió una mirada con los aurores y asintió. Se levantó, recogiendo los papeles que Malfoy acababa de firmar y apretándolos contra su pecho.

Con una última mirada de advertencia hacia ella, abrió la puerta y los Aurores lo siguieron.

—Yo me quedo, Hermione —anunció Harry cuando salieron de la habitación, sus ojos moviéndose de ella a Malfoy con preocupación. —Por favor, deja que me quede.

Hermione esperó hasta que la puerta se cerró, mirando mal a su mejor amigo mientras escuchaba a Malfoy levantarse.

—No lo mataré —aseguró con una voz baja y amenazante que decía lo contrario.

Un fuerte bufido al otro lado del despacho la hizo apretar la mandíbula y mirarlo por primera vez.

—Como si pudieras —gruñó Malfoy con sus labios curvados en una mueca de desprecio.

Hermione caminó hacia él, sus rizos chispeando con magia descontrolada, y él dio un paso atrás. Su espalda chocó contra la pared cuando ella se acercó con sus manos temblando de rabia.

—¡Tenías que hacer una cosa! —siseó, dándole un fuerte puñetazo en el pecho. —¡Sólo una!

Él se congeló momentáneamente, mirándola con los ojos muy abiertos mientras ella le daba otro puñetazo.

—¿Qué demonios, Granger? —Malfoy la apartó de un empujón con una expresión de asco dibujada en su rostro. —¡No me toques!

Hermione no pensaba callarse. Iba a escucharla, quisiera o no.

—Sólo tenías que permanecer escondido, Malfoy —apretó las manos, mirándolo fijamente con toda la rabía que había dentro de ella. —¡Y dejaste que te encontraran! Tú y tu estúpido ego no pudisteis alejaros de los restaurantes de lujo durante unos meses. ¡Eso era demasiado pedir!

Malfoy miró a Harry con expresión de sorpresa. Él se encogió de hombros, sujetando su varita en la mano.

Volvió a mirarla a ella y sus fosas nasales se ensancharon.

—Esto no es mi maldita culpa —siseó con rabia, alejándose de ella. —Deberías haber escapado tú también.

—No puedo —Hermione sacudió la cabeza con sus ojos llenos de lágrimas. —No después de todo lo que he hecho por este país. ¡Me niego!

Harry se acercó a ella y la rodeó con su brazo.

—Respira, Hermione. Sólo respira.

Ella lo miró y asintió, concentrándose en cómo el aire entraba y salía de sus pulmones.

Malfoy permaneció en silencio mientras ella se calmaba. Una vez que sus manos dejaron de temblar, Harry buscó su mirada y ella asintió.

Abrió la puerta y Kingsley entró en el despacho con los aurores tras él.

Hermione volvió a sentarse junto a Malfoy y apretó la mandíbula.

—¿Listos para elegir ahora?

Ella habló antes de que él pudiera decir una palabra.

—El treinta y uno de diciembre.

El último día posible. Kingsley ocultó una sonrisa.

—Tal y como imaginaba —empujó el pergamino hacia ellos y esperó a que ambos lo firmaran. —Tú y Malfoy ahora estáis comprometidos. Enhorabuena.

Su ojo izquierdo tembló. Malfoy resopló con fuerza a su lado.

—Ya puede irse a casa, señor Malfoy —añadió Kingsley, levantando una ceja. —Y no haga ninguna tontería.

—Ni en sueños, señor Ministro.

Kingsley ignoró su respuesta sarcástica y se levantó, palmeando el hombro de Hermione antes de volver a salir del despacho.

Le quedaban menos de dos meses. Cincuenta y un días.

Malfoy se levantó y Hermione lo miró con el ceño fruncido.

—No voy a vivir en tu mansión.

Su sonrisa de desprecio volvió a aparecer en su rostro.

—Mis padres no dejarían que alguien como tú pusiera un pie en nuestra casa ancestral.

Harry dio un paso hacia él, lanzándole una mirada de advertencia, y Malfoy movió su mandíbula mientras volvía a mirarla.

—¿Alguna sugerencia? —preguntó con los dientes apretados.

Hermione se encogió de hombros, desviando la mirada hacia el techo.

—Tengo un apartamento.

Malfoy bufó.

—Prefiero elegir otro sitio. Un terreno neutral —se pasó la lengua por los dientes, cruzándose de brazos. —Compré un apartamento en el sur de Londres hace unos años. Y tiene tres habitaciones.

Hermione se rio y sus ojos se volvieron a encontrar con los de él.

—¿Cómo es eso un terreno neutral?

—Nunca he vivido allí.

Esa era una opción aceptable. Ella tampoco lo quería en su hogar.

—De acuerdo —aceptó con un movimiento de cabeza y se levantó. —Prepara tu apartamento, entonces. No quiero volver a pensar en esto hasta finales de diciembre.

Malfoy se rio sombríamente.

—No puedo creer lo afortunado que soy —murmuró mientras la miraba fijamente.

Hermione no apartó la mirada, sintiendo chispas doradas de magia estallar alrededor de sus dedos.

Nunca había perdido el control así. No desde que recibió su carta de Hogwarts.

—Nos vemos en el infierno, Malfoy.

—¿Te refieres a nuestra boda? —se burló él, con su profunda voz llena de veneno. —No puedo esperar.

Sus pies se movieron por sí solos, acercándola a él.

—Te detesto tanto —le clavó un dedo en el pecho, con sus ojos marrones llenos de odio. —Y no dejaré que me arruines la vida.

Su mirada la quemó mientras respiraba profundamente, cerrando los puños.

Por un segundo Hermione pensó que iba a golpearla. Pero Malfoy se limitó a acercarse, mirándola con desprecio.

—No. Me. Toques.

Hermione se apartó como si fuera la cosa más asquerosa que hubiera visto nunca. Volvió a mirar a Harry, que la esperaba junto a la puerta.

—Encontraré una forma de salir de esto —anunció, saliendo del despacho.

Necesitaba una taza de té. O una copa de vino.

Los ojos le ardían mientras caminaba hacia los ascensores. Necesitaba a Ginny o se ahogaría en autocompasión esa tarde.

Gracias a Merlín sus padres no recordaban que tenían una hija o todo sería aún peor. Su madre nunca la dejaría casarse con el chico que la atormentó durante sus años de colegio.

Hermione parpadeó conteniendo las lágrimas, metiéndose en la primera chimenea que encontró y murmurando su dirección.

Ginny fue lo primero que vio una vez que apareció en su salón.

Un sollozo brotó de su garganta y su amiga corrió hacia ella, envolviéndola en un fuerte abrazo.

—Lo siento, Hermione —susurró Ginny, abrazándola mientras ella sollozaba contra su pecho. —Lo siento mucho.

Mantuvo sus brazos alrededor de ella hasta que Hermione exhaló con fuerza.

—He traído vino.

Hermione levantó la cabeza, sorbiendo su nariz y secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—¿Blanco?

Ginny sonrió.

—Y espumoso.

Una sonrisa triste se extendió por el rostro de Hermione.

—Me conoces muy bien, Ginny.


Una vez que Granger se fue, Potter suspiró pesadamente y Draco lo miró, con las últimas palabras que ella había dicho dando vueltas en su cabeza.

—¿Habla en serio?

—Si alguien puede hacerlo es Hermione —él se frotó su cicatriz, encogiendo uno de sus hombros. —Pero el Wizengamot no cambiará de opinión. El riesgo de que toda la población mágica desaparezca dentro de treinta años es demasiado alto.

—¿Y creen que mezclar sangres pura y sangres sucia es una gran idea? —gruñó Draco, torciendo los labios. —Todos los niños serán squibs.

Los ojos de Potter chispearon.

—Cuidado, Malfoy —su voz era casi un susurro. —No vuelvas a insultar a mi amiga.

Draco lo miró fijamente y él dio un paso más, mirándolo a los ojos.

—Si intentas hacerle daño...

—No puedo, joder —Draco se rio sin ganas. —Nuestras vidas estarán unidas. Hacerle daño a ella será como hacerme daño a mí mismo.

Potter lo miró de arriba abajo y suspiró.

—Nunca entenderé cómo puedes tener tanto en común con ella —sacudió la cabeza y abrió la puerta para seguir a Granger. —Nos vemos en la boda.

Draco se quedó en medio del despacho vacío mientras su respiración volvía a la normalidad.

Su maldita boda. Tenía que casarse con Hermione Granger.

Y estaba de acuerdo con Potter en algo. No podía entender el nivel de compatibilidad que el Ministerio decía que Granger y él compartían.

Tenía que ser una broma.