CAMPAMENTO MESTIZO

CAPÍTULO 12

Así pasaron 6 años.

Caminaba por los pasillos de un hospital, tras un médico que en ese momento no era consciente de nada, solo se concentraba en guiarme. Pasamos por una sala de espera en la cual una familia lloraba, sentí compasión por ellos, sabía lo que significaba la perdida.

Lo sabía demasiado bien.

Muy a mi pesar, iba vestida para la ocasión, con filipina y un cubrebocas a juego, por consecuencia, si sumábamos eso a mi parche, la única parte visible de mi rostro era mi ojo izquierdo. Con los años, mis cicatrices se habían atenuado un poco, claro está, seguían siendo un maldito cartel de neón para los humanos comunes y corrientes, vaya, incluso entre algunos de mi propia clase.

Cuando comencé a narrarles esta historia, aparecí teniendo 14 años y les hablé de un lugar fantástico, mortal, pero fantástico, a mis 20… bueno las cosas pintaban muy diferente.

Pero ya se irán dando cuenta, así que volvamos al tema. Dejando de lado mi cara, sí es que eso no me convertía ya en el centro de atención, mi apariencia seguía resaltando por llevar una gran mochila a cuestas. Ahora, por difícil que parezca para creerlo, nadie volteaba a verme, tal vez la niebla continuaba haciendo de las suyas, o quizá en ese lugar ya habían visto cosas mucho más extrañas, quien sabe.

Miré hacia abajo, extrañaba mis botas, el calzado del hospital no me era precisamente cómodo. Además, cubría mis muñequeras con unas vendas, que por algún motivo, me producían picazón. Fruncí el ceño. En serio odiaba hacer ese trabajo, pero bueno, a ninguno de nosotros le gustaba hacerlo y era mi turno.

Suspiré.

Entre más rápido lo hiciera, mejor.

Mi guía no cruzaba palabra conmigo, por eso de que iba perdido en el limbo, ya saben, como en piloto automático. Por una milésima de segundo, casi sentí culpa, él tendría más de un par de problemas por nuestra causa.

-Mejor él que nosotras-. Murmuré.

Sé que esa era una forma de pensar un poco egoísta, ok, bastante egoísta, sin embargo tienen que entenderme, prácticamente cualquier inconveniente que él pudiera tener no se comparaba al mínimo problema para nosotras.

Volví a suspirar.

Faltaba poco para llegar a nuestro objetivo y todo marchaba bien, hasta que al doblar en una esquina, vi que un médico me veía fijamente, le sostuve la mirada, arrepintiéndome al instante, no solo me observaba, arrugaba la nariz, me estaba olfateando.

Aparenté que no me importaba y que pasaba de él, mientras que en realidad deseaba tener ojos en la nuca para no perderle de vista. Otro habría pensado que el tipo simplemente era un hombre muy extraño, yo sabía que iba más allá de eso. Ya sudaba en frío cuando mi guía abrió una puerta.

No demoré nada en llenar mi mochila, quería largarme de ahí antes de que las cosas se pusieran feas. Guardé lo que había ido a buscar y un par de cosas extra. A esas alturas de la partida tenía una lista de principios que me mantenían vivita y coleando, y uno de ellos era: Siempre ten un as bajo la manga. Por ese motivo siempre terminaba llevándome más de lo que había ido a buscar.

Tras salir del cuarto comencé a dar pasos largos y rápidos, si por mi fuera hubiera echado a correr desde el inicio, pero no quería que el personal intentara detenerme por conductas sospechosas.

Ajusté bien las correas de la mochila, sabiendo que en cualquier momento, en efecto, tendría que salir casi volando de ahí. En mi camino de regreso, por instinto, volteé hacia atrás, el mismo médico me observaba con ojos sombríos, y dijo una palabra que era casi un tabú por aquellos días.

-Semidios-. Después de eso gruñó.

Así es, salí disparada.

Empujé y tiré al suelo a más de uno en mi improvisada huida, por supuesto, me reclamaron por eso, pero sus gritos no eran nada comparándolos con los gruñidos de mi nuevo amigo. Al ver a los demás palidecer, por costumbre, me pregunté que estarían viendo.

Esquive a un paciente que iba en silla de ruedas.

Salté por arriba de una camilla.

Quizá se preguntan porque no le hacía frente a quien intentaba darme caza. Por dos motivos muy importantes:

1) No podía arriesgar el contenido de la mochila.

2) Estábamos en un hospital, no podía pelear en un hospital, ¡un hospital, por el olimpo!

Muy seguramente se me iluminó mi ojo al avistar la ruta que buscaba.

Al llegar a la salida trasera, abrí la puerta de una patada.

Ahí estaba otro médico, igual de ausente que el que me guiaba dentro, con la mirada turbia y a merced de alguien más, alguien que me esperaba.

-¡Tenemos que irnos, ya!-.

Shizuru alzó la mirada, a sus 21 años era aún más hermosa que cuando le conocí, ni siquiera su expresión de preocupación le restaba atractivo. -¿Qué es?-. Su voz también había cambiado, adquiriendo un tono seductor que no perdía su encanto bajo ninguna circunstancia.

Dioses, jamás había visto a Afrodita, sin embargo, tenía el presentimiento de que Shizuru igualaba, o quizá incluso superaba a su madre.

Era toda una mujer, cuya presencia era absolutamente necesaria para mí.

Si antes me generaba dependencia, ya pueden imaginar como me iba por aquellas fechas.

-Aun no revela su forma-. Miré con premisa la puerta, quería bloquearla con algo, lo que fuese, no había nada. Metí la mano debajo de mi filipina, ahí escondido tenía mi cinturón y en el llevaba más de una cosa útil.

-Vete de aquí-. El médico obedeció su orden y caminó lejos de nosotras, mientras lo hacía, la niebla de sus ojos se disipaba lentamente. La embrujahabla de Shizuru era mucho más fuerte, tanto que sí no tenía cuidado podía causarle cierto grado de locura a las personas.

Saqué un pequeño cubo de bronce celestial, sí, sí, casi todo lo construía con eso, no pueden culparme, ese metal era el metal de la vida. Lo coloqué en el suelo, frente a la puerta, y le activé mediante un comando de voz. El cubo se convirtió en una barricada de seguridad que bloqueó la entrada.

Un segundo después escuche un golpe contra la puerta, la barricada le detuvo. -¡Vámonos!-.

Le di la mochila e hice que ella corriera delante, y sí, protestó por eso.

Yo corría más rápido pero ella daba pasos más largos, quizá porque Shizuru era 10 cm más alta, los últimos años de la adolescencia le habían hecho crecer bastante.

Casi escuché coros angelicales cuando un auto derrapó ante nosotras, las puertas se abrieron.

-¡SUBAN!-. Mikoto iba al volante.

Subí al asiento de copiloto y Shizuru a la parte trasera, ni siquiera habíamos cerrado las puertas cuando Mikoto aceleró, una sabía decisión, tomando en cuenta que no solo la puerta, si no que también parte de la pared del hospital se vino abajo con una pequeña explosión.

Entre el humo de los escombros, se avistó una enorme silueta que seguía creciendo.

-¡JODER!-. Conocía esa figura, las demás también, así que Mikoto aceleró aun más.

Abrí el tablero que se guardaba en la guantera y presioné un botón, el auto se recubrió con placas de bronce celestial.

-¡SEMIDIOSES!-. Los cristales vibraron ante ese rugido del infierno.

-Intentaré retrasarlo-. De inmediato pasé entre los asientos para sostener el brazo de Shizuru. -Tenemos que ganar tiempo-. Sus ojos me vieron con seguridad. De haber querido podría haber usado su don conmigo, obligándome a ceder, pero jamás lo hacía, había jurado no hacerlo.

-Ni se te ocurra-. Podía escuchar el sonido de sus pesadas patas contra el asfalto, era cuestión de minutos para que nos alcanzara. -Sabes que nuestras armas no le traspasan-.

Vio sus anillos. -Resistirán lo suficiente-. Su mirada me mostraba preocupación, quería protegerme.

-Resistirían, sí-. Acepté, de que podían resistir podían, sin embargo, aunque para defenderse fuesen suficiente para atacar simplemente no lo eran. -Pero sabes que aun no los adaptó para esto-. Sostuve su mano con firmeza, declarando que no le dejaría hacer nada con potencial suicida en ese auto.

Tuvo que darme la razón.

Y así regrese a mi asiento para pensar en una solución.

Ni con bronce ni con plata podríamos matar a esa cosa.

Porque el monstruo que nos perseguía era un León de Nemea. Un león de proporciones descomunales, con una maldita piel dorada que relucía exageradamente y repelía nuestras armas.

¡Esa cosa era un maldito tanque!

¿¡Qué carajos hacía en el hospital!?

Ohh cierto, esas cosas se distribuían por todos lados, intentando terminar de exterminarnos.

Le hice señas a Shizuru para que me pasara la pequeña mochila que había dejado debajo del asiento. Al tenerla en mis manos, saqué mi ropa de ella y procedí a cambiarme. Déjenme decirles un detalle importante, Shizuru era bastante celosa, de mis amigas, únicamente con Mikoto no me hacia una escena por cambiarme frente a ella, porque sabía que nos veíamos como hermanas, además, para variar, estábamos en una situación de vida o muerte.

Sentir mis botas y mi gastada playera del campamento me hizo sentir mejor. Me quité las vendas de los brazos.

Le eché un vistazo a mis muñequeras, las líneas rojas que les recorrían comenzaban a evaporarse. Vi que al cinturón de Shizuru le ocurría lo mismo, y la correa con la que Mikoto sostenía su espada no era un caso distinto.

Apreté los puños, habíamos tardado demasiado, era una de esas ocasiones en las cuales el tiempo nos comía vivas.

Tomé el pequeño radio que venía en mi cinturón. Lo sé, alguna vez dije que usar celulares era la peor idea del mundo siendo semidios, entonces, ¿cómo podía usar un radio? Bueno, cuando tu vida depende de inventar cosas, te pones bastante creativa.

Así que sí, había modificado esos radios para poder usarlos sin ser carnada para monstruos.

Lo encendí. -Cristal Plateado, Cristal Plateado-. Espere a que respondieran.

-Identidad confirmada. Aquí Ruiseñor Dorado-. La voz de Alyssa delataba que ya esperaba las malas noticias, y por el sonido del fondo, ya tenían un lío por allá.

-Prepara las defensas-. Apenas iba a contestarme cuando otro rugido nuevamente hizo vibrar las ventanas.

-¿¡QUÉ RAYOS ES ESO!?-. Era demasiada belleza que no hubiéramos gritado hasta ese momento. -¿¡QUÉ LES SIGUE!?-.

Otro rugido y un golpe a la calle que le hizo agrietarse.

-¡LEÓN DE NEMEA!-. La señal se cortó. Esperaba por el bien de todos que me hubiera escuchado.

Porque íbamos de regresó al campamento.

Aunque aún nos faltaba hacer una parada.

Saqué otro objeto de mi cinturón y abrí la ventana. -¿¡QUÉ DEMONIOS HACES!?-. Esa fue Shizuru, ahí fue ella quien me tomó del brazo.

-Intentaré retrasarlo-. Dije como si fuese obvio, el agarré se reforzó, me sostenía con tal fuerza que de seguro me dejaría moretones.

-¡Acabas de decirme que ni se me ocurra!-. No estaba enojada, ni de lejos, sentía temor, temor a perderme. -¡Sí mi arma no le atraviesa la tuya tampoco lo hará!-. Ella tenía razón, usaba ese argumento sabiendo perfectamente que le metía mucho más empeño a su armamento que al mío.

-No es un arma-. Mi ojo le rogaba que tuviera fe. -Confía en mí-.

Liberó mi brazo.

Ella aun quería detenerme, pero sabía que en verdad necesitábamos retrasarlo, y que para ese entonces yo ya no cometía tantos actos suicidas como cuando era adolescente. Saqué medio cuerpo por la ventana, el aire me sacudía tanto el cabello que deseé haberlo atado antes. Implore al olimpo que no me fallara la puntería.

-¡Natsuki, rápido!-. Por supuesto, a mi novia no le hacía gracia que me expusiera de esa forma, así incluso una arpía podría aparecer y tomarme.

Con mi mano izquierda me aferré al marco de la ventana y con la derecha lancé un par de esferas de bronce, eran del tamaño de nueces.

El bronce no lo mataría.

Pero no buscaba matarlo.

-¡SÍ!-. Apenas hicieron contacto con el león, ambas esferas se convirtieron en redes de cadenas que envolvieron sus patas delanteras. Esto le hizo caer e impactar de lleno contra una tienda. -Rayos-. Regrese al interior del auto.

Shizuru cruzó los brazos desde atrás del asiento y me abrazó, sostuve sus manos. -Si nos va bien, tenemos dos o tres minutos-.

-Suficiente-. Mikoto giró a través de un callejón. Todas sabíamos manejar, pero con el paso de los años ella se había hecho la mejor al volante.

Mikoto también había crecido considerablemente, pero en cuestión de estatura ella y yo mediamos lo mismo. Su corte de cabelló era muy similar, seguía siendo corto y los mechones parecían no tener una dirección específica, con la diferencia de que llevaba el costado derecho rapado desde que un monstruo le había dejado una cicatriz ahí. Además, había perdido el dedo meñique de la mano izquierda, porque un perro del infierno se lo había arrancado de un mordisco, gajes de ser una sobreviviente.

Con todo y mano incompleta, Mikoto Minagi era una de las semidiosas más fuertes y letales.

Condujo hasta nuestra última parada, aunque para detenerse tuvo que derrapar desde cuadras atrás y hacerme creer sin duda que tendría que cambiar las llantas. Se abrió la puerta trasera.

-¡SUBE!-. Le grité. -¡SUBE YA!-.

Volteó a verme con su clásica cara de: A mí no vas a darme órdenes. -¡QUE SUBAS, CARAJO!-. Pero la histeria de mi voz le ganó a su rebeldía.

Empujó a alguien con quien había estado discutiendo y le arrebató una bolsa, conociéndola, de verdad se la había ganado pero el hijo de puta no quería admitirlo.

-¡SUBE!-. Volví a gritar, con un muy mal presentimiento.

-¡Te escuché la primera vez!-. Subió a la parte trasera del auto y entonces volvió a oírse aquel rugido. -¡Mierda!-.

Mikoto arrancó, esa vez con el único propósito de no parar hasta estar en el campamento.

-¿¡León de Nemea, en serio!?-. Como dije, todos odiábamos a esa cosa. -¡Espero que ya tengas un plan, Kuga!-.

Sonreí. -¿Con quién crees que estás hablando, Nao?-. Mi mayor propósito de vida era ser creativa y mantenernos vivos.

Con respecto a nuestra cuarta acompañante, sí, Nao hacía trabajos con nosotras, obviamente seguíamos sin llevarnos de maravilla, después de todo agua y aceite jamás se mezclan, pero funcionábamos, lo necesario al menos.

En esos seis años, al igual que Mikoto, Nao había ganado fuerza monumental, ser hijas de Ares les hacía más fuerza y agilidad que carne y hueso.

-¿Lo consiguieron?-. Preguntó con cierta preocupación, vi de reojo que las líneas rojas de su chaleco también estaban evaporándose.

-Por supuesto-. Shizuru le mostró la enorme mochila. -¿Y tú?-.

-Aquí esta el dinero-. Mostró la bolsa.

Por si se lo preguntan, mientras nos la jugábamos en el hospital, Nao hacía otro trabajito, uno que tampoco era agradable. Tenía las manos vendadas y manchadas de sangre. ¿Por qué? Porque Nao participaba en peleas callejeras para ganar dinero para nuestro grupo.

Como Mikoto manejaba a 300 km/h, no tardamos en salir de la ciudad, recorrimos una larga carretera y después nos adentramos en un bosque.

El León de Nemea derribaba los árboles al perseguirnos. Si hubiéramos querido perderlo de vista, habría sido imposible.

Deseé que Alyssa ya tuviera preparadas las defensas adecuadas.

El felino acortaba distancia. -¡Maldito gato de mierda!-. Grité enfadada. Por su culpa tendría que hacer algo para remediar el desastre del bosque.

-Casi llegamos-. Mikoto hablaba tranquila, aunque yo sabía que los nervios la mataban. -¡Ahí está!-.

Se avisto una gran pared de bronce celestial, era una muralla de 7 metros de altura. En uno de los puntos de vigilancia vi a Alyssa, quien de inmediato abrió las puertas, apenas pasó el auto, les cerró.

El león no tuvo tiempo de chocar con nuestra muralla, pues fue la barrera quien le detuvo. Intentó embestirle, sin éxito. A simple vista el muro de bronce parecía la primera defensa, sin embargo, habíamos mantenido y mejorado la barrera invisible de los viejos tiempos.

Entre ambos obstáculos había un espacio de cinco metros que nos daba oportunidad de actuar.

-¡Ahora!-. Gritó Alyssa.

Unas enormes ballestas colocadas en el muro giraron en dirección al monstruo. -Pero…-. Ya habíamos bajado del auto, Shizuru sostenía mi mano.

-No es bronce-. Las puntas de las gigantescas flechas relucían como el oro. Al verles bien, mi novia lo entendió.

-¡Fuego!-. A la orden de Alyssa, todos dispararon. Las flechas atravesaron al león sin ningún problema. Rugió enfurecido, embistiendo la barrera. -¡De nuevo!-. Otra oleada de flechas fue suficiente.

Respiré con alivio al ver que el aire se llenaba de polvo dorado.

-¡Kuga lo hizo de nuevo, señores!-. Nao y Mikoto celebraban la victoria.

Si, esas armas eran obra mía.

Cuatro años atrás, la primera vez que enfrentamos a un León de Nemea, tras casi morir, descubrí que lo único capaz de matarle eran sus propias garras y colmillos, así que sí, había usado eso para fabricar las flechas.

Por algún motivo, aunque el león desaparecía en polvo dorado, quedaban sus garras y colmillos, como una especie de trofeo de guerra. Alyssa mando a un grupo para recogerlos y recuperar las flechas.

Después de esa descarga de adrenalina, solo quería tirarme en mi cama y descansar un par de años, para mi mala suerte, aun tenía trabajo que hacer.

-Mikoto-. Se quedó con su espada en la mano y me entregó la funda. -Nao-. Se quitó el chaleco y me lo dio. -No hagas tu siguiente trabajo hasta que lo tengas de regreso-.

Me giré con Shizuru, ella ya tenía su cinturón en la mano, listo para entregármelo. -No tardaré-.

-Tranquila, aquí estamos bien-. Me constaba, había puesto todo mi esfuerzo en convertir ese lugar en una zona segura.

Shizuru quería acompañarme, mientras hacía mi trabajo, pero a ella le tocaba dar unas rondas por el perímetro.

Sola, me dirigí a mi taller. Era la única con el privilegio de tener una cabaña propia, ya saben, por eso de ser un tipo de salvadora para los semidioses. Ahí creaba de todo y ahí mismo dormía, aunque no dormía sola.

Desde el fatídico comienzo de nuestra tragedia, ni Shizuru ni yo queríamos dormir solas. Los primeros días, y los siguientes, en ese ambiente tan desolado, la sensación de soledad equivalía a la sensación de locura.

Fuera del tema de mi cabaña privada, los demás campistas se repartían como podían, por las circunstancias, habíamos eliminado el sistema de cabañas, ya no importaba quien fuese tu padre divino, de todos modos, nos sentíamos abandonados por el olimpo.

En el camino de regreso le pedí a los gemelos y a Midori sus objetos.

Al entrar, deje todos los accesorios sobre mi mesa de trabajo y coloqué la mochila en el piso, de ahí saque las bolsas de sangre por las que me había jugado el pellejo.

Ahora les explico.

En la era de La Cacería de Semidioses, los que quedábamos éramos un blanco por excelencia, y aunque en el campamento que habíamos restaurado teníamos cierta seguridad, aun necesitábamos salir por más de un motivo.

Al salir del área segura nuestro aroma atraía a cualquier monstruo cercano, entonces comprendí que necesitábamos disimular nuestro olor, camuflarnos entre los mortales.

Tras una serie de experimentos, descubrí que usando la sangre de gente común podía, hasta cierto grado, esconder el aroma de la nuestra.

Con esa conclusión, fabrique accesorios por los cuales circulaba sangre, no era lo más agradable del mundo, pero cumplían con su objetivo, el único defecto era que mis mecanismos terminaban haciendo que la sangre se evaporara, y bueno, por eso nuestras visitas a los hospitales.

Y como era una experta trabajando bajo presión, en menos de dos horas ya tenía todo listo. Justo había terminado cuando Nao entró a la cabaña, no, jamás tocaba la puta puerta.

-No criticaré tus modales, porque yo tampoco los tengo-. Dije con una sonrisa burlona. -Ten-. Le arrojé su chaleco. -¿Planeas salir hoy?-.

-Aún queda suficiente luz del sol, hay que aprovecharlo-. Se encogió de hombros. -¿Qué traigo?-.

Me levanté de mi silla para estirarme. -Lo de siempre, ropa para los mocosos-. Caminamos a la entrada. -Ellos siguen creciendo, nosotros ya no-.

Cada una se fue por un lado distinto.

Yo tomé una ducha y regresé a mi cabaña. Al entrar, vi a Shizuru sentada en la cama, ella también se había duchado, seguramente tras terminar su ronda.

Se puso de pie.

Veía su intención en sus ojos, tan intensos y brillantes que robaban el aliento.

-Shiz…

Me abrazó con necesidad, su tacto era posesivo. -Natsuki-. Sus labios me impidieron contestarle. Como siempre, sus besos resultaban embriagantes, uno era suficiente para hacer que deseara mil más.

Antes de darme cuenta metió sus manos bajo mi playera, sus dedos acariciaron mi espalda, y aunque era un contacto pequeño, su piel contra la mía generaba un calor inigualable.

Toda ella era tan adictiva que fue casi imposible ponerle un alto.

-Aun no-. Gemí porque besaba mi cuello. -No es momento-.

No quería incomodarme, así que no insistió.

En sus ojos carmines relucía el deseo, era asombroso que hubiera podido detenerse, y no mentiré, yo también quería dar ese paso.

Joder.

¡Tenía a la encarnación del amor y la lujuria frente a mí!

Pero sentía que no debía hacerlo.

Me aterraba.

Porque ya me había dado cuenta, de que cada vez que ocurría algo significativo en mi vida, le seguía algo catastrófico.

Le abracé, sin intenciones eróticas aunque sentía la necesidad, solo con amor. -Dame tiempo-. En el fondo temía que me apartara, lo tendría bien merecido. Ella podía sentir mis emociones, motivo suficiente para que fuese ilógico que me negara. No sabía como seguía soportando mis irrazonables acciones.

-Todo el que necesites-.

Shizuru llevaba un año intentando pasar al siguiente nivel, le entendía, tenía sus necesidades, quería más que besos, aun así, era comprensiva conmigo y se conformaba con que durmiéramos juntas.

Podía tener a quien quisiera a sus pies.

Y esperaba por mí, probablemente el único ser viviente que se negaba a estar con ella, cuando irónicamente, era quien más le deseaba.

-Lo siento-. Murmuré.

¿Cómo podía explicarle mi miedo? Sin hablarle de mi jodida profecía en el proceso.

Su expresión cambio a una llena de ternura. -No tienes nada de que disculparte-. Me besó. -Te esperaré-. Vi que el brillo de sus ojos disminuía.

En ese momento me paso por la mente mandar todo al carajo y hacer lo que queríamos.

Teníamos seis años cuidando el campamento, nos merecíamos ser felices.

Shizuru se merecía todo.

-No tendrás que esperar, Shizuru-.

Y si yo era lo que quería, no se lo negaría más.