CAMPAMENTO MESTIZO
CAPÍTULO 11
¿Han escuchado eso de que el ambiente está tan denso, que puede cortarse con un chuchillo? ¿Sí? ¿No? Bueno, como sea, ese era nuestro caso. El ambiente de la cabaña era de todo un poco, menos agradable.
Estábamos sentadas en el piso, tenía a Shizuru de un lado, a Alyssa del otro y a Mikoto enfrente.
La mirada de Mikoto era angustia y confusión pura.
-Suéltalo-. Había tenido esa expresión desde que mencioné lo de Nina entrando al campamento. -Anda-.
-No te gustara lo que estoy pensando-. Hice una mueca, estaba segura de que tenía razón.
-Dilo-. Pero la ignorancia era nuestra mayor desventaja, si ella tenía una pieza de ese caótico rompecabezas, debía saberlo.
-Si ella es una semidiosa-. Su pausa expresó que buscaba las palabras adecuadas. -Y posee ese extraño don tan sombrío-. Se rascó la cabeza. Ni a ella misma le gustaba su conclusión. -Bueno, eso nos deja una clara pista de quien es su padre divino-.
-Traducción Mikoto, no he estudiado mucho los árboles genealógicos del Olimpo-. Estaba por de más nerviosa, solo no me mordía las uñas porque era algo asqueroso.
-Lo que Nina hace se llama: Viaje por las sombras-. El puro nombre me daba mala espina. -Y solo hay un dios capaz de concederle esa habilidad a sus hijos-.
Y cuando creía que Ares era el Olímpico que jodía más mi existencia.
Mikoto nombró al verdadero problema.
-Hades-.
El silenció se apoderó de la cabaña.
Mi cerebro corría a mil por hora, intentando encontrar el error en esa palabra.
De todos lo dioses que podían estar involucrados. ¿Hades? ¿¡El jodido rey del Inframundo!?
Shizuru me hizo el favor de decir lo que me estaba quemando la cabeza. -¿No se suponía que los tres grandes juraron no tener descendencia?-.
Ni Zeus, ni Poseidón, ni mucho menos Hades deberían crear más semidioses, eso para evitar aun más problemas entre los tres hermanos con complejos de grandeza.
-En teoría sí-. Sentía que me iba a dar algo.
-¿Y entonces?-. Me pasé la mano por el cabello. -¿No hay otro posible padre?-. Prefería tratar con un hijo de Zeus o Poseidón, ya saben, alguien que no pudiera aparecer y desaparecer a su antojo.
-Por como la describes, Nina emana mucho poder-. Demasiado diría yo. -Así que solo puede ser hija de uno de los grandes-. Maldije mi suerte. -Y si sumamos su habilidad al hecho de que nunca le vimos en el campamento…
-¿Eso que tiene que ver?-.
-Nat… Dime, ¿Quién es uno de los dioses más poderosos de la historia, y aun así no tiene una cabaña en el campamento?-.
-Hades-. Contesté muy a mi pesar. -No me jodas-. Si ella no había estado en el campamento… -No me digas que Nina ha estado viviendo en el inframundo-.
-No hay modo de saberlo-.
Bueno todo eso explicaría la existencia, apariencia y sombría personalidad de Nina.
Pero…
No explicaba porque nos había ayudado, ni tampoco su última advertencia.
Tuve un pésimo presentimiento.
Entonces temí que mi destino estuviera ligado a la desgracia.
Y eso que aún no sabía que existía una profecía, en donde se me pintaba protagonizando una tragedia sin precedentes.
Se las diré más tarde.
Al día siguiente tanto los gemelos como Mai llegaron al campamento, cuando Yamada les preguntó el motivo, solo dijeron que no se sentían seguros en casa.
Como era obvio que estábamos en peligro, pero no sabíamos cual era la amenaza, acordamos permanecer en silencio, a la espera de lo peor.
Mai entrenó aun más con su arco, su puntería ya era perfecta, pero quería ser más veloz, más ágil, más eficaz.
Incluso los gemelos, quienes no solían practicar mucho por hacer otras cosas, mayormente en el taller, se sometieron a un entrenamiento intenso.
Por mi parte, yo entrenaba con Shizuru por las mañanas. La velocidad con la cual ganaba dominio sobre la lanza era asombrosa. Su belleza mesclada con aquellos movimientos de combate creaba una especie de danza hipnotizante. Sí, Shizuru estaba creando su propio estilo de batalla, uno verdaderamente efectivo y grácil.
Por las tardes entrenaba con Mikoto, y dioses, a momentos sentía que su espada en efecto traspasaría mi armadura.
El resto del tiempo lo pasaba metida en mi taller, Shizuru quería hacerme compañía, tuve que decirle que no era buena idea, en parte porque era inseguro para ella, y en parte porque casi siempre estaba trabajando en su regalo.
Dos semanas después, tras unos cuantos incendios más, un par de explosiones, decenas de modificaciones a los planos originales, algunas noches sin dormir y un momento vergonzoso en el cual tuve que pedirle a Shizuru que me dejara tomar sus medidas, estaba a nada de terminar mi trabajo.
La fragua ardía a una temperatura que superaba por mucho a la usualmente necesaria, tuve que tener extremo cuidado al momento de sacar de ahí lo que consideraba mi obra maestra, de ese tiempo.
Al sacar el molde donde reposaba mi creación, le sumergí en agua, el vapor llenó el taller, había tenido que repetir ese proceso cinco veces, gracias al Olimpo esa era la última.
Una vez que el metal se enfrió, deje el molde en el agua y saque lo que sí me importaba con unas pinzas.
-Espero que le guste-. En el fondo tenía la certeza de que sí le gustaría.
Sonreí mientras le guardaba en una cajita.
Le dije a Shizuru que fuéramos al campo de fresas, no tenía ni idea de que esa sería la última vez en mucho tiempo que podríamos hacer tal cosa.
Paseamos entre los pequeños arbustos, tomadas de la mano. -Ara, ¿y que era eso que querías decirme?-. Se los dije, ese Ara lo escuchaba hasta dormida, pero por alguna razón en esa ocasión me puso nerviosa.
-Bueno yo…
-Te vez adorable sonrojada-. A veces odiaba mis propias reacciones.
-¿No puedes solo omitir eso?-. Siempre le encantaba hacer mención de mis sonrojos, desgraciadamente eso solía causarme más vergüenza y por lo tanto un mayor sonrojo.
-Claro que no-. Suspiré derrotada.
-Verás…-. Genial, no sabía como sacar el tema sin verme sobreprotectora, o peor aún, paranoica.
Sonrió pícaramente. -Si no puedes decirlo, creeré que quieres terminar conmigo-. El drama exagerado en su voz delataba que era una broma, aun así…
-¿¡Qué!? ¡Claro que no! No estoy loca-. Sentía la vergüenza quemándome la cara. -Al menos no en ese sentido-.
-¿A qué te refieres con: En ese sentido?-.
-A que debería estar mal de la cabeza para terminar contigo-. Debería estar loca, perder la memoria y se la mayor imbécil del planeta para hacer eso.
Rio. -Las palabras no son lo tuyo-. Su sonrisa me hacía sonreír también. -Pero eres tierna a tu manera-.
Era increíble como estar enamorada y ser correspondida podía hacer todo mejor, pese a que el 70% de mi vida era una mierda.
Hice que nos detuviéramos. -Tengo un regalo para ti-. Metí la mano a mi bolsillo.
-Dioses-. Se puso pálida. -Dime que no olvidé nuestro aniversario o algo así-.
Mi rostro fue un poema de confusión. -Espera, ¿tenemos un aniversario?-. Eso le devolvió el color y se relajó soltando una carcajada.
-Se su pone que los aniversarios son cada año, pero podemos celebrar nuestras semanas, si quieres-. Me guiñó un ojo.
-Es injusto que me guiñes, si yo lo hago solo estoy parpadeando-. Había aprendido a tomarle una especie de humor negro a mi único ojo. -Como decía, tengo un regalo para ti-.
Le extendí la cajita, soltó mi mano para tomarle y abrirle. Sus ojos brillaron al ver su regalo.
-Espero que te gusten-.
-Son hermosos-.
Sacó un par de anillos de la cajita, ambos desprendían una tenue luz que resultaba cálida a la vista. El primero era color rojo carmín, el centro parecía transparente, pero si ponías atención, a momentos podías ver que aparecía una llama dorada, como un destello.
El segundo era como su hermano gemelo, solo que en lugar de rojo, era negro brillante.
Había logrado, con mucho esfuerzo, que ambos representaran fuerza, sin embargo, al mismo tiempo poseían su propio encanto, grácil, bello y elegante.
Los había hecho para que combinaran a la perfección con Shizuru.
-El rojo es para el ataque-. Me pidió que yo se los pusiera, coloqué ese en su mano derecha. -Y el negro para la defensa-. Puse ese en su mano izquierda.
Apreció ambos en sus manos, le quedaban justos, se acoplaban a sus dedos. -Eres asombrosa Natsuki-. Me abrazó. -Sabes-. Sus brazos en mi cintura eran la gloria. -Tomaré esto como un compromiso-.
Así es, me sonrojé.
-Mientras los tengas, sabrás que siempre cuidaré de ti-
Irónicamente, quería cuidarle, sin embargo…
Cuando le di su regalo, la cuenta regresiva llegó a 0.
Debimos verlo venir desde que Kazuya no fue el único en dejar de responder los mensajes, decenas de campistas habían rotó el contacto. Debimos saberlo, preverlo, pero era imposible imaginar algo así.
El caos estalló en el campamento.
Los gritos eran cada vez más fuertes.
Los campistas más jóvenes lloraban, aterrados.
Los mayores observábamos lo que sucedía, congelados.
Cientos de monstruos golpeaban la barrera del campamento, eran tantos que verlos ahí prácticamente era un sinónimo de muerte, y eran tan variados que había especies que ni siquiera conocía.
-Por el Olimpo-. Escuché que más de uno susurró eso.
El putrefacto aroma que emanaba cada uno de ellos se mezclaba, haciéndose todavía más nauseabundo.
Sus rugidos en conjunto creaban una horrible distorsión, dando como resultado el peor y más aterrador sonido que había escuchado en mi vida.
Ok, me equivoco, el segundo, porque el primero siempre eran los desgarradores gritos de Shizuru cuando me veía caminar al borde de la muerte.
Además, se los juro, era mediodía, y el cielo había oscurecido de la nada, sumiéndonos en una verdadera pesadilla.
Shizuru se aferraba a mi brazo, ambas temblábamos, y estoy segura de que todos los campistas lo hacían.
-Imposible-. Susurró aterrada.
-El tiempo se agotó-. Dije, comprendiendo las palabras de Nina.
Ella era la hija de Hades.
Hades vivía en el Inframundo.
Y de allá venían los monstruos.
Los campistas que no podíamos contactar nunca regresarían, porque ya habían sido devorados por esas malditas cosas.
Y estaban ahí para terminar con su festín.
Planeaban exterminar hasta al último de nosotros.
No muy lejos de nuestro lugar, vi a Mikoto y Mai, un par de pasos más allá vi a los gemelos junto con Alyssa.
Nina me había dado la oportunidad de salvar a ese reducido grupo.
Le dio una oportunidad a lo que mas amaba.
¿Por qué?
No tenía tiempo para pensar.
-¡RETROCEDAN!-. Grité al ver la peor parte de esa pesadilla. La barrera, que era invisible, dejo de serlo, mostrándose como una pared de cristal, y entonces se hizo pedazos.
Los monstruos entraron.
Jalé del brazo a Shizuru, haciéndole correr. -¡Tienes que activarlos!-. Grité, pero ella estaba absorta en lo que veía, y le entendía, lo que yo estaba sintiendo iba mucho más allá del miedo.
En ese instante, todo dependía de mí. Activé mi armadura, rogando al Olimpo que ningún colmillo ni garra pudiera atravesarle. Desplegué a Cristal Plateado, deseando que su filo nos protegiera en aquel infierno.
Lo primero que vino hacia nosotras fue una dracaena, que de la nada se convirtió en tres, nos rodearon. -¡Shizuru!-. No quería moverme, esas cosas siseaban, esperando el mínimo error para asesinarnos.
La adrenalina se convirtió en mi mejor amiga aquel día. Entré en lo que los semidioses denominamos Frenesí de batalla, y le rebané la cabeza a una de ellas.
Pero las otras dos crecieron, en lugar de medir 3 metros de largo, parecían medir 5 metros. La mano con la que sostenía mi espada temblaba demasiado.
Eso no tenía sentido.
Los monstruos no crecían de ese modo, no tenían esa fuerza.
¡No tenía sentido!
En el fondo comprendí que todo era obra de Hades.
Era como lo que nos sucedió con la arpía, de un segundo a otro era una versión mejorada de si misma.
Una de ellas se lanzó contra Shizuru, con toda su fuerza, me atravesé en medio de ambas recibiendo todo el impacto. La armadura lo resistió, sin embargo, me dejo sin aire y el dolor recorrió todo mi cuerpo.
La segunda dracaena iba a embestirme por la espalda, eso habría sido catastrófico, pero una flecha surcó el aire y le dio justo en medio de los ojos.
Agradecí internamente a Mai.
Me costaba horrores moverme tras aquel golpe tan ridículamente fuerte, necesitaba por lo menos unos segundos más para recuperarme lo suficiente, claro, esa cosa no iba a darnos tiempo.
Inevitablemente me sentí vulnerable, quería poder luchar y protegernos a ambas, pero era imposible hacerlo sola en esas circunstancias. Cerré la boca con fuerza, impotente, si Shizuru no hacía algo íbamos a morir de la peor manera. Tenía que sacarle de su estupor. -¡SHIZURU, TE NECESITO!-. Mi grito le regresó a la tierra.
Sentí como si fuese un milagro cuando activó su anillo negro, este desplegó una armadura muy similar a la mía, le cubrió por completo con bronce celestial. -¡Golpea el suelo!-. No había tiempo de explicarle como funcionaban los anillos, tendría que aprender sobre la marcha.
Hizo lo que le dije.
La activación de la armadura había generado suficiente energía para que al golpear el suelo, se produjera una onda expansiva.
Fue un golpe de suerte que no iba a repetirse.
Los monstruos más cercanos salieron volando, yo también lo habría hecho si Shizuru no me hubiera sostenido del brazo.
Aparecieron más dracaenas, alce mi espada.
Dos iban a lanzarse hacia nosotras, una para cada una.
-¡Activa el rojo!-.
El polvo dorado llovió cuando Shizuru le atravesó la cabeza a esa cosa. Desde su anillo se había desplegado una lanza de doble punta, era color rojo carmesí, con empuñadura de cuero negro y puntas color cobre, mismas que en el centro tenían un hueco que a segundos mostraban destellos dorados.
Giró rápidamente, justo a tiempo para cortar a un perro del infierno que planeaba llegarle por las piernas.
Por mi parte, le corté la cabeza a la dracaena restante, y después tuve que hacer lo mismo tantas veces que perdí la cuenta.
Quería que huyéramos de ahí, pero no había a donde ir, viese a donde viese el infierno ardía.
Vi a más de uno ser desgarrado y devorado, sin poder hacer nada.
Deseaba ayudarles, nadie merecía morir así, no obstante, solo podía ayudar a Shizuru, y eso porque luchábamos hombro con hombro.
Los hijos de Apolo, con sus arcos, intentaban desesperadamente mantener el cielo despejado, me percaté con horror que uno de ellos fue levantado por un monstruo indescriptible y una parvada de seres iguales a ese le desmembraron en el aire. Imagínense nuestro miedo al descubrir que las arpías no eran nuestro único problema con alas.
Los gritos de dolor eran suficiente para enloquecer a cualquiera.
Joder, al nauseabundo aroma de los monstruos se había sumado el de la sangre de los semidioses. Una arcada me subió por la garganta.
Quizá fueron nuestros instintos de supervivencia, que decían a gritos que siendo más tal vez pudiéramos lograrlo, mientras peleábamos, poco a poco nos fuimos acercando al lugar en el cual estaban Mai y Mikoto.
-¿¡Vieron a mis hermanos!?-. Ellos no habían estado lejos de nosotras cuando se desató todo.
-¡Corrieron a la armería!-. Supe de inmediato porque habían ido hacia allá.
Mis hermanos hacían todo lo posible por distribuir armas entre los campistas, pues éramos muy pocos, contados con una mano, los que solíamos cargar con armamento siempre.
Gotas de una sustancia viscosa cayeron sobre mi yelmo, inmediatamente me lo quité y lo arrojé lejos, sentí escalofríos al ver que el bronce celestial era carcomido. Mai usó sus últimas flechas para derribar al monstruo que por poco y me asesinó con su saliva acida.
Todo era tan aterrador que llegaba a un nivel absurdo, cualquier pequeño equilibrio que pudiera existir se fue por completo a la mierda.
Enfurecí contra los dioses.
¿¡Por qué nos dejaban a nuestra suerte en un momento como ese!?
¿¡En verdad les importábamos tan poco!?
El polvo dorado seguía lloviendo a raudales, y aun así, quedaban demasiadas de esas cosas en el aire. No había mas flechas. Era enloquecedor pensar que quedaríamos a merced del destino.
Dejamos a Mai y Shizuru en medio, Mikoto cubrió el flanco izquierdo, yo el derecho. Forcé a mi cabeza, desesperado por crear un plan. Teníamos que traes esas cosas al suelo o nunca podríamos derrotarles. Me iluminé. -Tu lanza tiene modo retráctil-. Shizuru entendió cual era mi idea.
Imagínenselo como pescar, pero en el aire.
Ambas puntas de su lanza podían extenderse cinco metros cada una, funcionando a modo de cadenas. Usó esa modalidad para atrapar los pajarracos deformes y arrastrarlos al piso, una vez en tierra, Mikoto y yo les exterminamos.
La lucha solo se prolongaba, matábamos a uno y aparecían dos o tres para reemplazarlo. Una punzada de dolor amenazó con acalambrar mis brazos, las piernas me temblaban.
De reojo vi que Yamada había logrado establecer un perímetro de emergencia. Era como una segunda barrera, pero más pequeña y por lo que parecía, mucho más resistente, ya que pude ver que algunos campistas ya estaban dentro.
Aparentemente, era un lugar seguro.
Si es que lográbamos llegar.
Ahí el problema.
-¡Por allá!-. Les señalé el lugar, la mirada de todas brilló. Esa pequeña barrera representaba una esperanza monumental.
Hicimos milagros para movilizarnos en esa dirección, dar un par de pasos ya era complicado, correr era toda una odisea.
Ahora piensen en esto y ustedes saquen sus propias conclusiones, ya mi dirán si creen que se me fue la mano siendo buena persona o simplemente fui imbécil: Se nos presentó la oportunidad perfecta para recorrer el pedazo que nos separaba de la barrera.
Pero entonces le vimos.
Según el mito, existía uno solo, pero ahí había tres.
¡Tres malditos minotauros!
¿¡Cómo mierda era posible!?
Como si eso no fuese suficiente malo por su cuenta, acorralaban a una campista, ella ni siquiera podía ponerse de pie, tenía el tobillo roto.
Adivinen quién era…
Sí, mi mayor dolor de cabeza.
Apreté los puños, no podía dejar ir esa oportunidad, quizá fuese la única forma de sobrevivir, pero tampoco podía abandonarle con aquellas bestias. Ni siquiera Nao se merecía un final tan cruel como ese.
-Dioses-. Susurré, ni yo me creía que estaba a punto de jugarme el pellejo por una chica que me odiaba por completo.
A ninguna le gustaba la idea, pero ni Shizuru ni Mai poseían la maldad necesaria para dejarle a su suerte cuando podían hacer algo, y Mikoto, joder, ella alucinaba a Nao casi tanto como yo, pero era su hermana.
-¡Al carajo!-. Grité corriendo directo al problema. La demás me siguieron en mi demencial ataque suicida. Shizuru me alcanzó y se pegó a mi cual sombra.
Mi espada chocó contra los cuernos de uno de los minotauros, las chispas saltaron, mis brazos temblaron, sentí que algo se desgarró cuando hice el monumental esfuerzo de empujarle hacia atrás. Reté a aquella cosa con la mirada, sus infernales ojos ardieron con rabia.
La cara que puso Nao al vernos intervenir por ella fue épica.
Seguramente no podía creerlo.
Ninguna terminaba de creerse aquella escena.
Esas cosas poseían un poco más de inteligencia que el resto, al ver el bronce celestial de nuestras armas se mantuvieron a raya, esperando el mínimo error. Mikoto y Shizuru encaraban a los otros dos mientras yo le mantenía la mirada a ese jodido mito viviente.
Tomé el riesgo de romper el contacto visual.
Nao seguía en el suelo, le extendí mi mano libre.
Honestamente, creí que preferiría ser devorada viva por los minotauros antes que aceptar mi ayuda.
Me llevé la sorpresa del siglo cuando tomó mi mano e incluso aceptó que yo fuese su soporte. Joder, estábamos haciendo historia. Eso definitivamente marcaba un antes y un después, en tantos sentidos.
Ahí estábamos las cinco, asechadas por esas cosas que insisto, deberían haber sido una sola.
Sudaba en frío, consideraba que estábamos a nada de morir. Sacudí la cabeza, no, no, no, no permitiría que Shizuru muriera.
-¿¡No tienes un juguete para esto, Kuga!?-. Aunque no lo crean, ese no era un insulto de Nao, simplemente no sabía como dirigirse a mí así que lo hizo como siempre lo hacía. Su tono evidenciaba que ella tenía tanto miedo como nosotras.
Reaccioné.
Técnicamente yo no lo tenía, pero había fabricado algo con el potencial para salvarnos, de esa, al menos.
-Shizuru-. No grité, pues ella estaba pegada a mí, espalda contra espalda. -Tú lanza tiene un último as bajo la manga-. Se apegó más a mí al ver que esas cosas se acercaban, cerrándose a nuestro alrededor. Todas estábamos tan cerca, que se los juro, podía sentir los temblores de cada una.
No me mal entiendan, obviamente me sentaba fatal ver así a mis amigas, sin embargo, me mataba por dentro sentir los temblores de Shizuru, saber que el miedo le sacudía el alma.
Mi mayor temor, como es de esperar, era perderla.
Así que imploré al Olimpo que ya nos había abandonado, que mi idea funcionara como lo tenía planeado.
-¿Qué debo hacer?-. Se esforzó por mantenerse bajo control.
Le respondí.
Entonces, lo que antes era un destelló en las puntas de su lanza, se convirtió en llamas, ambos extremos ardieron.
Los minotauros retrocedieron al verlo.
-Asombroso-. Dijo Mikoto, impactada al ver, que a mi manera, había reproducido el fuego visto aquel día.
Había construido esa cosa para que pudiera funcionar como un lanzallamas.
Sí, quizá me emocioné un poco al fabricarle…
Aunque ahora sí, ese era el último truco.
Shizuru no perdió el tiempo.
Danzó al son de la batalla e incendió a los tres minotauros. El fuego normal no les habría hecho la gran cosa, pero el fuego que desprendía la lanza de Shizuru era creado a base de bronce celestial. Se volvieron polvo dorado.
Después de eso, milagrosamente, nuestra oportunidad seguía presente.
Contra todo pronóstico, conseguimos llegar a la barrera.
Había tan pocos campistas dentro que resultaba deprimente, mis hermanos ya estaban dentro, aunque… Tate, él no había llegado completo, le faltaba la pierna izquierda. Dos hijos de Apolo intentaban auxiliarle, de inmediato Mai corrió para ayudarlo.
¿Lo peor? Aun faltaban escenas más desgarradoras.
La siguiente que vi fue protagonizada por Midori, ella, quien siempre había lucido tan despreocupada con su sonrisa torcida… gritaba desesperada, a punto de quebrarse al ver que la mayoría de sus chicos, pues tenía la cabaña con mas habitantes, estaban siendo devorados.
-¡Tengo que ayudarlos!-. Intentaban salir de la barrera, Yamada se lo impedía, aferrándose a ella.
-¡Es un suicidio!-.
-¡Mis chicos!-. Midori sollozaba.
Los lamentos de todos me taladraban los oídos.
Desvié la mirada, impotente ante la desgracia.
Quería ayudar, salvar a más campistas, pero mis extremidades no me respondían del todo, una vez dentro de la barrera me había derrumbado, agotada.
Había llegado al límite.
Mi cuerpo simplemente no podía más.
Anhela cerrar mi ojo para abrirlo y descubrir que todo había sido una pesadilla.
Lo único que me separó de la locura, lo que evitó que me rompiera sin tener arreglo, fue que Shizuru estaba ahí conmigo, abrazándome, diciéndome al oído que sobreviviríamos.
Ella tampoco era capaz de moverse ni un centímetro más, su último esfuerzo había sido, precisamente, el de aferrarse a mí.
Desde nuestro lugar en el suelo, recargadas contra la pared de la cabaña principal, escuché que una cuenta regresiva estaba por llegar a cero. -¿Qué es eso?-. Pregunté a Yamada, ya sin ánimo, casi sin esperanza.
Los monstruos golpeaban esa barrera.
-Algo que tardó demasiado-. Pude ver que Yamada lloraba mientras seguía sosteniendo a Midori. -Pero nos ayudara-. Se limpió las lágrimas. -La última medida de defensa del Campamento Mestizo-.
Lo que pasó después, al igual que el ataque que sufrimos, carecía de comparaciones, nada podía asemejársele.
Toda el área del campamento, bajo tierra, era una especie de bomba gigante, hecha con bronce celestial.
Dependíamos completamente de que la barrera no fallara.
Porque esa bomba poseía la capacidad de exterminar a todos los monstruos, al precio de arrasar con el campamento entero.
Y no, no me refiero a crear un cráter gigante, pero si a daños drásticos, quizá irreparables.
El único lugar al que había podido llamar hogar moría ante mí.
Abracé a Shizuru y oculté mi rostro en su cuello.
Entonces la cuenta regresiva llegó a cero.
DÍAS DESPUÉS.
Sobrevivimos tan pocos, que bueno, era factible decir que los semidioses prácticamente habíamos sido exterminados.
Y para quienes aún respirábamos, solo existía miseria.
La desolación y tristeza reinaba entre nosotros, lo que quedaba del Campamento Mestizo permanecía de luto.
Aquel día sería recordado por todos con la mayor amargura posible.
El día en el que oficialmente había comenzado la era que sería conocida como: Cacería de Semidioses.
Pero saben, había algo casi tan caótico como eso, me atrevo a decir que tal vez… era peor.
¿Recuerdan que más arriba les mencioné algo acerca de una profecía sobre mí?
Joder, lo poco que quedaba de mi mundo amenazó con caerse a pedazos.
Yamada me llamó, dijo que era hora de conocer mi profecía.
Aquí les dejo ese maldito párrafo que odie con toda mi alma.
Aquel heredero de las fraguas,
cuya visión es una sola,
perderá lo que más atesora,
su agonía será locura,
el señor de los muertos tomará su ira,
y entonces el olimpo sabrá…
que incluso los dioses tienen un final.
Tras escuchar esas palabras, salí del lugar azotando la puerta. -Ese no será mi destino-. No podía serlo, no quería que lo fuera, haría lo que fuese necesario para cambiarlo.
No entendía que era demasiado tarde para evitar lo inminente.
No le conté sobre mi profecía a nadie, ni siquiera a Shizuru.
El siguiente capítulo estará ubicado después de un salto temporal.
