CAMPAMENTO MESTIZO
CAPÍTULO 6
Cuando salimos del campamento tuve el acertado presentimiento de que tardaríamos un poco más de lo previsto en volver, además, no tenía que ser adivina para saber que medio mundo intentaría hacernos mierda durante nuestro improvisado viaje.
Lo primero que hicimos fue subir a un taxi que "misteriosamente" vagaba por una carretera casi vacía, debo decir la verdad como es: Ese viejo tenía cara de pedófilo violador. Sin embargo, supongo que nosotras teníamos cara de asesinas seriales, porque no se atrevió ni a vernos por el espejo retrovisor, y cuando bajamos del taxi arrancó rápidamente.
Lo siguiente fue subir a un camión que nos llevaría hasta la ciudad de Shizuru. Deben estarse preguntando, ¿y de dónde carajos saqué dinero para eso? Bueno, debo agradecerle a Mikoto por tener la prudencia de conservar dinero común y corriente, ¿ven? Por eso me la pasaba diciendo que ella era la más responsable de mis amigos.
-Oye Mikoto-. Giró el rostro en mi dirección. Íbamos sentadas en la parte trasera del camión. -Tu espada es bastante grande y llamativa-. Ella no hacía nada por ocultar la funda de su espada, incluso había momentos es lo que resultaba más llamativa que un cartel de neón, pero… -Y nadie parece sorprendido-. Fruncí el ceño. -No se lo pensaron dos veces antes de dejarte subir-. Ese detalle hacía que la curiosidad me carcomiera el alma. Vale, tenía una idea del motivo, pero quería la verdad, no imaginaciones mías, por más acertadas que estas pudieran ser a veces.
-La neblina-. Contestó. -Cubre los ojos de los mortales-. Se rascó la cabeza. Era obvio que buscaba las palabras adecuadas, ya que por lo general era Mai la de las explicaciones. -Y cuando ven algo de nuestro mundo, sus mentes lo distorsionan, hasta crear algo que según ellos sí es posible-. Recordé el episodio de la arpía.
-¿Y según ellos, una espada no es posible?-.
-No cuando es una espada que asesina monstruos-. Lo dijo con una sonrisa. -Culpa a sus propiedades divinas, eso hago yo-. Parecía algo bastante razonable.
-Interesante-. Lo medité un segundo. -¿Y qué ven que cargas?-.
-Por lo general, piensan que cargo una guitarra-. Se encogió de hombros.
El resto del viaje Mikoto se esforzó por hacerme platica, aun cuando las palabras no eran lo suyo, se lo agradecí mucho, pues sabía que lo hacía con el fin de mantener mi mente ocupada.
Me contó que su espada fue un regalo del mismísimo Dios de la Guerra. Ares se la dio en persona por ser su favorita, y justamente por eso Nao le odiaba. Había entrenado con ella desde los 12 años, quizá fuese poco tiempo, no obstante, se acoplaba con su espada de tal modo que parecían haber nacido juntas. Sí, mientras Mikoto tuviera a Miroku, enfrentarle era un riesgo que pocos estaban dispuestos a correr.
También me dijo que ella no iba a ningún lado cuando acababa el verano, porque al igual que yo, era huérfana. El campamento mestizo era nuestro hogar. Y aunque ella era hija de Ares y yo de Hefesto, Mikoto se estaba convirtiendo es una hermana para mí.
Una vez que estuvimos en la ciudad, nos vimos obligadas a cambiar de vehículo. Subimos a un autobús, el cual, si mis cálculos no me fallaban, nos dejaría cerca de donde vivía Shizuru. Era un poco difícil orientarme en una ciudad en la que nunca había estado, pero hacía lo que podía.
Por supuesto, como la vida nos tenía cierta manía a los semidioses, ni estando en una ciudad completamente diferente a la mía, pude evitar un desagradable encuentro. -Pero miren-. No quise voltear. -Si es la delincuente-. Era uno de esos chicos que me molestaba en la escuela.
-Ohhh vamos-. Seguí fingiendo demencia, más por su propio bien que por el mío. -Sé que no sabes leer-. ¡Porque yo leía griego antiguo! Mi cerebro estaba en modo automático, y consideraba que el español no era necesario, sí, sí, era otra broma del olimpo para complicarnos la vida. -Pero no eres sorda, ¿o sí?-.
Sin voltear sabía que él estaba sonriendo.
Esa fue la gota que derramó el vaso.
-Hola, estúpido-. Me di la vuelta.
-¿Qué dijiste, idiota?-. Él me sacaba más de una cabeza de altura.
-Al parecer tú sí eres sordo-. Di un paso al frente. -Te dije estúpido-. Su cara enrojeció del coraje.
¿Ven? Por cosas así los demás solían decir que yo tenía un don para desquiciar a todos. Con unas pocas palabras lograba sacarlos de sus casillas. En mi defensa, irónicamente sólo me defendía.
-¿Crees que por ser una chica no te golpearé?-.
-¿Crees que por ser un chico me ganarás?-. Quizá se me subió lo divino a la cabeza, pero creía que un sencillo mortal no iba a ganarme, no uno tan imbécil como él.
-Nat-. La mano de Mikoto en mi hombro llamó mi atención. -No es buena idea-. Ella veía de reojo que más de uno no dejaba de vernos.
-Bueno-. Dije entre dientes, tenía razón.
-Cobarde-. Dijo eso, pero decidió callarse cuando Mikoto y yo le vimos al mismo tiempo, tal vez si poníamos cara de asesinas seriales.
Gracias al olimpo nuestra parada llegó casi inmediatamente después de eso. Bajamos en una calle amplia que se veía bastante despejada y tranquila. ¿Cómo decirlo? El lugar delataba a kilómetros ser un sitio de gente adinerada, en serio, vieras a donde vieras, había casas enormes o edificios departamentales de lujo.
-¿Con quién dijiste que vive Shizuru?-. Dijo Mikoto, algo asombrada por el panorama. Lo sé, suena ridículo que dos productos de la mitología griega se asombraran por el poder del dinero, pero en fin, las cosas eran así.
-Se supone que con su padre-. Ahí fue cuando mandamos a la mierda la calma que habíamos mantenido durante el viaje, y comenzamos a correr, con dirección a uno de los edificios.
-¿Se supone?-. Vi de reojo que alzó una ceja.
-Es modelo, viaja mucho-. El susodicho pasaba más tiempo lejos que cerca de Shizuru, algo un poco deprimente, pero nos caía de maravilla el hecho.
-Un clásico-. Detecté un cambio en su tono de voz.
-¿Lo de ser modelo?-. Dije con confusión.
-No. Lo de dejarnos solos-. No pude contradecirle, sobre todo porque con el tiempo comprobé que para un semidios era más probable sacarse la lotería que tener atención paternal decente.
Mientras corríamos, juraría que vi de reojo una gran silueta que nos observaba, sin embargo, cuando volteé prácticamente de inmediato, la acera estaba vacía. Como lo acredité a mi paranoia del momento, cometí el error de no contárselo a Mikoto.
Por instinto, pase mi mano por la muñequera de Cristal Plateado, en ese instante, Mikoto se percató de un detalle. -¿No tenías una sola muñequera?-.
-Tenía-. Sonreí a medias.
En efecto, ya usaba otra muñequera en el antebrazo izquierdo. Era un artefacto en el que había estado trabajando durante las últimas semanas. ¿Qué que hacía? Bueno, se darán cuenta pronto.
Finalmente llegamos al edificio en el cual vivía Shizuru, esa cosa era un maldito rascacielos de primera, créanme, con lo lujoso que lucía no podíamos sentirnos más fuera de lugar. Era obvio que en un lugar así habría guardias, precisamente para evitar que mocosas como nosotras pasáramos de la puerta principal, pero misteriosamente, el sitio parecía un pueblo fantasma. Por un segundo dude, pero estaba segura de que esa era la dirección correcta.
-Esto me da mala espina-. Bueno, al menos no era la única.
-Definitivamente esto pinta muy raro-. Dije cuando llamamos al ascensor y este nunca llegó.
Subimos corriendo los escalones hasta llegar al piso número 50, después llamé a la puerta como desquiciada, desgraciadamente nadie atendió. -¿Y ahora qué?-. Me preguntó Mikoto.
Técnicamente, teníamos la fuerza necesaria para echar la puerta abajo, pero la verdad no quería desmadrarle el lugar a Shizuru. Lo sé, me falló un poco el orden de mis prioridades, culpen a la falta de sueño.
Me quité la mochila, metí la mano y sonreí al sacar lo que creía que era la solución a nuestro problema.
-¿Es una navaja suiza?-.
-Mi versión de una-. Contesté orgullosa.
La cerradura era de excelente calidad, así que casi me sentí culpable cuando le forcé sin mucho esfuerzo. Después entramos al departamento. -¡Shizuru!-. Estoy segura de que grité tan fuerte que me escucharon sus vecinos, pero los del otro edificio. -¡Shizuru!-.
Les juro que volteamos el lugar patas arriba, sin embargo, no encontramos ninguna pista que nos indicara que estaba sucediendo.
Ya íbamos de salida cuando se me ocurrió abrir la boca de más. -No podríamos tener peor suerte-.
Por supuesto, el destino se aseguró de llevarme la contraria. La puerta principal, corrección, toda la pared y la puerta principal, explotaron con una ráfaga infernal.
-Tenías que decirlo, ¿no?-. Dijo Mikoto, mientras se preparaba para pelear. -¡Nunca digas eso!-. Los semidioses éramos la encarnación de la Ley de Murphy: Sí algo malo puede pasar, pasará.
La figura que se dejo ver entre los escombros me sacó más de una maldición. -Me esfuerzo por no joder esa puerta, ¡Y el pajarraco la vuela en pedazos!-.
Sí, es exactamente lo que están pensando: El pajarraco de mierda, digo, la arpía, había vuelto por venganza. Y estoy segura de que era la misma porque…
-¡ME LAS PAGARÁS, KUGA NATSUKI!-. Desplegué mi espada cuando esa cosa se abalanzó contra mí.
Mikoto no demoró en entrar en acción. Blandió su espada con gran fuerza, dispuesta a matar a esa cosa con un solo golpe. -¡Tiene que ser broma!-. Pero el pajarraco definitivamente había ganado fuerza y resistencia, demasiada, porque detuvo el golpe con su pata, haciéndose únicamente un rasguño.
Ambas nos apartamos todo lo posible, pero más tardamos en hacerlo que en ser atacadas de nuevo. En una de sus embestidas, sus garras estuvieron a nada de alcanzar mi rostro.
Por fortuna contábamos con la ventaja de que Mikoto y yo podíamos sincronizarnos fácilmente, gracias a nuestros entrenamientos.
-¡Nat!-. Ese fue el aviso para echarme hacia atrás, cuando Mikoto elevó su espada desde el suelo. Como esa cosa volaba no pudo alcanzarle como hubiera querido, no obstante, sí que le hizo un buen corte en las patas. Su rugido hizo eco en el departamento.
Entonces, con sus ráfagas, la desgraciada alzó el pesado sofá de la sala, y nos lo aventó, el mueble era tan grande que no logramos esquivarlo, así que nos impactó contra la pared, y de pasó la travesamos, terminando en el cuarto de Shizuru.
El golpe me dejo aturdida, pero Mikoto volvió a la carga de inmediato.
Le seguí en cuanto pude, que ojalá hubiera sido antes.
Déjenme remarcar algo: Fue horrible ver que cuando parecía que ella iba ganando terreno, el pajarraco, sin explicación, aumentó su fuerza. Fue horrible, porque, de un modo que no entiendo, dejo inconsciente a Mikoto y le aventó por el ventanal.
Sí, le aventó desde el piso 50.
Como han de suponer, se me subió lo temerario a la cabeza.
Y sin dudarlo, salté por la ventana.
La caída se sentía horrible, como sí el viento quisiera arrancarme la piel, y ni yo sé como rayos logré mantener los ojos abiertos, pero supongo que ver el cuerpo inconsciente de Mikoto era motivación suficiente.
Hasta la fecha creo que le debo una a alguien en el olimpo, porque aun cuando ella iba más abajo como por 5 metros, pude alcanzarle.
Le tomé del brazo izquierdo, pues su mano derecha aún se aferraba a su espada, y me aseguré de aferrarme a ella con todas mis fuerzas.
El problema era que seguíamos cayendo.
Imagínense la fuerza necesaria para atravesar concreto.
Esa fue la que necesite para salvarnos el pellejo.
Desplegué mi espada y en un movimiento salvaje le clavé en la pared del edificio, el bronce celestial era tan resistente que le hicimos un corte de dos metros a la pared antes de conseguir detener nuestra caída.
Solté un grito al sentir que algo crujió, y es que bueno, al frenarnos de golpe, el peso de Mikoto tuvo uno que otro efecto, como eso de dislocarme el hombro, por ejemplo.
-¡Mierda!-. Dolía bastante, sin embargo, si aflojaba el agarre… bueno, nos faltaban como 20 pisos, imagínenselo ustedes.
Con un hombro dislocado sosteniendo a una Mikoto inconsciente, y mi otra mano aferrándose a mi espada para impedir que nos matáramos, era difícil pensar adecuadamente.
-¡Despierta!-. Grité. -¡Mikoto!-. Temía que mi brazo dejara de responderme. -¡MIKOTO!-.
Y entonces un rugido me heló la sangre. Volteé hacia arriba, para encontrarme con que la arpía se preparaba para ir por nosotras.
