cactusarki: muchas gracias! :)
Capítulo Cuatro
Despierto
10 de noviembre de 2005
Draco hizo una parada en el callejón Diagon para comprar una poción para el dolor de cabeza, bebiéndola al salir de la botica. Se detuvo al ver un escaparate en el que nunca se había fijado y entró en la tienda, saliendo unos minutos después con un paquete de cigarrillos mentolados en el bolsillo.
Sentía un pinchazo en el brazo cada vez que usaba la Red Flu o se aparecía, lo que le hacía apretar los dientes. Habían puesto una traza sobre él para asegurarse de que no volviera a salir del país.
Maldito Ministerio.
Volvió sobre sus pasos y regresó al Caldero Chorreante, que estaba casi vacío.
Sus padres lo esperaban cuando salió de la chimenea de la mansión. Narcissa se levantó de su asiento y corrió hacia él, tomando una de sus manos entre las suyas.
—Estábamos preocupados por ti —murmuró, con sus ojos azules observando la palidez de su rostro y su expresión de agotamiento. —¿Cómo estás, cielo?
—Cansado —suspiró Draco, mirando alrededor de la habitación para evitar la mirada preocupada de su madre. —Apenas he dormido estos dos días.
Las celdas del Ministerio eran una puta pesadilla con colchones duros que olían a rayos, y los guardias nunca paraban de parlotear. Ni siquiera por la noche.
Lucius frunció los labios y se levantó con su bastón de plata en la mano.
—Te dije que te encontrarían —murmuró mientras se acercaba a él, con su larga melena rubia cayéndole por la espalda.
Draco le lanzó una mirada de odio.
—Tenía que intentarlo.
Su padre se colocó a su lado y asintió con una máscara ilegible en su rostro.
—Ve a tu habitación y descansa. Hablaremos más tarde —añadió, dándole una palmadita en el brazo.
Narcissa le apretó la mano y lo soltó.
—Te hemos echado de menos, hijo.
Draco paseó la mirada entre ellos y se dio la vuelta, subiendo las escaleras hacia su habitación e ignorando las preguntas de los retratos sobre su paradero durante el último mes.
Había echado de menos a su madre más de lo que quería admitir.
Se despertó unas horas más tarde cuando la puerta de su dormitorio se abrió de golpe.
—¡Nos hemos enterado de que ya eres un hombre comprometido!
Sus tres mejores amigos entraron en su dormitorio y Theo abrió las cortinas con un gesto de su mano.
—Maldita sea —gruñó Draco, sentándose y frotándose la cara. —Creía que sólo era una pesadilla.
—Me temo que no, mi querido amigo —Theo se rio entre dientes, empujándolo y tumbándose a su lado —Estás bien jodido.
Draco lo fulminó con la mirada y lo empujó hacia un lado. Pansy suspiró, sentándose al otro lado de su cama.
—Ojalá fuera así.
Draco la miró. Tenía los labios apretados en una fina línea y sus ojos verdes estaban llorosos.
Tragó saliva con fuerza. Nunca había visto a Pansy al borde de las lágrimas, ni siquiera cuando mandaron a su padre a Azkaban.
—Te has perdido mucha diversión por aquí mientras estabas fuera, tío —gruñó Theo, palmeando el muslo de Pansy mientras ella se secaba las lágrimas. —Nuestras parejas son una broma.
Draco los miró a los dos.
—¿Quién os ha tocado a vosotros?
—Lunática Lovegood —respondió Theo, arrugando la nariz mientras hablaba. —Y a Pansy le ha tocado Longbottom.
Los ojos de Draco se abrieron de par en par mientras le devolvía la mirada. La expresión de Pansy se había vuelto oscura.
Su pareja era casi tan mala como la de él.
—Joder.
—Efectivamente —ella resopló, desviando la mirada hacia la ventana. —Eso lo resume bastante bien. Estamos todos jodidos.
Draco miró a su otro amigo, que estaba apoyado en la pared.
—Al menos uno de nosotros es feliz.
Blaise le dedicó una sonrisa tensa.
—¿Ya habéis vuelto de Grecia? —añadió Draco mientras se levantaba de la cama y entraba en su vestidor.
Se quitó la camiseta del pijama y escuchó su respuesta.
—Volvimos hace semanas.
Draco se mordió el interior de la mejilla y salió, caminando hacia él.
—Me alegro por ti, Blaise —murmuró, dándole un golpe en el brazo. —Y por Daphne. ¿Dónde está ella ahora?
Su amigo escaneó su rostro, buscando algo que no iba a encontrar.
—No estaba segura de si querrías verla.
Draco bufó, poniendo los ojos en blanco.
—No estoy enfadado con ella —afirmó en voz baja mientras se acercaba al sillón donde había dejado su chaqueta.
Y era cierto. Si él hubiera estado enamorado, habría hecho lo mismo.
Pansy sorbió por la nariz, cruzando las piernas mientras se miraba las uñas.
—¿Por qué a mí no me pediste que me casara contigo?
—¿De verdad, Pansy? —Draco se giró hacia ella con una ceja levantada. —Nos habríamos arrancado la cabeza mutuamente en una semana.
Una sonrisa se dibujó en su rostro.
—Supongo que sí —ella soltó una risita, dejando caer la cabeza sobre la almohada y suspirando.
Draco sacudió la suya.
—Casado —cogió su chaqueta y frunció el ceño con todas sus fuerzas. —Estaré casado dentro de un mes. Y con ella.
La cara de Granger apareció en su mente y sintió que le ardía la sangre.
Ella nunca sería lo suficientemente buena. No para él.
—Podría ser peor —murmuró Theo entre dientes.
—¿Quién? —Draco le lanzó una mirada fría y un músculo de su mandíbula se tensó. —¿Quién podría ser peor que Granger?
Su amigo apretó los labios mientras pensaba.
—¿La chica Weasley?
Draco puso los ojos en blanco, metiendo la mano en el bolsillo de su chaqueta.
—Lleva un tiempo casada con Potter.
—Gracias a Merlín por estos pequeños favores —Theo dramáticamente dramáticamente mirando al techo con las manos detrás de su cabeza. —Prefiero casarme con una lunática que con una Weasley.
Draco se rió en voz baja. Se volvió hacia sus amigos con el paquete de cigarrillos en la mano.
—¿Cuándo?
Todos sabían a qué se refería.
—El último día de diciembre —Theo hizo una mueca, frotándose los ojos.
Pansy asintió.
—Yo también.
Draco resopló. Todas las parejas que conocía habían elegido la misma fecha.
—El Ministerio va a celebrar un montón de bodas ese día —se estremeció, recordando lo enfadada que estaba Granger el día que habían elegido esa fecha para ellos. —Que se jodan.
—¿Qué vamos a hacer, Draco? —preguntó Pansy mientras se mordía el labio inferior.
No había nada que pudieran hacer. El Ministerio los tenía cogidos por las pelotas.
—No lo sé —Draco se encogió de hombros, evitando sus ojos tristes. —No tenemos elección.
Ella cerró los puños.
—No quiero ser la mujer de Longbottom.
Él hizo una mueca y sacó un cigarrillo del paquete, encendiendo la punta con su varita. Pansy arrugó la nariz al verlo.
—¿Desde cuándo fumas?
Draco echó el humo por la nariz.
—Desde que estoy jodido.
Theo soltó una risa amarga. Ella chasqueó la lengua con asco y agitó la varita, haciendo desaparecer el humo de la habitación.
—Asqueroso.
Draco sonrió y abrió el balcón, sentándose en la baranda de piedra y exhalando el humo lentamente.
—Espero que Granger lo odie tanto como tú.
Theo se acercó a él y cogió otro cigarrillo, sentándose frente a él.
—Así que... una chica muggle, ¿eh?
Draco se pasó la mano libre por el pelo mientras daba otra calada y exhalaba por la nariz, girando la cara hacia él.
—¿Cómo demonios lo sabes?
—Los aurores hablan, tío —Theo movió las cejas. —Y sabes que me estoy tirando a una de ellos.
Draco torció los labios, mirando a lo lejos.
—Deberías dejarlo ya.
Theo asintió con un suspiro.
—Kate me ha dicho que se acabó —respondió, frotándose la barbilla. —No quiere acostarse con un hombre comprometido.
Draco volvió a mirarlo y observó su expresión de aburrimiento. A él no podía engañarlo, por mucho que lo intentara.
—Sé que te gustaba —susurró, encendiendo su cigarrillo con la varita.
Theo se encogió de hombros, cruzando los tobillos frente a él y dándole una calada.
—Solo era sexo.
Pansy dejó salir un largo suspiro y se levantó.
—Mi madre dice que debería intentarlo —refunfuñó, paseando por la habitación mientras sus tres amigos la miraban. —Que quizá cambie de opinión cuando lo conozca.
Draco resopló y levantó la mirada a las nubes.
Él no cambiaría de opinión ni en un millón de años. Granger y él no estaban hechos el uno para el otro, no importaba lo que dijera un estúpido test de compatibilidad.
25 de noviembre de 2005
Hermione salió de la chimenea de San Mungo y saludó a la recepcionista, subiendo las escaleras hacia el primer piso.
Dejó el bolso en su despacho y cogió su varita, caminando por el pasillo principal vestida con su túnica de sanadora verde lima.
Padma ya estaba en la habitación con su nuevo paciente. Las heridas del hombre se estaban curando lentamente, aunque tendría esas cicatrices para el resto de su vida.
Por suerte había podido escapar antes de que el lobo lo mordiera.
Padma la miró con una sonrisa.
—¿Cómo te sientes hoy, Hermione? —preguntó mientras esparcía unas gotas de díctamo en la espalda del paciente.
Hermione se acercó, esquivando la intensa mirada de Cormac.
Él era un sanador en formación y Padma era su mentora, por lo que la seguía a todas partes.
Aunque había pedido tener otra mentora el día que lo aceptaron en el hospital. Y Hermione se había negado.
No quería que su mirada llena de lujuria y sus ojos fisgones la siguieran todo el día.
—Mejor —suspiró y bajó la voz. —Pero sigo pensando que es solo una pesadilla.
Cormac resopló al otro lado de la cama.
Hermione lo miró con mala cara mientras ayudaba a Padma a poner una venda alrededor del cuerpo del paciente.
—No te burles de mí —siseó, sacando su varita y apuntando a la cabeza del hombre. —Rennervate.
El hombre jadeó, abriendo mucho los ojos.
—¿Te duele? —preguntó Padma con preocupación.
Ella y Hermione dejaron salir un suspiro de alivio cuando él negó con la cabeza. Llevaba varios días con dolor después del ataque.
Cormac se acercó a ellas, metiéndose en el espacio de Hermione mientras Padma le hacía más preguntas al hombre.
—Deberías haber aceptado mi oferta —susurró en su oído, haciendo que se estremeciera. —¿No soy mejor que Malfoy?
Hermione puso algo de distancia entre ellos y lo miró.
Todavía recordaba la forma en que Cormac la había tocado en la fiesta de Slughorn, y cómo había intentado besarla varias veces desde que empezó a trabajar en San Mungo.
Incluso le había propuesto matrimonio un mes antes de que se aprobara la ley. Igual que Ron.
¿Era mejor que Malfoy?
Resopló por la nariz. Probablemente no.
—Necesito un café —miró a Padma, ignorando la mirada de odio de Cormac. —Nos vemos luego.
Hermione salió de la habitación con los labios apretados y giró a la izquierda, saludando con un movimiento de cabeza a los sanadores que estaban en el pasillo.
En tres meses las prácticas de Cormac terminarían y ella y Padma podrían trabajar juntas sin que él vigilara todos sus movimientos.
Las llamas verdes lamieron su piel cuando salió de la chimenea de Grimmauld Place.
Hermione siguió los ruidos y entró en la cocina. Sus dos mejores amigos ya estaban allí, preparando la cena.
Comían juntos todos los jueves por la noche, aunque las reuniones habían cesado cuando ella rechazó por décima vez la propuesta de Ron.
Y retomaron sus cenas después de que el Ministerio les asignara sus futuras parejas y Ron aceptara que ella no quería ser su mujer.
—Hola, Harry —ella sonrió, besando su mejilla y volviéndose hacia su otro amigo. —Ron.
Ron se encogió de hombros, dando un sorbo a su vaso de cerveza de mantequilla y apoyando la cadera en la barra.
Hermione puso los ojos en blanco.
—Sigues enfadado conmigo, por lo que veo.
Sus ojos azules se entrecerraron.
—Me has jodido la vida.
—Oye —Harry se dio la vuelta y le señaló con una cuchara de madera. —Esto no es culpa suya.
Ron resopló enfadado y Hermione agitó su varita, haciendo levitar tres platos hasta la mesa. Ginny estaba jugando en la liga irlandesa y volvería en unos días.
—No te quiero, Ron. No de esa manera —sonrió con tristeza. —Y tú tampoco me quieres.
Ron suspiró profundamente y tomó asiento, escondiendo el rostro entre sus manos.
—Lo sé, Hermione. Lo sé.
A ella no le gustaba verlo así.
—¿Has hablado con Lavender?
Ron hizo una mueca de dolor al escuchar el nombre de su prometida.
—Todavía no —bebió otro sorbo, dejando el vaso junto a su plato. —Me envió una carta la semana pasada.
Harry se sentó a su lado, colocando la olla en el centro de la mesa. Hermione se quedó mirando a Ron mientras él servía la comida.
—Deberías responder.
Sus ojos fríos se posaron en su rostro.
—¿Estás respondiendo tú a las cartas de Malfoy?
Su voz era casi un gruñido. Hermione dejó escapar un suspiro y sacudió la cabeza.
—No me escribe —admitió en voz baja.
Habían pasado dos semanas desde que vio a Malfoy y no había sabido nada de él.
Aunque no le importaba. No tenían nada de qué hablar, y ella no se mudaría a su apartamento hasta el día de la boda.
—Esto es una mierda —Ron se frotó la frente y suspiró. —Deberíamos hacer algo, Harry.
Harry hizo una mueca.
—No podemos —se tiró del cuello de la camisa, paseando la mirada entre los dos. —No puedo hacer nada. Me siento impotente.
Hermione le dedicó una pequeña sonrisa.
—Estoy en ello —su sonrisa se amplió al ver sus expresiones de sorpresa. —Y quería llevarme algunos libros de la biblioteca de los Black a mi piso, Harry.
—Puedes llevarte todos los libros que quieras —él agitó la mano y encogió uno de sus hombros. —Pero creo que no hay forma de librarse de esto.
—Ya veremos.
Ron tomó la última cucharada de su plato y se apoyó en su silla.
—Al menos te casaste con tu amor de la adolescencia antes de que todo se fuera al infierno.
Hermione no pudo evitar sonreír. Harry y Ginny eran muy felices juntos.
—Sí, soy un tipo con suerte —admitió Harry, cruzando los brazos sobre su pecho. —Pero estoy preocupado por vosotros.
Hermione apoyó las palmas de las manos en la mesa y se puso de pie.
—Lavender sigue enamorada de Ron —murmuró, palmeando el hombro de Ron mientras él resoplaba con incredulidad. —Y yo puedo encargarme de Malfoy. Estaremos bien, Harry.
Harry le dedicó una sonrisa traviesa.
—Sé que puedes.
Media hora después Hermione estaba de vuelta en su piso. Fue a su dormitorio y se puso algo más cómodo, dejando su ropa de trabajo en el armario.
Crookshanks estaba tumbado en la cama y sus ojos amarillos la seguían por la habitación. Bajó de un salto y la siguió hasta el salón, saltando sobre el sofá mientras ella se preparaba una taza de chocolate caliente.
Hermione le acarició la oreja y sonrió cuando él cerró los ojos y ronroneó. Se quedó junto a la ventana, mirando el cielo oscuro mientras se mordía el labio inferior.
—Cuatro semanas más —susurró, tomando un sorbo de la dulce bebida y reprimiendo un escalofrío. —Sólo cuatro semanas más de libertad.
El gato maulló indignado.
—Oh no, amigo mío —Hermione se giró para mirarlo, riendo suavemente. —Tú vendrás conmigo.
